La novia del hereje: 35

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Capítulo XXXIII : La novena y la timbirimba[editar]

Eran como las seis de la tarde: hora en que las ciudades meridionales de América cobran una vivísima animación con el movimiento de las gentes que transitan por sus calles. Mientras los unos iban cargados con sus instrumentos de trabajo o con los productos de su labor buscando el descanso con aquel contento que inspira el cese de las tareas del día, mil otros sacudiendo la laxitud del ocio salían a gozar de esa atmósfera fresca y apacible que a la caída del sol viene de los campos, y que no pocas veces se difunde con el crepúsculo impregnando cuadras enteras con el aroma de la mosqueta y del azahar.

El que haya recorrido en algunas tardes del otoño o de la primavera las calles de Lima o de Buenos Aires, de Santiago de Chile o de la bella Córdoba del Tucumán que son como quien dice, los bordes floridos del rico lecho en que los Andes asientan sus majestades, sabe bien que la más fecunda fantasía fuera escasa si quisiese describir los encantos de aquesta realidad.

El mercantilismo prosaico que hoy reedifica nuestras ciudades a su modo, nos priva poco a poco de las obras de la naturaleza por las fábricas de la industria, modulando nuestra vida social a otros modos de ser próspera y feliz. Día a día desaparecen nuestras huertas. Y con ellas, los naranjos y la madreselva, que desde el fondo de nuestras casas perfumaban nuestras calles, ceden su lugar a los largos almacenes en que se depositan las pipas de Oporto y los sacos de fariña.

Antes... ¡Oh! ¡Antes era otra cosa! En vez de esas cuevas de la fiebre mercantil que a vuestro paso por las veredas os abren sus bocas negras y profundas, teníais ventanas hermosas voladas como galerías, y portadas llenas de luz en donde desplegaban su donaire las muchachas sencillas y picantes del viejo tiempo; las muchachas aquellas candorosas como sus blancos vestidos de muselina, vivaces como sus rebozos encarnados de bayeta; y que con su tez de tórtolas, sus ojos de fuego, y sus trenzas de ébano se parecían en su farniente a las flores aquellas de la tarde que pasan marchitas el día, para abrir su seno apasionado a la primera gota del rocío que baja con el resplandor plateado de las estrellas.

Enemigo de la paradoja en todo, me guardaré muy bien de decir que la vida del vergel sea preferible a la vida de la ópera y de la bolsa; que una huerta ocupada por naranjos y por mosquetas lo sea a un palacio de vastos salones, brillantes de papel y de pinturas; que el perfume de esas plantas entre cuyos troncos jugueteábamos en nuestra niñez sea más delicioso que el que derraman hoy nuestras paquetas al mover los pliegues de sus lujosos trajes de damasco y de terciopelo. ¡Dios me libre de herejías!

Pero, ¿cómo negar que aquello era también muy bello, y que la infancia de los pueblos por su misma proximidad a la naturaleza está dotada de ciertas gracias que son, como el candor de los niños, imposible de ser reproducidas por el arte en lo que su ingenuidad peculiar les da de puro y de inocente?

Como quiera que ello sea, en el viejo tiempo que pasaban los hechos que narro, Lima era una ciudad salpicada de huertas, en donde el plátano y el floripondio entrelazaban sus lozanos gajos mecidos por la brisa refrigerante que baja el valle desde la región de las nieves. Esa ciudad en que hoy como en Roma, hay barrios enteros abandonados y en ruinas por las que vagan las sombras de su antigua grandeza y que no pocas veces han servido de asilo a partidas de ladrones y de negros fugitivos, estaba entonces fresca. Era esclava en verdad de sus inquisidores y de sus virreyes, pero era joven y los ardores de su edad iluminaban su semblante vivaz con el fuego y la coquetería de las primeras pasiones de la vida.

La religión misma con sus procesiones y con sus magníficos Te Deums, con sus novenas y las otras exhibiciones majestuosas de los prestigios del lujo y del aparato material, de que el catolicismo es tan profuso, servía en Lima de un perpetuo espectáculo en el que se hermanaba maravillosamente lo devoto con todos los demás incidentes de intriga y de pasión que se anudan y se desatan en los centros de aquel arte y de aquellas pompas que hablan a los sentidos. El culto estaba modelado a las exigencias de una sociedad nueva y petulante, que había nacido de las manos de aventureros y de bandidos del día antes, convertidos el día después, por un golpe de fortuna tan inesperado como sorprendente, en grandes hombres de estado y de guerra, en príncipes de la magistratura y de la Iglesia; de una sociedad en que las grandes fortunas eran nuevas y reposaban todavía sobre las basas de la violencia y de la rapiña, de la guerra y del despojo, del asesinato y del juego, sobre que la habían vaciado los Pizarros y los Almagros, los Carbajales y los Centenos; en la que la voz de los Las Casas era imperceptible porque la de los Valverdes rugía como el trueno y el huracán.

