La niña de la plata (Versión para imprimir)

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Elenco
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La niña de la plata Félix Lope de Vega y Carpio


La niña de la plata

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



DOROTEA , la Niña de Plata
TEODORA, tía suya
DON ENRIQUE, infante
EL MAESTRE DE SANTIAGO
DON JUAN
CHACÓN, lacayo


ZULEMA
ALÍ
EL VEINTICUATRO, padre de don Juan
FÉLIX, hermano de Dorotea
MANCELA, dama


LEONELO
UN ESCUDERO
UNA ESCLAVA
UN PAJE
moros
Criados


Gente
Músicos
Acompañamiento
DON ARIAS
EL REY DON PEDRO




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Acto I-Escena I
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


La escena es en Sevilla
Calle.
(DOROTEA y TEODORA, en un balcón.)
TEODORA:

  Por aquí dicen que pasa
el infante Don Enrique.

DOROTEA:

Pues bien es que signifique
tanto placer nuestra casa.
  Haz, por tu vida, colgar
aquel tapete de seda;
que aunque es tan pobre y no pueda
las riquezas igualar
  de tanto noble vecino,
mostrará nuestra afición.

TEODORA:

(A una esclava que está dentro de la casa.)
Cuelga, Inés, este balcón.
Pero ya dicen que vino.
  Gran música y alegría
suena en la Puerta Real.


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DOROTEA:

¿Vendrá el Rey?

TEODORA:

Llévanse mal.

DOROTEA:

Pues no le aconsejaría
  que en Sevilla se quedase;
que es don Pedro muy severo.

TEODORA:

Enrique es gran caballero,
y puede ser que envidiase
  el Rey la mucha afición
que le muestran cada día
Castilla y Andalucía.

DOROTEA:

Rigurosa condición
  tiene el rey don Pedro, tía.

TEODORA:

No fuera tan riguroso,
a no vivir sospechoso;.
pero crece cada día
  el temor de sus hermanos.

DOROTEA:

Como no son de su madre,
sino de sólo su padre,
pareceránle tiranos
  de las honras que les dió
y los estados que tienen.

TEODORA:

Ya me parece que vienen.

DOROTEA:

Yo te confieso que yo
  soy aficionada a Enrique.

TEODORA:

¿Quién hay que a tanto valor
su pensamiento, su amor
y su esperanza no aplique?


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Escena II
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Acompañamiento, el INFANTE DON ENRIQUE y el MAESTRE DE SANTIAGO, de camino;DON JUAN, gente. Dichas.
(A DON ENRIQUE.)
MAESTRE:

  ¿Qué os parece la ciudad?

DON ENRIQUE:

Una otava maravilla;
pero con decir Sevilla
se dice todo.

MAESTRE:

Es verdad.

DON ENRIQUE:

  ¿Cómo esta calle se llama?

MAESTRE:

De las Armas.

DON ENRIQUE:

Con razón;
mas pienso que de amor son,
con tanta bizarra dama;
  y son las más peligrosas,
si esta calle es de sus armas;
que más que a cien hombres de armas
temo unas manos hermosas.
  ¿Quién es la de aquel balcón?


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MAESTRE:

Una dama cuya fama
décima musa la llama,
por ingenio y discreción;
  cuarta gracia, por tener
tantas, que a las tres la añaden,
porque no se persüaden
que otra mayor puede haber;
  Cleopatra por gentileza
y Venus por hermosura,
porque competir procura
con su talle y su belleza.
  En ella, en fin, se retrata
una imagen del deseo.
¿Qué sirve tanto rodeo?
Esta es la Niña de Plata
  que habréis oído en Castilla,
porque tanta perfeción
es monstruo y admiración
y grandeza de Sevilla.
  Cuando tratan de su río,
de su alcázar eminente,
de sus calles, de su puente,
de sus armas, de su brío,
  de su regalo y riqueza,
todo se acaba y remata
con que la Niña de Plata
es cifra de su grandeza.


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DON ENRIQUE:

  Oí de su discreción
y gentileza en Castilla.

MAESTRE:

No hay más qué ver en Sevilla.

DON ENRIQUE:

Los dos, Maestre, al balcón
  hagamos lo que es tan justo;
que cuando de aquesta dama
no lo mandara la fama,
lo hiciera por vuestro gusto.

TEODORA:

(A DOROTEA.)
  Haz reverencia al Infante.

DOROTEA:

Guarde Dios a vuestra alteza.

DON ENRIQUE:

En viendo tanta belleza,
no hay que pasar adelante.

MAESTRE:

  No os detengáis; que después
habrá mejor ocasión;
que aguarda el Rey, y es razón
ir a besarle los pies.
(Vanse el INFANTE, el MAESTRE, acompañamiento y gente.)


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Escena III
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DOROTEA y TEODORA, en el balcón; DON JUAN, en la calle.
DON JUAN:

  Sirena debéis de ser,
bellísima Dorotea,
pues donde hay tanto que vea,
a un rey hacéis detener.
  Ya no se puede pasar
la calle en que lo habéis sido,
sin ir atado el sentido
del oír y del mirar
  al árbol de la prudencia,
como Ulises le llevó.

DOROTEA:

Cuando hubiera sido yo
sirena de la presencia
  de un rey de tanto valor,
resultaba en vuestra gloria,
don Juan, pues que mi vitoria
hace la vuestra mayor;
  porque quien tanto rindió
a quien rinde a quien decís,
más merece, si advertís
que él es mío, y vuestra yo.

DON JUAN:

  Con licencia de Teodora,
os querría responder.


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TEODORA:

Harto quisiera poner
fin a este amor desde agora,
  si no viera tan perdida
y tan loca a Dorotea;
no porque la culpa sea
de vuestro amor merecida,
  mas por ver que no ha querido
vuestro padre el Veinticuatro,
rogado una vez y cuatro
de quien sabéis que lo ha sido,
  que os caséis con mi sobrina,
pues no habiendo de ser vuestra,
la misma razón os muestra,
por más que amor desatina,
  lo que pierde nuestra casa
honor y reputación.


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DON JUAN:

Su avarienta condición,
como sabéis, no me casa,
  por ser pobre Dorotea;
y preténdeme casar
donde me venga a comprar
con oro una necia y fea.
  Mas yo, que en el corazón
tengo una mina de plata
que me enriquece y me mata,
si las del alma lo son,
  estoy tan determinado,
que antes de un mes ha de ser
Dorotea mi mujer,
con el dote más honrado
  que llevan las que lo son,
que es virtud y entendimiento;
que esto que perder consiento
de vuestro honor y opinión,
  es a cuenta de la mía:
y no hay en qué reparar,
pues se viene a restarurar
de mi casamiento el día.


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TEODORA:

  De vuestra parte, don Juan,
no hay más que pida el deseo.
Esto y mucho más os creo;
que de vuestra parte están
  la inclinación y el amor;
ero de un avaro viejo,
la codicia y el consejo,
más de hacienda que de honor
  Con esto me voy de aquí;
no quiero que nadie vea
que si habláis con Dorotea,
pasa delante de mí.
(Vase.)

DOROTEA:

  Don Juan, bien dice mi tía.
Ya que vuestro padre os casa,
no es justo que en esta casa,
aunque es más vuestra que mía,
  tan públicamente habléis.
Lo que es el recato os ruego:
al Alcázar vamos luego,
y allá, mi bien, me veréis;
  que yo, haciéndole a mi honor
la salva, pues es tan justo,
os quiero bien por mi gusto,
y os tendré perpetuo amor,
  que os caséis, que no os caséis,
que me olvidéis o queráis,
que aquí os estéis o que os vais,
me escribáis o me olvidéis;
  que si no sois mi marido,
no ha nacido de quien sea
en el mundo Dorotea.
Vuestra soy y vuestra he sido.
(Vase.)

DON JUAN:

  Señora, mi bien, mi luz
Fuése el sol; su noche he sido.


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Escena IV
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CHACÓN:

¡Qué bravamente ha lucido
manto y sombrero andaluz!
  Locos van los castellanos,
Sevilla, en ver tu grandeza;
blanco ha sido tu belleza
de mil pensamientos vanos,
  cual suele nuevo zaguán
verse escrito de carbón.

DON JUAN:

En tales días, Chacón,
¿los amos solos se van?

CHACÓN:

  Perdona; que me cegó
el concurso de la gente,
y un forastero valiente
que echando juncia llegó,
  con el cual palabras tuvo
de rumbo y temeridad,
entre cuya tempestad
cerca de asentarle estuve
  dos mojadas de antuvión;
mas llegó la cofradía
de la Sangre, y de la mía
templaron la tentación.
  Ahogóse finalmente
la cólera en tinto y blanco;
que anduvo medroso y franco
conmigo y la demás gente.
  Decía bien un mohino,
que estas pendencias habladas
eran castañas asadas,
que todas paran en vino.


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DON JUAN:

  ¡Quién estuviera de humor
para oír tus valentías!

CHACÓN:

¿Qué tenemos?

DON JUAN:

Estos días
anda como loco amor.

CHACÓN:

  Como demonio, dirás;
porque el día que se suelta,
no ay libertad tan resucita,
que no se le rinda más.
  ¿Han venido aquestos celos
de Castilla, por ventura?

DON JUAN:

Bien pudiera la hermosura,
admiración de los cielos,
  dárselos al mismo sol.
No son celos, es desdén.

CHACÓN:

Luego ¿no te quieren bien?
Melindre, a fe de español.
  Pero sángraste en salud.


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DON JUAN:

Por abundancia de gusto
no me quejo; que no es justo;
mas traigo justa inquietud
  de que mude Dorotea
de intento en esta ocasión,
pues mi padre, sin razón,
le niega lo que desea,
  porque en esto ha respondido
que es pobre, aunque muy honrada.
Y aunque se muestra obligada
al amor que la he tenido,
  temo que viendo que ya
no es posible el casamiento,.
ha de mudar pensamiento.

CHACÓN:

Pues ¿qué responde?


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DON JUAN:

Que está
  muy tierna y enamorada;
que siempre me ha de querer,
aunque la venga a tener,
como casada, olvidada.
  Mas como su entendimiento
es tan notable, Chacón,
creo que estas cosas son
un discreto cumplimiento.
  Cortesanos han venido,
Dorotea es celebrada,
hoy, hermosa y despejada,
contra mis celos ha sido
  retrato de su balcón:
todos la vieron, y hablaron
con los ojos, y enviaron
recados al corazón.
  Principios son de olvidar
dejarse en público ver;
que esconderse una mujer
es alta señal de amar.
  No dudes, los castellanos
por la fama han de servilla.


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CHACÓN:

Mil damas tiene Sevilla,
que a tus pensamientos vanos
  pondrán entonces remedio.
Dos mil veces te he rogado
que dejes este cuidado
y que pongas tierra en medio.
  Amas una cosa que es
espíritu, entendimiento,
eco, acento, pensamiento,
serafín, donde no hay pies;
  oro sutil, si de Tíbar,
un junco, mimbre o taray,
un aljófar, un cambray,
un alfeñique, un almíbar,
  un extremo en filigrana,
un dije, un hilo de pita,
y un familiar que te incita
en un confite de mana;
  finalmente, una mujer
que llamó, por engreílla,
Niña de Plata Sevilla,
semanas, debe de haber.


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CHACÓN:

  ¡Cuerpo de tal! Si quisieras
una mujer para todo,
para polvo y para lodo,
para burlas, para veras,
  destas de rúa y camino,
sin melindre, sin milagro,
que tienen su gordo y magro,
como pernil de tocino;
  mujeres que duran más
que un zapato de baqueta,
no vieras en esta seta
tus pensamientos jamás;
  que mejores son mostrencos.
Mas ya que desto te incitas,
¿no has visto en unas cajitas
unos bolitos flamencos?
  Pues así imagino yo
esas damas delicadas:
son buenas para miradas,
mas para jugadas no.
  ¡Buen bolazo, que es mohina,
pesia tal!, y estése en pie,
aunque un manchego le dé
con una bola de encina.


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DON JUAN:

  ¡Ah Chacón!, ya fué mi suerte.
Si mi padre, por dinero,
no quisiere lo que quiero,
ten por segura mi muerte.
  Niña de Plata ha de ser
de mis ojos, esto es cierto.

CHACÓN:

A Dios ruegas por ser tuerto.

DON JUAN:

¿Cómo?

CHACÓN:

¿No lo echas de ver?
  Si esa niña que te mata,
quieres que en tu vista asista,
cuando uno no tiene vista,
se pone niñas de plata.

DON JUAN:

  Ven al Alcázar conmigo;
que allá me dicen que va.

CHACÓN:

Colgado y vistoso está.
Voy al Alcázar contigo.

DON JUAN:

  Pues quedo y no te alborotes,
y aquella sierpe la riña.

CHACÓN:

¡Oh, válate Dios por niña!
¡Quién la diera veinte azotes!
(Vanse.)


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Escena V
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Jardín del Alcázar.
DON ENRIQUE, el MAESTRE, DON ARIAS.
DON ENRIQUE:

  Ninguno lo sabrá como don Arias.

MAESTRE:

Es caballero noble de Sevilla.

DON ARIAS:

Aunque sus maravillas sean tan varias,
ésa fuera más alta maravilla.
Las regiones remotas y contrarias,
el mar innavegable, cuya orilla
jamás áncora vió de nave nuestra,
de sus grandezas el aplauso muestra.

MAESTRE:

  No os pide Enrique que digáis las cosas
que en muchos libros no cupieran; pide
que le digáis quién fueron las hermosas
damas con quien el sol sus rayos mide.

DON ARIAS:

Las que hoy vistas de vos fueron dichosas,
con quien el cielo términos divide
y la jurisdición de nuestras vidas,
son éstas, aunque en cifras referidas:
  es la de blanco y plata doña Elena,
por quien llorar segunda Troya aguardo,
que con vestido blanco, de morena
se precia.


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DON ENRIQUE:

¿Qué apellido?

DON ARIAS:

El de Fajardo.
Aquella en su hermosura Madalena,
más que en su penitencia, de oro y pardo
era Ramírez.

DON ENRIQUE:

Fuéralo si al cuello
desatara tas trenzas del cabello.

DON ARIAS:

  Doña Ángela de Vargas, de azul y oro,
tanto parece a Angélica la Bella,
que aunque no conocemos el Medoro,
mil Orlandos furiosos hay por ella.
La de lo negro con real decoro,
que era en escura noche blanca estrella,
doña Leonor del Águila; ya sabes
que el águila es la reina de las aves.
  La de pajizo, que con mil memorias
el vestido bordó de cañutillo,
dina de dulces versos y de historias,
se llama doña Brígida Carrillo;
por no tener sus conocidas glorias
principio y fin, como precioso anillo,
doña Sol de Guzmán dijo su esfera:
de tela de oro y de diamantes era.
  La de lo verde (y con razón se atreve
a lo verde su rostro) es por quien vela
desnudo amor entre su blanca nieve.


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MAESTRE:

Su nombre di.

DON ARIAS:

Doña Casilda Vela.
De grande ingenio y de estatura breve,
vestida de color flor de canela,
estaba en un balcón doña Teodora
Enríquez: no era sol; mas era aurora.
  Doña Ana Téllez carmesí vestía.
y nácar doña Juana de Arellano,
raso color de mar doña María
Núñez, y doña Laura Altamirano
de turquí, celestial, doña Mencía
de Rojas, cifra del tesoro humano:
doña Luisa Cerón morado y palmas,
cera que alumbra a amor y arde en las almas;
  doña Leonor Cabrera de leonado,
Y doña Inés de Zúñiga y Fonseca
de plata sobre raso naranjado,
que al fruto del aza[ha]r las flores trueca;
doña Francisca de Padilla y Prado,
vestida de tabí de rosa seca...
Mas va la vista en un balcón retrata
la niña celestial, Niña de Plata.

DON ENRIQUE:

  El Maestre se ríe, y por mi vida
que no sé por qué.


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MAESTRE:

Malicia es ésa,
que aunque la celebráis, estáis sin vida.

DON ENRIQUE:

Que reparéis en que la vi me pesa,
alabástesla vos de entretenida,
y de que hasta la envidia la confiesa
por única entre damas de Sevilla,
décima musa, otava maravilla.

DON ARIAS:

  Cuando el Maestre, gran señor, la alabe.
puede con gran razón; que Dorotea
es la sibila de Sevilla, y sabe
cómo ha de parecernos que lo sea.
Sabe las burlas y el estilo grave;
llamáronla de plata porque crea
quien oyere este nombre, que retrata
una pieza bellísima de plata.
  Canta y compone en punto diestramente
a cinco voces.

DON ENRIQUE:

¿Y no a dos?

DON ARIAS:

No, cierto.

DON ARIAS:

Pinta como el más célebre y valiente,
danza con gala y con igual concierto,
escribe versos con tal gracia...


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MAESTRE:

Tente;
que cuando en esta diferencia advierto,
que los escribe una mujer y un loco,
el arte de escribirlos tengo en poco.

DON ENRIQUE:

  Maestre, esto de hablar en consonancia
y juntar de los versos la armonía,
no es la sentencia, el arte y la elegancia
con que se adorna y viste la poesía.
Muchos la escribirán con ignorancia,
padeciendo las musas tiranía;
pero éstos no son hombres, que son monas
muertos, en fin, por parecer personas.
  Algún desvanecido pensamiento
probó a hacer versos, no acertó, y porfía,
como miró incapaz su entendimiento,
que no es entendimiento la poesía.
Si alguno la escribió sin fudamento,
no por eso llegó donde podía,
porque un órgano mismo, menos diestro
le tañe un sacristán que un gran maestro.
  No ahoga el que jamás vió las escuelas
como aquel que inventó los textos mismos.
Ni cara la mujer o el sacamuelas
que a Hipócrates no vió los aforismos.

