La patrona de huéspedes: 01

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La patrona de huéspedes Ramón de Mesonero Romanos


El origen de las casas de huéspedes (estilo coronista), se pierde en la noche de los tiempos. Los libros sagrados nos hablan ya de esta costumbre generalizada entre los primeros patriarcas, por lo que hay que decretar, cuando menos, al padre Abraham los honores de la invención.

Verdad es que en aquellos siglos primitivos, todavía este uso venerando se resentía de la sencillez evangélica, y no estaba tan refinado como lo vemos hoy, los que aguardamos a nacer tres o cuatro mil años después. Entonces todo su mecanismo se reducía a tener siempre abiertas las puertas de la choza paternal (si es que ésta tenía puertas) al fatigado peregrino que, sin más maleta ni silla de posta que el bordón y la calabaza, acertaba a atravesar a deshora por aquellos andurriales; hacerle un ladito en la estera que servía de blando sofá y de mullido lecho; ponerle delante un cenacho de bellotas, o cosa tal, y su botijo de agua pura y serenada; y si lo quería comer, bueno, y si no, tan amigos como antes. Luego de sobremesa, era de rigor el cruzarse de brazos la familia, y rodear al huésped, para escuchar de su boca la narración de las extrañas aventuras de sus peregrinaciones, durante la cual no dejaba el papá de enternecerse, la madre de compungirse, el hijo de entusiasmarse, y la señorita, si la había, de echar al forastero unas ojeadas, que déjelo usted estar.

No hay duda que, considerada esta simplicidad bajo el aspecto poético, no deja de tener su aquél; y si no léanse por lo religioso los libros bíblicos, que tan admirables recursos supieron hallar en este sencillo argumento: y viniendo a lo profano, ahí están Virgilio y Fenelón, que no eran ningunas ranas, los cuales hallando que esto de la hospitalidad era la fuente de toda poesía, y cosa buena para ponerse en libros, cogieron por su cuenta a las semidiosas Dido y Calipso (dos honradas señoras por otra parte, que no consta pagasen patente de hospedaje público ni secreto) hiciéronlas poner sendos papelitos laterales en los balcones (como es uso y costumbre de Madrid en casos tales) y hágote viuda de circunstancias, o doncella cuarentañona, y «Aquí se alquilan salas y alcobas con asistencia o sin ella, a gusto del parroquiano, etc.»; viendo lo cual los mancebos Eneas y Telémaco, que eran hombres que lo entendían, subieron bonitamente las escaleras, llamaron a la puerta, y... lo demás por sabido se calla.

Era, pues, otra Calipso que no podía consolarse de la partida de otro Ulises; y que en el exceso de su dolor, (como hubieran traducido más de cuatro literatos) se encontraba desgraciada de ser inmortal: quiero decir, de hallarse viva todavía, porque lo que es inmortales ya no se usan desde los tiempos de Calipso, en cuya isla no debía haber médicos ni boticarios. Pero volviendo a nuestro poema contemporáneo y a su lastimosa heroína, cuya gruta (o sea cuarto piso) no resonaba ya con los acentos de su voz, proseguiremos nuestra indirecta imitación o sea arreglo a la escena española, diciendo que las ninfas que la servían no osaban decirla «esta boca es mía». -(Estas ninfas eran una moza gallega, fresca y reluciente como tarja de remolacha, y una náyade del Manzanares, de las que acuden todas las tardes por bajo de la Virgen del Puerto a sumergir en las ondas sus flotantes túnicas, o sean pañales, y los de sus parroquianos, nada inmaculados por cierto.

Paseábase, pues, nuestra anónima Ariadna a largos pasos y con visibles señales de agitación todo a lo largo de su palacio que podría tener hasta unos quince pies en cuadro; y de vez en cuando solía pararse a contemplar el solitario y mal pergeñado lecho, que solía regar con sus lágrimas; pero esta bella perspectiva, lejos de moderar su dolor, la traía a la memoria la fementida estampa de su ingrato huésped, el fugitivo Teseo, que no era otro que D. Ponciano Pasacalle, nombrado administrador de correos de S. Esteban de Gormaz.