Incansable para el placer y dotado de tesoros inagotables de vivacidad y de alegría, el pueblo de Lima necesitaba vivir a la luz y al aire como los pueblos tropicales. Templados sus sentidos al calor del sol y por los reflejos del prisma que le enviaban las nieves cristalinas de la cordillera, jamás se habían endurecido con el espectáculo de las tinieblas que hacen ceñudo y torbo el clima de los países que se retiran hacia el polo. Así es que si bien era aquel un pueblo sordo a las profundas elucubraciones del misticismo, era, en recompensa, artista por excelencia, diáfano por naturaleza, y adoraba el prestigio sensual dejando correr su vida, ya fácil, ya apasionado, al impulso de sus impresiones del momento.

Las pasiones fueron pocas veces turbulentas en Lima; porque ella cifraba entonces su nombradía en el ojo renegrido de las mujeres, y en las magníficas pestañas que concentrando el fuego de sus miradas, les dieron aquella vivacidad especial que las hizo tipo en su género. La Limeña de raza, La María, era el ideal de la mujer americana, como la inglesa de raza, la Esther, con sus rulos de oro tendidos por su cuello de cisne, y con el lánguido mirar de sus ojos color cielo, es, cuando se pasea por las ruinas de Roma o por los espléndidos monumentos del arte florentino, el ideal de la mujer europea.

Este pueblo, del que acabo de hacer un bosquejo bien pálido en verdad para lo que él era, hormigueaba por las calles de la ciudad a las seis y media en aquella tarde como lo dije al principiar. Llamaba la atención, el gran número de mujeres vestidas de negro que afluían por las calles adyacentes al templo de la Merced. No iban de tapadas porque a esa hora ya no se debía andar de saya.

Pero el traje que llevaban era tan propio para guardar el incógnito como el que habían dejado: se componía de una basquiña negra de seda, y de un manto ancho y largo de la misma tela y del mismo color puesto sobre la frente, cuyos dos extremos caían por delante hasta los pies, cubriendo el cuerpo por detrás hasta más abajo de la cintura; y como todas lo llevaban prendidos sobre la barba tapando el rostro, eran idénticas las unas a las otras, y era imposible reconocer a ésta o aquélla en medio de la multitud que afluía como hemos dicho.

En Lima no había entonces día del año en que no se hiciese alguna novena en algunas de las numerosas Iglesias que ya tenía la ciudad; y estas novenas atraían una multitud tal de gentes, que los templos quedaban materialmente atestados.

En la iglesia de la Merced que era la de la concurrencia en aquella noche, había un altar solitario y oscuro entrando hacia la izquierda, que estaba separado de la nave por una barandilla de hierro: era el altar del Buen Pastor.

Hacía tiempo que don Bautista se había introducido en la Iglesia y que pasando al otro lado de la barandilla se había medio acurrucado, entre las molduras del dicho altar con un grueso rosario en las manos, el buen viejo fingía rezar con una devoción ejemplar: bien está quede cuando en cuando echaba a su alrededor miradas fugaces que parecían llenas de ansiedad.

Cercana a él había venido a hincarse una mujer cubierta con su manto como las demás, y que a medida que la entrada de nuevas gentes la hacía menos visible daba hacia la barandilla algunos pasos (si puede llamarse así el movimiento disimulado que hacía con las rodillas) y se acercaba poco a poco a don Bautista. Cuando el sacerdote que debía llevar la voz en la novena comenzó a recitarla desde el púlpito, y se alzó el conjunto de las voces de los fieles repitiendo, la mujer estaba ya pegada a la barandilla, y al favor del ruido dijo brevemente al boticario:

-Acérquese usted aquí.

Don Bautista se hizo el sordo, y poniendo mayor contrición en su semblante y en su voz, rezó con más fervor.

-¡Acérquese, don Bautista! -le repitió ella otra vez. El boticario miró con enfado y en tono de reconvención, le respondió:

-¡Señora, déjeme usted orar tranquilo y pensar en Dios!

-¿Y en Nápoles?

-¡Eso siempre! -dijo el boticario con una mirada feroz que apagó luego, y vino con disimulo a ponerse junto a la barandilla.

-¿Mercedes? -dijo.

-¡Sí!

-Pues habéis hecho muy mal, porque no solo estáis vigilada, sino que yo quería hablar con Mateo; no es lo mismo que tú le digas lo que me oigas, que el que él mismo me lo hubiese oído.

-¿Y qué quería usted que yo hiciese, si a él lo era imposible venir?

-¿Y por qué?

-Porque el padre Sinforoso tiene encargo probablemente de no perderlo de vista, y Mateo ha creído que él estaba más expuesto que yo; yo puedo confundirme entre la multitud, y él no.

-Si él está también vigilado, quiere decir que el riesgo apura, Mercedes, y que no tenemos tiempo que perder: el padre Andrés parece que nos tiene el rastro...

-¡Siempre me lo temí! -dijo Mercedes con cierta melancolía.

-¡No hay que desmayar! La Esther es un episodio inédito de los Viajes por Italia, de nuestro compatriota y amigo el doctor Cané, trazado con lujo y a grandes rasgos sobre los artistas y poetas florentinos. Veremos de quién es el éxito; tenemos también como escaparle.

