La lucha por la vida III: 124

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


-¿Va usted a entrar a ver a Juan? -le preguntó Perico Rebolledo.

-No; voy a avisar a los amigos y luego volveré.

Salió el Libertario corriendo, y al poco rato volvió, acompañado de Prats, del Bolo, y del Madrileño.

Pasaron los cuatro a la alcoba. Juan estaba cansado de hablar y sentía una gran debilidad. Alargó la mano a los amigos, y murmuró:

-Ahora estoy soñando cosas hermosas, muy hermosas. ¡Adiós, compañeros! Yo he cumplido mi misión, ¿verdad?... Seguid trabajando.

Ahí os dejo mis papeles... Si creéis que son útiles para la idea, publicadlos... ¡Adiós!

Se quedaron los anarquistas en el comedor charlando. Dejaron el balcón abierto. De la taberna alguien había dado la noticia al círculo de la gravedad de Juan, y de vez en cuando se acercaba alguno a la casa, y desde la misma calle gritaba:

-¿Eh?

-¿Quién es? -decía Prats o el Libertario saliendo al balcón.

-¡Salud, compañero!

-¡Salud!

-¿Cómo está Juan?

-Mal.

-¡Qué lástima! Vaya..., ¡salud!

-¡Salud!

Al cabo de un rato se repetía lo mismo.

La Salvadora y Manuel estaban en el cuarto de Juan, que divagaba continuamente. Sentía el enfermo la preocupación de ver la mañana, y a cada paso preguntaba si no había amanecido.

Tenían abiertas las contraventanas por orden de Juan. A las cuatro empezó a amanecer; la luz fría de la mañana comenzó a filtrarse por el cuarto. Juan durmió un rato y se despertó cuando ya era de día.

En el cielo azul, con diafanidades de cristal, volaban las nubes rojas y llameantes del crepúsculo.

-Abrid el balcón -dijo Juan.

Manuel abrió el balcón.

-Ahora, levantadme un poco la cabeza.

Metió la Salvadora el brazo por debajo de la almohada y le irguió la cabeza. Luego le colocaron un almohadón debajo para que estuviera más cómodo.

Ya el sol de una mañana de mayo, brillante como el oro, iba iluminando el cuarto.

-¡Oh! Ahora estoy bien -murmuró el enfermo.

El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto hubo una veladura en sus pupilas, y una contracción en la boca. Estaba muerto.

La Salvadora y la Ignacia vistieron a Juan, que había quedado como un esqueleto. Quitaron la mesa del comedor y allí pusieron el cadáver. Su rostro, después de la muerte, tomó una expresión de serenidad grande.

Durante todo el día no pararon de ir y venir compañeros. Entraban, hablaban en voz baja y se marchaban entristecidos. Por la noche se reunieron más de doce personas a velar al muerto. Manuel entraba también a contemplarle.

¡Quién le había de decir que aquel hermano a quien no había visto en tanto tiempo iba a dejar una huella tan profunda en su vida!

Recordaba aquella noche de su infancia, pasada junto a su madre muerta. El mismo flujo tumultuoso de pensamientos le sobrecogían. ¿Qué hacer?, pensaba. Se ha hundido todo. ¿Es que ya no quedaba en la vida cosa digna de ser deseada? ¿Es que ya no había más plan que hundirse para siempre en la muerte?


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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Índice de artículos

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