La piedra angular: 07

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Capítulo VII
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La piedra angular Emilia Pardo Bazán


La Marinera salió, dándose toda la prisa que le permitían sus pies guiados por sus casi inválidos ojos, mientras el padre se esforzaba en desnudar al herido. Quitole la ropa exterior con esmero imaginable, dejándole sólo la rota camisa; y por medio de pañuelos y ropa blanca que desgarraba, estancó como pudo la sangre que manchaba la frente y el cuello del guerrero vencido. Durante estas operaciones, Telmo se quejaba sordamente. Pero al querer descalzarse el borceguí del pie derecho, fue un grito tan agudo y lastimero el que lanzó la criatura, que Rojo se detuvo, sin resolverse a terminar la operación.

-¿Te duele mucho, rapaz? ¿Te duele mucho? -preguntole afanosamente.

No contestó el muchacho, volviendo a su amodorramiento febril. Indudablemente no estaba su cabeza para discursos, ni su lengua para explicaciones. Sólo al cabo de dos o tres largos minutos, balbuceó la exclamación de todos los maltratados, de todas las víctimas:

-¡Agua, agua!... Tengo sed.

El padre llenó un vaso y lo acercó a los labios del niño, que bebió con ansia, dejando caer otra vez sobre la almohada la frente. Rojo apoyó en ella la mano... Temperatura altísima, sequedad y aridez de la piel invadida por la calentura. Buscó Rojo una silla, la colocó a la cabecera, y la ocupó alterado y sombrío. Por dentro sentía una ternura, un delirio de doloroso afecto, que le ahogaban; pero la manifestación de aquel íntimo sentimiento, tan natural en la paternidad, era ruda, concentrada, como todo en él.

Tascando el freno de la impaciencia que aguija al que a la cabecera de un ser amado aguarda al médico y con él la certidumbre, quizá la salvación, Rojo meditaba sobre el suceso, y entreveía en él una nueva humillación agregada al ya innumerable catálogo de las que le habían ulcerado el espíritu. Sólo que esta dolía más, porque daba en la carne viva, en el sentimiento que, enérgico y soberano hasta en la fiera montés, es en el hombre más fuerte que la muerte, porque es amor.

¿Por qué le habían apedreado a su niño? ¿Era razón desahogar en Telmo los odios que infundía Juan Rojo? ¿Era justo dejar al muchacho, agonizando, bañado en sangre, en un lugar desierto? ¿Qué daño hacía a nadie la criatura? ¿No habría para ella perdón, olvido, indulgencia? ¿No era Telmo una persona como las demás? ¿Por qué le ponían fuera de la ley, hasta el extremo de matarle a pedradas?

Interrumpió estas reflexiones el rodar de un carruaje, que resonaba sobre el seco piso de la carretera como sobre sonoro pavimento de metal, y la voz de la Marinera, apresurada, loca de júbilo, resonó gritando:

-Señor Rojo... ¡Gracias a la Virgen de la Guardia! ¡Ay qué suerte! ¡Dar yo la vuelta por la calle del Peñascal, pasar delante de la capilla de la Angustia... y oír rodar el coche del señor de Moragas! ¡Ay qué chillido di! Me agarré a la puerta del coche... conté lo que pasaba... Y el señor de Moragas, como es tan humano, en seguidita mandó dar vuelta al cochero... ¡Alabada sea la Virgen! Le he de rezar hoy mismo tres Salves.

Apeábase ya Moragas de su cansada berlinita, saltando con movimiento vivo y juvenil, y atravesando la puerta del rancho sin mirar siquiera a Rojo, fuese derecho a la cama en que Telmo yacía, diciendo con voz alta, animada, cariñosa, de médico que al entrar en casa de los pobres sabe que debe ante todo consolar al afligido:

-¿Qué pasa? ¿Quién se ha perniquebrado? ¿Un niño? Travesuritas, ¿eh? Ahora arreglaremos esa cabeza rota.