-¡Ojalá!... ¿Salvando a Mariquita?

-Toda nuestra esperanza, hija, es el joven inglés que la ama; si él no la salva perecerá, y si él perece nosotros...

-¡También! Bien sabido lo tengo.

-¡Pues ánimo entonces! ¿Qué te ha dicho Mateo?

-Que no podrá moverse de Lima, sin llevar consigo al padre Sinforoso.

-¡Imposible! ¿No ves que tiene que traerme seis u ocho de los amigos disfrazados de negros?

-Me ha dicho que está comprometido a ir con el padre: que no puede desprenderse de él: que engañarlo sería despertar la alarma del Padre Cirilo y atraerse un riesgo peor. Pero me ha encarecido mucho que os diga que no tengáis cuidado: que aunque salga con el padre, ya él tiene arreglado un medio de alejarlo, sin dejarle motivo alguno de sospecha.

-¿Y cuál?

-No ha tenido tiempo de decírmelo.

-Pues por eso mismo yo hubiera querido verle; no es mi costumbre obrar sobre lo que no sé.

-Mateo me ha dicho que os ruegue que tengáis confianza en él, y que alejará al padre de un modo eficaz.

El boticario se quedó reflexionando, y después de un rato, dijo:

-¡No hay remedio! Es preciso resignarse: mira Mercedes -toma estos papeles- son los permisos en toda regla para introducir ocho negros esclavos y bozales; dile que no aventure más; toma este barrilito de betún, que les haga teñir bien las caras, y que traiga inmediatamente a los más alentados y vigorosos: es preciso que procure volver mañana a media noche; que excuse las rondas con cuidado, y que toque en mi puerta el cordón secreto de la campanilla que tú sabes.

-¿Nada más?

-Nada más.

-¿Y yo?

-Tú debes ponerte en camino inmediatamente para Chorrillos, para embarcarte en primera ocasión, porque hay un buque amigo en la costa.

-No: yo estaré con usted hasta el último, y seguiré la suerte de los demás: me falta ánimo para ir sola hasta allá.

-Haz lo que gustes, pues ya ves que es imposible ir acompañada.

-Bien: ya rezan las letanías; me voy al centro de la nave.

-Y yo al altar.

Se separaron en efeto; y confundidos algunos minutos después entro el gentío que salía de la novena, el boticario se fue a su botica y la chola a su cuartejo.

No fue chica la sorpresa que esta pobre tuvo, cuando empujando su puerta y entrando se encontró adentro con el padre Sinforoso, sentado mano a mano con Mateo, delante un buen jarro de pulque o chicha de tunas, muy usada entonces en todo el Perú.

-¡Cáspita, cholo! -le dijo a Mateo el padre, cuando vio entrar a Mercedes-, ¿tienes también pareja?...

-¡Eh!... Es como mi hermana.

-Pues échala al momento; porque yo no gusto ni de la idea del pecado.

-¡Mercedes, vete! -dijo el cholo con autoridad.

-¿Y por qué? -dijo ella.

-¡Porque yo lo mando! -dijo el fraile.

-¡Vete, Mercedes! -agregó Mateo-. Su Paternidad me honra con su compaña, y no quiero que le contraríes.

-Y...

-¡Vete, Mercedes! No quiero saber nada: ¡vete!

Mercedes comprendió que el cholo estaba representando alguna comedia, enredando alguna intriga, y se salió.

-¡Caramba! -dijo el cholo rascándose la cabeza-, ¿dónde irá a dormir la infeliz?... ¡Mercedes! ¡Mercedes! -gritó.

La chola volvió a asomar su cabeza por la puerta y dijo:

-¿Qué quieres?

-¡Espérate un momento en la vereda!

Y la chola desapareció otra vez cerrando la puerta.

-Me viene una famosa idea -dijo Mateo cuando se quedaron solos-, yo no puedo hacer que la pobre Mercedes duerma en la calle: el cuarto es de ella, porque ella es la que trabaja. Pero estoy convidado hoy a una timbirimba de monte donde se ha de apuntar fuerte, y si V. P. tiene algunos pesos...

-¿Es de gente honrada?

-¡Por supuesto!

-¡No! -dijo el padre después de haber reflexionado-, no me gusta el juego.

-Bueno padre -le respondió Mateo-, yo me voy allá entonces, porque a mí me gusta y mis amigos me esperan... yo quería que pasásemos juntos la noche..., pero...

-¡Mira, hombre! Pasémosla aquí: ¡es mejor!

-No, padre: ¡yo me voy! -dijo Mateo resuelto-. Pero si V. P. quiere puede quedarse.

-Que se quede el diablo, cholo de mi... -dijo el padre levantándose de mal humor.

-Eso no es justo: cada uno tiene sus gustos, y entre compañeros...

-Yo iré; pero te advierto que no juego.

-Si es por falta de plata, yo le puedo prestar a S. P. porque como hemos de viajar juntos, me podría abonar de la limosna que recoja, o de lo mismo que gane si le sopla la suerte.

