La novia del hereje: 29

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Capítulo XXVII : El bando[editar]

Mientras tanto, un concurso inmenso, bullicioso, festivo y alborotado, se iba agrupando en la plaza mayor de Lima, atraído por el espectáculo del bando. Se convocaba al fin aquel esperado Concilio de Prelados Americanos, que tanto había preocupado los ánimos desde algunos años atrás; y considerado el dominante prestigio que tenían entonces las cosas eclesiásticas, cualquiera concebirá la magnitud que este suceso tenía para los habitantes de Lima, que a todas sus otras preeminencias iban a agregar la de ver el día en que los rayos de luz del Espíritu Santo, bajasen en línea recta sobre su hermosa ciudad.

En verdad que era suma la anarquía en que se hallaban las diversas jurisdicciones del Estado. Armada la Iglesia de sus cánones y de sus decretales, se había abierto un ancho espacio en los negocios temporales y tenía una innegable prepotencia sobre los empleados administrativos y fiscales del Virreinato. Los comentadores habían traído el contingente de sus ficciones y variedades al terreno de la jurisprudencia: y se había levantado así un fuero eclesiástico de límites indefinidos que por medio de las ceremonias del rito creaba relaciones legales entre los individuos que jamás salían del círculo infinito de la competencia eclesiástica; y de aquí la anulación casi total de la vida y del derecho civil.

La insurrección de los agentes del Rey contra este estado de cosas, era permanente: no por causas filosóficas, ni por intereses morales, sino por causas e intereses materiales y positivos. El despotismo de la Iglesia, como todos los otros despotismos, después de haber anulado las resistencias que le habían pretendido cerrar el paso, después de establecido sobre un nivel de cabezas, igualmente inclinadas, había degenerado en egoísmo de casta, diré así, en explotación egoísta y opresora del poder y del prestigio; y de aquí el desorden y la inmoralidad dentro de sus propias filas, con la tiranía y la violencia sobre todo lo que no estaba afiliado en ellas.

De este estado de cosas a la insurrección y a la anarquía, no había sino un paso; y en la época que narramos, ese paso estaba moralmente dado en todas partes: la hostilidad, la lucha y la anarquía existían igualmente vivas, igualmente legitimadas, por más que fuese diversa de fortuna entre las naciones que formaban entonces el mundo de la civilización europea.

Un rey vigoroso y compacto como el hierro, cruel y sombrío como el tigre de los bosques, tenía su planta sobre la España, y a sangre y fuego esterilizaba y agotaba allí los gérmenes de una legítima reforma en el clero y en la jurisdicción de la Iglesia. Pero sus empleados en América, aunque invariablemente imbuidos de su mismo espíritu de conservación y de quietismo, sentían con frecuencia impulso de orgullo ante la tirantez de los sacerdotes; y la lucha latente de las dos órdenes de poderes, se traducía al menos en reyertas personales, en chismes y mezquinas rivalidades, que a poco andar, cobraban la importancia de grandes sucesos y dividían y anarquizaban la sociedad entera.

En los días de nuestra historia el mal había llegado a su colmo, como el lector lo habrá comprendido por los sucesos que vamos narrando.

Es propio de todas las grandes épocas de la historia que los individuos huyan ante la responsabilidad que impone la crisis que se ve venir y rugir en derredor. Se recurre entonces a los cuerpos morales, creyendo que muchos brazos son necesarios para la obra; y así como esta causa trae en nuestros días la convocación, no siempre benéfica, de Asambleas deliberantes que engendran la anarquía, y caen en el despotismo, traía en el siglo XVI la convocación de los concilios, que era, diremos así, la manía del tiempo, y que produjo a Lutero y a Calvino, para abdicar en Enrique VIII por un lado, y en la Inquisición y en Felipe II por el otro.

Como era Lima el gran centro de la vida americana no pudo escapar a las influencias de la época, y la convocación de un concilio era el grito universal, con que se pedía el remedio de los abusos y de los males.

El Concilio era al fin convocado.

El día estaba hermosísimo: un sol brillante parecía poner en mayor viveza los semblantes y los espíritus. Las señoras acudían al espectáculo con todos los atavíos del lujo. Adornadas de anchas y tiezas golillas, que rodeaban sus cabezas como una redoma de pliegues, arrastraban enormes vestidos de cola, que tres o cuatro lacayos renegridos como el ébano iban suspendiendo por detrás, para que no tocasen con la finura de sus telas el pavimento de las veredas: y como acudían por familias iban precedidas de dos o más lacayos, que llevaban bien desplegadas por delante riquísimas alfombras de tripe.

