La piedra angular: 06

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Capítulo VI
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La piedra angular Emilia Pardo Bazán


La exasperación de Moragas tardó en disiparse más de diez minutos: paseábase de arriba abajo por su gabinete de consulta, olvidado de todo, hasta de la presencia de Nené. Sentía esa desazón, ese malestar sordo e irritante que se apodera de nosotros después de una sacudida nerviosa que no reporta placer al organismo. Las injurias despreciables, las disputas largas con personas de poco caletre o de mala educación, las ingratitudes odiosas, la vista de un insecto repugnante, diversas causas morales y físicas, engendran tan penoso estado de ánimo. El Doctor principió a sentir alivio mediante una circunstancia puramente accidental: el sol, venciendo al fin la neblina, batió alegremente en los cristales; como si aquel rayo benéfico la atrajese, Nené se acercó, e intimidada aún, con hechicera zalamería, preguntó en su lengua de trapos:

-No yeve... ¿Amo alea?

Acostumbrado a la sutil interpretación filológica que requería la charla de Nené, Moragas comprendió perfectamente, y tradujo sin vacilar: «¿Papá, no ves que no lloverá hoy? Vámonos a la aldea».

Moragas acostumbraba, despachada ya la diaria consulta, mandar que enganchasen la berlinita o el milor, tomar consigo a Nené, y emprender un paseíto de tres kilómetros hasta su quinta en miniatura, enclavada al margen del camino real, en el alto de la Erbeda, graciosa aldeílla poblada de lavanderas y panaderas y salpicada de casas de campo. Cuatro tapias, ni muy altas ni muy recias; un trozo de verja de hierro que permitía ver desde la carretera los cenadores de madreselva y la fuente del jardín; un palomarete en el patio; sobre quince gallinas ponedoras; hasta dos docenas de frutales; cuatro o seis coníferas de moda; alguna col y mucha enredadera, animaban a la diminuta morada donde el Doctor pasaba las mejores horas de su vida. ¿Y qué más podía necesitar un hombre de estudio y pensamiento, sino aquella sala fresca y silenciosa, aquel despacho donde las clemátidas y las francesillas se metían por la ventana a curiosear los libros, aquella galería encristalada que brindaba el siempre movido espectáculo de la carretera, aquel palomar lleno de nidos y arrullos, aquel comedor que tenía en los chineros, en vez de ricas porcelanas, limpios cristales y blancas lozas, entreveradas con camuesas olorosas de la anterior cosecha -porque no había otro frutero?

Además, en la aldea veía el Doctor una excelente compensación higiénica para la vida urbana, que a la larga podía ser funesta a Nené. Viudo desde pocas horas después de venir al mundo la criaturita en quien tenía puesto lo mejor de sí mismo, el Doctor la cuidaba como la cuidaría una madre... fisióloga. La delicadeza y suavidad de aquella tierna florecita le tenían siempre alerta, sólo que en vez de abrigarla contra el cierzo y la helada detrás de las paredes de cristal de un invernáculo, quería someterla a un tratamiento que la permitiese vegetar al aire libre, desafiando la inclemencia de las estaciones. «Rusticar a Nené» era el programa. Esto de la rusticación se ejecutaba tan al pie de la letra, que cuando estaban en la Erbeda padre e hija, la criatura se chapuzaba en el pilón, se enfangaba en el bebedero de las gallinas, rodaba abrazada a un pato, se revolcaba en el polvo y sacaba su linda madeja rubia hecha una perdición: todo con gran contentamiento del padre, que regañaba mucho si por casualidad la veía limpia. «Vamos, hoy me han tenido a esta chiquilla debajo de un fanal... A ver si juegas, a ver como te me presentas bien marrana...».

