La novia del hereje: 34

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


Capítulo XXXII : Gato por liebre[editar]

El Sol de la madrugada venía apenas dorando por detrás los picos nevados de las Cordilleras, y la neblina como un velo de tul blanco, cubría aún el fondo de los valles, cuando Mateo tarareando una tonadilla indígena y con unas alforjas llenas de frutas al hombro, regresaba a Lima por medio del camino real con aquel paso ordinario que revela, o remeda, una quietud de ánimo perfecta.

Porción de vendedores que traían al mercado desde las chacras y quintas inmediatas los frutos de su trabajo, a pie los unos, en burros otros, y no pocos en pequeñitos carros tirados por alguna mula pacifica y extenuada, venían también por el mismo camino, hablándose y gritándose a la distancia con aquella franca jovialidad que es propia de las gentes de un mismo oficio y habituadas diariamente a verse en un mismo lugar.

Iban así acercándose a la risueña ciudad, cuando todos, como si supiesen a una señal misma, comenzaron a arrodillarse sucesivamente y con devoción, bajándose de los burros y de los carros los que iban sobre ellos. Permanecieron así como dos minutos, levantándose después y volviendo cada uno a tomar festivamente su camino. Era -que en la Iglesia Catedral cantaba el Arzobispo la misa mayor, y que al anuncio que daban las campanas de estar el Sacerdote consumiendo la hostia, toda la población se postraba día a día a la misma hora, y el movimiento de adoración se propagaba así por los caminos desde el pie del altar, imitándose los unos a los otros.

Mateo se arrodilló y se golpeó el pecho, como uno de tantos; y como uno de tantos entró también en la ciudad y fue a extender en una de las aceras de la plaza, sobre un lienzo bien limpio, las ocho o diez docenas de lúcumas y paltas, que había traído en sus alforjas. Desde que el cholo se instaló al frente de su factura, empezó a gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

«¡A las paltas superiores de Mateo!» «¡A las hermosas lúcumas de Mateo!» «¡Paltas! ¡Lúcumas!» «Son las de Mateo.» «Las más ricas. ¡Aym, marchantito!, ¡aquí!» «Ricas y tiradas.» «Las doy por nada.» «¡Son cincuenta!, ¡son cincuenta!» Y el cholo daba una inflexión particular a su vos cuando decía: ¡Son cincuenta!

-Son cincuenta, ¿eh? -le dijo pasando por su lado don Bautista, agachado y humilde como andaba de ordinario-. ¡Cincuenta!, ¡cincuenta!, ¡y todas sanas y grandes que da gusto! -gritaba el cholo-. De las que se llevaban al templo de Pachacamac cuando lo habitaba el diablo: ¡lindas!, ¡lindas, marchantito!

Y como los vendedores gritaban en la plaza ponderando sus frutas con la misma fuerza y entusiasmo que Mateo, resultaba una algarabía llena de animación, que venía a colorir aún más, en lo que tenía de local y pintoresco, un cielo claro y azul cuya atmósfera purísima parecía atravesada hasta el centro mismo del espacio por los rayos del sol de la mañana.

Cuando don Bautista se hubo alejado un poco, Mateo recogió sus paltas, y ensacándolas otra vez en sus alforjas se echó a andar por las calles de Lima, dando las mismas voces, y haciéndose el desentendido para uno u otro comprador que le llamaba: anduvo de modo que al dar vuelta una esquina se encontró otra vez con don Bautista y echando al suelo sus alforjas sacó en sus manos dos hermosas paltas que le mostraba como si se las ofreciera en venta.

-¿Le sigo a su merced? -le preguntó en voz baja.

-¡No!, porque ya me andan vigilando.

-¿Y dónde quiere su merced que lo vea?

-En la Merced, a la hora de la novena; junto al altar del Buen Pastor.

Y al mismo tiempo que hablaban así, don Bautista le pagó las dos paltas; y Mateo siguió gritando a voz en cuello para vender el resto, dando vueltas por las calles, y volviendo a entrar en la plaza.

