La piedra angular: 04

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Capítulo IV
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La piedra angular Emilia Pardo Bazán


El hombre que se había consultado con Moragas, no extrañó, al salir de casa del Doctor, el no encontrar a su hijo. Sabía que el rapaz era aficionado a dormir hasta muy tarde, mejor dicho, a estarse en la cama soñando despierto, y achacó la inexactitud a pereza. Ya parecería en casa de Rufino... o donde Dios dispusiese. Tomó el enfermo calle arriba. Al pasar por delante del edificio que encierra a la vez el Gobierno civil y el Teatro de Marineda, un instinto o un hábito le impulsó a buscar la sombra de los soportales, y antes de llegar a la calle Mayor, que se columbraba a poca distancia rehirviendo en gente y llena de animación, giró hacia la izquierda y metiose bajo otra fila de arcos, que forman la soportalada del muelle. Era aquello el reverso de la medalla; no cabía más marcado contraste que el de las tiendas de la calle Mayor -surtidas, desahogadas, luciendo hermosos escaparates de altos vidrios, bien alumbradas de noche por el claro gas- con los pobres tenduchos y figones, y las sospechosas aguardenterías de las arcadas de la Marina, donde celebraban sus conventículos cargadores, pescantinas, habaneros recién desembarcados, vestidos de dril y con el rostro color de caoba, soldadetes y carreteros del barrio de la Olmeda, que antes de picar a su yugada para que arrastrase el horrible peso de los bocoyes que abrumaban el carro, aguijaban su propia brutalidad con una dosis de alcohol...

El cliente de Moragas... -a quien atribuiremos el nombre de Juan Rojo-, se detuvo a la puerta de la aguardentería más sórdida, más tenebrosa, la que frecuentaba gente más perdida y de donde se oían salir voces más avinadas y palabrotas más soeces. Antes de entrar, fluctuó un instante. Al fin el Doctor le había mandado que no bebiese gota, que no lo catase siquiera. Luchaba en Rojo la ya imperiosa costumbre con el instinto de conservación o voluntad de vivir que no abandona, ¡cosa extraña!, ni a los mismos suicidas, en el crítico instante de atentar contra su existencia. «Cuando el médico lo dice...». Pasados diez segundos, transigía ya con un vasito, un vasito de a medio cuarterón, una miseria. «Poco veneno no mata», pensó, encogiéndose de hombros. Y tendiendo al vaso una mano mal delineada -larga y fuerte, de dedos rudos-, lo trasegó al gaznate. Aquel espolazo le infundió resolución. Al salir del tabernucho era su paso menos furtivo y cauteloso; su rostro ostentaba cierta seriedad provocativa, arrogante, como de persona determinada a arrostrar cualquier hostilidad, imponiéndose. «Me dan ganas de ir por la calle Mayor», pensaba. «La calle es de todos, y quisiera yo saber quién puede oponerse a que me pasee por donde se me antoje». Caló más el sombrero, metió las manos en los bolsillos del pantalón, y enhebrándose por el callejón del Arancel, hizo irrupción en la calle Mayor, emporio de Marineda.

Las gentes marinedinas, no siendo en tiempo de verano, prefieren pasear antes que anochezca del todo; y huyendo de la temperatura desapacible y del cierzo húmedo que sopla en el Ensanche, se hacinan en la calle Mayor, abrigada por su misma angostura. Llena estaba la calle de una multitud muy emperifollada y muy deseosa de mirarse y divertirse, cuando entró Juan Rojo. Éste no produjo ningún efecto; el gentío se lo bebió. Las señoras subían y bajaban, entretenidas, o en criticarse, o en observarse de reojo los trapos de cristianar, y ni vieron a aquel hombre, que, si podía interesar al observador, debía pasar inadvertido entre el bullicio de una concurrencia tan apiñada como brillante. De las damas que ostentaban su mejor ropa y se paraban a saludarse y a curiosear los escaparates de los comercios, ninguna conocía a Juan Rojo. Si algún caballero recordaba su cara y su talle, ya se colige que había de hacerse el desentendido. Juan miraba a diestro y siniestro, sin encontrar más que fisonomías distraídas e indiferentes.