-Bien, ¡vamos!

-Vamos.

Y ambos salieron a la calle. Mercedes estaba sentada en la vereda, y cuando vio salir a Mateo con intención de alejarse, movida del deseo de participarle lo que le había encargado don Bautista con tanta urgencia, le dijo:

-Mateo, oye una palabra.

-¡No estoy para reconvenciones! -le respondió él en voz alta; y dirigiéndose despacio al fraile le dijo-. Ésta quiere impedirme que vaya a jugar.

-¡Ya! -le contestó él; ¡si juegas lo suyo no es extraño!

-¡Mateo! -volvió a decir Mercedes.

-¡No sé nada! -le repitió él continuando su camino con el padre.

Y como Mercedes comprendiera entonces que Mateo tenía, para obrar así, sus motivos bien fundados; se metió en su cuarto y cerró su puerta.

Ahora, pues, para hacer conocer esos motivos, es preciso que hagamos retrogradar de unas cuantas horas a nuestros lectores.

Cuando Mateo se convenció de que el Padre Sinforoso tenía encargo de no perderlo de vista, reflexionó que si se excusaba de él, avivaría las alarmas de sus espiones y se ponía en mayor riesgo. Para salvar, pues, su situación, mandó a uno de los pobres diablos que estaban con él en la esquina de la plaza, prometiéndole algún cuartillo, a que le llamase a un cierto aparcero suyo, borrachón habitual, peleador fanfarrón y bullicioso, jugador insolente, y en fin, hombre de taberna consumado.

La diligencia debió ser bien hecha en efecto, porque una media hora después, venía el dicho nene atravesando la plaza en busca de Mateo, que tenía fama de hombre aviado entre la plebe y los pillos de Lima.

El recién venido era un hombre de estatura mediana, ancho de espaldas, de carrillos carnudos, pero flojos y caídos, lleno el cutis de la cara de manchas rojas y de granos; y los ojos saltones, lagrimosos, ribeteados de punzó, revelaban bien las damajuanas de aguardiente que andaban circulando por todo su cuerpo. Venía sucio y desastrado, pero siempre con el aire fanfarrón y de perdonavidas que le era ya habitual.

Mateo se dejó estar sentado al borde de la esquina, sin levantar siquiera la vista, ni mostrar el menor interés.

-¿Me has llamado?

-Sí.

-¿Para ganar algo?

-Sí.

-¿Y bien?

-Espérame en la timbirimba del Gato.

-¿Y bien?

-Haz de asustar a un fraile que irá conmigo.

-¿Y bien?

-Sin dejarlo salir de allí, hasta que yo me enoje y lo proteja contra ti.

-¿Y bien?

-Allá te diré lo demás.

-¿Y bien?

-¿Y bien qué? -dijo Mateo enfadado.

-¡C... jo!, ¿y la paga, que es lo principal? ¿Pues qué, así no más, me voy yo a meter con un fraile, para que me trajinen en la inquisición?... ¡La p... erra!

-¿La paga?...

-¡Sí!... La paga.

-Te daré dos onzas -dijo Mateo bajando mucho la voz.

-¡C... jo! Si no vas con tu fraile o no me cumples, te parto por medio desde la cabeza hasta el... Porque estoy más pobre que un murciélago.

-¡Va, va, va! ¡Maula!... ¡Lárguese por su camino, bien pronto! -le dijo Mateo alzando la voz e incorporándose con aire de amenaza.

-¡Mira! -le dijo él-, ¡si no lo hicieses de broma... te...!

-¡Qué broma, ni qué infierno! ¡Salga de aquí! -y el cholo le pegó un empujón.

-¡Da las gracias de que es broma, que si no!... -le repitió el matón retirándose, mientras Mateo lo chuleaba por detrás.

-¡Váyase usted a pasear! -le dijo el cholo dándole la espalda, y volviéndose a sentar.

Cuando Mateo se empeñaba tanto, pues, en sacar al padre Sinforoso del cuarto de Mercedes para llevárselo a la timbirimba del Gato, contaba con que esta intriga, en que el matón debía jugar el primer papel, le daría tiempo para escabullirse por un rato del espionaje del padre, y volver a recibir de Mercedes las órdenes del boticario.

Mateo, llevó en efecto, al padre Sinforoso por entre algunas callejuelas excusadas, oscuras y sucias, hasta una puertecita muy pequeña, en la que golpeó repetidas veces con cautela. Un indio viejo sacó al momento su cabeza por la endija; y habiéndose dado a conocer el cholo, les franqueó la entrada. Atravesaron un patio lleno de barro, que más bien parecía un corral, dirigiéndose a una pieza situada en el fondo, cuya puerta estaba cerrada: Mateo la abrió; y de cierto que merece ser descrito con alguna menudencia, el aspecto interior que ella ofrecía.

