La niñez del padre Rojas (Versión para imprimir)

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Elenco
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La niñez del padre Rojas Félix Lope de Vega y Carpio


La niñez del padre Rojas

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



LA VIRTUD
EL VICIO
CONSTANZA, madre de SIMÓN.
GREGORIO, muchacho
SIMÓN
CRISPÍN


GABRIEL, ángel
GREGORIO, padre de SIMÓN
MARINA, criada
SOBERBIA
IRA
AVARICIA


LASCIVIA
GULA
CODICIA
PEREZA
ENVIDIA
LA OCIOSIDAD


DON JUAN
BERNARDO
UN RELIGIOSO
LA MÚSICA
UN SACRISTÁN




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Acto I
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La niñez del padre Rojas Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Entren el VICIO y la VIRTUD
VICIO:

  Yo tengo de hacer mi oficio;
tú puedes el tuyo hacer.

VIRTUD:

¿Siempre habemos de tener
tú y yo pesadumbres, Vicio?

VICIO:

Virtud, si tienes indicio
de que tiene condición
para seguirte Simón,
por lo mismo justamente
quiero yo por accidente
divertir su inclinación.
  El principio de la vida,
estos dos caminos tiene,
que somos tú y yo; pues viene
a su elección reducida,
no es razón que a mí me impida
tu pretensión el lugar
que intento solicitar.

VIRTUD:

Pues ¿por qué has de pretender
con principios de placer
fines de tanto pesar?


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La niñez del padre Rojas Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


VICIO:

  En su ser es cada cosa
perfecta.

VIRTUD:

¡Lindo argumento!

VICIO:

Yo mi perfección intento.

VIRTUD:

Pues ¿hay perfección viciosa?

VICIO:

Esta máquina famosa,
compone de variedad
su hermosura.

VIRTUD:

La maldad
nunca le ha dado hermosura;
que es la virtud casta y pura
su esplendor y majestad.
  El me ha de seguir a mí.

VICIO:

Dios no fuerza el albedrío;
luego con razón porfío
que no se vaya tras ti,
y tú no eres Dios.

VIRTUD:

Pues di,
¿quién a la virtud inclina,
fin a que el hombre camina?


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VICIO:

Deja la arrogancia vana,
que tú eres virtud humana,
y Dios es virtud divina.

VIRTUD:

  Cuando a la naturaleza
humana Dios se humilló,
la humana entonces subió
a su divina grandeza.
Quien con obras y limpieza
de corazón, humillado
llega a este monte sagrado,
así se transforma en él,
que aunque no es Dios como él,
es su imagen y traslado:
  por eso dioses se llaman
los hombres.

VICIO:

¿Y este Simón
ha de ser Dios, en razón
de serlo los que a Dios aman?

VIRTUD:

Si por dioses los aclaman
las divinas letras, hombre
que ama a Dios, no hay por qué asombre
que llegue a tal beneficio,
o el sacerdotal oficio
le dará de Cristo el nombre.


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VICIO:

  Todo a envidia me provoca,
y todo a intentar me obliga
que te deje y que me siga.

VIRTUD:

¡Qué arrogancia necia y loca!
Si Dios el alma le toca,
como el principio contemplo,
y quiere hacer, para ejemplo
que a este siglo importe tanto,
un catedrático santo
del púlpito de su templo

VICIO:

  ¿Un muchacho tartamudo
elige Dios? ¡Qué perfeta
lengua!

VIRTUD:

Si Dios a un profeta
que le dijo que era mudo,
darle aquella lengua pudo
que hoy tan desatada y diestra
la sacra página muestra,
¿no podrá hacer que Simón
hable con tal perfección
que se confunda la vuestra?
  ¿Hay para Dios imposible?

VICIO:

Esta es su madre, y su hermano.


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(CONSTANZA y GREGORIO, muchacho.)
GREGORIO:

Llevándole de la mano,
aun no puedo, ni es posible,
  porque luego se me va,
y apenas miro por él,
cuando no hay memoria dél
ni en toda la calle está:
  no esperes que sepa nada.

VICIO:

Gregorio acusando viene
a Simón.

VIRTUD:

Simón no tiene
culpa.

CONSTANZA:

A ti todo te enfada;
  que has dado, Gregorio, en ser
deste muchacho fiscal.

GREGORIO:

¿Dígolo yo por su mal?
¿Quieres dejarle perder?

CONSTANZA:

  ¿Es perderse, por ventura,
irse a la iglesia?


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GREGORIO:

Señora,
la iglesia, en que Dios se adora,
disculpa es santa y segura;
  pero domingos y fiestas
no bastan; siempre ha de estar
en la iglesia, y siempre dar
por aparentes respuestas
  de no escribir ni leer,
que oyendo misa pasó
toda la mañana.

CONSTANZA:

Yo
no le puedo reprender
  porque tenga devoción.

GREGORIO:

Pues ¿no le basta, señora,
una misa, y no es un hora
justa y bastante oración?

CONSTANZA:

  Pues ¿qué es lo que hace?

GREGORIO:

Oir
cuantas salen, de rodillas.


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VIRTUD:

¿Parécente maravillas
que te pueden confundir,
  las que cuentan de Simón?
¿Estos principios ¡oh Vicio!
impides?

VICIO:

Este es mi oficio;
venceré su inclinación.

VIRTUD:

  No harás, porque quiere Dios
que desde niño sea suyo.

VICIO:

Ahora, Virtud, yo no arguyo
contigo; quien de los dos
  pudiere más, ése sea
el que merezca el laurel.

VIRTUD:

Yo te aseguro que en él
sola mi virtud se vea.
(Vanse los dos.)


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CONSTANZA:

  Si me contaras, Gregorio,
que tu hermano era travieso
en algún notable exceso
que fuera a todos notorio;
  si jurar, como se usa
en muchachos desta edad,
que en los bríos, la piedad
de los padres halla excusa,
  y que Dios no ha de admitir,
sino permitir que vean,
o que en deshonras se emplean,
o en tiernos años morir;
  si me dijeras también
que el juego le divertía,
que ya es ciencia y gallardía
que un niño lo sepa bien,
  para que siendo mayor,
con infamia conocida,
pierda la hacienda, la vida,
y a vueltas della el honor,
  confieso que me pesara,
y que yo le reprendiera,
y no sólo le riñera,
mas también le castigara;
  pero porque desde agora
se incline a servir a Dios...


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GREGORIO:

Bien se ve a cuál de los dos
te inclina el amor, señora;
  que a mí de su devoción
no me pesa; mas ¿no es bien
que asista Simón también
a la escuela y la lección?
  Un muchacho tartamudo,
¿cómo podrá desatar
la lengua sin estudiar?
¿Hase de quedar tan rudo,
  que aun no sepa el abecé,
ni tome ejemplo de mí?

CONSTANZA:

Pienso que la causa fui
que siempre en la iglesia esté;
  ofrecísele a la Reina
del cielo, y pienso que ya,
como prenda suya, está
en el trono donde reina.
  ¡Cómo se ven los despojos
y presentes ofrecidos!
y aunque admire tus oídos,
pocos dolores y enojos
  me costó su parto; y tanto,
que por estas muestras creo,
Virgen, que halló mi deseo
puerta en vuestro puerto santo:
  quiérele, Gregorio, bien;
y si él no fuere al escuela,
Dios en la oración revela
ciencias divinas también.


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(SIMÓN con un libro, vestido de color, ha de hablar tartamudeando.)
GREGORIO:

  ¡Cómo tu amor solicita
su remedio!

CONSTANZA:

Ya lo he visto.

SIMÓN:

¡Loado sea Jesucristo
y la su Madre bendita!
  [-ego]

CONSTANZA:

La mano y la bendición.

GREGORIO:

Si viniera de lección,
no trujera más sosiego;
  de que en ese libro lea,
verás lo que aprende allá.

CONSTANZA:

Con tal maestro, él sabrá
de Dios cuanto Dios desea;
  leed la lección, Simón.

SIMÓN:

Ando en la... latín agora.

CONSTANZA:

Decid.


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SIMÓN:

Oiga, se... señora,
verá qué linda lección.
(Lea.)
  Ave... ve Ma... Ma... María.

GREGORIO:

¿A quién hay que esto no asombre?

SIMÓN:

Es que lo, dulce del nombre
la lengua me detenía.
  Ave María, gra... gra...
tia ple... plena Do... Domi...
nus te... tecum, benedi.

CONSTANZA:

No leas más; bien está,
  porque el natural defeto
no es culpa en ti.

GREGORIO:

Con tu amor
le sufres.

CONSTANZA:

¡Bravo rigor!
¡Que me enojas te prometo!
(Vanse los dos.)


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SIMÓN:

  Siempre a mi hermano parecen
to... todas mis cosas mal.
Tiene razón: yo soy tal,
que mu... mucho más merecen.
  Mas pues solo me han dejado,
yo me quiero entretener.
¿Qué haré? Mas ¿qué puedo hacer,
co... como ver el traslado
  de quien sólo para mí
tie... tiene luz y hermosura,
que en un cuadro de pintura
tienen mis padres aquí?
 (Corra una cortina a una tabla de la Anunciación.)
  ¡Vi... Virgen, limpia azucena,
a quien ta... tal hizo Dios,
que el ángel que está con vos
os llama de gracia llena!
Sa... sabed que me da pena
fa... faltarme lengua agora
para alabaros, Señora;
pero en esta me... me... mengua,
lo que no puede la lengua,
dirá el alma que os adora.
  Si la tuviera cla... clara,
¡qué de cosas os dijera,
que lo que yo no supiera,
ese ángel me lo enseñara!
¡Ay, quién os re... requebrara!
¡Ay, quién fuera tan dichoso
que os mostrara su amoroso
pe... pecho, Virgen, aquí,
cuando estáis diciendo sí
a vuestro querido Esposo!


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(Cúbrase la cortina de la tabla, y detrás de ella salga un ÁNGEL en el aire con un rótulo que diga: «Ave María», puesto en una flecha con unos rayos de oro como fuego.)
ÁNGEL:

  Porque a nuestras jerarquías
admire un alma deshecha
de amor por eternos días,
abre con aquesta flecha
la boca, nuevo Esaías.
  Oyó la Estrella del Mar,
Simón, tu devoto ruego,
que porque puedas hablar,
tomé este divino fuego
de más soberano altar.
  ¡Habla, no te ponga en calma defeto
de cuya mengua;
hoy lleva tu amor la palma,
para que diga la lengua
los sentimientos del alma!
  ¡Habla, que aunque a Dios le toca
el juzgar el pensamiento,
siendo amor quien te provoca,
quiere que tu sentimiento
salga también a la boca!
  ¡Lengua en quien tanto tesoro
de requiebros se ha de ver,
dore y queme fuego y oro,
hasta que vayas a ser
uno del celeste coro!
  Que con ellos algún día
ceñirá laurel tu frente,
para que en su compañía
alabes eternamente
a nuestra Reina María.


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(Todo este tiempo esté SIMÓN elevado, y el ÁNGEL le tenga el dardo o flecha puesto en la boca, y en partiéndose, diga:)
SIMÓN:

  ¡Agora, hermosa Virgen, que desata
mi lengua vuestra mano, aunque no veo
quién hizo este milagro en mi deseo,
en vuestras alabanzas se dilata!
Un dardo de oro, un rótulo de plata
con vuestro nombre, en quien el alma empleo,
me abrió la boca; pues a tal trofeo,
palabra os doy que no responda ingrata.
¡Será, Señora mía, celebrado
de vuestra Anunciación el dulce día,
de suerte, pues la lengua me acrisola,
que cuantos hasta agora os han llamado,
ángeles y hombres, celestial María,
no igualen juntos a mi lengua sola!
(CRISPÍN, criado, entre.)