Así, pues, cuando no apretaba el trabajo, cuando en Marineda había epidemia de salud y ninguna señora de la clientela de Moragas estaba próxima a bifurcarse, el Doctor se iba a la Erbeda después de su consulta, y unas veces regresaba al caer la tarde, para la visita, y otras se quedaba a dormir, lo cual era ya el colmo de la expansión. Cuando podía lograr tanta fortuna, dedicaba la noche a leer de política o de ciencia, sobre todo de aquellas cuestiones palpitantes de la moderna medicina que llevan involucrado algún problema metafísico, algún misterio del espíritu, alguna generalización filosófica. Si Moragas estudiaba por obligación la medicina curativa, por recreo andaba siempre a vueltas con los mal conocidos resultados de la sugestión, con las revelaciones de la frenopatía y con los efectos de ciertas substancias tóxicas sobre el cerebro humano. Gustábale mucho el estudio de las que llamaban nuestros padres enfermedades mentales, y era franco admirador de los médicos modernos que aplican atrevidamente a los problemas del orden moral el método positivo y analítico de la ciencia presente. Como de esto se escribe mucho en el día, y Moragas lo hacía venir todo de París en grandes remesas, sus orgías de lectura tenían el retiro de la Erbeda por testigo y cómplice.

No hay que decir si asentiría gustoso a la proposición de Nené. Al cuarto de hora de haber visto aquel primer rayo de sol después de una mañana nublada, el padre y la niña, sentada en brazos de su niñera, corrían al trotecillo de la yegua por el camino real. Ya sabemos que era la tarde de esas apacibles de la más temprana primavera, que dan ganas de entonar el cántico de Fausto «Cristo resucitó». Sobre el diáfano azul del cielo, agraciado por copos de nubecillas blancas y finas como pluma de cisne, revoloteaban las primeras golondrinas; y en el aire había la frescura sana y entonada de la buena estación. Nené gorjeaba muy contenta, mirándose los calcetines, que por ser calados la tenían reventando de orgullo. La criatura no permitía a su padre separar la vista de los calcetines famosos. Apenas volvía el Doctor la cabeza para mirar a las quintas que festonean el camino, al paisaje o a la gente de a pie o de a caballo, ya estaba Nené agarrándole de la solapa, y obligándole a bajar las narices. «¡Mía tacetines..., mía tacetines de ujo! ¡Y ayer (Nené siempre decía ayer por mañana), ayer tú ayoha me tompas entanados, y vedes, y amaíllos..., toos talaos, de ujo, talaos!». Y la chiquilla trincaba un dedo de su padre, y lo paseaba de malla en malla, riendo. «Talaos así». «Bueno, preciosa..., te compraré horror de calcetines, calados así..., pero no me arranques el dedo». Después de un intervalo de dos minutos, volvía a su tema la Nené, preguntando a su manera si le sería lícito enseñar los calcetines a las gallinas y a los Espíritus Santos (las palomas), y a Bismar, el mastín, a ver si eran de su agrado. Con la charla de la niña, lo agradable del paseo y la esperanza de una tarde aldeana deliciosa, Moragas se sentía como si le hubiesen hecho de nuevo el alma. De la irritación de antes, ni rastros. La llegada a la quinta y la irrupción en la huerta fueron triunfales.

Salió a recibirles el hortelano, vejezuelo ochentón, como una tapia de sordo, quitándose respetuosamente el serón de paja que le cubría la chola. Y el Doctor, encaminando la voz de modo que fuese derechita al tímpano, le dirigió la pregunta sacramental: «¿Qué hay de novedades, señor Jacinto?».

-Novedades... -contestó lentamente el patriarca-. Novedades... Que el viento tronzó una pola de la cacia de flor..., y que un vidro de la galería está hecho pedazos..., y que la gallina pedriscada está clueca..., y que ayer noche mataron a un hombre en la parroquia.

-¿Mataron a un hombre? -repitió Moragas sin gran sorpresa, porque sabía la condición belicosa y levantisca de los mozos erbedanos, y creyó que se trataría de alguna riña de taberna.

-A la fuerza lo mataron de noche (prosiguió el hortelano, creyendo que su amo le preguntaba la hora del suceso). Es Román, el carretero que iba y venía a Marineda con carretos de paja y de leña, y con sacos de trigo. Apareció esta mañana en el monte de Sobrás..., ¿ve?, allí... (y el viejo señalaba hacia un punto bastante próximo). Toda la cabeza le hicieron miajas con una piedra o sabe Dios con qué... Dice que parece un Ceomo...

-Quimera o robo; nada, sobrevino una pendencia (pensó Moragas, metiéndose hacia su despacho, deseoso de un par de horitas de pacífica y jugosa lectura). Mas apenas daba principio a un capítulo de un libro nuevo de Maudsley, vio entrar despavorida a la niñera, y pegó un salto en el sillón, temiendo que se tratase de alguna peripecia ocurrida a Nené.