Era una sala cuadrilonga, de paredes sucias, húmedas y oscuras: ocupaba todo el centro, de uno o otro extremo, una gran mesa de madera ordinaria, cubierta con una carpeta de bayeta encarnada; y a su alderredor estaban agrupados cuarenta o más individuos, cuyos trajes y fisonomías, eran fieles testimonios de la vida relajada que llevaban. Dos o tres luces, que, puestas sobre la mesa, parecían al entrar faroles lejanos en una noche de gruesa neblina (tanto era el humo de cigarro que oscurecía la pieza) eran las únicas luces que allí había.

Al sentir que abrían la puerta, todos los asistentes dirigieron hacia ella sus miradas, entreabriendo sus bocas, y poniéndose las manos en los ojos para poder distinguir quien entraba.

-¡Ah!... ¡Es Mateo! -dijeron tranquilizándose todos.

-¡Viva Mateo! ¡Venga acá Mateo! -repetían algunos.

-¡Que tome la banca Mateo! -decían otros-. Es el mejor tallador, porque es siempre el más rico y no anda nunca con porquerías.

El mitón que oyó abrir la puerta, distinguió antes que los demás a Mateo, pues estaba advertido, como ya sabemos: fingiéndose alarmado con el temor de que aquella fuese alguna invasión de la hermandad saltó desde el borde de la mesa como un león, y sacando del seno una enorme daga, vino ciego a levantarla sobre los que entraban, y echó garra a la capucha del fraile por debajo de la barba.

El padre reverendo se quedó aterrado; y ya iba a arrodillarse delante de su agresor, extendiendo sus manos suplicantes, cuando Mateo desació con fuerza al matón, y tomando posición entre él y el fraile, le dijo:

-¿No ve usted que viene conmigo?

-¡Y aunque venga con el diablo! ¿Y si es un espía?

-¿No ve usted que es un padre?

-¿Y qué me importa a mí que tú lo digas, chino del c...?

-¿Cómo es eso? -dijo Mateo envolviéndose las mangas, como si fuese a pelear, y sacando su cuchillo, agregó-. ¡Te guardarás bien, borrachón indecente, de tocar a un pelo de este padre!

Entretanto, esta reyerta inesperada, había causado un alboroto extraordinario: todos gritaban ¡paz! ¡orden! y los unos se esforzaban en contener al matón, mientras los otros trabajaban por calmar a Mateo.

-¡Bueno, señores! -gritaba el primero-. Yo cedo; pero que ese hombre vestido de fraile salga de aquí al instante; ¡c...!

-¡Eso sí que no! -gritaba Mateo-. ¡El padre no se moverá de mi lado!... ¡Por malas, nadie consigue nada de mí!

-¡Señor don Mateo! -decía el fraile aterrado y suplicante-, ¡yo me voy a retirar! ¡Es mejor que me retire!

-¡No, padre!... ¡Sería una vergüenza para mí! -gritaba el cholo con toda la exageración de la rabia-. ¡Señores! -exclamó, dirigiéndose a los demás-. ¡Esto es un oprobio! ¿De cuándo acá se ha viciado así esta casa? Yo había invitado a este buen padre a pasar un rato de tertulia tranquila y divertida, ¡y me pasa semejante cosa!...

-¡Silencio, por Dios! ¡Orden! -gritaban los demás; porque el matón seguía torciéndose entre los que lo agarraban por avanzar a Mateo.

El fraile entretanto quería escabullirse; pero no podía, porque al favor de la confusión del primer momento, el fanfarrón se había ganado el lado de la puerta, echando hacia adentro a Mateo.

Éste a fuerza de gritos logró obtener un poco de silencio, y dijo dirigiéndose al matón:

-González, quiero proponerte una cosa en obsequio de la paz y del crédito de la casa.

-¡Convenido! -dijo González escondiéndose la daga en el pecho.

Serenado un tanto aquello, los jugadores rodearon de nuevo la mesa para restablecer su juego, y Mateo tomó de la mano a González y lo llevó a un rincón.

-¡Has estado muy bruto! -le dijo.

-¿Cómo es eso? ¿No me dijiste que lo asustara?

-¡Pero no con puñal, ni tanto!

-Pues si se trataba de asustarlo, el bruto eres tú; ¡porque lo más es lo mejor! Lo que hay es, ¡que ya me querrás negarla paga con ese pretexto...!

-Tan no es eso, que aquí tienes las dos onzas; pero no era eso lo tratado, yo te las prometí para que no lo dejases salir de aquí; y no para que no lo dejases entrar.

-¡Es verdad!..., pero en fin, eso se compone dándome tú dos reales más.

-Por dados.

-Bien, lo que tú quieres ahora es, que no lo deje salir ¿no es eso?

-Eso mismo.

-Pues te prometo constituírmele en centinela de vista, y voy a cambiar de tono; seré con él más amable que un palomo.

-Sí, pero es preciso que te conserve miedo; porque mañana me tienes que hacer otro servicio, que te pagaré mejor todavía.

-¿Cuál?

-Este padre se ha empeñado en que...

-¡Mira que se nos escapa! -dijo González interrumpiendo a Mateo.

