La piedra angular: 05

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Capítulo V
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La piedra angular Emilia Pardo Bazán


Rojo se tambaleó. Aquello era peor que lo del saludo al magistrado y lo de las altanerías del Alcalde. El magistrado, al fin, aunque de la misma escala, era un funcionario superior, una persona de respeto... y podía desdeñarse de... ¡Pero que aquella hembra miserable, vergüenza de su sexo y ludibrio de la humanidad, tuviese a menos aceptar de él, no amistad ni trato, sino el servicio más casual, lo que se admite de cualquiera! ¡La Jarreta! ¡Vean ustedes quién le hacía ascos, a él! ¡La Jarreta, aquella barredura!

No contestó. La harpía continuaba vociferando. El insultado bajaba la cabeza y se internaba ya en la calle del Faro, en dirección al Faro mismo. Según adelantamos por esta calle, algo pendiente, dirigiéndonos al cementerio y viendo en lontananza, sobre el erguido promontorio, la misteriosa torre fenicia vestida por Carlos III con túnica neo-griega, las casas van siendo más pobres, más bajas, más irregulares, hasta que, cerca ya del cementerio, desaparecen por completo a la izquierda del arroyo, transformado en camino real, y sólo se divisa a la derecha hasta media docena de ranchos seguidos, compuestos sólo de una planta baja y un desván gatero, o fayado, como en Marineda suele decirse. Los cinco primeros ranchos debían de hallarse deshabitados, porque un papel blanco se destacaba sobre las vidrieras. En el último rancho, lindante con el cementerio, vivía Juan. La pintura de almazarrón que cubría uniformemente las maderas de las seis barracas, de día trazaba una línea de sangre sobre el fondo verdoso o plomizo del Océano. Llegó Rojo a su puerta, encorvado y encogido, a modo de quien huye de la persecución de un látigo, y alzó el pestillo y se filtró cautelosamente en la casa, como el que penetra a escondidas en el domicilio ajeno a cometer reprobada acción. Ya dentro, echó cerillas y encendió el reverbero de petróleo colgado de la pared.

Cual si aquella luz sirviese para iluminarle con una idea en cierto modo consoladora, acordose entonces nuevamente, redobladas sus inquietudes, del niño. ¿Telmo? ¿Dónde estaría metido Telmo? Era raro no haberle visto en todo el día, y más raro aún no encontrarle esperando o jugando a la puerta a aquella hora, en que el apetito, excitado por un día entero de travesear por las calles, tenía que empujarle hacia la cena. Cuando su padre se retrasaba en volver a casa, el chico solía aguardarle en la de una vecina, esposa de un botero del Muelle, y madre de cuatro criaturitas -encanto de Telmo, pues aquella caterva le obedecía y respetaba, por ser mayor-. A esta buena mujer, llamada Juliana la Marinera, y medio ciega de una persistente oftalmía, acudía Rojo en demanda de servicios domésticos, que remuneraba con bastante largueza; verbigracia, arrimar el puchero a la lumbre, echar algún remiendo a su ropa o a la de Telmo, planchar tal cual camisa, mondar patatas o fregar el suelo -cada semestre, a lo sumo-. Trabajando casi a tropezones, la Marinera lo hacía todo muy mal; sus remiendos eran mapas en relieve, y sus planchaduras tostones; pero Rojo no la trocaba por otra operaria más hábil, ya que esta le servía con afabilidad, y no desdeñaba el dinero de mis manos. Viendo, pues, que Telmo no rondaba la casa propia, ni se hallaba dentro, pensó Rojo que estaría en la de la Marinera. Salió a enterarse. No: tampoco el niño estaba allí, ni había parecido en todo el santo día. La Marinera, ocupada en echar piezas a unos calzones de su hombre, soltó al punto la labor, y se ofreció a recorrer las casas del vecindario, por si alguien tenía noticia del rapaz. Entretanto Rojo se volvió a su vivienda, con esperanzas de que allí estuviese ya el niño. Pero en el momento de entrar, una impresión parecida a la del aire helado que exhala una sepultura le clavó era el umbral... ¿Qué era?