No obstante, a la puerta del Casino de la Amistad, en sillas colocadas fuera del vestíbulo, Juan divisó un importante grupo. Componíanlo el Presidente de la Diputación, el rico fabricante y concejal Castro Quintás, el brigadier Cartoné, el novel abogado y a ratos periodista Arturito Cáñamo, el magistrado Palmares, el Fiscal de la Audiencia don Carmelo Nozales, y el señor Alcalde de Marineda en persona. Rojo, al acercarse al Casino, mitigó el paso, y puede decirse que se encaró con el corro; miroles fijamente, y como, al parecer, no le reconociese ninguno, saludó casi en voz alta: «Señor de Palmares... señor Alcalde... felices...». Volviéronse, como picados de la víbora, el oidor y la autoridad popular: sus semblantes se anublaron, sus labios exhalaron una especie de sordo murmullo, que lo mismo podía ser respuesta que injuria. Rojo, sin quitarles de encima la vista, siguió lentamente su camino. Al extremo de la calle, donde ya se ensancha para descender en ligero declive hacia el Teatro, y donde los paseantes escasean, Rojo tropezó con dos personas, una niña y una mujer del pueblo, modestamente trajeadas, que se quedaron mirándole de hito en hito. La niña, agazapada en las faldas de la mujer, con los ojos dilatados de terror, exclamó en voz trémula y baja:

-¡Ay madre! ¡El verdugo!

Sintió Rojo la exclamación como si recibiese una bofetada fría en el rostro. Volviose, y acercándose a la criatura, que ya no se agarraba a las faldas, sino que abrazaba, convulsa, llorando a gritos, las piernas de su madre, dijo sentenciosamente, alzando la huesuda diestra:

-Como te libres de la justicia, de mí bien libre estás.

Y continuó andando, mejor dicho, corriendo, porque había perdido todo el aplomo facticio debido al trago y desplegado al atravesar la calle Mayor, y otra vez predominaba el impulso de buscar los rincones sombríos, los sitios desiertos de la ciudad, el que le movía a filtrarse por las calles más extraviadas y sospechosas, y a preferir, para sus salidas las horas en que cendra su velo de neblina el crepúsculo. Arrimado a las casas, protegido por los soportales, alcanzó la cuesta que asciende al Cuartel de Infantería, y una vez en la explanada del Campo de Belona, sintió cierto desahogo. Estaba ya en sus barrios. Allí se encontraba, ya que no entre sus iguales -pues no tiene iguales Rojo-, al menos entre el pueblo indulgente, que perdona todo lo que hacen los miserables por el pan. La sensación de bienestar de Rojo aumentó al cruzar la puerta de Rufino.

Era la casa de Rufino una tendezuela de las llamadas antaño «de aceite y vinagre», y donde hoy se mezclan la especiería, el petróleo y los comestibles, con los fósforos, barajas, aleluyas, alpargatas y otros artículos variados; por ejemplo, pastillas de jabón rosa y verde, lechuga y botellas de cerveza. No todos los líquidos que se despachaban allí eran de origen sajón, pues en la trastienda de Rufino, y alrededor de una mugrienta mesa, solía enzarzarse por las tardes la partida de brisca, jugándose muy españolas copas de aguardiente. Hacían la partida Rufino el tendero; Antiojos, zapatero de viejo; Marcos Leira, hojalatero y lampista, y Juan Rojo. Quizá algún aficionado a meterse en lo que menos le importa tendrá la pretensión de averiguar cómo podían el remendón y el artista en lata dedicar sus tardes al cultivo de la brisca y del tute real, abandonando la lezna y el soldador. Responderé al susodicho curioso, que las familias de Antiojos y Marcos Leira estaban organizadas con arreglo al usual patrón siguiente: la mujer descornándose y reventándose a trabajar mientras los borrachines maridos cultivaban el odio con dignidad... y con brisca.

La esposa de Antiojos era operaria en el taller de Peninsulares de la Fábrica de Tabacos; sus ágiles dedos y los de su hija mayor, ganaban el sustento de la familia. La hija menor, raquítica, que no había conseguido aún el suspirado ingreso en la Granera, se dedicaba a «preparar labor» a su respetable papá, cuyo taller consistía en una de las barracas que a manera de rojos hongos pululan a la sombra del Cuartel de Infantería, al pie del Campillo de la Horca, hoy Rastro. Allí se pasaba la vida la mísera segundona de Antiojos, esperando la problemática llegada de un parroquiano para correr a avisar al remendón, que solía recibirla con malas palabras y mucho peores obras. Mientras no aparecía el parroquiano, la muchacha, que, por tener desgracia en todo hasta había recibido en la pila el feo nombre de Orosia, no estaba ciertamente mano sobre mano o dándose aire con el abanico. Ella remojaba la suela; ella la batía sobre la chata piedra, estropeándose las rodillas; ella señalaba con el punzón las distancias del clavillo; ella cosía el material; ella enceraba el hilo y recortaba y engrudaba las plantillas; ella abría los ojales, y cuando Antiojos llegaba despidiendo rayos por la inflamada nariz y los encandilados ojos, apenas tenía ya que hacer sino lo indispensable para no perder la dignidad de maestro, la cual se cifraba especialmente en la forma, es decir, en la hormaza de madera donde encajaba la bota o zapato que debía restaurar. «¡Cabra, vaca sucia, malditona! -solía decir a Orosia en su pintoresco lenguaje-. ¡Como me toques a la forma... te estripo!». Y la sin ventura Orosia lo ejecutaba todo... menos tocar a la forma, que era por lo visto la misteriosa clave del arte zapateril.

