La novia del hereje: 04

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Capítulo II : Trágico fin de la historia del rey don Sebastián y de su caballo blanco[editar]

La noche en que hemos dejado a nuestros dos conocidos fue seguida de uno de aquellos días tan comunes en Lima que tienen un no sé qué de suave y melancólico con que hablan al alma el lenguaje interno del sentimiento. El cielo tenía por delante un telón trasparente de nubes tupidas y delgadas que no permitía al ojo del hombre penetrar hasta el centro del espacio, ni agitarse en medio de su vasta sublimidad.

Una luz modesta y amortiguada comenzaba a blanquear todos los objetos, y hacía salir del seno de la oscuridad el panorama natural que rodea a la ciudad, cuando don Antonio Romea, abriendo las rojas colgaduras de damasco que cerraban su muelle lecho, saltó de él y comenzó a vestirse a toda prisa. Gritó a su criado; le ordenó cargar las mulas con su equipaje, ensillar sus caballos, y tenerlo todo pronto para el momento de marchar a juntarse con la familia de don Felipe Pérez y Gonzalvo.

En toda la noche no había podido pegar sus ojos el joven español. Ya fueran las agitadas emociones, las cavilosas dudas, los fantásticos proyectos que suscita un viaje; ya, la ansiedad que producía en su corazón la circunstancia de ir doña María en el mismo buque que él, donde, por consiguiente, no podía menos de tener ocasiones frecuentes de hablarla; ya, otras mil ideas risueñas, o alarmantes, de las que, aun hoy que se halla tan adelantado el arte de la navegación, asaltan sin poderío remediar al hombre que se entrega al mar en medio de un tejido de maderos, el hecho es, que el señor Romea no había podido pegar sus ojos, como se dice. Un mundo fantástico había venido a cada instante a llamar sobre sus párpados, obligándolos a una vigilia continuada.

Entre las muchísimas cosas que atravesaban su imaginación, había una que sin poderlo él evitar, se mezclaba con todas las otras: al menos, todas las otras venían a terminar con ponérsela por delante; y si nuestros lectores no se han olvidado de la tapada del puente, les será fácil adivinar que esta maliciosa criatura era la que con sus preñados dichos tenía en tan completa alarma el ánimo de aquel novio. Él se decía: «¿Cómo supo esa bruja que doña María no me quiere, cuando ni yo mismo lo puedo sospechar? ¿tendría acaso esa niña relaciones con esa laya de gente? ¿tendrá confidencias? ¡Oh! ¡imposible! la austeridad y vigilancia de sus padres no le dejarían lugar para ello, aun cuando fuese tan liviana que no concibiera toda la impropiedad y la indecencia de semejantes amistades. No hay más sino que esa bruja me ha querido alarmar: ha querido, por malignidad, hacerme una herida de donde destilara sangre ¡perversa!» Concluía en esto de ponerse su capa y espada de viaje. Abrió su puerta; dio sus órdenes al criado, y se puso sobre los lomos de un rocín manso y tranquilo, en cuyos ojos amortiguados se conocía que había olvidado aun el andar de galope, sostituyéndolo con el tino necesario, para no descuidarse jamás con el equilibrio de las piernas de su amo. Ni más ni menos que el que lleva un cántaro de agua sobre su cabeza, marchaba aquel caballo con aquel tan poco caballero.

El novio, don Antonio Romea, se puso pues en camino de esta suerte, dirigiéndose a la casa de don Felipe Pérez y Gonzalvo, su futuro suegro.