El Padre en efecto, cuando creyó que nadie lo apercibía, por ver a todos contraídos a la carpeta, y al matón en animada conferencia con Mateo, rozando las paredes y con la mayor cautela, se había acercado a la puerta: y ya levantaba el picaporte para escabullirse, cuando González lo apercibió, y diciéndoselo a Mateo, vino lleno de solicitud hacia el Padre, que se quedó tiritando al verlo.

-¡Padre! -le dijo-, yo estaba en un error. Creí que V. R. era algún espía disfrazado, y como en ese caso ya no había más remedio que morir o matar... yo.

-¿Me iba usted a matar, hombre?...

-En el primer impulso... así... atolondrado.

-Y borracho..., ¡que es lo peor! -dijo Mateo.

-¡Mira, cholo!, ya hemos hecho las paces; ¡y no me insultes!, porque si no...

-¡Por supuesto!, ¡por supuesto!, se apuró a decir el Padre: ¡Mateo hace muy mal!

-¿No es verdad que sí, Padre?

-¡Sí, señor!, ¡sí, señor!, ¡hace muy mal!

-¡No es verdad que yo no estoy borracho, Padre!

-¡Qué disparate, señor!... está usted... fresco...

-¡No! Eso no. ¡Tengo un calor...!

-¡Bien!... Eso es por la disputa.

-Mire, Padre, es preciso que seamos amigos, y que me perdone mi aturdimiento.

-¡Por perdonado, señor!... Y si usted me lo permite, voy a retirarme lleno de gusto de haber conocido a usted.

-¡No, Padre! No lo permito: ahora verá como soy el mejor camarada del mundo: acérquese a la mesa y diviértase.

-Señor, si yo no me divierto...

-¡Qué no se ha de divertir S. R.!... ¡A ver caballeros! ¡La Banca para el Padre: en una mesa en que hay un Padre nadie sino él debe tallar, de preferencia a todos!... ¡Yo lo digo!

-Señor, yo no.

-¡No, señor! Sería una falta de respeto; ¡y yo no la permito!... ¡No hable ni una palabra más, Padre, porque me enojo!

-¡Vaya, señor!... Si usted lo quiere... -agregó el Padre en el estado de ánimo más triste que es posible concebir.

-Señores, ¡banca nueva! -dijo González: el Padre va a tallar.

-Bueno -dijo uno de los asistentes-, pero devuélveme antes la parada de tres pesos que te alzaste cuando la bulla... yo la gané.

González se hizo el desentendido, y llevando al Padre por el brazo a la silla del tallador -repetía-. El Padre nos va a tallar.

-¡Che, González! -le repetía el otro siguiéndolo por detrás-. Devuélveme la parada de tres pesos que me alzaste cuando la bulla.

-¿Quieres irte al infierno, y dejarme de jo... robar?

-¡Bueno!... Yo haré lo mismo si ganas -le dijo el otro.

-Veremos.

-¡Pues lo verás!... ¿O me tomas también por fraile? -le respondió el otro volviéndose a su lugar.

El Padre Sinforoso se instalaba entre tanto en la alta silla del tallador, que estaba en una de las cabeceras de la mesa, delante de cuatro o seis naipes puestos allí.

-Es preciso que sea generoso, Padre; y que se gane V. R. la popularidad de toda esta runfla de canallas -le dijo despacio González.

-¿Y cómo, señor? -le preguntó el Padre sin poder disimular el cruel abatimiento en que tenía su alma.

-¡Va! -le respondió el matón-. ¡Poniendo una buena banca!

-Pondré seis onzas, ¿no?

-¡Ponga usted el doble, hombre!

-¡Pero si no traigo más, señor González!

-¡No sea usted inocente, hombre! ¿No es Mateo quien lo ha traído a V. R. aquí?

-¡Sí, señor!

-Pues que él contribuya con la otra mitad; porque no han de ser todas flores. Ahora lo verá V. R. ¡Mateo! Ven acá: suminístrale seis onzas aquí al Padre para que la banca sea de doce.

El cholo sacó al instante la suma mencionada y se la puso al Padre por delante.

-¡La p... erra, digo! -exclamó González-, ¡éste sí que sabe la Biblia! Jamás deja de tener plata como un minero!... ¡Qué no diera por saber cuál es la huaca que has encontrado! En fin, Padre, baraje y talle -agregó dirigiéndose al fraile.

El Padre empezó en efecto a barajar, y extendió después por delante nueve cartas, en columnas cerradas de a tres de fondo.

-¡Ah, lindo! -dijo González con zonga-, se estaba haciendo el chiquito; y el diablo me lleve, siempre que ésta sea la primera zorra que pela.

Los jugadores en cuanto vieron las cartas, comenzaron a poner sus paradas al lado de las que elegían para jugar, gritando el uno ¡A la zota!... ¡Al rey!, el otro ¡Al caballo!, aquel... ¡Al tres!, este...

Mateo entretanto se había escabullido, y tomando la calle por suya, iba materialmente corriendo al cuarto de Mercedes.

Ésta lo abrió la puerta, e impuesta brevemente del buen éxito de las astucias del cholo, le dio los papeles y las instrucciones de don Bautista.

