La novia del hereje: 30

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Capítulo XXVIII : Drake y Henderson[editar]

Entre los sucesos fantásticos de que tanto abunda la historia del siglo XVI, las impávidas correrías de Drake en el Mar Pacífico, son sin disputa de los más pintorescos y notables.

Correr aventuras de tierra y mar nada tenía de extraño entonces: era el espíritu y la monomanía del tiempo. Pero si en la historia de las unas brillan los nombres de Pizarro y de Cortés, nadie alcanza a rivalizar en las otras con Magallanes y con Drake. Este bravo e impertérrito pirata logró ilustrarse, a pesar de lo impuro de su carrera, por las intenciones trascendentales que unió a sus latrocinios, y por el resultado científico de sus exploraciones en un mar, cuyos límites habían sido antes de él desconocidos.

Verdad es, que aunque pirata, su renombre no ha quedado manchado ante la justicia de la humanidad, con los actos atroces de barbarie, a que, por lo común, deben su negra celebridad los hombres de su oficio. Él, muy al contrario, se distinguió no menos que por los grandes resultados, por la exquisita benevolencia y urbanidad con que suavizó la desgracia, harto terrible, de los que cayeron bajo la rapacidad de sus banderas. ¡Y cosa rara!, a su vida y a sus actos de pirata, este hombre unía la más extraña pretensión de ser tenido por un perfecto cristiano; y siendo uno de los guerreros, cuya fortuna y cuyo arrojo causaba más pavor en su tiempo, oraba con la devoción y la humildad de un niño, y jamás quebrantó para con los vencidos la mansedumbre de las formas, que parecía imponerle el sentimiento religioso de que se mostraba lleno.

Era sin embargo, pirata y jefe de piratas; es decir, hombre de voluntad de hierro, endurecido contra las intemperies, y no de tal mansedumbre, que no llevase en su cara y en sus palabras aquel sello incontrastable del mando absoluto, que detrás del devoto de las horas ordinarias, hace ver bien claro al tirano violento e irresistible de las horas extraordinarias -al Cronwell, al Luis XI. Sus palabras y sus ademanes estaban de vez en cuando sujetos a las mismas inconsecuencias excepcionales; y no pocas veces, en medio de alguna tormenta furiosa, que exigía todo el desarrollo de sus potencias y de su pasión, había repartido sus ¡god damn! con patadas y bofetones a sus marineros, sin acordarse de su Biblia, mucho más que cuando en medio del abordaje hacía correr la sangre de los combatientes, con los golpes filosos de su facon, o que cuando para mantener en su ruda gente la más perfecta subordinación hacía ahorcar algún sedicioso, ¡como Doughty en las vergas de su buque! ¡Inconsecuencias inexplicables de la naturaleza humana!

En ellas pensaba sin duda Voltaire, cuando decía que Dios se había complacido en formarlo mono y águila a la vez; y basta una ligera percepción de sí mismo, para ver que ellas existen en diversos grados y con diversos accidentes en el corazón de todos los hombres.

Como Drake concluyó por servir oficialmente a su patria, defendiéndola con gloria y con fortuna de la Invencible Armada de Felipe II, y haciendo flamear altivo el pabellón de Isabel por todos los mares, todo ha venido a ser lustre en la reputación que le conserva la historia: los rasgos duros del joven aventurero, del pirata, han desaparecido ante la gloria y el prestigio del almirante; y sus correrías mismas, separadas de la parte del latrocinio que tanto le afeó en su tiempo, son hoy preconizadas, tan solo como gigantescas hazañas, como gloriosos pasos de la humanidad en el camino de la civilización y del conocimiento del globo.

En la cabeza de Drake nació por primera vez la idea de encontrar un pasaje entre el Atlántico y el Pacifico: él fue quien abrió esa serie de tentativas a que solo este siglo ha dado cima su patria en todo el esplendor de esa marina y de ese comercio, que el célebre pirata comenzó a inspirar con su ejemplo animador: él fue quien tocó y dejó su nombre en la tierra que debía ser el delirio y la maravilla de nuestros días -¡la California! Él, en fin, quien entre gran número de importaciones utilísimas para el comercio, y el alivio de la humanidad, introdujo en Europa la papa, esa raíz benéfica, con que millones de desventurados se han salvado del hambre, y que ha venido a ser uno de los más preciosos frutos de la agricultura moderna.