En la anchísima puerta de esta casa se hallaban ya dos literas de viaje, enormes y preciosas. Claro es que cuando digo preciosas hablo con referencia al tiempo en que se usaban; porque las modas pasadas son como las viejas, cuya belleza es incomprensible para quien no las conoció en el auge de su juventud. Las literas de que hablamos eran de las que entonces se llamaban en Lima Balancines. Eran estos unos muebles que puestos a las puertas de una casa constituían un rótulo de nobleza y de lujo. Nadie podría hoy concebir cuantos esfuerzos de arte habían contribuido a su construcción. Su aspecto era, tomado en globo, un busto de nuestros dos buenos reyes ab initio don Carlos V y don Felipe el segundo: parecía pues todo el carruaje un perfil frentudo, sumido en el medio, seco y chupado en los carrillos, que terminaba por una barba atrevida y puntiaguda en dirección a la frente.

La inquisición no dejaba de tener derecho, si se quiere, para reclamar como propia alguna de las faccioncillas de los tales balancines. Algo tenían al menos del hábito dominico con su parte superior pintada de negro, y de hermoso blanco con dorados la inferior. Cuatro agujerillos a guisa de ventanas, guarnecidos de fuertes cristales permitían espiar de adentro como desde un confesonario, el mundo de los vivos: bajo cuyas faces eran una encarnación (como diría un romántico de buena fe) del espíritu de virtudes monacales que dominaban en aquella época feliz de paz y benévola quietud.

Los balancines de los ricos estaban forrados por dentro de riquísimo brocado de seda estampado con labores finísimas y brillantes representando las batallas del Cid contra los moros; los autos de fe del Santo Torquemada; las degollaciones de herejes del duque de Alba, y mil otras grandes tradiciones de la raza española. Pero la escena que más preferencia tenía era el Arcángel San Miguel pesando en su balanza el mérito de las ánimas, y haciendo derrumbar entre las llamas del infierno a las que no eran bastante livianas para subir al cielo: repito que por dentro y por fuera eran los dichosos balancines una expresión de la Sociedad; y como quien dice una literatura. ¡Eran de verse por defuera las pinturas y los bordados, las alegorías y los emblemas, los escudos y las guarniciones! Pero como me sería imposible acabar de describirlos, si hubiera de ocuparme menudamente de todos sus curiosos accidentes, concluiré (eso es lo mejor dirá el lector) por decir que todo el techo estaba fileteado de finas campanillas de plata y oro, lo mismo que lo estaban los arreos de las mulas que los tiraban. Era así como al moverse una de estas andantes orquestas, conturbaba el aire el bullicioso tintineo, que era para los oídos del fastuoso dueño la dulce sinfonía del orgullo.

Dos literas, pues, como estas, eran las que se hallaban a la puerta de la espaciosa casa de don Felipe Pérez y Gonzalvo, Superintendente de los situados del Perú. Un par de vigorosas mulas estaba atado a cada una; y una docena de peones se ocupaban en acomodar en otras mulas las cargas del equipaje, para empezar a andar, cuando se mostró sobre su jaca el garboso don Romea.

Había junto a las literas dos interesantísimas mujeres, que mostraban en su aire grande satisfacción y grande alegría. Veíase bien claro que aquellas dos niñas se hallaban en una de esas situaciones de excepción que a la vez que animan el genio, aflojan la tirantez de los vínculos que suelen atar a los miembros inferiores de una familia: el alboroto y la agitación del acomodo habían producido aquel descuido tan natural en tales circunstancias, y los padres de la casa no habían pensando en vedar la puerta de calle a la señorita doña María, hija única de don Felipe, ni a una preciosa y astuta zamba que era la compañera de años y de emociones de la niña. Ellas se habían aprovechado de esta rara ocasión para tomar la puerta por suya, y hacer brincar sus fantasías con sus miradas sobre todo lo que las rodeaba.

Ambas eran espirituales y picantes. Eran limeñas; y en cuanto a gracia y talento, todo está dicho con esto.