Poco después que él hubiese levantado su puesto, se llegó al lugar en que lo había tenido un fraile macilento dirigiendo con paso apresurado a otro fraile de estatura pequeña, de figura rolliza y carnuda, de semblante alegre, y buen camarada al parecer, que seguía al primero jadeando y lleno de sudor el rostro.

El primero que era el Padre Cirilo, se detuvo detrás de uno de los pilares de los portales cubriéndose de una bandola, o tienda volante que había puesto allí un mercachifle catalán; y mirando diligentemente por todo, aquello como si buscase alguno, dijo:

-¡Aquí estaba!..., ¿dónde se habrá ido?... ¡Es tan grande ese laberinto!, ¡este tumulto!..., ¡se ha ido! El otro permanecía entretanto en la expectativa de lo que el Padre Cirilo debía hallar o indicarle.

-Andaba gritando ¡lúcumas y paltas!

-Hay doscientos que gritan lo mismo, ¿no oye hermano? -dijo el Padre Gordifloncillo.

-¡Espere Padre!..., ¡esa es su voz!..., ¡por aquí!, ¡venga hermano por aquí!

Y caminando el Padre Cirilo, seguido apenas de su camarada, y parapetado siempre de los portales, descubrió al fin a Mateo que volvía a tender su puesto en otro lugar de la plaza, gritando siempre con el mismo énfasis.

-¡Aquél es! -dijo el Padre Cirilo lleno de satisfacción-, ¿lo ve hermano?..., aquel cholo regordete, nariz afilada, sombrero de paja,... ese que se agacha..., que se suena las narices..., ¿lo ve hermano?

-¡No,... no veo!, ¿dónde?, ¿junto al poste de cañón?

-¡No, hermano!, ¿con mil de acaballo?..., ¿no está viendo aquel cholo que está agachado?..., ¡aquel que se agacha!, ¡aquel que se agacha! -dijo el Padre Cirilo con impaciencia-. ¡Voto a bríos!, parece que no tuviera ojos, hermano!, ¿que no lo ve todavía? ¡Caramba!

-Pero, ¿qué quiere hermano?... ¡Si estoy viendo un millar de cholos con sombrero de paja, que van y vienen, y se revuelven allí!, ¡y no puedo saber cuál es el que me señala su Paternidad!

-¡Por Dios, hermano Sinforoso!... Venga para acá; ¿ve aquella chola de rebozo colorado con un atado en la cabeza, que está comprando lechugas en aquella mula con árganas, al lado de aquella carreta con banderita amarilla?

El padre Sinforoso fijó su vista en la dirección que lo marcaba su cofrade y trató de hallar la seña.

-¡Apúrese, padre, por Dios!, mire que ese diablo de cholo se levanta ahora no más, y perdemos el día, que es precioso.

-¡Ah, sí!, ¡ah, sí!, ¡ya veo!, allí está la chola, aquella que se ata ahora el rebozo a la cintura.

-¿La misma?, ¡la misma!..., ¡pues bien, a la derecha!, ¡un poquito a la derecha!, por donde pasa aquella canasta de zapatos... y un naranjero.

-¡Sí!, ¡ya veo!

-¡Allí está el cholo Mateo!, ¿lo ve ahora, padre?

-Sí, ¿aquel que tiene la chaqueta al hombro?

-¡No, hombre, por Dios!, ¡qué chaqueta ni qué diablos!, ¡si está con poncho!

-¡Ah, sí!, ¡aquel que bosteza!

-¡Tampoco!, ¡es aquí, hombre!, ¡aquí a la derecha! Usted, hermano, está mirando a la izquierda!

-Pero si usted me dice que mire a la derecha del burro con árganas.

-No tal, a la derecha de la carretilla, ¡allí!, ¡allí!

-¡Ah, sí!, ya estoy: aquel que le pone la mano en el hombro al maricón...

-¡Padre!, me hace usted perder la paciencia ¿tiene usted ojos o no?

-¡Pero hermano!..., yo miro a donde usted me dice... y... y... ¡y usted se enoja!