-¿Es decir, que tengo que salir de madrugada?

-Me ha dicho que es indispensable: ¡que es urgentísimo!

-¡Pues lo haré! ¿Y estos papeles?

-Son una licencia en regla para que puedas conducir ocho negros bozales: mostrándolos a la ronda en caso que la encuentres, te dejarán pasar sin más averiguación.

-¡Bravo!... Entonces, es necesario que vengas tú a la timbirimba del Gato; después que yo entre, harás llamar a González, y le dirás que mañana a eso de las diez me espere sin falta en el tambo de Untcha, donde le daré tres onzas, y que se ponga ahora mismo en camino: que cuando yo llegue allí, si va conmigo el Padre Sinforoso, se nos junte él y diga que quiere ir con nosotros, y que me siga, sin hacer fanfarronadas ni asustar más al padre. Yo me vuelvo corriendo, para que éste no me eche de menos ni sospeche.

Y Mateo se volvió deprisa en efecto. Cuando entró, el Padre seguía tallando resignado a la triste suerte que le habían impuesto las órdenes de sus superiores. En ese mismo momento, González ganaba una parada de diez o doce pesos; pero al recogerla, aquel otro que pretendía que González le había sustraído tres pesos; se lo adelantó y puso la mano sobre la plata para arrebatar la parte suya. Mas pronto que el rayo sacó el matón su puñal y lo dirigió de punta sobre la mano del otro jugador: éste pudo retirarla con la misma presteza también, y dando el puñal su violentísimo golpe sobre las duras monedas de plata, se partió.

Hubo de nuevo gran bulla y confusión: gritos y trompadas por salvar cada uno su parada. El Padre recogió su banca con un tino admirable, y saltando de su silla, se puso en salvo en un rincón. Mateo se apoderó de González; y diciéndole brevemente al oído: «Obedéceme y habla afuera con Mercedes» empezó a darle voces.

-¡Vaya usted afuera, so pícaro! ¡Afuera! ¡Es una infamia admitir entre gentes pacíficas, a hombres así! ¡Yo he venido aquí, señores, sin saber que semejante hombre pudiera entrar! ¡Afuera!

-¡Está bien! -decía González, trémulo de rabia-. Me voy; ¡pero denme mi parada!

-Aquí está -gritó uno, estirando la mano con el dinero.

-¡Saquen mis tres pesos! -gritaba el adversario del matón.

-¡Sí, señor!... ¡Porque él se los robó! -decían otros.

-¡Bien! -dijo Mateo-, ¡venga el dinero! -separó de la suma que le entregaron tres pesos, y le dio el resto a González, empujándolo de la puerta, y dejándolo del lado de afuera.

Cuando el orden se hubo restablecido de nuevo, Mateo dirigiéndose a los demás les dijo en voz alta:

-Es inicuo, señores, admitir a semejante hombre en una reunión pacífica, como ésta: y ustedes no saben lo peor.

-¿El qué?

-Padece de una enfermedad horrible.

-¿De cuál? -exclamaron todos.

-¡El otro día le mordió el cachete a Torricos!

-¿Y por qué?

-Porque lo tenía muy gordo.

El padre se tocó involuntariamente sus carrillos.

-Y estoy cierto -continuó diciendo Mateo- que a la hora de ésta, Mosqueta aúlla, y corre de la agua por los campos...

-¿Quién es Mosqueta?

-La perrita de Candelaria que González mordió ayer.

-¿Entonces tiene rabia? -exclamó fray Sinforoso espantado.

-¿Rabia? -dijeron todos aterrados.

-Sí, señores: ¡rabia! -contestó Mateo; y es preciso llamar al portero y mandarle que no lo deje entrar más.

-¡Al instante!, ¡al instante!

-¡No por Dios! ¡No abran ustedes la puerta, que puede entrarse! -dijo el fraile ganando el otro lado de la mesa.

-¡Dice bien su paternidad! -dijo Mateo-, es preciso ver con precaución primero si se ha ido: yo voy a ver.

-¡Pégale una puñalada si se te acerca, Mateo! -dijo el fraile.

-¡La fortuna es que a mí me respeta algo! Yo no tengo miedo de su genio ni de su puñal; ¡pero de un mordizcón...!

Y el cholo conforme iba diciendo esto abría cautelosamente la puerta y salía al patio.

Cuando regresó, dijo:

-¡Ya se ha ido por fin! Y ya le he ordenado al portero que jamás lo vuelva a recibir.

-¡Gracias a Dios! -dijeron los demás; ¡volvamos al monte!

-Yo me retiro -dijo Mateo-, tengo que hacer mañana.

-¡Y yo también! -dijo el fraile.

La banca de doce onzas hizo que la retirada de ambos fuese sensible para los demás jugadores, y máxime cuando el Padre llevaba como cuatro de ganancia; pero nadie se opuso, y es probable que otro tallador ocupase la presidencia de aquel digno consistorio.

Cuando Mateo y el Padre salieron a la calle éste le devolvió al otro las seis onzas que le había prestado, y le dijo:

-Hazme el favor de acompañarme al convento.

