La lucha por la vida III: 122

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


La noche - Los cuervos - Amanece - Ya estaba bien - Habla el Libertario


Al llegar, Manuel tomó en brazos a Juan y le subió a su casa. La Ignacia y la Salvadora, al verle en aquel estado, preguntaron desoladas:

-¿Qué ha sido? ¿Qué ha sido?

-Nada, que le ha dado un vómito y no sé cómo no se ha muerto. Está desmayado.

Le desnudaron entre los tres, le pusieron botellas de agua caliente y llamaron al médico. Le dio éste una poción de morfina, porque de cuando en cuando el enfermo seguía tosiendo y echando sangre.

-¿Cómo está? -le preguntó la Salvadora al médico.

-Mal, muy mal. Hay una depauperación grande y la enfermedad se encuentra muy avanzada. No puede resistir más que días.

Se marchó el médico, se tranquilizó Juan, y pasó toda la noche durmiendo, con un sueño tranquilo. A veces, su respiración se hacía bronca y sibilante; otras, de su pecho salía un gorgoteo, como él del agua al salir de una botella. Pasaban minutos en que parecía que ya no alentaba, hasta que un suspiro profundo normalizaba de nuevo la respiración.

La Salvadora y Manuel pasaron toda la noche en el cuarto, observando al enfermo.

Por la mañana, la Ignacia salió de casa a oír misa.

-Vete tú también a la imprenta -dijo la Salvadora a Manuel-; si pasa algo, ya te avisaré.

Al volver de la calle la Ignacia, dijo con cierto misterio a la Salvadora.

-¿Se ha marchado Manuel?

-Sí.

-Me alegro.

-¿Por qué?

-Porque he avisado un cura para que confiese a Juan. El pobre lo está deseando. ¡Como ha sido seminarista! Pero no se atreve a pedirlo.

Quedó la Salvadora azorada con la noticia.

-¿Pero sabes tú si él querrá confesarse? -preguntó.

-Sí, ya lo creo. Se lo diremos nosotras.

-Yo, no; yo, no se lo digo.

-Pues se lo diré yo.

Y la Ignacia se acercó a la cama.

-No, no le despiertes.

-Déjame.

En aquel momento sonó la campanilla de la casa.

-Aquí está -dijo la Ignacia.

Al ruido de abrir y cerrar la puerta, Juan abrió los ojos, y al ver a la Salvadora sonrió.

-Siento una gran debilidad, pero estoy muy a gusto. ¿He dormido mucho rato? -preguntó.

-Sí, todo el día. Nos has dado un susto grande -balbuceó la Salvadora-, y la Ignacia, como es así, ha llamado a un cura, y está ahí.

-El rostro de Juan se demudó.

-¿Está ahí? -preguntó intranquilo.

-Sí.

-No lo dejes entrar. ¡Defiéndeme, hermana mía! Quieren turbar mis últimos momentos. ¡Defiéndeme!

Y Juan buscó la mano de la Salvadora.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

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Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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