Con estos grandes méritos, unidos a la indomable bravura y actividad con que superó todos los obstáculos, y se sobrepuso a todos sus enemigos, es con lo que su nombre ha afrontado el juicio de su posteridad, y obtenido no sólo el perdón de sus maldades, sino la admiración sincera de sus proezas.

Uno de los acontecimientos más novelescos de su vida (que vamos a referir por el enlace que tiene con los sucesos futuros de nuestra historia) es el que tuvo lugar en su primer viaje a las costas de Panamá, y que fue el que le inspiró la primera idea de esa asombrosa empresa sobre el Pacífico, que le hemos visto realizar con una espléndida fortuna, debida en no poca parte la rara habilidad con que se condujo.

Drake era muy joven entonces; aún estaba fresco en su corazón el rencor de lo que los españoles habían hecho con la flotilla de Hawkins en San Juan de Ulloa, saqueándola e incendiándola de improviso y casi a traición: Drake había perdido en este suceso toda su fortuna; y no bien regresó a Inglaterra, cuando puso todos sus conatos en armar dos buquecillos, para atacar y saquear a los españoles, en mar y en tierra.

Con esos buquecillos y 150 aventureros a lo más, se hizo a la vela al mar de las Antillas y se dirigió a las costas del Istmo, en cuyas cercanías sobresalían entonces como emporios las villas de Nombre de Dios y Venta Cruz.

Empezaban apenas los primeros albores del día, cuando Drake, de pie en el alcázar de su goleta, y respirando a nariz abierta el aire tibio y vivificante de la madrugada de los trópicos, sintió latir en su corazón el fuego de la guerra y de la próxima venganza: había visto la tierra por su proa, la tierra votada por él al saqueo y a la rapiña, en desagravio de sus pasadas pérdidas y ofensas. Sublime debía de ser el drama interno que pasaba en el corazón del joven aventurero, al verse ya, fiado solo a su audacia y a su genio, frente a frente con los vastísimos territorios y riqueza de su enemigo -el tirano más poderoso y más temido de las naciones de su siglo. La gloria y la opulencia debían tentarlo por un lado, la venganza por otro. ¿Pero sería tan altiva y tan firme su alma que entre los horizontes nebulosos de aquella tierra que envolvían su porvenir, no percibiera de cuando en cuando la tétrica imagen de una horca?

No, es imposible: el hecho es que Drake exclamó con una animación extraña: ¡tierra!, ¡la tierra! y que sacándose al momento el sombrero de gallardas plumas, que realzaba la enérgica belleza de su rostro, se arrodilló en la más humilde actitud, y lleno de una extraña exaltación, en que parecía pintarse las esperanzas y las ansiedades de su alma, se dirigió al Ser, en cuyas manos estaba el secreto de sus destinos. Dominada su tripulación por este acto espontáneo y sincero de devoción, lo imitó arrodillándose también, mientras la fresca brisa de la mañana inflaba las velas del buquecillo, y lo hacía deslizarse silencioso hacia su destino, como la gaviota solitaria que atraviesa el crepúsculo, rozando la superficie de las aguas.

El pirata hizo rumbo hacia los parajes desiertos de la costa, huyendo de ser visto o sentido en los pueblos, contra que asestaba sus tiros, y cuya desgracia iba a cimentar su nombradía. Estudiando sin cesar los derroteros manuscritos y las numerosas notas que tenía por delante, y siguiendo todas las vacilaciones de la aguja logró llegar hasta la entrada de una pequeña bahía, en la que metió sus dos goletillas con suma prudencia y laboriosidad. «¡Alabado sea el Señor!» Dijo, y dio la orden para que sus dos buquecillos echaran su gente a las lanchas, y le siguieran a tierra.