DON ARIAS:

Señor, injustamente te desvelas.
No iguala Dorotea los abismos
del arte de escribir, no a Homero, a Horacio
escribe a uso de corte y de palacio.
  Pero entre algunas que a mirar las salas
del Alcázar vinieron, serafines
desta ciudad, aunque les faltan alas,
la Niña está, señor, en sus jardines.


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Escena VI
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DOROTEA y TEODORA, con mantos. Un escudero. Dichos.
DON ENRIQUE:

¡Oh blanca Niña, que en tu nieve igualas
aza[ha]res, azucenas y jazmines,
y el carmesí de la color hermosa
a la pura vergüenza de la rosa!
  Tu fama me robó desde Castilla
la memoria, y aquí me roba el alma.

DOROTEA:

¿Eso causa a su alteza maravilla?

DON ENRIQUE:

Alla me hirió y aquí me tiene en calma

DOROTEA:

Famosa es la Giralda de Sevilla,
la del escudo, el cáliz y la palma:
por la fama pudiera y la grandeza
su alteza enamorarse de su alteza.

DON ENRIQUE:

  Volved: ¿no pasáis de aquí?

DOROTEA:

Antes me quiero volver,
porque si yo vengo a ver,
ya no hay más de lo que vi.

DON ENRIQUE:

  Pues ¿qué es lo que a ver vinistes?


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DOROTEA:

Las riquezas de allá arriba,
y aquí el jardín que cultiva
de esmeraldas y amatistes
  el cielo con mil primores,
y en vos hizo todo fin.

DON ENRIQUE:

¿Cómo?

DOROTEA:

En el talle el jardín,
y en el ingenio las flores.

DON ENRIQUE:

  ¿Hay tal niña? ¿Hay tal tesoro?
Muy necio fué quien os trata,
niña, por Niña de Plata.

DOROTEA:

¿Por qué?

DON ENRIQUE:

Porque sois de oro.

DOROTEA:

  Antes anduvo discreto;
que a haberme de oro llamado,
naciera en siglo dorado,
y fuera vieja en efeto.
  De plata fué cortesía,
porque es un siglo después.

DON ENRIQUE:

Verdad lo que dicen es,
Maestre, por vida mía.
  El ingenio es milagroso:
yo soy desde hoy su galán.


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DOROTEA:

Mirando, señor, están.

DON ENRIQUE:

¿Es por dicha algún celoso?

DOROTEA:

  No tengo a quien dar enojos;
mas como con pocos trata,
oigo decir que la plata
la codician muchos ojos.
  Vuestra alteza dé licencia,
porque a alguno no le sobre,
que vuelva mi plata en cobre.

DON ENRIQUE:

Como vos me deis paciencia...

DOROTEA:

¿Para qué?

DON ENRIQUE:

  Para sufrilla.

DOROTEA:

Luego ¿ya sois mi galán?
¡Ay Jesús!, ¿y qué dirán
las señoras de Sevilla?
  Vamos, tía; que el Infante
habla de recién venido.

TEODORA:

(Aparte a DOROTEA.)
Discreción hubiera sido
que pasaras adelante.
(Vanse las dos.)


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Escena VII
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DON ENRIQUE, el MAESTRE, DON ARIAS, el ESCUDERO.
DON ENRIQUE:

(Al ESCUDERO.)
  Una palabra, buen viejo.

ESCUDERO:

Buena vuestra vida sea.

DON ENRIQUE:

¿Servís vos a Dorotea?
¿Sois de los de su consejo?

ESCUDERO:

  Escudero suyo soy.

DON ENRIQUE:

¿Quién la visita?

ESCUDERO:

Quisiera
que su alteza conociera
quién es la casa en que estoy.
  El sol no ha entrado ni tiene
licencia de entrar en ella.

DON ENRIQUE:

Adonde la luz es ella,
bien hace el sol si no viene.
  ¿Podréla yo visitar?
¿Querréisle dar un recado?

ESCUDERO:

No le hubiera pronunciado,
cuando me hiciera matar.


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DON ENRIQUE:

  Esto habéis de hacer por mí;
que si os echare de casa,
quien a mejor lugar pasa,
medra y no pierde.

ESCUDERO:

Es ansí.

DON ENRIQUE:

  Haré al Rey que alcaide os haga
del Alcázar.

ESCUDERO:

Con portero
me contento. Mas primero
que de mí se satisfaga,
  corre peligro mi honor;
que soy muy gentil hidalgo.

DON ENRIQUE:

A todo digo que salgo.

ESCUDERO:

Pues vuestra alteza, señor,
  crea que soy Cueva, Arjona,
Méndez, López, Juárez, Fáñez,
Benavides, Santibáñez,
Córdoba, Enríquez, Cardona,
  Sánchez, Vázquez y Loyola:
cuesta en mi tierra, señor,
un dedo el papel mayor...


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DON ENRIQUE:

¿Cómo?

ESCUDERO:

Por mi firma sola.

DON ENRIQUE:

  Creo que sois bien nacido,
y en la persona se os ve.

ESCUDERO:

Por desdicha el servir fué
quien pudiera ser servido.
  ¡Mal pecado!, en la Montaña
tuvo mi abuelo un casar
que le pudiera envidiar
para granja el rey de España.

MAESTRE:

  No lloréis; tornad consuelo,
como hidalgo bien nacido.
¿Sois de solar conocido?

ESCUDERO:

Zapatero fué mi abuelo.

DON ENRIQUE:

  Bien conocido solar.
(Aparte.)
(El viejo es precioso humor.)
¿Coméis bien?

ESCUDERO:

Bebo mejor.


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DON ENRIQUE:

Para todo os quiero dar.
  Veis aquí cinco doblones.
Todos cinco son de a cuatro.

ESCUDERO:

Con ellos soy veinticuatro.
Oíd cinco bendiciones.
Dios os dé salud.

DON ENRIQUE:

  Muy bien.

ESCUDERO:

Siempre tengáis buena fama,
buena mesa y buena cama,
y buena mujer también.

DON ENRIQUE:

¿La tercera?

ESCUDERO:

  Plata en mano,
con las armas de Castilla.

DON ENRIQUE:

¿La cuarta?

ESCUDERO:

Casa en Sevilla.

DON ENRIQUE:

¿La quinta?

ESCUDERO:

Nieve en verano.


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DON ENRIQUE:

  ¿Cuándo me vendréis a ver?;
que el Rey mi hermano ha venido.

ESCUDERO:

Mañana, y no me despido.

DON ENRIQUE:

Haréisme mucho placer;
  y la librea os daré,
que esta noche he de sacar.

ESCUDERO:

Por allá podéis pasar.

DON ENRIQUE:

¿Saldrá la Niña?

ESCUDERO:

No sé...
  Ello ¿no es encamisada?

DON ENRIQUE:

Buena, y con galas crueles.

ESCUDERO:

En oyendo cascabeles,
yo la doy por asomada.
(Vase.)


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Escena VIII
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



DON ENRIQUE, el MAESTRE, DON ARIAS.
MAESTRE:

  El viejo es alta figura.

DON ENRIQUE:

Entrémonos a vestir;
que ya por vernos salir
la noche el carro apresura.

MAESTRE:

  El Rey ¿estará vestido?

DON ARIAS:

De su cólera lo creo.

DON ENRIQUE:

Hoy me ha nacido un deseo.

MAESTRE:

Niño pintan a Cupido.

DON ARIAS:

  Su madre sabrá crialle.

MAESTRE:

¡Bueno vas, por vida mía!

DON ENRIQUE:

Niña, alcanzarte querría;
a correr voy a tu calle.
(Vanse.)


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Escena IX
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



Habitación de DON JUAN.
(DON JUAN, CHACÓN.)
DON JUAN:

  Vísteme esa cota luego;
que es noche de regocijo.

CHACÓN:

Algún ángel te lo dijo.
De tales noches reniego.

DON JUAN:

Las noches de las desgracias
un discreto las llamó.

CHACÓN:

Al hombre que la inventa
se deben honras y gracia.
  En cayendo una cuitada
que traigo en el trato vil,
me calo las once mil.

DON JUAN:

Ella es defensa extremada;
  no hay lado, no hay aminad
más fuerte.

CHACÓN:

Yo sé, señor,
otra mejor.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

¿Cuál mejor?

CHACÓN:

Un aposento.

DON JUAN:

Es verdad;
  pero habiendo de salir,
famoso amigo es un jaco.

CHACÓN:

Cuando dos azumbres saco,
puedo al diablo resistir.
  ¿Quieres espada, o estoque?

DON JUAN:

Estoque para broquel.

CHACÓN:

Hay mayor peligro en él,
como el contrario se emboque.
  Yo, si no llevo recado
para el tajo y el revés,
voy en cueros.

DON JUAN:

Ansí es,
si hubo cena y te han brindado.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CHACÓN:

  ¡Remoquetico! Ahora bien:
¿dónde ya tu valentía?

DON JUAN:

Chacón, a mi niñería
y a mi gigante desdén.

CHACÓN:

Loco estás.

DON JUAN:

  No hay en Sevilla
niña de tal perfeción.

CHACÓN:

Parece que al corazón
la echaste por zapatilla.
  Ahora bien: yo sólo debo,
que te cuadre o no te cuadre,
seguirte el humor.

DON JUAN:

¡Mi padre!


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Escena X
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



El VEINTICUATRO. Dichos.
VEINTICUATRO:

¿Adónde bueno, mancebo?

DON JUAN:

  Señor, ya lo ves, es noche
de encamisada y de luces.
Castellanos y andaluces...

VEINTICUATRO:

Y en un caballo o un coche
  ¿no salieras más seguro?

DON JUAN:

Ríñeme ya, como sueles.

VEINTICUATRO:

¡Jacos, estoques, broqueles,
y Chacón!

CHACÓN:

Su bien procuro.
  ¡Con lindos regalos vienes!

VEINTICUATRO:

Si el que yo pienso tuvieras...

CHACÓN:

¿Dónde estuviera?

VEINTICUATRO:

En galeras.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CHACÓN:

Pues ¿en qué opinión me tienes?

VEINTICUATRO:

  Del alcahuete mayor
que puso mitra en cabeza.

CHACÓN:

¿De quién?

VEINTICUATRO:

De esa buena pieza.

DON JUAN:

No tengo de quién, señor.

VEINTICUATRO:

Ya sé tus pasos.

DON JUAN:

  Advierte,
si no piensas vanos casos,
que no tengo yo en mis pasos
cosa que éste me concierte.

VEINTICUATRO:

  Eres tú muy concertado.
Ya sé dónde entras y sales.

DON JUAN:

Mis pasos son tan iguales,
que el fin es santo y honrado.

VEINTICUATRO:

  ¿Santo y honrado? Sin duda
vas a rezar a la Antigua.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Pues pregunta y averigua
si hay juego donde yo acuda,
  ni otra cosa deshonesta.
Sola una calle paseo
de una mujer, que deseo
con buen fin.

CHACÓN:

¡Linda respuesta!

VEINTICUATRO:

Es muy linda.

CHACÓN:

  Pues querer
para matrimonio santo
mujer que merece tanto,
y que ha de ser su mujer,
  ¿puédelo ningún cristiano
tener por injusta cosa?

VEINTICUATRO:

Con mujer pobre y hermosa
y bachillera, es en vano;
  porque mientras yo viviere,
don Juan no se ha de casar.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

¿A qué tengo de aguardar?
¿Qué es lo que mandas que espere?
  ¿Soy doncella, que he de estar
aguardando en mi labor
a que tú tengas humor
para quererme casar?
  Si te gastara tu hacienda
con alguna mujercilla;
si anduviera por Sevilla
como caballo sin rienda;
  si tú me hubieras librado
de dos muertes o de tres;
si no pusiera los pies
menos que en lugar sagrado;
  si fuera mi desconcierto
de mil mohatras perjuras,
haciendo veinte escrituras
para cuando fueras muerto;
  o quien me las socorriera,
buscara con fingimiento
a real y medio por ciento,
y otros enredos hiciera;
  si plata acaso tomara,
el marco a como quisiera
quien el dinero me diera,
y al mismo se lo entregara;
  si te vendiera la tuya,
o hurtara joya o cadena
a mi hermana, y por tu pena
disimulara la suya;
  fuera yo el hijo querido,
anduviéraste tras mí.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


VEINTICUATRO:

Todo lo que has dicho aquí,
menos lo hubiera sentido
  que casarte sin mi gusto.
Bien séo que allá se trata:
de aquesta Niña de Plata
nace todo mi disgusto.
  Si ella como el nombre fuera,
y aquellas gracias bizarras
fueran o reales o barras,
niña en mis ojos la hiciera.
  no se trate desto más.
Yo te caso con dos mil
ducados de renta.

DON JUAN:

¡Oh vil
fortuna!


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


VEINTICUATRO:

Con esto harás
  casi cinco mil, y aun seis.
Ésta es noche peligrosa:
no tengo por justa cosa
que en sus peligros andéis.
  Entrad; que desde el balcón
podréis ver la encamisada,
si de Holanda más delgada
las de esa niña no son.
  Ea: ¿qué me están mirando?
Entren dentro.
{{Pt|CHACÓN:|
¿Hablas de veras?

DON JUAN:

¿A qué doncella dijeras
lo que te estoy escuchando?

VEINTICUATRO:

Ea, pues.

DON JUAN:

  Obedecerte
quiero. Ya voy, ve delante.

VEINTICUATRO:

Es a tu vida importante.
(Vase.)

DON JUAN:

Más lo parece a mi muerte.
  Chacón, por el azotea
podré saltar a la casa
de don Luis; las armas pasa.
(Vase.)

CHACÓN:

Quiera Dios que por bien sea;
  que temo que por burlalle
caigamos sin resistencia,
como gatos en pendencia,
desde el tejado a la calle.
(Vase.)


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Escena XI
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



Salón del Alcázar.
(DON ENRIQUE, DON ARIAS.)
DON ENRIQUE:

  No está acabado el vestido,
y el Rey, gran prisa.

DON ARIAS:

Señor,
fué poco el tiempo.

DON ENRIQUE:

El amor,
de hoy en el alma nacido,
  y de hoy en ella tan viejo
como si de un siglo fuera,
me da prisa de manera,
que me ha faltado consejo.
  El que me diste tomé,
y con industria he llamado
a su hermano.

DON ARIAS:

Has acertado.

DON ENRIQUE:

Poco, don Arias, podré,
  o tendré entrada en su casa
de aquesta niña que adoro.

DON ARIAS:

Ella es de plata, hazla de oro,
y tú verás lo que pasa.


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Escena XII
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



FÉLIX, un CRIADO, dichos.
CRIADO:

  Aquí está Félix, señor,
hermano de Dorotea.

DON ENRIQUE:

Que muy bien venido sea.
(Vase el CRIADO.)
Llegad, no tengáis temor.

FÉLIX:

  ¿Quién no le ha de tener en la presencia
de un príncipe tan alto y generoso?
Con cuidado he venido, pareciéndome
cosa muy nueva que importarle pueda
el servicio de un hombre tan humilde.

DON ENRIQUE:

Félix, a mí me han dicho que en Sevilla
no hay hombre que conozca los caballos
como vos, y que en casa habéis criado
un potro que de Córdoba os trujeron,
que es excelente cosa. Yo querría
que le feriemos, esto lo primero;
y lo segundo, que con gran cuidado
ocho o diez me busquéis para Castilla.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÉLIX:

Pienso que hay otro Félix en Sevilla;
que yo, señor, ni sé ni tengo gusto
de caballos ni potros; que muriendo
mis padres, y harto pobres por fianzas,
dejaron una hija casi en pelo
en el pesebre humilde de mi casa,
que con necesidad y honor se cría
debajo del amparo de su tía.
Otro debe de ser del nombre mío
el que tiene ese potro y que conoce
de caballos, señor; que yo sólo tengo
esto que os digo y veinte o treinta libros,
a que soy en extremo aficionado;
que un pobre en ellos halla sus jardines,
sus casas, sus caballos y sus galas.

DON ENRIQUE:

Basta; que se engañó por vuestro nombre
el que el recado os dió. Mas vuestro talle
y buen entendimiento me ha obligado,
ya que os llamaron, que de vos me sirva.
¿Es casada esa hermana?

FÉLIX:

Si lo fuera,
no estuviera, cual dije, en otro amparo.
Es doncella discreta y virtuosa;
que lo menos que tiene es ser hermosa.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON ENRIQUE:

¿Por qué no la casáis?

FÉLIX:

Porque no tengo
lo que tan recebido tiene el mundo,
pues ya no es dote la virtud; que todo
se ha reducido a plata y a dinero;
y con poderla dar toda de plata,
no es plata de virtud la que se trata.

DON ENRIQUE:

Éstas, don Arias, son las cosas justas
a que debe acudir el justo príncipe.
¡Qué lástima, qué pena que me ha dado
el ver pobre un hidalgo tan honrado!
Quedaos en mi servicio; que yo quiero
de hoy más haceros bien y remediaros.

FÉLIX:

Tus generosos pies beso mil veces.

DON ENRIQUE:

Yo miraré el oficio que convenga
con vuestra calidad.


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Escena XIII
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



El CRIADO, DON ENRIQUE, DON ARIAS, DON FÉLIX.
CRIADO:

Ya está el vestido,
y lo demás que llevas, prevenido.

DON ENRIQUE:

¿Estálo el Rey?

CRIADO:

Y el Gran Maestre.

DON ENRIQUE:

Félix,
veámonos mañana.

FÉLIX:

Guarde el cielo
tus años, gran señor; que yo y mi hermana
rogaremos a Dios eternamente
que tus estados y tu vida aumente.

DON ENRIQUE:

¡Ah, sí! ¿Cómo se llama?

