La nariz de un notario: 06

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V[editar]

GRANDEZA Y DECADENCIA[editar]

M. L'Ambert volvió a entrar en el mundo con éxito; casi podría decirse que con gloria. Sus testigos le hicieron la más estricta justicia diciendo que se había batido como un león. Los viejos notarios sentíanse rejuvenecidos por su valor.

—¡Ved ahí—decían,—lo que somos cuando se nos pone en ciertos trances! ¡Los notarios son tan hombres como cualquier otro! La suerte de las armas hizo traición a maese L'Ambert; pero supo adoptar al caer un bello gesto: ha sido un Waterloo. ¡Aunque digan lo que quieran, somos gentes decididas!

De esta manera se expresaban el respetable maese Clopineau, y el digno maese Labrique, y el untuoso maese Bontoux, y todos los nestores del notariado. Los jóvenes hablaban en parecidos términos, con ciertas variantes inspiradas por los celos.

—No queremos renegar—decían,—de maese L'Ambert: ciertamente que nos honra, aun cuando nos compromete un poco; pero cada uno de nosotros hubiera procedido con el mismo valor, y quién sabe si con menos torpeza. Un funcionario público no debe dar estos escándalos. No se debiera ir nunca al terreno del honor más que por causas confesables. Si yo fuese padre de familia, preferiría confiar mis asuntos a un hombre prudente, y no a un héroe de aventuras dudosas, etc., etc.

Pero la opinión del bello sexo, que es la que prevalece, habíase declarado en favor del héroe de Parthenay. Tal vez no hubiera contado con tan rara unanimidad si se hubiese conocido el episodio del gato; quizás también ese sexo tan encantador como injusto habría condenado a L'Ambert si hubiese tenido la avilantez de reaparecer ante el mundo sin nariz. Pero todos los testigos habían guardado la mayor discreción acerca del ridículo incidente del gato, y M. L'Ambert, lejos de estar desfigurado, parecía haber ganado en el cambio.

Una baronesa observó que su fisonomía era más dulce desde que llevaba la nariz recta. Una vieja canonesa, dechado de malicia, preguntó al príncipe de B... si no haría bien en buscarle querella al turco. El aguileño príncipe gozaba de una reputación hiperbólica.

Alguno preguntará cómo las damas del gran mundo podían interesarse en peligros que no habían sido corridos por ellas. Los hábitos de maese L'Ambert eran bien conocidos, y se sabía que una gran parte de su corazón y de su tiempo los empleaba en la Opera. Pero el mundo perdona fácilmente estas distracciones a los hombres que no se entregan a ellas por completo. Representa el papel del fuego, y se contenta con lo poco que le dan. Se agradecía a M. L'Ambert que no estuviese perdido más que a medias, cuando tantos, a su edad, están perdidos del todo. No dejaba de frecuentar las casas honradas, conversaba con las viudas, bailaba con las solteras y tocaba en ocasiones el piano de una manera aceptable; no hablaba, en fin, de caballos a la moda. Estos méritos, bastante raros por cierto entre los jóvenes millonarios del faubourg, le concillaban la benevolencia de las damas. Una linda devota, la señora de L..., habíale demostrado durante tres meses que los placeres más vivos no consisten en la disipación y el escándalo.

No se crea por eso que había roto en absoluto con el cuerpo de baile; la severa lección recibida no le había hecho concebir el menor horror hacia aquella hidra de cien encantadoras cabezas. Una de sus primeras visitas fue para el templo donde brillaba la señorita Victorina Tompain. ¡Allí sí que se le tributó un recibimiento entusiasta! ¡Con qué amistosa curiosidad corrió todo el mundo a su encuentro! ¡Qué dulcísimos dictados! ¡qué apretones de manos tan cordiales! ¡Cuántos labios hechiceros se alargaron hacia él, en forma de tentador hocico, para recibir un beso amistoso, sin la menor consecuencia! El notario estaba radiante. Todos sus amigos de los días pares, todos los altos dignatarios de la francmasonería del placer, le dieron la enhorabuena por su curación milagrosa. Reinó durante todo un entreacto en aquel reino envidiable. Le hicieron referir su aventura y explicar el tratamiento del doctor Bernier, admirando todos la habilidad con que estaban dados los puntos de sutura, que apenas se conocían.