Inclinábase ya hacia el doliente, cuando la luz que Rojo había descolgado y aproximado alumbró de lleno el rostro del padre. Es indecible el asombro que expresó el de Moragas al reconocer a su cliente de por la mañana, al de los dos duros tirados a la calle. Ira, pasmo, menosprecio, chispearon en sus redondas pupilas, que giraron con furor, en las finas múltiples arrugas de su frente, en su abierta boca, en sus puños instantáneamente crispados. «¡Usted, usted!», repitió con las variadas expresiones de los sentimientos que le agitaban... Y serenándose de pronto por la misma fuerza de su cólera, y mirando al niño que gemía opacamente y al padre que bajaba los ojos y quería ocultarse, pronunció en tono grave e incisivo:

-El niño, ¿es de usted?

-Mío, sí... Es mi hijo -declaró Rojo con apagada y terrosa voz.

-Pues esa es la peor enfermedad de cuantas pueden sobrevenirle, y esa, ni se la curo yo, ni se la cura nadie -replicó el médico volviendo la espalda y dirigiéndose hacia la puerta.

Aún no había dado tres pasos, cuando sintió que una mano se atornillaba al faldón de su levita, atirantándolo de un modo violento. Volviose con repugnancia; miró de alto a bajo a Rojo como se mira a un sapo muy feo, y dijo, vibrando las palabras cual otros tantos restallidos de tralla:

-No me toque usted, o haré un desatino. Ya bastó el atrevimiento de por la mañana. Los duros que dejó usted sobre mi mesa los arrojé a la calle, por no conservar nada en que usted hubiese puesto las manos.

Rojo soltó al Doctor; pero dando rápida vuelta, maniobró de suerte que vino, colocándose delante, a caer a sus pies sin decir palabra. Moragas se detuvo. El niño gemía.

-Está muy malito. Herido. No sé qué tiene roto en su cuerpo. Señor don Pelayo, ¡por el alma de su madre!

Don Pelayo siguió ganando terreno hacia la puerta, pero en ella encontró otro obstáculo: la Marinera, que le apostrofaba con energía.

-Señor, caridad. La caridad no distingue de personas, señor. Y el inocente no tiene la culpa de nada. Dios, nuestro Señor, nos manda caridad hasta con los perros.

Moragas luchaba consigo mismo; no entre encontrados sentimientos, que es lucha fácil, casi elemental, sino entre sentimientos análogos, todos amasados con aquella generosidad semiquijotesca y semifilantrópica que, diga lo que quiera el vulgo, no está reñida con las tendencias positivas del científico. Abandonar a un enfermo, parecíale, dentro de su profesión, monstruoso; y detenerse en aquella casa, cuidar al enfermo aquel, era, en su entender, una degradación, una especie de estigma que debía verse después en las manos. Moragas había prodigado los socorros de su ciencia a personas bien viles. Sabía de memoria las huellas hediondas que marca el vicio en el cuerpo del disoluto y de la ramera. Aunque hombre delicado en su vida interior y en el pulcro aseo de su persona, jamás había retrocedido ante ninguna enfermedad, por repulsiva que fuese: y al asistir a la humanidad doliente, gracias a una maravillosa analgesia, hija de la firme voluntad -esa analgesia que hacía decir a un santo que las llagas del leproso huelen a rosas-, perdía el sentido del olfato, dominaba los del tacto y de la vista, y prescindía de la laceria para consagrarse enteramente al deber. Por primera vez retrocedía ante una llaga moral, y su imaginación viva redoblaba la impresión de horror, que, de puro violenta, llegaba ya a parecerle ridícula. De todas suertes, en el carácter de Moragas, no cabía que durase aquella lucha; de no haberse marchado en los primeros momentos, no se iría; y el pretexto para flaquear se lo dio la Marinera, insistiendo y repitiendo con una especie de severidad respetuosa:

-¡Ay, señor!... ¿pero va a dejar al inocente? Señor, Dios no manda eso. Mire que es una crueldad semejante porte.

-¿Es usted madre de ese niño? -preguntó Moragas.

-¡Ay!, ¡no señor, alabado sea Dios! -contestó espontánea y vivamente la Marinera-. Mi marido es un hombre de bien, botero del Muelle...

A su pesar sonrió Moragas; se estiró los puños, canturreó, y como el que se determina pensando «pecho al agua», se dirigió al catre del herido. Con la pericia del veterano en estos penosos reconocimientos, comprobó muy en breve que el chico tenía rota la cabeza en dos partes; y descalzándole sin hacer caso de sus lamentos, advirtió que estaba dislocado el tobillo. De contusiones y magulladuras no se ocupó: eran numerosas, pero sin mayor importancia. Lesión interna no parecía que la hubiese, pero sí fiebre altísima. La Marinera alumbraba, y Rojo, inmóvil y como estupefacto, esperaba el desenlace.