CRISPÍN:

  Basta, Simón, que ya has dado
en ser contra mí de modo,
que me has de acusar en todo.

SIMÓN:

¡Yo, Crispín! ¿Quién te ha engañado?

CRISPÍN:

  ¿Por qué dijiste ¡ah, señor!
que hablé a solas con Marina?


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SIMÓN:

Siempre el temor adivina,
que es astrólogo el temor.
  ¡Como te sientes culpado,
échasme la culpa a mí!

CRISPÍN:

De la cocina salí
para siempre desterrado.
  Y está contra mí tan fiera,
que cuando a la puerta llego,
en vez de espada de fuego,
con un asador me espera;
  si bien es ángel tiznado,
yo perdí mi paraíso.

SIMÓN:

Que no he sido yo, te aviso,
en tu destierro culpado;
  demás de que no es razón
 (no digo que las retozas)
que los mozos con las mozas
estén en conversación;
  ¡otros entretenimientos
no puedes en casa hallar?
Siempre, Crispín, has de estar
entre bajos instrumentos:
  al jabonar, al torcer,
al guisar, a todo, en fin,
¿siempre te has de hallar, Crispín?


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CRISPÍN:

¿De cuándo acá sueles ser
  tan suelto de lengua? ¿Quién
te la desató, Simón,
que hablas con tal perfección?

SIMÓN:

¿Hablo ya bien?

CRISPÍN:

Y muy bien.

SIMÓN:

  Estando mirando al cielo,
no porque lo viese yo,
un fénix me pareció
que abrió su dorado velo;
  bajó entre arreboles rojos,
moviendo las alas bellas,
que esmaltaban más estrellas
que al pavón sus verdes ojos;
  quedó el aire matizado
de más luces y colores
que suele de varias flores
por abril ameno prado.
  En el pico de rubí,
me pareció que traía
una flecha, que me abría
la boca, diciendo ansí:
  «Ave María, Simón»;
y que luego respondía
en ecos: «Ave María»,
por el aire un escuadrón
  de pintados jilguerillos,
calandrias y ruiseñores,
que me enseñaron amores:
adiós, que voy a decillos.
(Vase.)


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CRISPÍN:

  Excelente inclinación
tiene este rapaz. ¡Qué cosas
tan raras y prodigiosas
nos dice en toda ocasión!
  ¡Qué devotos pensamientos!
No habla palabra en vano.
(MARINA, criada, entre)

MARINA:

Bien pueden comer temprano.
¡Bendiga Dios los alientos!
  ¿Aquí estás?

CRISPÍN:

Pues bien, ¿qué quieres?
¿Llega tu jurisdicción
hasta aquí? ¡Terribles son
las leyes de las mujeres!

MARINA:

  ¿No te he dicho que has de estar
seis pasos de la cocina?

CRISPÍN:

¿Seis pasos?

MARINA:

Seis, pues.


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CRISPÍN:

Marina,
los pasos quiero contar.

MARINA:

  Desvíate allá, no seas
tan prolijo.

CRISPÍN:

¿En qué te ofendo?
Que si no es amor, no entiendo
que en otras culpas me veas;
  amor me trae, Marina,
entre carbón y jabón.

MARINA:

Ya sé yo, Crispín, que son
amores de la cocina;
  que si lo fueran por mí,
no hablaras con quien tú sabes.

CRISPÍN:

¡Por esas niñas, más graves
que los ojos del Sofí,
  que no hablaba con Inés
menos que en ti! ¡Sí, celosa,
te has mostrado desdeñosa!
Háblame, y pidan tus pies
  un zapato que compita
con los que se pone el sol,
porque los haré crisol
del oro que los derrita;
  darélos chinela abierta,
que con nacarada cinta
descubran a presa y pinta
plantas de tan linda huerta;
  ea, voylos a comprar.


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MARINA:

¿Hablará más a Inesilla?

CRISPÍN:

Si a fregatriz de la villa
llegare en mi vida a hablar,
  que vuelva a cumplir de nuevo
aquel destierro, Marina,
de tu más limpia cocina
que los palacios de Febo,
  que así sus cabellos peina
sobre tu limpio fregado,
que en tus manos se ha llamado
Talavera de la Reina.
  Ea, no haya cucharón
ni asador de aquí adelante.

MARINA:

Ya estoy blanda como un guante;
lleve este abrazo el perdón.
(Entre SIMÓN.)

SIMÓN:

  ¡Ave María! ¿Qué es esto?

CRISPÍN:

¡Cogiónos!

MARINA:

En la cocina
te espero.


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CRISPÍN:

Allá voy, Marina.

SIMÓN:

¿Qué es esto?

CRISPÍN:

Un amor honesto,
  dos que casarse procuran.

SIMÓN:

Pues antes...

CRISPÍN:

¿Esto te altera?
Son abrazos de la vera,
que antes de tiempo maduran.
(Váyase Crispín)


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SIMÓN:

  ¡Virgen, mi Señora y Reina,
quién tuviera entendimiento
para hacer dulces discursos
de tantos méritos vuestros,
el día que el Ave sacra,
Iris del celeste reino,
saludó vuestra pureza
y admiró vuestro silencio!
justo fue que fuese un ángel
de tan noble Sacramento
nuncio; la virginidad
tiene limpio parentesco
con la alta Naturaleza
Angélica; y fuera desto,
como vino a la mujer
primera Luzbel, soberbio,
en forma de sierpe, es justo
que a vos, Reina de los cielos,
viniese Gabriel, y fuesen
veneno y remedio opuestos:
dividida ¡oh, gran Señora!
la salutación contemplo
en tres partes: la primera,
el ángel viene diciendo:


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SIMÓN:

«Ave llena de la gracia
que te dio merecimiento
para que esté Dios contigo
y los dos polos diversos
te llamen siempre bendita
entre cuantos son y fueron
y serán eternamente.»
La segunda parte veo
en Isabel, vuestra prima,
bendiciendo el fruto vuestro;
¡y qué fruto, y qué Jesús,
y qué hermoso. le contemplo,
por el cristal soberano
del intacto y virgen velo,
en los ojos del Bautista,
lince ilustre, contrapuesto
al Evangelista santo
que vio su divino pecho!
¡Qué extraños linces de amor,
un Juan, por nacer despierto,
como le llamaba el sol,
y otro en la cena durmiendo!


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SIMÓN:

La tercera parte tiene
la Iglesia santa, añadiendo
al Ave el nombre, o María,
por reverencia y respeto;
Ángel, Isabel, Iglesia,
altamente compusieron
tan dulce salutación;
que a todos tres, en efeto,
rigió el Espíritu Santo:
¡Qué soberanos misterios!
un ángel viene, ¡y qué ángel!
Gabriel, porque mensajero
de tal nueva, no era justo,
Señora, que fuese menos;
y ¿a qué Virgen? A María;
¿cómo aquí no me enternezco
con este nombre, y el alma
va por los ojos saliendo?
Recrea, nombre divino,
estos labios, dame aliento,
pues desataste mi lengua
con tu soberano fuego;
no hable palabra yo
desde mis años primeros
sin tu nombre, pues con él
a tu dulce Jesús tengo;
que si vos, Virgen hermosa,
le tenéis en vuestro pecho,
y yo os tengo a vos, ¿quién duda
que en este anillo poseo
oro y piedra, perla y nácar,
Madre e Hijo, sol y cielo,
cielo animado por quien
tal esperanza poseo?


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SIMÓN:

Ave, pues, que en decir Ave,
vuestra inocencia confieso,
y en que Dios está con vos,
vuestro divino concepto,
pues cuando os llamo bendita
en tan nuevo privilegio,
el de vuestra concepción,
con piedad adoro y creo;
y si cuanto pudo daros
os dio, no es, Virgen, exceso
persuadir esta excepción
al humano entendimiento.
Virgen, yo soy ignorante;
¿adónde hallaré maestro
que me enseñe y que me guíe?
(GABRIEL entre.)

GABRIEL:

¡Simón!

SIMÓN:

¿Quién es?

GABRIEL:

Yo, que vengo
a ser compañero tuyo.

SIMÓN:

¿Tan ilustre compañero
ha de tener mi ignorancia?


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GABRIEL:

¿Conécesme bien?

SIMÓN:

Yo pienso
que ilustráis con esa luz
mi corto conocimiento.

GABRIEL:

Tus padres quieren que estudies;
que les parece que es tiempo
de pensar en que sus hijos
elijan estado.

SIMÓN:

Creo
que no me pudieran dar
amigo como vos, ellos,
porque de manera os miro,
que pienso que al cielo os debo.

GABRIEL:

La devoción de María,
tan grande en tu pecho tierno,
me ha movido a darte luz,
y quiero estar asistiendo
tu entendimiento y lengua;
que puesto que forme cuerpo
en tu idea de la luz
con que ilumino y despierto
tus potencias, no has de verme,
aunque hablemos y tratemos
muchas cosas de María;
pero puedes estar cierto
que como con Gabriel hablas,
su divino mensajero.


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SIMÓN:

Hablemos los dos en ella;
que a mí me basta que hablemos
para saber que eres luz,
y siendo luz, cierto quedo
que me has de alumbrar.

GABRIEL:

Sí haré.

SIMÓN:

Cuando vocalmente rezo,
o hablo con Dios mentalmente,
le imagino como puedo
por las pinturas que he visto,
aunque Dios no tiene cuerpo;
y así, con imaginarte,
serás tú mi compañero,
y hablaremos en María,
porque todo mi deseo
se dirige a su alabanza.

GABRIEL:

Pues escucha.

SIMÓN:

Estoy atento.


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GABRIEL:

  María, la primera,
de la virginidad, con altos nombres,
levantó la bandera.
Jesús fue las primicias de los hombres,
Ella de las mujeres,
pureza celestial que seguir quieres.
  Con saber que sería
Madre de su Criador, siendo criatura,
no quiso dar María
el sí a Gabriel, hasta quedar segura
su limpieza guardada,
con palabra de Dios asegurada.
  ¿Qué mayor excelencia
que con decirle el ángel que sería,
por alta preeminencia,
Madre de Dios, la celestial María
estimase tan presto,
más que tal dignidad, su pecho honesto?
  Pero el Señor divino,
que la escogió por Madre y por Esposa,
que lo fuese previno
intacta siempre, como siempre hermosa;
que mancha no podía
llegar al cuerpo de quien Dios nacía;
  hizo Dios los primeros
padres para habitar el Paraíso,
retratos verdaderos
de su misma hermosura, y ansí quiso
que al alma entonces pura
respondiese la humana arquitectura;
  pues ¿cómo, dime, haría
la casa al alma de la Virgen bella,
de la hermosa María,
si él mismo había de habitar en ella;
con cuál correspondencia
la fábrica exterior a su inocencia?


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GABRIEL:

  Piensa de qué manera
aquella carne cándida sería
pura, hermosa y entera,
de quien la humanidad de Cristo había
de tomar el vestido,
a su divinidad sagrada unido.
  A sus hermosos ojos
se humilla el sol, se postran las estrellas
como humildes despojos;
ni hay luz en él, ni resplandor en ellas;
a su boca divina,
el purpúreo clavel su esmalte inclina;
  ocho azucenas tienes
cada vez en la tuya venturosa,
que saludar previenes
la Reina de los Ángeles hermosa.
Tres de las letras de Ave,
cinco en María, mar de amor suave.
  Pues si de ocho azucenas
se enriquecen los labios de tu boca,
de granos de oro, llenas,
justo amor de la Virgen te provoca;
que siendo tú mi amigo,
el saludarla partiré contigo.


