La necedad del discreto (Versión para imprimir)

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Elenco
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La necedad del discreto Félix Lope de Vega y Carpio


La necedad del discreto

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



LAUREANO.
CELIO.
LEVINIA, dama.
TEODORA.


EL DUQUE DE FERRARA.
POLIBIO, su secretario.
BELETA, criada.
MONGIL, lacayo.


COSTANCIA, dama.
LISARDO, caballero.
MÚSICOS.
OTAVIO.


FABIA.
JULIA.
CAMILA.




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Acto I
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Nadie se conoce Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen LAUREANO y CELIO con hábito de noche y valonas de estudiantes.
LAUREANO:

  Llama a este balcón.

CELIO:

¿Con qué?

LAUREANO:

Con la espada.

CELIO:

Fuera en vano,
porque es corta para mano.

LAUREANO:

¿Y no alcanzarás?

CELIO:

No sé,
  aun si trujera montante...

LAUREANO:

Busca una piedra.

CELIO:

Es fineza,
a mujer de tal dureza,
llamar con su semejante,
  aunque cierto que el llamar
a ventana de mujer
con las manos ha de ser.


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LAUREANO:

Ya entiendo manos por dar,
  y es metonimia estremada.

CELIO:

Es de su causa el efeto
más eficaz y discreto.

LAUREANO:

Sí, Celio, mas no me agrada
  que solas a las mujeres
se presuma conquistar
con esta fuerza del dar,
porque, si advertir lo quieres,
  pienso que no llamarás
a ventana, si pretendes,
del hombre que más entiendes
que ha de resistirse más,
  que el pleito, la pretensión,
el favor, la diligencia,
la amistad, la conferencia,
[-on]
  no se corresponda al dar
si llamas con el dinero,
que no hay hombre tan severo
que el dar no pueda mudar,
  y puesto que haberle puede,
será fénix de valor.


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CELIO:

En las conquistas de amor
nunca yo he visto que quede
  rendido el fuerte interés.

LAUREANO:

Llama agora a esta señora.

CELIO:

Daré con la espada agora,
tú con dinero después,
  mas si este después fuera antes,
antes te hubieran abierto.
(Sale LEVINIA, dama.)

LEVINIA:

¿Es el doctor?

LAUREANO:

Y tan cierto
que es un ejemplo de amantes,
  que aquel que con puro amor
desea gozar su gloria,
al reloj de la memoria
le pone despertador,
  y así no puede faltar
a la hora concertada.

LEVINIA:

Teneisme muy obligada.


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LAUREANO:

Amor bien puede obligar.

LEVINIA:

  Agora acabo de ver
que no hay tanta autoridad
que una tierna voluntad
no puede descomponer.
  Un catedrático, un hombre,
Laureano, mi señor,
de vuestro raro valor,
autoridad, fama y nombre,
  no en Bolonia solamente,
adonde ya sois oído
con tal aplauso, y tenido
por único y excelente,
  con tantas leyes, no sabe
una que tenga valor
contra las leyes de amor.

LAUREANO:

Es emperador tan grave
  que deroga las demás,
y si de historias sabéis,
otros muchos hallaréis,
porque en poniendo el compás
  en el punto del amor,
llegaréis con el segundo
a hacer un círculo al mundo.


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LEVINIA:

Sin duda, señor doctor,
  y así, rey, agradecida,
para mañana os convido
a ese pecho agradecido
y a toda un alma rendida,
  que esta noche no es posible
daros en casa lugar.

CELIO:

[Aparte a LAUREANO.]
¿Esto, señor, es llamar
a una dureza imposible?

LAUREANO:

  ([Aparte.])
(Calla, Celio.)
 Mi señora,
tanto favor me suspende,
porque aunque el alma pretende
que se satisfaga agora
  con palabras de alegría
y muestras de obligación,
para tanta estimación
parece descortesía.


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LEVINIA:

  Quedaos, Laureano, adiós,
que siento ruido en casa.
(Vase.)

LAUREANO:

Adiós, mi bien.

CELIO:

¿Esto pasa?

LAUREANO:

¡Engañámonos los dos!

CELIO:

  Vive Dios que imaginé
que si vivieras cien años,
y más que instantes engaños
encarecieras tu fe,
  estas puertas cada día
no alcanzaras un favor
de los menores de amor.

LAUREANO:

¡Falsa fue la opinión mía!


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CELIO:

  También, señor, puede ser
que tu mucha autoridad,
ciencia, talle y calidad
venciesen esta mujer.
  No será flaqueza suya,
que a tu opinión de discreto,
y de tan raro sujeto,
es mejor que se atribuya.
  No eres tú de los letrados
que saben solas sus leyes,
que en las artes de los reyes
sabes que son celebrados
  tres papeles, y donaires,
y no es mucho que esta dama
se haya rendido a tu fama.

LAUREANO:

Por ella anduve en los aires,
  y de ver su liviandad
ya estoy desenamorado.

CELIO:

¿Qué dices?

LAUREANO:

Que me ha cansado
su mucha facilidad.
  Nunca, Celio, te confíes
de quien presto dice sí.


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CELIO:

¿Y no has de volver aquí?

LAUREANO:

¡No, por Dios! ¿De qué te ríes?

CELIO:

  De que, para cosa igual,
dejamos las sopalandas.

LAUREANO:

Tres [cosas] cuando son blandas,
Celio, me parecen mal.

CELIO:

  ¿Cuáles, señor?

LAUREANO:

El suelo,
el pescado y la mujer.

CELIO:

En fin, ¿te quieres volver
a no volver?

LAUREANO:

Y recelo
  que no la veré en mi vida.

CELIO:

¿Tú eres discreto?

LAUREANO:

No sé.


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CELIO:

¿No es mejor que luego esté
la mujer agradecida?

LAUREANO:

  Amando sin voluntad,
mejor, mas para tenella,
¿qué discreto ha de ponella
en tanta facilidad?
  ¿De qué se queja después,
quien tiene a mujer amor,
que le dio presto favor,
si otro gusto, otro interés,
  la mudaron de intención?

CELIO:

No te quiero replicar,
pero bien puedes llamar
en este verde balcón
  adonde vive Teodora,
la que hablaste ayer pasando
a escuelas.

LAUREANO:

Voyme acordando,
pero es muy vana señora,
  y preciarse de entendida,
y cansar sobre cansado,
es llover sobre mojado.


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CELIO:

Prueba, prueba, por tu vida,
  que no quiero que te acuestes
con el enfado que llevas.

LAUREANO:

Andándonos, Celio, en pruebas,
se irán las luces celestes
  del manto azul a acostar
antes que nosotros.

CELIO:

Llama,
que es una gallarda dama.

LAUREANO:

Por ti me atrevo a llamar.
  ¡Ha del balcón!
(TEODORA en lo alto.)

TEODORA:

¿Es Rugero?

LAUREANO:

 ([Aparte.])
(Otro aguardaban aquí.)
No soy Rugero, aunque fui
más firme y más verdadero,
  y no cerréis el balcón;
mirad que soy Laureano.

TEODORA:

¡Jesús, el divino humano!


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LAUREANO:

Milagros, Teodora, son
  del amor y la hermosura.
Hoy os vi, y estoy de suerte.

TEODORA:

«Quedo», diréis a la muerte.

LAUREANO:

Y dijera verdad pura.

TEODORA:

  Tengo cierta ocupación,
señor doctor, ¡por mi vida!,
pero estoy agradecida
de suerte a vuestra afición,
  y téngola de manera
a la fama que pregona,
de vuestra rara persona,
que en más superior esfera
  no se ha visto entendimiento,
que os quiero escuchar mañana.

LAUREANO:

¿A la puerta o la ventana?

TEODORA:

Al alma, y al aposento.
(Vase.)

CELIO:

  ¿Fuese?

LAUREANO:

¿Qué habrá de hacer,
tras tanta facilidad?


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CELIO:

No entiendo tu voluntad
ni tu modo de querer.
  ¿Cómo han de ser las mujeres
para ti?

LAUREANO:

Como diamantes.

CELIO:

¿En locuras semejantes
gastar tiempo y vida quieres?
  Cuando no fueras letrado
y catedrático aquí,
y cuyo tiempo es en ti
tan preciso, y ocupado,
  era buena esa opinión,
pero quien tiempo no tiene
mejor negocia si viene
y alcanza conversación.

LAUREANO:

  Eso no pienso yo hacer.

CELIO:

¿Luego a vella no vendrás?

LAUREANO:

¡Tan fácil es por demás!

CELIO:

¡Hagamos una mujer
  de un diamante o, como escribe
Ovidio, del pedernal
de Anajarte!


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LAUREANO:

Este oficial,
que en esta casilla vive,
  tiene una hermosa aldeana
por mujer.

CELIO:

Su necedad
no tendrá facilidad,
que esta es siempre cortesana,
  que dicen que la engendró
el trato en la cortesía.

LAUREANO:

Hablarla Otavio solía,
y le acompañaba yo.
  Demos la vuelta a la calle,
que siento gente.

CELIO:

Que estés
en opinión que si ves
que a tu ciencia, que a tu talle,
  se incline alguna mujer,
no has de quererla.

LAUREANO:

A un diamante
ha de tener semejante
la que tengo de querer.

CELIO:

  Si quieres para querellas
de diamante las mujeres,
más pensaré que las quieres...


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LAUREANO:

¿Para qué?

CELIO:

Para vendellas.

LAUREANO:

  Sí, pero es necio arrojarse
el hombre que hallarla espera,
al conquistarla, de cera,
y al guardarla, de diamante.
(Vanse.)
(Salen el DUQUE DE FERRARA y POLIBIO, su secretario.)

POLIBIO:

  Ninguno, gran señor, para tu intento
como es el catedrático que digo,
que a Bártulo y a Baldo se aventaja,
y pudiera en Italia ser Licurgo
como lo fue en Atenas el famoso
a quien deben las leyes su principio.

DUQUE:

Yo tengo, como sabes, muchos hombres,
Polibio, en mi ducado de Ferrara
que pudieran servirme en el gobierno
donde me dices ponga a Laureano,
catedrático insigne de Bolonia,
pero el ser naturales de mi tierra
me quita la esperanza, en mi concepto,
de que, por dicha, a mi disgusto salgan.


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POLIBIO:

En su patria ninguno fue profeta,
palabras son de Dios, y como él ciertas,
fuera de que es antiguo entre señores,
y aun entre los demás del mismo vulgo,
no hacer estimación de cosas propias
y venerar las estranjeras mucho:
si un hombre viene hablando en otra lengua,
aquel ha de ser médico famoso,
aquél pintor y aquél divino artífice;
el libro en lengua propia no se estima,
ni lo que cría aquella misma tierra,
porque en no conocer los dueños dellas
estriba de las cosas todo el crédito.

DUQUE:

Bien dices, y así vemos que la fama
no se despega de la propia envidia,
si no es que muera el dueño que la tiene.
Dijo un discreto que era matrimonio,
Polibio, el de la envidia y de la fama
que se apartaba solo con la muerte,
de suerte que al que nace en alguna arte
insigne le está bien morirse presto,
y si la vida ha de costar la fama,
famoso en todo a mi enemigo llama.


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POLIBIO:

Según eso, señor, ¿te determinas
a llamar al insigne Laureano
y darle este gobierno?

DUQUE:

Todos dicen
que es de aqueste gobierno benemérito
entre cuantos famosos tiene Italia;
dícenme que después de lo que en leyes
tiene alcanzado de gloriosa fama,
es el hombre más raro y más discreto
que agora se conoce en toda Europa,
de su universidad tan aprobado
que dos veces a Roma le ha enviado,
y que ha hecho al Pontífice oración él
que admiraran romanos Cicerones,
dejando atrás Demóstoles Gracianos,
pues bien sabes si saben los romanos.

POLIBIO:

Siempre pensé que cuando me tratabas
de las partes de aqueste catedrático,
ya le tenías eligido cónsul
y presidente desta gran república;
agora te confieso mi sospecha.

DUQUE:

Imaginaste la verdad, Polibio;
ya tiene hartas el dotor, y pienso
que será la respuesta de las cartas,
porque le pido encarecidamente
que no dilate su venida, y creo
que le dará mi amor justo deseo.


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POLIBIO:

Tú empleas, gran señor, este gobierno
en el hombre de Italia más famoso;
de mi parte, y de muchos que le estiman,
quiero besar tus pies.

DUQUE:

Gracias al cielo
que a gusto de mi tierra halle quien tenga
la justicia, las leyes y el imperio,
porque muy pocas veces se ha juntado
mandar un hombre el pueblo y ser amado.

POLIBIO:

Todo eso alcanza el milagroso efecto
de ser amable, fácil y discreto.
(Vanse.)
(Salen BELETA, criada, y MONGIL, lacayo de LAUREANO.)

BELETA:

  No me digas tales nuevas,
que me arañaré la cara.

MONGIL:

¡Siempre amor en esto para!

BELETA:

¡Bien con tu ausencia lo pruebas!
  ¿Y que a Ferrara te irás
sin duda alguna, Mongil?


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MONGIL:

Pena de ser hombre vil,
desleal y infiel, que es más.
  Yo he servido a Laureano
desde niño, como sabes:
Laureano, entre hombres graves,
más divino que hombre humano.
  Hijo fui de un escudero
que en papeles le sirvió;
púsome a escuelas y yo
troqué a Virgilio y a Homero
  por el libro de Vilhán,
en cuyas cuarenta hojas
tantas penas y congojas,
tantos hechizos están,
  y porque duda no lleves,
si en decir cuarenta erré,
mira, Beleta, que fue
sacar los ochos y nueves;
  dejé de latinizar
y quedé tal por mi culpa,
que, sin admitir disculpa,
me puso a lacaizar,
  en cuyo oficio he vivido
con más gusto, que una mula
para que la adorne y pula
menos enfadosa ha sido;
  ella y yo hablamos latín,
cuando se ofrece ocasión,
sobre el quitar la razón,
argumento celemín,
  verdad es, que como es mula
de tan insigne dotor,
niega siempre la mayor
y la menor disimula,
  y remitiendo las voces
a coces, parece a algunos
que remiten, importunos,
sus argumentos a coces;
  con este oficio, aunque vil,
le he servido y te he servido.