-¡Señorito, señorito! (Moragas conservaba, no obstante su pelo blanco, aire muy juvenil, y las criadas le señoriteaban a todo trapo.) ¡Señorito..., asómese..., que ahí va el Juzgado a prender a los que mataron a ese carretero!

La muchacha hablaba con el tono medroso que adopta la gente del pueblo para referirse a la Justicia, a la cual nombra con inflexiones de terror que no tiene quizá para los ladrones ni para los asesinos. Moragas se levantó y se asomó a su galería, que dominaba el camino, fijándose con cierta curiosidad en el grupo. Iban delante, en malos caballejos, el Juez y el Secretario; seguíanles a pie dos parejas de la Guardia civil, cuatro hombres de rostro atezado y militar, de ágiles y airosas piernas bien modeladas por las polainas de camino; y detrás, a lo que puede llamarse sin metáfora distancia respetuosa, sobre una docena de aldeanas y chiquillos, pelotón que iba engrosándose a medida que la comitiva avanzaba. Moragas conocía al Juez, y aun había asistido en cierta grave dolencia a un hermano suyo; y al movimiento de cabeza y la sonrisa con que el representante de la ley le saludó, contestó vivamente gritando:

-Adiós, Priego... ¿Quieren ustedes subir y refrescar? ¿Una botellita de cerveza?

-Tantas gracias... Ahora, imposible -contestó Priego deteniendo un instante a su jaco, que no deseaba otra cosa-. A la vuelta. Llevamos prisa.

-¿Y... eso? -preguntó con significativo gesto el Doctor.

-¡Hmmm! -contestó el Juez en tono significativo, que respondía plenamente a la expresiva interrogación de Moragas, dando a entender del modo más claro: «No crea usted que se trata de un crimen vulgar. Se me figura que hay tela». Y tocando rápidamente al sombrero, los dos funcionarios consiguieron de sus monturas un mediano trotecillo, alejándose el grupo, que, al desaparecer en la revuelta, dejó, en opinión de Moragas, cierto silencio extraño en la atmósfera.

Intentó el médico recomenzar la lectura, pero no pudo. Sus ideas habían tomado otro giro; su fantasía, distraída y excitada, seguía al grupo, asistiendo a las escenas siempre dramáticas y grotescas a veces, que acompañan a eso que se llama en lenguaje técnico levantar el cadáver. Existe en todo hombre, en el menos literato, en el último burgués, lo que puede llamarse un novelista natural, capaz de urdir en pocos minutos treinta argumentos complicados y estrambóticos. Moragas poseía en alto grado esa facultad: tenía de sobra imaginación, aun dentro de la esfera de sus estudios profesionales; y, sin ser precisamente de la condición de aquel individuo que se murió de pena porque al vecino le habían sacado el chaleco corto, ello es que se interesaba mucho en los asuntos ajenos, con verdadero interés altruista; no por curiosidad, como tantos, sino por la condición esencialmente expansiva y generosa de su carácter. Dos minutos antes, le era indiferente el suceso de la muerte del carretero Román; pero después de la indicación del Juez, su fantasía trabajaba sobre el tema del crimen y del enigma probable que se encerraba en él. Al pronto no se dio cuenta del verdadero origen de aquella excitación, mas no tardó en comprender que se relacionaba con el extraño cliente que había acudido pocas horas antes a su consulta. «Quienquiera que sea el asesino, valdrá más que aquel tunante. ¡Si yo creyese que es lícito asesinar científicamente a algún prójimo, lo creería de ese bicho... que ni prójimo conceptúo siquiera! ¡Así reviente de los malos hígados que Dios le dio! Pero vamos, que hoy es día de piedra negra. Aquel individuo por la mañana, y por la tarde este suceso... que aún no sabemos en qué parará». Para distraerse, Moragas bajó al jardín, tamaño como un pañuelo, dio vueltas por sus calles, que más parecían callejones, se enteró del estado de salud de legumbres y hortalizas, mandó espallerar un pavío, hizo fiestas a Bismar; se indignó porque dos o tres insolentes babosas se comían el fresal con todo el descaro del mundo..., y al mismo tiempo no cesó de atisbar por la verja el instante en que regresase «la Justicia».

