La posada o España en Madrid: 05

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La posada o España en Madrid Ramón de Mesonero Romanos


Sin embargo, no había calculado con la mayor exactitud, porque adelantándose al interior del círculo el honrado maragato, hecha la señal de la cruz, como aquel antiguo paladín que se disponía a temerosa liza, tosió dos veces, escupió, miró en derredor, y quitándose modestamente el sombrero, prorrumpió en estas razones.

-Con permiso del señor manchego y de toda la concurrencia; yo Alfonso Barrientos, natural y vecino de Murias de Rechivaldo, en el obispado de Astorga, parezco de cuerpo presente y digo: que aunque no vengo tan prevenido para el caso como el señor que acaba de hablar, todavía traigo, sin embargo, otro argumento que no le va en zaga a su saquillo de arpillera; y este argumento, y este tesoro, que no lo cambiaría por toda la tierra llana que se encuentra comprendida entre la mesa de Ocaña y las escabrosidades de Sierra Morena, es mi palabra, nunca desmentida ni desfigurada; es mi crédito, harto conocido entre las gentes que se ocupan en el tráfico interior. Saque el señor herrero un papelillo de los que sirven para envolver su cigarro, y déjeme poner en él tan sólo mi rúbrica, y ella acreditará y hará buena la palabra que Alfonso Barrientos da de entregar mil y doscientos pesos por el traspaso del parador.

-¡Viva el reino de León! ¡viva la honradez de la Montaña! (exclamaron estrepitosamente todos los concurrentes); y al diablo sea dada la arrogancia de la tierra llana.

-Que me place (replicó sonriéndose el manchego) encontrar con un competidor digno por todos títulos de habérselas con Azumbres el cosechero de Yepes: pero como no es justo darse por vencido a la primera vuelta, y como tampoco soy hombre a quien asustan todas las firmas leonesas, aquí traigo prevenidas para el caso nuevas municiones con que hacer la guerra a todos los créditos del mundo, aunque entren en corro los billetes del tesoro y las sisas de la villa de Madrid. Sepan, pues, que en este otro saquillo (y esto dijo sacando a relucir del cinto un nuevo proyectil de mediano volumen) se encierran hasta doscientos doblones más, los mismos que ofrezco al señor Cabezal por su traspaso, y punto concluido, y buena pro le haga al rematante.

-Apunte vuesa merced, señor herrador (dijo con calma el maragato) que Alfonso Barrientos da dos mil pesos fuertes, si no hay quien diga más.

Aquí la algazara y el entusiasmo de los concurrentes llego a su colmo, viendo embestirse con aquel ahínco a los dos poderosos rivales, que mirándose recelosos a par que prevenidos, como que dudaban ellos mismos toda la extensión de sus fuerzas y el punto término a que los llevaría el combate. Pero la mayoría de los pujadores, que conocían, muy a su pesar, que sólo podían servir de testigos en lucha tan formidable, iban descartándose del círculo, y abandonando con sentimiento el palenque. De este número fueron el choricero Farinato, el gallego y el asturiano, los aragoneses y el andaluz, los cuales sin embargo se mantenían a distancia respetuosa, como para mejor observar el efecto de los golpes y los quites respectivos.

Uno solo de los concurrentes no había dicho aún «esta boca es mía», y parecía como extraño a aquel movimiento, sin duda midiendo en su imaginación la pequeñez y mal temple de sus armas para tan lucido y arduo empeño; y este ser infeliz y casi olvidado de los demás, no era otro que nuestro Juan Cochura, el castellano viejo, el cual con aparentes señales de distracción, paseaba sus miradas por las alturas, como quien busca y no encuentra inspiración ni mandato a su albedrío. Pero a decir verdad, si nuestro anteojo escudriñador hubiera podido penetrar en aquel recinto, no hay duda que muy luego hubiera observado que lo que aparecía desdén e indiferencia de parte del Juan, no era sino cálculo refinado, y que sus miradas, al parecer estúpidas e indecisas, no iban dirigidas nada menos que a otro traspaso que le pusiera en posesión omnímoda y absoluta del parador.