A veces asomábase a la ventana, que ofrecía a sus miradas la risueña perspectiva de un tejadillo, renovando su dolor los episódicos lances amatorios de los zapirones de la vecindad; y todo se la volvía alargar la gaita por entre un canalón y dos chimeneas, por ver si acertaba a divisar a lo lejos el camino real de Castilla, por donde D. Ponciano había desaparecido, conducido por arrobas en alas de un maragato.

De pronto se oye ruido de tacones de botas que suben la escalera; páranse luego, porque no había más que subir; llaman tres golpecitos a la puerta; abre la gallega, y dos hombres, de los cuales el uno parecía a D. Ponciano como un huevo a otro, se presentan delante de la viuda. -Por supuesto que ésta conoció a la legua que el tal no podía ser otro que el primo hermano de su ausente, que éste le había anunciado como que debía venir un día de éstos a Madrid para revalidarse de cirujano en el colegio de S. Carlos. -No pudo, sin embargo, conocer quién era el vejete que le acompañaba, y es que el tal vejete era un escribiente memorialista de detrás de Correos, que cuidaba de acomodar a los forasteros que se apeaban de la rotonda de la diligencia y servirles de Mentor en sus primeros pasos en la heroica capital.

Por supuesto que nuestra patrona (a quien ya relevaremos del incógnito, y llamaremos por el nombre de Dª. Tadea de Rivadeneyra) tuvo allá en sus adentros un ratito de jolgorio al contemplar las facciones del recién venido mancebo, tan acordes y paralelas con las del eclipsado administrador; pero no queriendo dar, como quien dice, su brazo a torcer, ni confesarse vencida a las primeras de cambio, frunció algún tanto el entrecejo, ahuecó la voz, y dirigiéndola a los dos personajes anónimos, les apostrofó preguntándoles por quién o cómo habían sabido su ignorada habitación y qué ocasión les traía a sus altas y elevadas regiones.-Entonces el mancebo (que tenía una voz de barítono acostumbrada a modularse al compás de la jota y de la guaracha) se quitó cortésmente su gorrilla de viajero, sacó del bolsillo un papelito si es no es mugriento y arrugado, dióselo a leer a Dª. Tadea, por donde ésta vino en conocimiento de lo que ya su corazón la había predicho, a saber: que el tal individuo no era otro que el sospechado primo del supradicho Pasacalle. Con lo cual, más en su equilibrio la viuda, acudió amorosa a tomar el saco del colegial, le instó en su aposento, y marchó a dar una vuelta a la cocina para disponer unas tortillas con sendos golpes de patatas y jamón.

Este ligero articulejo habría de aspirar a las formidables dimensiones del poema de Fenelón, si hubiéramos de seguir uno por uno los gratos episodios que formaron, hicieron crecer y morir aquella intriga, o sea drama, entre el joven Pedro Correa, natural de Olmedo, cirujano sangrador y barbero latino, y la honrada y excelente dueña Dª. Tadea de Rivadeneyra, viuda in partibus infidelium; la cual desde aquel primer almuerzo dio al traste con sus memorias, eclipsó su entendimiento, y subyugó su voluntad al nuevo huésped. Éste por su parte, que no era lerdo, bien echó luego de ver el efecto que sus ojos y compostura habían hecho en la huéspeda; y como ella no era todavía ningún vestiglo que digamos, y más para impuesta sin censo, y como por otro lado, la bolsa del colegial no estaba para pedir cotufas en el golfo, ni para hacer ascos de ninguna económica caridad, dio en seguirla la corriente, y en hacer como que si tal; de suerte que a las veces narrando en familia, al amor de la lumbre, sus aventuras estudiantiles, o rascando otras en su mal templada vihuela por el tono del Salerito y del ¡ay, ay, ay! acertó a encender en aquel blanco pecho una hoguera que ni todas las mangas de la villa acertaran a apagar.

Por supuesto que a todo esto nada se había tratado de cuenta de gasto ni de cosa tal; sino que el bienaventurado mancebo podía hacerse la ilusión poética de que nacían por ensalmo al fuego de sus miradas, el rico chocolate de Cruzada, el sabroso jamón gallego, la excitante morcilla extremeña, el delicado queso montañés. Todo se reducía por su parte a un regular consumo de suspiros y ternezas, a tal coplilla simbólica improvisada a la guitarra, o cual otro juramento en prosa hecho a la manera jesuítica, con la debida restricción mental.