El bosque que cubría la ribera era tan frondoso y tan tupido, que dejaba apenas pequeñas abras a la lengua del agua, quedando enmarañado y sombrío todo su interior. Drake exploró la orilla con paciencia, en busca de un lugar en donde pudiese desembarcar sus marinos y mantenerlos concentrados contra cualquier riesgo. Alcanzó a descubrir al cabo de algún tiempo una pequeña altura, que a pocas varas de allí dominaba sobre el bosque espeso que la circula; y haciendo que sus bravos compañeros revisasen el estado de sus armas, los condujo a ella por un camino, que cuidaron de limpiar de malezas, para hacerlo de fácil regreso en todo caso.

La naturaleza que lo rodeaba, parecía ser primitiva, enteramente virgen y salvaje. El más mínimo indicio no había allí, de que raza alguna humana hubiera puesto sus plantas sobre aquella tierra silenciosa; y por más que el sagacísimo pirata exploró cuanto podía servirle a sospechar lo que pasaba en aquellos bosques sombríos, nada halló, nada más vio que algunas aves desconocidas para él, que se alzaban al aire de entre las cercanas selvas... ¿Era esto casual, o pasaba algo dentro de la profundidad de la maleza que las hacía volar así amedrentadas?

Drake no dejó pasar inapercibido este incidente: pero resuelto a todo -llevó su gente hasta la altura que había designado para establecer su campo, y se contrajo con presteza a rodearlo de tablas y estacas por pronta defensa. Hecho lo cual reunió a todos sus compañeros en derredor suyo, y se hincó en medio de ellos con la cabeza descubierta y las manos alzadas al cielo, en ademán de súplica, entonando todos este sublime salmo de David.

«El Señor es mi luz ¿a quién temeré yo?»
«El Señor es protector de mi vida, ¿a quién temeré yo?»
«Mientras que se llegan a mí los dañadores para comer mis carnes: y los enemigos que me atribulan; ellos mismos, fueron debilitados, y cayeron.»
«Si se asentasen campamentos contra mí, no temerá mi corazón.»
«Si se levantare batalla contra mí, entonces esperaré yo.» Etc., etc., etc.

Y al oír como el eco solemne de sus entonaciones varoniles iba rodando por la vasta y solitaria selva, la imaginación no podía menos de figurarse a los genios, idólatras de aquel desierto respondiendo con sus lamentos y huyendo con salvaje pavor delante de la escena sublime que representaba aquel grupo atrevido de cristianos.

No bien habían comenzado sus preces, cuando un rumor extraño se había hecho sentir entre las espesuras de la maleza que rodeaba a los aventureros; y ciertas formas vagas y hurañas aparecían rápidamente por detrás de los árboles como visiones del infierno.

Terminado el cántico, los marinos se incorporaron y mil voces opacas y contenidas repitieron dentro del bosque ¡hog! ¡hog! ¡hog! lo que demostraba bien claro que estaban observados y rodeados por algunas de las tribus salvajes de aquella comarca. Drake distribuyó sus hombres en el reducto como si debiera resistir algún ataque y dejó venir los sucesos con aquella calma fría y firme que le era tan característica.

El perfecto silencio que había vuelto a reinar en el bosque fue interrumpido de repente por una algazara extraordinaria que se alzó en algún punto más lejano; de lo que Drake y sus compañeros infirieron que los salvajes habrían celebrado consejo y vendrían ya al ataque; pues después de aquella inmensa gritería, que parecía un conjunto de lamentaciones, había vuelto a quedar todo en absoluta mudez.

Drake entretanto seguía haciendo bajar de sus buques, víveres, sacos y tablones, con todo lo cual, y las estacas que una parte de sus hombres cortaba deprisa, mientras la otra parte las aseguraba en tierra, logró bosquejar allí un reducto capaz de hacer inútil toda la saña de los bárbaros, asegurándole un parapeto, tras del que sus marinos pudiesen emplear con toda ventaja sus armas de fuego.

En esto salió del bosque y vino hasta muy cerca de la valla un hermoso y corpulento salvaje. Venía casi desnudo, pues apenas llevaba envuelto en el tronco del cuerpo un ligero tejido de mimbre: su pecho era ancho como el del toro; y su cabeza alta y erguida hacía flotar en su cima un penacho de cabellos que le daba las formas del potro indómito de nuestras pampas. En uno de sus brazos que eran robustos, como los de un gigante cedro del Tucumán, traía un arco enorme con varias flechas que le correspondían, y en el otro un lío de hojas secas y frutas, que puso a sus pies, parándose con soberbia en la mitad del claro que quedaba entre la ceja del bosque y la valla del reducto.