El lujo de las alfombras había llegado a tal exceso de extravagancia y de locura, que nadie podría hoy concebir siquiera: era asunto de ruina para los padres de familia, la competencia que en este artículo se hacían las mujeres, y tanto creció que el mismo Concilio de que nos ocupamos dictó y promulgó un canon para que no se permitiese el uso de este mueble en las Iglesias, sino a las señoras que padeciesen de cierta dolencia crónica que exige un muelle reposo de los miembros; creyendo que la vergüenza o el amor propio las sustrajese a todas las extravagancias del desafuero: «pero ni por ésas», escribió a La corte un Virrey algunos años después: «hay demencias que no se curan sino por su propio exceso» dice Montaigne; y por lo que hoy se ve, así se curó esta de que hablamos. Así debió curarse esta que tanto hizo cavilar entonces a los economistas y moralistas del tiempo.

El bando, como ibamos diciendo, iba atrayendo a la plaza a todas las grandes damas de Lima, vestidas de gran tren. Mientras la muchedumbre se agrupaba en desorden por el centro y las aceras, las señoras acudían al atrio y gradas de la Catedral, donde hacían extender las preciosas alfombras en que se habían de sentar.

Quiso el acaso que la señora doña Milagros de Alcántara y Zurita, mujer del Maestre de Campo del Perú, llamada por antonomasia la Coronela, viniese con su gran tren de lujo y de lacayos a tender su alfombra al lado de doña Antonia Nuño de Estaca y Ferracarruja, llamada la señora Fiscala, a quien ya conocen algo nuestros lectores. La señora Coronela hizo desdoblar bien alto y sacudir con garbo su alfombra para que fuese bien vista y admirada del concurso de damas que la rodeaban; y que todas en efecto, fijaban en ella los ojos con aquel afán e interés, no sé si diga rivalidad o emulación con que las damas se hacen el recíproco escrutinio de sus tragos. La señora Coronela, tieza y garbosa entre todas, esponjó los pliegues de su rico vestido de terciopelo sobre su alfombra, hizo que sus lacayos envolviesen con gracia alrededor de sus pies su magnífica cola, y dando unos cuantos cierros al bellísimo abanico de la India, montado en nácar y perlas que lucía en sus manos se reclinó sobre su alfombra con la majestad altiva de una reina, y mirando recién entonces a su alrededor empezó a repartir saludos y miradas más o menos disimuladoras de sus verdaderos sentimientos para las que las recibían.

Quiso el acaso que al extender su alfombra, los lacayos hubiesen volcado una de sus puntas sobre los extremos de la de la señora Fiscala, a quien doña Milagros, en vez de saludo, había lanzado una mirada fría apenas y que bajo las apariencias de una indiferencia perfecta cubría algo de odio o de rivalidad al menos. La señora Fiscala, como quien hace una cosa muy natural, tomó el extremo de su alfombra, que estaba abajo y lo puso encima de la señora Coronela. Ésta, que se apercibió al momento de la pretensión de superioridad que revelaba este movimiento:

-¡Eso sí que no! -dijo; y tomando las puntas de su alfombra, volvió a restablecerla en su anterior posición.

-Pues entienda la muy tonta -le dijo excitada la Fiscala-, que yo no soy menos que ella, y que no me dejo ajar de nadie: y tomando la punta de la alfombra de su rival la devolvió con fuerza de modo que fue a doblarse sobre la cola de la Coronela.

-Retírese usted de mi lado -le dijo ésta con una calma llena de soberbia-, si no quiere que mi alfombra quede encima; y juntando el ademán al dicho, quiso poner encima otra vez la punta de la alfombra; mas la señora Fiscala había también tomado la suya y resistía la pretenciosa ejecución de la señora Coronela.