Doña María era una joven de diez y siete años. Con verdad puede decirse que su rostro no presentaba ninguno de aquellos rasgos fuertes y pronunciados de la belleza, que le dan el sello de la altivez. Pero no era menos cierto que del conjunto de su figura traspiraba un ambiente de candor, y de astucia tan indefiniblemente mezclados, un aire de voluptuosidad suave y de viva inteligencia, que hacían de la niña una tierna criatura llena de promesas de amor y de abnegación. Tenía lo que llamamos en América un lindo cuerpo: de su cintura suelta y delgada se desprendían las formas más redondas y más airosas que se pueden imaginar. Su pecho saliente y abovedado sostenía un cuello torneado y esbelto, coronado por la bella cabeza, que, inclinada un tanto al lado izquierdo, completaba el aire extraordinario de gracia modesta que dominaba en su figura encantadora.

Aristóteles ha dicho que las bellezas del rostro humano consisten en las combinaciones de la línea curva. Que esto sea o no cierto, el hecho es que las facciones de doña María eran casi todas ovaladas y bellas.

Su tez no era blanca: era más bien de un color sombreado pálido. Sus ojos eran negros, grandes y vivos: el brillo de su mirada se hallaba realzado por dos de esas melancólicas y misteriosas sombras que llamamos ojeras, y que tan profunda y tan ardiente ternura dan al ojo de la mujer bella. Tenía una nariz muy fina graciosamente ondulada desde su arranque. La boca era pequeña. Sus labios un poco gruesos y notables; pero como eran cortos y del tinte de la rosa, servían al mayor esplendor de la fisonomía.

Si toda esta figura se coloca sobre dos pies pequeños y recogidos de una rectitud perfecta, habrá concebido el lector una idea aproximada de la figura de mujer que llevaba en el mundo doña María.

Hemos dicho, que viva, sagaz y alegre como esta, era una joven zamba que estaba en la puerta parada con ella. Esta joven criada seguía todos los movimientos de su señorita: le hacía caricias, le daba besos con un cariño delicioso, le tomaba las manos, y la hacía reír con mil dichos graciosos y picantes que brotaban de su ingeniosa imaginación. Su tez era oscura, pero unida y abrillantada; cobriza, pero finísima y delicada: dos ojos preciosos y penetrantes daban una animación particular a su semblante: todas las demás facciones eran agudas y afiladas como su carácter; y como tenía habitualmente sobre su semblante una sonrisa astuta y maligna, no podía mirársele a la cara sin notársele al momento las dos filas estrechas y perfectamente iguales, que formaban sus blancos y lindísimos dientes; accidente que daba a esa sonrisa una gracia incomparable. Acababa esta interesante criatura de bajar con un ligero salto del umbral a la vereda, cuando mirando a lo largo de la calle exclamó:

-¡Guay! señorita, allá viene el novio de su merced.

-¿Quién?... -dijo doña María sorprendida.

-Don Antonio, señorita; mírelo su merced, viene sobre el caballo dando cabezadas a los dos lados, como las balanzas de la pulpería.

-¡Entrémonos! -dijo la niña agitada.

-¡No, señorita! veamos lo que nos dice: háblelo su merced de las tapadas que andan por el puente. ¡No! ¡mejor es que yo le saque la conversación!

-¡No! ¡no!... puede sospechar algo de la pobre Mercedes. Mira que los españoles son desconfiados y sagaces; y si tatita o mamita llegaran a saber algo meterían a Mercedes de cocinera en un convento de monjas.

-¡Rico chuspe comerían las madres!... -dijo la zamba con donaire.

-¡Entrémonos!

-¡No, señorita! -le respondía la gentil muchacha con una voz insinuante y cariñosa-: esperemos a su novio para ver como nos saluda y qué nos dice.

Estaban ambas en esta lucha, cuando don Antonio se acercaba. Obedeciendo a un impulso natural en su caso se apuraba para llegar; pero no podía vencer cierta turbación que de más en más le ganaba quitándole toda seguridad de sí mismo.

Doña María había tomado su aire de costumbre, encogido y un tanto mojigato. Vacilaba entre disparar para adentro, y quedarse en la puerta arrostrando los cumplimientos y requiebros de su futuro; y la zamba traviesa gozaba infinito con la situación desabrida de ambos novios.