Un poco antes de la puesta del sol, oyó un vocerío y divisó un tropel de gente que bajaba por la carretera, en dirección de la ciudad. Moragas se encaramó al miradorcillo que, desde el ángulo de la tapia, registraba el camino perfectamente. Abría la marcha, como siempre, turba de pilluelos descalzos, de esos que van adonde hay ruido y drama callejero, y que se reclutan lo mismo en los lavaderos de la Erbeda que en las plazuelas marinedinas: seguían, graves y ceñudos, los cuatro números de la Benemérita, y entre ellos caminaba, sueltas las largas trenzas sobre el vestido de oscuro percal, una mujer joven. Cuando pasaba la comitiva por debajo del mirador de Moragas, el sol poniente alumbró de lleno la figura de la presa. Representaba de veintiséis a veintiocho años: tenía el rostro cubierto de palidez; era menudita de cara y cuerpo, de facciones delicadas y regulares, de formas cenceñas, y con cierta pureza de líneas en el contorno del seno, alto y pudoroso, sobre un talle plano. El pelo muy negro, partido a ambos lados, alisado sobre las sienes y colgando atrás en dos trenzas, contribuía a prestarle expresión y aspecto de recato casi místico. Moragas sintió una impresión profunda de sorpresa. ¿Por qué llevaban entre Guardias civiles a aquella criaturas? ¿Sería posible que fuese una criminal?

La multitud, que seguía al grupo de los Guardias y la presa, se componía de gente aldeana. Iban en actitud más triste que hostil, con caras y actitudes de gente que acompaña a un entierro. Sólo algunos hombres y algunas viejas cuchicheaban, mostrando indignación. Había mujeres que alzaban las manos al cielo; otras señalaban a la presa; muchas volvían la cabeza hacia atrás, mirando al objeto que cerraba la comitiva: uno de esos carros del país, de primitiva forma, con rueda sin radios, que caminaba lentamente, al paso de la yunta de bueyes rojizos, muy animados por la carga relativamente tan ligera. En efecto, detrás de la armazón de entretejidos mimbres que otras veces serviría para retener el carreto de arena o piedra, no se distinguía sino un bulto de poca alzada, cubierto con groseros paños; Moragas no necesitó mirarlo dos veces para conocer que era un cuerpo humano, un cuerpo muerto... Ni en los paños, ni alrededor del bulto, ni por parte alguna se veía mancha ni señal de sangre, y, sin embargo, Moragas creía notar en todo el carro un tono bermejo... Era que el sol se ponía, y su luz oblicua inflamaba cuanto tocase...

Ya había desaparecido la turba en la revuelta del camino; ya no se oían sus voces, y aún Moragas no se había meneado del mirador. Le dejara profundamente pensativo aquella muchacha, tan débil, tan dulce en apariencia, llevada a la cárcel entre una muchedumbre acusadora. El aspecto de la mujer le había despertado viva curiosidad, parecidísima al interés. Tenemos, o, por mejor decir, tienen las personas del carácter de Moragas, de esos chispazos compasivos, que con repentina vehemencia se apoderan del alma. Moragas era lo que en la época de Rousseau se llamó hombre sensible, y lo que hoy nuestro endurecimiento nombra, con cierto matiz de desdén, persona impresionable. Su profesión dolorosa, lejos de embotarle la sensibilidad, se la refinaba cada día. Con la misma vivacidad con que había arrojado por la ventana los dos duros de la consulta de Rojo, hubiese bajado entonces... ¿a qué? A cometer la ridiculez de ofrecer un refresco, una moneda, un consejo, una sonrisa, algo que tuviese forma consoladora, a aquella mujer tan pálida, de mirada tan fija, de labios tan convulsivamente apretados, de tan modesto porte...

Diez o doce minutos hacía que ni el polvo levantado por la comitiva se veía flotar en la atmósfera, cuando Moragas descendió de su observatorio, porque se oía el trotecillo de dos jacos, y no dudó que fuesen las monturas del Juez y del Secretario, los cuales volverían cumplida su tarea de iniciar las diligencias sumariales. Así era en efecto: el trote se detuvo ante la puerta de la quinta, y los funcionarios descabalgaron prontamente. El Doctor comprendió que aceptaban el refresco, del que debían de estar bien necesitados, y al tiempo que salía a recibir a sus huéspedes, llamó a la niñera, dando órdenes para que la cerveza, la grosella, los pasteles, que por fortuna había traído de Marineda calentitos, se sirviesen en la mesa de piedra del cenador.

