La política de Napoleón III
Hubo un tiempo en que la guerra estaba fuera de la esfera de la justicia, en que la ambicion de un déspota la producia, ó el espíritu de rapiña la guiaba ó la mas noble aspiracion de la conquista la regía. Móviles egoistas, impulsos ciegos de destruccion y lucro inspiraban aquellas terribles contiendas en que la sangre humana era el precio del botin: guerras de despojo, de tributo y de conquista, han sido las fases porque ha pasado este medio de relacion y de perfeccionamiento en la humanidad. Sin la conciencia del derecho en los primeros tiempos, hacíase de la guerra un fin, desconociendo que el imperio de la fuerza es injusto y antihumano cuando no se funda en la razon, ignorando que el éxito de una batalla en nada menoscaba ni altera los sagrados é indestructibles principios de la justicia y de la libertad. Y es que, entonces, en el aislamiento y oposicion en que vivian los pueblos, apenas existia otro medio de comunicacion que la guerra: por ella se fundian las razas y las civilizaciones; por ella se iba preparando el reconocimiento de la unidad humana; por ella desaparecian los imperios gastados y corrompidos; por ella, en fin, se realizaba el movimiento regenerador que viene perpetuando las sociedades y elaborando su progreso. Pero faltando leyes é instituciones comunes, ante las cuales pudieran reconocerse igualmente dignos el vencedor y el vencido, la fuerza, bruta sin la razon, aniquilaba á los pueblos y á los individuos, sembrando la desolacion y la muerte al grito horrible de vae victis!!! y conculcando la justicia y destrozando la sagrada personalidad al poner la esclavitud como resultado de la guerra.
Al lado de este cuadro abominable que la falta de un derecho internacional presenta en los antiguos tiempos, ofrece la constitucion interior de los pueblos, análogo espectáculo del imperio de la arbitrariedad y el privilegio; la fuerza mas que la justicia por norma de las relaciones entre los individuos como entre los pueblos. El progreso de los siglos ha ido limitando el poder de aquella y estendiendo la influencia de esta, á medida que el hombre ha ido reconociendo sus derechos y trabajando por consagrarlos en las sociedades. Y un principio de justicia arraigado en la conciencia de la humanidad ha adquirido al punto poder incontrastable, ante el cual ha desaparecido el pasajero dominio de la fuerza.
Ha ido creándose el derecho de gentes al compás de la emancipacion individual, y desde entonces, toda violacion de aquel, todo ataque contra esta ha promovido la guerra, disputándose ya la realizacion de la justicia mas que los intereses egoistas de los hombres ó de las naciones. Cuando la fuerza sostiene y prolonga aquellas violaciones, la guerra se perpetúa; y ora abierta y decisiva, ora latente y parcial amenaza continuamente la destruccion de la injusticia que pretende identificarse con la paz.
Un hombre que, merced á esta lucha de las sociedades modernas, logró, haciéndose representante de la causa popular, erigirse un trono, artificialmente sostenido por las oscilaciones de nuestro tiempo entre el espíritu antiguo que se estingue y el ideal democrático que se levanta; un heredero del nombre y de las glorias de aquel que supo propagar con el génio de la guerra las grandes ideas de la revolucion francesa; un conspirador atrevido y astuto que alimentaba su espíritu en la utopía y aceraba su animo en la adversidad, viene ahora, manejando en parte muy principal los destinos de la Europa y aun del mundo, á turbar aquel gradual progreso que en las relaciones humanas venia cumpliéndose. Ha sacrificado á su interés los altos principios de la justicia y de la libertad á que debió su engrandecimiento; ha seducido á la Francia, mas entusiasta que reflexiva en su amor á la libertad, con la gloria mas aparente que real de unas cuantas empresas militares, levantando en unas, enseñas que en otras, huella y pisotea; halaga al pueblo con las prodigalidades del cesarismo que matan las mas íntimas y espontáneas fuerzas del espíritu, y que, borrando el sentimiento de dignidad é independencia, llevan á la par con la servidumbre política al oprobioso reinado de corruptor sensualismo; aspira á identificar aparentemente los intereses de la Francia con los de la dinastía que sueña en fundar, inclinándose, ora á la reaccion, ora á la revolucion, segun que aquella puede sostenerle ó esta le amenaza. Tímido y receloso por la injusticia y la violencia con que se escuda, parece seguir aquellas máximas del sombrio Luis XI, «el que no sabe finjir no sabe reinar»; alimenta en la soledad de su pensamiento proyectos que se estrellan ante la corriente de los tiempos; mas empírico que teórico afecta un respeto supersticioso á los hechos consumados que, sin embargo, retiene ó impulsa, segun cuadra á sus fines personales; y para no dejar que se eclipse la gloria de su nombre, renueva dias de triunfo que entusiasman á su pueblo y le imponen á la Europa; príncipe, en fin, mas temido que reputado, mas ambicioso que grande, mas habilidoso que emprendedor ha sabido restaurar el antiguo régimen con el barniz de las ideas modernas.