—Imaginaos que ese excelente Bernier ha completado mi persona con la piel de un auvernés. ¡Y qué auvernés, Dios mío! ¡El más estúpido y sucio de la Auvernia! Nadie lo diría al ver el trozo de piel que me ha vendido. ¡Qué horas tan desagradables me ha hecho pasar el muy burro!... Los mozos de cordel que veis por las esquinas son petimetres al lado suyo. Pero, gracias al cielo, ya me veo libre de él. El día en que le pagué sus servicios y lo puse de patitas en la calle, se me quitó de encima un peso inmenso. Se llama Romagné, ¡bonito nombre! Jamás lo pronunciéis en mi presencia. ¡Si queréis que viva largos años, no me habléis jamás de Romagné!

La señorita Victorina Tompain no fue, por cierto, la última en cumplimentar al héroe. Ayvaz-Bey la había abandonado indignamente, dejándole cuatro veces más dinero del que valía ella. El magnánimo L'Ambert hubo de mostrarse con ella dulce y clemente.

—No os guardo rencor—le dijo,—ni a ese bravo turco tampoco. Sólo tengo un enemigo en el mundo: un auvernés llamado Romagné.

Y pronunciaba su nombre con una entonación cómica que hizo gracia a todo el mundo. Creo que aun hoy día la mayor parte de aquellas señoritas dicen: «Mi Romagné, cuando hablan de su aguador.»

De esta suerte transcurrieron los tres meses de estío. La estación fue deliciosa y casi todas las familias se ausentaron de París. La Opera viose invadida por provincianos y extranjeros. M. L'Ambert frecuentola bastante menos que otras veces.

Casi todos los días, al sonar las seis de la tarde, despojábase de la gravedad del notario y partía para Maisons-Lafitte, donde había alquilado un chalet, y adonde acudían a verle sus amigos y hasta sus amiguitas. Jugaban en el jardín a toda clase de juegos campestres, y os garantizo que el columpio nunca holgaba.

Uno de los más asiduos y animados concurrentes era el agente de cambios, M. Steimbourg. La aventura de Parthenay habíale ligado a L'Ambert con lazos más estrechos. M. Steimbourg pertenecía a una buena familia de israelitas convertidos; su cargo valía dos millones y poseía una fortuna de medio millón, de suerte que ya se podía trabar amistad con él. Las amantes de los dos amigos se llevaban bastante bien, lo cual equivale a decir que sólo se peleaban una vez por semana. ¡Qué bello es contemplar cuatro corazones que laten al unísono! Los hombres montaban a caballo, leían el Fígaro, o comentaban los chismes de la ciudad; las damas se echaban mutuamente las cartas, con gracia sin igual: ¡una edad de oro en miniatura!

M. Steimbourg creyó un deber presentar a su amigo a su familia. Condújole a Bieville, donde su padre se había hecho construir un chalet. M. L'Ambert fue recibido en él por un viejo muy verde, una señora de cincuenta años, que no había abdicado aún, y dos jovencitas extremadamente coquetas; y a primera vista advirtió que no entraba en una casa de fósiles. Por el contrario: tratábase de una familia moderna y perfeccionada. Padre e hijo eran dos buenos compañeros que se daban mutuas bromas acerca de sus calaveradas. Las muchachas habían visto cuanto se representaba en el teatro, y leído cuanto se ha escrito. Pocas personas conocían mejor que ellas la crónica elegante de París; les habían sido mostradas, en el teatro y en el bosque de Boloña, las más celebradas bellezas de todas las clases sociales; las habían llevado a presenciar las ventas de los mobiliarios más ricos, y disertaban de la manera más agradable sobre las esmeraldas de la señorita X... y las perlas de la señorita Z... La mayor, la señorita Irma Steimbourg, copiaba con verdadera pasión los trajes y sombreros de la señorita Fargueil; la menor, había enviado a uno de sus amigos a casa de la señorita Figeac para que le pidiese la dirección de su modista. Una y otra eran ricas y poseían buena dote. Irma le gustó más a L'Ambert. El apuesto notario pensaba de vez en cuando que medio millón de dote y una mujer que sabe llevar un traje no son cosas despreciables. Viéronse con frecuencia, casi una vez por semana, hasta que llegaron las primeras heladas de noviembre.