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BELETA:

¡No te hubiera conocido
para perderte, Mongil!

MONGIL:

  Beleta, no te apasiones
ni des quehacer a los ojos,
ni juntes, por darme enojos,
con lágrimas las razones.
  Este duque de Ferrara
le ha hecho gobernador
de aquel estado al dotor
por habilidad tan rara.
  Allá habemos de medrar
como en casa de juez.
Advierte que alguna vez
por placer viene el pesar.
  Tú serás más regalada
que la dama del dotor,
porque si me tiene amor,
vara de alguacil no es nada.
  ¡No hay estafeta, Beleta,
que venga sin carta tuya!


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BELETA:

¿Y ha de venir sin la suya
alguna vez la estafeta?
  ¿Mas, qué digo? Sí vendrá,
porque en mudando persona,
hará dama la fregona
y sola me dejará
  donde me coma de celos,
de ausentes enfermedad.

MONGIL:

Parad, ojuelos, parad;
no lloréis dulces ojuelos,
  sino dadme alguna prenda
que confirme tanto amor.

BELETA:

Quedo, que sale el dotor.

MONGIL:

¿Qué importa que ya lo entienda?
(Sale LAUREANO en hábito de letrado, y CELIO a la misma traza, y COSTANCIA, dama.)

COSTANCIA:

  Déjame, que no quisiera
verte con tanta paciencia.

LAUREANO:

Para llorar una ausencia
ojos de mujer quisiera.


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COSTANCIA:

  No los debéis de querer
sino para ser mudable.

CELIO:

 [Aparte a LAUREANO.]
¡Necedad!

LAUREANO:

[Aparte.]
Y muy notable
siendo Costancia mujer,
  que en efeto ha confesado
que por mudarme quería
ojos de mujer.

COSTANCIA:

Si el día
de tu partida ha llegado,
  y me coge de improviso,
¿qué te espantas que esté necia?

LAUREANO:

Costancia, mi dicha precia,
y que es la tuya te aviso;
  yo voy a mudar de estado,
pero no a mudar de fe,
que allá, Costancia, tendré
más amor y más cuidado.
  El aumento de mi bien
solo ha de ser para ti.


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COSTANCIA:

Si aquí mil veces te vi
falso, y mudable también,
  ¿cómo esperaré que ausente
no serás cruel conmigo?

LAUREANO:

No quiero argüir contigo
con tan falso antecedente,
  sino pedirte licencia,
que me aguardan los caballos.

COSTANCIA:

Vas a gobernar vasallos,
vas a una gran preminencia,
  vas a un oficio supremo.
¡Ay de mí que quedo aquí
sin nada desto y sin ti!

LAUREANO:

Adiós, que aun mirarte temo.
  Consuela, Celio, a Costancia
mientras los caballos tomo.

CELIO:

Ya, señor, no entiendo cómo.

COSTANCIA:

Con acercar la distancia
  que hay de tus brazos a mí.

CELIO:

¿Mis brazos?


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COSTANCIA:

Sí, que te adoro,
que tanto más me enamoro,
cuanto te apartas de mí.

CELIO:

  ¿Qué dices, Costancia?

COSTANCIA:

Digo
que me hubiera declarado
si yo hubiera imaginado
verme en tal punto contigo.
  No pensé que Laureano
saliera jamás de aquí.

CELIO:

¡Bien pagas su amor ansí!
¡Quita, Costancia, la mano!
  ¡Quita, que soy su criado!
¿Esas las lágrimas son?

COSTANCIA:

Por ti lloraba, a traición;
un llanto torna, soldado,
  que es agua de dos colores,
pues cuando el dotor pensaba
que por su amor la lloraba,
era por el tuyo amores.


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CELIO:

  Con agua de tornasol
no he visto llorar mujer.

COSTANCIA:

El cielo lo suele hacer,
y es cielo, y llueve con sol.
  Quédate, mi Celio, aquí.
Después seguirás tu dueño.

CELIO:

Costancia, eso es viento, es sueño.
¡Leal y hidalgo nací!

COSTANCIA:

  ¡Oye, escucha! ¡Hola, estudiante!
¡Mira que son burlas!

CELIO:

Bien.

COSTANCIA:

¡Escucha tanto desdén!
Mal hice. ¡Espera diamante!
(Vase.)

MONGIL:

  Fuese tu señora, y creo
que con celos va enojada.

BELETA:

Pienso que Celio le agrada
y no admite su deseo.


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MONGIL:

  ¿Al divino Laureano
deja Costancia?

BELETA:

¿En mujeres
electiones justas quieres?

MONGIL:

¿Pues qué tienen, si esto es vano?

BELETA:

  Caprichos, arrojamientos,
antojos y desatinos.

MONGIL:

Por esos mismos caminos
buenos van mis pensamientos,
  que siendo yo lo peor
que hay en Bolonia, es forzoso
ser en tu gusto dichoso.

BELETA:

Costancia amará al dotor,
  pero no le entiende bien
aquellas divinidades.

MONGIL:

La verdad me persuades
de su engaño y su desdén.
  Ya parten; quédate a Dios.

BELETA:

¿Has de olvidarme?


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MONGIL:

No sé,
lo que tú hicieres haré.

BELETA:

¿Y el vernos, Mongil, los dos?

MONGIL:

  Si tu mar corre en bonanza
habrá posta y guardasol,
mas si como caracol
salgo al sol de tu mudanza,
  ni sabrás nuevas de mí,
ni en mi vida te veré.

BELETA:

Presto verás en mi fe
con la lealtad que nací.

MONGIL:

  Todas nos lloráis partiendo,
mas sabéis también mudaros,
que nadie volvió a buscaros
que no os hallase riendo.
(Vase.)


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(Salen LISARDO, caballero, [OTAVIO] y MÚSICOS.)
LISARDO:

  Desde aquí podréis cantar.
Recorre la calle, Otavio.

OTAVIO:

No hay, Lisardo, amante sabio.

LISARDO:

Luego no podré negar
  que soy necio, pues no puedo
negar, Otavio, el amor.

OTAVIO:

¿Qué gente, calle o rumor,
Lisardo, te pone miedo,
  si a cantar vienes aquí
y toda la vecindad
lo ha de escuchar?

LISARDO:

Es verdad,
cuantos aman son ansí,
  que lo que dicen a voces
procuran disimular.


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OTAVIO:

No me acabo de admirar.
De mil hombres que conoces
  que, siendo sus pensamientos
tan públicos en Ferrara,
andan guardando la cara
con mil vanos fingimientos,
  el que tiene de una dama
la posesión muchos años
mal honrará con engaños
eso mismo, que es la fama;
  el pobre que anda galán
de la seda y la cadena,
¿cómo de la lengua ajena,
sus trazas se librarán?;
  la que admite cada día
hombres a conversación,
¿cómo a la que en un rincón
hace labor desafía?;
  la que trae sobre sí
lo que su dueño no adquiere,
¿cómo a un pueblo encubrir quiere
lo mismo que ven allí?
  Yo no digo que en el mundo
no ha de haber casos estraños;
ríome de los engaños
en que estas locuras fundo,
  porque querer desdecir,
quien lo hace, lo mal hecho,
si lo pone sobre el pecho,
¿cómo lo puede encubrir?


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LISARDO:

  En metiéndote en quimeras,
serás más necio que todos,
ni tú del vivir los modos
reducir a virtud quieras
  cuando no te toca a ti,
que lo mismo te dirán
los que escuchándote están.

OTAVIO:

Yo te lo confieso ansí,
  ni menos perjudicial
es un necio como yo,
que todo lo que vio
habla mal y juzga mal,
  que los mismos que he culpado.

LISARDO:

Mira, Otavio, a los jueces
toca.

OTAVIO:

Sí, mas muchas veces
el Argos más desvelado,
  con los ojos del pavón
que le pintó la poesía,
no ve lo que ver quería,
tantos los Mercurios son.
  Si un hombre de mal vivir
un ángel de guarda tiene,
¿qué hará el que a saberlo viene?


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LISARDO:

Ya no te puedo sufrir;
  calla, enhorabuena, ya,
que ya de Bolonia llega
a quien nuestro duque entrega
este gobierno.

OTAVIO:

Sí hará,
  pero bastará si sabes
a su remedio.

LISARDO:

El dotor
tiene opinión superior
a los letrados más graves
  [-os]
que tiene Italia.

OTAVIO:

Otra cosa
es más fuerte y poderosa,
Lisardo, en tales sujetos.

LISARDO:

  ¿Cuál?

OTAVIO:

El ánimo y el valor
para ejecutar sin miedo.

LISARDO:

Cansado de oírte quedo,
habla otro poco en mi amor.


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OTAVIO:

  ¿En tu amor, qué hay que decir
más de que Fabia es tu dama,
y que sé que no te ama,
ni aun lo procura fingir?
  Que es mujer de tal valor
que es lo menos ser sobrina
del Duque.

LISARDO:

Fabia es divina,
no es mujer.

OTAVIO:

Y sin amor,
  que aun esto bien puede ser.

LISARDO:

¿No la igualo?

OTAVIO:

Así lo creo.

LISARDO:

Para mujer la deseo.

OTAVIO:

Por fuerza, pues es mujer.

LISARDO:

  ¡Sobre necio, estás pesado!

OTAVIO:

Es su propia guarnición.
Gente siento en el balcón.


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LISARDO:

¿Pues cantan?

OTAVIO:

Sí, está templado.

[MÚSICOS]:

(Canten.)
  «Recordad, ojuelos verdes,
que a la mañanica dormiredes.»

OTAVIO:

¡Necia letra!

LISARDO:

  ¡Que aun aquí
no hay cosa que disimules!

OTAVIO:

Si estotra los tiene azules,
y los llaman verdes, di
  como ha de salir a hablarte;
pues harás que alguna venga,
que acaso verdes los tenga,
a estorbarte, y a cansarte.

LISARDO:

  Alto, canten otra cosa
para que Otavio nos deje,
que aunque es discreto, es hereje
de su gusto en verso y prosa.


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[MÚSICOS]:

(Canten.)
  «Mostradme esa mano
limpia, clara y bella,
y darame una mano
siquiera de vella.»

OTAVIO:

  ¿Hase oído desatino?
¿Semejante mano agora
a una acostada señora?

LISARDO:

Ya estoy, Otavio, mohíno.

OTAVIO:

  ¿La mano desde un balcón
que está seis picas en alto?
¿Estás de juicio falto,
que sufrís esta canción?
  ¿Mano limpia, clara y bella
a una doncella acostada,
que la tendrá toda untada
y con mil mudas en ella?
  ¿Limpia quieres apostar
que, si a mostrártela viene,
que con el lardo que tiene
la puedes poner a asar?
  ¿Limpia y clara?


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LISARDO:

No cantéis,
porque no ha de haber canción
a que no ponga objeción.

OTAVIO:

Mejor es que os acostéis,
  que Fabia estará dormida.
Mañana mudad conceptos.

LISARDO:

¡No he de tratar con discretos
si puedo en toda mi vida!
(Salen el DUQUE DE FERRARA, con acompañamiento, POLIBIO, su secretario, LAUREANO, CELIO y MONGIL, y criados.)

DUQUE:

  No puedo encareceros el contento
de haberos conocido, Laureano.

LAUREANO:

No yo, señor, os digo lo que siento
de haber besado vuestra heroica mano.

DUQUE:

En vuestro talle estoy mirando atento
un divino Aristóteles greciano;
así debió de hablar y así tendría
aquella celestial fisonomía.

LAUREANO:

  Si como vos sois Alejandro en todo,
fuera yo quien decís, Grecia le diera
ventaja a Italia.


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DUQUE:

De ese propio modo
mi corto entendimiento os considera,
y pienso que al bien público acomodo,
más que si el de Catón el vuestro fuera,
todo cuanto pintará su deseo,
con tales partes adornado os veo.

LAUREANO:

  Que eran del hombre, gran señor, decía,
imagen las palabras el maestro,
de la buena moral, filosofía,
sol, en prudente, ejercitado y diestro,
y que en ellas ánimo se vía
mejor que en el espejo el rostro nuestro;
tal por las vuestras, príncipe, contemplo
vuestro raro valor al mundo ejemplo.
  Honráis a vuestra hechura, porque en vano
tuviera yo de mí tan gran concepto,
puesto que de ese ingenio soberano
le tenga el mundo en evidente efeto.
Sócrates, que de todo el resto humano
fue llamado el más sabio y más discreto
del oráculo délfico, decía
que de inorancia el presumir nacía.
  Temístocles, de ciento y siete años,
dijo en el punto que a morir llegaba:
«Yo muero, ¡oh vida vil, llena de engaños!,
cuando aprender las letras comenzaba».
Tendréis de mi ignorancia desengaños,
aunque en Bolonia en la opinión estaba
que a traerme a Ferrara os hizo gusto
en mi poco gobierno, aunque no injusto.


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DUQUE:

  No me puede mentir vuestra presencia,
que desempeño de la fama ha sido.

LAUREANO:

Preguntando a Zenón la diferencia
que hay de lo verdadero a lo fingido,
dijo con divinísima prudencia
que lo que hay de los ojos al oído,
pues nuestro oído lo fingido engaña,
y la verdad la vista desengaña:
  ya vos me veis, señor.

DUQUE:

Y tan pagado,
que os diera mil gobiernos que tuviera.
Nunca me pareció menor mi estado.

LAUREANO:

Con almas por palabras respondiera.

DUQUE:

Idos a descansar.


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LAUREANO:

De mi obligado
pecho, y de lo que el vuestro considera
de mi opinión, oh príncipe excelente,
lo que Tales, respondo solamente:
  preguntáronle qué cosa
era más antigua, y dijo
que Dios, pues sabemos que es
increado y sin principio;
que la más hermosa, el mundo,
por su divino artificio;
la más capaz, el lugar,
cuyos términos y sitio
comprehenden cualquier cosa
que se ha imaginado y visto;
la de más comodidad,
la esperanza, y fue bien dicho,
porque esta sola nos queda
después de todo perdido;
la mejor cosa llamó
a la virtud, don divino,
y sin quien ninguna es buena
o no hay estremo sin vicio;
la más veloz dijo el sabio
que era el pensamiento altivo
en volar, y en decender
más humilde que el abismo;
la más fuerte, y con razón,
la necesidad, que a un indio
pájaro da lengua humana
y al hombre ignorante aviso;
la más fácil, dar consejo,
muchos le dan sin pedirlo;
y la más difícil siempre
el conocerse a sí mismo;
la más sabia dijo que era
el tiempo; este, oh duque invicto,
os dirá lo que hay en mí,
y así, señor, os suplico
que al tiempo solo, y no más,
le remitáis mis servicios,
mis letras y mi lealtad.
Con esto licencia os pido
para prevenir mis cosas,
y puesto que soy indigno,
os beso los pies mil veces.