Las circunstancias del encuentro eran ya tan urgentes que doña María tuvo apenas tiempo para decir a su criada:

-¡Por Dios! ¡no le hables de la tapada!

Y sin poder resistir más, se dio vuelta y corrió para adentro. Sonaron en esto las llaves y pasadores de una puerta y apareció, serio y taciturno, don Felipe seguido de su devota costilla.

-¡María! -dijo esta con imperio.

-¡Señora! -contestó la niña con una voz insinuante e hipocritona.

-¿Qué hacías en la puerta de calle, niña?...

-La esperaba a V., mamita.

-¿Y Juana?

-Ahí esta.

-¡Que se entre al instante!

Don Antonio llegaba al mismo tiempo, y al ver a toda la familia en el patio, se desmontó y se reunió a ella cuando don Felipe empezaba a rezar en coro una oración, pidiendo a Dios su ayuda para el viaje. Concluida la plegaria se santiguaron todos, y subieron a los balancines, remontándose a su jaca nuestro novio.

Iba en el primer balancín don Felipe con su hija; y en el segundo iba su mujer con Juana sentada a sus pies.

Como el camino que tenían que hacer era tan corto, no es extraño que nada les sucediese en él digno de referirse: nos contentaremos, pues, con decir que después de haber andado los dos balancines bamboleando sobre las piedras que lo cubren, y de haber hecho sonar a cada barquinazo sus numerosas campanillas, llegaron al Callao, donde ya eran esperados por el capitán del San Juan que ardía por hacerse a la vela en el momento. Pocas horas después estaban ya todos a bordo: levantadas las anclas desplegáronse las velas, y el San Juan comenzó a ver correr sobre su izquierda las islas de San Lorenzo, mientras que su proa cortaba las aguas del Pacífico con dirección al noroeste.

Doña Mencía Manrique (que así se llamaba la digna mujer de don Felipe Pérez) se mareó al momento, por lo que no pudo practicar aquellas largas y repetidas oraciones con que tanto ocupaba las horas de toda su familia.

Don Antonio no había logrado en los primeros días ver realizadas sus halagüeñas esperanzas de conversación y acomodamiento con su futura esposa; porque don Felipe lo había tenido siempre sobre los libros de cuentas, trabajando con aquella constancia imperturbable y nimia prolijidad, de uno de aquellos viejos españoles, que, cuando llegaban a sentarse con algún poder sobre una alma joven, la trataban como una piedra de molino trata a los granos de trigo.

Era así como doña María y su interesante zamba gozaban en el mar de una libertad que hasta entonces no habían conocido; y como no había que temer la puerta de la calle, ni la ventana, ni los galanteadores, ni las guiñadas, ni las esquelas, ni los recados, esa libertad les era tácitamente permitida por sus mismos guardadores.

Tres días hacía que andaban así las cosas, y ya empezaba a anunciarse la noche del cuarto día, cuando ocurrieron los sucesos que vamos a referir.

Aunque no había oscurecido aún, sin embargo, la luna se mostraba en el oriente perfectamente clara, y con aquel color plateado y puro que la luz del día desfalleciente imprime sobre su disco. Doña Mencía estaba en cama muy afectada siempre de su cabeza. Don Felipe y don Antonio trabajaban como de costumbre en sus arreglos de partidas y de cuentas. Doña María y su zamba comenzaban a aburrirse ya, y a sentir aquel monótono desfallecimiento, aquel tranquilo desgano que un viaje de mar infunde siempre. Para ellas, habían perdido toda su novedad las ballenas y las gaviotas; y el triángulo espumoso de la proa no fijaba, como al principio, los lindos ojos de aquel par de bellas.

Resignadas al fastidio, contemplaban la inmensa bóveda del cielo, y seguían los pliegues con que el viento se insinuaba en las altas velas del navío: porque este era el único cuadro sobre que podían fijar su vista.