-¡Venga para acá, hermano! -dijo enfadado el Padre Cirilo; y trató de aproximarse un poco más a Mateo, poniéndose en un lugar más favorable para mostrárselo a su compañero.

Tantas fueron las señas y empeños que hizo para ello, que Mateo, cuya perspicacia de sentido era en extremo vivaz, se apercibió rápidamente de que era objeto de las señas y designios del Padre Cirilo. Mas, fingiendo maravillosamente que nada había notado, se puso a pasearse por delante de su puesto, refregándose las manos muy ligero, gritando como antes -lúcumas, paltas.

-¡Ah!..., ¡ya!..., ¡ya!, ¡ya! -dijo alborozado el hermano Sinforoso-, ¿aquel que se refriega las manos?... ¡Ya lo veo!, sí, ya lo veo.

-¿El mismo?..., ¡al cabo!...

-¡Al cabo! -repitió con enfado el buen fraile-. ¡Pues es buena! Vaya usted a distinguir un cholo entre seis mil -¡así no más en un abrir y cerrar de ojos!... ¡Eso es mucho exigir, hermano!

-¡Bueno!..., ¡bueno!, no hay que ofenderse: lo que se necesita ahora, es que usted vaya, hermano, a averiguarle donde ha andado: porque como ya le he dicho, ese cholo es el que le sirve de entremés al boticario; y en algo ha andado él, pues hace muchos días que no se le veía... ¿Lo ve bien ahora, hermano?

-¡Pues no!

-¡Que no se le escurra!

-Ni aunque fuera truncha se me saldría de la mano...

-Sígalo V. P. como a pleito: que no se mueva dentro ni para afuera de Lima, sin que usted, hermano, lo sepa y lo siga.

-¡Entiendo!, ¡entiendo!..., ya lo verá, hermano, si lo atrapo.

-Adiós entonces.

-Adiós.

Y el gordifloncillo se metió por entre la multitud que escombraba la plaza, meciendo su fresca y redonda figura, al compás apresurado de un andar, y llevando a vanguardia la esfera de su vientre.

Después de haber dado tres o cuatro vueltas, que él juzgó muy diestras y muy al caso, se arrimó al puesto de Mateo echando unas miradas llenas de codicia a los montoncitos de lúcumas y paltas que el cholo tenía sobre su lienzo.

-¡Ah, Padre! -le dijo el cholo con desembarazo, en cuanto lo percibió-. ¡V. P. es muy afortunado! ... ¡A real la docena, y se las doy todas, ¡todas!... ¡Lléveselas, Padre!, ¡ligerito, ligerito!... ¡Le estoy conociendo a su Paternidad las ganas que les tiene! ¡Su Paternidad es hombre de gusto, y en cuanto pruebe una, verá que son las únicas que hay en la plaza del Valle de Jauja!

-¡Ah!... -le dijo el padre arrimándose con interés-, ¿son del Valle de Jauja?

-¡Sí señor!, de allí mismo.

-¿Y cómo las das, diablo, a real la docena?

-¡Ése es mi secreto!

-¿Tu secreto, eh?... ¡Hum!... Desde algún cerco se las habrás comprado al dueño -dijo el padre con zonga y haciendo con los dedos de la mano la seña del robo.

-¿Qué?... ¡no tal!... Voy a la hacienda de Huamaca, y entro por la puerta principal; y allí me las venden a mí, de primera mano, a cuartillo la docena; y si V. P. quiere chirimoyas, las hay como cidras -dijo el cholo extendiendo la palma de la mano en señal del tamaño- y a cuartillo cada una.

-¡Vete al infierno con tus mentiras, bellaco!, y venga aquí tus lúcumas y paltas.

-¿Mentiras?... ¡No e'ñor!

-¡Vaya! ¡Vengan las paltas y las lúcumas; y toma tu dinero, palangana!... ¡Chirimoyas a cuartillo!...