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(Quedándose SIMÓN suspenso, mirando al ÁNGEL, entren GREGORIO y CONSTANZA, sus padres.)
GREGORIO:

  Ya que Dios le desató
la lengua, que estudie quiero,
pues de su virtud espero
lo que a los dos prometió
  maravilla tan extraña.

CONSTANZA:

No os engaña la opinión
de la humildad que a Simón
su entendimiento acompaña:
  Aquí está. ¿Qué haces aquí?
Habla, muchacho. ¿Qué tienes?
¿No hablas?

SIMÓN:

A tiempo vienes,
Madre, que pensaba en ti;
  digo, Madre celestial,
que estaba pensando en vos,
nácar de la perla Dios,
de su sol limpio cristal.

CONSTANZA:

  ¿No ves a tu padre aquí?

SIMÓN:

¡Oh, señor!


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GREGORIO:

De hoy más, Simón,
que estudies será razón,
que conozco ingenio en ti.
  ¡Crispín!
(Entre CRISPÍN.)

CRISPÍN:

¡Señor!

GREGORIO:

Yo querría
mostrarte que te he criado.

CRISPÍN:

El ser que tengo me has dado.

GREGORIO:

Quiero que desde este día
  vayan Gregorio, y Simón
al estudio, y tú con ellos.

CRISPÍN:

¿Yo al estudio?

GREGORIO:

Sin perdellos
de vista en toda ocasión;
  que yo los fío de ti;
y de camino podrás
estudiar, que ganarás
más que sirviéndome a mí,
  y no hacello será error.


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La niñez del padre Rojas Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CRISPÍN:

¡Yo estudiar! Pues ¿a qué fin,
con ingenio de rocín
y barbas de tejedor?

GREGORIO:

  Para aprender nunca es tarde;
también que les busques quiero
un ayo, que es lo primero,
que con cuidado los guarde
  de los vicios que el ejemplo
de otros causa en tal edad.

CRISPÍN:

Ese con su autoridad,
que ya tan grave contemplo,
  podrá llevar y traer
estos nuevos estudiantes;
que yo, aunque tú me levantes
a otro ser, ¿qué puedo ser?
  ¿Seré médico? No tengo
conciencia para curar,
porque esto se ha de estudiar;
¡y yo tan forzado vengo!
  ¿Y si por descuido mío
se muere el enfermo acaso,
y por no estudiar el caso
le receto un desvarío?


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CRISPÍN:

  Si le sangro sin por qué,
o purgo sin saber cuándo,
y a su mujer, ya expirando,
digo que a comer le dé,
  ¿es buen oficio, señor?
¿Ganaré bien el dinero?
Pues si ser letrado quiero,
¿será el peligro menor?
  Aquel ver que me transforma
amor a cualquier delito;
aquel no juzgar lo escrito,
sino lo que el otro informa;
  que hay hombre que a su contrario
infama con los jüeces,
de suerte que muchas veces,
o se hace pleito ordinario,
  o se pierde la justicia
por no advertir al proceso,
sino al odio, cuyo exceso
causó la ajena malicia;
  pues luego ver que cualquiera
que defienda una mujer,
o su mancebo ha de ser,
o ser su galán espera,
  ¿no es cosa para sufrir?


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CRISPÍN:

¿Ni el ver que a puros engaños
dure el pleito tantos años
que llegue el dueño a morir?
  Pues si astrólogo he de ser,
¿qué provecho me ha de dar
el querer pronosticar
lo que no puedo saber?
  Porque si de aquí a Granada
yerro con mucho desvelo
el camino, ¿de aquí al cielo
será más fácil jornada?
  Pues ¿qué he de ser, por ventura,
un triste gramaticón?
(El VICIO entre de estudiante.)

VICIO:

Estos presumo que son:
la suerte viene segura:
  a mi noticia ha venido
que un ayo mandáis buscar,
para honrar y acompañar
vuestros hijos; yo he tenido
  seis años cargo y cuidado
de los del señor don Juan,
donde pienso que os dirán
qué letras los he enseñado,
  qué virtudes y costumbres.


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GREGORIO:

Gregorio y Simón han de ir
al estudio, y proseguir,
por sus difíciles cumbres,
  la Facultad a que viere
que tienen inclinación.

GABRIEL:

Di que no quieres, Simón,
porque éste es el Vicio, y quiere
  inclinar a ociosidad
el principio de tu vida.

SIMÓN:

Yo tengo en ti defendida
mi vida y mi voluntad;
  no he menester otro ayo.

GABRIEL:

Yo sé muy bien que éste fuera
de tu tierna edad primera,
furia, perdición y rayo.

SIMÓN:

  Señor, no gastes agora
tu dinero en vanidades;
que tales autoridades
la docta humildad ignora;
  basta que vaya Crispín
a acompañar a los dos.


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VICIO:

Simón, si yo os quiero a vos
enseñar griego y latín
  sin interés ni salario,
¿por qué de mi compañía
no os preciaréis?

SIMÓN:

A la mía
no es agora necesario
  lo que vos pensáis de mí;
que tengo mejor maestro,
en tantas virtudes diestro
como ciencias.

VICIO:

Créolo ansí;
  pero yo puedo enseñaros
urbanidad, cortesía
y buen gusto.

SIMÓN:

Yo querría,
hidalgo, desengañaros
  de que ya os he conocido.

GREGORIO:

¡Crispín!

CRISPÍN:

¡Señor!


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GREGORIO:

A sacar
vestidos que os quiero dar;
venid conmigo.

CRISPÍN:

¿El vestido
  me quieres mudar agora?

GREGORIO:

Pues, ¿no has de ir como estudiante?

CONSTANZA:

No es el hábito importante,
Crispín.

CRISPÍN:

Es verdad, señora;
  pero es también religión
esto de ser escolar,
y si se llega a dejar,
piérdese mucha opinión;
  pero vamos, que por dicha,
daré honor a mi linaje,
si no es que el paso me ataje
mi rudeza o mi desdicha.

SIMÓN:

  ¿No estudiarás Teología
después conmigo?


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CRISPÍN:

Sí haré;
pero dime, ¿para qué
en tanta rudeza mía?

SIMÓN:

  Para oponerte a un curato.

CRISPÍN:

¿Yo cura?

SIMÓN:

Pues ¿por qué no?

CRISPÍN:

Ni aun sacristán pienso yo,
con ser oficio barato;
  aunque por mejor tendría
el hisopo, la caldera
y los kiries, si cayera
Todos Santos cada día.
(Vanse; queden el VICIO y GABRIEL.)

GABRIEL:

  ¡Vicio!

VICIO:

¿Quién es?

GABRIEL:

¿No me ves?

VICIO:

Veo, mas no quiero verte.


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GABRIEL:

¿No te dijo la Virtud
que a esta casa no vinieses?

VICIO:

Dijo; pero ¿cuándo yo,
a la Virtud obediente,
respeté lo que me manda?

GABRIEL:

¿Sabes lo que Dios previene
hacer desta tierna planta?

VICIO:

Como desas plantas suelen
helársele a Dios.

GABRIEL:

A Dios
no hay planta que se le hiele
si Él la tiene destinada
a lo que della pretende.

VICIO:

Como desos cedros altos,
el monte Líbano tiene,
que ha derribado a la tierra
con la segur del deleite.


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GABRIEL:

Este vive aquí seguro;
que sus padres fueron siempre
virtuosos.

VICIO:

¿Qué virtudes
de mí defenderle pueden?
¿No era el cielo más seguro?
¿No son eternos los ejes,
en que sus polos dorados,
eternamente se mueven,
y cayó Luzbel de allí,
sin que la luz le valiese
con que Dios había ilustrado
su aurora en su claro Oriente?
Este muchacho, hasta agora
no puedes decir que pierde
lo que tiene granjeado,
porque yo su vida inquiete;
el comienza la virtud,
puede en su senda ponerle;
déjenme poner la mía,
y siga la que quisiere;


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VICIO:

Dios le dió libre albedrío,
¿por qué lo que Dios pretende
no ha de ser? Pero entretanto
déjame saber si vencen
tiernos años, mis halagos;
que si vuestro Pablo advierte
que no se ha de coronar
el que legítimamente
no peleare, razón
será que Simón pelee;
¿No dijo el otro poeta
que era casta solamente
la que ninguno rogaba?
Pues deja que yo le ruegue;
cueste la cándida palma
de virtud tan excelente,
trabajo; que el ser los hombres
ángeles, no se concede
sin entrar en la batalla;
solos dos el cielo tiene
preservados con razón,
y éstos fue fuerza que fuesen
uno Dios, y otro su Madre,
que respeto virgen siempre;
que si al nombre de su Hijo
es justo que le respeten
cielos, hombres y demonios,
justa humillación le deben
a María, aunque latría
a Dios y a su cruz reserven;
entre Simón en batalla;
déjame a mí, ¿qué me quieres?


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GABRIEL:

¡Oh, bestia! ¿Cómo has de hallar
David, niño tan valiente,
que con la piedra esmeralda
de su castidad, te quiebre
la frente de tu soberbia!

VICIO:

Si me quebrase la frente,
otros habrá, cuyos vicios
de sus virtudes me venguen.


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Acto II
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SIMÓN, de estudiante, y CRISPÍN, de gorrón
CRISPÍN:

  ¿Para qué es bueno reñirme,
Simón, si no puedo más?

SIMÓN:

Tan rudo, Crispín, estás,
que no puedo persuadirme
  que por tu culpa no sea.

CRISPÍN:

¿Mi culpa? ¿Qué puedo hacer?

SIMÓN:

Es imposible saber,
el que saber no desea.

CRISPÍN:

  De tu padre y mi señor,
fue mi voluntad forzada.

SIMÓN:

La ciencia es mal empleada
en quien no la tiene amor.

CRISPÍN:

  Tú y Gregorio sois extremos
de habilidad; yo un rocín.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SIMÓN:

Los dos, estudiando, al fin
la Gramática sabemos,
  y por la Filosofía
vamos ya entrando, y tú estás
en menores, que no das
muestras de saber un día
  más que el primero que entraste
en escuelas, y esto ha sido
tu negligencia y olvido.

CRISPÍN:

No hay cosa que más me gaste
  el respeto y la paciencia,
que verme culpar sin culpa.

SIMÓN:

Bien dices, que es gran disculpa
tu ignorancia e inocencia;
  para engañar y mentir,
para enredos, no te falta
habilidad.


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CRISPÍN:

Esa falta
es la gala del servir;
  pero no tienes razón,
pues no me puedes poner
más faltas que no tener
al estudio inclinación.
  Ese globo universal
en que se mueven los cielos,
infunde a nuestros desvelos
la inclinación natural;
  y fue divino artificio;
que, de otra suerte, no hubiera
ni quien la guerra siguiera,
ni ejercitara un oficio.
  Verás un hombre que trata
de cavar, o ser pastor,
que pudiera ser mejor
platero de oro o de plata,
  y no fue más de que allí
le llamó la inclinación.
No todos los hombres son
estudiantes.

SIMÓN:

Es ansí;
  pero ya que esto no sea,
¿qué virtudes ejercitas?
¿Qué enfermos, Crispín, visitas?


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CRISPÍN:

¿No basta, Simón, que lea
  en libros de devoción?

