La nariz de un notario: 05

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IV[editar]

CHEBACHTIÁN ROMAGNÉ[editar]

Llamábase Romagné, por su padre. Sus padrinos le habían puesto, al bautizarle, Sebastián; pero, como era natural de Frognac-les-Mauriac, departamento de Cantal, invocaba a su patrón bajo el nombre de Chan Chebachtián. Todo hace presumir que había escrito su nombre con ch; pero, afortunadamente, no sabía escribir. Este hijo de la Auvernia contaba veinticuatro o veinticinco años de edad, y poseía la constitución de un verdadero Hércules: alto, grueso, rechoncho, colorado; fuerte como un buey de labor, dulce y fácil de conducir como un corderillo blanco. Imaginaos un hombre fabricado de la pasta mejor, al par que la más grosera.

Era el mayor de diez hijos, entre mujercitas y varones, que tragaban y bullían bajo el techo paternal. Su padre poseía una cabaña, un pedazo de tierra, algunos castaños en el monte, media docena de cerdos, y dos brazos para cavar el terreno. La madre hilaba cáñamo; los varones ayudaban al padre; las mujercitas arreglaban la casa y se cuidaban las unas a las otras, haciendo la mayor de niñera de la más pequeña, y así todas las otras, hasta terminar la escala.

El joven Sebastián jamás brilló por su inteligencia, ni por su memoria, ni por ningún don intelectual; pero, en cambio, poseía un corazón excelente. Le habían enseñado algunos capítulos del catecismo como se enseña a los mirlos a silbar cualquier tonadilla; pero siempre profesó los sentimientos más cristianos. Jamás abusó de sus fuerzas contra las personas ni contra los animales; evitaba las querellas y recibía con frecuencia coscorrones, sin devolverlos jamás. Si el subprefecto de Mauriac hubiese querido conceder una medalla de plata, no hubiera tenido más que escribir a París, porque Sebastián había salvado a muchas personas, con grave exposición de su propia vida, y en especial a dos gendarmes que estaban a punto de ahogarse, con sus caballos, en el torrente del Saumaise. Pero a todo el mundo le parecían sus actos meritorios la cosa más natural, ya que los ejecutaba por instinto, y a nadie se le ocurría concederle una recompensa, considerándolo casi como a un perro de Terranova.

A la edad de veinte años entró en quintas y obtuvo un número alto, gracias a una novena que hizo, en unión de su familia. Después de esto, resolvió marcharse a París, siguiendo los usos y costumbres de la Auvernia, para ahorrar algunos centenares de francos, y volver después a ayudar a sus padres. Le dieron un traje de pana y veinte francos, que en Mauriac constituyen una cantidad importante, y aprovechó la ocasión de marchar un camarada que conocía el camino de la capital. Hizo el camino a pie, invirtiendo en él diez jornadas, y llegó fresco y dispuesto a trabajar, con catorce francos y medio en el bolsillo, y los zapatos sin estrenar, en la mano.

Dos días más tarde, rodaba un tonel por el faubourg de Saint-Germain, en compañía de otro camarada que no podía ya subir las escaleras, porque se había relajado. En pago de sus servicios, recibió alojamiento, cama, manutención y ropa limpia, a razón de una camisa cada mes, sin contar el franco y medio semanal que le daba su patrón para sus gastos de soltero. Con sus economías, compró, al cabo del año, un tonel de lance, y se estableció por su cuenta.

El éxito que obtuvo fue asombroso, y superior a cuanto pudo esperarse. Su ingenua cortesía, su incansable amabilidad y su intachable honradez, captáronle la simpatía y protección de todo el barrio. De dos mil escalones que solía subir al principio, llegó a siete mil gradualmente. Por eso enviaba hasta sesenta francos mensuales a las buenas gentes de Frognac. La familia bendecía su nombre y lo encomendaba a Dios con fervor, mañana y tarde, en sus plegarias; sus hermanos menores tenían pantalones nuevos, y se pensaba nada menos que enviar a los dos más pequeños a la escuela.

Su vida, sin embargo, a pesar de soplarle la fortuna, en nada había cambiado: acostábase al lado de su tonel, en un mal bodegón, y renovaba la paja de su lecho sólo dos veces al mes. Su traje de pana estaba más remendado que el vestido de un arlequín. La verdad es que en vestir habría gastado bien poco, a no ser por los malditos zapatos que consumían cada mes un kilogramo de clavos. En el comer era donde no escatimaba lo más mínimo. Adquiría, sin regatear, diariamente cuatro libras de pan, y hasta, a veces, solía regalarse el estómago con un trozo de queso o de cebolla, o con media docena de manzanas, compradas en el puente nuevo. Los domingos y días festivos permitíase el lujo de comer sopa y carne, y el resto de la semana se chupaba los dedos recordándolo. Pero era demasiado buen hijo y buen hermano para permitirse jamás el despilfarro de tomar un vaso de vino. «El vino, el amor y el tabaco» eran para él artículos fabulosos, que sólo conocía de oídas. Con mucha mayor razón ignoraba los placeres del teatro, tan caros para los obreros de París. Nuestro hombre prefería acostarse a las siete, sin que le costara un céntimo, a aplaudir a M. Dumaine por medio franco.