Uno de los lacayos de la señora Coronela, gran favorito de la ama, y que tenía como tal excelentes motivos para reputarse más inviolable que un honorable de nuestros días, era de una innata propensión a hacer daño, y la naturaleza se había complacido en darle para ello con admirable fecundidad. Una de las cosas que más le complacían, era la de cortar los ricos trajes en las grandes concurrencias o bien coserlos unos con otros para que se despedazasen, así es que comúnmente llevaba tijeras y agujas en sus bolsillos. Luego que vio formalizado el choque entre su ama y la Fiscala, acudió con una audacia exquisita, y tomando sus tijeras cortó todo el ángulo de la alfombra de la Fiscala, que lo pareció de más, para que así quedase imposibilitada la disputa.

La señora Fiscala se quedó atónita.

-¡Malvado! -exclamó llena de furia-, ¡te haré pagar esta insolencia con la horca! -y trató de levantarse con los ojos llenos de lágrimas de la rabia y con el rostro trémulo y desencajado.

-Mire usted, señora -le dijo la Coronela-, es asunto de plata, y cuando usted guste puede usted mandar a mi casa por el doble de lo que valga su alfombra.

-No, señora, sería mejor que mandase a cobrarlo sobre las arcas reales que algo dejan para usted y para su hijo.

-O sobre la administración de correos, si usted gusta en esa casa al menos debe usted tener crédito.

-Yo le juro a usted que esto no ha de quedar así; ya lo verá la muy perra orgullosa -dijo la Fiscala retirándose como una tigra.

-Es usted la que va ladrando,... ¡y por una alfombra!..., ¡señora!....

Tan ruidoso fue este escándalo a las puertas del templo y en medio de aquella grande y escogida concurrencia, que no lo olvidó por cierto, al escribir la crónica de aquellos tiempos, el buen arcediano de Centenera: y habló de ello con un tono que reprobamos nosotros, no obstante que debemos transcribirlo para probar que no inventamos ni denigramos.

Con su sabor astuto y cauteloso,
sintiendo la pujanza que Adam lleva,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Satán tomó por medio a nuestra Eva,
contra el hombre quedó Satán tan diestro
que si vencerle quiere con pujanza,
como viejo, sagaz y gran maestro,
en una mujer pone su confianza.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
De modo que de diez partes de males
los nueve con mujer causa cabales.
Cuan claro aquesto vemos en el cuento
de una cierta fiscala y de Zurita:
pues solo por poner asiento
en la Iglesia, y que otra se lo quita,
se comenzó tan gran levantamiento
que al reino del Perú plata infinita
le cuesta. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

CENTENERA, canto XVI.


Pero preciso es no olvidarse que el pobrecillo del arcediano, con las ligaduras de sus votos sacerdotales debía de andar a menudo con cavilaciones acerca de Eva y de las tentaciones de Satanás, imaginando enemigos infernales de las cosas mismas que Dios ha hecho para encanto y consuelo del hombre: este al menos es nuestro modo de comprenderle y de refutarle.

El hecho es que aquella inesperada reyerta tuvo un eco inmenso en todo el concurso de la plaza, y que un susurro inmenso siguió comentando con pasión lo que había ocurrido.

Entretanto el momento del gran bando había llegado: las casas consistoriales estaban abiertas de par en par, y un pueblo numeroso atestaba los salones y las escaleras. La respetable municipalidad de Lima ocupaba el salón principal, rodeando una mesa tendida de terciopelo carmesí con hermosísimas franjas de oro cuyos flecos y adornos venían a dar hasta la mitad del salón: en cada una de las dos puntas de la carpeta que salían al salón, estaban preciosamente dibujadas de oro y seda, los escudos del Virreinato y de la municipalidad. La pared a cuyo largo se sentaban los venerables magistrados de la comuna, estaba tapizada del más rico brocato de Aragón, color amarillo todo, brillante como el oro, compacto como el cuero, y flexible como el arminio. En su centro sobresalía un espléndido escudo de las armas de España, bordado de relieve, en el que los metales preciosos se combinaban con las perlas y los diamantes y los rubíes para producir un efecto deslumbrante al frente de los espectadores del pueblo. Terminaba este tapizado por un inmenso docel suspendido en cuerdas y clavos de oro sobre la cabeza de los miembros del cabildo. En el centro de estos se hallaba un venerabilísimo anciano, vestido de negro y dominando con su blanca y calva cabeza a todos sus otros compañeros: tenía un alto bastón en sus manos, con gran puño de topacio, y adornado con borlones de seda negra. Era el señor Alcalde de primer voto, jefe del cabildo y justicia mayor de la ciudad. A su diestra figuraba otro personaje con traje semimilitar, y una bellísima espada al cinto, único allí a quien distinguía esta insignia de guerra: era el Alférez Real, magistrado popular a un mismo tiempo que jefe nato de las milicias del Virreinato; dotado con ventajosísimas regalías y preeminencias por las leyes generales y coloniales. A la izquierda del de primer voto estaba el Alguacil Mayor, vestido de una toga negra que se cerraba en la garganta con una cinta punzó, y armado en su mano derecha de una varilla negra de ébano, que pasaba hasta más alto que su cabeza. Entre los otros personajes nada había de notable; pero bajo de las gradas en que estaba la mesa y el docel se hallaba a la derecha un personaje repugnante, vestido todo de colorado, con una máscara negra sobre su semblante y armado de un cuchillo corvo que apoyaba sobre su hombro: era el verdugo, y parecía allí la estatua del terror o una visión del infierno.