Después que miró a su alrededor, hizo una seña de atención con las manos, y pronunció una viva arenga con la entonación gutural y cadenciosa de un canto, gesticulándola además con tal extravagancia de contorsiones y de brincos, que parecía un demente: de cuando en cuando golpeaba fieramente sobre la tierra como en señal de poder: disparó al aire dos flechas, una tras otra, con una rapidez sorprendente; y concluyó por arrojar a una distancia prudente sus armas, tomando el lío que tenía a sus pies y alargándolo hacia los extranjeros.

Grandiosa debió de ser la elocuencia de su discurso; pues no hubo en él una frase o un gesto que no arrancara dentro del bosque la exclamación ¡hog! ¡hog! ¡hog!

Drake comprendió al momento que todo aquello significaba ¿paz o guerra? -y saliendo de la valla con la bondad y la calma pintada en su rostro, se dirigió al salvaje, que asombrado de su arrojo quiso alejarse; más el aventurero se puso una mano sobre el pecho, y levantando la otra al cielo la ofreció en seña de amistad. Éste con el más desmedido gozo se puso a tocar a Drake y a examinar los accidentes de su traje con el candor del niño; y como Drake viera que lo que más llamaba su atención eran los botones de vidrio que brillaban en su surtú, se arrancó tres o cuatro y se los dio. El regalo no pudo ser más festejado por brincos y contorsiones; tomando entonces el salvaje el lío de hojas secas que había traído se lo dio al pirata repitiéndole -¡tabaco! ¡tabaco! Drake fingió recibirlo con sumo aprecio, no obstante de que ignoraba la utilidad de sus aplicaciones.

Así como en estos tiempos raro es el viajero que no sabe balbucear cuando menos algunas frases esenciales en inglés o francés, raro era en aquellos el que no podía hacer lo mismo en español. Drake comprendía pues y hablaba con bastante regularidad esta brava lengua de Castilla que tanto ha caído después de entonces; y empleándola supo del indio que aquellos lugares eran una estrecha angostura de tierra entre dos grandes mares, habitada por la gran tribu de los Cimarrones la primera nación del mundo, en boca del salvaje por su poder y sus gloriosos antecedentes: el ilustre cacique de este gran pueblo, dijo el heraldo, era quien lo había mandado a saber quiénes eran los extranjeros que habían aportado a aquellas costas, que era lo que querían, y si venían de paz o de guerra.

-¡Yo soy Drake! -le contestó el Pirata con énfasis- soy el célebre Drake, de quien habrá oído hablar vuestro ilustre cacique, como del más grande y más implacable enemigo que los españoles tienen en el mar: si vosotros sois amigos de los españoles, vengo de guerra, y ya podéis venir a atacarme; si sois sus enemigos vengo de paz y quiero que nos juntemos para ir a saquear sus pueblos y matar sus soldados; os prometo la mitad del botín!

El semblante del indio patentizaba bien el éxito de la profunda astucia que encubrían las palabras de Drake. Era natural que una tribu salvaje, vecina de las ricas villas que los españoles tenían en el Istmo fuese enemiga implacable de ellos, y viviese en continuo asalto de sus riquezas y de su comercio.

El indio se volvió al bosque con una nueva tan feliz, y no tardó mucho en venir al campo del inglés el Cacique mismo, acompañado de la tribu innumerable de sus súbditos. En pocos momentos se comprendieron los dos jefes, y quedó cimentada aquella singular alianza de los salvajes de las dos costas del Istmo con el Pirata inglés, que jamás se desmintió por ninguna de las dos partes, y que fue la sólida base sobre que Drake cimentó todas sus empresas.