Tras un otoño dulce y brillante, cayó como una teja el invierno. Es un hecho bastante conocido en nuestros climas, pero la nariz de L'Ambert dio pruebas, en esta ocasión, de una sensibilidad extraordinaria. Enrojeciose un poco al principio, después mucho; fuese hinchando por grados hasta tornarse deforme. Después de una partida de caza alegrada por el viento Norte, experimentó el notario intolerable comezón. Mirose en el espejo de un mesón, y desagradole en extremo el color de su nariz. A decir verdad, parecía un sabañón mal colocado.

Consolose pensando que un buen fuego le devolvería su figura natural, y, en efecto, el calor se la descongestionó y rebajó su color durante algunos momentos. Pero, al siguiente día, la comezón presentose nuevamente, los tejidos se inflamaron mucho más, y presentose de nuevo la coloración rojiza, acompañada de ciertos tintes violáceos. Ocho días sin salir de su casa, sentado delante del hogar, borraron tan fatales matices; pero reaparecieron, a pesar de las pieles de zorra azul, a la primera salida.

Muerto de susto L'Ambert, envió a buscar en seguida al doctor Bernier. Este acudió a toda prisa; diagnosticó una ligera inflamación y prescribió unas compresas de agua helada. Sin embargo, la nariz no tuvo alivio, a pesar de la refrigeración, y el doctor no salía de su asombro al ver la persistencia del mal.

—Tal vez tenga razón Dieffembach—dijo al notario,—al asegurar que la piel puede morir por un exceso de sangre, y recomendar que se le apliquen sanguijuelas. ¡Ensayemos!

Aplicose a L'Ambert una sanguijuela en la punta de la nariz, y, cuando se desprendió, harta de sangre, reemplazósela por otra, y así sucesivamente, dos días y dos noches. La hinchazón y la coloración desaparecieron por algún tiempo; mas sus efectos no fueron de larga duración. Fue preciso recurrir a otro expediente. Pidió M. Bernier veinticuatro horas para reflexionar, y se tomó cuarenta y ocho.

Cuando volvió al hotel de M. L'Ambert, estaba preocupado y daba muestras de una timidez excesiva, y tuvo que realizar sobre sí mismo un gran esfuerzo para decidirse a hablar.

—La medicina—dijo al fin,—no explica satisfactoriamente todos los fenómenos naturales, y vengo a someteros una teoría que carece de todo fundamento científico. Mis colegas se burlarían de mí si les dijese que un pedazo de piel arrancada del cuerpo de un hombre puede permanecer sometida a la influencia de su primitivo poseedor. No cabe duda alguna de que es vuestra propia sangre, puesta en circulación por vuestro corazón, bajo la acción del cerebro, la que afluye a vuestra nariz; y, sin embargo, tentado estoy de creer que ese imbécil de auvernés no es extraño a estos sucesos.

M. L'Ambert lanzó una exclamación de disgusto y de sorpresa. ¡Decir que un vil mercenario, a quien había religiosamente pagado su servicio, podía ejercer una influencia oculta sobre la nariz de un funcionario público, era una impertinencia!

—Es mucho peor aun—replicó el doctor,—es un absurdo. Y, sin embargo, os pido autorización para buscar a Romagné. Tengo necesidad de verle hoy mismo, aunque no sea más que para convencerme de mi error. ¿Habéis conservado sus señas?