La campana del reloj municipal tocó diez campanadas en este instante; un profundo silencio reinó en todo el concurso de los salones: el Alcalde de primer voto se puso de pie, siguiéndole en ello toda su comitiva, tocó una campanilla de plata que servía de pirámide al magnífico tintero que tenía por delante, y dirigiéndose al Alférez Real, le mandó proclamar el Concilio con arreglo a las órdenes del Rey y rogaciones de Su Santidad el Pontífice Romano. El Alférez Real, bajó las gradas del docel, se dirigió al centro del salón, donde estaba colocado en una peaña el Estandarte real, y tomándolo en sus manos, hizo la debida proclamación en voz clara y dominante.

Apenas concluyó se alzó un repique general de campanas por toda la ciudad, y el bullicio de la alegría se hizo sentir en toda la muchedumbre.

La municipalidad comenzó a bajar entonces de sus salones y salió en cuerpo a la plaza, formando una grandiosa procesión: se dirigió a la primera boca calle de la derecha, en donde estaba preparado un tablado al que todos sus miembros subieron en cuerpo: hizo entonces el Alférez Real un movimiento con el estandarte que llevaba en sus manos y cesaron al instante las campanas, el más profundo silencio quedó restablecido. Rodeaba el tablado una lucida compañía del regimiento real del Fijo, cuyos tambores hicieron entonces un continuado redoble como en señal de atención, y apenas concluyó, el Alférez Real volvió a promulgar con su clara y arrogante voz la convocación del primer Concilio Peruano.

En medio de la muchedumbre que seguía rodeando a la comitiva del Bando, se hallaba, como sumido diremos, don Bautista el boticario, atisbando con un ojo perspicaz y empañado en apariencia cuanto allí pasaba, observándolo todo con un sumo interés, y arrebatando a cada uno de los que caían bajo su sagaz examen el cecreto de sus deseos y de sus más íntimas aspiraciones: metido, acurrucado en el recoveco que formaba con la pared una de las pilastras del Palacio veía y escudriñaba, sin ser visto según él creía; no obstante que por las miradas desconfiadas que de vez en cuando repartía a su derredor, hubiera podido sospecharse que el hombre tenía cola de paja, como vulgarmente se dice.

En el momento en que el Bando con toda la muchedumbre que lo seguía pasaba delante de él y que el cabildo subía en cuerpo al tablado que se levantaba a dos pasos de la boca calle, vino una airosa tapada y pasando rápidamente su pañuelo blanco por las narices multiplicadas del farmaceuta, le dijo:

-¡Adiós, Sacerdote!

-¡Siervo, señorita! -le contestó él con aquella calma que revela haber adivinado un secreto.

-¿De Adín o de Adam? -le preguntó ella.

-¡Vuestro, señorita!, que por cierto no sois Adin, o el diablo, ni Adam tampoco, sino el vínculo de ambos, la más bella hija de Eva.

-¡Mal ojo tenéis!

-No tan malo como el vuestro.

-¿Y por qué lo decís?

-¡Porque me espiáis mal, y me juzgáis peor!... ¡Sois injusta, niña!... ¡Mirad que yo os quiero y os he querido siempre, y debéis saber que amo y respeto profundamente a los que os enemistan conmigo!

-¡Zape, señor Brujo! -dijo ella riéndose de la mejor gana del mundo-, ¿por quién me tomáis?