-¡A cuartillo, sí e'ñor!..., ¡y a la prueba me remito! Mañana voy otra vez para allá: o pasado mañana a más tardar; y si el Padre Provincial le quiere dar permiso a V. R., yo lo llevo conmigo, y le apuesto a que vuelve con sus alforjas llenas de chirimoyas, de paltas, y de huevos, y de gallinas, ¡y de mil otras cosas que no ha de poder cargar!

-¡Che!, te agarro la palabra; precisamente estoy señalado para salir a recoger la limosna para el convento; y quiero ir por ahí, por donde tu dices, pues creo que pocas veces han ido por ese lado los otros padres limosneros.

-¡Nunca han ido, e'ñor!, y estoy cansado de decirles a todos los que encuentro, que es el mejor lado. Yo echo cuatro o cinco días de viaje, ¡pero la cosa me sale a pedir de boca, e'ñor!

-Pues bien: quedamos en ir, ¿eh?

-¡Sí e'ñor! ¡Mañana o pasado mañana!... ¿Cómo se llama V. P. para preguntar por él en el convento?

-¡Yo me llamo el Padre Sinforoso!

-V. P., ¿es padre o lego?

-¡Padre, pícaro!, ¿no me estás viendo?

-¡Bueno, bueno, e'ñor! Yo iré a buscarlo al convento: ¡ah!, pero se me olvidaba una condición; y sin ésa, yo no lo llevo, Padre Sinforoso.

-¡Hum!, ¿te quieres echar atrás?

-¡No señor! Nada de eso.

-¿Cuál es tu condición?

-Que V. P. no ha de decir a nadie dónde es la hacienda, ni el precio a que me dan en ella la fruta, porque si otros revendedores cargan...

-¡No hay cuidado!... Te lo prometo por nuestro Padre San Francisco.

-¡Gracias, Padre! -le dijo el cholo, besándole con mucha devoción los cordones de su sayal; y cuando el Padre se dio vuelta, el cholo se quedó mirándolo por detrás con un aire marcadísimo de burla y de astucia.

Como Mateo había comprendido perfectamente, que también él andaba vigilando, trató de burlar a sus espías con la sagacidad que le era característica.

Pasada la hora del mercado se retiraron como de costumbre todos los revendedores; pero Mateo se quedó resuelto a pasar en plena publicidad todo el día, y fue a sentarse entre uno de los grupos de changadores (verdaderos lazarinos de aquel tiempo) que acostumbraban ponerse en las esquinas de la plaza en asecho de algún mandado u otra comisioncilla con que ganar algún cuartillo. Fingiendo allí la más completa apatía, y hablando mucho de lo cansado que le había dejado su largo viaje a la hacienda de las ricas paltas y chirimoyas, Mateo enrolló su manta y poniéndosela de almohada se entregó a un sueño profundo, al parecer, tendido allí en la vereda.

Entretanto instruido ya don Bautista de lo que más le interesaba, que era el desembarco y la internación silenciosa de los piratas, había regresado a su botica y atendido a su despacho como de ordinario, hasta la hora en que acostumbraban abrir las oficinas de gobierno.

Cuando don Bautista calculó que esa hora había llegado tomó su bastón y su sombrero y se dirigió a lo que entonces se llamaban las Cajas, que es como si dijéramos ahora al ministerio de hacienda.

En una mesita modestamente tendida con una carpeta de bayeta verde, estaba allí don Anselmo de Zamora, ardiendo a su lado una vela de sebo en la que prendía uno tras otro cigarrillos de chala que fumaba al tiempo mismo que en números pequeños y prolijos establecía y formalizaba cuentas. Don Anselmo de Zamora era aquel caballero que según recordarán nuestros lectores fue el que instruyó a los tertulianos de don Bautista, el día del tumulto, de lo que había ocurrido en la plaza: era alguacil mayor de las cajas, y ya estaba en su oficina.