FÉLIX:

Dorotea.
(Vase.)

DON ARIAS:

¿Qué vas trazando?

DON ENRIQUE:

Junto materiales
para aqueste edificio de mi gusto.

DON ARIAS:

Ya el escudero y el hermano tienes.

DON ENRIQUE:

¡Ay Arias, por aquella niña ingrata
daré un gigante de la misma plata!
(Vanse.)


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Escena XIV
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



Sala en casa de DOROTEA.
(DOROTEA, DON JUAN, CHACÓN, INÉS.)
DOROTEA:

  ¿Cómo te has entrado aquí?

DON JUAN:

Porque hallé la puerta abierta.

DOROTEA:

¿No sabes tú que esta puerta
es para mi esposo?

DON JUAN:

Sí,
  y por eso intento yo,
como tu esposo, el ganar
puerta que me la ha de dar
adonde ninguno entró.
  No me muestres, Dorotea,
desdén, por Dios te suplico;
que si eres pobre y soy rico,
amor quiere hacer que sea
  el medio destos extremos
el casarnos, que es virtud.

DOROTEA:

Estoy con grande inquietud.

INÉS:

¡Ay señora!


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

¿Qué tenemos?
Tu hermano.

DOROTEA:

(A DON JUAN.)
  Tú lo has querido.
¡En qué confusión estoy!

DON JUAN:

¿Hay más de decir que soy
claramente tu marido?

DOROTEA:

  No; que aventuras mi honor
y tu vida. Aquí detrás,
mientras se vuelve, estarás;
que tiene un poco de amor,
  y es noche de luminarias.

DON JUAN:

Entra, Chacón.

CHACÓN:

A no ser
hermano...

DON JUAN:

Acaba...
(Escóndense DON JUAN y CHACÓN.)


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Escena XV
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



FÉLIX, DOROTEA, INÉS.
FÉLIX:

El placer
y el seso, cosas contrarias,
  no me han de dar, Dorotea,
lugar de hablarte con él;
que caber mi dicha en él
es imposible que sea.

DOROTEA:

  ¿Hante dado algún favor,
papel, cinta, abrazo o puertas?

FÉLIX:

Mal con mi gusto conciertas;
que no es negocio de amor.

DOROTEA:

¿Pues qué?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÉLIX:

  Por yerro, un criado
del Infante me llamó,
porque imaginó que yo
era algún Félix que ha dado
  en criar potros y hacer
estudio en caballos; fuí,
desengañéle de mí,
y dile, hermana, a entender
  que a ti sola te tenía
en mi casa, tu belleza,
tu virtud y tu pobreza;
y fué tal la dicha mía,
  que desde hoy soy su criado,
y te quiere remediar.
Yo voy, hermana, a llevar
a las fiestas mi cuidado;
  no quise verlas sin verte
y esto de paso contarte.
El parabién vengo a darte
de nuestra dichosa suerte,
  porque también me le des.
Voy por mi requiebro. Adiós;
no te acuestes; que los dos
tenemos que hablar después.
(Vase.)

DOROTEA:

  ¿Hay historia semejante?
Bien puedes salir.
(A DON JUAN, y él sale.)


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Escena XVI
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



DON JUAN, CHACÓN, DOROTEA, INÉS; después, gente, dentro.
DON JUAN:

De aquí
dirás mejor, o de mí,
si ya te sirve el Infante.

DOROTEA:

  ¡El Infante a mí! ¿Por qué?

DON JUAN:

En el Alcázar te habló.

DOROTEA:

Lo que mi hermano contó,
ni lo entiendo ni lo sé.

DON JUAN:

  ¡Ay Dorotea!, no es yerro,
si eres a mi amor ingrata,
imaginar que tu plata
para mí se vuelva en hierro.
¿Qué es esto?

DOROTEA:

  ¡Gracioso estáis!
Dame culpa de tu pena.

CHACÓN:

Señor, la música suena.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

¡Celos príncipes me das!

INÉS:

  Señora, ¡la encamisada!
¿Los cascabeles no escuchas?

DOROTEA:

(A DON JUAN.)
Nunca de palabras muchas
fué satisfación honrada.
  En pocas digo que estoy
de esas culpas ignorante.
(Dentro ruido de cascabeles.)
(Dentro.)
Gallardo pasa el Infante.

DOROTEA:

Bien ves que a verle no voy.

DON JUAN:

  A lo que pasa en la calle
estás atenta, y no a mí.

UNA VOZ:

(Dentro.)
Dios te guarde.

OTRA:

¿Es el Rey?

OTRA:

Sí.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


VOZ:

(Dentro.)
Enrique es de mejor talle.

DON JUAN:

  Ea, no estés tan inquieta;
vele a ver.

DOROTEA:

Mira, don Juan...

VOZ:

 (Dentro.)
El Maestre es muy galán.

DOROTEA:

Que aunque no soy muy discreta,
  siento tus atrevimientos.
Donde hay honra y opinión
nunca los príncipes son
para iguales casamientos.
  Yo estoy contigo, y allá
pasa la fiesta en la calle;
si tiene bueno o mal talle,
no lo habemos visto acá.
  Estima aquesta quietud.

DON JUAN:

Sí estimo; mas estoy loco.
Todo me parece poco,
y conozco tu virtud.


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Escena XVII
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



Un ESCUDERO, dichos.
ESCUDERO:

  ¿Con este descuido estás?

DOROTEA:

¿De qué he de tener cuidado?

ESCUDERO:

Tres reyes se han apeado
en nuestro zaguán, no más.

CHACÓN:

  Ni fueron más a Belén.

ESCUDERO:

Reyes son, si son tan buenos;
el uno es rey por lo menos,
y los otros dos también,
  pues que son sus dos hermanos,
el Maestre y don Enrique.

DON JUAN:

¿A qué quieres que lo aplique?

DOROTEA:

Deja pensamientos vanos.

ESCUDERO:

  Agua piden, y han subido
por ella.

DON JUAN:

Los mismos son.
Escóndete aquí, Chacón.

CHACÓN:

Paréceme que has venido
  a jugar al escondite.

DON JUAN:

¡Y dice que es testimonio!

CHACÓN:

Al rey don Pedro, el demonio
que le dijera venite.
(Vuelven a esconderse DON JUAN y CHACÓN.)


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Escena XVIII
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



El REY, DON ENRIQUE y el MAESTRE, con sayos de fiesta, plumas, botas y espuelas. DOROTEA, INÉS.
REY:

  ¿Sabéis vos que nos darán
agua en esta casa?

MAESTRE:

Aquí
la pediremos.

DOROTEA:

Si a mí
vuestras altezas me dan
  título de mar de España,
daréles agua que sobre;
pero si no, soy tan pobre,
que aun agua no me acompaña.

DON ENRIQUE:

  Siéntese aquí vuestra alteza,
descanse un poco por mí.

REY:

(Aparte a DON ENRIQUE.)
¿Sabes quién es ésta?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON ENRIQUE:

Sí.

REY:

Gran discreción, gran belleza.
  Ea, venga el agua luego.

DOROTEA:

Yo voy.

DON ENRIQUE:

Eso no.

DOROTEA:

(Al ESCUDERO.)
Escalante,
traed agua al señor Infante.
(Vase el ESCUDERO.)

DON ENRIQUE:

(Aparte a DOROTEA.)
Quedaos vos a darme fuego.

REY:

 (Aparte a él.)
  ¿Qué tiene Enrique, Maestre?

MAESTRE:

Antojos desta mujer.

REY:

¿Tan presto?

MAESTRE:

Dicen que al ver
no es menester quien le muestre
  por dónde el alma se va,
a la voluntad y al gusto.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


REY:

Ella muestra algún disgusto.

MAESTRE:

Por su opinión le tendrá.

DON ENRIQUE:

  Si vuestra alteza viniera
con más espacio, me holgara
que Dorotea cantara,
y demostración hiciera
  de muchas gracias que tiene.

REY:

Eso quiere más lugar;
allá la podéis llevar
para la fiesta que viene.

DON ENRIQUE:

  ¡Qué tal será para mí!
(Vuelve el ESCUDERO con un barro de agua, y paño.)

ESCUDERO:

El agua es ésta.

REY:

¡Bizarro
gentilhombre!

MAESTRE:

¿Cómo en barro,
señora, se bebe aquí?

DOROTEA:

  Lo poco que se contrata
no da para más valor;
que en esta casa, señor,
sola yo soy la de plata.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


REY:

  Brindara con vos a Enrique,
a ser vuestra boca taza.

MAESTRE:

Bien se pudiera dar traza
como a la boca se aplique.

DOROTEA:

  La traza, señor, condeno,
porque taza de mujer
sin su gusto, suele ser
sospechosa de veneno.

REY:

  ¡Bien dicho, por vida mía!
Doyle esta cadena, y doro
aquella plata con oro.

MAESTRE:

¡Qué ingenio!

DON ENRIQUE:

¡Qué bizarría!

REY:

  Por qué os llamaron, deseo
saber, en toda Sevilla,
de plata. ¿Es por maravilla
de las gracias que en vos veo?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

  No, señor; mas porque he sido
de muchos solicitada;
y por estar obligada
del honor, con que he vivido,
  enfermé de pensamiento;
y temiendo que amor mata,
quise ofrecerme de plata
al templo del casamiento.

MAESTRE:

  ¡Bien, por el hábito santo
de Santiago! Yo traía
estas reliquias, que había
estimado siempre en tanto,
  que a mi hermano no las diera;
y a Dorotea las doy.

REY:

Vámonos.

DON ENRIQUE:

(Aparte.)
Confuso voy.

REY:

Pero primero quisiera
  que nos dijera esta dama
cuál le agrada de los tres
por más galán.


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MAESTRE:

Justo es.

DOROTEA:

Preguntádselo a la fama.

REY:

  Vos nos lo habéis de decir.

DOROTEA:

Que me place, si es forzoso.
El galán más poderoso
para poder competir
  es el Rey; el más valiente
para de noche en la calle,
el Maestre; el que del talle
se precia más justamente
  es Enrique; y si yo fuera
digna de tanto interés,
uno que fuera los tres
para mi gusto quisiera.

REY:

¡Notable mujer!

MAESTRE:

  Famosa.

DON ENRIQUE:

Estas memorias le doy.

DOROTEA:

Pienso que obligada estoy
a decir muy vergonzosa:
  tendréla de vuestra alteza
lo que tuviere de vida.

REY:

Ella es gallarda.

MAESTRE:

Escogida.

REY:

Para de plata, ¡gran pieza!
(Vanse el REY y sus hermanos.)


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Escena XIX
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



DON JUAN, CHACÓN. DOROTEA, INÉS.
DON JUAN:

  Para que no digas que es
acaso ahora el venir
tres príncipes a tu casa,
salgo comenzando ansí.
Dorotea, yo te quise,
cuando mi engaño creí,
como al alma; mis intentos
ya los supiste de mí.
Pensé que mi mujer fueras;
pero viéndote servir
de reyes y de maestres...

DOROTEA:

Acábalo de decir:
infantes, otro que tale.

DON JUAN:

Bien haces; dilo por mí,
porque yo estoy de manera...

DOROTEA:

¿Mas qué vienes a decir:
«Venga, venga la muerte contra mí;
que para desdichados no es vivir»?

DON JUAN:

¿Búrlaste cuando me muero?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

¿Tú te mueres?

DON JUAN:

Sí.

DOROTEA:

¿Tú?

DON JUAN:

Sí.

DOROTEA:

Muestra el pulso.

DON JUAN:

¿Tú mi mano?
¿Tú me la llegas a asir?
Daréte mil puñaladas.

DOROTEA:

¿Sin confesión?

DON JUAN:

Fuiste, en fin,
mujer.

DOROTEA:

¡Qué!, ¿pensaste que era
albahaca o toronjil?

DON JUAN:

¿Así pagas mis deseos?
Corazón, ¿esto sufrís?
Ojos, demonio se ha vuelto
quien tuve por serafín.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

Las tres de la noche han dado,
corazón, ¿y no dormís?

CHACÓN:

Ea; que son muchas burlas
para quien muere por ti.
Consuélale y dile que esto
no se pudo resistir
por ser violencia de un rey,
y no te burles ansí;
que supuesto que sé yo,
de lo que fuí matachín,
que cuando amor es carnero,
celos son su perejil,
no es justo darle ocasión
a que un hombre como un Cid
llore como una doncella.

DOROTEA:

Chacón, ¿en qué le ofendí?

CHACÓN:

Háblale, acaba.

DOROTEA:

¡Ah mi bien!
Volvedme esa cara, oíd.

DON JUAN:

¿Qué tengo de oírte, fiera?
Si más me vieres aquí.
todo el cielo me persiga.
¡Conmigo trato tan vil!


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

¡Cómo vil! ¿Ésa es palabra,
loco don Juan, para oír
una mujer como yo?
Si tú, ni cosa por ti,
vuelve a esta casa jamás,
ni en calle, iglesia, en jardín
donde estuviere, me vieres,
yo haré...

DON JUAN:

¡Ah mi vida! Advertid
que lo dije con enojo.
Chacón, ruégala por mí.

CHACÓN:

Ea, señora...

DON JUAN:

Llega más,
llega más.

CHACÓN:

Temo un chapín.
Señora, ¡misericordia!
(Vase DOROTEA.)
Inés...

INÉS:

Haréte medir
la espalda con muchos palos.
(Vase.)

CHACÓN:

Fuése.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

¡Ah fiera!

CHACÓN:

¡Ah puerco espín!

DON JUAN:

Vuélveme todas mis prendas.

CHACÓN:

Llamemos un alguacil.

DON JUAN:

¡Mi muerte, Chacón, celebras
con burlar y con reír.

CHACÓN:

¿No sabes que las mujeres
son como vidrio sutil?

DON JUAN:

¡Oh cruel Niña de Plata,
y de piedra para mí!
Pues si fueres Anajarte,
Ifis soy.

CHACÓN:

¿Eres gentil?

DON JUAN:

¡Venga la muerte, venga contra mí!;
que para desdichados no es vivir.


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Acto II-Escena I
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La niña de la plata Acto II Félix Lope de Vega y Carpio



Calle.
(MARCELA, con manto; FÉLIX.)
FÉLIX:

  Huélgome de haberte hallado
en cal de Francos: ¿qué esperas?

MARCELA:

Creyéralo, como fueras
o veinticuatro o jurado.
  Félix, el ánimo tuyo
bien conocido le tengo.
A comprar chapines vengo,
que por momentos destruyo.

FÉLIX:

  Alabo tu discreción;
que viendo las prendas mías,
no dijiste que venías
por tela, raso o gurbión,
  no por holanda o cambray,
no por cortes milaneses,
puntas y encajes franceses,
que por estas tiendas hay.
  A chapines te humillaste;
concierto haremos los dos,
porque parece, por Dios,
que mi bolsa consultaste.
  Por la discreta humildad,
añado a chapines guantes;
que dan cosas semejantes
galanes de voluntad.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MARCELA:

  Por tu vida, que te engañas;
que no te brindo a chapines;
voy con diferentes fines,
que verás si me acompañas;
  que el gastar tantos agora
es buscar casa.

FÉLIX:

Dejaste
la tuya porque pensaste
poder vivir con Leonora.
  Dos de diversas naciones,
Marcela, vivir podrán
juntos, juntos vivirán
dos tigres y dos leones,
  un hidalgo y un villano,
y dos poetas en paz,
cosa extraña y incapaz
de trato y concierto humano;
  y dos damas no podrán
vivir juntas, siendo hermosas;
que envidiosas y celosas
eternamente andarán.

MARCELA:

  Añade, si es una dellas
necia.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÉLIX:

No es poco Leonora.

MARCELA:

Préciase muy de señora,
compite con las estrellas.

FÉLIX:

  ¿No sabes cómo mi hermana
a la casa se pasó
que tú dejaste, aunque yo
la vivo de mala gana?

MARCELA:

  ¿A la casa que dejé?

FÉLIX:

A la misma.

MARCELA:

¿No es mejor
la suya?

FÉLIX:

Fué cierto humor
 (que otra ocasión no la sé);
  que siendo en la misma calle
y peor casa, fué locura.

MARCELA:

Debe de probar ventura;
que es lástima que aquel talle
  no halle un rico marido;
que hay casas que topa en ellas.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÉLIX:

¿Casas hay contra doncellas?
Nunca lo he visto ni oído.
  Notables supersticiones
tenéis todas las mujeres.

MARCELA:

Así nacimos: ¿qué quieres?

FÉLIX:

Más valían los balcones
  con las macetas que deja
de claveles y verduras,
que un jardín.

MARCELA:

Tristezas puras:
con razón della se aleja.
  Pruebe otra casa, otras mil,
hasta que halle casamiento.

FÉLIX:

Necedad.

MARCELA:

Diré otras ciento;
mas si el ingenio sutil
  de tu hermana Dorotea
de aquella casa se muda,
claro está que no la ayuda
para que dichosa sea.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÉLIX:

  Cuatro meses nos faltaban,
Marcela, del alquiler.

MARCELA:

¿Habeisla arrendado?

FÉLIX:

Ayer
ciertos hombres la arrendaban
  que vienen con el Infante,
y no se la quise dar.

MARCELA:

Yo la quisiera ocupar
en ocasión semejante,
  mientras junto a la Alameda
una me deja un letrado
que han proveído.

FÉLIX:

He pensado
que todo el tiempo que queda
  será mucha discreción
que ahorres ese dinero.

MARCELA:

Si tienes las llaves, quiero
pasarme luego.

FÉLIX:

Éstas son.

MARCELA:

Vamos los dos.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FÉLIX:

  Luego al punto
haz que la ropa te pasen.

MARCELA:

Si algunos hombres se hallasen,
podrá venir todo junto.