A Marcos Leira, el hojalatero, le daba el vino por distinto lado: por el buen humor y la sandunga. Si a la mañanita, antes de matar el gusano, solía vérsele alicaído, con una murria siniestra, en diciendo que se echaba al cuerpo el primer vasito de caña rubia y melosa -esa excelente caña que se vende en la más ínfima taberna marinedina-, ya estaba el honrado Marcos lo mismo que unas pascuas de alegre, y suave como el terciopelo con su esposa y sus chiquitines. Concha la hojalatera, morena, buena moza, de fogosos ojazos, juraba y perjuraba que no sabía ella cómo ciertas mujeres se lamentaban de que sus maridos trajesen, al volver a su hogar, «un poquito de aquel de bebida». Sobre este delicado punto andaban siempre a la greña la cigarrera, mujer de Antiojos, y la de Marcos. Está, ¡alabado sea Dios!, nunca más contenta que cuando su cónyuge tenía «la gotita en el cuerpo». Entonces no sólo se mostraba decidor, cariñoso, galante, sino que se tumbaba en la cama o salía, dejando en paz a Concha y al oficial, que trabajaban mucho más solos. Las malas lenguas se despachaban a su gusto comentando la inclinación de la bella hojalatera a zafarse de su esposo; pero tal vez fuese exceso de malicia el roer los zancajos a la mujer del borrachín, puesto que su tienda y tráfico andaban lucidísimos, dirigidos por ella, que, siempre limpia y repeinada, semejaba una reina entre tanta alcuza, regadera, colador, reverbero, linterna y palangana, fulgentes como la plata bruñida. Si la hojalatera cojease del pie que los vecinos sospechaban, su comercio no se vería tan próspero, sus chiquillos tan saludables. Se murmuraba, ¡claro está!, ¿de quién no se murmura? No podían avenirse las comadres del barrio del Cuartel a que la buena moza tuviese su casa «llenita de todo», lo mismo que si el marido no fuese un solemnísimo beodo, holgazán y jugador; y el reconcomio de la envidia era sin duda el que las movía a atribuir tan negros móviles, no sólo al celo y asiduidad del joven oficial de hojalatero, sino a las visitas de algún teniente que por allí se entretenía un rato al salir del Cuartel.

Los cuatro jugadores de brisca eran cuatro ejemplares de alcoholismo muy diferentes entre sí. Casi deberíamos descontar uno, el especiero-tabernero Rufino. Este no bebía más caña de la necesaria para impulsar a los otros; economizaba su vaso a la vez que colmaba el ajeno. Marcos Leira era el ser abyecto conducido por la bebida a la atrofia del sentimiento del honor popular (tan enérgico como el caballeresco), o forzado a beber sin tino para olvidar la vergüenza, y capaz ya hasta de soltar un chiste cuando, no recatándose de él, agarraba el teniente a la hojalatera por el talle. Antiojos, el beodo brutal, en quien el alcohol despertaba el sordo impulso de la locura sanguinaria. A veces, cuando regresaba a su casa tambaleándose, haciendo eses sobre el pavimento desigual de las míseras callejas, por su cerebro obtuso cruzaba purpúrea nube, y sus manos trémulas e inciertas sentían hormigueo feroz, prurito de estrujar destruyendo... En cuanto a Juan Rojo, pocas veces llegaba al estado de verdadera intoxicación alcohólica: tenía la cabeza resistente, el estómago firme, terco el pensamiento, y si la bebida le reanimaba al pronto, tardaba mucho en abstraerle completamente de la realidad. Él no le pedía sino olvido... ¡y el olvido tardaba tanto en acudir! Aquel día, sin embargo, al sentarse ante la mesa de la trastienda de Rufino, recordaba las palabras del Doctor, y se había propuesto reprimirse. A la primer ronda, no bebió. Mientras daba cartas, la abstención le sumía en una especie de marasmo -el marasmo insufrible que no desconoce ningún vicioso, si ha intentado la enmienda-. En el profundo y desconsolado abatimiento que le invadía, se le hincaba en el espíritu el recuerdo de aquel grupo sentado a la puerta del Casino. ¡Finchados de señores! ¡No responder al saludo sino con despreciativo murmullo! ¡Ah!, ya estaba él cansado de tragar ajenjo, y si un día hablaba, le iba a acusar las cuarenta al Alcalde, a los señores de la Audiencia, al mismo Presidente en persona! ¿No era Rojo también funcionario? ¿Valía de algo lo que dispusiesen los de la Audiencia, si no estuviese él allí para cumplirlo? ¡El Alcalde! ¡Con qué altanería se había negado días atrás a admitir al hijo de Rojo en la Escuela municipal! ¡No admitir a su hijo en la Escuela! ¿Querían que fuese un pillete, sin instrucción ni oficio? ¿Querían que...?