Don Bautista entró haciendo exquisitas reverencias a la oficina de don Anselmo. Mas éste, que estaba todo preocupado de una cuenta corriendo y llevando cantidades de columna a columna, todo en voz alta, ni alzó sus ojos siquiera del papel en que trabajaba, para ver quién había entrado, y dejó a don Bautista parado por algún tiempo delante de la mesa. Cuando don Anselmo acabó de recitar sus fórmulas de costumbre quien debe tantas y paga tantas, queda debiendo tantas, etc., etc., alzó su vista.

-¡Oh!, Señor don Bautista -dijo el buen hombre-, ¡cómo había de pensar que era usted!... Estaba allí con una suma amigo, y se me había calentado la cabeza de modo que no podía sacar bien la prueba, así es que no atendí...

-¡Basta!, ¡basta! Señor don Anselmo: ¡bueno hubiera sido que usted hubiese interrumpido sus tareas por mí!

-¡Sí, Señor!, ¿por qué no?... Bien lo merece usted; siéntese usted amigo mío, ¡siéntese!... ¿Sabe usted que el dolor aquel de flato de que hablé a usted? -dijo don Anselmo haciendo un gesto de dolor y oprimiéndose al mismo tiempo con una mano el costado izquierdo-. No me ha mejorado.

-¿Es posible?

-Sí, señor.

-¿Y ha tomado usted con constancia la tacita de camomila que le receté?

-Usted está trascordado: no era camolida lo que usted me recetó, sino manzanilla...

-Eso mismo es: nosotros tenemos que usar de las denominaciones que trae la Flora Farmacéutica del ilustre Validejo.

-¿Sí, eh?... Pues señor, saqué el papel que usted me dio, y se lo di a mi mujer para que me hiciera la tacita de infusión que usted me había recetado; y ella en cuanto lo abrió me dijo: «Pero hombre, ¡si esto es manzanilla! -¡Qué manzanilla, ni qué manzanilla!» Le respondí yo: «Te digo que es una yerba de Manila...» Porque yo lo había entendido a usted algo así. Ella me quiso porfiar, y creyendo yo que aquello no era más que la manía, que toda mujer propia, tiene de llevarle a uno la contra en todas las cosas que ellas no discurren o que uno trae de afuera, ya me irrité también, y nos peleamos, amigo... ¡Y vea usted como ella decía bien!... El hecho es que con ese desagrado, por no volver yo a la disputa, el segundo día no pedí ya mi taza de remedio. Pero ella después de un rato me dijo: «¿Te hago tu taza de...?» Yo vi que volvía a su tema, y le contesté: «¡De diablos!», y me quedé taimado: «Vaya pues ¿te la hago, o no te la hago?», me dijo ella enfadada; y yo me quedé callado: «y aquí tiene usted como es que no he vuelto a tomar más».

-¡Ah! -dijo el boticario sonriéndose-, de ese modo no es extraño que usted haya seguido sin mejoría. Es preciso, pues, que usted empiece a tomarla, y continúe por diez o doce días.

-Hombre... ¿y no podría encontrar, allá en su grande ciencia alguna otra cosa que darme que fuese lo mismo?... porque ya usted ve, amigo, es un poco humillante, esto de que yo le pida a mi mujer manzanilla, o de que sin pedírsela me la haga, y tenga yo que beberla después de haberla disputado... Ella se reiría de mí... y...

-¡Veremos, señor don Anselmo!..., ¡veremos!..., ¡yo pensaré!

-¡Sí, hombre, piense usted!... cosa que yo lleve algún mejunje y le pueda decir: «-¡Toma, hazme eso, y ve también si es manzanilla!» y que ella no pueda saber lo que es.

-Creo que he de poder servir a usted, señor don Anselmo: ahora hablaremos de eso, porque quisiera antes pedirle a usted un servicio.

-¡Ah, mi amigo!, ¡cuente usted con él!

-Es cosa de importancia, ¿eh?... Pero es una de esas cosas que como usted sabe ya desde tiempo atrás, y por una experiencia constante, yo sé agradecer debidamente, señor don Anselmo.

-¿Alguna remesita de yuyos? -dijo don Anselmo guiñando el ojo con malicia, como aquellas de que usted no pagó la sisa.