FÉLIX:

  A traértelos me ofrezco.
La casa en el dueño gana.

MARCELA:

Donde ha vivido tu hermana,
Félix, vivir no merezco;
  mas no quiero ser ingrata
al bien que los dos me dan.

FÉLIX:

Con más razón te tendrán
a ti por niña de plata.

MARCELA:

  De su valor soy despojos;
y aunque su sombra he de ser,
yo me contento con ser...

FÉLIX:

Dilo.

MARCELA:

Niña de tus ojos.
(Vase.)


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Escena II
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



Sala en casa de DON JUAN.
(DON JUAN, LEONELO.)
DON JUAN:

  Como os lo cuento ha pasado.

LEONELO:

Él ha sido extraño cuento.

DON JUAN:

Pues nadie me lo ha contado;
que yo en su mismo aposento
lo vi, corrido y turbado.
  Cabestrillo el Rey le dió,
reliquias le dió el Maestre;
pero el Infante mostró
más amor.

LEONELO:

No hay más que muestre.
¿Quién su memoria olvidó?

DON JUAN:

  Memorias le dió el Infante,
con que yo pasé la mía
un mundo más adelante.

LEONELO:

Un desengaño de un día
es redención de un amante.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

  Si los redimidos son
el enfermo y el cautivo,
yo llamo con más razón,
pues del alma la recibo,
mi libertad redención.
  La amorosa enfermedad
en salud se me ha trocado,
la cárcel en libertad;
que a dármela se han juntado
la Merced y Trinidad.
  La merced de un desengaño,
la trinidad del acuerdo
de tres potencias, que el daño
miraron donde me pierdo
en el Argel de mi engaño,
  que a desengañarme dél,
con la Trinidad que digo,
vino la Merced a Argel;
mucho pudieron conmigo,
que estaba prendado en él.
  Despertó mi entendimiento
a mi memoria dormida,
y dando consentimiento
la voluntad ofendida,
fué trinidad en mi intento.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

  Y en librarme convenidos,
de limosnas de mis daños,
para cobrar mis sentidos,
di por rescate dos años,
aunque ya estaban perdidos.
  ¡Oh santa Merced, yo adoro
la tuya y mi redención.
¡Oh libertad, gran tesoro,
porque no hay buena prisión,
aunque fuese en grillos de oro!
  No más Argel, pues engaña
la razón. Vamos, deseo;
que ha sido librarme hazaña.
¡Gracias a Dios que me veo
entre cristianos de España!


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONELO:

  Vuestro discurso, don Juan
(si como vos lo decís,
y este desengaño os dan,
en el alma lo sentís),
os hace un cuerdo galán.
  Ya por ejemplo os contemplo
del desengaño en el templo
¡dichoso vos, a quien hiela,
pues lo que abrasa y desvela
os sirve de claro ejemplo!
  Pero guardaos bien del daño
que suele hacer en quien ama
la pena de un desengaño;
que es una secreta llama
de más rigor que el engaño.
  Pensaréis que no queréis;
y cuando os imaginéis
más libre en más confianza,
iréis a darle venganza,
y a sus puertas lloraréis.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

  ¡Plegue al cielo que ese día,
o primero que le vea
para tal desdicha mía,
el fin de mi vida sea!:
tanto un desengaño enfría.
  Yo quise mientras creí
que me querían; llegué
donde lo contrario vi,
y de la suerte olvidé,
que se olvidaron de mí.
  No más, no más, niña ingrata,
pues que ya tu edad de plata
se ha vuelto en hierro.

LEONELO:

El valor
se muestra en rendir a amor.

DON JUAN:

Cualquiera traición le mata.


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Escena III
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



Un PAJE. DON JUAN, LEONELO; después, un ESCUDERO.
PAJE:

  Aquí de la señora Dorotea
un escudero quiere hablarte.

DON JUAN:

Dile,
que se vaya con Dios y que me deje,
por que crea Leonelo lo que digo.

LEONELO:

Eso, don Juan, no es justo, ni conviene
al trato de tan noble caballero.
Recibid el recado en cortesía.

DON JUAN:

¿Por vos he de hacer cosa tan mal hecha?

LEONELO:

Ponedlo por mi cuenta; que yo os juro
que no lo sentís mucho.

DON JUAN:

Dile que entre.
(Retírase el PAJE, y sale el ESCUDERO.)

ESCUDERO:

Este papel me ha dado mi señora.
(Da a DON JUAN un papel y una caja.)
¿Cómo con esa cara le recibes?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

No la tengo mejor para papeles
de quien se deja visitar de príncipes.

ESCUDERO:

Solías tú con palio recebirme,
mandarme regalar, darme aguinaldo;
ya te veo de suerte, que no quiero
pedirte aquellas calzas y ropilla
que me mandaste. Ya conozco: amantes
son como arroyos que lloviendo corren,
tras sí lo llevan todo con la furia,
y en cesando, no dejan más de piedras.
Mas no quiero culparte, a mí me culpo;
que siempre he sido desdichado en calza.

DON JUAN:

Idos con Dios; que estoy con pesadumbre.
Decid a la señora Dorotea
que con Chacón responderé.

ESCUDERO:

No quiero.
Parecer, en cansaros, escudero.
(Vase.)


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Escena IV
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



DON JUAN, LEONELO.
LEONELO:

  ¿Cómo no abrís el papel?

DON JUAN:

Como ya el tiempo pasó
que diera mil besos yo
a cualquiera letra dél.

LEONELO:

  Acabad; que estáis muy necio.

DON JUAN:

Leerle quiero por vos.

LEONELO:

Por mí y por vos; que por Dios,
que es ése mucho desprecio.

DON JUAN:

(Abriendo el papel.)
¡Bueno es esto!

LEONELO:

  ¿Cómo ansí?

DON JUAN:

El papel es un soneto

LEONELO:

Luego ¿es verdad en efeto
que hace versos?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Estos sí.
(Lee.)
  «Ingrato dueño mío, aunque pretendas
matarme con rigores y desdenes,
y sin oír las partes me condenes,
quiero que mi verdad y amor entiendas.
»Mas no es razón que sin razón me ofendas;
y pues en otros gustos te entretienes,
y de mi honor mayores prendas tienes,
triunfa también desas humildes prendas.
»Cesen, por vida mía, los enojos,
que príncipes conmigo son quimera,
sueño del gusto, engaño de los ojos.
»Y cuando como piensas los rindiera,
¿qué pierdes en tenellos por despojos,
pues a tus pies con ellos me pusiera?»

LEONELO:

  ¡Notable humildad! No hay gracia
que no tenga esta mujer.

DON JUAN:

De tantas pudo hacer
su desdicha y mi desgracia.

LEONELO:

  El soneto es amoroso,
y muestra bien ser de dama.
Pero ¿cómo, cuando os llama,
estáis tan tibio y celoso?
  En esa caja ¿os envía
vuestras prendas?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Por cobrar
las suyas; que es engañar
con regalo y cortesía.
  Yo las enviaré, cruel.

LEONELO:

Abrilda, a ver.

DON JUAN:

¿Qué es aquesto?

LEONELO:

¿Cómo?

DON JUAN:

Otras prendas ha puesto;
mas éstas, dice el papel.
  ¡Las reliquias del Maestre
y memorias del Infante
me envía!

LEONELO:

¡Dichoso amante!
¿Qué más fe queréis que os muestre?

DON JUAN:

  Hasta del Rey la cadena
viene aquí.

LEONELO:

Tal desengaño
bien ha disculpado el daño
de la recebida pena.
  Id a ver Dorotea
humilde y agradecido.

DON JUAN:

Hazaña discreta ha sido;
pero no sé si la crea.

LEONELO:

  Eso es grande ingratitud.
Enojaréme con vos.

DON JUAN:

Digo que iremos los dos:
tal es la fuerza y virtud
  desta dulce encantadora.


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Escena V
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



CHACÓN. Dichos.
CHACÓN:

¿Está mi señor aquí?

DON JUAN:

¿Qué hay, Chacón?

CHACÓN:

Escucha.

DON JUAN:

Di.

CHACÓN:

Quiere, sirve, alaba, adora
  la niña de Bercebú,
que pasando por su calle...
Mas mejor es que lo calle.

DON JUAN:

Pues, necio, ¿no sabes tú
  que una razón comenzada
no se puede dilatar?
Pues no supiste callar,
habla.

CHACÓN:

No importa, no es nada.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Habla, digo.

CHACÓN:

  En cuatro días
que no habemos parecido
por su calle, hay tanto olvido
de pasadas niñerías,
  que agora acabo de ver
a su puerta con mil cargos
de ropa dos carros largos.
¡Ah falsa, ah fiera mujer!
  Vieras sillas, colgaduras,
camas doradas, tapices,
colchas de seda...

DON JUAN:

¿Qué dices?

CHACÓN:

Vidrios, tarimas, pinturas,
  hasta asadores, morillos
y aderezos de cocina.

DON JUAN:

Bien el dueño se adivina.
¿Son celos para sufrillos?
  ¿Paréceos que viene bien
con este papel, Leonelo?

LEONELO:

Digo que me libre el cielo
de sus embustes.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

¿Que den
  licencia un honrado hermano
y una tía semejante
a que tan libre el Infante,
sin otro respeto humano,
  cubra de sus telas de oro
casa que con tal limpieza
tuvo el honor por riqueza
y la virtud por tesoro?
  ¡Ah vil interés, que puedes
rendir la virtud y honor!
¿No estaban, niña, mejor
desnudas esas paredes?
  ¿No supiera yo vestillas
de seda, sin ser infante?
No he visto amor semejante.
¡Camas, tapices y sillas!
  ¡Bravo amor! De asiento están.

CHACÓN:

Cuando vi los asadores,
me salieron más colores
que a un ave que asando van.
  ¡Ah perros!, dije entre mí,
¿No era mejor un marido
noble, rico y bien nacido?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Chacón, mejor es ansí.
  Pues yo no pienso morirme,
¿quién hay en todo el lugar
con quien la pueda picar,
y yo alegrarme y reírme?

LEONELO:

  En su misma calle vive
Marcela.

DON JUAN:

Tienes razón.
¿Conócesla tú, Chacón?

CHACÓN:

A escribilla te apercibe,
  que es una dama gallarda,
que sabrá bien despicarte,
y yo la he visto mirarte,
y sé que ha días que guarda
  que te digas que deseas
visitalla.

DON JUAN:

Yo querría
no verla agora de día.

LEONELO:

Pues ¿no es mejor que la veas?

DON JUAN:

  No; porque aquella cruel
no vea que a rogar voy,
sino que admitido soy.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONELO:

Bien dices: rasga el papel,
  y del oro que te envía
haz un presente a Marcela,
para que el golpe le duela,
si se le viere algún día.

DON JUAN:

  Sí verá; que a San Antón
a misa las fiestas van.

LEONELO:

¡Linda venganza, don Juan!

DON JUAN:

Esta noche tú y Chacón
  iréis conmigo; que quiero
liberal del oro hacerme,
porque se arroje a quererme.

LEONELO:

Notable venganza espero.

CHACÓN:

  Yo quiero ser tu alcahuete,
y si te acierta a agradar
Marcela, bien puedes dar
con la niña en Tagarete.
(Vanse.)


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Escena VI
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Salón del Alcázar.
(El REY, el MAESTRE, DON ARIAS.)
REY:

¿Adónde está mi hermano?

MAESTRE:

  No está bueno;
que desde ayer le ha dado una tristeza,
que de todo placer le tiene ajeno.

REY:

¿Al Infante tristeza?

MAESTRE:

  La belleza
de una mujer le tiene desta suerte,
preciada de su honor y su nobleza.

REY:

  Maestre, es el amor tanto más fuerte
que todos los venenos, que le dieron
muchos nombre de hermano de la muerte.
  ¡Oh cuántos a sus manos perecieron,
de que se ven tan míseras memorias!
¡Oh cuántos de su triunfo esclavos fueron!
¿Está en Castilla esa mujer?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MAESTRE:

  Las glorias
de amor siempre consisten en violencias,
de que testigos son tantas historias.
  Los desdenes, señor, las resistencias
de aquella dama que una noche viste
(que dijera mejor impertinencias).
  Tan mal Enrique y sin valor resiste,
que se deja morir de puro amante,
ni duerme ya, de despechado y triste.

REY:

  ¿Hay lástima, hay suceso semejante?
¡En dos días de amor!

MAESTRE:

Verdad te digo,
y que de plata es niña de diamante.

REY:

  Esta noche los dos iréis conmigo;
que yo se la traeré tan blanda y tierna,
si con regalos de quien soy la obligo,
  que viva Enrique, a quien tan mal gobierna
la razón natural de su albedrío.

DON ARIAS:

Piensa ganar la niña fama eterna
  con mostrar al Infante más desvío
que si fuera su igual: tanto se precia
del casto honor.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


REY:

¡Extraño desvarío!
  Las casadas imiten a Lucrecia,
en resistirse digo, no en matarse;
que en esto todos dicen que fué necia,
  ¿Que tal quimera pudo levantarse
la noche de la máscara, Maestre?

MAESTRE:

No puede el pobre Enrique repararse,
  no hay hombre a quien alegre el rostro muestre.

DON ARIAS:

Ya están aquí los moros de Granada.

REY:

¿Y será menester quien los adiestre?

DON ARIAS:

Bien saben nuestra lengua.


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Escena VII
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ZULEMA, ALÍ, moros. Dichos.
ZULEMA:

  En tu sagrada
frente pongan los cielos mil laureles,
ganados por los filos de tu espada.
  El alcaide, señor, de los donceles
con la embajada de Mahomad venía,
moro de lo mejor de los Gomeles;
  pero llamóle Alá casi en el día
que entrara por Sevilla si viviera.
El Rey, que fía de la ciencia mía,
  partir me hizo; pero ya no era
tiempo de medicinas; que la muerte
nunca vuelve a envainar la espada fiera.
  Murió, y en vez de Zaide vengo a verte,
trayéndote las treguas confirmadas,
y la obediencia a rey tan alto y fuerte.
  Con ellos treinta yeguas alheñadas,
con dos potros al lado cada una,
y con mantas de grana encubertadas.
  No se parece en el color ninguna,
y todas en las alas se parecen;
que corren más que el tiempo y la fortuna.
  Adargas y jinetas las guarnecen,
cuyos campos ocupan más colores
que en los verdes de abril cuando florecen.
  Traigo cincuenta alfombras, que en labores
compiten con las nubes de los cielos,
al tiempo que las sombras son mayores.
  Traigo dos cajas de listados velos
de amarillo, de nácar, de morado,
de flor de malva y de color de celos;
  y digno solamente de tu lado
un cuchillo de monte damasquino,
en un cinto de lobo tachonado,
  que por las cerdas del color marino,
sale también el oro y los diamantes
que deslucen desnudo el temple fino.
  Esto, con otras cosas semejantes,
te presenta mi rey por obediencia,
para que a tu grandeza le levantes.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


REY:

  Bien debe vuestro rey correspondencia
justa a mi grande amor, moros honrados,
que le he puesto en tan alta preeminencia.
  Vencí sus enemigos, que postrados
yacen ante sus pies, y en paz procuro
conservar con mi fuerza sus estados.
  Agradezco el presente, y aseguro
las treguas por los años del concierto.

ALÍ:

Tú solo has sido su defensa y muro.
  Él queda de tu amor y amparo cierto,
y por nosotros a tus pies se inclina.

REY:

Maestre...

MAESTRE:

Gran señor...

REY:

(Aparte a él.)
Agora advierto
  que sabiendo este moro medicina
con la curiosidad que éstos la saben,
que con yerbas en cosa peregrina,
  podrá ser que curándole se acaben
las tristezas de Enrique.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MAESTRE:

Ser podría,
o no será razón que los alaben.

REY:

Moro...

ZULEMA:

Señor...

REY:

  De gran melancolía
tengo un hermano enfermo, a quien adoro,
y que le cures deste mal querría.

ZULEMA:

  Pondré en darle salud, a fe de moro,
la diligencia que verás.

ALÍ:

Bien puedes
fiarte de Zulema.

REY:

Si un tesoro
  me cuesta su salud, quiero que quedes
del amor que le tengo satisfecho.

ZULEMA:

En mandarme, señor, me haces mercedes.

ALÍ:

  Curas notables en Granada ha hecho,
y adivinando cosas por las manos
que hacen temblar el más robusto pecho.

REY:

  Juicios para mí son cuentos vanos.
Ve, Maestre, y enséñale mi Enrique.

MAESTRE:

Ven conmigo.

ZULEMA:

  Los cielos soberanos
guarden tu vida.
(Vanse el MAESTRE y todos los moros.)


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Escena VIII
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



El REY, DON ARIAS.
REY:

  En tanto que éste aplique
remedios a su amor o a su accidente,
don Arias, y su vida pronostique,
  por otra parte quiero yo que intente
el interés curar a esta señora
de la dureza que en el pecho siente.

DON ARIAS:

¿Cómo?

REY:

  En la calle de las Armas mora;
son señas de su casa dos balcones
azules, que al salir el sol los dora.
  Si a mano izquierda como vas te pones,
te llamarán las flores y claveles
que encubren de su dueño las traiciones.
  Llévale, pues, seis pares de doseles
(así llaman aquí las colgaduras),
con cuadros que envidiarlos pueda Apeles;
  acompaña doseles y pinturas
de dos piezas de tela y terciopelo.

DON ARIAS:

El oro ablanda hasta las peñas duras.

REY:

  Llévale mil escudos (que recelo
que es pobre esa mujer) y dos cadenas
que valgan otros mil.

DON ARIAS:

Cayó en el suelo.

REY:

  Como es Enrique nuevo en estas penas,
no sabe que las damas quieren oro;
que no viven de sangre de las venas.
  Con él le curaré mejor que el moro.
(Vanse.)