En ciertos momentos de la vida, bajo el peso del miedo indefinible e ilimitado que sobrecoge al espíritu cuando presiente un mal sin poder apreciar su extensión, este mal desconocido reviste la forma concreta de otro mal o de una serie de males viejos pasados, que resucitan y salen de la sombra como del mar el cadáver del náufrago, desfigurado, lívido y terrible. El silencio y soledad de la morada de Rojo; la cazuelita con el guiso, puesta sobre los tizones; la luz ardiendo; y, más que nada, el temor, la incertidumbre, la inexplicable desaparición del hijo, volvieron a Rojo seis o siete años atrás, recordándole una hora muy semejante y muy decisiva en su arrastrada existencia. Aquella hora, mejor dicho, aquel momento, venía cerniéndose, preparándose desde tiempo atrás, cuando llegó, y sobre todo, desde que fue favorablemente despachada cierta solicitud pretendiendo la plaza de oficial público. Rojo, sin embargo, no veía o no quería ver cómo se había oscurecido la densa nube. Que su mujer andaba así, distraída... que estaba fuera de casa largas horas... que a la de comer, si su marido le dirigía la palabra, no contestaba apenas... que a veces se quedaba como embobada, pensando en las musarañas, sin entender lo que le decían... que en el lecho común se volvía de espaldas, encogiendo los pies y haciéndose un ovillo para rehuir todo contacto... que apenas cuidaba de Telmo, ni le hacía caricias... ¡ella, tan madraza!: que las labores de la casa las desempeñaba mal y a empujones, ¡ella, tan hacendosa!: y que un día, porque el marido reclamaba una comunicación íntima y tierna que de derecho le pertenecía, había sufrido ella una convulsión, resuelta en un diluvio de lágrimas, ¡ella, tan dócil, tan pronta en pagar su deuda de complacencia conyugal!

Todo esto, que en realidad era para notado y advertido, no lo notaba Rojo, tal vez porque no había sido crisis repentina, sino gradual, insensible en sus comienzos, y porque no sería tan exacto decir que procedía de la solicitud, como afirmar que ya antes la indicaban mil pormenores, síntoma fijo, pero rara vez apreciado, de las transformaciones del corazón. El marido, si percibía la frialdad, el hielo moral que iba cuajándose, no le atribuía la importancia que tuvo realmente, por su concepto del literalismo de la vida, que le llevaba a estimarse dueño, no en sentido figurado, sino en el más real y positivo, de aquella criatura humana. ¡Era su mujer! Le pertenecía a él, a él solo, ¡a Juan Rojo! ¡Y por infernal que el destino de Juan Rojo pudiera considerarse, el destino de María Roldán estaba a él indisolublemente unido! Al casarse, María había aceptado cuanto viniese de su esposo, lo mismo la gloria que la última infamia... Esto lo creía Rojo un dogma, y si le escocía la variación del carácter de María, no por eso imaginaba que de esta variación hubiese de seguirse nada grave y radical...

Por más imprevisto, fue más recio el golpe. Lo había sentido casi físicamente, a manera de porrazo en el cráneo. Ahora le parecía volverlo a sentir, porque las circunstancias exteriores le retrotraían al cruel instante. También aquella noche había notado, al entrar en su casa, extraña soledad y medroso silencio; también yacía, sobre los tizones del hogar, la cazuela del estofado, bien arropada, bien tapada con el tiesto cubierto de ascuas vivas; sólo que en la alcoba, y no en su camita, sino en el centro del lecho matrimonial, Telmo dormía tranquilamente: la madre le había acostado allí, como para que llenase el hueco que dejaba ella. Y Rojo lo recordaba todo con aguda precisión: la espera, la salida a preguntar a las vecinas «si habían visto a su mujer», las sonrisas despreciativas, irónicas, rara vez compasivas, que contestaron a la pregunta, la primer noticia de la fuga, no creída, el aferrarse a la convicción de que todo era una broma que María le daba, la noche pasada entre esa angustia del dudar que precede a la convicción de una catástrofe y es cien veces más intolerable que la misma incertidumbre, las investigaciones desesperadas del día siguiente, el llanto desgarrador del niño que a toda costa quería ser vestido, lavado, atendido por mamá, las noticias ya seguras, adquiridas en el Gobierno civil, de que se había visto a María en un carro, camino de Lugo, acompañada de un individuo, los ofrecimientos de traerla al ofendido esposo «por puestos de la Guardia civil», la inesperada forma que en su espíritu tomaron el desengaño y la afrenta, convirtiéndose en una total renuncia del derecho... y el empeño que había tenido por espacio de muchos días en representarse a María -que aún era fresca y joven- extraviada, enloquecida por una pasión delirante, ilusionada hasta el frenesí con otro hombre, y disculpable por la fiebre del cariño...

