La lucha por la vida III: 123

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


-No tengas cuidado -dijo ella-. Si no quieres, no entrará. -No, no; nunca.

-Espera un momento, le voy a decir que se vaya.

Salió la Salvadora al comedor. Un cura alto, flaco, huesudo, con una sotana raída, paseaba de arriba a abajo.

-Permítame usted, señor cura -le dijo la Salvadora.

-¿Qué quieres, hija mía?

-Mire usted, señor cura, mi cuñado nos ha dado un susto grande.

Creíamos que se iba a morir; por eso su hermana le ha avisado a usted; pero ahora ya ha pasado el peligro y no queremos asustarle.

-¿Asustarle? -repuso el cura-; no, al revés: se tranquilizará.

-Es que ha tomado hace poco una medicina y está entontecido. -No importa, no importa; me han dicho que es un chico muy bueno, pero de ideas avanzadas, antirreligiosas; además, ha sido seminarista y es necesario que se retracte.

Y el cura trató de pasar a la alcoba.

-No entre usted, señor cura -murmuró la Salvadora.

-Mi obligación es salvar su alma, hija mía.

-Entonces, espere usted un momento; yo le hablaré de nuevo -replicó ella.

Y entrando en la alcoba cerró la puerta con llave.

-¿Se ha marchado? -la preguntó Juan débilmente.

-Sí.

-¡Defiéndeme, hermana mía! -gimió el enfermo-; que no entre nadie mas que mis amigos.

-Nadie entrará -repuso ella.

-¡Gracias! ¡Gracias! -murmuró él; y volviéndose de lado, añadió-: Voy a seguir con mi sueño.

De cuando en cuando la Ignacia, con voz imperiosa, llamaba a la puerta de la alcoba; pero Juan apenas oía y la Salvadora no contestaba.

-Si vieras -murmuró el enfermo- las cosas que he soñado esta noche.

¡Oh, qué sueños tan hermosos!

En esto se oyó un murmullo de voces; luego llamaron más fuerte a la puerta de la alcoba.

-Abre, Salvadora -dijo la voz de Manuel.

Abrió ella y Manuel entró de puntillas en el cuarto.

-Ya se ha marchado -advirtió en voz baja.

-Tu mujer es una mujer valiente -murmuró sonriendo Juan-; le ha despedido al cura que venía a confesarme.

Juan tendió una mano a la Salvadora y otra a Manuel.

-Nunca he sido tan feliz -dijo-. Parece que la proximidad de la muerte ha de ser terrible, ¿verdad? Pues yo la veo venir como una cosa tan vaga, tan dulce...

Durante todo el día Juan estuvo hablando con sus hermanos de la infancia, de sus ideas, de sus sueños...

Los Rebolledos estaban en el comedor por si se ofrecía algo.

Al anochecer se oyó una aldabada discreta, se cerró recatadamente la puerta y alguien subió salvando de dos en dos los escalones. Era el Libertario, que venía a enterarse de lo que pasaba. Al saber el estado de Juan, hizo un ademán de desesperación.

Contó que el señor Canuto estaba en el hospital, gravísimo. Le habían dado sablazos en la cabeza y en la espalda. Tenía una conmoción cerebral y probablemente moriría.


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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