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DUQUE:

En mí tendréis un amigo.

LAUREANO:

Y vos un esclavo en mí.
(Vase.)

DUQUE:

Contento quedo, y corrido
de que Ferrara no sea
un reino, un imperio rico.

CELIO:

Deme a mí vuestra excelencia
los pies.

DUQUE:

¿Quién sois?

CELIO:

Quien ha sido
sustituto algunos años
de Laureano. Mal digo,
su hechura y criado soy;
Celio, señor, me apellido.

DUQUE:

Güélgome de conoceros.
Llegad, paseaos conmigo;
direisme de Laureano
las condiciones.


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CELIO:

Estimo
de manera a mi señor,
que diré que no ha nacido
ingenio su igual, aunque entren
Oldrado, Jacobo, Dino,
Bártulo, Baldo y Jasón,
Decio, Alejando, Alberico,
Siliceto y Purpurato,
Paulo de Castro y Marsilio.

DUQUE:

No os pregunto de sus letras.
¿Es rico?

CELIO:

Señor, no es rico.
Tenemos allá una ley:
«Que a toda riqueza, dijo,
refieran buenas costumbres».

DUQUE:

Y fue con mucho juicio.
¿Es melancólico?

CELIO:

No,
y de la opinión me río
que el discreto ha de ser triste,
o que lo ha de andar consigo.

DUQUE:

En fin, ¿él es muy discreto?


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CELIO:

Y tan prudente que afirmo
que pueden sus opiniones
ser en la corte aforismos.

DUQUE:

¿Juega? ¿Tiene vicio alguno?

CELIO:

¿No sabes el cuento antiguo
de aquel astrólogo?

DUQUE:

¿Cuál?

CELIO:

El que a Sócrates le dijo
que era ladrón por las líneas
de la frente, y reprehendido
de sus discípulos, él
dijo: «Discípulos míos,
así es verdad, que yo fuera
ladrón, pero he reprimido
el vicio con la virtud»,
y así en este hombre hay un vicio
que con la virtud reprime.

DUQUE:

¿Cuál, por mi vida?

CELIO:

Es delito
algo fácil de perdón.

DUQUE:

¿Cómo?


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CELIO:

Es enamoradizo.

DUQUE:

Esa falta es de hombres sabios,
filósofos y entendidos,
porque la mucha blandura
del sujeto, en que el divino
ingenio suele fundarse,
los hace tiernos.

CELIO:

Ya digo
que se reprime con la virtud
fácilmente este enemigo.

DUQUE:

Yo quiero darle un remedio,
que no será mal arbitrio.

CELIO:

¿Y qué remedio?

DUQUE:

Casarle.

CELIO:

Pues que ya a servirte vino,
de tu mano ha de ser eso.

DUQUE:

Tengo aquí de un medio tío
una doncella, y es tal,
que si se la doy le obligo
con mi sangre por lo menos.


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CELIO:

Hacer hombres es oficio
de los dioses de la tierra.

DUQUE:

Guárdete Dios, que yo fío
que habemos de ser los dos
el honor y ejemplo al siglo.
(MONGIL llega.)

MONGIL:

  Conozca vuestra excelencia
a Mongil.

DUQUE:

¿Quién sois?

MONGIL:

Un hombre
hasta aquí de poco nombre.

CELIO:

¡Qué graciosa impertinencia!
  ¡Quita, quita! ¿Estás en ti?

DUQUE:

Dejadle.

MONGIL:

Soy del dotor
criado, el dotor, señor,
lo es vuestro, y tócame a mí,
  como a segundo arcaduz
de noria de tal grandeza,
ofreceros mi pobreza.


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DUQUE:

¿Sois español?

MONGIL:

Y andaluz.

DUQUE:

  A los españoles amo,
y a vos, por ser del dotor.
¿De qué le servís?

MONGIL:

Señor,
soy facistol de mi amo.

DUQUE:

  ¿Cómo facistol?

MONGIL:

Yo llevo
los libros en que a estudiar
se suele a veces mudar.

DUQUE:

¿Sois casado?

MONGIL:

Soy mancebo,
  aunque mi familia tengo,
que es dos mulas y un rocín,
a quien enseño latín
y a ser su maestro vengo,
  con cargo que cada día
les dé tres veces lición.


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DUQUE:

Vuestro humor y condición
conozco.

MONGIL:

Vueseñoría,
  vuesa merced, vuesa alteza,
o lo que fuere servido,
me mande.

DUQUE:

Denle un vestido.
(Vase.)

MONGIL:

Veas presto en tu cabeza
  el laurel del alemán.

CELIO:

¿Estabas en ti, Mongil?

MONGIL:

Celio, no hay cosa más vil
que un vergonzoso galán,
  un criado temeroso,
un pleiteante atajado,
un aguado convidado
y un pretensor codicioso.
  Estos que saben latín
todo piensan que es hablar
en jerigonza y mirar
el principio, el medio, el fin,
  el pro y el contra a las cosas.
Yo me entiendo.

CELIO:

¡Loco estás!


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(Salen LAUREANO, OTAVIO, LISARDO y otros.)
LAUREANO:

¿Quédame ya que hacer más?

LISARDO:

Con dos visitas forzosas
  está todo concluido.

LAUREANO:

Diome sus manos agora
la Duquesa, mi señora,
y estoy muy favorecido.

LISARDO:

  Besadlas a su sobrina
y después iréis a ver
una entendida mujer,
y en las letras peregrina,
  y en un monasterio está.

LAUREANO:

¿Hermana del Duque?

LISARDO:

Sí.

OTAVIO:

Fabia os viene a ver.

LAUREANO:

¿A mí?

OTAVIO:

Por vuestra fama será.


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(Entra FABIA.)
FABIA:

  Cuando entrastes a besar
las manos a la Duquesa
no estaba yo allí, y me pesa
por no haberos visto hablar
  con tan entendida dama.

LAUREANO:

Quien os ve y os oye a vos
no envidiara de los dos
la hermosura ni la fama.

FABIA:

  Vos seáis muy bien venido.

LAUREANO:

¿Qué mejor? Pues he mirado
en vos del cielo un traslado,
y con haberos oído,
  el concierto, y armonía,
con que este mundo gobierna.

FABIA:

Vuestra fama será eterna
y inmortal la dicha mía
  si caigo en vuestra alabanza.
A mi tía voy a ver;
no me puedo detener,
mas quedo con esperanza
  de veros con mucho espacio,
que hoy, por cierta ocupación,
he perdido esta ocasión
y no he venido a palacio.
  Soy, aunque necia, estremada
en estimar un discreto.


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LAUREANO:

Que no seré yo os prometo,
pero vos tan estimada
  por esa causa de mí,
como es el entendimiento
del alma.

FABIA:

Ese ofrecimiento
no puedo pagar aquí,
  mas, señor gobernador,
días para vernos quedan.

LAUREANO:

No serán tantos que puedan
contentar mi justo amor.

FABIA:

  ¿Amor tienen los letrados?

LAUREANO:

Si quien más sabe, más quiere,
desto piensa que se infiere
que son más enamorados.

FABIA:

  Quedaos aquí, que conmigo
irán estos caballeros.

LISARDO:

Aquí tenéis escuderos.
[Vanse.]

LAUREANO:

Oh Celio, Dios me es testigo
  que no vi más discreción
junta con tal hermosura.


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CELIO:

¿Y Costancia?

LAUREANO:

Ya procura
la casa del corazón
  desocupar a esta dama.

CELIO:

Aun si lo supieses bien,
amor se hiciera desdén
y más que hielo tu llama.

LAUREANO:

  ¿Cómo?

CELIO:

Asiome a la partida
y requebrome.

LAUREANO:

¿A ti?

CELIO:

Sí.

LAUREANO:

¿Costancia?

CELIO:

La misma.

LAUREANO:

¡Di
la inconstancia más fingida!
  ¿No es bueno que no he servido
mujer constante?


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Nadie se conoce Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CELIO:

Es verdad,
pero poca calidad
y poco ingenio han tenido.

LAUREANO:

  ¿Son todas desta manera?

CELIO:

No, por Dios, que hay mil constantes
con sus mudables amantes.

LAUREANO:

Ellas son de vidro y cera.
  No más Costancia de hoy más;
reine Fabia, esta señora
que acaba de hablar agora.

CELIO:

¿Cierto?

LAUREANO:

Cierto.

CELIO:

¿Qué darás
  por saber que es tu mujer?

LAUREANO:

¿Estás loco?

CELIO:

No ha un momento
que el Duque tu casamiento
concertaba.


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Nadie se conoce Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LAUREANO:

Puede ser,
  según me muestra afición,
¿mas será bueno casarme?

CELIO:

¿Qué mejor?

LAUREANO:

Quiere obligarme
al yugo de la razón.
  Ve, Mongil; tráigase aquí
toda la ropa.

MONGIL:

Yo voy.

LAUREANO:

¿Qué dices? ¿Casado estoy?

CELIO:

El Duque lo dijo así.

LAUREANO:

  Pues vamos, que si en efeto
me da a Fabia por mujer,
me casaré, aunque es perder
esta opinión de discreto.


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Acto II
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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Salen OTAVIO y LISARDO.
OTAVIO:

  De tu esperanza perdida
astrólogo me has fingido.

LISARDO:

Pésame que lo hayas sido
tan a costa de mi vida.
  Casó el Duque a Laureano
con grande aplauso y contento,
y fue, Otavio, el casamiento
como de su heroica mano,
  que aunque es verdad que me agravia,
no pudo tan gran señor
casarle con más valor
ni menos que darle a Fabia.
  Ya con Fabia está casado,
de quien es prenda tan cara
que se gobierna Ferrara
por su melindre y enfado,
  aunque, si verdad te digo,
no falta murmuración
de su libre condición.

OTAVIO:

¿Libre?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISARDO:

Yo he sido testigo
  en más de dos ocasiones.

OTAVIO:

Bien sabes que en el mandar
es la pensión el estar
sujeto a murmuraciones.

LISARDO:

  Es tan discreto y gallardo,
Otavio, el gobernador,
que obliga a tenerle amor.

OTAVIO:

Las ocasiones, Lisardo,
  que en este gobierno tiene
le harán parecer liviano.

LISARDO:

Ya no estudia Laureano,
y en efeto se entretiene,
  según se murmura del,
en ser de noche galán
de algunas damas que están
mal consigo, y bien con él.

OTAVIO:

  ¡Qué enfermedad de discretos
si es amor enfermedad!

LISARDO:

Dar rienda a la voluntad
no es acto [de] hombres perfetos.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


OTAVIO:

  Hablaras tú con pasión,
¿pero cómo toma Fabia
los celos con que la agravia?

LISARDO:

Con aumentar su afición,
  aunque entiendo que no sabe
las historias de su esposo.

OTAVIO:

Él andará cuidadoso,
secreto, encubierto y grave.

LISARDO:

  Estímale el Duque tanto,
y así su ingenio encarece,
que todo bien le parece.
(Salen CELIO y LAUREANO.)

LAUREANO:

A estas horas me levanto
  porque tarde me acosté.

CELIO:

¿Rondas y engañas tu esposa?

LAUREANO:

Cierto que Fabia es hermosa,
y que es lástima que esté
  ociosa y enamorada,
como dice la canción.

CELIO:

Aquí hay gente.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISARDO:

Amigos son.

LAUREANO:

Siempre, Lisardo, me agrada
  tener a la espalda amigos.
¿Ofrécese en qué os sirvamos?

LISARDO:

A servir al Duque vamos,
a donde tendréis testigos
  de vuestro abono seguros.

LAUREANO:

De eso estoy bien satisfecho,
que se ve el alma en el pecho
como por cristales puros,
  y suplícoos me mandéis.

LISARDO:

Dios os guarde.
[Vanse LISARDO y OTAVIO.]

CELIO:

¡No hay aquí
quien tanto me enfade!

LAUREANO:

A mí
ya cinco veces o seis
  me ha puesto este cortesano
en ocasión de pidille
que no entre aquí.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

¡No hay sufrille!

LAUREANO:

Por vida de Laureano
  que, ya que tocado habemos
materia, Celio, de celos,
aunque ni solos recelos
de Fabia tener podemos,
  que te tengo de decir
una cosa que he pensado,
que me tiene desvelado
y no me deja vivir.

CELIO:

  ¿Desvelado?

LAUREANO:

De ti fío,
Celio, aquello que de mí.
Cierra esa puerta.

CELIO:

De ti,
si hablas de celos, me río,
  porque siendo tú el liviano,
¡era bueno estar celoso
de un ángel tan virtuoso!

LAUREANO:

Oye, Celio, a Laureano
  en la cátedra de celos
liciones de necedad.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

¡No ofendas la honestidad
en que se miran los cielos!

LAUREANO:

  Celio, tú sabes que en Bolonia fuimos
muchas veces los dos a mocedades,
que hablamos, requebramos y rendimos
mil damas, mil estrañas voluntades;
tan pocas fuertes y rogadas vimos
de estados y diversas calidades,
que sabes tú que nos causaba espanto.

CELIO:

¿Adónde vas con desatino tanto?

LAUREANO:

  Venidos a Ferrara, yo no he puesto
los ojos en mujer, su honor perdone,
que no la haya rendido o descompuesto.

CELIO:

En confusión tu libertad me pone,
mas como necedades me ha propuesto,
no hallo satisfación que más te abone.

LAUREANO:

Oye hasta el fin y escucha atentamente
antes que venga a divertirnos gente.
  Saber deseo, y vivo desvelado,
si es Fabia, mi mujer, constante y firme.

CELIO:

¿Pues qué ocasión a sospechar te ha dado,
ya que tal necedad quieres decirme?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LAUREANO:

Ninguna, por Dios vivo, ni aun cuidado,
que pueda a tales celos reducirme,
porque ella es santa, virtuosa y casta.