Había junto a la entrada de la cámara un banco. Doña María, vestida de blanco, estaba sentada en él, Juana echada a sus pies, reclinaba la cabeza en las muelles rodillas de su amita.

Apareció en estos momentos, con paso liviano y cauteloso, como escapado de la cámara, el caballero don Antonio, novio presunto de doña María. Bastaba mirarle su semblante para conocer que su corazón latía más aprisa que de costumbre; algo de conturbado y de trémulo tenía en todos sus miembros, y no bien fijó sus ojos en la niña, que seguía reclinada sobre un codo con un abandono encantador, cuando se puso encendido como un niño que empieza a sentir los primeros sonrojos que ocasiona la sociedad de las mujeres.

Era indisputable que don Antonio estaba enamorado, que la mudez misma a que había sujetado su pasión, le había dado intensidad.

Reventando de desesperación al ver que los días pasaban unos tras otro sin que él se hubiese hecho comprender de su bella; indignado de su falta de valor para sobreponerse a su propia timidez, se había creído un héroe por un momento y había resuelto subir a declararse a doña María; pero no bien había puesto el pie en el primer escalón cuando un temblor involuntario se había apoderado de sus miembros confundiendo todas sus ideas, y le había quitado el uso fácil de la palabra. Vaciló en su marcha, se dirigió a la borda del buque, y como si se hubiese repuesto con un esfuerzo de voluntad, vino tímido como un perdiguero a sentarse al lado de su ídolo.

Esta se enderezó y compuso los vestidos con toda la maestrísima astucia que una niña de diez y seis años sabe desplegar en las luchas de un amor que no ha avasallado todavía.

Juana se levantó entonces con una finísima sonrisa y como no había tenido tiempo de lanzar su epigrama favorito, fue a recostarse en la borda fingiendo una prudencia preñada de ironía.

D. María tomó ventaja de la indecisión que dominaba a don Antonio:

-Usted querrá estar solo, le dijo levantándose con gentileza.

Pero don Antonio, que con este ademán se vio amenazado de un golpe mortal para las caras ilusiones con que había subido, le tomó desesperado la mano (en los tiempos antiguos se enamoraba por las manos como en los tiempos modernos) y le dijo balbuciente:

-¡Solo! ¡no, señorita! ¡la soledad me mataría! he venido para hablar con usted: ¡no me deje usted solo por Dios!

Las pasiones verdaderas tienen siempre su prestigio momentáneo que las hace irresistibles; y doña María se sintió vencida en su misma indiferencia por aquel arranque del sentimiento sincero de su prometido, retiró su mano con pudor y se volvió a sentar afectada y confundida ella también.

Si don Antonio hubiese sido uno de aquellos galanes avezados en el arte del querer, este era el momento supremo para decidir la suerte a su favor; el alma de la mujer a quien amaba estaba como muchas veces suele estar el alma de las demás mujeres, en el estado de la cera pronta a recibir la impresión que el artista quiera darle.

Pero don Antonio no era artista, y su amor inexperimentado no podía luchar contra la indiferencia innata con que el corazón de doña María reflejaba su persona. Había vuelto a caer en la parálisis del sentimiento puro, y no sabía por donde empezar.

-¡Qué hermosa es aquella estrella! -fue lo único que se le ocurrió decir después de un rato de silencio, señalando al planeta Venus que brillaba sobre el horizonte.

Volviéndose Juana hacia él le dijo desde la borda.

-Pero si usted se descuida, señor, ¡va pronto a entrarse!

Y bastaron estas palabras dichas con mucha malicia para que doña María se viese acometida de una risa convulsiva que persistió a pesar de sus esfuerzos por contenerla, y que no era sino una reacción natural de la sorpresa y de la emoción nueva que por un momento la había dominado.

-Qué cruel es usted, Mariquita, en reírse así de mí, le dijo don Antonio con humildad.