—¡No lo permita Dios!

—Pues bien, yo trataré de averiguarlas. Tened paciencia, no salgáis para nada de vuestra habitación, y suspended entre tanto toda medicación.

Buscó en vano durante quince días. Recurrió a la policía, que le tuvo despistado por espacio de tres semanas. Un agente sutil y lleno de experiencia descubrió todos los Romagnés de París, excepto el que se buscaba. Encontró un inválido, un tratante en pieles de conejo, un abogado, un ladrón, un corredor del ramo de mercería, un gendarme y un millonario, todos de este mismo apellido. M. L'Ambert se abrasaba de impaciencia al lado del hogar, y contemplaba con desesperación su nariz color de escarlata. Por fin se dio con el domicilio del aguador, pero éste ya no vivía en él. Los vecinos refirieron que había hecho fortuna y vendido su tonel para gozar de la vida.

M. Bernier dio una terrible batida por las tabernas y demás lugares de placer, en tanto que su enfermo permanecía sumido en la mayor melancolía.

El 2 de febrero, a las diez de la mañana, el atildado notario calentábase tristemente los pies y contemplaba horrorizado aquella peonía florida en medio de su rostro, cuando un alegre tumulto conmovió toda la casa. Abriéronse las puertas con estrépito, de los pechos de todos los criados escapáronse gritos de alegría, y se vio aparecer al doctor, trayendo de la mano a Romagné.

Era el verdadero Romagné; pero, ¡cuán cambiado estaba! Sucio, embrutecido, feo, con la mirada apagada, el aliento mal oliente, apestando a vino y tabaco, rojo de la cabeza a los pies como un cangrejo cocido, era el prototipo del erisipelatoso.

—¡Monstruo!—le dijo M. Bernier,—se te debería caer la cara de vergüenza. Has descendido a un nivel más bajo que el de los brutos. Conservas todavía la cara del hombre, pero no su color. ¡En qué has empleado la fortunita que te proporcionamos? Te has revolcado en el cieno de todos los vicios, y te he encontrado en las afueras de París, tirado como un cerdo en el suelo de la taberna más inmunda.

El auvernés elevó hasta el doctor su mirada, y le dijo con su amable acento, embellecido con este dejo propio del pueblo bajo parisiense:

—¡Y bien, qué! Que he empinado un poco el codo. ¿Es acaso una razón para decirme esa sarta de necedades?

—¿A qué llamas necedades, majadero? Te reprocho tus torpezas. ¿Por qué no colocaste tu dinero a interés en vez de bebértelo?

—¡Fue el señor quien me dijo que me divirtiese!

—¡Tunante!—exclamó el notario,—¿fui yo quien te aconsejó que te fueses a emborrachar fuera de las fortificaciones, con aguardiente y vino tinto?

—Cada uno se divierte como puede... He estado con mis camaradas.

—¡Vaya unos camaradas!—dijo el médico, no pudiendo reprimir un movimiento de cólera.—¿De manera, truhán, que llevo a cabo una cura maravillosa, que me llena de gloria y esparce por París mi bien ganada fama, y que acabará por abrirme las puertas del Instituto, y tú, en unión de unos cuantos borrachos de tu misma calaña, vais a hacer zozobrar la más divina de mi obras? ¡Si sólo se tratase de ti, grandísimo bellaco, te dejaríamos obrar como quisieses! Es un verdadero suicidio físico y moral; pero un auvernés más o menos poco importa a la sociedad. ¡Pero se trata de un hombre de mundo, de un rico, de tu bienhechor, de mi cliente! Tú lo has comprometido, desfigurado, asesinado con tu mala conducta. ¡Mira bien en qué estado lamentable has puesto al señor el rostro! El infeliz contempló la nariz que había contribuido a formar, y rompió en amargo llanto.

—Es una verdadera desgracia, señor Bernier; pero pongo a Dios por testigo de que no he tenido yo la culpa. Esa nariz se ha deteriorado ella sola. Yo soy un hombre honrado, y os juro que no he puesto mi mano en ella.