Mas este concepto del motivo de la deserción conyugal, no pudo prevalecer... Amigotes, vecinas, guardias municipales, gente oficiosa, se encargaron de desengañarle un día y otro día... Qué amor, ni qué... ¡El hombre con quien María había huido le era casi indiferente!... Lo había conocido puede decirse que de la noche a la mañana, y ni las tristezas, ni las rarezas, ni las distracciones anteriores tenían nada que ver con el personaje... Por lo demás, todo el barrio sabía que María estaba resuelta a tomar el tole «con el primero que se presentara...». Se lo había dejado decir muchas veces... «Y si no encuentro un desesperado, lo mismo da; yo me gobernaré... No faltan casas de las Nueve tejas por el mundo...». La casa de las Nueve tejas -Rojo lo recordó- era un lugar infame, llamado así por lo angosto de su fachada, que coronaban únicamente nueve tejas, y famoso por esta misma singularidad en el mapa del vicio marinedino. No era, pues, la fatalidad pasional lo que había deshecho el hogar de Rojo..., sino otro sentimiento, el que impulsa a huir de una ignominia refugiándose en distinta ignominia... ¿mayor o menor? Arduo problema, que las comadres del barrio tenían resuelto de plano en sentido desfavorable al cónyuge. «A mujer de bien no me gana ni la reina -decía una varonil tocinera del mercado-, pero si Dios y la Virgen me castigasen con tomar el marido mío semejante oficio, a fe de Colasa que me iba con los soldados del Cuartel». Y esto lo profería la comadre delante de su propio legítimo dueño y señor, el cual respondía con mucha flema y convencimiento: «Y que te sobra decir verdá, mujer... Porque ciertas cosas abochornan la cara... Yo soy matachín, con perdón, de puercos, y a mucha honra, que nadie tiene por qué despreciarme; pero primero me metía a recoger mundicia en las cuadras, que a matachín de cristianos». Pocos meses después de la fuga de María, cuando fue público que, abandonada por su cómplice, se había dado completamente a la vida airada en Vivero, y que rodaba por las calles, las comadres tuvieron para ella más piedad, para el marido más aversión... Sólo la Marinera decía sin rebozo que ella no aprobaba a María Roldán, teniendo María Roldán una criatura... Y esta opinión, defendida valerosamente, le había costado devorar insultos, porque, según las mencionadas comadres, «ella defendía a Rojo porque le servía de criada, lo cual era una bajeza muy indecente».

Si no precisamente en estos incidentes mismos, en lo que se relacionaba con ellos, estaban fijos los pensares de Rojo cuando entró a esperar que se averiguase el paradero de su hijo. Tanto, que necesitó hacer un esfuerzo para volver a la realidad y concretar sus ideas en esta sola: «¿Y Telmo?». Dos golpes a la puerta, con el puño, apresurados, rápidos, y la voz quejumbrosa de la Marinera, que decía ahogándose: -Señor Rojo..., señor Rojo... ¡Ay! ¡Madre mía de la Guardia! Señor Rojo..., ¡que dicen que el niño suyo está muy malito, muy lastimado, sin poderse mover!... Que se lo dijeron a mi chiquilla unas mujeres de las que bajan a la fuente del Castillo...-. Rojo salió con ímpetu, y cogiendo de un brazo a Juliana, gritó: -¿Dónde está el muchacho? ¿Dónde? -En San Wintila... Crucificado a pedradas... Vaya allá, señor Rojo... Yo no tengo vista, que si la tuviese... -El padre no escuchaba ya: volaba por la cuesta arriba, para precipitarse luego por las pendientes del sendero tortuoso. La difusa claridad de la noche, ayudada por la argentina luz de la saliente luna, que empezaba a surgir de los montes que cierran la bahía, ayudaba a Rojo, salvándole de rodar y batir con su cuerpo en la escollera.