CELIO:

Eso es verdad, y ser quien es le basta,
  y siendo así: ¿cuál ocasión te mueve
a pensar en aquese desatino?

LAUREANO:

Saber si, viendo la ocasión, se atreve.

CELIO:

¿Pues eso intenta ingenio tan divino?
¿Poner quieres, señor, al sol la nieve,
la flor de almendro al cierzo, al fuego el lino
y la ocasión a la mujer? ¿No adviertes
que suele derribar a los más fuertes?

LAUREANO:

  Celio, a mí se me ha puesto en la cabeza...

CELIO:

Bien dices; sí pondrá, si eso prosigues.

LAUREANO:

... saber su resistencia y fortaleza.

CELIO:

Por Dios, señor, que ese rigor mitigues,
que no es bien que de algunas la flaqueza
a regla injusta y general obligues.
Si es casta y santa la mujer que tienes,
¿qué pruebas quieres?, ¿o a probarme vienes?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LAUREANO:

  Yo, Celio, en esto desvelado vivo,
y me he resuelto en saber si Fabia
rinde a ruegos de amor su pecho altivo.

CELIO:

¿Tú eres el sabio?

LAUREANO:

¿Amor no es cosa sab[ia]
 [-vo]
solo en saber si mi valor agravia ?
Que hay muchas castas por no ser servidas,
que está en el ser rogadas, ser vencidas.

CELIO:

  Ovidio te ha enseñado ese aforismo.
¡Maldiga Dios poetas habladores!
¡Bien los pinta Merlín en el abismo
por sus mentiras, sátiras y amores!

LAUREANO:

Esto, Celio, ha nacido de mí mismo,
que no lo sé de Ovidio.

CELIO:

Los errores
de las mujeres de flaqueza llenas
no ofenden ni deslustran a las buenas;
  mira cuántos ejemplos en historias
hay de su castidad.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LAUREANO:

Eso querría,
que es celebrar a Fabia entre sus glorias.

CELIO:

¿Pues no es casta? ¿Qué quieres?

LAUREANO:

No podría
donde no ha habido guerra haber vitorias,
ni corona de casta sin porfía,
que no ha de ser de honesta celebrada
la que jamás ha sido conquistada.
  Por esto alaban a la casta griega,
a Lucrecia, a Sulpicia y a Etelfrida.

CELIO:

Notable engaño y opinión te ciega,
pero escucha una cosa, por tu vida:
¿no has visto un hombre que en salud se entrega,
por tener la que viene prevenida,
a la purga, sangría, y al jarabe
que dice que es de la salud la llave,
  y teniendo compuestos los humores,
de suerte los revuelve dellos lleno
que en malos se convierten los mejores,
y viene a estar enfermo, estando bueno?
Pues eso mismo intentan tus errores,
que es hacer del antídoto, veneno.
Si tienes mujer casta, necio eres,
pues revolvelle los humores quieres.


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LAUREANO:

  ¿Tú me enseñas a mí?

CELIO:

Si en un camino
errase un rey, ¿es mucho que un villano
le dijese, o sería desatino,
«echad por esta o por aquella mano»?
Veríase que te celebran por divino
y que eres el divino Laureano,
pero si vas, señor, errado acaso,
haz cuenta que un pastor te enseña el paso.

LAUREANO:

  Celio, el ser singular mi ingenio pide
singulares efectos, y opiniones.

CELIO:

Sí, mas con la razón regula y mide
la singularidad de tus acciones.

LAUREANO:

Ningún consejo lo que intento impide.

CELIO:

No te replico, pero ya que pones
tu honor en contingencia desta suerte,
¿quién ha de conquistar a Fabia?

LAUREANO:

Advierte.
  ¿De quién como de ti puedo fïarme?
Tú has de servirla.


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CELIO:

¿Yo?

LAUREANO:

Tú, no te alteres,
y todo lo que pasa declararme.

CELIO:

¿Que aun eso más desatinarme quieres?

LAUREANO:

Con esto, Celio, puedes obligarme.

CELIO:

¿No miras que son vidros las mujeres
y que quieren llevarse con gran tiento?

LAUREANO:

Quebrarla no, sino lavarla intento.

CELIO:

  ¿Y cuántos por lavarlos se han quebrado?
¿No has leído al principio de Herodoto
de aquel rey que enseñaba a su criado
a su mujer? Pues vidrio fue, y bien roto.

LAUREANO:

¡Ya estoy de ejemplos bárbaros cansado!

CELIO:

Pues yo no la probara de mi voto.

LAUREANO:

En fin, es necedad.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

Yo te prometo
que vale por dos mil la de un discreto;
  tráenme a la memoria tus engaños
lo que dicen del gallo, y hoy lo pruebo,
que pone un huevo al cabo de diez años,
mas sale el basilisco deste huevo.

LAUREANO:

No hay consejos aquí, ni desengaños.
Hoy has de ser de Fabia amante nuevo:
finge, sirve, porfía.

CELIO:

¿Hasta qué tanto?

LAUREANO:

No lo sé agora; el tiempo dirá cuánto,
  pero advierte que te fío
todo mi honor.

CELIO:

Ella viene.

LAUREANO:

Voyme.
[Vase.]


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

Mi mirar me conviene
por su honor y por el mío,
  mas si no guardo secreto
en esto al gobernador,
también ofendo su honor,
y le disfamo en efeto.
  Él me ha puesto en el estado
que estoy; darle gusto quiero,
pues de su locura espero
dejarle desengañado,
  que yo sé de la virtud
de Fabia, que aunque yo fuera
Orfeo y cantando hiciera
parar la eterna inquietud,
  no pudiera conquistalla,
y pues tan seguro estoy,
desde aquí principio doy
a cansarme, y a cansalla.
(Sale FABIA.)

FABIA:

  ¿No estaba aquí Laureano?

CELIO:

Agora se fue de aquí.
[Aparte.]
Lo que ha de pasar por mí
no pasó por hombre humano.
  ¿Hay tan loca necedad?


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FABIA:

Pedirle, Celio, quisiera
que a Otavia favoreciera,
con quien yo tengo amistad,
  en este pleito que trata
con Fabricio...

CELIO:

[Aparte.]
Aquí ha de entrar
el principio.

FABIA:

... por mostrar
que no soy a Otavia ingrata
  a la que della recibo.

CELIO:

[Aparte.]
Sí, por aquí va mejor;
aún no sé fingir amor.

FABIA:

Fabricio loco, y altivo,
  desprecia su casamiento,
teniéndola obligación.

CELIO:

Si la tienes afición,
Fabia, ni por pensamiento
  te pase pedir su bien
al gobernador, que agora,
cuanto a cierta dama adora,
te ha de pagar con desdén.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

  ¿Hablas conmigo?

CELIO:

Bien sé
que estoy hablando contigo.

FABIA:

¿Pues cómo, hablando conmigo,
tanta tu ignorancia fue
  que dices que ha de mostrarme
desdén el gobernador,
porque tiene ajeno amor?

CELIO:

[Aparte.]
Ya he comenzado a turbarme,
  y en tan grande necedad
me hallo confuso y turbado.

FABIA:

¿Qué dices?

CELIO:

Que me ha cansado
su término y deslealtad
  hasta llegar a decir
lo que has oído de un hombre
que idolatraba en su nombre,
pero no puedo sufrir
  que a tu divina hermosura,
que a tu gracia y discreción,
se dé tan vil galardón.
¿Hay tan estraña locura
  que me obligue de un discreto
la necedad a llegar
donde apenas puedo hallar
entrada a tan mal concepto?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

  Nunca te he visto conmigo,
Celio, tan necio. ¿Qué es esto?

CELIO:

De estar con él descompuesto
nace el estarlo contigo.
  Verdad es que proceder
no pudiera el desengaño
de su desdén y tu daño
cuando no pudiera haber
  de mi parte tanto amor,
que amor, señora, es culpado
de haberte desengañado,
si es desengañarte error.

FABIA:

  Que amor me tengas a mí
está muy puesto en razón,
mas no con obligación
de desengañarme ansí,
  que aunque estoy agradecida,
pienso que más lo estuviera
si deste engaño no fuera
de tu afición advertida;
  mas ya, Celio, que lo estoy,
y ser tan propio en mujer
el deseo de saber,
mujer y ofendida soy.
  ¿Qué sabes de Laureano
contra mí?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

No es en rigor
contra ti; contra tu amor,
contra el duque Otaviano,
  contra las leyes divinas,
aborrecer tu hermosura
por la infamia que procura
de mil mujeres indignas.
  Un hombre de su valor,
cuando no fueras su esposa,
que es desta ciudad famosa
espejo y gobernador,
  ¿ha de manchar desta suerte
su virtud y autoridad?
¡Buena va la necedad!

FABIA:

Aún no me atrevo a creerte.

CELIO:

  A más, Fabia, no me espanto;
quien ama tarda en creer
su daño.

FABIA:

Antes suele ser
fácil en creerle tanto,
  porque el amor y el temor
andan juntos.


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CELIO:

Es verdad,
pero en tu dificultad
no muestras tenerle amor.
  Vuelvo, Fabia, a disculparme
por si te parece mengua
poner en mi dueño lengua,
debiendo honrarle y matarme,
  pero, como te decía,
procediendo tanto error
de la fuerza de tu amor,
esa es la disculpa mía.
  Oye, así te guarde Dios,
con más quietud y sosiego
hoy que a tanta dicha llego,
que estamos solos los dos.
  Desde que el gobernador
vino a serlo de Ferrara,
la belleza de tu cara
me encendió el alma de amor.
  Cuando fuiste su mujer,
de que el Duque tuvo gusto,
fue desengañarle justo,
pero no lo quise hacer,
  porque si no te casabas
con mi dueño, era imposible
verte, aunque el dolor terrible
de mis celos aumentabas.


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CELIO:

  Casástete, y yo lloré
de tal suerte el casamiento...
(Aparte.)
(No va malo el fingimiento.
¡Lindo principio le hallé!)
  ... que pensé perder la vida;
viví con esta esperanza
de que al fin la vida alcanza
esta esperanza perdida.
  Dios sabe que no quisiera
vivir.
[Aparte.]
Fingiré llorar.

FABIA:

Celio, aunque te escucho hablar
en esta nueva quimera,
  no entiendas que es porque gusto
de tan locos disparates,
mas solo porque me trates
de su engaño y mi disgusto,
  que a no haberme prevenido
de que es mi esposo traidor,
ni yo escuchara tu amor
ni tú fueras atrevido.
  Deja, por Dios, si no quieres
que te mande matar luego,
de ser tan loco y tan ciego,
y dime cuáles mujeres,
  o bajas o principales,
Laureano quiere bien.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

¿Tanto agravio y tal desdén
pagas con palabras tales?
  ¿Yo cómo puedo decirte
quién son? Porque tantas son
cuantas mira, y mi intención
solo intenta persuadirte
  a que no le quieras bien,
y en tenerme amor a mí,
vengas tu agravio, que ansí
pagas desdén con desdén,
  ingratitud con engaño
y engaño con deshonor.

FABIA:

¡Vete de aquí!

CELIO:

[Aparte.]
(¡Qué temor!
¡Qué suceso tan estraño!
  Para principio esto basta.)
Yo iré a matarme.

FABIA:

Harás bien.

CELIO:

[Aparte.]
¡Que en esto se ponga quien
tiene una mujer tan casta!
  ¡Dios nos libre que un discreto
haga alguna necedad!
(Vase.)


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FABIA:

Presumo que es falsedad,
para poner en efeto
  su atrevimiento este loco,
cuanto me ha contado aquí,
que no es posible que a mí
y al Duque tenga en tan poco
  hombre que llaman divino
por su raro entendimiento.
Sin duda que es fingimiento
con que a declarar me vino
  la mayor maldad que puede
hacer criado a señor,
pero no quiere el temor
que amor satisfecho quede.
  ¡Julia, Julia!
(Sale JULIA.)

JULIA:

¿Qué me mandas?

FABIA:

¿No sabes lo que ha pasado?

JULIA:

Algo tengo imaginado
del cuidado con que andas.

FABIA:

  No era sin causa el faltar
de noche el gobernador;
rondaba, Julia, su amor.
¡Esto llamaba rondar!
  ¡No hay delito do se esconda!


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JULIA:

Casar con justicia es eso,
que puede a cualquier exceso
dar por disculpa la ronda.
  No hay celos habiendo vara,
sino sufrir y callar.

FABIA:

¿Cómo podré averiguar
con qué damas de Ferrara
  anda de amor Laureano,
Julia, que me estoy muriendo?

JULIA:

Que podrás saberlo, entiendo,
eso claro, abierto y llano
  con solo hablar a Mongil
de quien de noche se fía.

FABIA:

Cosa indecente sería
poner persona tan vil
  por medio, por instrumento,
de cosas de tanto honor.

JULIA:

Señora, ya de mi amor
conoces el fundamento,
  que está en haberme criado
tan segura y tan leal.
Si hablarte te siento mal,
no te dé hablarle cuidado,
  sino fíalo de mí,
que con mostrarle afición
dirá las damas que son.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

¡Ay, Julia! Que viene aquí.

JULIA:

  Algún ángel le ha traído.

FABIA:

Voyme, mi honor te encomiendo.
(Sale MONGIL.)

MONGIL:

Iba el paso deteniendo
y despertando el oído,
  Julia mía, hasta saber
si estaba el paso seguro.
¿Cómo es eso?

JULIA:

Yo le juro
que ya no le puedo ver.

MONGIL:

  Vuelve esa cara pascual,
así Dios te las dé buenas,
no escondas entre azucenas
ese carmesí coral,
  que no te he dado ocasión.

JULIA:

Estoy celosita dél.

MONGIL:

Celos es cosa cruel
y, pedidos sin razón,
  harán que salga de sí
el hombre de más paciencia.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JULIA:

Ya sé toda la pendencia.

MONGIL:

¿Yo pendencia?

JULIA:

El mismo, sí;
  ya sé dónde va de noche.

MONGIL:

¿Yo, Julia? Con mi señor,
tras un rocín andador
o a los estribos de un coche,
  que le sirvo de valiente,
de bravo, y espadachín,
que estos que saben latín
siempre son medrosa gente.

