La piedra angular: 17

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Capítulo XVII
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La piedra angular Emilia Pardo Bazán


A boca de noche entró Moragas una vez más en casa de Juan Rojo. Ya pisaba sin reparo aquel cuchitril siniestro, que entonces se lo pareció doblemente. El reverbero apenas lucía; las camas estaban por hacer, en desorden, y no se veía a nadie en la estancia, hasta que de un rincón sombrío salió Rojo apresurado, ofreciendo silla, y tartamudeando de contento al ver al Doctor.

-Ya creía que no venía nunca más, don Pelayo.

-No acostumbro faltar a mi palabra -exclamó Moragas sentándose, y señalando con ademán imperioso al padre de Telmo el otro asiento, único que restaba en el camaranchón.

-Sí, señor; ya lo sé demasiado... Pero como no venía... yo... me tomé la libertad... me ha de dispensar... de mandar allá al chiquillo..., pues... Y me trajo por contestación... que usted... que ya dispondría... Bien puede conocer, señor don Pelayo, que la cosa urge. El rapaz está perdiendo los mejores años de su vida, los que podía aprovechar para hacerse hombre. O en escuela, o en taller, o donde usted vea, hay que meterle... El tiempo vuela... yo falto de este mundo cuando menos se piense... y es preciso que él quede ya colocado, para que no se le ocurra...

-Ya sé, ya sé lo que no debe ocurrírsele -advirtió Moragas-. Basta. No necesitamos ni usted ni yo perdernos en más explicaciones. Todo lo tenemos hablado. Le hice a usted una promesa, ¿no la recuerda? Vengo a cumplirla. A costa de mi crédito, de mi posición, de mi dinero, de todo lo que soy y valgo, haré de su hijo de usted un hombre digno, admitido por la sociedad, y a quien nadie tendrá que torcer la cara.

-¿Será así? -interrogó Juan Rojo estremeciéndose al contacto de tanta ventura, como al de una corriente eléctrica.

-Así será.

Rojo hizo ademanes de enajenado, y Moragas, más ceñudo y grave que nunca, añadió:

-Pero no de balde. Ya sabe usted que exijo en cambio...

-¡Todo lo que usted quiera! ¡Todo! -exclamó Juan, alzando los brazos y manoteando como para tomar al cielo por testigo.

-¿Todo? Ahora veremos...

Recogiose Moragas como el luchador que echa atrás los codos para reunir fuerzas; caló los lentes de oro, se sobó las manos una contra otra, y dijo solemnemente, midiendo sus palabras:

-Dentro de doce horas, mañana por la mañana, serán puestos en capilla los reos de la Erbeda. Pasado mañana, a las siete en punto, hay orden de que sean agarrotados. El indulto, que se gestionó, no vendrá. No quiere el Gobierno que la Reina ejerza su prerrogativa. Le falta a usted, pues, día y medio para quitar la vida a dos semejantes. Vida por vida. Exijo la de ellos, en cambio de la que doy, moralmente, a su hijo de usted.

Rojo se quedó inmóvil, con la boca abierta, el semblante medio idiota. Truncadas sílabas brotaron de sus labios.

-Yo... don... si... no sé...

-¡La vida de esos dos reos...! -insistió Moragas.

-Yo..., pero cómo quiere que yo...

-Usted, usted, y sólo usted, puede ya salvársela -prosiguió el filántropo con energía extraordinaria, hipnotizando a Rojo al flecharle el rayo de acero de sus pupilas-. Usted, y sólo usted. Donde han fracasado las Sociedades, las autoridades, el Cardenal arzobispo, los diputados, el Papa, usted va a vencer, y sin necesidad de tomarse más trabajo que el de decir «no». Cuando le llamen a usted para ejercer sus funciones..., usted se niega. Que le exhortan. «No». Que le mandan, que le gritan, que pretenden aturdirle. «No, no». Que le piden a usted explicaciones de su conducta. «No». Que le llevan a usted ante el jefe de policía, que le quieren apretar los dedos pulgares... Sufrir si es preciso, y «no», y más «no», y «requetenó» mil veces. ¡Este caso no llegará; yo estoy a la mira; yo impediré que se le haga a usted el menor daño..., a fe de Moragas! Duerma usted tranquilo y descanse, que no caerá un pelo de su cabeza... Como la negativa de usted ha de ser la misma mañana de la ejecución, tienen que suspenderla por fuerza..., y entonces usted publica en la prensa un comunicado, que yo redactaré, diciendo que no quiso ejercer sus funciones, porque la conciencia le avisó de que no es lícito en caso alguno matar a un semejante. Y de lo demás yo me encargo, y crea usted que ya no morirán en garrote los reos.

