La novia del hereje: 11

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Capítulo IX[editar]

«¡Os lo juro por el cielo!
amor e guerras de mar
non se pueden hermanar
sin traer hábito de duelo.»
(LOPE DE VEGA.)


-¡Qué salga al fin de vuestros labios la dulcísima palabra! -le decía Henderson a doña

María, mientras que la Isabel impelida por un fresco viento del sudoeste volaba sobre la rizada superficie del Pacífico haciendo bullir las aguas que rompía con su proa.

Un sol hermoso y despejado empezaba a entibiar la atmósfera vivificante de la mañana; y dando sobre las velas hinchadas de la nave llenaba de vida aquel estrecho mundo lanzado sobre los abismos por la industriosa osadía del hombre.

-Mirad que nuestros instantes son contados, agregaba Henderson: de un momento a otro voy a veros arrebatar de mi lado; y ese rostro que estoy mirando con el delirio del amor, esta mano que tan de mala gana me abandonáis, van a convertirse en un recuerdo... ¡Ah! ¡en un recuerdo, querida mía!... ¿sabéis lo que es un recuerdo de amor verdadero? ¡Es la presencia y la fuga alternativa de una idea: es el martirio del ver y del no ver mezclados; es la esperanza combatida por la decepción; es la sombra de la realidad diseñada y borrada a cada instante por el tormento de la duda!


Separador1.jpg


Este es, María mía, el amargo dolor que me amenaza, y que no puede tardar en llegar... Llegará; y veréis que tendré que resignarme a veros partir refrenado por la obediencia que debo al jefe que así lo ha dispuesto... La primera oleada que separe el esquife en qué salgas de aquí pondrá entre nosotros el abismo de lo infinito... ¿Y nada me decís, María?... preguntaba el fino amante con una mirada llena de blandura.

Doña María con su cabeza inclinada, parecía profundamente conmovida; tenía sus ojos clavados en el suelo y el tenue temblor que recorría todo su cuerpo se traicionaba en una de sus manos que Henderson estrechaba con amor entre las suyas. Permanecía empero en una profunda mudez.

-Cuando vos salgáis de este buquecillo en que estáis prisionera ¿qué consuelo me dejáis, si me negáis la palabra de fe que puede abrir mi alma a la esperanza?... Iré a tocar los lugares en que os sentabais; iré a besar la huella de vuestros pies: evocaré los prodigios de la fantasía para hacer revivir en mi espíritu vuestra imagen y tenerla perenne a mi lado. ¡Pero vos habréis huido, y caeré sin cesar en el mismo delirio y en el mismo tormento!... ¿No podré decirme al menos «sí, yo la he oído; me ha jurado que me ama: me ha prometido que esperará los esfuerzos de mi voluntad y de mi coraje para volver a encontrarla; y ella, mi María, que es un ángel, no faltará a la fe dada que es la virtud del cielo.»? He aquí lo que quiero decirme cuando os ausentéis: os habré oído; podré recordar algo de real con que ocupar el tiempo hasta que vuelva a encontraros; porque, he de volver; ¡oh! sí, he de volver, o he de morir, ¡María!...¿Y nada me decís todavía?

-¡Y qué puedo deciros, por Dios! -dijo al fin la niña con una profunda y modestísima ternura...- ¿Sé yo acaso si me decís la verdad?

-¡Si os digo la verdad!... ¡Os juro que os la digo!... ¡Pluguiera al cielo que el corazón tuviese un lenguaje para este momento que os hiciera comprenderme!... Os juro que os amo... ¿Cómo os lo diré para que me creáis? ¡Inspiradme, Dios eterno!... ¡Os amo! ¿Veis? ¡Os amaré mientras viva! y esto es todo lo que atino a deciros con este labio que Dios ha dado al hombre tan estéril, tan tibio para expresar las grandes pasiones del alma... ¡Esperad! -dijo, sacándose un anillo de oro enteramente liso que llevaba en la mano, y poniéndolo a doña María-: este anillo es un recuerdo de mi madre, que era una santa mujer, que está en el cielo. Sea él, sea ella, que me oye en este instante, el testimonio de la verdad con que os digo, que os amo, y que volveré a encontraros sin ahorrar esfuerzos ni sacrificios... ¿Me creéis ahora, mi María? decidmelo por fin ¿me creéis?

-¡Sí! -contestó doña María con timidez y con recato.

-¿Me amaréis?

-¡Sí!

