La patrona de huéspedes: 03

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La patrona de huéspedes Ramón de Mesonero Romanos


Todo esto tiene por origen la escasez de viajeros, propiamente tales, que suelen visitarnos, la falta de estímulo para las grandes empresas industriales, la indefinible arrogancia e indiferencia del común del pueblo hacia las pequeñas ganancias que estos servicios le pudieran reportar. La miseria, que en otros pueblos se viste con la brillante librea de la civilización, el interés, que sabe levantar en ellos suntuosos edificios, ricamente alhajados y servidos para hospedar al forastero, conserva en el nuestro un carácter de sencillez patriarcal, y establece la costumbre de que cualquier familia o persona desvalida, cuyos limitados recursos no bastan a cubrir sus indispensables necesidades, trata de llamar en su auxilio una o más personas de las que accidentalmente vienen a la ciudad, y cederlas por un módico precio parte de su habitación, de sus muebles, y hasta de su mísero sustento; y a este recurso, a esta desdichada dependencia, se hallan hoy suscritas más de dos mil casas en Madrid. -El día en que el progreso de la industria sustituya por elegantes hospederías las pocas y malas que hoy llevan el nombre de tales, brinde al transeúnte, al celibato, al extranjero con los goces y comodidades que le ofrecen los hoteles de París, Londres y Bruselas, la civilización, es cierto, habrá dado un gran paso; las ciudades españolas serán más visitadas y conocidas; el interés de algunos industriales habrá progresado grandemente; pero en cambio multitud de familias carecerán de este recurso de existencia, el forastero de este medio de incorporación a nuestra sociedad, y ésta, en fin, verá desaparecer un tipo que si no es poético, por lo menos tiene un poco de original.

En la dilatada escala de las familias que se entregan en Madrid y ciudades principales del reino a este medio de existir, sería imposible diseñar al natural todas las circunstancias que distinguen a estos públicos establecimiento secretos. -Los hay que ostentando aún los restos de una pasada fortuna, brindan al forastero con elegantes muebles, decente mesa y esmerado servicio: pero el precio de ellos suele exceder por lo menos en un doble al que costaría igual o mejor asistencia en una brillante fonda; los hay que reúnen a una familia amable y desgraciada; pero llevan consigo el grave inconveniente de los compromisos y miramientos que exige esta íntima sociedad; los hay, en fin, que limitados a las más módicas fortunas, ofrecen al desdichado forastero aposento, cama, luz y alimento por la inverosímil cantidad de cuatro reales diarios. De estos establecimientos sólo puede decirse que son una providencia artificial, un problema humanitario, resuelto por algún genio bienhechor.

Las familias vergonzantes y numerosas acostumbran recibir un huésped sólo para conllevar el pago de la casa, limitándose ellas a habitar las piezas interiores. En tal caso el huésped no es huésped; es otra persona más en la familia. Recibe sus confianzas; asiste con ella a la mesa común; hace pie en el tresillo; acompaña a paseo, a misa y al teatro; enseña a escribir al niño de la casa; da lección de guitarra a la señorita; cuida de los tiestos del balcón y de echar alpiste al canario, y prepara el rapé para la mamá. En casos tales, para buscar al huésped hay que pasar a las habitaciones interiores; para hacer visita a las amas, es de rigor que se las busque en la sala principal. -La más extraña amalgama se establece entonces en el adorno de ésta; las botas están sobre el piano; el S. Antonio de talla tiene en su cabeza el schakó del capitán; el ridículo de la señorita suele servir de bolsa a los cigarros; el nacimiento del niño viene a interpolarse en la cómoda con las pistolas y cartucheras; los Devocionarios con las Julias; los jabones y navajas con los pendientes y canesús. -Si el huésped cae malo, no hay género de atención ni de cuidado que no se le prodigue; se quita la campanilla de la puerta; se encierra al gato; se sahúman con espliego y juncia las habitaciones; se llama al médico de la familia, al barbero, al comadrón; se le hace tomar por fuerza al enfermo un caldito de chorizo y morcilla cada cuarto de hora; se le ponen sinapismos hasta en las rodillas; se le buscan apetitos que alarguen la convalecencia dos meses más. Por último, cuando se marcha de la casa aquello es una verdadera desolación; hay llantos, gemidos y patatuses; y no ha llegado el huésped a las Rozas, cuando ya recibe epístolas que pudiera el tierno Ovidio envidiar.

Éste, por supuesto, es el bello ideal de la especie, el desiderándum de todo aventurero viajador. No se dan tan espontáneamente estas familias tiernas, íntimas y simpáticas; ni de tan buena estrella suelen ir acompañados los galanes viandantes, para saber conquistar tan grato homenaje agasajador.

Réstanos ahora, y después de haber pintado los diversos matices heroicos de que se reviste a veces nuestro tipo, trazar algún rasguño general que ponga de manifiesto, no el lado feo, sino por desgracia el común de la especie en cuestión.