Juan Rojo permaneció silencioso, como si acabase de desplomarse el orbe sobre su cabeza. Y orbe era en efecto el que se le desplomaba: el orbe de sus creencias, de sus ideas, de su noción social...

-Pero, señor... -murmuró-. Pero, señor..., yo... Vamos, me ha de permitir que le diga una cosa..., y es que... la justicia..., los criminales.

-¡Calle usted! -respondió con voz de trueno Moragas-. ¿Quién es usted para raciocinar sobre criminales y justicia? ¿Quién? ¡La justicia! Queda ahora mismo en este barrio, tirado sobre un colchón, el cadáver de una criatura asesinada..., la hija de Antiojos el zapatero... ¿no le conoce usted? Su padre la asesinó a fuerza de malos tratos, de barbaridades, de golpes... Ni un día de cárcel le costará al malvado... ¿O cree usted que todos los crímenes vienen a parar en la vuelta que da usted al torniquete? Ahorremos palabras, que no estoy para perder tiempo, ni para entretenerme en discusiones con usted... ¿Le conviene a usted el trato, sí o no? ¡La redención de su hijo por la vida de esos reos!

-No se incomode, por Dios, señor de Moragas... Yo... ¡Yo haré lo que usted mande! Se acabó... No hay más que decir... Y búsqueme trabajo para mí también, porque voy a encontrarme sin pan... Basta, lo dicho dicho... Cueste lo que cueste..., haré lo que usted... ¡Digo que lo haré, don Pelayo!

-Pues corriente -respondió el médico levantándose, como si no quisiera dejar enfriar la resolución de aquel hombre-. Ya está redimido su hijo de usted..., y usted también, por añadidura. Quedará lavada, con esa acción, toda la infamia anterior. Telmo, desde hoy, corre de mi cuenta. Que recoja su ropa... y que se vaya allá cuando guste; hoy se le prepara habitación en mi casa.

Decía esto Moragas andando hacia la puerta, y dando por consiguiente la espalda a Juan Rojo. Al poner la mano en el pestillo y abrir la boca para añadir «Adiós», hízole volverse un sonido ronco, una especie de mugido como el de las olas del mar cuando se engolfan por estrecho canalizo que las comprime y las desmenuza en espumosos jirones. Volteó rápidamente. El padre de Telmo era quien rugía o se quejaba.

-Se... señ... don Pelayo, no... entendámonos... el rapaz. ¿Qué...?

Y adquiriendo de súbito, a impulsos del dolor, habla expedita y aun elocuente, rompió así, colocándoles ante Moragas en actitud resuelta, como de ataque:

-No; lo que es eso sí que no lo verá usted ni ningún nacido: ¡llevarse a mi rapaz, quitármelo a mí, que soy su padre, su padre, su padre! ¡Apartarlo de mi lado como si yo tuviese el cólera o fuese un malhechor! ¡Porque no lo soy, no señor, sino un hombre de bien, que ha respetado siempre cuanto debe respetarse, y puedo andar por allí con la cabeza muy levantada más que muchos que me hacen ascos! ¡Yo no mancho a mi hijo, y yo no quiero apartarme de él, no quiero! ¡Es mi hijo, no tengo otro, ni tengo sino a él en este cochino mundo!

Moragas midió a Rojo de pies a cabeza con una mirada de hielo -de un hielo que quemaba, de un hielo que arrancaba la piel como un latigazo; casi sin transición pasó de este miedo despreciativo a una reacción efusiva y piadosa; y apelando a tutear a Rojo, como hacía siempre que deseaba influir más decisivamente en su espíritu, murmuró:

-¿Pero no ves, infeliz, que la base del bien que me propongo hacer a tu pijo es precisamente renovarle la atmósfera? A tu lado -¿no lo comprendes?- siempre será ¡el hijo del verdugo!; un ser a quien mirarán con asco y con menosprecio los mismos que a fuerza de ruegos le admitan a desempeñar la ocupación más vil y peor retribuida. Tú serás un hombre intachable y la gran persona; ¡pero... mira qué diantre!: ¡a tu hijo, los que limpian las alcantarillas no le quieren por compañero! No tratamos sólo de que Telmo encuentre instrucción y trabajo: es preciso que además encuentre honra, que es de lo que andamos escasitos. ¡Ah! Si no fuese por la honra...