-¿Tendréis constancia y valor para esperar mi vuelta y mis esfuerzos?

-¡Sí!

-Pero pensad que vais a volver a Lima. Vais a oírnos calumniar por todas partes: todos a vuestro alrededor nos van a maldecir: vais a veros rodeada otra vez por los halagos de la atmósfera en que os habéis criado; ¿y con todo eso no me olvidareis, María?...

-¡Nunca mientras viva!...

-¡Dios es bendiga!... amadme mientras viváis como lo decís; después de la muerte hay también una vida de amor y de unión para los que se han amado con virtud y con pureza.

Reparó en esto doña María la cabeza de don Antonio saliendo por una de las entradas de la cubierta y observándola con un ojo ávido y estático. Doña María no pudo menos que dar un ¡ay! acompañado de un ademán de terror.

-¿Qué?... -preguntó Henderson con inquietud.

Doña María, siempre inquieta le dijo: este anillo no tengo donde tenerlo... me lo hallarían, y tendría mucho que sufrir; ¡es preciso que os lo devuelva, Henderson!

-¡No: guardadlo! espero que él os dé fe y fortaleza hasta que pueda yo venir en vuestro apoyo.

-Creedme que la tendré sin él.

-¡No importa: guardadlo!... ¡Es preciso que el espíritu de mi madre, que para mí es el espíritu de la virtud, vele sobre nuestros juramentos!

-¡Bien! ¡os lo tomo! pero no puedo permanecer aquí más tiempo: no me detengáis: me voy.

Y la joven, llena de inquietud, sustrajo sus manos a las de Henderson, para bajarse a la cámara donde estaba su madre.

Doña Mencía dormía: Juana estaba haciendo una pequeña costura al lado del camarote que ocupaba su señora.

Doña María entró, y como se sentara inquieta y cavilosa contra una de las paredes de la cámara, Juana dejó su costura y acercándosele, le dijo con picardía:

-¡Esto ya pasa de castaño oscuro, señorita! ¡dos conversaciones por día!... ¡y van cinco días de repetición! -agregó mostrándole los cinco dedos de la mano.

-¡Ah, Juana! ¡si supieras! -le dijo la niña con impresión seria- ¡Todo está consumado!... ¡me he comprometido!

-¿De veras? -dijo Juana con asombro, y ambas se quedaron pensativas.

El silencio duró hasta que doña María dijo:

-No sé qué hacer de esta sortija que me ha obligado a tomarle: ¿cómo la oculto para que no me la descubran?

-Pensemos... ¡Ya estoy!... No hay más que ponerla en el santuario (y siguió Juana hablando con voz tan baja que no pudo oírsele lo que decía)... ¡Hubiera sido mejor no ir tan adelante! -agregó.

-¿Qué quieres? ¡Lo amo tanto, que no he podido resistir a la pendiente que me arrastraba!... ¡y no te cuento lo peor por no aterrarte!

-¿Qué cosa, niña? -preguntó Juana con ansiedad.

-¡No! prefiero que no lo sepas porque con solo repetirlo me lleno de pavor.

-¡Dios mío! ¿qué ha hecho usted, niña?

-¡Nada más que lo que sabes!... ¡te lo juro!

-¿Y entonces?... ¡diga usted por Dios, que no puedo respirar!

-¡Don Antonio... me parece... que me ha descubierto!

La conversación fue aquí interrumpida por la voz clara de Henderson, que, con el tono imperioso del jefe, decía sobre cubierta.

-¡Suttonhall!... ¡atención! ¡hay señales en la almiranta!

El subalterno acudió con presteza; sacó un libro grande y estropeado de una especie de alacenilla hecha en la meseta de la cámara, y tomando también un anteojo de larga vista se puso a observar.

En efecto: como a cuatro millas de la Isabel brillaban bajo los rayos del sol de la mañana, las blancas velas del Pelícano que se avanzaba hacia la costa del Nordeste con la impávida gallardía del ave de quien había tomado el nombre: hacía un momento que una serie perpendicular de banderas flameaba en su palo mayor.

Suttonhall tomó nota de los números a que ellas correspondían en su libro y después que los descifró dijo:

-Comandante: el almirante nos da orden de reunirnos, y anuncia que tiene una vela por la proa.