JULIA:

  ¿Con su señor? ¡Miente!, y crea
que todo se sabe ya.

MONGIL:

Por Dios que es él el que va
en casa de Dorotea,
  una boba afeitadilla
que no sé qué ha visto en ella,
y anoche en casa de Isbella,
de comer barro amarilla
  como nabo en azafrán,
que no sé qué halla el dotor
en gente de aquel humor.


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JULIA:

¿A tales mujeres van
  los hombres recién casados?
Mongil, mientes, que tú eres.

MONGIL:

También habla otras mujeres
de diferentes estados,
  pero es solamente hablar.

JULIA:

¿De otros estados?, ¿quién son?
No, Mongil, que tal traición
quieres con él disculpar.

MONGIL:

  Él habla con cierta vieja,
cabos blancos con hollín,
que está de su vida al fin
y de ser niña se queja,
  y habiéndola conocido
mas ha de mil años moza,
el mismo alcacer retoza
de los prados de Cupido.
  Si la vieses entre olores
y entre galas niñear,
vestir, hablar y tratar
de esperanzas y de amores,
  reventarías de risa.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JULIA:

¿Y por esa deja a Fabia?

MONGIL:

¡Cómo con esas le agravia!

JULIA:

¿Qué nombre tiene?

MONGIL:

Florisa.

JULIA:

  ¡Mal gusto!

MONGIL:

Pues esta es pajas,
para una cierta Teodora
que visitamos agora.

JULIA:

¿Cómo?

MONGIL:

Haz cuenta: dos tinajas,
  una atrás y otra adelante,
que alforjas quise decir,
y guárdeme de mentir
por no ser cosa bastante.

JULIA:

  ¡Estraño caso!

MONGIL:

Esto pasa.

JULIA:

¿Y tiénenle ellas amor?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MONGIL:

Pienso que el gobernador
no solicita su casa
  más que para entretener
esta condición que tiene.

JULIA:

Mongil, él pienso que viene.
Adiós, que tengo que hacer.

MONGIL:

  Con esto habrás conocido
a lo que de noche voy.

JULIA:

Ya de mis celos estoy
satisfecha.

MONGIL:

¡Engaño ha sido!
(Salen CELIO y LAUREANO.)

LAUREANO:

  Esto que digo pasa, señor mío,
que no era menos justo, pero advierte,
Celio, que la primera resistencia
no es en mujer ninguna agradecida,
que la vergüenza natural la pone
entre el deseo, y el temor, y sirve
de lo que la cortina en la pintura:
agora está la imagen encubierta,
pero en corriendo el trato el rojo velo,
descubrirás lo que es.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

No puede el trato
correr esa cortina a su retrato.
Yo sé que es Fabia, mi señora, honesta,
que fuera de tan áspera respuesta,
por la vista, en que cielo parecía,
el resplandor de la virtud salía.
Bastará para tu intento, señor mío,
la primera probanza, pues la abonan
los testigos más nobles que ser pueden:
vergüenza, honestidad, castas palabras,
amenazas a mí, y al cielo quejas.

LAUREANO:

Si la conquista en los principios dejas,
¿cómo podré saber si es firme y casta?

CELIO:

Porque esto es necedad, y hacerla basta,
que hacerla un hombre, en fin, no es maravilla,
pero es más que de bestias proseguilla.

LAUREANO:

Cuando los griegos a vengar su injuria
vinieron sobre Troya muchas veces,
se quisieron volver con mal consejo,
pero venciendo el ánimo gallardo
diez años de prudencia, les dio gloria.

CELIO:

¿Pues qué tiene que ver la griega historia
con que me mandes conquistar a Fabia
para saber si su virtud te agravia?
¿Tan bueno quedaras si por ventura
fuese cual dicen de la piedra dura,
que el curso de una gota de agua ofende?


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LAUREANO:

Prosigamos a ver a qué se estiende
esta flaqueza de mujer, que creo
que es curioso y muy nuevo este deseo.

CELIO:

¿Curiosidades buscas en la honra,
brinco que había de estar entre algodones?
¿Posible puede ser que hablas de veras?
Mira, señor, que pienso que has perdido
aquel tan peregrino entendimiento
que tal fama te ha dado entre los hombres,
y escucha un argumento facilísimo:
si porque has conocido en mil mujeres
flaqueza en el rendirse conquistadas,
quieres saber si Fabia se defiende,
por lo mismo que has visto no es cordura,
pues la misma flaqueza te asegura;
y si quieres tener mujer tan casta,
¿por qué la pones en peligro injusto
de donde te resulte algún disgusto?
¿Sería bien que un hombre desease
saber si sanaría de una herida
que tuviese peligro de la vida,
y por eso se diese una estocada?

LAUREANO:

Celio, yo quiero ver si, conquistada,
esta mujer que tengo es virtuosa,
que donde no hay conquista es fácil cosa.


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CELIO:

Cuentan de un gran filósofo que tuvo
tan gran deseo de saber cómo era
el alma que tenía y qué era el alma,
que viendo que viviendo no podía
verla ni percibirla, cierto día
se dio la muerte y dijo desta suerte:
«Terrible necedad fue darme muerte,
pues lo que el tiempo hiciera brevemente
quise yo anticipar como imprudente.»
¿Hasme entendido?

LAUREANO:

Sí.

CELIO:

Pues esto mismo
te viene a suceder, porque si quieres
ver la mujer que tienes, es locura
hacer lo que hará el tiempo, pues viviendo,
irás si es buena o mala descubriendo.

LAUREANO:

No hay que tratar en esto; antes me agrada,
pues que no era cristiano ese filósofo,
que no aguardase al tiempo ni a la muerte
si tanto ver su alma deseaba.
Ea, Celio, prosigue; vuelve luego
a dar segundo asalto a su firmeza.


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CELIO:

Digo que iré, mas plega Dios que presto
no te arrepientas.

LAUREANO:

Ella viene.

CELIO:

Vete.

LAUREANO:

En mi estudio te espero.
[Vase.]

CELIO:

Yo no he visto
tan grande ingenio a tanto error sujeto.
No hay necio en su opinión como un discreto.
(Salen JULIA y FABIA.)

FABIA:

  En saber que tantas son
pienso que me has consolado.

JULIA:

Todo aquesto me ha contado.

CELIO:

¿Has mudado de opinión
  con estas informaciones?

FABIA:

¿Sabes tú lo que he sabido?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

Algo he visto y algo he oído,
y a gran peligro te pones,
  que en sabiendo Laureano
que andas en celos y enojos,
te hará burlas en los ojos
que las toques con la mano.
  Un remedio te traía,
si Julia aquí no estuviera.

FABIA:

Julia.

JULIA:

¿Señora?

FABIA:

Allá espera.

JULIA:

[Aparte.]
¡Oh necia sospecha mía!
  Basta, que el enredo ha sido,
destos celos sin razón,
buscar alguna ocasión
de ofender a su marido.
  ¡A Celio sin duda quiere!
¡Celio, con quien yo pensé
casarme! ¡Pero yo haré
que tarde ofenderle espere!
(Vase.)


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

  ¿Qué tienes imaginado
que remedie tanto mal?

CELIO:

Si miras que estoy mortal
de tu amoroso cuidado,
  ¿qué remedio como en mí
para vengar tu deseo?

FABIA:

¿Hablas conmigo? No creo,
villano, que estás en ti.
  ¿Otra vez vuelves a dar
en tu loco pensamiento?

CELIO:

Soy hijo de un necio intento
que me manda porfïar.
  Duélete, Fabia, de mí,
y no seas mi homicida,
que hoy me he de quitar la vida
si no hallo remedio en ti.
  Bien creerás que no ha quedado
por diligencias que he hecho
el arrancar de mi pecho
este amoroso cuidado,
  pero es ya tan poderoso
que no saldrá sin la vida,
si no es que este intento impida,
Fabia, tu pecho piadoso.
  ¡Ay de mí que, sin querer,
he venido a tanto mal!


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FABIA:

Si estás en peligro tal,
un remedio puede haber.

CELIO:

  ¡Ay, señora!, ¿y qué remedio
como de tu hermosa mano?

FABIA:

Que dejes a Laureano
y que pongas tierra en medio,
  que ausentándose de mí,
no habrá, sin la causa, efeto.

CELIO:

Que lo intento te prometo,
pero no vivo sin ti,
  porque en faltando un instante
de tu presencia no más,
es como dar paso atrás
para pasar adelante:
  vuelvo con mayor furor.

FABIA:

Pues si en eso piensas dar,
hoy te haré, Celio, matar.

CELIO:

[Aparte.]
¡Andaos a fingir amor!
  El Diablo me puso en esto.
¡Ah, señor! ¿Qué quieres más?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

¿No te vas?

CELIO:

¡Cruel estás!

FABIA:

Y tú necio y descompuesto.

CELIO:

  Si por vergüenza me tratas
de esta suerte, yo, atrevido,
tu mano asiré, que han sido
muchas por vergüenza ingratas.

FABIA:

  ¿Hay semejante maldad?
¿Hay tan grande atrevimiento?
¡Criados!

CELIO:

[Aparte.]
Mi muerte intento
con aquesta necedad.
  Huirme quiero de aquí.
(Vase.)
(Entre LAUREANO.)

LAUREANO:

¿Qué es esto, señora mía?

FABIA:

Con Celio, señor, reñía.

LAUREANO:

¿Vós con Celio? ¿Cómo ansí?


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FABIA:

  Estábame aquí diciendo
mil necios chismes de vos.

LAUREANO:

¿De mí? ¡Oh, qué bueno, por Dios!
¿Por qué ocasión? No lo entiendo.
  ¿Esto es criar un criado?
¿Esto es dar a un hombre ser?
¿Celio sabe agradecer
desta suerte mi cuidado?
  ¿Y qué os decía de mí?

FABIA:

Que andáis perdido en Ferrara,
y que una opinión tan clara
mancháis, Laureano, ansí;
  que os murmuran los amores
de mil mujeres hermosas,
y otras mil indignas cosas
de tales gobernadores;
  díjome lo de Florisa
y la historia de Teodora,
fábula del pueblo agora
y de los mancebos risa.
  Si el Duque viene a entender
que así desautorizáis
su gobierno, y que tratáis
tan mal a vuestra mujer,
  no se tendrá por servido,
[...]
[...]
que en el alma lo he sentido
  más de que os entretengáis,
aunque mucho más me holgara
que ese ingenio se empleara
mejor que vos le empleáis.


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FABIA:

  ¡Triste cosa que un divino
guste de ser tan humano
que hasta el vulgo más villano
le juzgue por desatino!
  ¡Y que parezca tan mal
que hasta su mayor privado
me haya sus vicios contado
para dar remedio igual!
  Pero aunque buena intención
haya, en decirlos, tenido,
mucho atrevimiento ha sido,
y escuchad esta razón:
  de casa le habéis de echar
hoy antes de anochecer,
o en no lo queriendo hacer,
yo sabré hacerle matar.
(Vase.)

LAUREANO:

  ¡Fabia, Fabia!
(Entre CELIO.)

CELIO:

¿Estás contento?

LAUREANO:

¿Has oído lo que pasa?

CELIO:

Todo, señor, lo escuché.


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LAUREANO:

¿Tú le has dicho, Celio, a Fabia
en lo que yo me entretengo,
sabiendo que en tales casas
ni ofendo mi honor ni el suyo?

CELIO:

En lo que dice te engaña,
porque yo solo le dije
que de entretenerte tratas,
pero no dónde, ni cómo.

LAUREANO:

¡Vergüenza me dio escucharla!

CELIO:

En esto conocerás
la quimera que levantas
y el peligro que me pones.
Ya Fabia, celosa, trata
de decirte pesadumbres,
ya el Duque sabrá la causa,
ya dice que yo me ausente
y, en caso que no me vaya,
me amenaza con la muerte.

LAUREANO:

Con la muerte te amenaza,
pero, ¡ay Celio!, ¿cuántas fueron
como Sofronia y Baldraca,
como Dafne y como Porcia
y como cuentan de Fara,
que lloró tanto por ver
que su padre la casaba
que vino a perder la vista,
y después de conquistadas,
una y otra vez se rinden?


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CELIO:

¿Pues con esto no te cansas
de tu loco pensamiento?
¡Tienes honra, señor!

LAUREANO:

Calla,
que sospecho que aunque fuera
Fabia la pintora Marcia,
que figura de varón
jamás pintó por ser casta,
pienso que el ruego pudiera
de aquel intento mudarla
si durara la porfía.

CELIO:

Luego, ¿quieres que, forzada,
tu esposa adúltera sea?
¿No miras, señor, que agravias
tantas mujeres famosas
que en las divinas y humanas
letras el mundo celebra,
y las repite el Petrarca
en los triunfos que escribió
de la castidad?

LAUREANO:

Acaba;
sepamos este secreto.


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CELIO:

¿Pues ya cómo puedo hablarla
habiéndome amenazado
que me ha de sacar el alma
si no me voy de sus ojos?

LAUREANO:

Yo soy dueño de mi casa,
yo te sabré defender,
yo sabré desenojarla.
No ha pasado noche agora
por el enojo; esto basta.
Ven conmigo; escribirasle,
con muchos requiebros y ansias,
un amoroso papel
que pueda desenojarla,
y notarétele yo.

CELIO:

Eso de locura pasa.
¡Si no te quisiera tanto,
hoy saliera de Ferrara
y aun del mundo!

LAUREANO:

Calla, Celio.

CELIO:

Pienso que a los dos engañas
para quitarnos la vida,
porque si solo es probarla,
¿de quién se escribe en el mundo
que tuvo mujer honrada
y que la puso en peligro
de su honor y de su fama?


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LAUREANO:

¡Necio! El oro, que el platero
sabe por cosa muy llana
que es oro, ¿por qué le toca
y mira lo que señala?

CELIO:

Por conocer los quilates.

LAUREANO:

Pues eso intento con Fabia;
bien sé que es oro, y muy fino,
pero deseo tocarla
en aquesta piedra negra
de nuestra flaqueza humana
para saber los quilates
en que tengo de estimarla,
que si a veinte y cinco llega,
y de los que pienso pasa,
más es ángel que mujer.

CELIO:

Tú le romperás las alas,
que las fuertes ocasiones
a muchas buenas y santas
quitaron de mano y frente
los laureles y las palmas.
(Vanse.)