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Escena IX
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



Sala en la nueva casa de DOROTEA.
(DOROTEA, TEODORA.)
TEODORA:

  Tengo, por recién mudada,
en esta casa temor.

DOROTEA:

Todo nace del rigor
de tu condición cansada,
  pues ya no tienes por quien
estar celosa de mí,
porque con mudarme aquí,
todo se mudó también.
  Después que el Infante entró
en la casa que dejamos,
y después que nos mudamos,
nunca más don Juan me habló.
  ¿Qué es hablarme? Ni aun pasar
la calle.

TEODORA:

{t}¿Son celos dél?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

Hoy en un tierno papel,
tía, le quise obligar
  a nuestra amistad pasada,
y con tal satisfación,
que mereciera perdón,
no estando con él casada.
  Pero ni me ha respondido,
ni al criado preguntado
nuevas de mí.

TEODORA:

Tu cuidado
merece tan justo olvido.
  ¡Ah sobrina!, ¡cuántas veces
te dije que este don Juan
era un fingido galán!
Bien lo que tienes mereces.
  Solamente pretendía
tu deshonor, no casarse;
pretendió desobligarse,
vió tu firmeza y la mía,
  y con tan poca ocasión
como entrar aquí el Infante,
muy a lo celoso amante,
finge mal de corazón.
  No quiso más de una sombra
para huir de obligaciones,
en que muy necia le pones.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

¿Sombra, si de un rey se asombra?
  ¿Qué sabes tú si ha sabido
las diligencias que ha hecho?

TEODORA:

Si no han sido de provecho,
¿de qué se muestra ofendido?
  Que sólo el mudarte aquí
por que de ti no supiese,
le obligaba a que te diese
satisfaciones a ti.

DOROTEA:

  De eso está tan olvidado,
que aun no sabe que aquí vivo.
Pena de verte recibo
con tan injusto cuidado.
  Y esta noche mucho más;
que con la pena que tienes,
a la reja vas y vienes,
pero sin provecho vas;
  que don Juan entretenido
en casa de alguna dama,
eso que debe a tu fama
tendrá ya puesto en olvido.
  ¡Bien te casarás agora!

DOROTEA:

Pues ¿qué he perdido?


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TEODORA:

Opinión.

DOROTEA:

Ea, comience un sermón.
Váyase a acostar, señora.
  Baste mi pena: ¿qué quiere?

TEODORA:

Aún no ha venido tu hermano.

DOROTEA:

¿No sabes ya cuán liviano
por Marcela vive y muere?
  ¿No sabes ya que hoy le ha dado
la casa en que hemos vivido?

TEODORA:

Harta desvergüenza ha sido;
Dios sabe que me ha pesado.

DOROTEA:

  Pues ¿qué daño se te sigue,
si ya no vives allí?
Vete a acostar.

TEODORA:

Eso sí.
¿Es posible que te obligue
  un desdén a tales celos?
Querrás muy loca esperar
a ver si te viene a hablar.

DOROTEA:

Esos serán tus consuelos.
  Vete con Dios; que a tomar
el fresco voy al balcón.

TEODORA:

Para fuego de afición
no hay aire fresco en la mar.
  Tú te cansarás en vano.

DOROTEA:

¿Pasaráslo tú por mí?
(Vase TEODORA.)


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Escena X
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DOROTEA:

¡Ay triste!, ¡cuan necia di
mi libertad a un tirano!
  ¿Qué más he podido hacer
que darle satisfación?
Yo mudé casa, en razón
de pretenderme esconder
  a los ruegos del infante,
promesas y montes de oro;
por el suyo y mi decoro
he sido un firme diamante.
  Yo le escribí y le envié
las joyas: ¿cómo su trato
con un desdén tan ingrato
paga mi amorosa fe?
  No es posible. Subir quiero
al balcón; que podrá ser
me venga esta noche a ver;
que bien creerá que le espero.
  El no responderme abona
que para verme se apresta,
porque no hay mejor respuesta
que de la misma persona.
(Vase.)


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Escena XI
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(DON JUAN, LEONELO; CHACÓN, a lo bravo.)
LEONELO:

(Señalando la casa en que vivió MARCELA.)
  Ésta es, don Juan, la casa de Marcela;
mas pienso que te inclinas con más gusto
a la de aquella niña en quien la tienes,
porque después que entramos en la calle,
todo es mirar sus puertas y balcones.

DON JUAN:

No te espantes, Leonelo, que se vayan
al hábito los ojos, que tenían,
y más viendo tan cerca aquella casa,
donde está una mujer, que a ser de piedra,
y no de plata, mereciera de oro
estatuas por divina.

CHACÓN:

Ya tenemos
memorias de la niña: ¡buenos vamos!
Pues porque se te quiten los bostezos
con que sospiras ya, como borrico
que ha conocido el prado de su aldea,
quiero decirte lo que vi esta tarde.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

¿Qué?, por tu vida.

CHACÓN:

Que en su casa entraba
don Arias, gran privado del Infante.
Llevaban dos criados ricas piezas
de telas de oro, y otros dos dineros
en cantidad, al fin joyas de príncipe.
Propuse no decírtelo; mas viendo
que te enterneces viéndote en su calle
y que es contra tu honor volver a verla,
quise con este desengaño darte
de tu desdicha y su mudanza parte.

DON JUAN:

Confiésote, Chacón, que enternecido
de memorias pasadas, me llevaba
el alma a las ventanas de esa fiera,
y que pudiera ser que me rindiera,
mas ya con este santo desengaño,
con este saludable advertimiento,
para siempre de verla me despido.
No más, no más: afuera, pensamiento.
Si alguno estaba en mí, que como espíritu
no quería salir a tanto apremio,
no se defienda a la violencia santa
deste conjuro que Chacón me ha dicho.
¿No es ésta la ventana de Marcela?
Tira una china, llama. Aquesto es hecho.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONELO:

Si va a decir verdad, yo te quería
conducir a tu niña, imaginando
que te hacía lisonja; que un amante
suele siempre negar lo que desea,
y quiere que le rueguen lo que quiere;
mas viendo que ya tiene don Enrique
posesión tan pacífica en su casa,
digo que ni la busques ni la nombres.

DON JUAN:

 (Aparte.)
Abrasándome estoy de puros celos.
Quiero disimular. Paciencia, ¡oh cielos!


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Escena XII
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



DOROTEA, saliendo al balcón; dichos, en la calle.
DOROTEA:

(Aparte.)
  Tres hombres hay en la calle;
mirando el balcón están:
o es deseo de don Juan,
o lo parece en el talle.
  Sin duda es él, que celoso
no quiere llegar a hablarme.

DON JUAN:

Todo fué determinarme.
Amor, ya estoy en el coso;
  muera del engaño el toro,
si el desengaño le mata.
Ríndete, Niña de Plata,
ríndete a Marcela de oro.

CHACÓN:

  Eso sí, juega al rentoy,
y embida tres piedras más.

DON JUAN:

(A DOROTEA.)
Si oyendo, Marcela, estás
que desde aquí tuyo soy,
  abre ese balcón y advierte...


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

(Aparte.)
¡Ay triste! Aquéste es don Juan
que de Marcela galán,
la requiebra desta suerte.
  Sin duda que no ha sabido
que a su casa me he mudado.
Él viene a verla engañado:
ventura notable ha sido.
  Fingirme quiero Marcela;
quiérome desengañar.

DON JUAN:

(A LEONELO y CHACÓN.)
En las rejas oigo hablar;
los dos os poned en vela
  guardando esas dos esquinas.

LEONELO:

Ponte a esa esquina, Chacón.

CHACÓN:

Habla y venga un escuadrón;
yo basto a treinta gallinas.

DON JUAN:

  ¡Marcela, Marcela, ce!

DOROTEA:

 (Fingiendo la voz.)
¿Quién llama?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Un nuevo galán.

DOROTEA:

¿Es por ventura don Juan?

DON JUAN:

Ventura el hallaros fué.

DOROTEA:

  ¡Jesús!, ¿qué buscáis aquí?

DON JUAN:

Días ha que os busco a vos.

DOROTEA:

¿A mí? Engañáisos, por Dios;
que no me buscáis a mí.
  Si vuestra Niña de Plata
os ha hecho algún desdén,
o vos (con celos también
de que nuevos gustos trata)
  la queréis amartelar
tan enfrente que lo vea,
soy yo muy necia y muy fea,
y antes la podréis vengar.
  Id con Dios; que no soy buena
para dar celos conmigo.

DON JUAN:

Oíd, oíd.

DOROTEA:

¡Ay amigo!
A estas horas anda en pena.
  Vaya, llame, llore, diga
que se casará con ella.


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DON JUAN:

Si sabéis, Marecla bella,
lo que a olvidalla me obliga,
  mirad que soy caballero.

DOROTEA:

Luego ¿tratáis de olvidalla?

DON JUAN:

No; que olvidalla era honralla,
pues confiesa que primero
  tuvo amor quien olvidó.

DOROTEA:

Pues, ¿nunca la habéis querido?

DON JUAN:

Quien la ha puesto en tanto olvido,
¿cómo dirá que la amó?

DOROTEA:

Eso es mentira.

DON JUAN:

  Esperad.
Hoy me ha escrito este papel,
me ha enviado con él,
para más seguridad,
  unas joyas que le dieron
el Rey y los dos Infantes:
si el dar prueba los amantes,
y amores las obras fueron,
  para que vos entendáis
lo que la estimo, un listón
echad por ese balcón,
puesto que al sol le pidáis
  del cabello que os enlaza,
y atadas en él, veréis
si quiero que las gocéis.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

No me disgusta la traza.
  Pero ¿qué os mueve a desprecio
tan grande?

DON JUAN:

Echad el listón;
que aun de hablar desta ocasión
me afrento y tengo por necio.

DOROTEA:

  Bésoos las manos, don Juan,
por las joyas; y aunque siento
que es liviandad de mi intento
tomar joyas de un galán
  tan recién venido a verme,
por sola satisfación
de que es cierta esa afición,
y asegurarme a perderme,
  quiero tomarlas; que a fe
que deseaba este día,
porque en el alma os tenía
desde una vez que os hablé,
  pasando acaso a Triana,
tapada en un barco.

DON JUAN:

Echad
la cinta.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOROTEA:

Tomad y atad.
(Echa la cinta.)
Entrarán por la ventana,
  y vos, joya de más precio,
por esa puerta otro día.

DON JUAN:

En esta caja os envía,
Marcela, un amante necio
  los ricos despojos de oro
de aquella Niña de Plata.
(Ata con la cinta la caja.)

DOROTEA:

Quien bien ata, bien desata.
Creed, mi bien, que os adoro.

DON JUAN:

Subid quedo.

DOROTEA:

  Gente viene.
(Sube la caja.)
Perdonad, mientras que pasa.
Por el honor desta casa.
(Vase.)


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La niña de la plata:107

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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

  Con la mano.

LEONELO:

¿De qué suerte?

DON JUAN:

A su balcón
las subió con un listón:
esto es negociar, hermano.
  Mañana soy dueño aquí,
y a la niña doy martelo.

FÉLIX:

(Aparte.)
Éstos andan con recelo,
pues que se encubren de mí.
  Quiérome entrar a acostar,
pues traigo llave.
(Abre y entrase.)


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Escena XIV
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



DON JUAN, LEONELO, CHACÓN.
DON JUAN:

Oye, espera.

LEONELO:

¿Qué quieres? ¿Eso te altera?

DON JUAN:

¿No viste aquel hombre entrar?

LEONELO:

¡Y cómo!

DON JUAN:

  Pues ¿dónde entró?

LEONELO:

¿Dónde? En casa de Marcela.

DON JUAN:

¿Hay tan notable cautela?

LEONELO:

¿Cautela, don Juan?

DON JUAN:

¿Pues no?

LEONELO:

  No, porque si éste era el dueño,
por fuerza habrás de callar.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Ya me ha pesado de dar
las joyas, mi fe te empeño.
¡Pesia tal con la!...

LEONELO:

  Deténte.

CHACÓN:

¿Qué tenemos? ¿Hay quistión?

DON JUAN:

Basta; que he dado, Chacón,
mis joyas livianamente
  a la dama desta casa.

CHACÓN:

¡Bien!

DON JUAN:

Y apenas se las di,
cuando entrar a un hombre vi.
¡Hay tal maldad! ¡Esto pasa!

CHACÓN:

  ¿Díjote que no entraría,
si se las dabas?

DON JUAN:

No.

CHACÓN:

Pues,
demás de que eso no es
traición ni descortesía,
  ¿no es justo que entre el primero,
si es el platero?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONELO:

¡Buen trato!

DON JUAN:

No lo entiendo.

CHACÓN:

Al que hace el plato
llaman las damas platero.

DON JUAN:

  Pues si tengo de sufrir
que entre un hombre como yo
donde el desdén me forzó,
más que el amor, a venir,
  mejor es sufrir a un rey
donde tengo gusto: vamos
a Dorotea, y suframos
de amor la tirana ley.
  No me replique ninguno;
que más quiero a Dorotea
con gusto y rey, que a quien sea
de otro, y yo sin gusto alguno.
  En esta resolución
reventó mi amor celoso.
¡Guardaos; que corre furioso!

LEONELO:

¿Qué dices desto, Chacón?
(Aparte a él.)


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CHACÓN:

  Que esto ya me lo sabía,
y en parte está disculpado,
mas las joyas que le ha dado
fué gran moscatelería.
  Pero él las sabrá cobrar,
haciendo alguna invención.

DON JUAN:

Llama a esa puerta, Chacón.

LEONELO:

¿Mejor no fuera llamar
  a la de Marcela, di,
y sacarle de los brazos
el galán a cintarazos?

DON JUAN:

¡Linda cabeza! Eso sí.
  Cuando la quisiera bien,
perderme fuera razón.
Llama a esa puerta, Chacón.

CHACÓN:

¡Con qué gracioso desdén
  te ha de recebir la Niña,
viendo que a rogarla vas!

DON JUAN:

El amor me obliga a más.
¿Qué se me da que me riña?

LEONELO:

  Quedo; que viene gente por la calle.

CHACÓN:

Tres hombres son, señor, arrodelados.

DON JUAN:

¿De qué tiemblas, gallina? Sean cuarenta.


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Escena XV
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El REY, el MAESTRE, DON ARIAS, en hábito de noche; dichos.
REY:

Gente hay aquí.

MAESTRE:

¿Qué importa que haya gente?

REY:

Preciado está el Maestre de valiente.

DON ARIAS:

¿No tiene obligación?

REY:

Pues yo os prometo
que aunque soy rey y reservarme es justo,
que me saben tan bien seis cuchilladas
como al bravo mejor de aquesta tierra.

DON ARIAS:

¡Y cómo si se sabe de experiencia!
Más quisiera topar con treinta bravos
que a vuestra majestad sin conocerle.

REY:

¿Está avisada esta mujer que vengo
para ser su escudero?

DON ARIAS:

En dando un silbo
saldrá a la puerta.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


REY:

Pues ¿qué aguardas? Silba.

DON ARIAS:

(Llegándose a la casa donde vivió DOROTEA.)
Miraba aquellos hombres.

REY:

Silba, acaba.

DON ARIAS:

Silbé. Salió.


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Escena XVI
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MARCELA, con sombrerillo y rebocillo, saliendo de la casa donde vivió DOROTEA; dichos.
MARCELA:

Las señas esperaba.

DON ARIAS:

El Rey mismo está allí, que por ti viene.

MARCELA:

¡Tanta merced, señor!

REY:

Vente conmigo,
que esto puede la vida de un hermano.

DON JUAN:

Leonelo, el Rey es éste, y Dorotea
se va con él.

LEONELO:

¿En qué le has conocido?

DON JUAN:

En el traje, en el talle, en mi desdicha;
sin duda que es el otro don Enrique.
¡Malo estaba de ver! ¡Yo soy perdido!

CHACÓN:

¿Quieres que acuchillemos estos reyes?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Hablas, gallina, en cosas imposibles.
¡Ay Dios! ¡Cómo pretende asir el viento,
parar el sol y detener los rayos,
cuando abrasando las confusas nubes
rompen el aire con horribles truenos,
quien piensa en la mujer poner firmeza!
Pues no me he de morir. Ánimo, amigos,
volvamos a las rejas de Marcela;
que sólo desquitarme me consuela.

LEONELO:

Bien dices: por ventura habrá salido
el galán, y entraremos a conversa;
que canta un poco, y tiene dos esclavas
que bailan por extremo y bufonizan.
(Acércanse a la casa que habitó MARCELA.)

DON JUAN:

Tiro esta piedra. ¿Abrieron?

CHACÓN:

No se acuestan
en esta casa hasta que sale el alba.


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Escena XVII
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DOROTEA, saliendo a la reja. DON JUAN, LEONELO, CHACÓN.
DOROTEA:

¿Quién llama?

DON JUAN:

Don Juan soy, Marcela mía.

DOROTEA:

(Fingiendo la voz.)
Tú debes de hacer hora en esta calle;
y como tu ocupada Dorotea
debe de estarlo, en tanto te entretienes
inquietando mis puertas y ventanas.
(CHACÓN se aparta a un lado.)

DON JUAN:

Marcela mía, la verdad te digo.
Yo vine a despicarme, amartelado
de los celos de aquella ingrata niña,
si de mis ojos, ya de mis enojos.
Volvióme amor a requerir sus puertas;
llegó (decirlo quiero) el Rey, y al punto
que hicieron una seña, Dorotea
salió a la puerta, y dél acompañada,
y el Infante también, si allí venía,
se fueron al Alcázar. Mira agora
¡qué doncella serví para casarme!
¡De quién fié mis locos pensamientos!
Ábreme; que ya estoy desengañado.
Mi hacienda te daré, todo soy tuyo.
Robaré al Veinticuatro, por Dios vivo.
Mañana te daré dos mil escudos.