Entró el Juez con sobrealiento de hombre rendido de fatiga, limpiándose el sudor de la frente, y más serio y preocupado que antes. Era rubio, grueso, flemático, jovial, y no solía ahogarse en poca agua, por donde Moragas infirió que lo que así le preocupaba tenía que revestir verdadera gravedad. Al encontrarse en el cenador, donde corría un fresco deleitoso, y los jazmines olían regaladamente, y la cerveza sonreía en el limpio tanque, la fisonomía de Priego se sosegó y aclaró, y exclamando, como lo haría cualquiera en su caso, «¡Uff!», se derrocó en el banco de madera rústica, y contestó a lo que preguntaba su huésped, más con los ojos que con la lengua.

-Pues... ¡cosa gorda... gorda! O mucho me engaño, o este crimen va a dar que hablar, no sólo aquí sino en la prensa de la corte... ¡Ay, qué agradecido quedo a esta bebida! He sudado el quilo, y como no era cosa de que el Juez se pusiese a refrescar con vino en la taberna... Sí, yo también pensé, al recibir el parte, que se trataba de una riña...; aquí son el pan nuestro de cada día, porque no he visto gente más dispuesta a andar a estacazos que la de estas parroquias. Pero ya desde que tomé los primeros vientos comprendí que era algo más... Ya la verdad me hizo poca gracia, porque si los periódicos dan en jalear estas cosas, raro es el juez que sale bien librado. Que si fue, que si vino, que si debió hacer esto o lo otro... Y a nadie le gusta salir a pública vergüenza. ¡Señor! Esta cerveza conforta.

-Y la mujer que va presa, ¿qué papel juega en todo ello? -preguntó con afán Moragas.

-¡Una friolera! ¿La ha visto usted tan... así... que parece que no rompe un plato? Pues o mucho me engaño... o es autora material... o por lo menos coautora e instigadora del crimen. Es la mujer del muerto..., mejor dicho la viuda del interfecto, -añadió Priego festivamente, empezando a mascullar un pastelillo de hojaldre.

Moragas se había quedado pensativo.

-¿Dice usted que esa mujer?...

-¡Como usted la ve! Por ahora, en rigor, es prematuro todo cuanto se diga; y sin embargo, apostaría yo mi toga a que fue ella.

-¿Ella sola? ¿Cree usted que ella sola habrá asesinado al marido?

-Sola, no. El amante debe de ser cómplice.

-¿Hay amante?

-Ya lo creo. En las aldeas, si usted escarba bien, salen sapos y culebras, lo mismo que en las grandes capitales. Somos de igual pasta aquí o acullá. Hay amante, y lo mejor del caso es que parece ser un cuñado... uno que estuvo casado con la propia hermana del muerto. Yo no he tomado aún declaración a nadie, más que a la mujer que va presa, la cual, por ahora, no ha contestado sino vaguedades; yo tampoco insistí mucho; todo se andará, y al principio se debe tantear más que ahondar; pero los civiles habían charlado con las comadres de la aldea, y desde que me informaron de que ella y el cuñado... (Priego juntó las yemas de los índices), dije yo para mí..., tate, aquí tenemos el hilo.

-¿Y ha preso usted al cuñado?

-Se le busca... Ya caerá. El tunante, por aparentar, dijo ayer que se marchaba de la parroquia, que iba a Marineda a no sé qué diligencias y menesteres... y en vez de marcharse a la noche, se largó de madrugarla, realizado ya el gatuperio... La hazaña (prosiguió el Juez, comprendiendo por la fisonomía de Moragas que oía con avidez los detalles) debió de suceder ayer noche, cuando Román el carretero volvía de llevar un carreto de arena a dos leguas, al alto de Chouzas. A la cuenta, él solía venir algo peneque. No sé cómo harían el pájaro y la pájara para sacarlo de casa y convencerlo de que se fuese al montecito, donde lo despacharon a hachazos, deshaciéndole la cabeza...

-La tiene terrible (confirmó el Secretario). Parece una sandía machacada... Lo que a mí me llama la atención es ver allí tan poca sangre, cuando debía estar inundado el suelo...

-Eso es raro (indicó Moragas). Me huele a que lo matarían en otro sitio... Verdad que por ahora...

