La lucha por la vida III: 119

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


-No.

-¿Por qué va la gente hacia allá?

-Para ver otra vez al rey.

-¿Tiene que volver a pasar por aquí?

-Sí.

Manuel avanzó hasta ponerse en primera fila, cerca de los soldados, en la calle Mayor. Miró a todas partes por si veía a Juan o a alguno de los compañeros. No vio a nadie.

No tardó mucho en estar la comitiva de vuelta: A la entrada de la carrera de San Jerónimo se veía avanzar la tropa de jinetes que abría el paso.

La muchedumbre, mal contenida por los guardias civiles, avanzaba en oleadas; pasaban por entre los caballos, hombres y mujeres congestionados, rojos, sudando. Los soldados que formaban la carrera hacían retroceder a la gente con la culata de sus fusiles.

Comenzó a pasar la comitiva por entre las filas de soldados y los cuchillos del mauser, que refulgían al sol; aparecieron los palafreneros a caballo, abriendo la marcha, con sus trajes vistosos, de casaca, media blanca y sombrero de tres candiles; luego, siguieron varios coches, de concha y de laca pintados y dorados, con sus postillones a la grupa y sus lacayos tiesos, empelucados, llenos de galones, y los caballos hermosos, de movimientos petulantes, con penachos blancos y amarillos. Después de estos coches de respeto, pasaron otros también dorados, ocupados por señoras ajadas, adornadas con diademas, con el traje cubierto por montones de perlas, acompañados por hombres de aire insignificante, enfundados en uniformes vistosos, con el pecho llego de cruces y de placas...

-¿Quiénes son? -preguntó Manuel.

-Serán diputados o senadores.

-No -repuso otro-; éstas son mayordomos de Palacio. Criados elegantes.

Dos viejas gordas, sudorosas, vociferando, peleándose con la gente, llegaron hasta ponerse en primera fila.

-Ahora veremos bien -dijo una de ellas.

-¿Ve usted esas que pasan por ahí? -dijo un aprendiz con sorna, señalando a las damas con el dedo-. Pues esas son las que hacen subir los garbanzos.

-Y que el pueblo no pueda vivir -añadió un hombre de malas trazas.

-¡Qué feas son! -murmuró una de las viejas gordas a su compañera.

-No, que serán guapas -replicó el aprendiz-. Con esa señora se podría poner una carnicería -añadió, señalando con el dedo una anciana y melancólica ballena que iba en un coche suspendido por muelles.

-Y lo llevan al aire -siguió diciendo la vieja a su compañera, sin hacer caso de las observaciones del muchacho.

-Pa que no las entre la polilla -replicó el aprendiz.

-Y tien las tetas arrugás.

-No, que las tendrán duras.

-¿Y esas señoras son las ricas? -preguntó la lugareña a Manuel, muy preocupado.

-Sí.

-Parece que tienen cara de no haberse desayunado nunca. ¿Verdad, usted? -preguntó el aprendiz en serio.

-Ya vienen, ya vienen.

Se estrechó más la gente. Manuel tembló. Pasaron las infantas en sus coches, con los caballerizos a los lados; luego, los príncipes de Asturias.

-¡Ahí va Caserta! -se oyó decir.

Luego del coche de los príncipes vino otro vacío, después unos cuantos soldados de la Escolta Real y el rey, la reina y una infanta.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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