-¡Pero ya estará cerrado!...

-Yo tengo llave.

-¡Ah!... Tengo que decirle a su Paternidad que yo salgo mañana de madrugada para la hacienda de las chirimoyas.

-¿Cómo?... ¿Pues qué quieres matarme?

-¿Y por qué?

-Haciéndome viajar después de semejante noche.

-¿Y qué, tengo yo que hacer con eso, Padre? ¿Acaso yo le fuerzo a V. P? ¿Ni yo tengo la obligación de esperarlo, ni de andar con V. R.? ¡Si quiere venga! Yo cumplo con avisarle; y si no quiere ¡no venga! Yo iré solo.

El Padre caminó un rato reflexionando; y al fin dijo:

-Tendré que ir no más.

-Bueno: yo lo iré a buscar a la portería, bien de madrugada.

-¿Y no será mejor que duermas en el convento, para que salgamos más temprano? -le dijo el fraile con una mirada astuta.

-Hombre -dijo el cholo-, me vendría muy bien, porque a estas horas...

-¡Pues está dicho!... Vente a mi celda, y me cebarás un mate... y tu tomarás también.

-¡Convenido!

Al poco rato llegaron, en efecto, al convento. El padre sacó del bolsillo una llave, abrió despacio una puertecita; y a tientas y en puntas de pie comenzaron a andar por un claustro que estaba oscuro como el caos. Caminaron así hasta que desembocaron en otro claustro, en cuyo fondo se veía un farolcito con una luz amortiguada: el fraile se dirigió a él, lo descolgó, y alumbrándose así, vino a la puerta de su celda, la abrió, entró, y encendió vela.

-¡Eh! -dijo-, ¡ya estamos en salvo! Ahí tienes yerba y azúcar; aquí está el mate: el aguardiente y el agua están allí; calienta tú mientras yo voy a poner el farol en su clavo; y saliendo otra vez al claustro, torció por fuera la llave de su puerta dejando encerrado a Mateo.

Es imposible hacerse una idea de la profunda alarma que se apoderó del cholo, al ver esta acción del fraile tan inesperada. Empezó a dudar si estaba o no perdido. En vez de ir a colgar el farol el fraile, se dirigió a otro claustro y golpeó despacito la puerta de una celda. El Padre Cirilo abrió al momento, y cuando vio a su agente:

-¡Cáspita! -dijo-, ¡lo he esperado, hermano, lleno de ansiedad todo el día y toda la noche!

-¡He estado sobre él sin pestañear!

-¿Y qué ha visto, hermano?

-Nada todavía: hasta estas horas ha estado en una casa de juego. ¡Y yo también, hermano! -dijo el padre Sinforoso, alzando con dolor sus manos al cielo-. ¡Y he tenido que jugar! -agregó compungido-. ¡Qué abominación!

-¡Y allí no ha visto nada, hermano!

-Nada que me haya llamado la atención.

-¡Es raro!

-Y lo tengo aquí en el convento.

-¿En su celda, hermano? -preguntó el padre Cirilo asombrado.

-¡En mi celda!

-¿Y cómo?

-¡Oh! -dijo el padre Sinforoso con orgullo-. ¿No me encargó V. P. que no lo perdiese de vista?... ¡Pues iba fresco el cholo si creía escapárseme! ¡Cien veces, padre Cirilo, he tenido mi vida en peligro durante esta noche, por cumplir con sus encargos; y ¡cosa horrible!, ¡hasta he escapado de ser mordido por un rabioso!

El Padre ponderó aquí su firmeza y su astucia, para hacerse valer con su superior: dio cuenta del viaje proyectado; pero como para tentar un recurso, dijo:

-¿Y no sería mejor, hermano, que ya que tenemos este perillán en la jaula, lo encerremos en un calabozo y en vez de espiarlo, le saquemos las revelaciones con el tormento.

-¡No!, ¡no! No conviene; ¡él nada nos importa! Lo que se necesita es saber lo que hace él para los otros, a dónde va, y con quiénes habla: en este sentido es indispensable que su Reverencia vaya mañana con él: en el camino, en los tambos, hágase, hermano, el dormido, y no quite el ojo de él.

-¡Así lo haré, hermano! -dijo el padre fray Sinforoso con un tristísimo desaliento; y se volvió a su celda.

Mateo, que estaba aterrado, pensó que le convenía aparecer con una tranquilidad suma de ánimo; y luego que puso a calentar el agua, se tiró en el suelo; y fingía dormir tan profundamente, que el padre tuvo trabajo para hacerlo incorporar. El cholo se hizo el sor prendido, y dijo:

-¿Ya es hora de salir?

-No, hombre: es para que tomemos mate.

-¡Caramba!, ¡yo me había dormido! -dijo riéndose-. Mire, padre, que yo tengo precisamente que ir a la hacienda.

-Bueno, hombre: ya te he dicho que hemos de ir juntos.

Tomaron mate; se acostaron; pero Mateo no pudo dormir, porque estaba asaltado de dudas y de ansiedades horribles al verse allí encerrado.