Tal vez nuestros lectores habrán olvidado en el curso de esta estéril y cansada relación, que sobre el círculo de los famosos mantenedores del torneo, y asomada en un balconcillo de madera que apenas se distinguía, ofuscada entre el humo que salía de la cocina inmediata, se hallaba presenciando aquella animada escena la robusta Anselma, la hija adoptiva del señor del castillo, la estrella polar de aquellos navegantes, y el puerto y seguro término de sus arriesgadas aventuras. Verdad es (sea dicho de paso) que casi todos ellos navegaban como Ulises, sin saber por dónde, ignorantes del faro que sobre sus cabezas relucía, y a merced de los escollos e incertidumbres de tan dudoso mar; mas por fortuna nuestro Juan Cochura tenía un amigo... ¡y qué amigo!... práctico y conocedor de aquel derrotero, playa saludable en medio de tan intrincado laberinto; el cual amigo no era otro que Faco el herrador, quien por un movimiento indefinible de simpatía hacia nuestro mozo castellano, le había secretamente instruido sobre el rumbo cierto que tomar debía, diciéndole que si lograba interesar el amor de la joven Anselma, él y no otro sería el dueño del parador.

La gramática de Juan, parda como su vestido, no hubo menester más reglas para comprender aquel idioma; y así desde el principio de la refriega dirigió sus baterías al punto más importante y descuidado del combate; hasta que viendo que éste se empeñaba con la artillería gruesa, y escaso él de municiones para sostener con decoro el castellano pendón, apeló a la estratagema de la fuga; pero fuga armónica, cadenciosa y bien entendida, que ni el mismo Bellini hubiera ideado otra mejor.

Echó, pues, sus alforjas al hombro, y confiado en su buena estrella y en sus gracias naturales, de que ya tiene conocimiento el lector, subió poquito a poquito la escalera de la cocina; se llegó al balconcillo; tiró del sayal a la moza, como quien algo tenía que pedirla, y ella le siguió, como quien algo le tenía que dar.

Lo que al amor de la lumbre pasó, los coloquios y razonamientos que mediarían entre ambos en los pocos minutos que inadvertidamente desaparecieron de la vista del concurso, son cosas de que sólo los pucheros que hervían y el gato que dormitaba a la lumbre pudieran darnos razón; y es lástima sin duda que no quieran hacerlo, pues acaso por este medio vendríamos en conocimiento de una de las escenas de más romántico efecto que ningún dramaturgo pudiera inventar.

Ello es lo cierto, que por resultas de este desenlace de bastidores (muy conforme también con la escuela moderna) dio fin el drama, volviendo de allí a poco a salir la dueña y el mancebo al balconcillo, asidos de las manos, y con los ojos brilladores de alegría: y oyéndose prorrumpir a la heroica Anselma en estas palabras:

-«Padrino, padrino, que se suspenda el remate, que ya queda concluido el traspaso; Juan Algarrobo (alias Cochura) natural de Fontiveros, ha de ser mi esposo, que así lo ha querido Dios.»

Alzaron todos la vista con extrañeza al escuchar estas razones, y el anciano Cabezal hizo un ademán violento que parecía como preludio de alguna gran catástrofe. Miró al balconcillo con ojos encendidos, y alzándose de repente, y desembozándose de la manta: -«¡Ah perra!» (exclamó) y ya se disponía a saltar la escalera, cuando el buen Faco el herrador, el alma de sus movimientos, le detuvo fuertemente, trató de desarmar su cólera, y en pocas y bien sentidas razones le hizo ver la alcurnia del mozo, y lo bien que le estaría admitirle por marido de su ahijada.

Todos los concurrentes conocieron entonces que habían sido víctimas de una intriga concertada de antemano, y dieron por de todo punto perdido su viaje, con lo cual fueron desapareciendo uno en pos de otro, después de felicitar al Cabezal por la astucia de los novios.

Éstos, pues, después de solicitar la bendición paternal, quedaron instalados en sus funciones; y nuestro Juan Cochura, a quien en su primer viaje a Madrid vimos burlado, escarnecido y preso por su ignorancia, llegó en el segundo a ser burlador ajeno, y a ponerse al frente de un establecimiento respetable.

La fortuna es loca, y gusta las más veces de favorecer a quien menos acaso es digno de ella... ¿Quién sabe?... Todavía quizás le reserva una contrata de vestuario, o una empresa de víveres; y al que vimos entrar ayer cruzado en un pollino, preguntando los nombres de las calles, tal vez le miraremos mañana pasearlas en dorada carretela, y adornado su pecho con bandas y placas que nos deslumbren y oculten a nuestros ojos la pequeñez del origen de su posesor. Espectáculo frecuente en el veleidoso teatro cortesano, y grato pasatiempo del observador filósofo que contempla con sonrisa tan mágico movimiento.

(Julio de 1839.)