La patrona de huéspedes: 02

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La patrona de huéspedes Ramón de Mesonero Romanos


La viuda, sin embargo, no estaba en el pleno goce de aquella celeste beatitud que era de suponer; porque amaestrada en el mundo (¡y quién no lo está a las cuarenta navidades!) bien echaba de ver que todos aquellos rendimientos del muchacho pudieran tal vez ser más calculados que espontáneos, y que dando rienda suelta a sus pasiones, corría inminente peligro de ver convertidos en espuma sus ahorros en el yelmo barberil.

Acabó de fijarla más y más en estos temores una sospecha que, aunque nacida a oscuras, vino a iluminar su razón, y fue el caso que cierta noche, regresando del sermón de los Dolores, halló que el huésped, cansado sin duda del de la Soledad, se hallaba mano a mano, y a oscuras, con la moza gallega; que, nueva Eucharis podría tal vez haber hallado favor en el pecho del forastero, y contribuir con su traición a hacer más interesante el argumento del drama. (La viuda había leído el Telémaco traducido por R... lo cual es lo mismo que decir que no lo había leído de modo alguno.)

Desde aquel día, o mejor sea dicho, desde aquella noche, la agitada Dª. Tadea no tenía, como suele decirse, el alma en su almario; y todo era soñar traiciones, y vislumbrar complots, y temblar pronunciamientos; y ora se figuraba a su cruel Vireno, número dos, huyendo con la otra maula, ora creía ver a ésta reírse en sus barbas de las angustias y temores que la hacía experimentar. Ni en paseo, ni en misa, ni en visita, podía sosegar un punto, ni dejaba tampoco reposar al amartelado galán, el cual, sea agradecimiento a los favores recibidos, sea esperanza de los que aún confiaba recibir, todo se resolvía en protestas y manifiestos del más sincero y cordial rendimiento, y aun habló de «coronar su amor» y demás frases poéticas dignas de un pastor de la Arcadia, siempre con la condición de llegar a reunir los dos mil y pico de reales del depósito exigido por los reglamentos para autorizarle a matar al prójimo.

Dª. Tadea, como mujer y enamorada, no era de piedra para dejarse convencer, tanto más, que el galán por su parte la instaba diariamente a que para apartar el pretexto de sus sinsabores, despidiese a la gallega; hízolo así con efecto; y desde entonces, más acordes, pudo la viuda soñar tranquila con su grata esperanza, el galán afirmarse en su viva fe, y la moza entregarse a su ardiente caridad.

Dispuestas así las cosas a gusto de todos, no tardó el traidor en atraer a lo más recóndito de sus redes a su víctima, quiero decir, en hacer venir a supuración el talego de sus ahorros, abonándole lo necesario para el examen, costear los gastos del título, ítem más, de las fes de bautismo y diligencias matrimoniales; hasta que llegando el caso de dar los nombres de los contrayentes, una mañanita temprano, cuando aquélla rezaba fervientemente el responsorio de S. Antonio, si buscas milagros, mira... siente abrir las vidrieras de su alcoba, entrar silenciosamente al mancebo y a la moza, arrojarse ambos a sus pies, y con una elocuencia digna de mejor causa, improvisar una demanda de perdón, o sea un bill de indemnité, por su gloriosa insurrección.

No hay pluma de ganso capaz de pintar el espasmo, el singulto y la histérica que se apoderaron de la doblemente engañada matrona, a la simple exposición de aquella peripecia; conque no hay sino dejarlo a juicio discreto del lector; basta saber que hoy es, y todavía se encuentra en el hospital de Incurables, a donde acaso habrá hallado otras compañeras, en quienes el hielo de los cuarenta años no acertó a apagar el incendio del amor.

Todo este más que razonable ejemplo preambular se ha atravesado en nuestra pluma, con el objeto de hacer sentir lo peligroso que es al tipo que hoy nos proponemos retratar el no renunciar preliminarmente a los combates de las pasiones, y templar su corazón a prueba de huéspedes, antes de decidirse a plantar el blanco papelillo en el hierro izquierdo del balcón. El buzo no se sumerge en el hondo de los mares, sin la campana protectora; el aeronauta no se lanza a las nubes, sin el paracaídas que ha de sostenerle, y el osado jinete no comienza la carrera, hasta tener bien sujetas en su mano las riendas del alazán. De este modo, la mujer que haya de abrir las puertas de su casa al forastero, ha de haber cerrado y aun tapiado de antemano las entradas de su corazón. El caso de Dido, el de Calipso, y el de Dª. Tadea (todos igualmente históricos) son ejemplos ¡oh viudas! que conviene meditar.