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DOROTEA:

Quedo, quedo, don Juan; que si he callado,
mas cuando tocas tanto al honor mío,
quiero que de tu error te desengañes.
¿No conoces mi voz? ¿Tan ciego vives?
Dorotea soy yo, no soy Marcela;
Marcela es la que el Rey lleva consigo.
Aquí vivió Marcela; que esta casa
por huir del Infante vivo agora,
y esa Marcela, en la que yo vivía.
Óyeme bien, y mírame a la cara;
no me afrentes mañana por Sevilla;
que soy mejor que tú, y en honra puedo
decir que puedo competir conmigo;
que no hay más honra que la que yo tengo,
testigos estas joyas que me has dado,
pues que yo te las di por no tenellas;
que quiero más desnudas mis paredes
y vestido mi honor, que a treinta infantes.
Vete, villano, vete con Marcela;
síguela donde va: para ti es propria;
que los hombres queréis quien os abrase;
porque con malas obras andáis finos,
y en amándoos, pagáis con desatinos.


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DON JUAN:

Quedo, quedo, señora Dorotea;
que esos blasones fueran muy bien dichos,
y los oyera yo de buena gana,
cuando no hubiera visto, ¡ah santo cielo!,
entrar un hombre con su misma llave
por esas puertas.

DOROTEA:

Y eso ¿quién lo niega?
Entró mi hermano; que mi hermano puede
entrar sin que mi honor manchado quede.
Y para que lo veas, vive el cielo
(que otra vez no te he dicho tal palabra),
que has de entrar en mi casa y has de hablarle.

DON JUAN:

No, mi vida, no es justo, yo lo creo,
sino que yo te adore, y que tú muestres
tu generosidad en perdonarme.
Vesme aquí de rodillas a tus rejas.

DOROTEA:

¿Perdonarte? ¡Oh qué bien! Vete en buen hora;
que Marcela saldrá por la mañana,
hermosa, linda, colorada y fresca,
y le darás tu hacienda y tus regalos,
robando al Veinticuatro, a quien yo pienso
escribir un papel de tus maldades;
no piense que conmigo vas gastando
eso que con la rabia y la cautela
le pensabas robar para Marcela.
(Vase.)


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Escena XVIII
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DON JUAN, LEONELO; CHACÓN, retirado.
DON JUAN:

Mi bien, espera; espera, niña mía,
hermosa plata, limpia, tersa, pura,
lustrosa más que suele estar la nieve
en los extremos de los altos montes.
Mi vida, escucha, o mataréme.

LEONELO:

Advierte
que despiertas las gentes. ¿Estás loco?

DON JUAN:

¿Habéis oído lo que aquí ha pasado?

LEONELO:

Y ¿no es mejor que aquella sea Marcela
y sea Dorotea tan honrada?

DON JUAN:

Tienes razón; y por mirar su honra,
quiero dejar la calle; que mis voces
pueden ser causa de que alguna pierda.
Vamos al muro; que sus duras piedras
se moverán, Leonelo, al llanto mío.

LEONELO:

Ven, Chacón.

CHACÓN:

¿Qué tenemos? ¿Hay tinieblas?

LEONELO:

¿Por qué lo dices?

CHACÓN:

Si hay lamentaciones
y escuridad, ¿qué quieres que te diga?

LEONELO:

La Niña está enojada por Marcela.

CHACÓN:

Pues déle un tres, y cesarán las riñas;
que es antiguo remedio para niñas.
(Vanse.)


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Escena XIX
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Salón del Alcázar.
(DON ENRIQUE, melancólico; MÚSICOS, criados.)
DON ENRIQUE:

  Cantad otra, por mi vida;
que es ésa muy enfadosa.

MÚSICO:

La de Cleopatra es famosa.

DON ENRIQUE:

Vaya. ¿Es nueva?

MÚSICO:

Es nunca oída.
(Cantan.)
  El blanco y nevado pecho,
posada del dios Cupido...

DON ENRIQUE:

No más; matáisme el oído.

MÚSICO:

Que es triste el tono sospecho.

DON ENRIQUE:

No topa en eso.


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MÚSICO:

  ¿Es secreta
la causa?

DON ENRIQUE:

Fué porque llama
a los pechos de esa dama
mesón de amor el poeta.

MÚSICO:

Ésta escucha.

DON ENRIQUE:

  Quiero oílla.

MÚSICO:

Si no te agrada, perdona.
(Cantan.)
Por los caños de Carmona
por do va el agua a Sevilla...

DON ENRIQUE:

No más.

MÚSICO:

  Pues ¿qué te da pena
de aquesta letra, señor?

DON ENRIQUE:

Cantalda a algún aguador.
Para algún enfermo es buena.

MÚSICO:

  Tú lo estás; oye te ruego.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON ENRIQUE:

Esta enfermedad no fragua
amor con deseos de agua;
hidrópico soy de fuego.

MÚSICO:

  Cantemos una letrilla;
que podrá ser agradarte.

DON ENRIQUE:

Ni aun las letras serán parte,
que tiene toda Sevilla.

MÚSICOS:

(Cantan.)
  Caminad, suspiros,
adonde soléis,
y si duerme mi niña,
no la recordéis.

DON ENRIQUE:

  ¡Extremada, y más que buena!
¡Linda letra!

MÚSICO:

¿Ésta te agrada?

DON ENRIQUE:

Niña dormida y guardada,
fué la causa de mi pena.
  ¡Excelente, linda cosa!
¿Quién la hizo?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MÚSICO:

Yo, señor.

DON ENRIQUE:

Agora diste en mi humor.
Con niña es letra famosa.

MÚSICO:

¿Esto
  llamas novedad?
Sin niña y madre no hay letra.

DON ENRIQUE:

Ésta el alma me penetra.
Cantad, que duerme, cantad.


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Escena XX
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



Un CRIADO. DON ENRIQUE, músicos, criados; después, el moro ZULEMA.
CRIADO:

  El moro, a quien hoy mandaste
aquella figura hacer,
dice que te quiere ver.

DON ENRIQUE:

Entre.
(Sale ZULEMA con un papel.)
A buen tiempo llegaste.

ZULEMA:

Dame esos pies.

DON ENRIQUE:

  No es razón
que de esa manera estés.
¿Qué hay de la figura?


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZULEMA:

Que es
contraria a tu pretensión
  Venus, que a la Luna mira
con grande malicia opuesta,
y con Marte manifiesta
que por un hombre suspira
  de su calidad igual.
Los dos se miran de trino;
después de tu alteza vino,
por celos se tratan mal.
  Aquí muestra el sol que un día
sola contigo estará;
pero libre quedará
su honra de tu porfía.
  Pero retírate más;
que aunque de aquesta mujer
(Aparte a él.)
miré tu amor, puede ser,
aunque tan seguro estás,
  que haya visto algunas cosas
que son de más importancia.

DON ENRIQUE:

¿Cómo?

ZULEMA:

Tú has de hacer por Francia
dos jornadas peligrosas,
  huyendo del rey tu hermano.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON ENRIQUE:

¿Qué dices, que adora en mí?

ZULEMA:

Agora, Enrique, es ansí;
que también Nerón romano
  cinco años gobernó
su república de suerte,
que una sentencia de muerte
con mil lágrimas firmó.
  Séneca dél se admiraba;
pero matóle después;
y esta blandura que ves
en Pedro, ya el curso acaba.
  A doña Leonor, tu madre,
ha de matar.

DON ENRIQUE:

¿Estás loco?

ZULEMA:

Esto que te digo es poco;
que a don Alonso, su padre,
  pienso que no perdonara,
si en esta ocasión viniera.
Tú lo verás cuando muera
tu hermano el Maestre.

DON ENRIQUE:

Para,
  para, astrólogo cruel,
para esas locas mentiras.


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ZULEMA:

Enrique, ¿desto te admiras?
Pues tú has de matarle a él.

DON ENRIQUE:

¡Yo a Pedro!

ZULEMA:

  Y has de quedar
rey pacífico en Castilla.

DON ENRIQUE:

¿Sueñas?

ZULEMA:

¿Qué te maravilla?
Sus hijos no han de heredar;
  que han de morir en prisión.

DON ENRIQUE:

Vete, moro, enhorabuena;
que quien aumenta la pena
no merece galardón.
  ¿Hay tan grandes desatinos?


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Escena XXI
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El MAESTRE. Dichos.
MAESTRE:

¿Está aquí Enrique, mi hermano?

DON ENRIQUE:

Aquí estoy, hermano mío.

MAESTRE:

Echa fuera a los criados;
que el Rey y yo te traemos
para tu mal...

DON ENRIQUE:

Habla paso.

MAESTRE:

Un Hipócrates divino,
un Galeno soberano,
una yerba de Tesalia,
una epítima, un reparo
y un alquermes de los cielos
en un cristalino vaso.

DON ENRIQUE:

¡Ay Maestre! ¿Qué me dices?
Que no hay remedio en mis daños,
fuera de unos bellos ojos,
fuera de unos blancos brazos.


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MAESTRE:

Esos mismos que deseas,
ésos están guardando
que estés solo.

DON ENRIQUE:

¿Es Dorotea?

MAESTRE:

La misma.

DON ENRIQUE:

Fuera, criados;
despejad la cuadra luego.
(Vanse los criados y músicos.)
Tú, moro astrólogo falso,
mira ¡qué presto mentiste!
Pues sin trinos ni cuadrados,
sextiles ni oposiciones,
me traen el bien que aguardo.

ZULEMA:

¿Eso es cierto?

DON ENRIQUE:

¿No lo ves?

ZULEMA:

Haré mis libros pedazos,
si fuere verdad.

DON ENRIQUE:

Despeja.
Di que entre, y déjame, hermano.

MAESTRE:

Voy a decírselo.
(Vanse el MAESTRE y el moro.)


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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON ENRIQUE:

¡Cielos!
No lo tengáis por agravio.
Perdonad; que amor me fuerza.
Dejad que roben mis brazos
aquesta imagen de plata,
aqueste raro milagro
del templo de la hermosura,
como otro Paris troyano.


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Escena XXII
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La niña de la plata Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 



MARCELA. DON ENRIQUE.
MARCELA:

Encareciéndome el Rey,
señor Infante, que cuando
vuestra alteza entró en Sevilla
con tantas fiestas y aplauso,
me vió en un balcón...

DON ENRIQUE:

¿Qué es esto?

MARCELA:

...y que de amor y cuidado
estaba enfermo...

DON ENRIQUE:

¿Quién eres?

MARCELA:

La que agradecida tanto,
rompo la vergüenza justa,
atropello el honor casto,
por dar remedio a tu vida.

DON ENRIQUE:

¡Maestre, Maestre, hermano,
hola! ¿Qué mujer es ésta?


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Acto III
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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MARCELA:

Señor, Marcela me llamo.

DON ENRIQUE:

¿No eres la Niña?

MARCELA:

¿Qué niña?

DON ENRIQUE:

Pues ¿cómo con este engaño
pensaste curar a amor?
¡Criados, hola, criados!
Llevad de aquí esta mujer;
que me muero, que me abraso.
¡Muerto soy!
(Vase.)

MARCELA:

¡Desprecio extraño!
Pues aunque un rey me tripula
y me descarta enojado,
yo sé que para su runfla
me quisiera algún vasallo.


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Escena I
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Galería del Alcázar.
(El REY, DON ARIAS.)
REY:

  ¿Que no era aquélla la dama
por quien Enrique padece?

DON ARIAS:

La historia, señor, merece
verso y prosa, nombre y fama.
  Todas las joyas se dieron
a Marcela por engaño.

REY:

¡Notable suceso!

DON ARIAS:

¡Extraño!

REY:

¡Qué mal empleadas fueron!

DON ARIAS:

  A no ser merced de rey,
que no se puede quitar,
se las hiciera tornar.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

Eso ni es razón ni es ley.
  Por su lance las ganó:
háganle tan buen provecho,
como de Enrique sospecho
que daño igual le causó.

DON ARIAS:

  Mayor pienso que es su daño
que el provecho de Marcela.
Creció el amor la cautela,
y la pena el desengaño:
  pero tendrá buen remedio.

REY:

Eso deseo saber.

DON ARIAS:

Dos cosas quiere poner
del mar deste amor en medio.

REY:

¿La primera?

DON ARIAS:

  El interés.

REY:

¿Y la segunda?

DON ARIAS:

Una tía.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

Cualquiera dellas podría
dar con el mundo a sus pies.
  Es el interés, don Arias,
alta confección de alquermes,
por más que del gusto enfermes,
compuesta de cosas varias;
  pero aunque es tan poderoso,
asegurarte podría
que es alta cosa una tía
para el caso más dudoso.
  Notables cosas se acaban
en casa de una parienta.

DON ARIAS:

Luego ¿buen remedio intenta?

REY:

Cuantos escriben le alaban.
  Pero ¿que tratáis con ella?

DON ARIAS:

Que le venga a hablar aquí.

REY:

Y ¿qué responde?

DON ARIAS:

Que sí.

REY:

Todo el oro lo atropella.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON ARIAS:

  Es el más dulce tirano
de la voluntad.

REY:

No creo
que hay imposible al deseo,
si lleva plata en la mano.
  La Niña se hará muy santa,
y irán horras tía y sobrina.

DON ARIAS:

Rompe la cuerda más fina,
si el interés la levanta.

REY:

  No lo dejes de la mano,
pide lo que es menester;
que al fin la Niña es mujer,
poco más que viento vano.
  No te espanten sus razones
ni te engañe un rostro honrado;
que rompe un nuevo obligado
mil viejas obligaciones.

DON ARIAS:

  Como eso saben hacer
cuando hay tierra de por medio.
(Vase el REY.)


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Capítulo
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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio



TEODORA con manto; un ESCUDERO, DON ARIAS.
TEODORA:

(Al ESCUDERO.)
No hay para el amor remedio
como querer no querer.
  Pero si no hay discreción
en saberse reportar,
dos caminos suelen dar
fin al amor.

ESCUDERO:

¿Cuáles son?

TEODORA:

  El oro entre desiguales,
como aquí lo intenta Enrique.
cuando el que yo pienso aplique;
y el casamiento entre iguales.

ESCUDERO:

(Aparte a TEODORA.)
  Habla bajo; que ha salido
don Arias al corredor.

TEODORA:

Y el corredor deste amor
también don Arias lo ha sido.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON ARIAS:

  Mil años te guarde el cielo.

TEODORA:

¿Mil años? Malicia es ésa.
De los que tengo me pesa,
los que me faltan recelo.

DON ARIAS:

  Los que te deseo digo;
que no hablo en los que tienes.
¿Cómo vienes?

TEODORA:

Con mil bienes.

DON ARIAS:

Hoy cobras un grande amigo.

TEODORA:

  No lo seré poco suya,
si este contento le doy.
Pero ¿sabe bien quién soy?

DON ARIAS:

De su sobrina lo arguya;
  que si pintara un pintor
al honor, virtud divina,
con pintar a tu sobrina
dijeran que era el honor.
  Pero ya viene el Infante.


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Escena III
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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio



DON ENRIQUE. Dichos.
DON ENRIQUE:

Sea mil veces bien venida
mi amiga la más querida,
mi joya, perla, diamante,
  mi antídoto del veneno
que amor me dió por los ojos,
la gloria de mis enojos
y el sol más claro y sereno,
  la luz de mi confusión
y el bien del mal que padezco,
a quien los brazos ofrezco
por señal del corazón.
  ¿Cómo viene? ¿Cómo está
mi señora Dorotea?
Y ¿cómo haré yo que crea
que lo es de mis prendas ya?
  Estimo más su salud
que la del Rey, ¡vive Dios!,
Arias, ¡qué veces los dos
hablamos en su virtud!
  ¿Qué te he dicho desta amiga?
¿De qué manera la quiero?


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON ARIAS:

Todo lo sabe.

TEODORA:

Ya espero
que des lugar a que diga
  siquiera alguna razón
en que parezca que siento...

DON ENRIQUE:

Deja todo cumplimiento;
que en fin cumplimientos son.
  Dime qué tienes pensado
de mi salud, pues don Arias
te habló.

TEODORA:

Mil cosas contrarias
a tu gusto y a mi estado.
  Puesto me has en confusión,
mirando tu mocedad;
mas también mi calidad
da voces a la opinión.
  Repórtate si es posible.

DON ENRIQUE:

¡Oh mi bien, no me aconsejes
tanto mal!

TEODORA:

Cuando te alejes
desta esperanza imposible,
  en un mes o en quince días
se te olvidará Teodora.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON ENRIQUE:

Si así me tratas, señora,
hoy será el fin de mis días.
  Duélete de mí, que estoy
a la muerte.

TEODORA:

¿Pena en ti?

DON ENRIQUE:

¿No soy hombre?

TEODORA:

Señor, sí.

DON ENRIQUE:

Pues ¿qué quieres si hombre soy?

TEODORA:

¿Lloras?

DON ENRIQUE:

  Estoyme muriendo;
no duermo, como, ni vivo.

TEODORA:

Extraña pena recibo;
de verte penar me ofendo.

DON ENRIQUE:

Remédiame.

TEODORA:

¿Cómo?

DON ENRIQUE:

  Escucha:
yo casaré tu sobrina.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TEODORA:

La honra es prenda divina.

DON ENRIQUE:

La fuerza del oro es mucha.

TEODORA:

¿Qué le darás?

DON ENRIQUE:

  Bien podrá
casarse: seis mil ducados.
Y no te cause cuidados
que el secreto se sabrá;
  que no será la primera
que lleve el honor en plata.