SIMÓN:

¿Tú?

CRISPÍN:

Yo, y aún tengo en el pecho
alguno.

SIMÓN:

Placer me has hecho,
porque tales libros son
  maestros de la virtud.
Será fray Luis de Granada,
en cuya lección sagrada
tendrás doctrina y quietud.
  ¿Cuál dellos es, por mi vida?

CRISPÍN:

Contentus mundi.

SIMÓN:

¡Excelente!
Muestra; a ver.

CRISPÍN:

Tente, detente.

SIMÓN:

Pues ¿qué puede haber que impida
  el verle?


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CRISPÍN:

Ya me has rasgado,
la sotana; suelta, pues.
Sáquele una baraja de naipes.

SIMÓN:

¿Este es libro?

CRISPÍN:

Libro es,
mas está descuadernado.

SIMÓN:

  Contentus mundi, Crispín,
es éste, bien se le ve.

CRISPÍN:

En eso no te engañé,
hablando en mi mal latín.

SIMÓN:

  Contemptus, ¿no significa
el desprecio?

CRISPÍN:

Así es verdad;
pero acá mi habilidad,
a lo que suena le aplica,
  y si apuestas letras son
las que el mundo estima y ama
contentus mundi se llama
este libro con razón.


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SIMÓN:

  ¡Buen latín has estudiado!

CRISPÍN:

¿Ves este libro, ¡por Dios!,
que es ciencia que a más de dos...?

SIMÓN:

Calla, que me has enojado.

CRISPÍN:

  Aristóteles, Platón
y otros, de todo escribieron;
mas dime, ¿cómo no dieron
en esta rara invención?
  ¿Cómo de todas las ciencias
hay libros, y desta no?
Porque en ella pienso yo
que hay notables diferencias;
  de la república humana
es imitación famosa
una baraja.

SIMÓN:

¡Qué cosa
tan necia, torpe y villana!


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CRISPÍN:

  Espadas, son la milicia;
oros, trato y fundamento;
copas, el común sustento,
y los bastos, la justicia.
  Hay reyes, que es monarquía
de gobiernos verdaderos;
caballos y caballeros,
entre tanta infantería,
  tienen el lugar segundo,
como de su nombre infieres,
y porque sin las mujeres
no se conservara el mundo,
  porque el parir y el criar,
que es su aumento, les tocó,
a las sotas se les dió
su nombre en tercer lugar.

SIMÓN:

  ¡Qué moralidad tan rara!
¡Con qué gusto la refieres!
(GABRIEL entra)

GABRIEL:

Escucha, Simón.

SIMÓN:

¿Qué quieres?


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


GABRIEL:

Un punto solo no para
  este estudiante vicioso
en quereros divertir.

SIMÓN:

A mi hermano da en seguir;
pero él es tan virtuoso,
  que no le podrá inclinar
a lo que el necio pretende.

GABRIEL:

Mucho su amistad me ofende.

SIMÓN:

Poco le puede durar;
  yo, como hermano menor,
no he tomado atrevimiento
de decirle lo que siento,
que le escuche y tenga amor.

GABRIEL:

  Ya que te sirvo de guía,
aunque ninguno me ve,
llevo sin gusto que esté
tanto en vuestra compañía.

SIMÓN:

  Tus consejos interiores,
del cielo divinas lumbres,
son alma de mis costumbres,
ya por tu causa mejores:
  déjale, amigo, cansar,
que tú nos verás vencer.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(GREGORIO y el VICIO, de estudiantes.)
GREGORIO:

No sé yo que el componer
pueda ser más que imitar.

VICIO:

  Tuvo esa misma opinión
el filósofo.

SIMÓN:

En poesía
vienen hablando.

VICIO:

Y la mía
funda en la misma razón
  todo el arte, a quien primero
naturaleza ha de dar
fundamento.

GREGORIO:

Oigo alabar
del vulgo, jüez grosero,
  poetas sin arte alguno.

VICIO:

Dignos de alabanza son,
si de su jurisdicción
no sale a ciencias ninguno;
  porque si quieren hablar
en ellas por arrogancia,
conócese su ignorancia.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


GREGORIO:

Muchos quieren enseñar
  lo que jamás aprendieron.

VICIO:

Engaño del propio amor;
hoy las gracias de Leonor,
Gregorio, ocasión me dieron
  para escribir un romance,
y para darle a entender
que, en condición de mujer,
no hay fe que firmeza alcance.

GREGORIO:

  Si le sabes de memoria,
dímelo, ¡por Dios!

VICIO:

Sí haré,
que en ella le fabriqué,
pintando su pena y gloria.

GABRIEL:

  ¡Cómo le impide y divierte
porque ni estudie ni arguya!

VICIO:

Escucha, ¡por vida tuya!

GREGORIO:

¿Cómo dice?


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


VICIO:

Desta suerte:
  «Alegres tristezas mías,
si os preguntaren la causa,
responded que sois tristezas,
y veros alegres basta;
porque estar alegre un triste
son dos cosas tan contrarias,
que es yerro en naturaleza,
si no es locura en el alma,
una condición adoro,
tan divinamente humana,
que me da vida con gustos,
y con disgustos me mata.
Tal vez entre sus amores
resucita mi esperanza;
tal vez entre sus desdenes
aún la posesión me falta.
Agradecida y contenta,
amanece con el alba;
tibia y triste al mediodía,
y antes que anochezca ingrata.
Ni sé si vivo o si muero;
que es tan rigurosa y blanda,
que enamorado me olvida,
y enojado me regala.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


VICIO:

Cuando vive más segura
de que la adoran mis ansias,
por no agradecer mi amor,
que la olvido me levanta.
Cuando me quedo suspenso
imaginando en sus gracias,
el pensamiento me riñe
como si se viese el alma.
Y plega a Dios, que si pienso
más que en servirla y amarla,
que le dé mi posesión
a quien tuviere esperanza;
pues esperanzas son éstas,
Silvia hermosa, que bastaran,
adonde faltaran obras,
para acreditar palabras.
No sé en qué fundas las dudas
que los tiempos desengañan,
pues la experiencia y los años
son las mejores fianzas.
Hablaba con mis tristezas,
ya mi amor contigo habla,
por hablar con mi alegría,
que sin tus ojos me falta.
Alegre o triste estaré
si me dejas o me llamas,
porque celos son tristezas,
y amores son confianzas.»


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SIMÓN:

  Atento he estado a escuchar
vuestra poesía, y me admira
que sigáis una mentira
tan digna de condenar;
que ese modo de juntar
pasiones con tal rigor,
no es amor, porque el valor
del amor, cuando más tierno,
ha de tener fin eterno,
porque éste es perfecto amor.
  Amor de cosas livianas,
temporales y tan viles,
que, como flores sutiles,
duran las breves mañanas;
amor de cosas humanas
no es amor; la perfección
de amor se funda en razón
de eternidad, donde alcanza
la fe, por justa esperanza,
soberana posesión.

GREGORIO:

  Esto es sólo ejercitar
el arte del componer,
que no porque esta mujer
se intente solicitar.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SIMÓN:

Sí, pero hay donde emplear
la pluma en otra hermosura
que yo conozco, más pura
que el sol; y si la poesía
es dulce, en nadie podría
hallar más gracia y dulzura;
  su retrato tengo aquí.

GREGORIO:

Muestra; a ver.

SIMÓN:

Esta Señora
 (Saque una imagen pequeña del pecho.)
es la Emperatriz que adora
el cielo; a tu amigo di
que esta boca, en cuyo sí
estuvo mi bien, alabe
en estilo dulce y grave;
llámela venda de grana,
y rosa que a la mañana
abre el pimpollo suave.
  Dile que a la honestidad
destos ojos, destos soles,
o en latinos o españoles
versos, muestre habilidad;
a esta divina humildad
escriba requiebros tales,
aunque no serán iguales
a sus divinos decoros,
que los canten en sus coros
los pájaros celestiales.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


VICIO:

  Simón, nunca supe yo
componer a lo divino;
 (Aparte)
descomponer imagino
que supe, componer no;
que alguno que ya se vió
divino, pudo mi mano
traerle a ser tan humano,
que de puro descompuesto
pasó del extremo honesto
al extremo de liviano.
  Yo descompuse a Luzbel,
tanto, que en injusta guerra,
en el centro de la tierra
di, desde el cielo, con él;
un Rey, a Dios tan fiel,
que se ajustaron los dos,
siendo el corazón de Dios
tan grande, así descompuse,
que lejos de vos le puse
a no haber piedad en vos;
  distes tal ciencia y riqueza
a Salomón, que os servía,
que parece que excedía
la mortal naturaleza;
y toda aquella firmeza
es duda en los hombres ya,
que de siglo en siglo va,
pues de estado tan honesto,
vino a estar tan descompuesto,
que no saben dónde está.


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VICIO:

  Yo compusiera, María,
mil alabanzas de vos;
mas con ser Madre de Dios,
descompusistes un día
de tal suerte mi poesía,
que cuando escribo abrasáis;
si por Reina os coronáis
de la Virtud, y soy Vicio,
no es alabaros mi oficio,
aunque vos lo merezcáis.
  Allá Bernardo os alabe,
y Damasceno os celebre;
vuestro Ildefonso os requiebre,
pues os debe lo que sabe;
y el paraninfo suave
del Ave de Nazarén,
con los muchos que en Belén
cantaron la gloria al pan,
o los hombres a quien dan
pan que les sabe tan bien;
  que yo, Vicio, si en mi esencia
no dejo de ser quien soy,
¿qué os debo, pues nunca voy
a procurar penitencia?
Descompuesta mi paciencia,
¿qué tengo de componer?
No basta de envidia arder,
pues de demonio, en razón,
para darme ya perdón
aún no tiene Dios poder.
(Vase.)


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CRISPÍN:

  No quiso alabarla, y fuése.

GREGORIO:

No compone a lo divino.

SIMÓN:

Pues yo alabarla imagino,
aunque mil veces le pese.

CRISPÍN:

  ¿Sabes versos?

SIMÓN:

Una glosa
a su limpia concepción.

CRISPÍN:

Si la glosares, Simón,
aunque muy dificultosa,
  pienso competir contigo.

SIMÓN:

Oíd la copla, que tiene
dificultad, y conviene
silencio.

GREGORIO:

Comienza.

SIMÓN:

Digo:
  «En el cristal en quien Cristo
bebió mil veces, veneno
no se ha de poner, pues lleno
de gracia siempre fue visto.»


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CRISPÍN:

  ¡Terrible dificultad!

SIMÓN:

La Virgen tiene poetas
para cosas más perfetas;
vaya de glosa, escuchad:
  «Hizo de puro cristal,
Dios, un vaso. en que bebiese
su Hijo, tan celestial,
que de su pureza huyese
el veneno original;
  en los demás que ha formado
desde Adán, siempre fue visto,
como era barro heredado,
mas nunca estalló el pecado
en el cristal en quien Cristo
  iba el pecado a beber;
y quebróle Dios la boca;
que es Dios, y lo pudo hacer,
que donde la suya toca,
fuera apocar su poder;
  que este vaso cristalino,
aunque de origen terreno,
que no tuviese previno,
donde su Hijo divino
bebió mil veces, veneno;
  fue a miralle y se detuvo
la Culpa, que en este intento,
tan lleno de gracia estuvo,
que nunca el veneno tuvo
de miralle atrevimiento.