Tal era, en lo moral y en lo físico, el hombre a quien M. Bernier llamó, en la calle de Beaune, para que cediese un buen trozo de su piel a M. L'Ambert.

Advertidos los criados, hiciéronle pasar en seguida.

Avanzó tímidamente, con el sombrero en la mano, levantando los pies cuanto podía, y no atreviéndose a sentarlos sobre la alfombra. La tormenta de aquella mañana lo había salpicado de lodo hasta las axilas.

—Si me llaman para que suministre agua a la casa—dijo saludando al doctor, y convirtiendo en ches cuantas eses tenía que pronunciar,—le...

M. Bernier cortole la palabra.

—No, amigo mío; no se trata de nada relacionado con vuestro comercio.

—¿De qué se trata, pues?

—De otra cosa completamente distinta. Al señor le han cortado la nariz esta mañana.

—¡Ah, demontre! ¡pobre hombre! ¿Quién ha hecho esa villanía?

—Un turco; pero esto es lo de menos.

—¡Un salvaje! Sabía ya de referencia que los turcos eran salvajes; pero no creí que les dejasen venir a París. Esperad un momento, que voy a avisar a un gendarme.

M. Bernier contuvo este alarde de celo del buen auvernés, y explicóle, en pocas palabras, la clase de servicio que se pretendía que prestase. Creyó, al principio, que se burlaban de él, porque se puede ser un excelente aguador sin tener la más pequeña noción de rinoplastia. Hízole comprender el doctor que se deseaba tenerle embargado durante un mes, y comprarle unos ciento cincuenta centímetros cuadrados de su piel.

—La operación no es nada en sí—le dijo,—y os garantizo que os hará sufrir bien poco; pero os advierto, en cambio, que tendréis que tener una paciencia enorme para permanecer un mes inmóvil, con el brazo cosido a la nariz del señor.

—Paciencia no me falta—respondió nuestro hombre;—para algo soy auvernés. Pero para que yo pase un mes en esta casa prestando a este señor un importante servicio, será necesario que me abonen los jornales de esos días.

—Desde luego. ¿Cuánto exigís? Sebastián meditó unos instantes.

—En conciencia—dijo al fin,—ese trabajo bien vale cuatro francos diarios.

—No, amigo mío—respondiole el notario;—ese trabajo vale mil francos al mes, o sea, treinta y tres francos diarios.

—No—replicó el doctor, con acento autoritario;—eso vale dos mil francos.

L'Ambert inclinó la cabeza, y no se atrevió a objetar.

Romagné pidió permiso para terminar aquel día su trabajo, dejar en el bodegón su tonel y buscar quien le reemplazase durante el mes.

—Por otra parte—dijo,—no vale la pena de comenzar hoy mismo, para sólo medio día.

Demostráronle que el caso era urgente, y tomó, en vista de ello, sus medidas. Mandaron a buscar a uno de sus amigos, el cual prometió reemplazarle por espacio de un mes.

—Tú me traerás el pan todas las noches—le dijo Romagné.

Pero se apresuraron a decirle que la precaución era inútil, pues le darían de comer en la casa.

—Eso dependerá de lo que me cueste—observó él.

—M. L'Ambert os dará de comer gratis.

—¡Gratis! eso ya es distinto. He aquí mi piel. Cortadmela cuanto antes.

Romagné soportó la operación como un valiente, sin pestañear siquiera.

—Esto es un placer—decía.—Me han contado de un auvernés de mi país que se hacía petrificar en una fuente mediante un franco por hora. Prefiero dejarme cortar a pedazos. No es tan molesto, y produce mucho más.

M. Bernier cosiole el brazo izquierdo al rostro del notario, y ambos hombres permanecieron, por espacio de un mes, encadenados uno al otro. Los dos hermanos siameses que excitaron un día la curiosidad de toda Europa no estaban tan indisolublemente unidos. Pero aquéllos eran hermanos, acostumbrados a soportarse mutuamente desde la más tierna infancia, y habían recibido la misma educación. Si uno hubiese sido aguador y el otro notario, tal vez no hubiesen dado el espectáculo de una amistad tan fraternal.

Romagné jamás se quejaba de nada, por muy extraña que la nueva situación le pareciese. Obedecía como un esclavo, o, por mejor decir, como un buen cristiano, todos los mandatos del hombre que le comprara su piel. Se levantaba, se sentaba, se acostaba, se volvía hacia la derecha o la izquierda, según el capricho de su señor. No obedece con tanta sumisión al Polo Norte la aguja imantada, como Romagné a M. L'Ambert.

Esta heroica mansedumbre enterneció el corazón del notario, que, a decir verdad, nada tenía de blando. Sintió por espacio de tres días una especie de gratitud por los buenos cuidados que le prodigaba su víctima; mas no tardó en cobrarle antipatía y hasta horror.