-¡Ay, señor! ¡no crea usted, por Dios, que me río de usted! -le dijo la niña con una seriedad forzada-, ni yo misma sé de lo que me río.

-¡Se ríe usted, porque no me ama! Pero si usted supiera lo que yo siento por usted; si usted supiera que la vida me sería aborrecible si no tuviera la esperanza de que usted me ame cuando conozca todo el ardor de la pasión que me hace su esclavo, estaría usted no risueña sino trémula y perdida como yo estoy.

Doña María se quedó callada por unos instantes inclinando su bellísima cabeza sobre el tumente seno; y don Antonio la devoraba tímidamente con sus miradas. Pero ella que veía a Juana por las espaldas sacudirse de risa también, le dijo con la misma inclinación al reír mal sofocada.

-¡Déjeme usted reír, por Dios! no sé que hacer si no me río.

-Bien, señorita: ríase usted; pero cuando usted acabe tenga usted la caridad de contestarme una palabra. ¡No me la niegue usted! ¡sea usted buena conmigo que tanto sufro por usted! ¿Ha pensado usted en que estamos destinados a unir nuestros destinos para siempre por medio del amor?


-Señor Romea: mi padre me lo ha dicho; pero le he visto a usted tan pocas veces: tengo tan poca confianza con usted, que debo confesarle que hasta ahora no he querido cavilar en lo que usted me indica. Y la niña se reía a más reír al ir diciendo estas palabras.

-Pero si usted me amase se sentiría usted atraída hacia mí.

-¡Ah! ¡eso no! -dijo doña María con viveza; y reponiéndose al momento agregó-: pero no lo extrañe usted; me habla de cosas que son desconocidas; y volvía a reírse.

-Tengo que retirarme, Mariquita; dijo entonces don Antonio con tristeza, porque su taíta de usted me espera; y me voy con el desconsuelo de saber ya de cierto que le soy a usted indiferente. Al decir estas palabras don Antonio se levantó despechado, y bajando la escalera de la cámara dijo con los rasgos convulsivos de la cólera sobre su rostro: -¡Coqueta!- y con el mirar torbo de sus ojos parecía decir «¡día vendrá en que cambiarás tu risa por el miedo!»

Cuando doña María vio a don Antonio retirarse se sintió aliviada y oprimida al mismo tiempo. Tenía un secreto pesar de haber ofendido, tal vez, a un hombre que le había significado tanto amor, tanta bondad y tanta resignación.

Pero Juana vino en aquel mismo momento y deshecha en carcajadas de risa dejó caer su negra cabeza entre las delicadas faldas de la niña.

Esta sin embargo ya no podía reírse con la misma espontaneidad; algo de serio había pasado por su alma que la ponía pensativa; y no pudo menos que decir a Juana con cierto tono indefinible de súplica: -No rías así, ¡por Dios! ¡este hombre me ha dejado afectada!

-¡Guay, señorita! -le dijo la zamba con admiración- ¿cómo es eso?

-Sí, Juana, te lo confieso; este hombre me ha dejado llena de lástima o de miedo, ¡no sé lo que es!

-¿Y don Manuelito, señorita; qué diría si la oyese a usted hablar así?

-¡No lo sé! pero en lo que me acaba de pasar hay algo de grave que ha cambiado mi modo de ver las cosas, y me está pareciendo juego de niños el cariño de don Manuel.

-Tate... pues, niña, ya veo que el viaje va a darnos que contar.

-Hace tiempo que lo he dicho: el Padre Andrés me ha estado amonestando en las confesiones que ponga mis ojos en don Antonio: que Dios y mis padres me lo destinan para señor de mi alma y de mi vida; y tú sabes las durezas de que ha sido víctima mi primo Manuel. Este hombre, Juana, dice que me ama. Dios, mi confesor, mis padres, me mandan ser suya; y sin embargo tú ves la humildad con que me ha hablado. ¡Te juro que no sé lo que me pasa! Yo siento que el cariño con que miraba a Manuel no me da fuerzas bastantes para resistir a don Antonio; y además, acabo de comprender que no le tengo repugnancia, dijo doña María con resolución.