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CRISPÍN:

  Lleno estuvo, y siempre ameno,
de aquel celestial rocío,
y pues nunca estuvo ajeno
de gracia, della vacío
no se ha de poner, pues lleno;
  a aquella divina esfera
jamás se atrevió ninguno;
que no era bien que tuviera
mancha de veneno alguno
vaso donde Dios bebiera.
  Porque como fue labrado
para que bebiese Cristo,
antes de verle el pecado,
no sólo lleno, colmado
de gracia siempre fue visto.»

CRISPÍN:

  ¡Cuerpo de tal! Pues agora,
¿quién glosará? Yo no sé.

GREGORIO:

El premio, hermano, te dé
la misma hermosa Señora.

SIMÓN:

  Mi padre viene; ya sabes
que tengo puesto un altar;
vamos los dos a cantar
a la Reina de las Aves
  alguna dulce canción.


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GREGORIO:

¿Tienes velas?

SIMÓN:

Velas tengo.
(Entre GREGORIO, el padre.)

GREGORIO:

A reñirte, Crispín, vengo.

CRISPÍN:

Vienes a buena ocasión.

GREGORIO:

  ¿Qué hacías?

CRISPÍN:

Estaba oyendo
sermón.

GREGORIO:

¿De quién?

CRISPÍN:

De Simón;
que de su conversación
virtud estoy aprendiendo.

GREGORIO:

  Como a toro me has echado
la capa, viendo que llego;
¿en qué entiendes? ¿Cómo vives
tan bárbaro?


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CRISPÍN:

Agora veo
que no riñes con razón.

GREGORIO:

Pues ¿por qué?

CRISPÍN:

Porque eres viejo,
y como estos hijos tienes
tan santos, que no hay en ellos
qué reñir, pegas conmigo.

GREGORIO:

Yo te riño porque puedo
y porque te veo perdido;
¡qué bien pagas el deseo
que tengo de que seas hombre!

CRISPÍN:

Eso a mi madre lo debo,
que pudo hacerme mujer.

GREGORIO:

¿Cómo, dime, en tanto tiempo
apenas sabes latín?

CRISPÍN:

¿Latín no? ¡Qué lindo cuento!
No le supo Cicerón
como yo; pregunta luego,
si sabes algo y te acuerdas.


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GREGORIO:

¡Buen ánimo!

CRISPÍN:

Yo no temo.

GREGORIO:

Pues ¿qué quiere decir Sanctus
quoque Spiritus?

CRISPÍN:

Pues eso
un niño se lo dirá.

GREGORIO:

Veamos.

CRISPÍN:

Estáme atento:
ninguno coque a los santos
que le entraron en el cuerpo
espíritus.

GREGORIO:

¡Buen romance!

CRISPÍN:

No soy docto.

GREGORIO:

Tienes seso.
Sabes qué quiere decir
parabolam hanc, deseo.


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CRISPÍN:

Apárame allá esta bola.
¡Mire si latín entiendo!

GREGORIO:

¡Famoso interpretador!
Y ¿qué dirá, según eso,
satis est brevis oratio?

CRISPÍN:

Que son sastres los que hicieron
las bragas a Horacio.

GREGORIO:

¡Bien!

CRISPÍN:

Estoy por extremo diestro.

GREGORIO:

Y ¿qué dirá Confitemini
quoniam bonus?

CRISPÍN:

Vas haciendo
pruebas de mi ingenio; escucha:
estos confites son buenos.
¡Mira qué bello romance!

GREGORIO:

Es tan bueno, que te quiero
enviar al campo desde hoy.


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CRISPÍN:

Y pienso yo que es lo cierto.
Señor, las primeras letras
son para los años tiernos,
no para mí, porque ya
tengo barbado el ingenio;
y pues en Móstoles tienes
tierras y hacienda, te ruego
que asista a labrarlas yo,
porque viñas y barbechos
más a su labor me inclinan
que femina, más que genus.
Vea yo cubrir las cepas
de hojas y racimos nuevos,
desde los pámpanos verdes
hasta los pardos sarmientos;
vea yo el lagar pisado,
teñido de mosto espeso,
y cómo en las altas cubas
rebosa y hierve sin fuego;
vea yo segar los haces,
y sobre el bálago seto,
ir rechinando los trillos,
de los guijarros abierto.


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CRISPÍN:

Mate, hablando con perdón,
el día que hiciere hielo,
un puerco de mi tamaño,
y como plata con premio,
truéquele todo en menudos,
morcillas, pies, entrecuestos,
cilluerbedas, longanizas,
testuz, asadura, sesos,
lengua que nunca pecó,
manteca, solomos tiernos,
pajarilla, chicharrones,
y hasta aquello que, por tuerto,
no es bueno para virotes,
que así lo dice el proverbio,
y no me mandes que vaya
donde pienso que primero
que pueda aprender latín,
sabré tudesco o guineo.

GREGORIO:

Digo que acepto el partido.

CRISPÍN:

Los pies mil veces te beso.

GREGORIO:

Que ¡por vida de Constanza,
que me hurtaste el pensamiento!


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CRISPÍN:

Sí, pero ¿no sabes tú
que haciendo el hombre primero
Dios, le vio solo y le dio
quien le acompañase luego,
porque no estuviese solo?

GREGORIO:

¿Qué quieres decir en eso?

CRISPÍN:

Que me quisiera...

GREGORIO:

Prosigue.

CRISPÍN:

Parecer a Adán.

GREGORIO:

No, entiendo.

CRISPÍN:

Debe de ser que no quieres;
que es aquello que aprendemos
en el abecé, y después
nunca más nos sirve.

GREGORIO:

Creo
que es la letra ka.


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CRISPÍN:

Pues ca...

GREGORIO:

Casarte.

CRISPÍN:

Casarme quiero,
si quieres tú.

GREGORIO:

Sí querré,
cuando se ofrezca sujeto.

CRISPÍN:

Ya pienso que está ofrecido.

GREGORIO:

¿En casa, o fuera?

CRISPÍN:

Acá dentro.

GREGORIO:

¿Quién?

CRISPÍN:

Marina.

GREGORIO:

Si ella quiere,
al dote, Crispín, me ofrezco,
y a Móstoles os iréis
acabado el casamiento,
donde viváis con mi hacienda.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CRISPÍN:

Vivas más años que un pleito
en que haya dos relatores.

GREGORIO:

Entra, y a Constanza hablemos,
que quiere bien a Marina.

CRISPÍN:

Sotana, desde hoy os cuelgo;
yo me vuelvo a mi labranza,
porque estudiar sin deseo,
es tocar lira a un caballo
y hacer sin ingenio versos.
(Vanse.)


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Entre el VICIO.)
VICIO:

  No me puedo sosegar;
pero si yo soy el Vicio,
no es el sosiego mi oficio,
porque mal le puede hallar
un vicioso que ha de dar
gusto a sus cinco sentidos
que mal estarán dormidos,
si no es cuando la pereza
cierra con mortal flaqueza
los ojos y los oídos;
  este estudiante rapaz
se va poco a poco al cielo:
¿cómo, vicios, no desvelo
su quietud, sosiego y paz?
diréis que soy incapaz
de mirar resplandeciente
de un niño sol el Oriente;
pues ¿qué haré, si de la mano
le tiene aquel Soberano
que fue la cruz su Occidente?
  Pues en volviendo a la Torre,
de quien penden mil escudos,
¿qué vicios no quedan mudos,
si le defiende y socorre?
Simón tan aprisa corre,
que pienso que le promete
ser Virgen, porque le acete
la Virgen por hijo suyo;
pues, Virgen, si es hijo tuyo,
¿quién hay que no le respete?
  ¿Quién, estrella de la mar,
se ha de oponer a tus rayos?
Mas ¿de qué sirven desmayos
cuando se ha de pelear?
Vicios, no habéis de culpar
al Vicio; abrid esa cueva,
que todos siete, a tan nueva
conquista sois menester,
que le quiere defender
la que trocó en Ave el Eva.
(Ábranse dos puertas que estén a manera de cueva, y en unas jiradas estén los siete Vicios o pecados mortales, tres en una grada, tres en otra, y en lo alto la SOBERBIA.)


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SOBERBIA:

  ¿Qué es lo que quieres, Vicio?

VICIO:

¡Qué sentado
estás, Soberbia, en ese trono! mira
que el capitán que duerme descuidado,
más a la infamia que a la gloria aspira;
aun de Pereza debe ser culpado,
si al ocio del sosiego se retira;
dejad todos la cueva, y con valiente
brazo, guerra mortal a Dios se intente.

SOBERBIA:

  ¿Tan bien nos va con ese atrevimiento?

IRA:

¿Parécete que deja Dios su gloria
con tal facilidad a nuestro intento,
o pierdes de sus triunfos la memoria?

LASCIVIA:

Lo general en Dios no es argumento,
que siempre ha de ser suya la victoria;
algunas almas ha perdido el cielo.

VICIO:

Agradezco, Lascivia, tu consuelo.
  ¿Quién, sino tú, tan animoso fuera?


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CODICIA:

Cuando el valor que tiene le faltara,
la Codicia que miras se le diera.

GULA:

Y yo, faltando todos, no ¿bastara?
mas di: ¿para quién es guerra tan fiera?
¿Qué gigante mortal rayos dispara
contra nosotros? ¿En qué monte viven?
¿Para quién tantas armas aperciben?

VICIO:

  Vicios ¿no es éste aquel feroz gigante
que venció vuestras varias ilusiones?
Sabed que es un muchacho, un tierno infante.

SOBERBIA:

Pues ¿para un niño tantas prevenciones?

VICIO:

¿Queréis que, por ventura, se levante
a igualar los magnánimos varones
que en la Iglesia de Cristo son colunas,
por no torcer en el principio algunas?
  No debéis de saber de qué manera
entra este tierno y varonil soldado
en la estacada, en que el laurel espera,
del ángel de su guarda acompañado;
temo que a la Señora siempre entera,
promete, como fue huerto cerrado,
ser azucena casta eternamente.


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PEREZA:

¿Tan presto, Vicio, sus favores siente?

VICIO:

  ¿Tan presto tiene pensamientos tales?

AVARICIA:

Dale un asalto general.

GULA:

Lleguemos.

CODICIA:

Amores tiernos dice a Dios, mentales.

GULA:

Si él habla con su cruz, ¿qué ganaremos?

IRA:

¡Que tenga pensamientos celestiales
un niño en esta edad!

VICIO:

Tales extremos
me tienen tan cobarde.

SOBERBIA:

Escucha un poco.

ENVIDIA:

De verle, a más envidia me provoco.


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(SIMÓN entre.)
SIMÓN:

  En este campo estéril,
que cinco fuentes riegan,
por afrentar mis ojos,
que son de piedra en ellas;
en estas soledades,
de dos soles tinieblas,
el uno puesto en sangre,
y el otro en nubes negras;
entre estas secas ramas,
donde tres brazos cuelgan,
cordero a quien mis culpas
causaron tantas penas;
donde dos delincuentes
te acompañan por fuerza,
y yo, que en mis delitos
parezco el que te niega;
aquí, donde una Virgen,
por blancas azucenas
de su divino rostro,
está sembrando perlas,
tan bellas, aunque tristes,
que más fértil de estrellas
la tierra, con el cielo
presume competencia,
escucha, Jesús mío,
mis amorosas quejas,
que de verte y de verme,
el alma las engendra;
mis manos miro libres,
las tuyas miro presas,
aunque para abrazarme
los clavos dan licencia.