—¡Imbécil!—tronó M. L'Ambert,—jamás comprendes las cosas... por más que, en realidad, no es menester que comprendas. Se trata únicamente de que digas sin rodeos si quieres cambiar de conducta y renunciar a esa vida de crápula que me mata de rechazo. Te prevengo que tengo el brazo muy largo, y que, si persistes en tus vicios, sabré ponerte pronto a buen recaudo.

—¿Preso?

—Preso.

—¿Preso entre los criminales? ¡Gracias, señor L'Ambert! ¡Eso sería la deshonra de mi familia!

—¡Seguirás bebiendo, o no?

—¡Ah, Dios mío! ¿cómo beber cuando no se tiene dinero? Todo lo he gastado ya, señor L'Ambert. Me he bebido los dos mil francos íntegros; me he bebido mi tonel y cuánto poseía, y no hay un alma en la tierra que ya quiera abrirme crédito.

—Me alegro, perillán; hacen todos muy bien.

—Tendré que ser juicioso a la fuerza. La miseria me amenaza, señor L'Ambert.

—¡Te repito que me alegro!

—¡Señor L'Ambert!

—¿Qué?

—Si tuvieseis la bondad de comprarme un tonel nuevo para ganarme la vida honradamente, os juro que volvería a ser un buen sujeto.

—¡Buena fuera! Lo venderías al día siguiente para emborracharte.

—No, señor L'Ambert, ¡os lo juro por mi honor!—Esos son juramentos de borracho.

—¿Queréis entonces que me muera de hambre y sed? ¡Un centener de francos, mi buen señor L'Ambert!

—¡Ni un solo céntimo! La Providencia te puso en mi camino para devolver a mi rostro su aspecto natural. Bebe agua, come pan seco, prívate de lo más necesario, muérete de hambre, si puedes; sólo a ese precio podré recobrar mis facciones y volveré a ser el mismo.

Romagné inclinó la cabeza y retirose arrastrando los pies y saludando a los presentes.

El notario recuperó su alegría y el médico sus ensueños de gloria.

—No quiero alabarme a mí mismo—decía modestamente M. Bernier,—pero Leverrier descubriendo un planeta por la fuerza del cálculo, no ha realizado un milagro tan grande como yo. Adivinar, por el aspecto de vuestra nariz, que un auvernés ausente y perdido en la baraúnda de un París, se halla entregado a la crápula, es remontarse desde el efecto a la causa por caminos que la audacia del hombre no había intentado aún. En cuanto al tratamiento de vuestra enfermedad, se halla indicado por las circunstancias. La dieta aplicada a Romagné es el único remedio que puede curaros. La suerte ha venido a servirnos de un modo maravilloso, puesto que este animal se ha comido hasta su último céntimo. Habéis hecho perfectamente en negarle el socorro que os pedía: todos los esfuerzos del arte serán vanos mientras tenga que beber ese hombre.

—Pero, doctor—le interrumpió L'Ambert,—¿y si no fuera ese el origen de mi mal? ¿y si sólo se tratase de una coincidencia fortuita? ¿No habéis dicho vos mismo que a veces la teoría...?

—He dicho, y lo repito, que en el estado actual de los conocimientos humanos, vuestro caso no admite ninguna explicación lógica. Es un hecho cuya ley se desconoce. La relación que hoy hallamos entre vuestra nariz y la conducta de este auvernés, nos abre una perspectiva, engañosa tal vez, mas, sin duda alguna, inmensa. Esperemos algunos días: si vuestra nariz se cura a medida que Romagné se enmienda, se verá reforzada mi teoría por una nueva probabilidad. No respondo de nada; pero presiento una ley fisiológica, hasta aquí desconocida, y que me consideraré muy feliz si puedo formularla. El mundo de las ciencias se halla lleno de fenómenos visibles producidos por causas desconocidas. ¿Por qué la señora de L..., a quien conocéis como yo, tiene en el hombro izquierdo una cereza perfectamente pintada? ¿Es, acaso, como dicen, porque, hallándose encinta su madre, sintió ésta grandes deseos, que no pudo satisfacer, de comerse una cesta de cerezas expuestas en el escaparate de Chevet? ¿Qué artista invisible ha dibujado esta fruta sobre el cuerpo de un feto de seis semanas, del tamaño de un langostino mediano? ¿Cómo explicar esta acción especial de lo moral sobre lo físico? ¿Y por qué la cereza de la señora de L... adquiere cierta tumefacción y sensibilidad en el mes de abril de cada año, cuando están flor los cerezos? He aquí unos hechos ciertos, evidentes, palpables, y tan inexplicables como la hinchazón y rubicundez de vuestra nariz. ¡Pero tengamos paciencia!