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen el DUQUE, OTAVIO, LISARDO y POLIBIO.)
DUQUE:

¿Mi sobrina tan aprisa?

POLIBIO:

Y que ya a la puerta aguarda.

DUQUE:

Entre Fabia.
(Sale FABIA.)

FABIA:

En esos pies
pondré la boca.

DUQUE:

Levanta,
levanta, Fabia, del suelo.
¿Qué quieres? ¿Cómo turbada?
¿Cómo desta suerte aquí?

FABIA:

Oye aparte una palabra.

DUQUE:

¿Son cosas de pena tuya?

FABIA:

Son cosas que me traspasan
el corazón, señor mío.

DUQUE:

¿Lloras?

FABIA:

Lloro.

DUQUE:

¿Por qué causa?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

Tú me casaste.

DUQUE:

Es verdad.

FABIA:

Yo pudiera estar casada
con calidad diferente.

DUQUE:

Yo miré más en el alma
que no en las prendas del cuerpo,
fáciles, caducas, vanas,
y que el tiempo las consume.

FABIA:

Sí, pero yo no buscaba
tan divino entendimiento
con persona tan humana.

DUQUE:

¿Es malo que humano sea?

FABIA:

Malo para cosas bajas.

DUQUE:

Ya te entiendo, y cuando vino
de Bolonia aquí a Ferrara
supe que ese humor tenía.

FABIA:

¿Pues para qué le casabas?

DUQUE:

Para que no le tuviera,
pero pienso que te engañan
celos. ¿Eres muy celosa?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

Soy mujer, y enamorada.

DUQUE:

Vete, que yo le hablaré,
que pocas palabras bastan
para tal entendimiento.

FABIA:

Dame esos pies.

DUQUE:

Si te tardas,
podrá ser que aquí te vea.

FABIA:

[Aparte a LISARDO.]
Lisardo, oye dos palabras.

DUQUE:

Vete, Fabia.

LISARDO:

¿Qué me mandas?

FABIA:

¿No decías muchas veces
que servi[r]me deseabas
hasta aventurar la vida?

LISARDO:

Y lo dije veces tantas
cuantas lo sabré cumplir.

FABIA:

Hoy has de sacar la espada
y quitar la vida a un hombre.


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISARDO:

¿El nombre?

FABIA:

Esta noche pasa
por mi reja, y le daré
en un papel.

LISARDO:

Ya te aguardan.
[Vase FABIA.]

DUQUE:

¿Qué es lo que Fabia quería?

LISARDO:

Debe de estar muy airada,
y en cosas desta manera
mal el secreto se guarda.
Mandome matar un hombre.

DUQUE:

Vive Dios que la venganza
es mujer naturalmente,
y que de celosa trata
Fabia de matar.

LISARDO:

¿A quién?

DUQUE:

¿A quién? ¡Oh, qué linda gracia!
¿No te dijo a su marido?


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La necedad del discreto Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISARDO:

No, señor, porque me manda
ir a su reja esta noche.
Pero sin duda le mata
de celos, como tú dices.

DUQUE:

Celos, Lisardo, son agua
que por el verano viene,
suena mucho, y presto para.
Venme a avisar a quién dice.

LISARDO:

Haré, señor, lo que mandas.

DUQUE:

Otavio.

OTAVIO:

¿Señor?

DUQUE:

Al punto
al gobernador me llama.

OTAVIO:

Yo voy por él.
[Vase OTAVIO.]

DUQUE:

Tú, Polibio,
di que le espero en la cuadra
que cae sobre el jardín.

LISARDO:

¡Qué quimeras tan estrañas
hace una mujer con celos!
Casose, ya está casada;
tenga paciencia, pues yo
perdiéndola tuve tanta,
que los gustos del amor
con este censo se pagan.


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Acto III
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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen FABIA y CAMILA.
FABIA:

  He tenido a gran ventura
que hayas venido a mi casa
en tiempo que por mí pasa
tan notable desventura.
  ¡Ay Camila, cuál mejor
el templo de donde vienes
fuera yo a llevar los viernes
de un cierto y seguro amor!
  ¡Cuán mejor hubieras hecho,
ya que estuvistes seglara
seis años allí, entregar
a un hábito pardo el pecho!

CAMILA:

  ¡Gracia tenéis las casadas
en aconsejar doncellas!
¡Como si admitiesen ellas
ser de nadie aconsejadas!
  Pasa por celos y enojos,
y la doncella suspira
por ellos, y enojos mira
porque se le van los ojos,
  que vosotras no ponéis
a cuenta de esos pesares
los contentos.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

No repares
en eso.

CAMILA:

Siempre querréis
  que esté el marido sujeto,
a quien Dios libre crio.
Hombres son, y pienso yo
que es el tuyo muy discreto.
  No te quejes de sospechas.

FABIA:

Ya las tengo averiguadas.

CAMILA:

¡De pocas cosas te enfadas!
¡A gran religión estrechas
  de un hombre el libre albedrío!

FABIA:

¿Mándale Dios ser ajeno?

CAMILA:

No, sino tuyo.

FABIA:

Eso es bueno,
¿pues cómo es ajeno y mío?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CAMILA:

  Anda, que te han engañado.
Casada estás, el desdén
no engendra amor; quiere bien
y verás tu amor pagado.
  Con regalos vencerás;
estar la mujer celosa
no es cosa muy peligrosa,
estarlo el marido es más.

FABIA:

  ¡Poco sabes de desvelos!

CAMILA:

Bien el Duque te empleó.
¡Casada estuviera yo
y matáranme de celos!

FABIA:

  La necia doncellaría
todo lo funda en casar,
sin ver que, en echando azar,
no es por perder un día,
  sino la vida que pasa,
más triste que los de Argel.

CAMILA:

¡Así se queja el tropel
de mil necias que se casan!
  Deja tus celos un poco
y dime, este Celio es hombre,
la fama, opinión y nombre.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

¡Qué pensamiento tan loco!
  ¿Tú no miras que es hechura
del gobernador?

CAMILA:

¿Qué importa?

FABIA:

Tu necia lengua reporta,
así Dios te dé ventura.

CAMILA:

  ¿Por qué?

FABIA:

Nunca imaginara
que vinieras, pues se precia
tanto allá el saber, tan necia
del monasterio.

CAMILA:

Repara
  en que los hombres de letras
humildes principios tienen,
y que a grandes cargos vienen.

FABIA:

Luego ya, lince, penetras
  el lugar que ha de tener
Celio.

CAMILA:

El que tuvo tu esposo.

FABIA:

Laureano es generoso.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CAMILA:

Y Celio lo puede ser,
  tan con el grado en escuelas,
armas y caballería,
a un dotor vi yo un día,
uno destos con espuelas,
  por significación.

FABIA:

Celio es un hombre sin fe,
tan desleal que yo haré
matarle.

CAMILA:

¿Por qué razón?

FABIA:

  Sírveme.

CAMILA:

¿De eso te espantas?

FABIA:

¿Es buen trato a su señor?

CAMILA:

¿Si tú le has mostrado amor?

FABIA:

Celos.

CAMILA:

¿Eso me levantas?

FABIA:

  Yo te digo la verdad,
y como a necia te dejo.
(Váyase FABIA.)


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CAMILA:

No será de balde el consejo;
tendrá Celio voluntad
  y levántale que rabia
de mi venida celosa
más que de su esposo, cosa
que no la creyeron, Fabia.
  Pero Celio lo merece,
Fabia, doblado. Mejor
acecho mi amor, que amor
en la competencia crece.
(Váyase, y entre CELIO de noche.)

CELIO:

  ¡Amor, bien te pintan ciego!
No porque es forzoso errar,
pero porque disculpar
pudiese tus yerros luego.
  ¡Con qué notables quimeras
de nuestras almas te burlas!
¡Comienza a querer de burlas
y viene a querer de veras!
  No ha sido sin ocasión
a vos ya quererte bien,
pues ya con menos desdén
escuchas mi pretensión.
  Notó el papel su marido
y recibiole mejor,
que tiene ventura amor
cuando pretende fingido.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

  ¿Qué quiere este hombre hacer?
¿A qué quiere que me obligue?
¿Qué fiera es esta que sigue?
¿No echa de ver que es mujer?
  Cuentan de un rey que decía
que de las faltas que hallaba
esta con buen gusto disculpaba
los jueces que tenía,
  porque él echaba de ver
que eran de muchos rogados,
¡conque están más disculpados
los yerros de una mujer!
  Tanto la puede rogar,
que aun pintada puede ser
de las paredes caer
donde las suelen colgar.
  Agora bien, yo vengo aquí
a ver si por esta reja
entra con verdad la queja
que tantas veces fingí.
  Pero aquí vive un galán.
¿Si es de Camila? Sí creo,
que no vendrá sin deseo
de donde con él están.
  Vendrá a ver si hablalla puede.
Pienso que me ha de estorbar.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(MONGIL, lacayo rebozado.)
MONGIL:

¡No pudiera Julia hablar
aunque esperarla me quede
  mil veces la noche al aire!
¡A la calle me ha traído
con más amor de su olvido
que tuve de su donaire!
  Celoso de Celio estoy,
si es este que a hablar la viene.

CELIO:

¡Talle de bizarro tiene!
A reconocerle voy,
  aunque no muy animoso.

MONGIL:

Él se me viene acercando,
la espada y broquel sonando;
un poco estoy temeroso.

CELIO:

  Si se desemboza luego,
le acierto, aunque de sazón
no sea aquesta lición.

MONGIL:

Si se descubre, le pego.

CELIO:

  ¡Gentil mozazo, por Dios!

MONGIL:

¡Bravo tallazo de mozo!


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

[A MONGIL.]
¿Qué mira?

MONGIL:

Voy de celoso.

CELIO:

Así lo vamos los dos.

MONGIL:

  Yo tengo dolor de muelas.

CELIO:

Yo de un poquito de amor.

MONGIL:

¿De quién?

CELIO:

Del gobernador.

MONGIL:

El rocín me pide espuelas.

CELIO:

  Esta es su casa, camine.

MONGIL:

¿Él camina?

CELIO:

¡Yo, villano!

MONGIL:

¡Meta mano!

CELIO:

Meto mano,
y que soy Celio imagine.


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La necedad del discreto:107

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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

Sí, bien mío.

FABIA:

Cumplido habéis el concierto.
  Este es el papel; tomadlo,
y cree, Lisardo amigo,
que a no poder más conmigo
mi honor que mi voluntad,
  estuviera agradecida
a la vuestra.

CELIO:

[Aparte.]
¿Yo Lisardo?

FABIA:

Mañana respuesta aguardo.

CELIO:

Vos seréis, Fabia, servida,
  al paso que sois amada.

FABIA:

Pues, Lisardo amigo, adiós.
(Quítese FABIA.)

MONGIL:

¿Qué habéis hablado los dos?

CELIO:

El alma tengo turbada.
  Hame dado este papel,
y voyle a leer.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MONGIL:

Yo quedo,
Celio, a procurar si puede
hablar mi desdén cruel;
  sabida liz ando: no en vano
era para mí tan santa.
¡Nunca pensé que era tanta
tu ciencia, oh gran Laureano!

CELIO:

  Voy a ver lo que le escriben.
(Váyase CELIO.)

MONGIL:

¿En la voz le he conocido
a Fabia, o fue que le he oído
la imaginación por si ve?
  ¡Cosa que aqueste villano
trate de hacer deshonor
al gobernador!
(LISARDO entre con OTAVIO.)

LISARDO:

Amor,
¿dónde me llevas en vano
  a ver lo que Fabia intenta?

OTAVIO:

Por Dios que tenéis razón,
porque éstas quimeras son
de que no vive contenta.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LISARDO:

  Ya no he podido escusar
de venir por el papel.

OTAVIO:

Llegad al balcón, que dél
nos podemos informar.

MONGIL:

 [Aparte.]
¡Otros dos a la ventana!
¡Bueno anda, señor, tu honor!

OTAVIO:

Gente he sentido, y rumor.

LISARDO:

Galán será de su hermana,
  que hoy del monasterio vino.

OTAVIO:

A reconocerle vamos.

MONGIL:

[Aparte.]
Aquí hay gran mal si esperamos.

OTAVIO:

No juzgue por desatino
  el pedirle, caballero,
que se vaya o desemboce.

MONGIL:

 [Aparte.]
(¡Que si esta gente me conoce,
lindo cintarazo espero!
  Fingir me quiero hombre grave
del Duque.) ¿No ves que soy
secretario que voy
secreto donde amor sabe?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTAVIO:

  [Aparte a LISARDO.]
No te des a conocer,
que este es Polibio sin duda.

LISARDO:

Y no dudo yo que acuda
al amor desta mujer.

OTAVIO:

  ¡Vive a Dios que el secretario
es por quien quiere matar
a su marido!

LISARDO:

Tratar
este enredo es necesario
  con el Duque, Otavio, luego.

OTAVIO:

De ese parecer estoy.

LISARDO:

¿Tan necio pienso que soy,
o que estoy de amor tan loco?
  ¿Por qué no le mata él?

OTAVIO:

Los secretarios, Lisardo,
matan con la pluma.

LISARDO:

Aguardo
una desdicha cruel.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MONGIL:

  [Aparte.]
Lindamente me escapé
y ser polido fingí.
¡Notables secretos vi
de aquesta mujer sin fe!
  ¿Direlo? ¿Mas, qué me enfada?
¿No es más seguro callar?
Que chismes suelen medrar
una gentil cuchillada.
(Salen el DUQUE y LAUREANO.)

LAUREANO:

  Vengo a ver qué me mandas.

DUQUE:

No creyera
que un hombre docto y noble, Laureano,
desatinado en sus discursos fuera.