TEODORA:

Agora, a su honor ingrata
y a su opinión verdadera,
  tendrá con mucha ocasión
nombre de Niña de Plata.

DON ENRIQUE:

Mi bien, mi remedio trata,
ten de mi mal compasión.
  No le faltará marido
con estos seis mil ducados;
porque yerros tan dorados
presto se cubren de olvido.
  ¿Qué piensas hacer de mí?


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TEODORA:

Ahora bien: dame el dinero,
no por quererlo primero;
que está bien seguro en ti;
  mas por no volver después
por el precio de mi honor.

DON ENRIQUE:

Que me place.

TEODORA:

Pues, señor,
para que seguro estés,
  a su hermano de Teodora
con recado falso envía
donde no venga hasta el día,
pues en fin te sirve agora.
  Yo me acostaré temprano
y recogeré a la gente;
tú puedes seguramente,
en dejando el Rey tu hermano,
  ir con aquestas tres llaves,
que de aquí a la noche harás
que te imiten, y abrirás.

DON ENRIQUE:

Muestra.

TEODORA:

La puerta que sabes,
  que es de la calle, con ésta.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON ENRIQUE:

¿De qué son esotras dos?

TEODORA:

Estáme atento.

DON ENRIQUE:

Por Dios
que ya es la noche molesta.

TEODORA:

  La puerta del corredor
con esta llave abrirás.

DON ENRIQUE:

Dime, mi bien, lo demás.

TEODORA:

Junto a la sala, señor,
  sobre la mano derecha
verás un cancel, que allí
hay una lámpara.

DON ENRIQUE:

A ti
vaya mi estrella derecha.

TEODORA:

  ¿A mí? Luego ¿a mí me quieres?

DON ENRIQUE:

Hablo, porque tú me guías.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TEODORA:

Si de mí no te desvías,
despertarás mis mujeres.
  Lleva linterna, y enciende
en la lámpara que digo;
entra el cancel..., y el postigo
que a mano izquierda desciende,
  es de mi aposento, el cual
por de dentro cerraré,
para que aunque voces dé,
todas las oigamos mal.
  Pasa la cuadra, y enfrente
verás durmiendo a Teodora;
que una criada que adora
está por cierto accidente
  hoy en casa de su madre;
que no fué poca ventura.
Allí la tendrás segura,
y cuanto a tu gusto cuadre;
  como el ánimo no sea
vista primera de amante;
que hay hombre como un gigante,
que aunque mil espadas vea,
  por todas ha de romper,
y puesto en una ocasión,
le da frío de ciclón
de mirar una mujer.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON ENRIQUE:

  Yo quedo bien instruído
de la casa y de las llaves;
cuanto al ánimo, ya sabes
que estaba el muro rendido;
  la misma facilidad
hace cobarde al soldado;
pero donde habrá cuidado,
llanto, voces y crueldad,
  esa misma resistencia
pondrá en mi pecho valor,
porque como es rayo amor,
muestra en lo fuerte violencia.
  Ven a tomar el dinero;
aquí en mi cámara está,
y en escudos bien podrá
llevártelo el escudero,
  y si no, quien tú quisieres;
que a su hermano, yo le haré
que nos deje.

TEODORA:

(Aparte.)
Siempre fué
mujer quien rindió mujeres.

DON ENRIQUE:

 (Aparte a él.)
  Arias, bien se ha negociado.


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La niña de la plata:1 48

Escena IV
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Calle.
(DON JUAN, LEONELO, CHACÓN.)
LEONELO:

  En fin, venimos a tu centro antiguo,
después de dar mil vueltas a Sevilla.

DON JUAN:

De día no me atrevo a los umbrales
de la niña ingratísima que adoro,
porque no entienda que a rogarla vengo
pero de noche este consuelo tengo.

CHACÓN:

Después, que vimos que era todo engaño,
y que es Teodora tan constante y firme,
bien nos parece que a su casa vengas;
pero venir, y con humildes ojos
adorar estas rejas y balcones,
y hacer a cada balaustre dellos
más reverencias que a un señor que debe,
parécenos extraño desatino.

DON JUAN:

¿No lo es mayor comparación tan necia?

CHACÓN:

Más pienso que lo son los que las hacen.

LEONELO:

¿Masque tenemos entretenimiento?


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CHACÓN:

No sé; yo digo en esto lo que siento.

LEONELO:

Pues, bestia, ¿no es razón y policía
que se haga reverencia y cortesía?

CHACÓN:

La reverencia es justa, pero en tiempo.

LEONELO:

¿Y en la bebida no?

CHACÓN:

De ningún modo.
Cuando bebe el señor, verás que baja
toda la multitud de los criados
el cuerpo, y inclinándole, es forzoso
que los cuartos traseros estén fuera.
Y estar toda una sala en tal postura
es peligroso en tiempo de castañas,
y no puede beber limpio, ni es justo
que toda la familia y coliseo
estén haciendo entonces el guineo.

LEONELO:

Déjate de esos locos desatinos
y despierta a tu amo.

CHACÓN:

¡Ah señor amo!
¿Qué tienen esas rejas?

DON JUAN:

Hierro tienen,
mármoles tienen de que están asidas.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CHACÓN:

Ea, ¿mas que se suelta la poesía,
que encajas aquí cualque soneto?

DON JUAN:

Si entendiera acabarle, comenzárale.

CHACÓN:

Pocos saben, Señor, cómo se acaban;
y así, verás sonetos milagrosos,
que entran con obeliscos y pirámides,
marfil, ebúrneo pecho, fuentes líquidas
y vienen a parar desustanciados.

DON JUAN:

¿Has sido tú poeta?

CHACÓN:

Cuatro veces:
la primera me dieron muchos palos;
la segunda vinieron cuatro curas
a conjurarme por maligno espíritu;
la tercera me echaron de la calle
por apestado y hombre contagioso;
y la cuarta, a la fe, gané unos guantes
con un soneto.

DON JUAN:

Dile, por tu vida.

CHACÓN:

¿Tendréis paciencia?


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

Sí.

CHACÓN:

Va de soneto.

LEONELO:

Di el sujeto.

CHACÓN:

En el mesmo está el sujeto.
  Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tanto aprieto,
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso te voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.

LEONELO:

¿Cúyo pudiera ser tal desatino?

DON JUAN:

Déjale hablar; mi pena se entretenga
de cualquiera manera.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CHACÓN:

Más me holgara
de irme a acostar que entretener dos locos.

DON JUAN:

¿Hay cuerdos con amor?

CHACÓN:

Sin amor, pocos.

DON JUAN:

Yo me muero de amor.

CHACÓN:

Y yo de sueño.

DON JUAN:

Yo me tengo la culpa: fuí celoso,
por lo menos, de un ángel de los cielos.

CHACÓN:

Extrañas sabandijas son los celos.

DON JUAN:

¿Haslos tenido tú?

CHACÓN:

¿No eres más tonto?
¿No ves que son los celos como sarna,
que ninguno se escapa de tenerla?

LEONELO:

¡Hermosa necedad!

CHACÓN:

Mayor es ésa.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LEONELO:

La sarna es mal de niños, y los celos
es mal más ordinario en viejos.

CHACÓN:

Dime,
¿cómo pintan a amor?

LEONELO:

Niño.

CHACÓN:

Pues, sabio,
si amor es niño, amor los celos tiene:
luego los celos son lo que yo digo.

LEONELO:

Chacón, no quiero disputar contigo.

DON JUAN:

¿Que ofendiese yo un ángel, que perece
entre cuatro paredes por honrada?

CHACÓN:

Yo creo en Dios.

DON JUAN:

¿Qué dices?

CHACÓN:

Que estornudo.
Y creo en Dios.


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Escena V
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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio



DON ENRIQUE, el MAESTRE y DON ARIAS, de noche. Dichos.
DON ENRIQUE:

La puerta es ésta.

MAESTRE:

Llega.

DON ENRIQUE:

Dame, don Arias, la linterna.

DON ARIAS:

Toma.

DON ENRIQUE:

Quedaos adiós.
(Dirígese a la puerta de casa de DOROTEA.)

LEONELO:

(Bajo a DON JUAN y CHACÓN.)
¿Adónde va esta gente?

DON JUAN:

La puerta de Teodora abre aquel hombre.

CHACÓN:

¿Aquel hombre la puerta de Teodora?
(Abre DON ENRIQUE y éntrase.)

LEONELO:

Abrió y entró, por Dios.

DON JUAN:

¿Qué es esto, cielos?


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CHACÓN:

Diga Teodora agora que es honrada,
entre cuatro paredes encerrada.

DON JUAN:

¡Válgame el cielo!

CHACÓN:

Valga, y lleve presto.

DON JUAN:

Romper quiero las puertas.

LEONELO:

Don Juan, tente;
que sin duda el que ha entrado es el Infante,
porque este rebozado es el Maestre.
Vámonos de la calle, por tu vida;
que no es ésta ocasión para perderte.
Dios quiere que esto veas con tus ojos,
para que des buena vejez, que es justo,
a los padres que tienes, tan honrados,
casando con tu igual; porque bien sabes
que aunque es noble la Niña, no merece
que te iguale, con tales niñerías.

DON JUAN:

¿Cómo igualar? Leonelo, lo que he visto,
de tal manera me ha desengañado,
que hago al cielo voto y juramento
de no ver en mi vida aquestas puertas.
¿Estas puertas? ¿Qué dije? Ni esta calle.
Camina por ahí.


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La niña de la plata Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LEONELO:

¡Famoso acuerdo!

DON JUAN:

Tanta pena, ¿qué loco no hará cuerdo?

LEONELO:

Chacón, ¿qué te parece?

CHACÓN:

Que no es mucho
que esto haga una niña; mas no mandes
que sufra enredos de mujeres grandes.
(Vanse DON JUAN, LEONELO y CHACÓN.)

MAESTRE:

Despacio pienso que estará mi hermano.
Vamos, don Arias, un momento al río;
que ha de llegar un coche a sus orillas
con una de las siete maravillas.

DON ARIAS:

Seguro puedes ir por más de un hora,
y aun pienso que podrás hasta el aurora.

MAESTRE:

Verás una mujer, no tan discreta
como Dorotea, pero más hermosa.

DON ARIAS:

No son buenas, mujeres tan discretas.

MAESTRE:

Anda; que buenas son para poetas.
(Vanse.)


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Escena VI
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Cuarto de DOROTEA.
(DOROTEA, en manteo, con una ropa debajo del brazo; DON ENRIQUE, con una linterna.)
DON ENRIQUE:

  ¿Adónde huyes de mí?

DOROTEA:

¡Dorotea! ¡Elvira! ¡Inés!

DON ENRIQUE:

No des voces, vuelve en ti.

DOROTEA:

¿Quién eres?

DON ENRIQUE:

¿Ya no lo ves?

DOROTEA:

Pues ¿por dónde entraste aquí?

DON ENRIQUE:

  Con estas llaves entré,
de tu tía las compré,
seis mil ducados me cuestan,
y seiscientos mil se aprestan,
si pagas tan firme fe.

DOROTEA:

¡Mi tía!


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DON ENRIQUE:

La misma.

DOROTEA:

  Advierte
que es noble.

DON ENRIQUE:

Amor me convierte,
como a Júpiter, en lluvia:
cree que esta color rubia
la más honesta divierte.
  Recogida en su aposento,
a todo ha dado lugar.
Ten de mi mal sentimiento;
voces no han de aprovechar,
que ha de llevarlas el viento.
  Hasta en la calle está gente,
que a nadie entrar dejará.
También tu hermano está ausente:
todo prevenido está.

DOROTEA:

Deténte, Infante, deténte.
  Desvía la luz de mí,
no me veas.


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DON ENRIQUE:

Ya te vi
cuando durmiendo te hallé.
Tu voluntad conquisté;
pero no la merecí.
  Por eso ha sido forzoso
valerme de mi poder.

DOROTEA:

No fué valor generoso.
Para una flaca mujer
te has mostrado poderoso.
  ¡Ah vil sangre de mi tía!
¡Ah pobre, engañado hermano,
por su falsa alevosía!

DON ENRIQUE:

Ya te lamentas en vano.
Mira que se acerca el día:
  hasta lo que has peleado;
que el más honrado soldado
suele rendirse a partido;
que si el tiempo le ha rendido,
no pierde nada el honrado.
  ¿Qué más pretendes hacer?
Procura escapar la vida,
si el honor no puede ser.

DOROTEA:

¿Parézcote muy rendida?


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DON ENRIQUE:

Dígalo cualquier mujer.

DOROTEA:

  Mátame, y viéndome muerta,
se te quitará el amor.

DON ENRIQUE:

Pienso que aún no estás despierta.

DOROTEA:

¿Que para vencer mi honor
te dió mi sangre la puerta?

DON ENRIQUE:

  Teodora, no es tiempo ya
de perderle.

DOROTEA:

Sólo pido
que me escuches.

DON ENRIQUE:

¿Quién podrá?

DOROTEA:

Un hombre tan bien nacido,
pienso que obligado está.

DON ENRIQUE:

  He llegado por quererte
hasta la muerte.


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DOROTEA:

Yo haré
tu gusto.

DON ENRIQUE:

Di de esa suerte.

DOROTEA:

Mata la luz.

DON ENRIQUE:

No osaré.

DOROTEA:

Pues ciérrala.

DON ENRIQUE:

Cierro.
(Cierra la linterna.)

DOROTEA:

Advierte.
  El día que con el rey
don Pedro, tu hermano, entraste
en esta ciudad famosa
de Sevilla, ilustre Infante,
años había que un hombre
pasaba esta misma calle
con mil honestos deseos,
para obligarme bastantes.
Miróme con tales ojos,
que pudieran bien entrarse
por el corazón más duro,
si Dios le hiciera diamante.


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DOROTEA:

No le quise bien muy presto;
que después de mil combates
mis ventanas consulté
con palabras semejantes:
«Hierros destas rejas duras,
piedras que servís de engastes,
mármoles de aquesta puerta,
¿querré bien? Aconsejadme.»
Y parecióme que un día
me dijo un hierro: «¿Qué haces,
si me ves enternecido
sólo de oírle quejarse?»
Las piedras me respondieron:
«A suspiros semejantes
ya nos volvernos en cera;
no podremos sustentarte.»
Los mármoles me. decían:
«Donde los que miras nacen,
no habrá tan duras entrañas,
si te resistes de amarle.»
Creílos, túvele amor,
trújome un papel un paje
entróme por casamiento
(que no hay cosa que nos halle
la voluntad más dispuesta
para cualquier disparate),
respondí tan desdeñosa,
que pudiera, a no adorarme,
mudar de imaginación
y ponella en otra parte;
pero amor, que, verdadero,
sufre y calla hasta vengarse,
le dió para mis desdenes
paciencia y valor notable.


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DOROTEA:

Con esto alcanzó de mí
venir una noche a hablarme:
En medio estuvo una reja;
pero no para escucharle.
Sus tiernas quejas oí,
sus amores y humildades;
porque en los principios son
muy humildes los amantes.
Esta noche trujo muchas:
crecieron las amistades,
y fué perdiendo el amor
el respeto a los altares.
Apretéle el casamiento,
y él se lo dijo a su padre,
hombre rico y veinticuatro,
de buena opinión y sangre.
Como supo mi pobreza,
¡oh Enrique!, pensó matarle;
aunque en la sangre bien pienso
éramos harto iguales.
En fin, para divertirle,
quiere el viejo que se case
con una mujer más rica
que de codiciosas partes.
Con esto celosa y triste,
fingí, señor, retirarme;
que aprietan mucho desdenes
donde ha habido voluntades.


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DOROTEA:

No fueras tú mal tercero
con tu amor para abrasarle;
que donde hay competidor
no hay boda que se dilate;
mas hase alterado todo,
como eres un mar tan grande;
de suerte, que mi barquilla
se anega en tus tempestades.
Él sabe lo que me quieres,
mi resistencia no sabe;
por ti mi remedio pierdo
(que yo supiera obligarle),
y más agora que estás
donde Dorotea infame
de mi honor y de sus puertas
te ha dado, Enrique, las llaves.
Bien sé que mi resistencia
ya no puede ser que baste
a la traición que me han hecho
por el interés infame;
mas como Roma ha tenido
la matrona venerable
que ha honrado con su laurel
a la castidad triunfante,
haz tu gusto, pues no puedo
defenderme ni librarme;
que también tendrá Sevilla
una mujer que se mate.


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DON ENRIQUE:

  Teodora, yo te he escuchado
con atento y tierno oído:
el amor me has reportado,
el brazo me has detenido,
y el corazón lastimado.
  Contásteme que quisiste
un hombre, y de verte triste,
con tal lástima te oí,
que vengo a tener de ti
la que de mí no tuviste.
  Bien me pudiera vengar
de tus desdenes, Teodora;
pero llegar a mirar
mujer que por otro llora,
¿a quién no basta a templar?
  No me has quitado el amor
(que nunca amor es mayor
que cuando es tenido en poco);
pero has vuelto cuerdo a un loco,
dando materia al valor.
  Toda estás en mi poder,
y esto basta a darme nombre;
que rendirse a su querer
es más victoria del hombre
que no el gozar la mujer.
  En efecto, has confesado
que estás sujeta a mi gusto,
con que ya estoy reportado;
que a quien se rinde, no es justo
no hacerle partido honrado.