El golpe con que estas palabras cayeron sobre el corazón de Henderson paralizó por un instante sus latidos; y la palidez repentina que cubrió su rostro fue inmediatamente sucedida por el ardor de las mejillas y por latidos tumultuosos y violentos que le trabaron la respiración. Permaneció un momento indeciso sin poder fijar sus ideas; pero reponiéndose con voluntad, dijo sucesivamente:

-¡Largad la mayor!... ¡soltad los juanetes!... ¡izad la cangreja!... ¡La barra al viento! -Y la vivacidad con que el joven comandante dio estas órdenes, produjo sobre la tripulación un efecto completo.

Cuando las velas indicadas fueron sucesivamente cayendo de sus vergas y se tendieron al viento, la goleta apretó con más fuerza y más ruido sobre las aguas del mar.

El Pelícano bajó al instante sus señales, e izó sus juanetes poniéndose en la disposición elegante del buque que da la caza. Un cuarto de hora había pasado apenas desde que la Isabel volaba a toda vela, cuando ya pudo verse desde su cofa una nave que navegaba hacia el norte. Los buques del hereje eran demasiado veleros para que no ganasen a cada minuto un rápido camino sobre la nave que perseguían; y muy pronto la tuvieron cerca. Brilló entonces en el costado del Pelícano una luz viva y repentina como la del rayo: una esfera de humo blanco como la espuma rodó sobre la superficie del mar, abriéndose al instante en círculos concéntricos, y los ecos del espacio repitieron el solemne estampido del cañón.

Pasaron unos segundos sin que se notase el efecto de este lenguaje inventado por la audacia del hombre. Pero la precipitación con que el barco perseguido se cubrió de trapo, echando hasta sus alas y arrastraderas reveló bien claro que quería probar la fuerza de sus talones antes de resignarse al riesgo desconocido que le amagaba.

Al verlo tentar así la fuga, el Pelícano y la Isabel echaron sus alas a la vez como si hubiesen obedecido a la misma voz; y unos minutos después los cañones del Pelícano repetían a menor distancia la misma orden, acompañándola con una misiva de hierro que fue brincando sobre la superficie del mar a pasar muy cerca del fugitivo.

Por lo que hace a esta vez, parece que el cañón del más fuerte habló con su persuasión ordinaria; pues la nave perseguida aflojó a un tiempo todas las cuerdas de sus vergas; sus velas comenzaron a ondear contra los palos, y la presteza de su movimiento fue apocándose gradualmente hasta morir. Como en aquel tiempo ningún barco que no fuera español navegaba aquellos mares, era evidente que Drake había hecho una nueva presa, y que don Felipe había ya encontrado la nave en que debía regresar con su familia a la tierra española.

El Pelícano y la Isabel vinieron a detener su marcha como a cien varas del galeón español: dos lanchas llenas de gente se desprendieron del primero y abordaron la presa que era en efecto un inofensivo galeón de trasportes.

Desde que Henderson concluyó con los deberes oficiales que le habían retenido sobre cubierta hizo saber a las señoras que deseaba hablarlas.

Bajó a la camara en consecuencia, y con un tono moderado que ocultaba apenas la tristeza de su alma dijo dirigiéndose a doña Mencía, que según las órdenes que el Almirante le tenía trasmitidas debían prepararse las señoras para ser trasbordadas al galeón, que acababan de encontrar, en el cual seguirían su viaje hasta alguno de los puertos de la costa, bajo un salvo conducto que les daría el mismo Drake.

-Yo espero, señora, agregó Henderson con un tinte perfecto de sinceridad y de sentimiento, que cuando os halléis entre los vuestros querréis recordar siempre que cualesquiera que sean los odios y las preocupaciones que dividan nuestras dos razas, habéis encontrado entre nosotros las virtudes simpáticas con que deben tratarse los cristianos; porque lo somos, señora, por más que nos llaméis herejes y grasa de hogueras.

-¡Ojalá que el cielo, para bien vuestro, os diera religión, señor Henderson!

-¡Os juro que la tengo, señora! -respondió este.

-¡Ah! sí: pero es la del diablo, dijo doña Mencía entre dientes.

Su hija, mientras tanto, permanecía cabizbaja y pensativa al lado de la madre: y ni siquiera se le vio levantar sus hermosos y húmedos ojos, del suelo en que los tenía fijos, cuando Henderson se despidió diciéndoles que tenían prontos los botes para trasbordarse.