Los ojos de Juan se volvían hacia el vaso lleno. Resistió no obstante, ¡rara firmeza!, durante las primeras horas de la tardecita. Sostuvo con heroísmo la batalla. Por fin, cuando ya el sol se acercaba a su ocaso y los sucios vidrios de la tienda hacían más turbia la escasa luz, aquellas sombras, cuya lobreguez caía a un tiempo sobre sus pupilas y sobre su espíritu, fueron cómplices de la transacción. Tendió la mano temblorosa hacia el licor, y lo apuró, sintiendo con recóndita alegría que las sensaciones y sentimientos habituales, calor y esperanza, acudían a su llamamiento, y que una especie de palanca moral le soliviantaba, sacándole del pozo de hiel en que momentos antes yacía. Una grosera chanza de Marcos le hizo reír; y, a una barbaridad de Antiojos, contestó bromeando. Al mismo tiempo advertía cierta inquietud vaga, aprensión de un mal desconocido, inquietud que en los hipocondríacos es estado normal, pero que, a posteriori, suele llamarse presentimiento. ¿Dónde estaría el chiquillo?

La partida de brisca se deshacía generalmente a las cinco o cinco y media, porque a Juan Rojo le gustaba recogerse temprano, cenar con su hijo y acostarse. Antiojos y Marcos no se retiraban tan pronto: ¡para lo que se les perdía en sus casas! Allí se quedaban hasta las diez o las once, y Antiojos algunas veces dormía a la estrella, pues su mujer, de ordinario paciente y sufrida, tenía días de súbita rebelión en que atrancaba la puerta, jurando que estaba «harta de pellejos» y que a lo mejor «hacía una» con semejante bigardón... Salió Rojo aquel día más tarde que de costumbre. Había cerrado la noche, pero era hermosa: una pacífica noche de esas que anuncian la primavera y alaban al Creador. Para ir de la tienda a su morada, tenía que dar la vuelta por la calle del Peñascal y subir por la del Faro, no sin costear unos paredones altos y lisos, doble línea de tapias que forman mezquina callejuela, en invierno solada de fango, en verano de polvo e inmundicias. De uno de los tapiales Rojo oyó como si brotase un hervor de palabras confusas: tenían, en su turbia articulación, algo de blasfemia, y algo también de queja y lamento amarguísimo. Sintió un impulso compasivo, mezclado a esa sugestión de la vanidad, que nos dice, en presencia del infortunio que podemos aliviar: «Aquí eres necesario; aquí sirves; aquí vales». Al pie del paredón se rebullía un informe bulto humano, el que exhalaba aquella melopea confusa. Rojo lo reconoció. Era su vecina la Jarreta, la borracha de oficio, que diariamente recogían los polizontes en distintos puntos de la población sobre las losas de la calle, ya en el Muelle, entre despojos de sardinería, ya en el paseo del Terraplén, al pie de algún banco, ya en los soportales del malecón, ya entre los puestos de la Plaza de Abastos, siempre hecha «un templo», siempre escupiendo de aquella pestífera bocaza, entre vahos de perrita, la hez y el espumarajo del lenguaje. Sin duda el ataque fulminante de parálisis que acompaña a cierto período de la borrachera había sorprendido a la mujerota a poca distancia de su casucha, y de la inútil lid que sostenía con sus piernas negándose a llevarla, eran fruto aquellos gruñidos, aquellos gemidos sordos y aquellas furiosas imprecaciones.

Rojo se aproximó, diciendo solícito:

-Ea, señora Hilaria... Upa... yo la ayudo... ya verá cómo la pongo en camino de su casa... en la puerta...

La borracha gruñó más fuerte: sus vidriosos ojos se entreabrieron, fijándose en su interlocutor, primero vagos, luego atónitos. Como la luz del farol y lo entreclaro de la noche permitiesen a la Jarreta distinguir las facciones de su salvador, sus pupilas destellaron ira, la sentina de su boca despidió una furiosa tufarada, y recobrando habla expedita, bramó roncamente:

-¡Largo de ahí, sayón; como me toques, te escupo a la cara! No he dado de puñaladas a nadie, ¿lo entiendes?, ni he robado tres cochinos cuartos, ¿lo oyes?, ¡para que tú me pongas la mano en el cuerpo! ¡Con Lucifer del infierno me voy y no contigo! ¡Como te arrimes, llamo a los vecinos y a la guardia de la Maestranza! ¡Arre de ahí..., que manchas a las señoras!


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