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DON ENRIQUE:

  Y ha sido gran desvarío
no haberme dicho el desvío
que ya por tu amor arguyo,
porque a haber sabido el tuyo,
no se adelantara el mío.
  Pero ya que sé que quieres,
yo preguntaré quién es,
y será tuyo, pues eres
tan firme en tanto interés;
cosa bien nueva en mujeres.
  Yo te prometo casarte,
aunque se interponga el Rey
para que venga a rogarte,
aunque mujer de tal ley
más honra que puede honrarte.
  Si cuentan de Cipïón
que volvió por la opinión
de aquella hermosa mujer,
España te ha de tener;
que en ella todos lo son.
  Sin con las hijas de Dario
fué Alejandro al nombre igual
fué a su fama necesario;
yo he sido más liberal,
si es amor mayor contrario.
  Algún tiempo me darán
nombre de cortés galán
las historias de Sevilla;
mas soy por padre Castilla,
y soy por madre Guzmán.
(Vase.)


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Escena VII
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DOROTEA:

  ¡Enrique, Infante, señor!...
Fuése. ¡Qué notable hazaña
en hombre que tiene amor!
Pero es muy propio valor
de un hijo de un rey de España.
  ¿Hase visto maravilla
que mayor que aquésta sea?
¡Plega al cielo que Sevilla
coronar su frente vea
por príncipe de Castilla!
  Ya por la escalera baja,
aunque con mayor ventaja
por la de la fama sube.
Ya el alba en dorada nube
romper la noche trabaja.
  Quiero despertar la fiera
que con las viles me iguala,
por el interés que espera;
que no hubiera mujer mala
a no haber buena tercera.
  Pero bien será cerralle,
porque, si vuelve, no halle
la ocasión que puede asir,
si se vuelve a arrepentir
con los aires de la calle.
(Vase.)


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Escena VIII
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Habitación de DON JUAN.
(El VEINTICUATRO, LEONELO.)
LEONELO:

  ¿Tú me atribuyes las locuras suyas?

VEINTICUATRO:

Su padre soy, Leonelo, no te espantes.

LEONELO:

Mucho me espantan las palabras tuyas,
esto es acompañar locos amantes.
Pero de mi verdad quiero que arguyas
que no lo hiciera en pasos semejantes,
a no temer que un hombre poderoso
mostrara su poder en un furioso.
  Dios sabe que a don Juan he reportado
los pasos deste loco pensamiento,
y con buenos consejos estorbado
de la Niña de Plata el casamiento:
sospecho que por mí no está casado.

VEINTICUATRO:

Si intentara Don Juan tal casamiento,
yo buscara un esclavo a quien le diera
mi hacienda, o me casara, o me muriera.
  Cásese con mi gusto, y le prometo
hacerle veinticuatro de Sevilla,
con tales alimentos, que en efeto
más envidia le tengan que mancilla.

LEONELO:

Don Juan es mozo agora, aunque es discreto.


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Escena IX
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Un CRIADO, dichos.
CRIADO:

De don Enrique, infante de Castilla,
está un criado aquí.

VEINTICUATRO:

¿Qué es esto?

LEONELO:

Creo
que debe de cansarle su deseo.
  Querrá, por dicha, que a don Juan le mandes
que no pase la calle de la Niña.

VEINTICUATRO:

Luego ¿quiérela él?

LEONELO:

Celos tan grandes
lo muestran bien.

VEINTICUATRO:

Querrá que a don Juan riña.
Dile que entre, Adrián.
(Vase el CRIADO.)

LEONELO:

Por Dios, que andes
con él como quien eres.

VEINTICUATRO:

Cuando ciña
la espada que dejé verás mi pecho.

LEONELO:

Será de tu valor heroico hecho.


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Escena X
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FÉLIX. El VEINTICUATRO, LEONELO; después, DON ENRIQUE.
MARCELA:

  El Infante, mi señor,
en persona quiere hablarte.

VEINTICUATRO:

No tengo en mi casa parte
donde quepa tal favor;
  pero pudiendo llamarme
su alteza, es mucha llaneza...

MARCELA:

Mira que llega su alteza.

VEINTICUATRO:

Quiero por la tierra echarme.
(Sale DON ENRIQUE.)
  ¿Qué es esto, invicto señor?

DON ENRIQUE:

Veinticuatro, aunque os espante
la visita de un infante,
bien cabe en vuestro valor.


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VEINTICUATRO:

  Tomad, señor, esta silla,
porque en mi linaje quede
por armas, que envidiar puede
la nobleza de Sevilla.
  Dejaréla vinculada
en mi mayorazgo honrado,
con un telliz de brocado,
y en blanca plata aforrada.
  Sabrán mis hijos y nietos
que estuvistes vos aquí,
para que se honren ansí
y tengan altos respetos.
  Pero, señor, ¿qué ocasión
a tanta humildad os mueve?

DON ENRIQUE:

Cumplir un rey lo que debe:
deudas las palabras son.
  Yo la he dado a aquel criado
que agora conmigo viene,
y una hermosa hermana tiene,
de ponerla en noble estado.
  Y queriéndola cumplir,
me quise informar primero
de algún mozo caballero
a quien pudiese elegir.
  Supe que un hijo tenéis,
pienso que el nombre es don Juan,
muy galán, y su galán;
que esto por vos lo sabréis.
  Daré veinte mil ducados
de dote a aquesta doncella,
aunque en las virtudes della
van más de cien mil guardados.
  Sin éstos, le daré cuatro
para joyas a Teodora,
que es pobre en extremo agora;
y para vos, Veinticuatro,
  me da mi hermano el Maestre
un hábito de Santiago.
Con esto mi deuda pago.


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VEINTICUATRO:

No sé, señor, cómo os muestre
  debido agradecimiento.

DON ENRIQUE:

Con ir después a Palacio,
donde tratemos despacio
la forma del casamiento.
¿Respondéis que sí?

VEINTICUATRO:

  Señor,
mil veces digo que sí.

DON ENRIQUE:

Quedaos con Dios. Yo cumplí,
Félix, mi deuda en rigor.

MARCELA:

  Mil veces beso tus pies.
Mi hermana voy a avisar.
(Vanse DON ENRIQUE y FÉLIX.)

VEINTICUATRO:

Veme, Leonelo, a llamar
a don Juan.

LEONELO:

Ya ¿no le ves?


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Escena XI
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DON JUAN, CHACÓN. El VEINTICUATRO, LEONELO.
DON JUAN:

  Viendo, señor, entrar a don Enrique,
tanta pena me dió, que si pudiera,
me fuera en este punto de Sevilla.
¡Infantes te visitan! ¿Qué te quieren?

VEINTICUATRO:

Huélgome de que estés tan ignorante;
que, por lo menos, me darás albricias.
La Niña es tu mujer.

DON JUAN:

¿De qué manera?

VEINTICUATRO:

Cásala de su mano don Enrique,
por pagar los servicios de su hermano;
dale de dote veinte mil ducados,
sin cuatro para joyas, y el Maestre,
su hermano del Infante, me da un hábito,
cosa tan deseada de mi pecho,
y que a mis enemigos dará envidia.
¡Bendita sea la hora que miraste,
don Juan, esta mujer! ¡Bendito sea
el primero renglón que le escribiste!
¡Oh Niña de mis ojos, que a tenellos
el alma, en los del alma la pusiera!
Concertados quedamos de que luego
vamos los dos donde esto se concierte.


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DON JUAN:

¡Oh cuánto la codicia desatina!
Cuando yo os suplicaba, padre mío,
que con Teodora pobre me casárades
(que entonces era pobre y virtuosa),
no fué posible ni aun oír nombrarla;
y agora que es Teodora infame y rica,
y un hábito os prometen de Santiago,
¡ponérmele queréis de sambenito!

VEINTICUATRO:

¡Teodora infame y rica!

DON JUAN:

No le obliga
al Infante la deuda de su hermano,
sino la de la honra, que la debe.
Anoche vió Leonelo que entró Enrique
en su casa a las doce; y fuera desto,
a Chacón envió cerca del alba,
y vió cómo salía, y que en la calle
le esperaban don Arias y el Maestre.

VEINTICUATRO:

(A LEONELO.)
¿Tú viste entrar a don Enrique?

LEONELO:

En todo
dice don Juan verdad.


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VEINTICUATRO:

¿Y tú le viste,
Chacón, salir al alba?

CHACÓN:

Ya quería
correr la noche su cortina lóbrega,
y aparecer la luz del alma cándida,
como dicen poetas en esdrújulos
cuando salió de ver la Niña el Príncipe
dejándola preñada de dos cónsules.

VEINTICUATRO:

Pues, hijo, aunque me dieran tantos hábitos
cuantos la religión darme pudiera
y la dotara Enrique en las dos Indias,
para Chacón no la tomara.

CHACÓN:

¡Cómo!
¿No hallaste otro más triste y desdichado?

DON JUAN:

Esto te digo estando enamorado.

VEINTICUATRO:

Darte quiero mis brazos, y con ellos
mi bendición. Mas vamos a palacio,
donde al Infante con honrada excusa
podré decir que estabas tú casado
cuando lo prometí, no lo sabiendo.

DON JUAN:

Yo llevaré mujer, como tú quieras.

VEINTICUATRO:

¿Fingida?

DON JUAN:

Sí, que no ha de ser de veras.

VEINTICUATRO:

Pues Leonelo y Chacón serán testigos.

CHACÓN:

Para falsos, yo tengo cuatro amigos.
(Vanse.)


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Escena XII
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Salón del Alcázar.
El REY, DON ENRIQUE, el MAESTRE, DON ARIAS.
REY:

  En viéndole, presumí
de lo que estaba doliente.

DON ENRIQUE:

Rendiréisme fácilmente,
si sois los dos contra mí.

MAESTRE:

  Él es el mejor galán
que trató cosas de amor.

REY:

¡Qué gentil don Galaor!

DON ENRIQUE:

Basta; que vaya me dan.

REY:

  Mucho me ha pesado, Enrique,
que seas tan para poco.

DON ENRIQUE:

¿Queréis que me vuelva loco?


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MAESTRE:

¡Que un hombre se signifique
  perdido de enamorado,
y que le den ocasión
sin gigantes, sin dragón,
sin pasar el mar a nado,
  sin escala puesta al muro,
sin fuerte competidor,
sin alcaide del honor,
y todo el campo seguro;
  que no temiese marido,
hermano, padre o criado;
que haya con su llave entrado,
y todo el mundo dormido;
  y que en viendo a quien buscaba
se le hiele el corazón,
y que pierda la ocasión
que los cabellos le daba!
  Mira, Enrique, desde hoy más
no hables con hombres ni entre hombres.

DON ENRIQUE:

Maestre, más viles nombres
merezco que aquí me das;
  pero yo sé que no ha sido
flaqueza.

REY:

Pues ¿qué?


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DON ENRIQUE:

Valor.

REY:

Virtud es, teniendo amor,
el haberle resistido;
  mas querer hacer virtud
lo que entonces fué flaqueza,
no lo crea vuestra alteza,
así Dios le dé salud.

DON ENRIQUE:

  Mire vuestra majestad
que entonces lo mismo hiciera,
si una dama le pidiera
con las dos manos piedad.

REY:

  Anda, Enrique, no procures
hacerte valiente agora.

DON ARIAS:

Aquí ha llegado Teodora.

MAESTRE:

¿Mas que viene a que la cures?

REY:

  ¡Teodora! Pues ¿a qué efeto?

MAESTRE:

¿Mas que se viene a quejar
de la fuerza?

REY:

¿Qué es forzar?
Antes la tuvo respeto.


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Escena XIII
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DOROTEA, TEODORA, el escudero. Dichos.
REY:

  Seas, Teodora, bien venida,
cuéntanos este suceso,
porque pierde Enrique el seso
de que vengas ofendida.
  ¿Cómo fué? ¿Qué sucedió?
¿Tembló? ¡Lloró? ¿Tuvo frío?
Para preciarse de brío,
mucho crédito perdió.

DOROTEA:

  Suplico a tu majestad
que estime mucho al Infante
por el más cortés amante
que ha tenido voluntad.
  Mire que no vengo aquí,
como presume, a quejarme.

REY:

¿A qué vienes?

DOROTEA:

A casarme.


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REY:

¿A casarte?

DOROTEA:

Señor, sí.

REY:

  ¿Cosa que fuese con él?

DOROTEA:

No soy tan loca, señor;
que sólo quiere mi honor
que vuelva el suyo por él.

REY:

  Más confuso estoy agora.
Enrique, aquesto declara.

DON ENRIQUE:

Presto verás en qué para,
que es en casarse Teodora.

REY:

¿Con quién?

DON ENRIQUE:

  Ya viene con quien.

REY:

Menos lo entiendo, por Dios.


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Escena XIV
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El VEINTICUATRO, DON JUAN, MARCELA, LEONELO, CHACÓN. Dichos; después, FÉLIX.
VEINTICUATRO:

(Hablando aparte a los que vienen con él.)
juntos lleguemos los dos.

DON JUAN:

Llegue Marcela también.

VEINTICUATRO:

(A DON JUAN.)
  Después de besar sus pies,
di como estabas casado,
y que a Marcela obligado,
la mano es bien que le des.

DON JUAN:

  No conozcan a Marcela,
y se entienda la invención.

DON ENRIQUE:

El novio y su padre son.

REY:

Mas tu intención me desvela.
(Sale FÉLIX.)


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VEINTICUATRO:

  Pues está su majestad
presente, haciéndole salva,
quiero, generoso Enrique,
honor y gloria de España,
venir a dar mi disculpa
de no cumplir la palabra
que, ignorante del suceso,
como a rey te di en mi casa.
Tú me mandaste que diese
para Teodora a quien llama
Niña de Plata Sevilla
por el valor de sus gracias,
a mi hijo por marido,
diciendo que le dotabas
para pagar a don Félix
su servicio.

DON ENRIQUE:

Verdad clara.

VEINTICUATRO:

Veinticuatro mil ducados
de dote le señalabas,
y a mí un hábito.

DON ENRIQUE:

Es ansí,
aunque su virtud bastaba.


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VEINTICUATRO:

Aceté luego el partido,
y en tus generosas plantas
puse mi boca; y contento,
a don Juan, que ausente estaba,
busqué y dije su ventura;
pero él respondió: «Una dama
que conoces, es mi esposa,
con obligaciones tantas,
que he de morir o cumplillas.»
Entristecióseme el alma;
y para que no creyeses
que a mi palabra faltaba,
los traigo a los dos.

DON ENRIQUE:

¿Qué dices?

VEINTICUATRO:

Lo que me pesa y me pasa.

DON ENRIQUE:

¿Tú eres don Juan?

DON JUAN:

Sí, señor.

DON ENRIQUE:

¿Casado estabas?


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MARCELA:

Repara,
señor, en que esto es mentira;
que soy de don Félix dama,
el hermano de Teodora;
que no sabiendo que tratas
de casarla con don Juan,
me sacaron de mi casa
para disculpar su engaño
y no hacer lo que les mandas.

REY:

Pues, Veinticuatro, ¡a los reyes
que honrar sus vasallos andan,
estos engaños se hacen!
¡Así los reyes se engañan!
Si Enrique casar quería
a Teodora, ¿no bastaba,
para que os viniera bien,
ser mi sangre y vos ser nada?
¡Vive Dios, que desde aquí
a los dos en esta plaza
han de cortar la cabeza!

VEINTICUATRO:

Señor, escucha la causa,
pareceráte piadosa.
Anoche don Juan estaba,
con los que presentes miras,
a la puerta desta dama,
y vió que con una llave
entró el Infante en su casa,
y que salió con el día
sabe el Maestre y Don Arias
honra me obligó, señor.


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DON ENRIQUE:

Pues ya tanto te declaras,
diré verdad, ¡vive el cielo!,
poniendo mano a la espada,
con la cual sustentaré
de sol a sol en campaña
a mi igual y a todo hidalgo
que es Teodora tan honrada,
que ninguna hay en Sevilla
que sea más, ni en España.
Que entré, es verdad; mas compré
con oro y pasos la entrada,
y sin que ella lo supiese,
llegué anoche hasta su cama.
De sus lágrimas temblé;
y escuchando sus palabras,
me dijo toda la historia
que entre ella y don Juan pasaba.
Matarse quiso; detuve
su brazo; y viendo que tanta
firmeza merece premio,
allí prometí casalla.
Aprovechóme el valor,
y quise más ganar fama
de hombre que supo vencerse
(que es el mayor lauro y palma),
que dar rienda al apetito.
Y así, en esta cruz sagrada,
adonde la mano pongo,
y Dios puso las espaldas,
juro que esto pasa ansí;
y miente quien desta dama
piense o crea lo contrario.


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DON JUAN:

Señor, que lo digas basta
para que el mundo lo crea,
y más el que tanto gana,
pues, en efeto, la adora.

VEINTICUATRO:

Llega pues, don Juan, ¿qué aguardas?
Ni quiero para tu dote
mas que su virtud y gracia,
ni más hábito en mi pecho
que una nuera tan honrada.

REY:

¿Cómo no? Si dió el infante
veinticuatro mil, añadan
otros tantos que doy yo.

MAESTRE:

Pues no es razón que se vaya
sin mi ofrenda. Aunque soy pobre,
dos villas le doy.

REY:

Aguarda;
que a su padre quiero hacer
alcaide de nuestro Alcázar.

MAESTRE:

Hábito con encomienda
le mando.


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MARCELA:

Ya estás casada.
Ruega a Félix que me quiera.

FÉLIX:

Yo, Marcela, aunque no haya
infantes que te aseguren
poniendo mano a la espada,
digo que soy tu marido.

CHACÓN:

Todos se alegran y casan;
perezca el pobre Chacón.
Nunca nadie le dé nada.

DON JUAN:

Yo te mando mil escudos.

CHACÓN:

¿Son de paciencia o de pasta?

DON JUAN:

Del nombre de mi mujer.

REY:

En llegando doña Blanca,
los dos seremos padrinos.

DON JUAN:

Aquí la comedia acaba
llamada El Cortés galán.

DOROTEA:

¿Cómo?

DON JUAN:

Y La Niña de Plata.

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