-Pues, señorita: ¡eso y empezarlo a amar es todo una misma cosa! -dijo Juana despechada.

Las dos bellas se quedaron absorbidas en un profundo silencio después de estas palabras.

Juana fue quien al fin lo rompió, diciendo como para tener pretexto de conversar.

-¿Sabe, señorita, que sería chasco que nos encontrásemos con los herejes?... Si, como dicen, son hijos del diablo y tienen su propia figura, no se les ha de ocultar que este barco lleva muchísima plata. ¿Y si vienen, quién nos defiende?... ¡Madre mía del Carmen!... Si trajésemos un padre, ya sería otra cosa; porque él los conjuraría. Pero aquí venimos desamparadas; y por lo que he visto este capitán y esta gente no han de estar muy bien con Dios.

-¡No digas eso, Juana!

-¿Cómo no lo he de decir?... A mí me parece que nuestro capitán y sus marineros son tan herejes y judíos como los mismos herejes. ¿No oyó su merced las maldiciones que echaba ese bruto el otro día, cuando el marinero que estaba sobre aquel palo no podía recoger pronto la vela? Yo no había oído jamás una boca más mala; si lo hubiera oído el amo o la señora no nos hubieran dejado subir más a tomar el aire.

-Esta gente siempre es torpe, Juana; y si así son los cristianos ¿cómo serán los herejes? ¡yo me moriría si tuviese que verlos! ¿De qué andarán vestidos, eh? Que cosa tan horrible serán; y dicen que no hablan; que son como los animales, que solo entre ellos se entienden, y que se comen a la gente.

-¿Y sus buques, señorita, serán como este?

-¡No, mujer! ¡cómo han de ser! ¿cómo te figuras que los buques de cristianos hayan de ser como los de los herejes?

-¿Y quién es el Rey de los herejes, niña?

-¡Quién sabe! el otro día le oí decir a tatita que era una mujer muy enemiga de nuestro rey: una judía que anda como los hombres montada a caballo, y en la guerra; que mata a muchos de sus súbditos y que ha degollado a una reina preciosa y buenísima, porque era cristiana. Pero no sé como se llama.

-Se llama Isabel (dijo alguno por detrás de ellas con una voz tosca y un acento conocidamente portugués) y es fiera como el diablo.

Las dos muchachas miraron hacia atrás sobresaltadas, y se encontraron con un marinero que manejaba el timón, y que al decir las palabras que quedan escritas, tenía clavados sus ojos en las velas como si esto fuera lo único que lo preocupara.

-¿Y usted la conoce? -le preguntó Juana con desembarazo.

-¡No! pero la conoce un hermano mío, marinero como yo, que estuvo prisionero mucho tiempo en Inglaterra.

-¿Y usted ha visto herejes? -le preguntó María.

-¡De cerca, no! porque las veces que los hemos encontrado en el golfo de Vizcaya les hemos menudeado tanta bala que han perdido el coraje de acercársenos. Pero, aunque no los haya visto, puedo jurar por Cristo que todo lo que ustedes estaban diciendo es fábula. ¡Los herejes son hombres como yo, señoritas! los hay hermosos como un roble, y sus mujeres son lindas como las estrellas. No por ser hijas del diablo (lo cual es cierto) dejan ellas de ser madres de bravos marinos y galanes caballeros. Esas cosas que allá en tierra cuentan los frailes son pamplinas buenas para ellos y para embaucar la gente que no sabe lo que es mar. ¡Si dijéramos los Moros! ¡eso ya sería otra cosa! ¡estos sí que son retratos del diablo en lo negro y en lo feo!

-Yo he visto muchos moros, dijo Juana.

-¿Quién?... ¿tú?