Por fortuna estos casos forman más bien excepciones de la regla que quiere que la huéspeda, patrona, o ama de casa (que de todos modos podremos llamarla con arreglo a los Diccionarios y Panléxicos más corrientes) frise ya en las cincuenta navidades, edad la más propia para supeditar las pasiones a la razón y al cálculo, y no la más idónea para ofrecer tampoco estimulantes al apetito carnal del forastero; quiere que la severa faz revele la formalidad y espíritu metódico de la dueña; quiere que sus blancos cabellos aparezcan modestamente recogidos en la historiada papalina; que el vestido de sarga o de algodón oscuro se halle resguardado con el honrado fiador del delantal, que las tocas modestas encubran la rugosa garganta, que el ancho zapato de orillo cobije por lo regular los juanetudos pies. -Es también inmemorial costumbre en Madrid (donde hablamos) que la tal Patrona sea viuda legítima y de legítimo consorcio de un empleado de Correos o en Loterías; que tenga señalada su pensión de doce reales por el Monte Pío, y que éste la deba treinta o más mensualidades por pura piedad; que conserve de su antiguo estado matrimonial algunos pequeños ahorros, y tales cuales muebles y ropa blanca, con que acudir al servicio de los comensales; y que en fin, por su economía, su religiosidad y buenos modales, vea acrecer su reputación, pasando de boca en boca de los forasteros, los cuales, de regreso a su pueblo, no podrán menos de recomendar a todo viniente a la corte la casa y persona de Dª. Escolástica o Dª. Celedonia.

Pero de nada habrían de servirla todas estas favorables circunstancias, y veríase víctima de todos los inconvenientes que quedan apuntados en el caso anterior, si tuviese en su compañía una, dos o más hijas o sobrinas, de pocos años, alegre travesura, y no desapacible parecer. Aconsejamos, pues, a la que en tal se viese, que no dé entrada en sus lares sino a gente provecta y asegurada de incendios, v. g. un militar retirado, prisionero en la batalla de Ocaña, o un senador gallego, de los que entonces padres, ahora abuelos de la patria, firmaron en Cádiz la constitución del 12, o tuvieron voz y voto en la Suprema Central. Todo lo demás sería llevar fósforos donde hay combustibles, o poner el gato a enseñar a bailar al ratón.

¿Pues si acierta el diablo a entrar por sus puertas, bajo el amable aspecto de un rico mayorazgo valenciano, o de un abogado andaluz; de un joven millonario de la Habana, o de un novelesco viajador francés; de un militar brioso y arrogante, o de un estudiantillo travieso y perspicaz? ¡Patronas las que tenéis hijas doncellas! libradlas por su bien de tales peligros; negad la hospitalidad a la pérfida juventud advenediza, y no deis oídos a las promesas de indiferencia, a la modesta pretensión del que intenta sólo meter el pie; porque a lo mejor y cuando menos lo creyéredes veréislos alzarse con el santo y la limosna, y el santo serán vuestras hijas o sobrinas, y la limosna será vuestra mísera ración; porque si los hay que gustan de echar la cuenta sin la huéspeda, también los hay que buscan la huéspeda y no pagan la cuenta tampoco.

En los pueblos extranjeros, en donde las rápidas y frecuentes comunicaciones, dan ocasión a una vitalidad y movimiento asombrosos, apenas son conocidos estos modestos medios hospitalarios, quedando al cargo de los aseados y elegantes hotels y las suntuosas fondas, acoger y cobijar al forastero con todo el aparato de ostentación que pudiera desplegar un magnate en su propio palacio.

Nuestro país, por desgracia, ofrece aún muy pocos de estos refinamientos, y para convencerse de ello, basta dar un ligero paseo por las provincias, y aun dejarse caer luego dentro de los muros de la noble capital. Al entrar en ella, y desembarcar de la diligencia, no se disputarán al forastero falanges enteras de mozos y domésticos de fondas y paradores; ni acudirán a recoger su equipaje infinidad de mozuelos despiertos y serviciales, ni se brindarán a conducir su persona multitud de cocheros y cicerones inteligentes. Todo lo contrario: la más absoluta soledad, la más completa indiferencia, esperan al viajero a su descenso de la diligencia; y si, como es de presumir, fuere la vez primera que entrase en nuestro pueblo, puede entregarse a la buena suerte, y vagar algunas horas por las calles de la capital, antes de dar con su persona bajo algún amigable techo.