Moragas se interrumpió, buscando un argumento concluyente y sin vuelta de hoja. Juan permanecía inmóvil, sin articular palabra, aunque era más aparente la fatiga de su respiración siempre difícil. De vez en cuando movía la cabeza de izquierda a derecha, como si exclamase: «No, y no». Y el Doctor, práctico en incisiones profundas, le introdujo el bisturí sin miedo, seguro de acertar.

-¡Es preciso -dijo recargando cada palabra- que ahora te desprendas de tu hijo, para que él no tenga que imitar a los veinte años el ejemplo de su madre, y dejarte solo con tu infamia...!

Certero había sido el corte; certero, y penetrante hasta los tuétanos. Rojo tembló, y algo que era embrión de sollozo y lamento de agonía murió en su garganta, a la cual llevó ambas manos, queriendo deshacer el lazo de la corbata, que realmente no le podía oprimir poco ni mucho. Este movimiento instintivo le recordó otro, que el Doctor le prohibía realizar... Pensó en los reos. Si sabían que iban a ser puestos en capilla, ¿percibirían ellos también esta horrible constricción del tragadero, esta sensación de convertirse la saliva en alfileres candentes?

-Tu mujer -continuó Moragas con impasibilidad quirúrgica- se fue porque no podía resistir que la llamasen la esposa del verdugo. Prefirió perderse, y hay quien la alaba el gusto: créeme a mí. El chico, en cuanto crezca y distinga de colores, no se resignará tampoco... a la mala sombra de ser tu hijo. No verá tierra por donde correr para escapársete. ¡Ah! ¿Te creíste que podías tomar por oficio retorcer pescuezos, y que eso era compatible con el amor, el hogar, la familia y los recreos de la paternidad? ¡Valiente bobo! Menos malo es ser hijo de esos reos que te quieren entregar para que les aprietes el gaznate, que tuyo. A los hijos de los reos no les apedrean. Esos no mataron más que a un semejante, y tú matarás a cien, si te lo mandan, por treinta y siete duros cada mes. Suelta a tu hijo si no quieres que él se te huya. ¿A que ya está rabiando por largarse de junto a ti? -añadió el filántropo revolviendo el acero en la herida.

Rojo lanzó un grito de protesta.

-No señor... ¡Eso, me ha de perdonar usted, pero... es lo que se dice, hablar por no callar! Mi rapaz está bien conmigo..., le trato perfectamente..., hasta, en lo que cabe, le mimo... No le he levantado la mano en mi vida... Se cumple un gusto de él primero que uno mío... ¡El muchacho, o es un condenado bribón..., o me tiene que querer!... -Así terminó, gimiendo, el padre.

-¿Sí? -pronunció Moragas con cierta ironía, guiñando los ojos y limpiando los lentes-. Ahora vamos a salir de dudas... Mira, tu chico me parece que entra...

Se oían los pasos de Telmo, y su mano había levantado el pestillo; pero notando que estaba alguien de visita en el camaranchón, el muchacho se había quedado perplejo, sin resolverse a pasar. Moragas le llamó; y Telmo, al conocer al médico, penetró jovial y petulante.

-¡Hola, buena pieza! ¿De dónde vienes tú a estas horas? -preguntó el Doctor para abrir camino.

-De casa de la Marinera -respondió el pilluelo-. Tiene los ojos perdidos; por eso no pudo acercarse aquí hoy. Uno de los chiquillos se queja de la cabeza. Aquello parece un hospital.

-¿Y tú te dedicabas a cuidarles? -insinuó el médico-. Se me figura que eres un corretón, que te pasas la vida fuera de tu casa.

Telmo se encogió de hombros, y el Doctor continuó capciosamente:

-Por lo visto no estás aquí en tu centro. Debías hacer más compañía a papá. Está feo que vagabundees todo el día.

-¡Y... para la falta que hago aquí! -exclamó Telmo-. Los demás niños van al Instituto... A alguna parte se ha de ir...

Diciendo así, el muchacho interrogaba con los ojos al Doctor, como instándole a que recordase el compromiso pendiente.

-Precisamente para que tú... puedas... ir al Instituto, y a todos lados... estuve ahora... conferenciando con tu papá. Él conviene en que yo te proporcione medios de estudiar, y de tener carrera, y de seguir la militar, que tanto te gusta. Sólo teme que tus compañeros vuelvan a jugarte alguna mala pasada, como la del castillo de San Wintila... ¿Crees tú que te la jugarán? Dinos tu parecer...