Dos días después la hinchazón la nariz del notario cedía de un modo visible, pero su color rojo persistía. Al final de la semana, su volumen habíase reducido más de una tercera parte. Al cabo de quince días, perdió por completo la piel, crió seguida otra nueva, y recuperó su forma y color primitivos.

El triunfo del doctor era evidente.

—Mi único sentimiento—decía,—es que no hayamos guardado a Romagné en una jaula, para observar en él, al mismo tiempo que en vos, los efectos del tratamiento. Estoy seguro que ha estado, durante siete u ocho días, cubierto de escamas como un pez.

—¡Que el diablo cargue con él!—observó cristianamente el notario.

Este, a partir de aquel día reanudó su vida ordinaria: salió carruaje, a caballo, a pie; danzó los bailes del faubourg, y embelleció con su presencia el foyer de la Opera. Todas las mujeres lo acogieron perfectamente, en el mundo y fuera de él. Una de las que más tiernamente le felicitaron por su curación fue la hermana mayor de su amigo Steimbourg.

Esta amabilísima joven, que tenía costumbre de mirar a los hombres cara a cara, observó que M. L'Ambert había salido de la última crisis más hermoso que nunca. Y en realidad, parecía como si aquellos dos o tres meses de enfermedad hubiesen dado a su rostro un no sé qué de perfecto. La nariz, sobre todo, aquella nariz recta, que acababa de recuperar sus ordinarias dimensiones después de una dilatación excesiva, parecía más fina, más blanca y más aristocrática que nunca.

Esta era también la opinión del acicalado notario, que se contemplaba en todos los espejos con una creciente admiración de su persona. ¡Había que verlo frente a frente de su imagen, sonriendo, endiosado, a su propia nariz!

Pero a la vuelta de la primavera, en la segunda quincena de marzo, mientras la generosa savia hacía retoñar las lilas, llegó a creer M. L'Ambert que sólo a su nariz le eran negados los beneficios de la estación y las bondades de la naturaleza. En medio del renacimiento general de todas las cosas, palidecía como una hoja de otoño. Sus alas, adelgazadas y como desecadas por el viento del desierto, adosábanse cada vez más a su tabique central.

—¡Demontre!—decía el notario, haciéndole una mueca al espejo,—la distinción es cosa bella, lo mismo que la virtud; pero esto ya es demasiado. Mi nariz va adquiriendo una elegancia inquietante, y, si no trato de darle alguna fuerza y color, muy pronto no será que una sombra.

Diose en ella un poco de colorete; pero sólo logró hacer resaltar más aun finura increíble de aquella línea recta y sin espesor que dividía su rostro en dos mitades. La fantástica nariz del desesperado notario hacía recordar la varilla de hierro que proyecta su cortante sombra sobre la esfera de los relojes de sol.

En vano sometiose a un régimen más alimenticio el indignado millonario de la calle de Verneuil. Considerando que una buena alimentación, digerida por un estómago sólido, aprovecha por igual a todas las partes del cuerpo, se impuso la dulce ley de embaularse sendas tazas de caldo, sendos tajos de carne ensangrentada, regados con los más generosos vinos. Decir que estos manjares elegidos no le hicieron efecto, sería negar la evidencia y blasfemar de las comidas regaladas. M. L'Ambert adquirió en poco tiempo hermosos mofletes rojos, un pescuezo muy digno de cualquier ternero apoplético y una respetable panza. Pero la nariz parecía una especie de socio negligente o desinteresado, que no se ocupa en cobrar sus dividendos.