En la playa tranquila, misteriosamente iluminada por la claridad lunar, que derramaba sobre la superficie del agua como una lluvia de hoces de plata bruñida, no se oía sino el blando murmurio de las olas al encontrarse acariciándose; y el sosiego y quietud del aire, la negrura de las peñas contrastando con el fosfórico verdor del mar, la majestad que a tal hora y en tal sitio adquiría el castillo desmantelado, eran como ironía mofadora de la angustia del hombre que buscaba en aquellas peñas y rocas lo único que tenía y amaba en el mundo.

Saltaba Rojo por la escollera, sin cuidarse de la probabilidad de un peligroso traspié. A pocos brincos estuvo dentro del fortín. La luna alumbraba claramente el interior; a su luz el padre pudo salvar la escombradura, y sobre un montón de piedras divisó a Telmo, ensangrentado y exánime: ni se movía, ni se quejaba.

Rojo se abalanzó como a una presa al cuerpo inerte, y lo palpó con ávidas manos, rugiendo de gozo al sentir calor y flexibilidad de vida en los magullados miembros. Un suspiro le dilató el pecho: tomó al niño en brazos, se lo cargó al hombro, y emprendió la subida, sin la precipitación de antes, porque tenía que cuidar de su inestimable carga. Ahora el herido gemía; sin duda el movimiento, por poco que fuese, reavivaba sus dolores. Rojo multiplicaba las interrogaciones entrecortadas y ansiosas, las palabras de bronca ternura dichas a media voz, tratando de acomodar al muchacho lo mejor posible para que no sufriese, apoyando la dolorida cabeza en su propio seno, cogiendo a Telmo con manos de algodón, por decirlo así. Sin duda que el niño no estaba ni muerto ni moribundo...; pero ¡Dios que perdonas y castigas! ¿Estaría herido muy gravemente? ¿Tendría pierna o brazo roto? ¿Le sobrevendría mortal complicación? ¿Quedaría para toda su vida estropeado y deforme?

Cuando Rojo iba calculando estas probabilidades, había rebasado ya la montuosa pendiente que se inclina hacia el castillo, y entraba en la carretera, orillada por las tapias de los dos camposantos de Marineda, el católico y el protestante o disidente. La rotondita de la capilla católica se recortaba sobre el cielo claro, y su cruz infundió al corazón de Rojo deseos de implorar a la Divinidad, de pedir a alguien que todo lo puede lo que no esperaba de los hombres. Aquella súplica brotó con energía inmensa, con salvaje ímpetu, con esa fuerza que parece suficiente para imponer la voluntad de la criatura humana hasta al mismo Árbitro de la creación. Sin pretensión alguna de heroicidad, como quien hace la cosa más natural, Rojo se encaró con su Dios -porque lo tenía- y le dijo como quien propone un trato: «De morir alguien, que sea yo... El niño que viva, que sane». Al hacer esta deprecación, la mirada de Rojo pasó, de la cruz del cementerio, a la linterna del Faro que se alzaba a lo lejos; alto, solitario, sublime, y como en aquel punto mismo la intermitente mirada de luz reapareciese con purísimo destello, refulgiendo entre las nubes, Rojo percibió una voz interior que decía: «Vivirá, sanará».

La puerta del rancho se había quedado abierta de par en par, el quinqué luciendo, y Juliana la Marinera, medio a tientas como solía, y atortolada además por el susto, daba vueltas, mudando de sitio un cacharro, atizando la lumbre, y repitiendo a media voz: «¡Jesús, Jesús! ¡Virgen de la Guardia!». Al entrar Rojo con el niño a cuestas, la mujer exhaló un chillido de conmiseración, se apresuró, quiso enterarse... Pero ya el padre, con delicadeza de nodriza que deposita en la cuna al crío, colocaba al herido sobre la cama, y se volvía para exclamar anheloso:

-Vaya a buscar un médico, señora Juliana... ¡Por el alma de su padre, tráigame un médico!...


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