Telmo miró a su padre y al médico, reflexionó, sintió que el instinto se convertía en luz..., y como quien se resuelve y se echa a nado desde una gran altura, exclamó impetuosamente:

-Estando a la sombra de usted no me la jugarán... Si me la juegan hoy en día... es por lo que es.

-¿Quieres tú arrimarte a mi sombra?

-¡Caramba!

En esta contestación puso el muchacho toda la viveza de su espíritu y toda su alma, infantil aún, pero ya iluminada por la humillación, la adversidad y el martirio perpetuo. Era el anhelo del cautivo que pide que le quiten el cepo y la argolla; era el grito de fiera del egoísmo humano que aspira a la felicidad. Rojo no se movía. Representaba la imagen del estupor, fase culminante de la pena. Pero de improviso, por su fisonomía ruda y sin flexibilidad, desatose la emoción como un torrente. Giraron sus ojos, enseñando lo blanco; apretó los labios; dilató las fosas nasales; y con el ímpetu de ferocidad animal desarrollado en su alma por la profesión, se abalanzó al niño, con las manos abiertas y los dedos contraídos, rígidos, deseosos de apretar un pescuezo... Fue instantáneo, porque sus falanges se aflojaron en seguida, y empujando levemente a Telmo hacia el Doctor, dijo en voz que se oía apenas:

-Lléveselo. Pero ha de ser ahora mismo. ¡Ahora mismo! No pongo más condición. Esta noche... que no duerma aquí. Yo... obedeceré. ¡Lléveselo, por Dios y su Madre, señor de Moragas!

-No; reflexione usted bien, Rojo, antes de decidirse -advirtió Moragas pausadamente-. Tiene usted para pensarlo la noche... el día de mañana... mucho tiempo. Eso sí: desde que usted se resuelva, que sea irrevocable... porque aquí no vale desdecirse, y ahora sí y luego no. Por lo mismo... piénselo, piénselo.

-Pensado está -respondió Rojo con brusca firmeza-. Sólo pido no tener al chiquillo ni un minuto más aquí. ¡Me parece que, a lo menos, ese favor...!

Telmo, comprendiendo a medias, miraba a su padre y al filántropo. Este, compadecido, transigía ya, proponiendo paliativos, queriendo aplacar el dolor de la carne paternal, que palpitaba bajo el filo del acero.

-Verá usted a su hijo siempre que quiera... y pasado algún tiempo, hasta podrán ustedes reunirse... -murmuró al oído de Rojo-. La voluntaria retirada de usted del oficio, el haber salvado dos vidas con sólo decir no, le devolverán el aprecio de las gentes honradas... Si a usted también le redimo, hombre... Hágase usted cargo... ¡Si no se hace cargo inmediatamente -porque es usted tozudo- ya se convencerá usted dentro de pocos días...! Ánimo, que Telmo no se entere... Vale más...

Juan Rojo volvió la cabeza; y acercándose a su hijo, le cogió de la mano e hizo ademán de impulsarle hacia el Doctor. El cual, admitiendo la dádiva, agarró activa y calurosamente la mano del muchacho.

-Mañana irá la ropa -pronunció Rojo en voz mate, apagada, pero resuelta-. Lléveselo, señor de Moragas. Va con gusto mío. ¡Anda; y acuérdate de que ya... no tienes más padre que el señor!

Telmo quiso decir algo; apretósele el corazón, mitad de alegría, mitad de otra cosa..., y sin acción ni resistencia, se dejó conducir por Moragas. Salieron al aire libre: detrás de ellos blanqueaba la tapia del cementerio: delante tenían la extensión del mar; y, a la derecha, la ciudad, alumbrada por mil luces. El filántropo sonreía: orgullo inefable dilataba su corazón; sus pulmones bebían la brisa salitrosa; sus pasos eran elásticos; iguales; no tropezaba en las piedras; creía volar. Más poderoso que el jefe del Estado, acababa de indultar a dos seres humanos y de regenerar a otros dos! Y como Telmo no le siguiese todo lo aprisa posible, y aun volviese de vez en cuando el rostro atrás, mirando hacia la barraca maldita, el Doctor se inclinó, echó un brazo al cuello del muchacho, y murmuró con ternura:

-Anda, hijo mío.


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