-No es eso exactamente, pero es algo parecido...

-Con tal que yo no quede comprometido...

-Yo creo que no, señor don Anselmo.

-¡Y bien!, ¿de qué se trata? -preguntó éste bajando la voz.

-Usted sabe la grande escasez de negros en que estamos...

-Sí señor, hace tiempo que no llega una sola tropa.

-Pues bien, yo lo había previsto, y escribí a mis amigos para que me hicieran una pequeñita remesita... y como el impuesto es tan alto, amigo, yo... deseo ver si lo reducimos a la mitad...

-Pero, ¿en qué puerto han dado entrada?

-Ahí está la cosa, pues, señor don Anselmo... Es que no han dado entrada en ninguno... y yo quisiera tener dos permisos: uno dando entrada a unos veinte por la cordillera, y otro autorizándome a traer a Lima cuatro o cinco como ya despachados en Nombre de Dios.

-¡Cáspita!... ¿Y si lo descubren?

-¿Y cómo han de descubrir?... No ve usted que si tomo ese permiso por veinte y me ven los cuatro o cinco extrajudicialmente, los rebajaré del permiso, y la cosa ya queda en regla; si no me ven la primera introducción que yo haga, de cuatro o cinco, hago una segunda hasta introducirlos todos, o los que pueda, así por pequeñas fracciones...

Don Anselmo se quedó pensando y sumamente indeciso al parecer.

-Mire usted -le dijo el boticario-, son como cincuenta negros; y lo menos que vale cada uno, es cuatrocientos duros.

-¡Lindo negocio!

-Yo quedaría contento redondeando quince mil duros en la especulación; y lo demás...

-No hablemos de eso, amigo.

-Usted sabe que soy hombre de confianza -para una cosa de esas...

-¡Basta, amigo mío!, ¡basta por Dios! En cuanto a eso, tiene usted toda mi confianza, y sé que usted es un hombre cumplido que...

-Bien: entonces no hay inconveniente; porque uno que otro riesguillo, es cosa que debe aventurarse en un negocio así; además de que si hay alguno que otro gasto que hacer, para obtener que los permisos sean bien visados y todo lo demás, nada es más justo que el que yo los haga con desprendimiento.

-¡Hombre!, mire usted: estoy pensando que lo mejor es, que usted pida por gracia especial la internación de sus negros, y yo me encargo del resultado.

-¡Bueno!, entonces que sea con la cláusula de que ninguna autoridad pueda intervenir, detener, o revisar la tropa.

-¡No!, eso no puede ser: es preciso que la cosa sea reducida a una cantidad de cuatro o cinco negros como usted decía. Pero cosa de tropa, es imposible obtenerlo por gracia especial.

-¡Lo mismo es! Cuatro o cinco, nada más; porque usted comprende que yo puedo tentar la internación clandestina; pero quiero evitar una casualidad y prevenirme con un permiso para todo caso. Así, de a cuatro o cinco los introduciré todos probablemente y...

-¿Pero los tendrá usted bien ocultos los primeros días no?

-Por supuesto... Sobre eso pierda usted cuidado.

-Bien: pues, escriba usted aquí mismo su solicitud; y vuelva usted a las doce, que yo le prometo que la encontrará usted despachada por el mismo Virrey.

-¿Sin falta?

-Sin falta, don Bautista.

-¡Bravo, amigo! -le dijo el boticario dándole un fuerte apretón de mano-, yo le traeré a usted otra yerba que suplirá a la manzanilla; y puede usted decirle a su mujer que la camomila tiene el mismo olor de la manzanilla pero que es otra cosa.

-Eso será si viene al caso; que si no, no le volveré a tocar el punto, porque ella es el diablo; me lo conocerá en la cara, y se reiría de mí a carcajadas.

-Amigo, hasta las doce.

-Sí, señor, lo tendrá usted todo pronto: en estos casos y para negocios así, soy yo como reloj -dijo don Anselmo levantando la mano y estirando los labios.