-Por la que sois, por la que hace tiempo da malos informes de mí, por la que ahora mismo acaba de estar hablando, de espiarme y perseguirme.

-¡Guay!..., ¡vaya que estáis hoy muy tonto para divertirse uno con vos!, ¡id a tornar algún cordial, de esos que tanto administráis a los otros para confortaros contra semejantes majaderías! ¡Adiós!

-¡Él os haga tan justa y caritativa como sois linda!

-¡Amén!... -le dijo irónicamente la tapada y se escurrió entre el concurso.

Al mismo tiempo que ella se alejaba vino otra y acercándose también al Boticario que seguía apoyado en su grueso bastón de puño de plata, le dijo con voz rápida y misteriosa:

-¡Es ella!

El Boticario la miró con suma prudencia, se pisó dos o tres veces la mano por la barba, e hizo sonar la lengua dentro de la boca.

-¡Soy yo! -le contestó la tapada haciendo el mismo ruido; ¡no hay cuidado!

-Es ella, ¿no es verdad? -repitió el Boticario entonces, deponiendo la desconfianza a esta señal-, ¡bien la conocí!

-¡Ella misma!, ya la tengo en mis manos: viene de la casa de don Benito Balmaceda, el primo del Padre Cirilo donde, ha estado con éste más de una hora. Os siguen y os espían.

-¡Bien lo sé!

-¡Es preciso tener cuidado!

-¡Mucho, Mercedes!..., ¡mucho!, y empiezo a creer que debemos dejar abandonados a su suerte a Pérez y la Mariquita.

-¡Eso no!,... ¡la muerte mil veces antes!... Es mi hija, os lo he dicho.

-Es que los grandes fines exigen los grandes medios; y no es cosa de perder la obra que está en camino contra los tiranos del mundo, comprometiéndola por tan poca cosa como la suerte de una niña.

-¡Una vez por todas os declaro que ninguna obra es más grande para mí que la salvación de esa niña que se ha criado a mis pechos!... ¡Dejadme de teorías!..., ¡rompo con vos si os empeñáis en envilecerme aconsejando a una madre la enorme iniquidad de que sacrifique la suerte y la vida de su hija!... ¡Mil veces no!, ¡un millón de veces no! -dijo Mercedes con la entonación resuelta de una voluntad incontrastable-. Si María sucumbe, os hago sucumbir a vos, sucumbo yo, sucumbiremos todos, porque yo no he de olvidar jamás que vos y yo somos la causa de todo lo que ha ocurrido en ese maldito viaje... ¡Yo pude salvarla de todo si no hubiese tenido la causa digna y funesta debilidad de acceder al secreto, a la reserva absoluta que me exigisteis!

Don Bautista se quedó pensativo y preocupado.

-¡Sois demasiado exaltada, Mercedes!..., ¡sed prudente!, estamos rodeados de testigos.

-¡Bien!, dejemos eso: ¿vuestra causa es atacar y perseguir al Rey de España? ¡Sea! Yo me entrego a ella mientras vos sirváis la mía, que es salvar a María y arruinar al Padre Andrés: y no quiero que os desviéis ni una línea de este pacto, si queréis contar conmigo como hasta aquí, toda entera, ¡sin reserva de peligro ni de sacrificios!

-Pero, ¿quién os dice que yo quiera desviarme?

-Me habéis hecho una insinuación para ello; ¡y de solo haberla percibido me he indignado!

-¡No tal!, yo no os he hecho insinuación ninguna: veo un peligro empezará amenazarnos: preveo que necesitaremos quizá en un momento dado conjurarlo, y me he preguntado si no sería un excelente medio el de servir las pasiones del enemigo común abandonando lo menos para salvar lo más.

-¿Lo menos?...

-¡Dejadme concluir, Mercedes!... ¡Habéis reprobado y yo también repruebo mi misma propuesta: vuestra resolución os honra, y me hace ver hasta dónde se puede contar con vuestra lealtad y vuestra fortaleza!... Pero en fin, no perdamos el tiempo. ¿Qué habéis averiguado?

-Que en efecto la Petita sirve al Padre Cirilo, y vela sobre nuestros pasos: es como sabéis, grande amigo y confidente de la Fiscala, en cuyo círculo os aborrecen no sé por qué.

-Porque no hay necio ni charlatán que no aborrezca al que lo comprende.