-Estamos empezando, señor Moragas; estamos empezando (respondió el Juez, que no empezaba, sino que acababa de atizarse el segundo tanque del Gallo). Ahora también les toca a ustedes emitir dictamen... Ahí va la víctima, en su propio carro, a que le hagan en Marineda el debido reconocimiento y una autopsia formal... Y en poniendo a buen recaudo la pájara y el pájaro, ellos cantarán y todo saldrá a relucir... Advierta usted que no hace seis horas que he tenido conocimiento del caso (añadió el Juez, que no se hallaba, realmente, muy descontento de sí mismo y de su penetración y sagacidad para coger desde luego una pista).

-¿Y... ella? -preguntó Moragas que no perdía de vista a la acusada.

-Ella..., ella, tan agua mansita y tan modosa como usted la ve, debe de tener un rejo de mil diablos. Estaba tranquila, igual que usted está ahí, rodeada de dos o tres vecinas que la acompañaban, desde que se descubrió el cadáver, y sin echar ni una lágrima. Tampoco las echó cuando la interrogué apretándola un poco, y cuando ordené la detención. A mis preguntas ha contestado sin fanfarronería, sin miedo, sin precipitación, con una calma asombrosa, diciendo que su marido volvió anoche a la hora de costumbre; que cenaron en paz; que la mandó acostarse, diciendo que él tenía que salir, y que dejase la puerta entornada; y que, como muchas noches se entretenía en la taberna, ella se durmió, y sólo a la madrugada, al despertarse, echó de menos al marido, sabiendo a cosa de las once que había aparecido muerto en el pinar. Le digo a usted que la individua...

-¿Tiene hijos ese matrimonio?

-Sí: una chiquilla de tres años... Su abuela queda encargada de ella...

-Y usted cree que ella y el cuñado fueron los autores... ¿y para qué?

-¡Bah! ¿Para qué había de ser? (exclamó riendo el funcionario). ¡Parece mentira que usted haya sido despensero antes que guardián! Para que nadie les estorbase; para verse libres y campar por sus respetos.

El médico movió la cabeza. El crimen se le aparecía como un drama vulgar del adulterio; pero no pensaba lo mismo de la heroína, en la cual olfateaba algo extraño, algo digno de aquel misterioso interés que sentía despertarse en su mente de observador y de curioso del espíritu. Acaso influía bastante en esta disposición de su alma, la coincidencia de haber visto y hablado, por la mañana, al hombre que probablemente desenlazaría el drama, apretando el gaznate y deshaciendo las vértebras de aquella mujer tan joven y de tan apacible aspecto: perspectiva que tenía la virtud de hacer saltar a Moragas. ¡La sola idea de ver alzarse el cadalso, y para una mujer, le ofendía como un ultraje hecho a su misma persona! Nervioso ya, preguntó a Priego:

-Y esa mujer... ¿irá al palo?

-No creo (respondió el Juez con cierta entonación clemente)-. Yo supongo que autora, lo que es autora... El guisado lo haría el querido. Ella sacará la inmediata. Y confiese usted que la merece.

Algo iba a contestar Moragas, que pensaba sobre el particular muchas cosas, pero le cortaron la palabra sus huéspedes, levantándose como el que tiene prisa de marchar. Vio el Doctor al través de la verja que estaba enganchado su coche, y propuso a los funcionarios llevarles a Marineda. Siempre irían mejor que en un penco de alquiler, y ganando tiempo: así como así, él aún tenía que hacer alguna visita antes de cenar. Accedieron; fiaron sus monturas a un espolista; subieron al cochecillo, que empezó a rodar con sosiego; y la divina paz de la tarde; la hermosura de la ría que se divisaba a lo lejos teñida de carmín por el último y ya expirante reflejo del sol; la quietud del viento; la frescura de primavera y de verdor temprano que enviaban los campos en plena germinación; las madrugadoras enredaderas que, ya algo floridas, se asomaban a las tapias de las quintas de recreo..., todo fue causa de que ni Moragas ni sus acompañantes volviesen a mentar el crimen, que parecía profanación de la sagrada hermosura de la naturaleza. Rendida por una tarde de rusticación, llena de polvo, con manchas en el traje, y barro en aquellos calcetines tan monos, Nené dormía.


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