Su primera tentativa fue el ataque nocturno de la villa Nombre de Dios, que saquearon a su placer: dos días después marcharon al interior a sorprender una arria cargada de riquezas, que según decían los indios, debía venir en camino de la otra. En esta expedición, dice Camden, uno de los compañeros de Drake, fue que éste concibió aquel apasionado deseo, que le trajo inquieto desde entonces, de cruzar las aguas del Pacífico con el pabellón inglés. La narración histórica de este incidente es tan interesante, que debemos transcribirla por entero. -« Después de algunos días de viaje por las espesuras de los bosques, llegamos como a las diez de la mañana a una cumbre situada como un puente entre los dos mares. El Cacique Cimarrón tomó a nuestro jefe por la mano y rogándole lo siguiese hasta un lugar en donde se alzaba un árbol frondoso y gigantesco, en el que los salvajes por medio de cortaduras habían practicado una escalera cómoda hasta su copa, vimos a un lado el Atlántico, que acabábamos de dejar, y al otro lado el codiciado mar del Sur.»

«Como el día estaba bellísimo a causa de la pura brisa con que Dios se había servido aclarar la atmósfera, nuestro capitán expresó su gratitud hacia el Omnipotente por el favor que le concedía de mirar desde aquel espléndido árbol el mar, de cuyas riquezas había oído hablar tanto, pidiéndole vida y favor para surcarlo alguna vez en un buque inglés, y llamando entonces a Juan Oxenhan el más duro y audaz de los marinos que le acompañaban lo hizo unir sus votos en esto ruego y en este propósito.»

Drake y el cacique Cimarrón asaltaron en efecto la arria de cincuenta mulas cargadas de oro, que habían salido a buscar, con un éxito completo: atacaron enseguida el pueblo de Venta Cruz, haciendo entonces un botín considerable, que el pirata tuvo que abandonar en parte dentro del bosque al verse perseguido por un cuerpo de trescientos españoles, que lo obligó a tomar sus buques y salir al mar con toda prisa.

El hecho es que como fue de una brillante generosidad y honradez en la repartición que hizo del saqueo con sus aliados Cimarrones (a pesar de que la superioridad de sus armas y de sus soldados le habría permitido ser injusto y mezquino impunemente) quedó establecida una alianza cordial entre estos salvajes, y el jefe feliz de aquellos aventureros.

Tres años después, de esta primer empresa, es decir, en el de 1578, Drake veía colmados los votos que había hecho en la montaña de Panamá; y llevaba a cabo en el Pacífico las correrías con que nuestros lectores empezaron a conocerlo.

Después de haber esquivado el encuentro con los buques de Sarmiento, y viendo que no era perseguido, resolvió entrar en el golfo hasta las costas; porque a la vez que quería hacer un valioso regalo a sus aliados del cacique Cimarrón, con fines de ulterior utilidad, quería también ver si podía recoger el tesoro que en la antedicha expedición había tenido que abandonar y ocultar en los bosques inmediatos.

Confiado en la estrella feliz que parecía seguir sus destinos, hizo rumbo firme hacia la costa y echó el ancla en una pequeña rada del Istmo, desde cuya orilla quería enviar gente en busca de la tribu amiga de los Cimarrones. Pero, estaba destinado allí a tener un contraste, porque una furiosa tormenta del norte, que se levantó antes de que pudiese ganar altura y correrla en mar abierto, le echó a la costa la Isabel y el Pasha, y le puso a él mismo en tales apuros, que solo con prodigios de voluntad y de firmeza pudo salvar al Pelícano del naufragio. Si no lo hubiera logrado, era perdido para siempre: no habría tardado en espiar su arrojo en los patíbulos de Lima.

Pero salió de este peligro con muy poca pérdida de hombres; porque Henderson prodigó sus esfuerzos y logró poner en tierra a casi toda su gente, con la mayor parte de los caudales que tenía a su bordo.

Pasado el contraste trató Drake de remediar sus consecuencias con la voluntad incontrastable de designios que formaba la grandeza de su alma; y luego que reunió en el único buque que le quedaba a todos los náufragos, hizo que su antiguo compañero Juan Oxenhan, el duro marino, entrase tierra adentro con una docena de hombres, de una bravura y de un arrojo no menos probado que el del jefe.

A los dos días volvió Oxenhan acompañado del cacique Cimarrón, y de toda su tribu, y fueron regiamente festejados y regalados por Drake.