Con esta política, de suyo incierta y tornadiza —análoga al menos en esto al carácter francés— ha invocado el gran principio de las nacionalidades en Crimea y en Italia, mintiendo aquí, sin embargo, sus promesas, por temor al movimiento revolucionario que no tiene genio para dirigir; no se atreve á defenderlo en Polonia, y lo huella y pisotea en Méjico, renovando la antigua y oprobiosa arbitrariedad que anula la independencia y la soberanía de un pueblo libre para hacerse torpe é inesperto instrumento de bastardas pasiones y miserables intrigas. Abusa del derecho del vencedor y para dársela de generoso y propagar las delicias de su gobierno, sueña con crear un imperio en el nuevo mundo para una rama gastada del antiguo. Así conculca el derecho de gentes, persiguiendo una irrealizable utopía. En ella consume las fuerzas de la Francia, combatiendo en América los mismos principios de libertad y de justicia, de que hipócritamente hace alarde en el viejo continente. Pero es de la estrella de este engendro híbrido de la reaccion y de la revolucion, no llevar empresa ninguna á su debido término. Retrocede en Crimea antes de resolver la cuestion de Oriente, que habrá de traer aun dias de conflicto para la Europa; se detiene en Villafranca, dejando á Italia dividida y espuesta á nuevas luchas aun no terminadas, comprometiendo los Estados pontificios, y dejando espiar á Francisco II, sus faltas torpezas y abandonando á Víctor Manuel en la árdua empresa de reconstituir por fragmentos la nacionalidad italiana. El en cambio se llevó la Saboya y Niza, ganando un deudo en el rey del Piamonte, y un amigo en el emperador de Austria. Política artera y misteriosa, que busca, por caminos tortuosos, soluciones medias y preñadas de nuevos peligros á las cuestiones que piden franca actitud en los hombres y decisiones radicales en el hecho.
No se nos oculta que la política es un arte y que requiere por consiguiente esquisito tacto y esmerada habilidad en el manejo de los medios; que debe caminar con la vista fija en el fin y con mirada á la par atenta á los obstáculos que á su realizacion se oponen, buscando mas bien resultado pacífico y seguro, aunque tardío; que violento é inmediato. Pero de aquí á emplear malos medios, desviando sus fines de la justicia y á dejar en pié una causa perenne de guerra para convertirse en elemento forzoso de conservacion, hay un mundo entero de moral y de derecho que la política napoleónica, salva ó desconoce.
Y si convertimos nuestra atencion á la cuestion europea, hoy de mas trascendencia, fácil será observar que Napoleon III se halla indeciso, porque la justicia no le hiere profundamente y el interés que ambiciona, y que indudablemente persigue, no es tan fácil de realizar en las actuales circunstancias del continente, en que las grandes potencias permanecen a la espectativa, presenciando la lucha que se libra en Dinamarca para impedir tan solo que el equilibrio del poder se altere, si la integridad de la monarquía danesa es destruida. Esta integridad constituye uno de los dogmas de la fé politica de Inglaterra: asi lo ha declarado su gobierno a inaugurar la nueva legislatura el dia 4 del corriente. Pero, á estas protestas del gabinete inglés en favor de lo que cree justo y, escusado es decir, que conveniente á sus intereses, nada determinante y decisivo, respecto á la actitud de la Gran Bretaña, sigue. La situacion, por lo mismo que aparece velada con una prudente reserva, es mas grave é imponente. Se desmembrará la Dinamarca, anexionándose á la Alemania dos nuevas provincias? ¿Se unirán los pueblos escandinavos como consecuencia natural y necesaria de tal acontecimiento? ¿Terciarán en la guerra Inglaterra y Francia, coadyuvando á una causa comun ó cruzando sus armas? ¿Surgirá de nuevo, merced á esta conflagracion general, la cuestion italiana, que tan hondamente se arraiga en el movimiento liberal de Europa? Problemas son estos para cuya solucion habrá de declararse impotente la antigua diplomacia, y que prolongarán seguramente el estado de guerra hasta que alcance su triunfo definitivo la justicia.
Pero es que no basta que la justicia y la paz reine entre las naciones, es necesario que imperen en el seno de las sociedades, sin lo cual aquellas solas serian abstractas é insostenibles, porque las relaciones internacionales se determinan segun la constitucion de los pueblos. Y aquí es donde vuelve de nuevo á nuestra consideracion la política del imperio francés. Triste para Napoleon III y lleno de esperanzas para la libertad es la situacion presente de la Francia. El gobierno imperial ha perdido toda su fuerza, y su prestigio en la opinion: el clero es su enemigo y dispone de inmensa influencia porque está hábilmente organizado; el pueblo acaricia con mas fervor cada dia el recuerdo de la república, la sociedad entera se vé combatida por encontradas corrientes, y la corrupcion va gastando sus fuerzas. Quizás, mas que en ningún otro pueblo de Europa, la supersticion y el sensualismo, han llegado á pervertir el corazon y las conciencias y ¡ay de un Estado en que el freno legítimo de la moralidad falta, que está condenado á oprobiosa muerte!
Mas, aparte esta situacion moral, cuya primera causa es el imperio, la situacion política no es menos grave y desesperada; que no en valde aquella influye poderosamente en esta. La enérgica voz de las oposiciones ha puesto de relieve males gravísimos para cuya reparacion es impotente al gobierno. Y aquí, como en toda crisis, dos solos caminos se ofrecen al poder: ó la resistencia, ó las concesiones. La resistencia, esto es, un nuevo golpe de Estado, sobre no acallar la poderosa voz de la justicia y de la libertad, que renacerían con mayores fuerzas, sería una violacion parcial, sino total, de las mismas instituciones creadas por el imperio: la guerra vendria entonces á restablecer las relaciones sociales perturbadas, y acaso no sirviera, como en otro tiempo, á las ambiciones del tirano. Las concesiones son la última obra de los gobiernos, porque el gobierno que cede reconoce su debilidad y muere suicidándose. De uno ú otro modo desaparece y cae el edificio ostentoso, pero frágil de la tiranía.