Generalmente las casas de huéspedes son tenidas por una matrona viuda o jubilada, cuya historia anterior suele ser un secreto de su estado. Sólo se sabe, por ejemplo, que es vizcaína, por su apellido Arrevaygorrirumizaeta, y por sus admirables manos para aderezar el bacalao; que es andaluza, por su gracia parlera, lo aljofifado de los ladrillos, y el tufillo de azúcar y menjuí; que es castellana, por su frescura, su aseo y su franca sequedad. Por lo demás, si su difunto consorte murió en este o el contrario bando, en la batalla de Mendigorría; si su padre era o no era intendente de Tlascala en tiempo de Hernán Cortés; si tiene o no tiene un primo colector de bulas en Ávila de los Caballeros; si su hija está o no casada con un capitán de marina al servicio del Japón; esto es lo que ella sabe, lo que ella cuenta, o lo que ella calla, lo que nadie cree, o lo que a ninguno le importa. Baste decir que sus modales, aunque un si es no es ordinarios, revelan cierto roce de gentes; que sus facciones, aunque añejas, dejan adivinar cierta pasada perfección; que su familiaridad con los criados, como que da a sospechar no haber sido siempre extraña a su comunión; que su marcialidad con los huéspedes, descubre al mismo tiempo que la es desconocida la íntima comunicación con más elevada clase social.

Tiene, para su servicio y el de los parroquianos, una o dos criadas alcarreñas o indígenas de la corte, frescas, francas y familiares, de buen palmito y mejores manos, aseadas y compuestas, con su pañolito de lazo en la cabeza, su vestido de percal de S. Fernando, y su gracioso delantal; y para los mandados extramuros tiene un asturiano fiel e infundible, que va, que viene, que mira y que no ve, que escucha y que no oye, que sisa, come, calla y no replica. -Las criadas ocupan la cocina y el comedor; el asturiano la antesala; los huéspedes la sala principal y los dormitorios interiores; el ama de la casa, o sea abeja reina de aquella colmena, en todas partes está, y ora discute el gasto con los huéspedes, ora limpia los muebles o riñe a voces con el aguador: ya acude risueña a coger un botón o a repasar una averiada corbata; ya da una vuelta a la plaza o asiste a espumar el puchero.

No bien se presenta un nuevo huésped a la puerta de la casa, la criada favorita lo introduce a la audiencia de la Sra., la cual en muy breves palabras se pone al corriente de su porte y le clasifica y tasa, colocándole en consecuencia, ya en el gabinete de la virgen o en el de los tiestos, ya en la pieza del patio o en el cuarto oscuro del rincón. Si dice que comerá fuera, entonces el precio suele ser mayor que comiendo en casa, por haber de renunciar al beneficio de la provisión; si permaneciere sólo ocho días, costarále al triste más que si permaneciera un mes: y así otras reglas de proporción ad usum de las amas de huéspedes. Si es diputado, y ha de recibir visitas, podrá disponer de la sala y tendrá brasero, pero también pagará como padre de la patria; si es, en fin, estudiante y se retira tarde de noche, tiene que pensar en sobornar al asturiano para que no le deje en la calle.

Mientras todo este interrogatorio, las muchachas se han asomado alternativamente, con el ostensible pretexto de buscar una llave o dar cuerda al reloj; pero en realidad con el objeto de examinar al forastero, medirle, pesarle, calcularle y anatomatizarle mentalmente; y si tiene bigote y barbas, o si gasta sortijas y cadenas, aquello es no darse manos a recoger y colocar la maleta, a aderezar el cuarto, y a surtir el aguamanil.

El ama dirige y preside todas aquellas evoluciones, y cuida de recoger los restos esparcidos procedentes del anterior huésped, tales como viejas chinelas, guantes inmemoriales, cigarros inverosímiles, gacetas vírgenes, y mártires sombrereras de cartón. Muda a vista del nuevo cofrade las sábanas de la cama, por otras no tan amarillas; barre el cuarto a sus mismas barbas; y si hay ventana a la calle, la abre para que el huésped se asome y vea que aquello «es un coche parado» (y la tal calle suele ser la de los Negros o la del Perro); y si es cuarto interior, como que le envidia la quietud y el recogimiento, diciéndole que allí «no se siente una mosca» y ve correr a este tiempo tres o cuatro ratones por el suelo, y observa que la ventana da a un patio, en el que hay un herrero y dos cuadras, media docena de gallinas y un gallo cacareador.

El ama hospitalaria no gasta para sí un solo maravedí: todo para sus queridos huéspedes; para ellos se hace en los últimos meses del año la provisión del rico tocino castellano, del aceite andaluz, del vino manchego, de las frutas de Aragón: para ellos se paga al casero anticipado, y se riñe con él para que pinte la sala o ensanche los pasillos: para ellos se compran muebles por ferias, se visten de estera los pisos en los primeros días de noviembre, o se almazarronan los suelos en los últimos de mayo; para ellos, en fin, se tienen criadas, gallego, y farol en el portal. -Únicamente que de aquellos tocinos, de aquel aceite, de aquel vino, de aquellas frutas, diezma la casera las primicias para su ordinaria refacción; que de aquellos muebles, de aquellas esteras, de aquella habitación, se sirve con ellos a perfetta vicenda para sus regulares necesidades; que aquel farol a ella también la ilumina, y aquellos criados a ella obedecen, y reconocen por única ama en todo rigor. Todo esto, amén del estipendio diario, semanal o mensual, de cada uno de los huéspedes o de todos in solidum, cuyo tributo viene al cabo de algunos años de afanada tarea a convertirse en una modesta suma con que dotar a la hija, o poner una prendería, o comprar un segundo marido, o librar de la suerte de soldado al sobrino colegial. Y sin embargo, todo ello no basta casi nunca para asegurarle al cabo de sus años una existencia independiente y cómoda; y la misma honrada matrona que toda su vida ofreció benévola su techo hospitalario al forastero, suele implorar en sus últimos días la caridad pública en el lecho de un hospital.

EL CURIOSO PARLANTE.