-¿Cómo ha ocurrido esto? -preguntó el médico interrumpiendo su tarea-. ¿Han sido pedradas, o se ha caído además?

-¡Si no lo sabemos! -exclamó Rojo consternado-. Yo tuve noticia de que el niño estaba en el castillo de San Wintila, muy maltratado... fui, lo recogí, lo traje en brazos, y no le he podido sacar nada sobre el lance.

-Debió de ser una pedrea -advirtió la Marinera.

-Sí, pero hay magulladuras en todo el cuerpo... Ha caído de alto, no cabe duda -advirtió el médico sin dejar de palpar al muchacho.

Cuando, terminada la cura, puestas las vendas, reducida la luxación, Moragas se enderezó exhalando un «¡uf!» de cansancio evidente, entonces -sólo entonces- se aproximó Rojo al médico, y con honda ansiedad le preguntó:

-¿Quedará cojo el muchacho? ¿Quedará resentido del pecho?

Moragas se volvió y por primera vez desde que conocía la condición social de su cliente, le miró cara a cara, como se miran unos a otros los seres humanos.

La casualidad le mostraba al hombre excluido del concierto social bajo el aspecto más capaz de conmover las fibras de su alma, aunque sólo fuese por analogía de sentimiento. ¡Moragas, el mayor padrazo de Marineda, el enamorado de la niñez, el derrochador de juguetes y confites, el hombre que después de una traqueotomía había mezclado sus lágrimas con las de la familia de la operada criatura!

Aquel fue el primer instante en que los sentimientos de Moragas, que tanto habían de influir en el destino de Juan Rojo, sufrieron un cambio de posición, giraron sobre su eje, por decirlo así, y a la indignación y al horror de algunas horas antes reemplazó una especie de interés extraño, de esa fascinación que la misma repugnancia produce, y que se asemeja a la vocación del casto apóstol que entra en una casa de perdición a convertir meretrices; porque la suma piedad va al sumo mal. No era la primera vez que advertía Moragas esa propensión, que él calificaba humorísticamente de manía redentorista. Le había costado por cierto la tal propensión graves disgustos, comprobaciones penosas de negras ingratitudes, enredos gratuitos, molestias sin cuento y desazones magnas... Lo menos que le había costado, costándole bastante, era dinero y tiempo. Sin embargo, al menor pretexto, la inclinación resurgía en Moragas, y la perpetua ilusión del redentorismo volvía a presentársele vestida con todos los adornos y galas que de ordinario ostentan nuestros sueños. «Si yo (pensaba el Doctor) acierto a nacer en la Edad Media, época en que las deficiencias del estado social y del organismo jurídico dejaban abierto tanto camino a la iniciativa individual, ¡sabe Dios lo que hubiese podido hacer! Pero en la sociedad presente, no cabe duda que esta bobería de sentir como propios los males ajenos, de meterme en lo que ni me da ni me quita, se parece mucho al oficio de enderezar tuertos y desfacer agravios que ya ridiculizó Cervantes».

Al advertir que la condición y estado de Rojo, ¡de Rojo!, provocaban en él los primeros síntomas de la conocida enfermedad, el redentor se rió de sí mismo. «Moraguitas, esto es el acabose. Ahora te ha dado por compadecerte de este sujeto. Ya has llegado al límite extremo de la chifladura benéfica, hijo. No, pues aquí sí que no te suelto yo la rienda. A este hombre no es lícito ni considerarle como hombre. Si quieres interesarte por algo raro y estupendo, interésate enhorabuena por la parricida a quien viste pasar hoy, entre civiles, por la carretera. ¡Esa podrá ser una criminal, y admitamos, desde luego, que lo es; pero criminal en caliente..., criminal pasional, que al delinquir obró, sin duda, por irresistible impulso, sin importarle que al otro lado del foso que iba a saltar estuviese la expiación de una muerte afrentosa...! Esa mujer; Moraguitas, es una enferma como otra cualquiera de las que asistes... Ahí se explica y se justifica la compasión... Pero con el tío este, que a sangre fría y a mansalva ha tomado por oficio matar... A este, como a una víbora se le debía aplastar la cabeza».