Un hombre joven, activo y lleno de salud, no se acostumbra nunca, sin trabajo, a la inmovilidad absoluta. ¿Qué no será cuando se trate de permanecer inmóvil al lado mismo de un ser inferior, sucio y sin educación? Pero lo había querido así la suerte. Era preciso vivir sin nariz o soportar al auvernés con todas sus consecuencias: comer con él, dormir con él, llenar al lado suyo, y en la situación más incómoda, todas las funciones de la vida animal.

Era Romagné un digno y excelente joven; pero roncaba como un órgano. Adoraba a su familia y amaba a su prójimo; pero jamás se había bañado en su vida por temor de malgastar el agua, objeto de su comercio. Poseía los sentimientos más delicados del mundo; pero no sabía imponerse los sacrificios más elementales que la civilización recomienda. ¡Pobre M. L'Ambert! ¡y pobre Romagné asimismo! ¡qué noches y qué días! ¡qué lluvia de puntapiés! Inútil es decir que Romagné los recibía sin quejarse, temeroso de que un falso movimiento diese al traste con el experimento del doctor Bernier.

El notario recibía buen número de visitas. Vinieron a verle todos sus compañeros de aventuras, que se burlaban del auvernés. Enseñáronle a fumar cigarrillos, y a beber vino y aguardiente. El pobre diablo se entregaba a estos placeres con la ingenuidad de un piel roja. Lo emborracharon, lo ahitaron de manjares, le hicieron descender todos los escalones que separan al hombre de la bestia. Era preciso educarle nuevamente, y aquellos buenos señores acometieron esta difícil tarea con placer mefistofélico. ¿No era, por ventura, una cosa divertida y agradable la empresa de desmoralizar al auvernés?

Cierto día le preguntaron en qué pensaba emplear los cien luises de M. L'Ambert cuando acabase de ganarlos.

—Los emplearé en papel del cinco por ciento, y me producirán cien francos de renta—contestoles.

—¿Y después?—preguntole un emperejilado millonario de veinticinco años de edad.—¿Serás más rico con eso? ¿serás más dichoso acaso? ¡Tendrás treinta céntimos de renta diaria! Si te casas, lo cual es inevitable, pues eres de la madera de que se fabrican los imbéciles, tendrás doce hijos al menos.

—¡Es posible!—replicó el auvernés, riendo de buena gana.

—Y, en virtud del Código civil, linda invención del Imperio, le dejarás a cada uno de ellos un par de céntimos al día. En tanto que, con dos mil francos, puedes vivir un mes lo menos como un rico, conocer los placeres de la vida y elevarte muy por encima de tus semejantes.

Romagné se defendía como un gato panza arriba contra estas tentativas de corrupción; pero hubieron de descargar tantos golpes sobre su espeso cráneo, que acabaron por abrir en él un pequeño orificio por donde penetraron las ideas falsas, y se fueron apoderando de su cerebro.

También acudieron las damas, de las cuales conocía L'Ambert muchísimas en todas las capas sociales. Romagné presenció las escenas más diversas; escuchó numerosas protestas de amor y fidelidad que carecían de verosimilitud. M. L'Ambert no sólo no se recataba de mentir como un bellaco en su presencia, sino que, en ocasiones, se complacía, en la intimidad, en mostrarle todas las falsedades que forman, por decirlo así, el cañamazo donde se borda la vida elegante.

¡Y el mundo de los negocios! Romagné creyó descubrirlo, como Cristóbal Colón, porque no tenía de él noción alguna. Los clientes del notario no se recataban de él para tratar las mayores enormidades: hablaban en su presencia como pudieran hacerlo delante de una docena de ostras. Vio padres de familia que buscaban el modo de despojar a sus hijos en provecho de una amante o de alguna obra piadosa; jóvenes que estudiaban la manera de robar la dote a su futura esposa por medio de un contrato; prestamistas que exigen el diez por ciento sobre primeras hipotecas y prestatarios que hipotecaban fincas imaginarias.

Carecía de talento y su inteligencia no era muy superior a la de cualquier perro de aguas; pero su conciencia se le reveló.

—Vos no poseéis mi estima—le dijo un día al notario, creyendo hacerle un gran bien.

Y la repugnancia que L'Ambert sentía por él trocose en odio mortal.

En los últimos ocho días de su forzada intimidad sucediéronse las tempestades casi sin interrupción.

Al fin adquirió Bernier la plena convicción de que el trozo de piel había arraigado en la cara del notario, a pesar de los innumerables tirones que sufriera. Desunió a los dos enemigos, y modeló una nariz a L'Ambert con el trozo de piel que había cesado ya de pertenecer al auvernés. Y el acicalado millonario de la calle de Verneuil, arrojó dos billetes de a mil francos al rostro de su esclavo, diciéndole:

—¡Toma, infame! El dinero es lo de menos; pero me has hecho gastar lo menos cien mil escudos de paciencia. Vete ahora mismo de aquí; sal de mi casa para siempre, y haz de modo que nunca jamás, en mi vida, vuelva a oír pronunciar tu nombre.

Romagné diole las gracias, con gesto no desprovisto de altivez, se bebió una botella de vino en la cocina, tomó un par de copitas con Singuet, y marchó tambaleándose hacia su antiguo domicilio.