LAUREANO:

  Pues yo, señor, ¿qué he hecho? Puede alguno
quejarse con razón de mi gobierno,
¿y dónde habrá gobernador ninguno
  sin enemigos, sin envidia y lenguas?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DUQUE:

No son fuera de casa, Laureano,
vuestros malos gobiernos, vuestras menguas.
  Pues mirad que os aviso que la vida
traéis a gran peligro, y si la enmienda
no queda desde agora prevenida,
  haré yo con quitaros el gobierno,
el dar un monasterio a mi sobrina,
en vuestra libertad castigo eterno.
  Yo os puse en el lugar de mis estados
de mayor eminencia, imaginando
resolver en las vuestras mis cuidados.
  No habéis salido como yo pensaba;
habeisos retraído, culpa tengo,
pero con esto entre los dos se acaba,
  que yo, porque elijo mal informado
un hombre como vos, pues que lo quise,
quedaré con mi daño castigado,
  y vós, porque tan mal agradecistes
el lugar que os he dado, con perderme
el castigo tendréis que merecistes.
  Idos a vuestra casa.


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LAUREANO:

¿Qué respuesta
os puedo dar si estáis con tanta ira,
que aunque la blanda, fácil y modesta
  tiembla el enojo, como dice el sabio,
no pienso que será de vos oída?

DUQUE:

No más, que a mí me consta del agravio.
  Idos con Dios.

LAUREANO:

Haré, señor, tu gusto.
[Aparte.]
¡Oh, qué gran necedad hice con Fabia!
Merezco justamente mi disgusto;
  de quererla probar me ha resultado
todo mi gusto mal. Pruebe veneno
antes que su mujer el que es honrado,
porque es poner en duda lo que es bueno.
(Vase LAUREANO y sale[n] LISARDO y OTAVIO.)

LISARDO:

  ¿Puédote hablar?

DUQUE:

Bien podrás.
¿Qué hay, Lisardo, del papel?

LISARDO:

Lo que no he sabido dél
supe de un hombre, que es más.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DUQUE:

¿Cómo?

LISARDO:

  Polibio es galán
de Fabia; Otavio testigo.

OTAVIO:

Que le vi en sus rejas digo,
ellos lo demás sabrán,
  y que nos dijo quién era
sin habernos conocido.

DUQUE:

¿El secretario?

OTAVIO:

Ha sido.

DUQUE:

Luego el secretario espera,
  con matar a Laureano,
casarse con mi sobrina.

LISARDO:

Sin duda.

OTAVIO:

¡Amor desatino!

DUQUE:

¡Polibio!

POLIBIO:

¿Señor?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DUQUE:

¡No en vano
  tus liviandades me fueron
siempre cansadas a mí!

POLIBIO:

¿En qué jamás te ofendí
si envidias no te ofendieron?

DUQUE:

  ¡Secretario, en esta suma
del honor de Laureano
venís a ser más liviano
que vuestro papel y pluma!
  Contra vos no es presunción
la que de vos se ha sabido.
¡A su puerta os han oído
hablar en vuestra afición!
  ¡Fabia es mi sobrina, y yo
soy el duque de Ferrara!
(Vase.)

POLIBIO:

¡Señor, óyeme y repara
que la envidia te engañó!
  ¡Señor, no seas cruel!
Tu entendimiento presuma
que hombres hechos por la pluma
tienen la dicha en papel,
  y si de papeles nace,
diré, pues te satisfizo,
que lo mismo que nos hizo,
eso mismo nos deshace.
  ¿Yo a Fabia? ¿Yo a tu sobrina?
¿Yo matar a Laureano?
Pero que me quejo en vano
ya mi fortuna devina.
  No más serenos jamás,
pues ser con el sol sabía,
que donde dan cada día,
eso es lo que sacan más.
(Váyase y entre CELIO.)


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

  Desatinado me traía
lo que en el papel escrito
hallé anoche por mi mal.
Mal dije; mi bien ha sido,
que si viniere Lisardo,
como Fabia le previno,
a estas horas estuviera
muerto Celio, su enemigo.
Vuelvo a sacar el papel
y cada vez me santiguo;
desde anoche son mil veces
las que lo tengo leído.
«A Celio, señor Lisardo,
este que a Ferrara vino
por asesor, deste ingrato
es aquel hombre que digo
que habéis de matar, si sois
aquel caballero mismo
que me tuvo tanto amor
y que tanto me ha debido.»
¿Para qué vuelvo a leer
lo que aquella fiera dijo?
Descubierta su traición,
a la venganza me obligo:
decir quiero a Laureano
que Fabia, y el atrevido
Lisardo, quieren matarle,
para que les dé castigo;
así de los dos me vengo.
¡Fuera amor! Que es desatino
seguir una vanidad
a donde hay tanto peligro.
Este es el gobernador.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale LAUREANO.)
LAUREANO:

¿Es Celio?

CELIO:

Quien siempre ha sido
el defensor de tu honra.

LAUREANO:

¡Ay, quién te hubiera creído,
Celio! Conocí, aunque tarde,
que el ingenio más altivo,
el ingenio de hombre al fin,
¡qué más ejemplo que el mío!,
hincha ciencia a los hombres.
Pero el gran dotor lo dijo,
por antonomasia apóstol,
y en mi invención lo confirmo,
y sabe el Duque mis cosas,
y aunque pequeños delitos,
en los hombres que gobiernan
parecen siempre excesivos.
Echome de su presencia,
y vengo tan ofendido
de las palabras airadas
por las obras que le han dicho,
que me han de costar la vida,
porque un filósofo antiguo
reprehensiones de señor
llamó invención los cuchillos.
El querer ser singular
a tanto mal me ha traído,
que es tu palacio revuelto,
vengados mis enemigos,
mi mujer hecha una fiera,
el Duque ya sin oídos,
mis amigos alterados
y mi casa laberinto.
¡Oh famosa necedad!,
¿en qué historias, en qué libros
de un discreto se ha contado
que semejante la hizo?
¡Ay, Celio!


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

Calla, señor,
que mil discretos han sido
necios como tú.

LAUREANO:

Merezco
con este despejo oírlo.

CELIO:

¿No sabes que Otaviano
quiso saber de Virgilio
si era hijo de aquel César?,
¿y que un filósofo quiso
echarse en los fuegos de Etna
para que fuese creído
ser dios del vulgo ignorante?,
¿y que un rey tuvo capricho
de imitar rayos y truenos
para ser por Dios temido?
Cuentan de pulido amante
que viendo caer un risco
fue a tenerlo con los brazos
y feneció; el eco mismo
de su nombre imitó tanto,
que dio en tener grandes libros,
grandes platos, grandes mesas,
gran mujer, grandes amigos,
grandes criados y, en fin,
vestir tan grandes vestidos,
que cuentan que en un zapato...
Mas yo, ¿para qué te cuento
ejemplos de desvaríos
cuando en tal peligro estás?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LAUREANO:

Luego, ¿mayor?

CELIO:

Yo he sabido
que Fabia quiere a Lisardo,
porque anoche el velo quiso
que me llamase en su reja.

LAUREANO:

¿Eso más?

CELIO:

Tu dicha ha sido,
porque dándome un papel,
dice en él: «Lisardo mío,
matad el gobernador
y casaréis os conmigo.»

LAUREANO:

¡Ay cielos, que darme muerte
de celos ha procedido,
y mi estraña necedad
de todo ha sido principio!
¿Qué me queda que esperar?


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CELIO:

Aquí ha de entrar tu juicio,
porque si al Duque te quejas
y me llevas por testigo
a reprender a Lisardo,
y probándole el delito,
lo menor será destierro.

LAUREANO:

¿Fabia es esta?

CELIO:

Mi desinio
es desterrar a Lisardo.

LAUREANO:

¡Mi necio intento maldigo!
Nadie se fíe en sus letras,
que en las mías averiguo
que pueden errar los sabios
como unos bárbaros indios.
(Sale FABIA.)

FABIA:

  Señor mío, ¿solo aquí?
Mas, cuando con Celio estáis,
nunca mejor os halláis.

CELIO:

¿Celos, señora, de mí?


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LAUREANO:

  Quien los tiene de tal modo
que a tales cosas se olvida,
¿qué mucho que de ti diga
y que los tenga de todo?
  Mucho debo a vuestro amor,
pero Dios guarde a mi vida,
del mejor caballero asida,
de tan celoso rigor.

FABIA:

  ¿Tan celosa soy?

LAUREANO:

No sé,
pero escuchad una historia
que me vino a la memoria.

FABIA:

¿Historia?


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LAUREANO:

Yo os la diré:
  «Casó el valiente león
una sobrina ignorante
con el prudente elefante
por su mucha discreción.
  Como suele acontecer,
al elefante le vino
voluntad de un desatino,
y probar a su mujer.
  Dijo a la zorra traidora,
porque entonces le servía,
que con su raposería
requebrase a su señora.
  La zorra le dijo amores
y puso, como ignorante,
mil faltas al elefante,
que es desdicha entre señores.
  Diole, en efeto, a entender
que en el monte no dejaba
animal a quien no amaba,
con que abrasó la mujer.
  Ella dijo al león,
que le puso en mil furores,
gran defeto de señores,
la primera información.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LAUREANO:

  Él le prometió quitar
la vara que le había dado
del gobierno de su estado
y a su sobrina encerrar.
  Mas ella, que a un grueso toro,
camarero del león,
mostraba infame afición,
contra su honor y decoro,
  que le matase ordenó
al elefante, y en tanto,
permitió Júpiter santo
que la zorra le avisó.
  Y el elefante prudente,
y arrepentido de ver
que fue el probar su mujer
necedad impertinente,
  buscando el más verdadero
remedio, le halló de modo
que al fin, al fin vino todo
a llover sobre el tercero,
  que, satisfecho el león
y en santa paz los casados,
la zorra, por sus pecados,
vino a morir en prisión.»
(Váyase.)


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

  ¿Qué es aquesto?

CELIO:

¿No lo ves?

FABIA:

¿Cómo se va desta suerte?

CELIO:

Porque has dado por su muerte,
Fabia, un injusto interés.

FABIA:

  ¿Cuál muerte?

CELIO:

Ya lo ha sabido,
y que a Lisardo has hablado,
y fue tu galán pasado
y ha de matar tu marido.

FABIA:

  El papel que yo escribí,
si Lisardo le mostró,
no fue con deshonra, no,
mas para matarte a ti.

CELIO:

  Pues erraste, y es muy llano,
como furiosa escribiste,
que a donde Celio quisiste
escribiste Laureano,
  y el Duque lo sabe ya,
porque él a decirle parte.
Tú procura remediarte.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

¿Adónde el papel está,
  que yo no puedo creer
que hayan dicho a mi marido?

CELIO:

Pues que todo se ha sabido,
por Celio debe de ser.

FABIA:

  Aquella comparación
tu cabeza amenazaba.

CELIO:

Era que te aseguraba
por no amenazar el león,
  y el engaño está de suerte
que son veneno, o espada.
Ya sabia como culpada,
te ha condenado a la muerte.
  No fue por mi deslealtad
esto de tenerte amor,
sino del gobernador
monstruosa necedad.
  Él, como te ha dicho a ti,
quiso probarte en efeto;
fue necedad de discreto,
que no hay que pasar de aquí.
  Mira si servirte puedo,
que cualquiera loco error
nació del gobernador;
por él culpado quedo.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

  Tanto me forzaba amarte
que, en fin, señora, te amé,
porque en posible te amé,
verte, hablarte, desearte,
  con gusto de tu marido,
y salir con la vitoria.
¿No has oído aquella historia
del rey que hicieron fingido
  en el monte los pastores,
de gracias que castigaba
la gente que le enojaba,
hasta que a cosas mayores
  levantando el pensamiento
del Asia vino a ser rey?
Pues amor sin fe y sin ley
me dio el mismo atrevimiento,
  que de burlas comencé,
yo vine a amarte de veras;
pero ya aquestas quimeras
van descubriendo tu fe,
  tu virtud y tu lealtad.
Escoge, que está en tu mano,
o matar a Laureano,
vengando su necedad,
  o darle vida y perdón
por filósofo ignorante.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

Pues es castigo bastante,
de su poca pretensión,
  su peligro y su desprecio,
su vida quiero escoger,
y ser discreta mujer
cuando él es marido necio.
  Celio, vive Laureano;
ayudémosle los dos,
que tal vez castiga Dios
con su poderosa mano
  los que presumen de sí,
que siente el cielo el agravio
de la soberbia de un sabio
tanto como lo has visto aquí.

CELIO:

  ¿Pues qué medio tomaremos?
Que yo, señora, aquí estoy.

FABIA:

El medio pensando voy
y todos los hallo estremos.

CELIO:

  Tu virtud, señora, alabo,
su necedad vitupero,
y vivir y morir quiero.
De tu predichoso esclavo
  los tristes mucho imaginan.
Traza, fabrica, ¿qué quieres?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FABIA:

Seamos cuerdas las mujeres
si los hombres desatinan.
  Yo le quiero dar lugar
a la venganza que intenta,
y en medio de la tormenta
de tan alterado mar,
  porque la vida me deba,
darle a entender su locura.

CELIO:

Pues porque se fue tempura,
tenga el Duque mejor nueva.
  Parte a prevenir su daño;
yo entre tanto aquí estaré,
porque a su cuerpo le dé
de tu virtud desengaño.

FABIA:

  Voy confiada en efeto,
dándole de necia el nombre,
y cierto que puede un hombre
ser sabio sin ser discreto.
(Váyase FABIA y CELIO quede.)


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

  ¡Oh vanidad del modo humano herencia!
¡Oh letras de soberbia engendradoras,
del saber natural despreciadoras,
a quien prestan las artes obediencia!
¡Oh loca aunque sublime inteligencia,
que en los rayos del sol tus alas doras!
¡Bárbara el Austria que enamoras
el mismo dueño de su misma ciencia!
¡Oh discretos del mundo, aunque os alaban,
ninguno se enfusca, pues obligan
a que los cielos su soberbia acaben!
¡Nadie que sabe de sí mismo diga,
que cuando Dios castiga a los que saben,
con su misma soberbia los castiga!
(Salen el DUQUE y LAUREANO, y criados.)

DUQUE:

  Admirado me tienes de tal suerte,
que he dudado en creer lo que me dices.

LAUREANO:

Señor, esto es verdad, y que a Lisardo
le dio el papel para tratar mi muerte;
digo tratar ejecutarla luego.

DUQUE:

Ya envié por Fabia; vete, Laureano,
que no es bien que te halles a la prueba
de tan estraño caso.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LAUREANO:

Heroico príncipe,
en esas manos mi justicia pongo.
[Vase.]

DUQUE:

¿Fabia?
[Aparte.]
¡Dime que no repare en sangre!