Mientras Moragas discurría así, Rojo repitió la pregunta:

-¿Quedará cojo? ¿Imposibilitado?

-No -contestó el médico en voz severa-. Ni quedará imposibilitado, ni cojo. Más que las lesiones, me preocupa el estado general... Voy a ponerle a usted unas recetas...

Apareció por allí un recado de escribir, no tan malo ni tan descabalado como era de temer en aquel tugurio, y Moragas escribió sus fórmulas. No se oía en la habitación más que el angustiado respirar del padre y el quejido sordo del enfermo, al cual se acercó el Doctor, sorprendido de que la cura, en vez de calmarle, pareciese haberle producido más desasosiego, mayor inquietud.

-Convendría que no se moviese, por la dislocación... -observó Moragas-. Pero, ¿quién le sujeta? Con esa calentura de caballo... Aguarde usted... Ya delira.

Telmo, en efecto, se agitaba en la cama, y su inarticulado gemir se convertía en palabras articuladas penosamente, aunque claras y expresivas. El Doctor prestó oído.

-Soy valiente -afirmaba Telmo-. ¿Quién es el que me llama cobardón? Embusteros... Veréis si... Tirar, que aguardo... Os desdeñáis de mí, porque... ¡Piedras y más piedras, contra!... Soy hombre para todos... Los cobardes vosotros... Venga de ahí... ¡pedrea!... Yo solo...

-¿Qué dice? -preguntó el padre.

-¡Bah! -respondió Moragas-. Por lo visto se han reunido muchos chiquillos para apedrearle... Lo que era de esperar... ¡No se quede usted tan espantado, hombre! -añadió irónicamente, cediendo otra vez a la malevolencia-. ¿Cómo? ¿No encuentra usted muy natural que la humanidad le apedree en la persona de su hijo?...

-¡Es una maldad! -exclamó sordamente Rojo, apoyándose en la pared y escondiendo la faz demudada-. Que me apedreen a mí..., santo y bueno..., es decir..., tampoco...; pero, en fin, de apedrear... Lo que es al chiquillo..., ¡valiente cochinada, señor de Moragas!, y usted me perdonará que me exprese con esta franqueza... ¡valiente indecencia de esos pilletes sucios!

-Bien, hombre... usted creía que no había más que echar hijos al mundo, y que luego, aunque usted... Caramba con el hombre este...

-Pero, señor -intervino con fuego la Marinera-, el inocente ¿por qué ha de pagar? ¡Sólo unos corazones negros hacen eso, señor!

-Ea, déjense de historias -ordenó el médico con hastío-. Denle eso que dice ahí, que rebajará la calentura... Busquen limones o naranjas, y que beba, que beba sin tasa naranjada fresca... Humedecerle con el árnica disuelta los vendajes... Nada de comida... ¿eh?, ni un caldo, ni cosa ninguna... Cuidadito...

Rojo, humilde y cabizbajo, murmuró llegándose al Doctor:

-Señor de Moragas, yo no le puedo pagar... Es decir, que no tengo medios..., porque usted, si a mano viene... no querrá..., vamos..., tomar la pobreza que yo pueda darle... Por el alma de su padre no se enfade... Si yo lo que le pido es que no me deje al rapaz abandonado... Si supiese que mañana había de volver...

Moragas titubeó un instante. Al fin prevaleció el impulso.

-Volveré -contestó con firmeza-. Se lo prometo. Mañana, al anochecer.

Y en el momento de reclinarse en el rincón de su berlinita, antes que el cochero tocase con la fusta a la yegua, Moragas oyó una voz de mujer, que decía fervorosamente, como rezando:

-¡Dios y la Virgen de la Guardia le conserven la niñita! Don Pelayo, hoy gana el cielo. ¡Nuestro Señor lo acompañe, que tampoco nuestro Señor se desdeñaba de persona ninguna de este mundo!

Era la Marinera quien hablaba así... Moragas sacó la cabeza, y para poner coto a las bendiciones de la infeliz, contestó con gracejo y picardía:

-Adiós, cacho de buena moza.


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