Henderson ordenó con sequedad que dijeran a don Antonio que se aprontara también, y se puso a pasearse silencioso y resignado por delante de la Cámara, mientras que los marinos sacaban el equipaje de las señoras y lo llevaban a las lanchas. Doña Mencía subió poco después apoyada de su hija y en Juana, prontas ya para partir. Henderson se acercó a ellas urbanamente, y tomando a la señora la condujo hasta la escala desde donde la hizo bajar al bote, con sus marineros, y con el mayor cuidado. Volviéndose entonces a la niña, para hacerla descender también, le tomó la mano y estrechándosela con ardor y disimulo le dijo a media voz: ¿Juráis serme fiel?

-¡Os lo juro! -le dijo ella del mismo modo.

-¡Jurádmelo, por lo que más queráis en la tierra!

-¡Por vos! -le dijo ella con una voz firme. Henderson se quedó trémulo y Juana vino entonces a interponerse entre el joven y don Antonio, con una prisa calculada como para evitar que se apercibiese de este diálogo rápido y solemne de los dos amantes. Cuando Henderson vio desde la barca que doña María y Juana estaban ya en el bote, se separó sin reparar en don Antonio, que al pie de la escalera esperaba humildemente que le dieran lugar para pasar. Henderson fue casi corriendo a la otra borda y bajó a brincos a su lancha, en la que seis marineros comenzaron a reinar hasta ponerla paralela con la otra; ambas llegaron juntas al costado del Galeón y Henderson se dedicó a desempeñar en la subida los mismos deberes de urbanidad que había desempeñado en la bajada:

-¡Vuestro para siempre!

-¡Sí: vuestra para siempre! -le respondió ella; y estas fueron las únicas palabras que los dos esposos pudieron cambiarse, en momentos de ausentarse sin esperanzas.

Cuando Henderson subió halló a doña María y a su madre abrazadas ya de don Felipe. Las dos lloraban; pero el llanto de la niña parecía el desahogo violento de un dolor profundo más bien que el resultado de una emoción. El viejo las sostenía contra su pecho con aquel rostro firme y severo que es propio de un hombre de ánimo entero y de voluntad de hierro.

Drake estaba allí también; pero tenía todos sus sentidos en las hermosísimas barras de oro y plata que el capitán español le estaba entregando.

Uno de los marineros ingleses que estaba registrando el buque, vino en esto trayendo en sus manos un magnífico Crucifico que había encontrado.

La cruz en que estaba elevada la imagen de nuestro Salvador tenía como una vara de largo, y una y otra eran de purísimo oro trabajadas con un arte exquisito: grandes esmeraldas, mezcladas con perlas y otras piedras no menos preciosas, estaban engarzadas en sus partes más visibles; y las de los tres clavos eran tres brillantes de una hermosura sin igual.

Al ver esta imagen en manos de los ingleses, don Felipe y su mujer cayeron de rodillas y se cubrieron el rostro: Doña María se arrodilló como ellos pero dirigió al mismo tiempo una mirada a Henderson que parecía una súplica suprema. Drake tomó el crucifijo, lo examinó con seriedad, y lo puso sobre la meseta de la cámara al lado de dos jarrones de plata maciza con sobrepuestos de oro finamente cincelados que habían pertenecido al piloto del Galeón. Henderson se acercó al almirante y le dijo en voz baja:

-Milord: entre vuestros grandes méritos, no es el menos grande el temor sincero de Dios que ponéis en vuestras obras. La cruz del Salvador es para nosotros un dogma como para los papistas; y no obstante que, miramos como una abominación el degradar ese santo dogma a la imagen material que puede hacerse de él con un pedazo de vil madera... ¿no sería un grande acto de justicia excluir de nuestros odios lo que forma la base de nuestras dos creencias?

-Ya lo había pensado así, Henderson.

-¿Devolveréis por consecuencia ese símbolo del misterio de nuestra redención?

-¡Sí, Roberto!

-Sois un grande hombre, Milord; ¡pues no os olvidáis nunca del Juez supremo de nuestros espíritus allá en lo alto! -y Henderson se retiró satisfecho.

Concluido el registro de la presa, Drake hizo pasar a sus lanchas todas las riquezas que había tomado dejando siempre sobre la cámara el crucifijo, y los dos jarrones; y cuando sus marinos hubieron bajado, no quedando a bordo si no él y Henderson, tomó el crucifijo, y poniéndoselo entre las manos a doña María le dijo:

-Os encomiendo a vos, señorita, el cuidado de restituirlo a su templo.

