La lucha por la vida III: 126

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La lucha por la vida III Tercera parte Pío Baroja


-¡Buenas noches! -saludaron los policías.

-¡Buenas noches! -contestaron los anarquistas.

-Cochina rasa -gruñó Prats-. Este maldito pueblo había que quemarlo.

Todos hablaron en el mismo sentido. Odio eterno, eterna execración contra la sociedad.

Por la mañana algunos se fueron al trabajo, y quedaron Prats, el Libertario y Manuel. Estaban hablando cuando se presentó en el cuarto la Filipina.

La Salvadora la dejó pasar. Había estado en el hospital, enferma. Se le notaba la enorme palidez en los labios y en los ojos. Le habían operado a la pobre y olía de un modo insoportable a yodoformo. Entró, tocó la cara del cadáver con las manos y empezó a llorar. Manuel la contempló con melancolía. Aquella tristeza de animal en los ojos, el cuerpo débil, las entrañas quemadas por el cirujano...

-¡Maldita vida! -murmuró-. Había que reducirlo todo a cenizas.

Salió la Filipina y a la media hora volvió con lirios blancos y rojos, y los echó en el suelo delante de la caja.

A las dos era el entierro, y para antes de esta hora había ya un grupo grande en la calle de Magallanes. Al dar las dos, Perico Rebolledo, Prats, el Libertario y el Bolo sacaron la caja en hombros y la bajaron hasta el portal. Un amigo de Prats echó una bandera roja encima del ataúd y se pusieron todos en marcha. Cruzaron por entre callejuelas hasta salir al paseo del Cisne. Iban allá a dejar la caja en el coche, cuando cuatro mujeres, a quienes Manuel no conocía, les sustituyeron, y siguió el cortejo. Las cuatro, con el mantón terciado, braceaban garbosamente. En la Castellana la gente se paraba a mirarles. En el barrio de Salamanca pusieron la caja en el coche y siguió todo el cortejo a pie. Al pasar de las Ventas, en el camino del Este, por detrás de cada loma, salía una pareja de municipales, y cerca del cementerio había un piquete de guardias a caballo.

Entraron los obreros en el cementerio civil, colocaron la caja al borde de la fosa y la rodearon los acompañantes.

Estaba anocheciendo; un rayo de sol se posó un instante sobre la lápida de un mausoleo. Se bajó con cuerdas la caja. El Libertario se acercó, cogió un puñado de tierra y lo echó a la hoya; los demás hicieron lo mismo.

-Habla -le dijo Prats al Libertario.

El Libertario se recogió en sí mismo pensativo. Luego, despacio, con voz apagada y temblorosa, dijo:

-Compañeros: Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que acabamos de enterrar. Era un hombre, un hombre fuerte con un alma de niño... Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y prefirió la gloria de ser humano. Pudo asombrar a los demás, y prefirió ayudarlos... Entre nosotros, llenos de odios, él sólo tuvo cariños; entre nosotros desalentados, él sólo tuvo esperanzas. Tenía la serenidad de los que han nacido para afrontar las grandes tempestades. Fue un gran corazón, noble y leal...; fue un rebelde, porque quiso ser un justo.

Conservemos todos en la memoria el recuerdo del amigo que acabamos de enterrar..., y nada más. Ahora, compañeros, volvamos a nuestras casas a seguir trabajando.

Los sepultureros comenzaron a echar con presteza paletadas de tierra, que sonaron lúgubremente. Los obreros se cubrieron y, en silencio, fueron saliendo del camposanto. Luego, por grupos, volvieron por la carretera hacia Madrid. Había oscurecido.

Madrid, diciembre 1904

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La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja


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