-Así será: el hecho es que os aborrecen, y doña Antuca os acrimina de ser vos quien instruye al Padre Andrés de sus desvaríos.

-¡Divide y vencerás!, dice el refrán -dijo don Bautista con un aire conceptuoso.

-Claro es que en eso os habéis manejado con habilidad... Así es que para completar la obra, de acuerdo con el mismo refrán, acabo de dar un gran paso.

-¿Sí? ¿Cuál? -preguntó el Boticario con un sumo interés.

-He hecho denunciar a la Inquisición con buenas pruebas en mano, que la señora Fiscala y la señora Coronela han sido cohechadas por doce mil duros cada una para contrarrestar las intrigas del Padre Andrés y salvar a los acusados: que el señor Fiscal ha recibido una parte considerable de la suma, y que la acusación y la persecución de la infeliz María no han tenido, como se ve, otro objeto que explotar la fortuna de su padre!...

-¡Mercedes! -exclamó atónito el Boticario.

-¡Qué!..., ¿os asusta la audacia de este golpe?

-¿Y qué saldrá?

-¡Lo he pensado!, nada peor de lo que hay; ¡y quizá mucho de bueno!

-¡Tal vez tengáis razón! -dijo meditando el Boticario-, ...pero me habéis sorprendido, y no puedo en este momento formar juicio del resultado... ¡Si me hubierais consultado!

-¡Ha sido una inspiración!.... ¡He debido aprovechar el tiempo y la ocasión!

-¿Y con qué pruebas vais a llevar adelante vuestro intento?

-¡Hay maricones y comadres para todo!, ¡ya lo veréis!, no es momento éste para informaros.

-¡Ni quiero saber nada tampoco! -dijo el Boticario variando de resolución-, ¡mejor es que en eso obréis vos sola como mejor lo concibáis!

-¿Empezáis a tener miedo? -le preguntó la Zamba. ¡Pues es tiempo! -agregó con una amistosa ironía.

-¡Siempre he sido prudente!, ¡jamás he sido débil!, bien me conocéis.

En este momento bajaban los cabildantes del tablado y se dirigían, a son de tambor y seguidos de la comitiva y de la muchedumbre, a la otra esquina de la plaza, donde había también otro tablado para repetir la misma ceremonia. Después de haber cuadrado así la plaza entraron de nuevo al salón capitular, y mandaron al notario del cuerpo asentarla acta respectiva del Bando, disolviéndose cuando estuvo asentada y firmada en el libro correspondiente.

Concluido el espectáculo se permitió entrar a la plaza a los numerosos carruajes en que habían ido las damas y que habían quedado esperando en las calles adyacentes. Entre ellos entró el de la señora Coronela: acudieron sus lacayos a abrir las puertas y bajar los estribos, y subiendo ella entonces se repantigó con su regia elegancia en los muelles cojines de damasco con que estaba tapizado por dentro. No bien cerraron las puertas los lacayos y comenzó el cochero a hacer andar las dos blancas y preciosas mulas que lo movían, cuando se colocaron a cada lado dos esbirros de la Inquisición, mientras otro aterrando al cochero con la omnipotencia de la cruz roja que llevaba en el pecho de su túnica, tomó el freno de la mula tronquera, y sin hacer el más mínimo caso de las protestas y de la ira de la señora, la condujo rectamente edificio inquisitorial, cuyas puertas de hierro secuestraron un momento después las grandezas de esta dama al mundo en que había gozado y repartido tantos encantos.


El Concilio queda pues convocado en la bella capital del Virreinato. La ceremonia fue repetida en todas las cabezas de gobernación y de partido; y pocos meses después empezaron a llegar a Lima, con su lucido séquito de doctos eclesiásticos y de jurisconsultos, los Obispos de aquel Virreinato que abrazaba entonces a toda la América del Sud, propiamente dicha, desde Panamá hasta Magallanes.

La crónica ritmada del buen Arcediano que tantas veces hemos empleado en esta historia, nos suministra algunos vivísimos detalles del personal de aquella grande Asamblea, con la que él mismo anduvo revuelto, sin quedar por eso muy satisfecho, pues exclama por conclusión:


«Y no holgué yo menos de esta feria
salir, que me cabía mucha parte;
y así en el Concilio mi miseria
gasté con mi pequeña industria y arte.»