La máscara (Estrada)

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Cuentos (1896) de Ángel de Estrada
La máscara
LA MÁSCARA


Aparto el libro. Desde la mesa de trabajo contemplo, entre el humo del cigarro, una estatuita de Minerva.

El casco de bronce cubre su helénica cabeza varonil, y su recio pelo de bronce se escurre por el casco sobre sus hombros admirables. Con una mano embraza el escudo, y con la otra sostiene una Victoria que ofrece un gajo de laurel. En el pedestal, un bajo-relieve evoca las Panateneas, con sus teorías de ancianos y de vírgenes, sus ofrendas, sus misterios y sus símbolos.

Sobre su rostro han puesto un antifaz de Carnaval, y así veo sus ojos á través de los ojos de terciopelo negro.

Canta el bronce:

— Salí con mis armas de la cabeza de Júpiter, al golpe del hacha de Vulcano. Fuí griega de corazón, y en Atenas me hice diosa. Amé á sus labradores, les dí castas mujeres y bendije el surco con el germen del olivo. Enseñé á sus navegantes á tender la vela al viento, y al viento á respetar sus naves. De sus doncellas tomé los dedos y les dí el rítmico impulso elaborante de las túnicas que caen como armonía de líneas, sobre el nativo encanto de los cuerpos. Fuí huésped de pórticos y templos, de plazas y palacios, y no hay bajo-relieve, ni capitel, ni estatua, donde mis dedos no hayan suavizado un rasgo, inspirado la ley de la perenne gracia. Los filósofos me amaron, pues se irguió en mi casco la celeste Esfinge, y fuí la sabiduría; y dije en el estadio á los corceles, voláis al correr, como el divino pensamiento cuando crea. Fuí inmaculada virgen y guerrera varonil. Los dardos de Amor cayeron sin impulso bajo la frialdad de mis ojos, y con la Sicilia aplasté al gigante, asegurando el imperio de los dioses.

Y un día, sobre los bosques de estatuas, en la ciudad de la fuerte y elegante sencillez, de la justa armonía, de la gloriosa gracia, asomando por el Partenón, dominé hasta el mar, por manera que decía el navegante: — «Miradla con su casco y con su lanza. Es de oro y alabastro, y en sus pétreos ojos hay raras brillanteces; se iergue con la majestuosa serenidad de las vírgenes, y preside la vida de esta tierra que sonríe como un pámpano nuevo. ¡Salve, maestra, yo te saludo!»

Enmudeció el bronce y dijo la careta: — Soy de terciopelo negro como la noche y alegre como la alegría. Traigo reminiscencias de otros países y de mujeres que han muerto dejando por memoria algo como un perfume. Yo digo los transportes del amor, las embriagueces de la fiesta; soy una noctámbula luminosa. Cubría la faz de Romeo, cuando besó por primera vez la mano de Julieta; pero he cubierto ¡cuántas veces! la lívida faz del amor sacrílego.

Los poetas vibran con mi fiebre, y en sus retinas, á través de mis ojos huecos, refléjase un mundo de colores. Soy la buena alegría; pero ¡ah! también el crimen. Soy la felicidad; pero cuántos van pálidos de dolor bajo mi sombra!

Dí á los que amas, dí á los que odias, y á los que lloran y á los que ríen: hela aquí, con su frente impasible, con su barba negra, con sus ojos sin pupilas ¿quién ha dejado de llevarla?

Oí los apostrofes y callé. Hablaban un idioma distinto y se confundían en un abrazo.

Amo las fiestas, que alumbran visiones, que ponen el alma triste, al desvanecerse como sombras chinescas.

Y la estatua con la voz del bronce, clamaba:

— Oh! las frívolas torpezas de un mundo de trapo!

Me levanté entre la nube de humo, cerré el libro que no había concluido de leer, y puse la mano sobre el casco de Minerva.

— Sal del trono de esa cabeza, que el contraste es irrisorio. Ven, he de colgarte al pie del cuadro de la Bacante: ¡ella sentirá alegría! Esfumada en la media luz, enardece la imaginación que desea adivinarla.

Está derribada y desnuda, con su pandereta de cascabeles y su copa vacía. La rodean bosques de laureles y mirtos, frescos como los céfiros que la diosa Cipria sacó de las ondas del Hisus. La cantan núbiles bardos, que llevan en los ojos luz de los aires transparentes, y en las venas fuegos de potente amor; la temen los jóvenes atletas, que á la sombra de los plátanos animan con la esperanza de sus músculos, las estatuas coronadas del gimnasio. Oh! ved su torso erectil, su sonrisa que en golpe de luz voluptuosa nace de sus labios y baña su rostro; su lecho acariciante de piel de tigre; su cabellera regocijada por los pámpanos ¿Qué fuera á su ruego, el orgullo de Agamenón, el ardimiento de Aquiles, la sabiduría de Néstor?....

Sentí una voz irónica: era la careta que decía:

— Oh! mi amado y fiel amante de siempre. Déjame aquí ó llévame allá, yo sólo pienso en tí, vivo sin cesar por tí, y otra máscara, menos alegre que yo, se regocijaría sobre tu rostro.

Bajé la mano en silencio, y dejé al antifaz triunfante sobre la estatua. Su mirada sin expresión era terrible en la inmovilidad de un pensamiento no descifrado ni entendido por humana inteligencia.

Quise volver á la lectura. Abrí de nuevo el libro de examen, repleto de teorías luminosas, según muchos, para cubrir vastos horizontes.

Las ideas, como traslúcidas y vibrantes, se embebían en mí espíritu, pero restregábame sin cesar los ojos, como si los cubriera una leve sombra proyectada por la máscara.

Y de los cuadros, de los libros, de los papeles y de la estatua inmóvil, emanaba en el silencio profundo de la noche, no sé que inmensa, abrumadora melancolía!...