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SIMÓN:

Cuando miro la mía,
de vanidades llena,
espinas lastimosas
tu cabeza penetran.
Una atrevida lanza
y una amorosa flecha
pasan tu corazón,
y el mío es hielo y piedra.
¡Humíllale, Dios mío,
porque humillado tenga
el agua de tu gracia,
la sangre de tus venas!
¡Ay, si podré llegarme
con tan graves ofensas!
Que sí me dices creo,
pues bajas la cabeza.

VICIO:

¿En esta imaginación,
pertúrbale tú, Soberbia!

SIMÓN:

¡Ay, Señor, qué pensamientos
divertir mi vida intentan!
(Todos detrás de él, y él sin verlos, le hablen, y él responda)


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SOBERBIA:

Si te vieses levantado
por santidad y por letras,
donde los Reyes de España
te honrasen de tal manera
que entrases en su palacio;
y si vieses una reina
a tus pies, Simón, ¿qué harías?

SIMÓN:

Besar mil veces la tierra
con humildad, porque el justo,
honras del mundo desprecia.

IRA:

¿Si vieses que te murmuran?

SIMÓN:

Tener, con Cristo, paciencia,
que en su presencia divina
aun sufrió tantas blasfemias.

LASCIVIA:

¿Si te hablasen bellas damas?

SIMÓN:

Mirad que es mucho más bella
la Castidad.

CODICIA:

¿Si mirases
joyas y grandes riquezas?

SIMÓN:

Ver que la mayor de todas
es la pobreza contenta.


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GULA:

¿Si vieses grandes regalos?

SIMÓN:

Irme a la divina Mesa,
donde da la Iglesia un pan
que cielo y tierra sustenta.

AVARICIA:

¿Y si en oficio te vieses
que adquirieses grande hacienda?

SIMÓN:

Darla a pobres, que estos bienes
son los que al cielo se llevan.

PEREZA:

¿Si te cansase el trabajo?

SIMÓN:

Decir a la carne enferma
que Dios nos mandó velar,
y estar hasta el alba en vela.
Pero ¿quién me mete a mí
en preguntas y respuestas?
Con mis imaginaciones,
mi altar con dos velas queda.
Voy a cantar a la Virgen
mil versos, mil dulces letras,
que sólo en ella y su Hijo
los pensamientos sosiegan.
(Vase.)


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


VICIO:

  ¿Hay cosa más extraña? ¿Qué os parece
que ha de ser este niño?

SOBERBIA:

Algún gigante
que a las columnas de su templo ofrece
Cristo, y que temo por divino Atlante.

VICIO:

Nunca en sus alabanzas enmudece;
agora va a cantar.

IRA:

Pues no le cante;
estorba, Vicio, sus canciones luego.

VICIO:

Pondré el altar y aun a la casa fuego.

ENVIDIA:

  Pues no pueden vencerlo tentaciones,
véngate haciendo mal.
Si se levanta
de decir a la imagen sus canciones,
las velas me darán venganza tanta.

SOBERBIA:

Destos proceden ínclitos varones,
ilustres héroes de la Esposa santa
del Cordero.

VICIO:

¿Quién duda que le espera?
¡Vicios, muera Simón!


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ENVIDIA:

¡Da fuego, y muera!
(GREGORIO, el padre, y CONSTANZA.)

CONSTANZA:

  Ella también tiene gusto
deste casamiento.

GREGORIO:

En todo
querría él buscar el modo
más conveniente y más justo
  para despacharlos luego
a Móstoles, que esa hacienda,
si no hay quien en ella entienda,
es como ponerla fuego,
  y por ser vuestra la estimo.

CONSTANZA:

Crispín y Marina son
a propósito.

GREGORIO:

Es razón
que tengan algún arrimo
  en habiéndolos casado.

CONSTANZA:

Con esa hacienda podrán
vivir, y della tendrán,
como caseros, cuidado.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Canten dentro)
MÚSICOS:

  Una niña hermosa
Virgen celestial,
a ser fuente nace
de quien salga el mar.

GREGORIO:

  ¿Quién canta?

CONSTANZA:

No sé quién es.

GREGORIO:

¡Crispín!

CRISPÍN:

¡Señor!

GREGORIO:

¿Quién cantó,
que en verdad que me agradó?

CRISPÍN:

Admírome de que estés
  de saber tan descuidado
que canta muy bien Simón.

GREGORIO:

Llámale.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CONSTANZA:

En esta ocasión
debe de estar ocupado
  con la imagen de su altar,
porque cuando velas tiene,
a bailar y cantar viene.

GREGORIO:

Qué, ¿bailar sabe y cantar?
(SIMÓN y CRISPÍN.)

CRISPÍN:

  Entra, que te está llamando
aquí mi señor.

SIMÓN:

¿A mí?

GREGORIO:

¿Cantabas tú?

SIMÓN:

Señor, sí;
cantando estaba y rezando.

GREGORIO:

  En verdad, que yo y tu madre
te habemos de oir.

SIMÓN:

Pues ¿quién
me ha de tañer?


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CRISPÍN:

¡Oh, qué bien!
Así obedece a su padre;
  traeré de enfrente, en un salto,
los músicos de don Juan.

SIMÓN:

¡Oh, qué mal me ayudarán,
de voz y de gracia falto!
(CRISPÍN, con los MÚSICOS.)

CRISPÍN:

  Luego, a la fe, los topé.

GREGORIO:

Simón nos quiere alegrar,
y ha de bailar y cantar.

SIMÓN:

Haré lo poco que sé,
  sólo por ser obediente.

MÚSICOS:

Vos, para todo, Simón,
tenéis gracia y perfección.

SIMÓN:

Manda que Crispín me aliente,
  pues lo, sabe hacer.

CRISPÍN:

¡Yo!


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SIMÓN:

Sí.

GREGORIO:

A coros podéis bailar.

CRISPÍN:

Marina me ha de ayudar.

CONSTANZA:

Ya viene Marina aquí.
(Adviértase que esté música arriba, la cual ha de tañer y cantar cuando cante SIMÓN, y los MÚSICOS que estén en el teatro, tener las manos quedas en los instrumentos, sin tocar hasta que canten y bailen CRISPÍN y MARINA.)

SIMÓN:

  Zagalejos del prado,
celebrad, cantad,
que ha nacido la fuente
que es madre del mar.
Quiere el mar de Cristo
aguas de cristal,
luego no es posible
que la enturbie Adán.
Érase la sierpe
un fiero animal;
aguas preservadas
veneno le dan.
Zagalejos del prado,
celebrad, cantad,
que ha nacido la fuente
que es madre del mar.


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


[CRISPÍN, MARINA, SIMÓN y los MÚSICOS]
(CRISPÍN ahora, y canten en el teatro.)
CRISPÍN:

  Tus negros ojuelos,
hermosa Leonor,
como están embozados,
matan a traición.
Del negro capote
se ha quejado Amor;
nunca Amor se queja
sin tener razón.
Cúbrelos la noche,
siendo como el sol;
como están embozados,
matan a traición.
(Sale el VICIO.)

VICIO:

  ¿Cómo con tanto descuido
estáis, cuando vuestra casa
en fuego se está abrasando?
¿No veis el humo y las llamas,
que exhalan centellas vivas?

GREGORIO:

¡Hijos. mi casa se abrasa;
acudamos al remedio!


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La niñez del padre Rojas Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SIMÓN:

¡Sosiegue, padre! ¡Sagrada
Virgen, madre de la luz,
las dos velas que luz daban
a vuestro retrato santo,
por aquella mano ingrata
cayeron, y han emprendido
nuestro albergue! ¡Soberana
Señora, poned remedio,
pues sois mar de la esperanza!
¡Ave María Santísima!
(Híncanse de rodillas todos.)

VICIO:

Sólo aquese nombre basta
a aplacar llamas eternas.
(Sale el ángel echando Avemarías por bofetón.)

GREGORIO:

¡Esta es maravilla extraña!

SIMÓN:

Más puede hacer quien la hace;
démosle infinitas gracias.

VICIO:

No ha aprovechado mi industria;
pero mayores hazañas
he de emprender, hasta hacerte
que de tu entereza caigas.


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Acto III
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La niñez del padre Rojas Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MARINA y CRISPÍN, vestidos de boda; GREGORIO y CONSTANZA, de padrinos; la música, etc.
GREGORIO:

  Toda la casa se alegra
de ver que tanto lo estás.

CRISPÍN:

Yo me alegro mucho más
de que me caso sin suegra.

CONSTANZA:

  Pues ¿a ser desdicha viene?

CRISPÍN:

Aunque viniera del Cid.

MARINA:

Yo sé una calle en Madrid
que cuarenta suegras tiene,
  y que este nombre le dan.

CRISPÍN:

Colegio de suegras es;
pero, Marina, ¿no ves
cómo me he puesto galán?

MARINA:

  El hábito nunca muda
a las cosas conocidas.


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CRISPÍN:

Dios alargue nuestras vidas,
no para verte viuda;
  que ya ves que no es razón.

MARINA:

Pues qué, ¿quieres que me muera
primero?

CRISPÍN:

Es pleito en que espera
sentencia siempre el varón.
  ¡Oh, muchacho celestial!
¿Qué has de ser, qué quiere el cielo
hacer de tu santo celo
y pureza virginal?
Hablando, viene, que es tal
su devoción, que aun saliendo
de la iglesia, está diciendo,
sin acabar de salir,
lo que no me atrevo a oír,
porque le escucho muriendo.


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La niñez del padre Rojas Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(SIMÓN entre.)
SIMÓN:

  Celebró Jerusalén
del rey Salomón las bodas,
y admiráronse sus damas
de ver la divina esposa,
porque en sus dulces cantares
llevó la fama sonora,
desde Palestina a Egipto,
la corona de su gloria.
«¿Quién es aquesta, decían,
que, como la luna hermosa,
y escogida como el sol,
aurora al nacer se nombra,
como ejército terrible,
cuya frente numerosa
ordenada resplandece,
segura de la victoria?»
Yo, si bien rapaz humilde,
hallo, divina Señora,
vuestra limpia Concepción
en su pregunta celosa;
atrevido y disculpado
de hablar en la sacra historia,
responder quiero a las damas,
aunque a los ángeles toca.
Si como aurora María
nace, y los cielos adorna,
claro está que la preserva
el sol de la negra sombra.


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La niñez del padre Rojas Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SIMÓN:

Antes que salga, la mira,
la limpia, ilustra e informa;
que fuera del sol defecto
si le tuviera el aurora
prevenido el vellocino.
Como pura y limpia rosa,
naciendo el alba, las nubes
llovieron divino aljófar;
ni se manchara el rocío
que el nácar vírgenes dora,
si Dios había de ser
la Margarita preciosa;
en las manchas de la luna,
las vistas menos devotas
se engañan, porque no advierten
que lo más raro las forma;
en la luna de María,
humanas partes no asombran,
porque fuera toda sol
si de allá viniera toda.
Ser toda Dios no podía;
pero como Dios la endiosa
mil siglos antes que nazca,
aquel instante acrisola;
pues si como sol la escoge,
¿cómo es posible que ponga
defecto en ella quien sabe
que sus rayos la coronan?


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SIMÓN:

Terrible ejército ha sido
vuestra Concepción dichosa,
Virgen, tan bien ordenado,
que no hay orden que le rompa.
Todas juntas, mar de gracia,
hoy a vuestros pies se postran,
y al sol, a la luna, al alba,
que nace tan limpia, adoran.
Reyes y reinos os juran;
si un voto falta, no importa;
¡bien haya quien honra y ama,
que quien bien ama, bien honra!