LISARDO:

Lisardo, gran señor.

DUQUE:

Aparta, escucha.

LISARDO:

¿Qué mandas?

DUQUE:

¿Eras tú quien me decía
que el secretario mi sobrina amaba,
y eras tú quien mataba a Laureano?

LISARDO:

¿Quién te ha dicho, señor, maldad tan grande?
Yo solo fui por orden tuya a verla,
y no me dio el papel porque Polibio
guardaba puerta y reja aquella noche.

DUQUE:

Polibio.

POLIBIO:

¿Gran señor?

DUQUE:

¿Tú defendías
la ventana de Fabia al que llevaba?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


POLIBIO:

Si yo de Fabia la ventana he visto,
si en mi vida he pasado por su calle,
córtame la cabeza.

DUQUE:

¿Pues qué es esto?
¿Qué laberinto es este, por ventura?
Todos dicen verdad, y todos mienten.
Mira, Lisardo, que de ti se queja,
y no del secretario, Laureano;
tú dice que matarle pretendías,
que no Polibio.

LISARDO:

Pues en eso solo
la prueba está de toda mi inocencia.

DUQUE:

¿Por qué?

LISARDO:

Porque si Fabia tiene gusto
de amar al secretario, habrá informado
contra Camila, por guardar su vida.

DUQUE:

No sé qué diga, nunca yo trujera
este discreto necio en mis estados,
que así los tiene todos alterados.
¿Aquí estás, Celio?

CELIO:

Aquí, señor, estaba.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DUQUE:

¿Sabes ya los sucesos de tu dueño?
¿Sabes ya de qué suerte me alborota?
¿Qué invenciones son estas? ¿Qué hombre es este?
Tan deslucidas letras, ¿de qué sirven?
¿Qué tiene?, ¿qué pretende?, ¿qué le han dado
que a todos nos ha puesto en tal estado?

CELIO:

  Si he de tratar con lealtad,
señor, a vuestra excelencia,
y porque si la eminencia
de la divina verdad
  a quien dieron la vitoria
de aquella antigua canción,
diré en esto mi razón.

DUQUE:

Si tienes en la memoria
  cuánto por tratarla han sido,
Celio, estimados los hombres
y los estados y nombres,
que por ello han merecido
  de los príncipes y reyes,
mira que a decirlo aquí
te obligan, fuera de mí,
divinas y humanas leyes.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

  Afírmante por verdad
aquello que yo no sé
de cierto, ¿cómo podré?
Pero podré con lealtad
  decirte por conjeturas
lo que siento.

DUQUE:

Eso deseo.

CELIO:

Fabia es inculpable.

DUQUE:

Creo
que la verdad me aseguras.

CELIO:

  Sobre este principio digo
que le ha puesto Laureano
mil asechanzas en vano,
como si fuera enemigo
  y no dueño de su honor.
Esto es verdad.

DUQUE:

¿A qué efeto,
un hombre que es tan discreto,
quiso ofender su valor?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

  Agora viene lo incierto,
y ves a divinar cuál es
la causa por que desea;
el fin deste desconcierto
  es probar una mujer.
Siendo quien es, no fue sabio,
porque dar causa al agravio
necesidad debe de ser;
  quien da la causa del daño
nuestra ley es, dicen bien,
que va culpado también.

DUQUE:

¿Caminaba algún engaño,
  Celio, en esa pretensión
Laureano?

CELIO:

Eso no sé.

DUQUE:

Yo sí, que sin duda fue
alguna nueva afición;
  así, de Camila ha sido.
Este es tan grande letrado
que, de Fabia descasado,
por dicha habrá pretendido
  casarse con ella, y luego,
viéndome sin sucesión,
levantar la pretensión
contra mi propio sosiego,
  porque debe de tener
el pensamiento en Ferrara,
que una necedad tan rara
así se suele perder.
  ¡No viva yo si no ha sido
su quimera esta maldad!
Dime, Celio, la verdad.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

Yo he dicho lo que he sabido.
  Mira, señor, que te engañas,
que es discurso muy cruel
el que has hecho contra él.

DUQUE:

Pues todas estas marañas,
  todas estas invenciones,
Fabia celosa, él tan loco
que tenga su honor en poco
y le ponga en opiniones,
  mi secretario caído,
en sus pechos dé mi agravio,
traidor Lisardo, y Otavio,
y todo aquesto fingido,
  ¿de qué puede proceder?
Ahora ven; por sí o por no,
quien le hizo, levantó,
hoy le sabrá deshacer.
  Vayan, Lisardo, a prendelle.

CELIO:

¡Señor!

DUQUE:

No hay qué replicar.

CELIO:

Óyele.


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DUQUE:

No hay lugar
si no es para deshacelle,
  y porque en obligación
con tu término me has puesto,
y por castigarlo en esto,
tú has de hacer la información.
  El gobierno de Ferrara,
que Laureano tenía,
es tuyo desde este día;
la potestad y la vara
  se emplean mejor en ti.

CELIO:

¡Señor!

DUQUE:

Oye, que los reyes
suelen, y con justas leyes,
dar sus gobiernos ansí,
  y tú, por escarmentado,
a su ejemplo serás bueno.

CELIO:

Puesto que es mi honor, condeno
tan nueva razón de estado.
  Mira, señor...

DUQUE:

Celio, advierte
que si en esta información
es engaño mi opinión,
le librarás de la muerte.
  Déjame hacer, soy señor;
tú mi criado, obedece.
Dadle la vara.
(Váyase.)


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

Parece
que le ha soltado el furor
  de la cárcel del infierno.

LISARDO:

Laureano viene aquí.
(LAUREANO entre.)

LAUREANO:

¿Fuese el Duque?

LISARDO:

El Duque sí.
Hoy te ha quitado el gobierno
  y al señor Celio le ha dado.
La insignia deja.

LAUREANO:

¿Qué es esto?
¿Tú con mi honor y yo puesto,
Celio, en tan humilde estado?
  ¿Has dicho al Duque de mí
alguna traición?

CELIO:

Yo he sido
tan leal cuando he podido.
Señor, ¿no es esto ansí?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


POLIBIO:

  Así es verdad, y que vos,
con letras mal empleadas,
en la soberbia fundadas,
odiosa al mundo y a Dios,
  habéis revuelto su casa,
y pues por vos tantos criados
están desacreditados
que en vivo incendio se abrasa,
  poned en ejecución
del Duque el gusto, Lisardo.

CELIO:

Caballeros, yo no aguardo
a ver un hombre en prisión
  a quien respeto por dueño.
(Váyase CELIO.)

LAUREANO:

¿Cómo prisión?

LISARDO:

Preso estáis.

LAUREANO:

¿Yo preso?

LISARDO:

Vos, que tratáis
la muerte del Duque.

LAUREANO:

¡Esto es sueño!


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LISARDO:

  Sueño o no, lo que habéis hecho
no merece mejor trato.

LAUREANO:

¡Ah, Celio, criado ingrato!

POLIBIO:

Celio tiene tan buen pecho
  que, si no fuera por él,
el Duque os hubiera muerto.

LAUREANO:

¡Ah traidor, que ha descubierto
lo que he tratado con él!

LISARDO:

  Sed testigos de que dice
que descubrió su traición,
para que la información
con todos tres se autorice.

LAUREANO:

  ¡Ah infame, que le has contado
todo mi engaño y secreto!

POLIBIO:

No fue del Duque el concepto
en esta parte engañado.
  ¡Mirad si confiesa aquí!

LAUREANO:

¡Lo que contigo traté
le has dicho! ¡La traición fue
tuya!


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LISARDO:

¿Estáis en esto?

OTAVIO:

Sí,
  y admiración me ha causado
ver lo que confiesa.

LISARDO:

Está
convencido que no hará.

POLIBIO:

Camine, señor letrado.
  ¡Nunca a Ferrara viniera!

LAUREANO:

¡Plubiera a Dios que a Fabia
no hubiera visto, si agravia!
[-era]
  Celio y Fabia, a quien yo he dado
con mi locura ocasión,
me han hecho aquesta traición;
el Duque está disculpado.
  ¡Celio ingrato, Celio ha sido!
¿Mas de qué me quejo yo,
si Celio me obedeció
importunado y vencido?
  ¡Sepa el Duque mi secreto!
¡Muera yo para mostrar
a lo que puede llegar
la necedad de un discreto!


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Váyase, y entre CELIO de gobernador, un secretario, JULIA, CAMILA, FABIA, el DUQUE y MONGIL.)
CELIO:

  Por el examen, señor,
dicen los testigos esto.

FABIA:

Yo me espanto que tu ira
sujete tu entendimiento.
¿Si Celio no te ha engañado?

DUQUE:

Fabia, no ha llegado Celio
derribando a su señor
al lugar en que le ha puesto,
como es costumbre del mundo;
letras, prudencia, y ingenio,
en Celio me han agradado.

FABIA:

Una cosa te confieso,
que por querer penetrar,
Laureano, pensamientos,
cosa que en los hombres sabios
suele castigar el cielo,
ha venido a tanto mal.

DUQUE:

Yo sé que en prenderle intento
asegurar mis estados.

FABIA:

Si hubieras dado el gobierno
a un hombre, digo cesaran
las sospechas que yo tengo,
¡pero a Celio...!


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CAMILA:

Fabia, paso,
que Celio es noble yo creo,
que no lo es más Laureano.

FABIA:

¡Bien digo yo que es concierto
de ti, de Celio y del Duque!

CAMILA:

¿De mí?

FABIA:

Sí, porque sospecho
que te ha engañado su amor,
y [a] Celio el loco deseo
de emparentar con el Duque,
y al Duque el engaño vuestro,
de suerte que los tres juntos
fulmináis este proceso
contra un inocente.

DUQUE:

¡Paso,
que ya es mucho atrevimiento!
Yo seré el juez aquí,
¿que dónde tan claro ingenio
como el de Celio gobierno?
Su asesor en este asiento
será un duque de Ferrara;
estad vosotros atentos.
¿Tú qué fuiste?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MONGIL:

Su lacayo,
aunque entré por escudero
de una reverenda mula.

DUQUE:

Ya te conozco.

MONGIL:

Y pienso
que al sol nada se le encubre.

DUQUE:

¿Y qué sabes de tu dueño?

MONGIL:

Lo más que comunicó
allá en los pasados tiempos
conmigo.

DUQUE:

Di la verdad.

MONGIL:

Fue de la cebada el precio,
la limpieza en los pesebres
y la lealtad en los piensos,
que aunque es verdad que yo soy
hombre de notable ingenio,
de sus piensos fui criado,
que no de sus pensamientos.

DUQUE:

¿Tú quién eras?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


JULIA:

Soy
crïada de Fabia.

DUQUE:

Creo
que sabrás bien la verdad.

MONGIL:

Eslo Julia por estremo,
mas no la ha dicho en su vida,
y es muy claro el argumento:
¿la verdad no es limpia?

DUQUE:

Sí.

MONGIL:

Pues Julia no es limpia, luego
Julia no trata verdad.

JULIA:

Lo que he jurado es lo cierto,
porque solo el pensamiento,
que aquel claro entendimiento,
sin prenderme, tus estados
te los quitan por pleito.

DUQUE:

Camila, tú eres hermana
de Fabia, y en ese pecho
tienes mi sangre. ¿Mi vida
corre peligro?


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CAMILA:

Yo pienso
que, pues tu sobrina soy,
está abonada con esto.
Laureano es hombre altivo,
y no tu estado, tu imperio,
intentara con tu muerte.

DUQUE:

Pues Celio, yo me resuelvo
a que muera Laureano.

CELIO:

Señor, mira que primero
es menester advertir
lo que dispone el derecho.

DUQUE:

No hay, Celio, leyes aquí.

CELIO:

Pues si en eso estás resuelto,
oye, señor, la verdad.
Oye, sabrás el suceso
más peregrino, y estraño,
que ha puesto en vista el tiempo
ni los anales del mundo
desde su principio vieron:
Laureano, muy preciado
de discreto, y tan soberbio
de sus letras como sabes...


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La necedad del discreto Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LAUREANO:

[Dentro.]
¡Fuera, digo! ¡Fuera, perros!
¿Yo soy el Duque en Ferrara?
¿Yo he de tener su gobierno?
¡Fuera digo!

DUQUE:

Celio, deja
la justicia, que ya te entiendo
por el principio. ¡Hola, guarda!
(LISARDO y POLIBIO.)

LISARDO:

¡Tenedle!

POLIBIO:

¿Cómo podemos?

DUQUE:

¿Qué voces son esas? ¡Hola!

LISARDO:

Señor, Laureano ha hecho
tantas lástimas de sí,
que en fin ha perdido el seso.

DUQUE:

¿Cómo, Laureano?

POLIBIO:

Y tanto
que es necesario tenerlo,
porque es su afición terrible.


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La necedad del discreto:1 48

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DUQUE:

No le oigáis. Prosigue, Celio.

CELIO:

Digo, en fin, que Laureano
quiso saber sin provecho
si Fabia, amada y servida,
y conquistada algún tiempo,
se rendiría al amor,
a la porfía y al ruego
de un hombre; elígeme a mí,
pero no ha sido posible.
En fin, comencé sirviendo,
amando, fingiendo, hablando,
dándole enojos con celos;
ella, previniendo matarme
con valor y puesto honesto,
de que resulta el engaño
en que a este punto nos vemos:
tú enojado, sospechosa
Fabia, Lisardo con miedo,
Laureano vuelto loco,
y con su gobierno Celio,
que tanto mal suele hacer
la necedad de un discreto.


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DUQUE:

¿Hay empeño semejante?

CELIO:

Esto es verdad.

DUQUE:

Pues yo quiero
sentenciar la causa ansí,
que Laureano por necio
le haga curar su locura
y Fabia la esté asistiendo
al lugar de mis bodas
que más les agrade.

LAUREANO:

Tengo
justo pago de mi error.

FABIA:

Esa piedad te agradezco.

DUQUE:

Tú, Celio, discreto y sabio,
harás noble casamiento
con Camila, y de Ferrara
tendrás por dote el gobierno.

CELIO:

Beso mil veces los pies.

DUQUE:

Daos las manos, y con esto,
dé fin para ejemplo al mundo

La necedad del discreto.

Fin01.jpg


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