La joven miró confusa y sorprendida a su padre, sin atreverse a retener aquella prenda; pero don Felipe tomó el crucifijo, le besó con una suma reverencia y haciéndolo pasar de su mujer a su hija, todos hicieron lo mismo. Drake se había vuelto entretanto hacia el capitán del Galeón, y le decía:

-¿No me dijisteis que estos jarrones pertenecían a vuestro piloto?

-¡Sí, señor!

-Llamadlo.

-¡Camarada! -dijo Drake al piloto cuando se acercó-: poseéis dos hermosas alhajas. ¿Cuánto os ha costado cada una?

-¡Quinientos duros! -respondió el piloto con enojo: era un catalán de traza airada y duro ceño.

-Pues quiero llevarme una para mi uso: tomad el dinero que os ha costado; os dejo la otra; dijo el inglés contando y entregando al catalán una cantidad de onzas de oro.

El español tomó el dinero, y acercándose resueltamente a la borda, lo arrojó sobre los remeros del bote de Drake, como si desdeñara (dice el cronista) deber algo al favor de los ingleses.

Los marineros se pusieron a recoger con avidez, creyendo que fuera alguna dádiva por la extraordinaria blandura con que habían procedido por la primera vez; Drake se sonrió con menosprecio e hizo llevar uno de los jarrones a su bote.

-Aún me falta hacer algo en vuestro favor: dijo Drake al capitán del Galeón, con una calma perfecta. Es muy probable que encontréis al capitán Winter con uno de los buques de mi escuadra, y quiero daros una carta que le presentareis para que os deje libre en vuestro camino; traedme con que escribirla: y cuando fue servido, se inclinó en la mesita de la Cámara y escribió la carta siguiente, digna de trascribirse, por ser característica del hombre y de la época :


«Maese Winter: si cumpliese a Dios Señor nuestro poneros en el camino desta Nao que lleva por nome El grand Capitán del Sud, ruegoos que os trabajéis en pro de su Mayoral e de las otras gentes muchas que van dentro en ella, por cuanto soy tenudo de guardarles la promisión que de dello les tengo fecho con palabras de presente. Otrosi os digo: que si oviesses menester de basteceros con alguna de las cosas que van dentro en la nao fagais paga della, en tomándola, con el precio del duplo a cuenta mía, e que porende roguéis a vuestros homes, tomando mi nome, que non fagan a su bordo daño ni malfetria: e assi este guisado pleito como otro cualquiera que sea que en denante oviessemos fecho entramos, os lo pecharé, con la avenencia de Dios, en tornando a Inglaterra amos los dos, maguer que finco en la dubda de que esta mi carta venga a vuestras manos. Soy en vuestro amor uno mismo, de la misma guisa que en denante, e pido la grand merced de Dios e del Salvador del Mundo, que nos haya en su gracia e nos adelante porque a él solo fagamos toda honra, e todo amor: e toda gloria. Al enviaros mis palabras desta guisa fablo en la misma razón con Mr. Thomas, e Mr. Charles, e Mr. Caube, e Mr. Anthonie, e demás amigos buenos, pidiendo para ellos e nosotros la merced del que non ha comienzo, ni fin, ni ha en sí mensidad, e es poderoso sobre todas las cosas, e envió su fijo, nuestro Señor Jesucristo, que por salvar el linaje de los homes recibió muerte e pasión. Finco porende en la esperanza de que su bondad quiera desviar nuestros peligros, y de que si os acaesciera encontraros en mal trance, cualquiera que él sea, no desesperéis de la grande merced de Dios, que es infinita, porque ella os salve e nos torne los unos a los otros en el puerto de nuestros votos. Enderezémosle con un corazón humilde toda gloria, e toda honra, e toda prez siempre por siempre: amén.
«Vuestro ansioso capitán que tantas inquietudes padesce a causa vuestra: Francisco Drake.»


Drake dobló el papel y lo entregó al capitán del Galeón. Henderson mientras tanto no podía separar sus ojos de doña María. Comprendiendo no obstante de cuanto interés era para la pobre niña que en aquellos momentos él supiese guardar la más estricta prudencia estaba resuelto a no hablarle una palabra más, y se paseaba solitario a la distancia.

Sintióse de repente un sonido extraño y tan confuso en medio de los roncos rezongos de la mar, que fue apenas para todos como una percepción dudosa. Bastó sin embargo para que Drake concentrase en él todos sus sentidos.

¿Era el eco del cañón, o el lejano ruido de la tormenta?