VICIO:

  ¿Cómo se puede sufrir
esta manera de hablar?
Aún no le puedo inquietar;
mal le podré persuadir.

SIMÓN:

  ¡Virgen, ya quiero serviros
con voto expreso, que vos
sois la primera cine a Dios
le hicistes!

VICIO:

Daré suspiros
  que penetren el infierno.


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La niñez del padre Rojas Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SIMÓN:

¡Virgen, el voto os consagro!

VICIO:

Naciste para milagro
del mundo, Cupido tierno.
  Nuevo Amor en esta edad,
consagras a María
tu limpieza.

SIMÓN:

¡Reina mía,
recibid mi voluntad!
  Mas ¿qué es lo que siento allí?
¿Quién llora junto a la puerta?
Voylo a ver.

VICIO:

La suya abierta
tiene el cielo para ti.


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(Halle un niño envuelto.)
SIMÓN:

  ¡Ay, Dios, qué grave dolor!
Niño es, sin duda. ¡Ay, mis ojos!
¿Quién os dió tantos enojos?
¿Quién usó tanto rigor?
  ¿Quién, mi niño, os puso ansí?
¿Quién os dejó desta suerte?
Pero no os dejó a la muerte,
que vive la vida aquí;
  mas piedad usó con vos,
que pues no os dejó, la fundo,
en los umbrales del mundo,
sino en las puertas de Dios.
  ¡Ay, qué cara y qué inocencia!
¡Ay, que se ríe! ¡Ay, mi Dios!
¡Cuál os considero a vos,
soberana omnipotencia,
  desamparado del Padre,
temblando de frío al hielo,
sin más abrigo y consuelo
que el calor de vuestra Madre!
  ¡Ah, chiquito! ¡Él da en reir!
¡Y qué risa tan suave!


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SIMÓN:

Debe de ser que no sabe
que nace para morir.
  ¿No sabes adónde estás,
ni en qué mundo, ni en qué gentes?
Ríe en tanto que no sientes;
que en sintiendo llorarás.
  De suerte me has obligado,
que prometo desde aquí
ser de los niños, por ti,
devoto y aficionado.
  Y pues veo en tu alegría,
que es señal de la inocencia,
si llego a edad de prudencia,
ser alegre. ¡Ave María!
  Ea, decid, ¿no sabéis
Ave María, chiquillo?
Pero no me maravillo.
Creced, que vos lo diréis.
  ¡Un papel trae! ¿Qué es esto?
Las letras me lo dirán.
Llámase este niño Juan.
¡Qué lindo nombre le han puesto!
  ¡Juanillo! ¡Ah, Juanillo! ¡Ah, chico,!
¡Ave María, rapaz!.


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(Entre un SACRISTÁN con sobrepelliz y bonete.)
SACRISTÁN:

Él se ha estado pertinaz,
puesto que por más que aplico
  la vista, no he penetrado
lo que del altar hurtó.
¡Ah, gentilhombre!

SIMÓN:

¿Soy yo?

SACRISTÁN:

Deje lo que lleva hurtado.

SIMÓN:

  ¡Yo hurtado!

VICIO:

¡Oh, qué bien se ha hecho!
Hoy ha de ser mi venganza.
(Entre CRISPÍN.)

CRISPÍN:

No hay alma en la iglesia ya;
cuerpos sí, pero sin alma.
¡Si es aquél!

SACRISTÁN:

Desarreboce,
señor hidalgo, la cava;
sepa que ya le conozco,
y sé en los pasos que anda.
Cada día viene aquí,
y a que la gente se vaya
aguarda. ¿Qué es lo que mira?
Las lámparas están altas;
las sábanas del altar
debe de pescar.


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CRISPÍN:

No haga
ese agravio a mi señor.

SACRISTÁN:

¡Qué señor! ¡Qué buena lanza!
¿Es otro ladrón como él?
¿Es, por ventura, la caña
desta sanguijuela?

CRISPÍN:

Advierta
que le daré dos puñadas,
con que no cante en su vida
parees ni kiries.

SACRISTÁN:

Pues salgan
los dos de la iglesia luego.

CRISPÍN:

¿Sabe el zote con quién habla?

SACRISTÁN:

¡Zote! ¡Ay! ¡A un hombre ordenado
de Vísperas; por la santa
tribuna, y por los dos fuelles
con que los órganos alzan,
que ha de ir a Roma!


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CRISPÍN:

Y no es lejos,
pues él la tiene en su casa;
¿qué le hizo este mancebo?

SACRISTÁN:

Es ladrón de las sábanas
del santo altar.

CRISPÍN:

¡Miente!

SACRISTÁN:

¿A mí?
¡Aquí de cruces y mangas!

CRISPÍN:

Este estudiantico es hijo,
aunque basta ver su cara,
de Gregorio Ruiz.

SACRISTÁN:

¿Qué dice?

CRISPÍN:

De Navamuel.

SACRISTÁN:

¡Cosa extraña!
Es un grande señor mío.


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CRISPÍN:

Reinosa de la montaña,
por hidalgo conocido,
le dió su solar y casa;
en el valle de Toranzo
tuvo su antigua prosapia
Constanza de Rojas, madre
de quien por ladrón infama;
nació en Móstoles, adonde
sus abuelos, que Dios haya,
compraron campos y hacienda;
y consta por cosa clara,
de muchas informaciones
que han hecho...

SACRISTÁN:

El nombre bastaba
para tenerle respeto,
porque Gregorio y su casa
son amparo deste templo;
yo acudo siempre a Constanza
por todo lo que se ofrece;
vile encubrir con la capa
no sé qué cosa, y pensé
que era de aquéstos que andan
a chupar, como lechuzas,
más que el aceite, la plata.


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CRISPÍN:

¿Qué llevas, Simón?

SIMÓN:

Crispín,
toma aqueste niño y calla;
llévale a Marina luego
sin replicarme palabra;
que me va la vida.

CRISPÍN:

Voy
que después sabré la causa;
adiós, señor sacristán.
(Vase.)

SACRISTÁN:

Perdone; así Dios le valga,
que no sabía quién era.

SIMÓN:

No es la ofensa de importancia.


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SACRISTÁN:

Mire, ya todo es hurtar:
carne y pan con pesas falsas,
carbón con piedras y tierra,
vino con calderos de agua,
y a este paso lo demás;
y ¿qué piensa que es la causa?
Que comen todo lo bueno
los que gobiernan y mandan.
Si un cónsul destos bebiera
vinagre, era cosa clara
que abrasara mil tabernas;
bebe ambrosía, néctar y ámbar;
¿cómo ha de saber que beben
zupia, veneno, tercianas,
dolor de costado, aquellos
que el mismo sustento mata?
¡Quédese con Dios!

SIMÓN:

¡Ya, Virgen,
mi vida, bien y esperanza,
os dejo, porque mis padres,
con pena siempre me aguardan!
Pero creedme, que os llevo
tan de veras en el alma,
que antes dejara de ser,
que deje vuestra alabanza.


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(GREGORIO, DON JUAN y BERNARDO, parientes suyos.)
DON JUAN:

  Tiene Simón tan gran ventura en esto,
que queda remediado como honrado.

GREGORIO:

Que el canónigo Rojas ha dispuesto
  a regresar en él.

BERNARDO:

Y lo ha tratado
conmigo muy de veras.

GREGORIO:

Agradezco
lo que siempre con obras me ha obligado;
  sólo por ser su deudo las merezco,
no por servicios.

DON JUAN:

Vos merecéis tanto
como a mostrarlo en la ocasión me ofrezco.

BERNARDO:

  El es buen estudiante, y es un santo;
vos le veréis canónigo en Toledo.

GREGORIO:

No sé su voluntad; no me adelanto;
  de mi parte os ofrezco lo que puedo,
como quien lo quisiera en honra tanta;
de lo que digo, sospechoso quedo.


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BERNARDO:

  ¿Ser dignidad de aquella Iglesia santa
no ha de aceptar?

GREGORIO:

El modo de su vida,
para deciros la verdad, me espanta;
  hablaréle, señores, y entendida
su voluntad, daré respuesta, y creo
que será de los dos agradecida.

DON JUAN:

Por lo menos sabréis nuestro deseo.
(Vanse.)

GREGORIO:

  Puesto quedo en confusión.
(SIMÓN entre.)

SIMÓN:

¡Qué breve se pasa el día!
¡Oh, mi padre! ¡Ave María!

GREGORIO:

Seas bien venido, Simón;
  que te deseaba hablar
y pedirte albricias.

SIMÓN:

Yo,
de lo que el cielo me dió,
¿qué tengo, señor, que os dar
  que todo vuestro no sea?


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GREGORIO:

Mucho tu humildad estimo;
el canónigo, mi primo,
regresar en ti desea;
  ¡Mira qué renta y qué honor
te da el cielo!

SIMÓN:

Bien quisiera,
por vuestro gusto, que fuera
obedeceros, señor.
  Posible a la hechura vuestra;
he hecho voto de ser
religioso, y no ha de haber,
dure o no la vida nuestra,
  otro propósito ya.

GREGORIO:

¿Fraile quieres ser?

SIMÓN:

¡Señor,
es voto!

GREGORIO:

¡Extraño rigor!
Pero mira que podrá
  dispensarse, y que no tienes
edad.


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SIMÓN:

Señor, una vez
lo dije, haciendo al Juez
de los males y los bienes,
  que desta causa lo sea,
y delante de una hermosa
Señora, Madre y Esposa
del mismo que lo desea;
  no me puedo desdecir;
que a jornada larga o corta
lo he de cumplir; si os importa
que, como os debo servir,
  algún tiempo en casa esté,
ése esperaré no más.

GREGORIO:

Notables muestras me das
de tu piedad, celo y fe;
  no sé, Simón, lo que pueda
responderte. ¡Dios te guarde!
(Vase.)
(Entren CRISPÍN y MARINA.)

MARINA:

Vienes mal y vienes tarde;
mucho que sufrir me queda
  si comienzas por aquí.


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CRISPÍN:

Y a mí, ¿no me queda nada?

MARINA:

Pues dime: apenas casada.
¿niño me traes?

CRISPÍN:

¡Yo!

MARINA:

Sí;
  fueron celos de la tal,
viéndote ya con mujer;
¿tú me habías de traer,
Crispín, desvergüenza igual?
  ¿No le llevarás, picaño,
a un hospital?

CRISPÍN:

Si no fuera
  el que dado me le hubiera,
tan notorio desengaño,
  pesárame de haber sido
instrumento, sin querer,
de tu enojo.


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MARINA:

¿A qué mujer
esto hubiera sucedido?
  Vuelve ¡perro! la criatura
a la tal por cual, o haré
que mi señor...

CRISPÍN:

Yo tendré
cual la boda la ventura.
  ¡Aún no he comido los picos
de la rosca, y ya me arañan!

MARINA:

Si otros a éste acompañan,
vé por otros cuatro chicos;
  traélos todos

CRISPÍN:

Que no sé
quién es éste, ¡vive Dios!

MARINA:

¡Hoy nos matamos los dos!

CRISPÍN:

¿Hoy, mi Marina?, ¿por qué?

MARINA:

  ¡Perro! ¡Por sayón de Herodes,
por buscador de inocentes!

CRISPÍN:

Si desa suerte lo sientes,
digo que no le acomodes;
  yo le llevaré a otra parte.


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MARINA:

Estoy tan segura yo
  de que Simón no mintiera
por todo el mundo, que quiero
darte un abrazo.

CRISPÍN:

Ya espero.
(Váyanse.)