Cuando un enfermo no puede comer ni beber, se le sostiene a veces por medio de baños alimenticios, que penetran a través de los poros de la piel hasta los centros vitales. M. L'Ambert trató a su nariz como a un enfermo a quien es preciso alimentar por separado a cualquier precio. Adquirió una bañera de plata sobredorada, y, seis veces al día, introducíala en ella y la mantenía pacientemente sumergida en sendos baños de leche, de vino de Borgoña, de caldo substancioso y hasta de salsa de tomates. ¡Trabajo perdido! la enferma salía del baño tan pálida y delgada y en estado tan deplorable como estaba antes de entrar.

Todas las esperanzas parecían ya perdidas, cuando un día M. Bernier diose un golpe en la frente y exclamó:

—¡Pero si hemos cometido una falta imperdonable! ¡un error digno de colegiales! ¡y he sido yo! ¡yo mismo, cuando este hecho constituye una confirmación aplastante de mi teoría...! No lo dudéis, caballero: el auvernés está enfermo, y es preciso curarle a él para que sanéis vos.

El desdichado L'Ambert mesose los cabellos. ¡Cuánto se arrepintió de haber plantado a Romagné de patitas a la calle, y de haberse negado a socorrerle, y olvidado el quedarse con sus señas! Representábase al pobre diablo consumiéndose sobre un camastro, sin pan, sin rosbif y sin vino de Châteaux-Margaux. Esta idea destrozaba su corazón. Asociábase a los dolores del infeliz mercenario. Por primera vez en su vida compadeciose de los sufrimientos del prójimo.

—¡Doctor, querido doctor!—exclamó, estrechando la mano de Bernier,—¡daría toda mi fortuna por salvar a ese valiente muchacho!

Cinco días después, el mal había avanzado más aun. La nariz no era más que una película flexible, que se plegaba bajo el peso de las gafas, cuando M. Bernier vino a decirle que había encontrado al auvernés.

—¡Victoria!—exclamó entusiasmado el notario.

El cirujano encogiose de hombros y contestó que la victoria parecíale dudosa por lo menos.

—Mi teoría—añadió,—está plenamente confirmada, y, como fisiólogo, tengo que declararme satisfecho; pero, como médico, quisiera ante todo curaros, y el estado en que he visto a ese infeliz no me inspira demasiadas esperanzas.

—¡Vos le salvaréis, doctor!

—Por lo pronto, no me pertenece actualmente: se encuentra al servicio de un colega mío que le estudia con cierta curiosidad.

—Ya lograréis que os lo ceda. ¡Lo compraremos, si es preciso!

—¡No soñéis siquiera en eso! Un médico no vende nunca a sus enfermos. Los mata algunas veces, en interés de la ciencia, para ver qué tienen dentro; pero traficar con ellos... ¡jamás! Mi amigo Fogatier me cederá, tal vez, vuestro auvernés; pero el pobre está muy enfermo, y, para colmo de desgracia, se halla tan aburrido de la vida, que quiere a todo trance morirse. Rechaza las medicinas, y, en cuanto a los alimentos, tan pronto se queja de no tener suficiente, y reclama a grandes voces su ración entera, como rechaza cuanto le dan, y trata de matarse por hambre.

—¡Pero eso es un crimen! ¡Yo le hablaré! ¡yo le haré oír el lenguaje de la religión y la moral! ¿Dónde se encuentra?

—En el hospital, sala de San Pablo, número 10.

—¿Tenéis vuestro carruaje a la puerta?

—Sí.

—Pues partamos. ¡Ah, infame! ¡quiere morirse! ¿Ignora por ventura que todos los hombres son hermanos?