-¡Sí, señor!... pintados.

-¡Ah! eso sí: no estarías aquí, ni tendrías tan rosada la boca si los hubieses visto de carne y hueso.

-¿Son muy malos? -preguntó doña María.

-¡Arre!... ¡Cómo el diablo!

-¿Y cómo estuvo usted con ellos?

-¡Vea usted! Yo fui con el famoso Rey don Sebastián a pelearlos en su mismísima tierra para reducirlos a nuestra Santa Fe. Les dimos una gran batalla. Les matamos gentes a millones. Pero el diablo los resucitaba a aquellos malditos en cuerpo y alma y les daba lanza y caballo para que volviesen a pelear. Todititos los santos del cielo, y todititos los diablos del infierno anduvieron en aquel día a cual hacía más milagros para los suyos. Pero, como nosotros éramos cristianos, no nos resucitaban para que ganásemos el cielo; mientras que a ellos el diablo principal les cerraba las puertas del infierno, de modo que no tenían más remedio que volverse a la batalla quisieran que no quisieran. Allí nos estuvimos pues dándonos hacha y tiza y agrupados a nuestro Rey, que era un joven de lo más guapo y gallardo que se puede ver. ¡Era de verlo correr de un lado a otro descabezando moros y chorreando sangre impura! Tanto pelear nos iba acabando poco a poco; y no quedábamos ya sino unos cuantos vivos, cuando nuestro Rey desde lo alto de su caballo blanco como la nieve, nos dijo: -¡Viva la fe! ¡a ellos! y se metió en medio de los enjambres de moros. Todos íbamos a morir: ¡nuestro Rey el primero! cuando se vio, señoritas, el más grande de los milagros que haya hecho nuestra Santísima Madre la Virgen de Mercedes. Don Sebastián llegaba ya a las filas de los moros, cuando se abre en esto el cielo y vemos bajar un ángel dorado con alas de fuego, que alzándose al Rey con su caballo, se los llevó por el aire dejándonos a todos medio muertos de espanto. Los moros se quedaron mirando, y nosotros también, hasta que el ángel, don Sebastián y su caballo se perdieron de vista entre las nubes. Viéndonos solos y sin Rey, nos entregamos: y como yo era marinero, díjeles a los moros que tomaba partido con ellos; y me echaron a un corsario. Una noche estábamos a la capa espiando un navío delante de Cádiz; yo estaba junto al timón; me bajé quedito por la borda, y a nado llegué a la costa. Me conchabé después en un barco que salía para América, y como sufrí tanto al pasar por el Cabo no he querido ya volverme, y...

En esto estaba el portugués, cuando de arriba del palo mayor salió un grito agudo diciendo:

-¡Una vela!

-¡Por Cristo! -dijo el del timón- ¿qué será esto?

-¿Serán los herejes, señor? -preguntaron a un tiempo y espantadas doña María y Juana.

Pero aún no habían acabado cuando apareció subiendo a brincos el capitán del navío, y empinándose sobre el techo de la cámara gritó:

-¿Qué rumbo?

-¡A nosotros! -contestó inmediatamente el del palo.

Mandó entonces el capitán soltar los rizos de todas las velas, y reparando en las dos niñas que estaban aterradas junto a él les mandó irse para abajo inmediatamente con un tono grosero e imperioso.

El marinero del palo volvió a gritar:

-¡Otra vela, con el mismo rumbo!

-¿Qué arboladura? -preguntó el capitán.

-¡No distingo todavía!

El capitán dio una patada sobre la cubierta: mandó cambiar el rumbo para tomar el viento a un largo; y comenzó a pasearse cabizbajo a lo largo de su buque.

Antes de seguir narrando las consecuencias de este encuentro, es menester que volvamos a Lima. Habían ocurrido allá, después de nuestra partida, grandes alborotos, que nos explicarán probablemente el duro trance en que iban a verse nuestros caros navegantes.