SIMÓN:

¡Ave María, allá fuera!
  Virgen, en vuestro vientre santo estuvo
vuestra alma pura, de más gracia llena
que el ángel de más luz; que nuestra pena
en vos el golpe original detuvo.
El lirio de los valles que entretuvo
nueve meses su cándida azucena,
si en gracia cría al Ángel, no condena
a la Primcesa que por madre tuvo.
Más que todos los ángeles deciros
puedo que la tenéis, si en carne humana
nos dais a Dios, aquel dichoso día;
que a ellos los crió para serviros,
y a vos para su Reina soberana,
cuando os dijo Gabriel «Ave María».


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(Entre GABRIEL.)
GABRIEL:

  Al eco del dulce nombre
vengo a verte.

SIMÓN:

No te veo,
que no quiere mi deseo
que tu presencia me asombre.
¿Cómo quieres que te nombre,
cuando con tu claro acento
ilustras mi entendimiento?

GABRIEL:

Un espíritu que inclina
a la beldad más divina
tu amoroso pensamiento.

SIMÓN:

  Yo voy, con tu inspiración,
fabricando cada día
casa en que viva María,
cuyos fundamentos son
fe, caridad y oración,
porque la virginidad
sola, fuera vanidad;
así Gregorio lo dijo;
y entre estas flores, elijo
la esperanza y la piedad;
  para mayor fundamento,
quiero también la obediencia,
y ésta sé de cierta ciencia
que la hallaré en un convento;
elige mi entendimiento
la Trinidad, Redención
de cautivos.


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GABRIEL:

Todos son
pasos a que Dios te guía.

SIMÓN:

Su redención y María
me han dado esta devoción;
  a mis padres quiero hablar,
porque con su humilde ruego
me dén el hábito luego.
¡Ay, si me viese llegar
a ver mi pecho adornar
de aquella cruz soberana!

GABRIEL:

Háblalos, y ten por llana
tu entrada y tu profesión.

SIMÓN:

¡Ay, Dios! Un retrato son
de la redención humana.

GABRIEL:

  Simón, el hábito santo,
de la mano de Dios tiene
esta religión, que viene
su luz a ensalzarla tanto;
su caridad causa espanto.
El ángel la significa,
empresa que testifica
con su piedad su decoro,
cuando al cristiano y al moro
trocados brazos aplica.
  Aquí, de doctos varones
y mártires soberanos,
para la lengua y las manos
hallarás imitaciones;
parte, y con dulces razones
tus viejos padres consuela.


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SIMÓN:

Poco mi amor les desvela
respecto del que a Dios tienen;
que el que a sus hijos previenen,
al amor del cielo apela;
  yo voy con la confianza
que tengo de su valor.
(Vase.)

GABRIEL:

Nace el sol, y el resplandor,
humilde círculo alcanza;
así darás esperanza
creciendo a la luz que cría
cuando llega el mediodía
sin que nube se levante,
y más llevando delante
a la aurora de María.
(Entren el VICIO y la OCIOSIDAD.)

VICIO:

  Mal nos va de nuestro intento.

OCIOSIDAD:

¿Cómo nos irá más bien,
si tiene a su lado quien
le alumbra el entendimiento?

VICIO:

Con mi pronóstico siento,
si él entra en la Trinidad,
que su oración y piedad
ha de ser mi muerte.


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OCIO:

Creo
que ya le lleva el deseo
de matar mi ociosidad.

VICIO:

  ¿Cuándo lo estuvo Simón?

OCIO:

En fin, es muchacho, Vicio,
y es diferente ejercicio
el que hay en la religión;
el ayuno, la oración
y la obediencia, son cosas
que a las almas más ociosas
ponen en santa quietud.

VICIO:

¡Oh, humildad, santa virtud,
que en paz del alma reposas!
  Mucho lleva granjeado
Simón para religioso,
en ser humilde y piadoso.

GABRIEL:

¿Quién, Vicios, os ha obligado
a alabarle?


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VICIO:

Tú, que has dado
espíritu celestial,
por aquel Ave imperial
y fénix de Nazarén,
en darle luz para el bien
y en apartarle del mal.
  ¡Qué bien por la Reina entró
para privar con el Rey!
¡Qué bien su sagrada ley
y sus preceptos cumplió!
Dios venerar le mandó
los padres; pues di, ¿qué padre
como Dios, ni a quien más cuadre?
Pues di, ¿qué madre también
para el hombre, como quien
fue de Dios Esposa y Madre?


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GABRIEL:

  Vicios, no habéis de tocar,
hoy que el hábito le espera
de la Trinidad divina,
en el umbral de la puerta.
Ya sus padres han hablado
al Ministro; ya le quedan
vistiendo el cándido manto,
testigo de su pureza;
oíd lo que os digo atentos,
aunque pronóstico sea
y divina profecía,
que Dios de Simón ordena;
intérpretes suyos somos:
para más confusión vuestra
y gloria suya, sabed
que guarda Dios a su Iglesia
en Simón una columna,
un miembro de la cabeza
de su sacra arquitectura,
de su fundamento y piedra;
un Bernardo, enamorado
de su Madre, que merezca,
si no sus pechos, sus brazos
y sus divinas respuestas;
un Ildefonso divino
que predique la entereza
del huerto, siempre cerrado,
donde la pura azucena
aquel divino rocío
vistió de doradas perlas;
en fin, un predicador,
que con su angélica lengua,
cincuenta años a los hombres
predique sus excelencias;
un hombre que sea Bautista
de la Virgen, porque tenga
quien lo señale con Ave
María de gracia llena.


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GABRIEL:

«Veis allí, dijo el Bautista,
el Cordero que a la tierra
viene a perdonar pecados»,
y Simón, «El Ave es ésta
que, como paloma y Madre,
por los pecadores ruega».
¡Raro milagro que a un hombre
no falten palabras tiernas,
requiebros, gracias, virtudes,
conceptos y preeminencias
que decir por tantos años
en el púlpito, en la iglesia,
en la calle y en el coro,
en el altar y en la mesa,
desta soberana Madre
con el honor de doncella;
que si bien son infinitas,
es corta la humana ciencia!
Bien merece que en su boca
naciesen ocho azucenas,
pues que tiene Ave María
ocho soberanas letras.


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GABRIEL:

¡Oh, qué fruto tan divino!
La corte de España espera,
en siglo de tres Felipes,
de la amorosa prudencia
con que será confesor,
trayendo mil almas muertas
en sus vicios, al camino
de la gloria y vida eterna.
¿Qué misericordia santa
en trabajos, muertes, penas,
cárceles, enfermedades,
discordias y competencias,
será la de su alma pura,
hallando todos en ella
consejo, remedio, vida,
paz, salud, descanso, hacienda!
¡Oh, qué de ofensas de Dios
estorba, impide, remedia,
entendiendo pensamientos,
montante de Dios en ellas!
Será su oración notable,
de todo el infierno afrenta,
porque aun en suma vejez
tendrá más que humanas fuerzas
para que todas las noches
en la oración le amanezca,
aunque el trabajo del día
las fuerzas mortales venza.


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GABRIEL:

¡Qué desprecio será el suyo
de las cosas de la tierra!
Dentro y fuera de su casa,
¡qué humildad y qué pobreza!
Por Ministro y Provincial,
religiosas preeminencias,
no habrá diferencia en él
de lo que sin ella era;
y aunque ha de ver a sus pies
a Isabel, de España Reina,
en su trato y humildad
no admitirá diferencia;
será su dichosa vida
setenta y dos años, y ésta
un ejemplo a cuantas almas
el sacerdocio profesan.
Calificará su muerte
su vida, viéndose en ella
el más general concurso
que se haya visto, ni pueda
encarecer lengua o pluma;
pero para afrenta vuestra,
quiero que le imaginéis
en la pintura más nueva
de un jeroglífico sacro
que en estos siglos merezca
amor a la Virgen santa,
que desta manera premia.


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(Ábranse dos puertas en medio del teatro, y véase una imagen de la Anunciación, y el P. Rojas de rodillas, con un ramo de ocho azucenas en la boca.)
VICIO:

  Ni quiero, imaginar en tal pintura,
ni es justo que me baste sufrimiento
para mirar de un alma hermosa y pura,
producido tan alto pensamiento
ocho azucenas, con quien fuera oscura
la luz del alba, tienen fundamento.
En su dichosa lengua, que las cría,
las ocho letras son de Ave María.
  ¡Vamos, Ociosidad, que nunca pienso
que fuiste tan ociosa como agora!

OCIOSIDAD:

¡Glorioso es en sus santos Dios inmenso,
y más, devotos de tan gran Señora!

VICIO:

¿A quién no admira aquel amor intenso
con que la sirve, mira y enamora?
¡Hombres, llamadla hasta el postrero día;
que para Dios no hay luz como María!
(Entren sus padres de SIMÓN acompañados de sus deudos y criados.)

GREGORIO:

  No os espantéis de que sean,
en esta ocasión dichosa,
lágrimas las que del alma
salgan a mostrarla toda.
¡No siempre llora la pena,
tal vez el contento llora!


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DON JUAN:

Cualquiera demostración
en esta ocasión, es corta.

BERNARDO:

¡Con qué humildad ha tomado
el hábito!

CONSTANZA:

Es una cosa
que ha causado admiración,
y no le ha visto persona
que no diga que ha de ser
un santo.

GREGORIO:

El cielo disponga
sus fines de tal manera,
que a sus principios responda.

CRISPÍN:

¡Llora, Marina, y confiesa
tus pecados!

MARINA:

¿Por qué agora?

CRISPÍN:

Por ver que un niño como éste
en la religión se ponga:
¡Ah, Dios, quién le hubiera visto
antes de tan negra boda,
para camparse con él!


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MARINA:

Y yo fuera la dichosa,
y tú habías de ser fraile.

CRISPÍN:

¡No hay cocinas, no hay escobas,
no hay huertas, no hay refitorios,
no hay bacinillas, no hay norias!

MARINA:

¿Agora lloras?

CRISPÍN:

¡Qué quieres!
¿No es esta ocasión piadosa?
He criado este muchacho;
por eso mis ojos lloran.
(Salga SIMÓN con el hábito de la Santísima Trinidad, en cuerpo, y su corona abierta, y dos religiosos a los lados.)

RELIGIOSO:

Llegad a pedir su mano,
y a vuestros deudos que os honran,
dad con humildad los brazos.

SIMÓN:

Hoy a vuestros pies se postra
esta humilde hechura vuestra.

GREGORIO:

¡Con su mano poderosa
Dios te bendiga, y te haga
un gran santo!


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SIMÓN:

¡Ya, señora,
se cumplió vuestro deseo!

CONSTANZA:

Hijo, lo que más importa
es servir a la del cielo,
que deste premio os adorna.
Cumplí lo que le ofrecí;
lo demás a vos os toca:
¡Dios os haga un grande santo,
trasladando esa corona
a la del cielo!

CRISPÍN:

¿No vuelves
la cara a Crispín?

SIMÓN:

Reporta
los brazos.

CRISPÍN:

¿Cómo los brazos?
Aun a besarte provocas.

GREGORIO:

Esta es la primera parte,
Madrid, desta dulce historia.

SIMÓN:

Aquí se acaba, senado,
La Niñez del Padre Rojas.


LAUS DEO ET MATRI VIRGINISi quid dictum adversus fidem, tanquam non dictum, et omnia sub correctione S. M. E.

En Madrid, a 4 de enero de 1625.

LOPE DE VEGA CARPIO

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