La primer flor del Carmelo (Versión para imprimir)

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Personas
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La primer flor del Carmelo


La primer flor del Carmelo

Pedro Calderón de la Barca

 


ABIGAIL.
DAVID.
LUZBEL.
SIMPLICIO.


SAÚL.
JORÁN.
LASCIVIA.


LIBERALIDAD.
CASTIDAD.
GOLIAT.


NABAL.
MÚSICA.
AVARICIA.


>>>

Auto Sacramental
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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


Salen LUZBEL, trayendo asidas de las manos a la AVARICIA y la LASCIVIA, como por fuerza.
AVARICIA:

¿Dónde me llevas, Luzbel?

LASCIVIA:

¿Dónde, bárbaro, me llevas?

LUZBEL:

Venid conmigo las dos.

LAS DOS:

¿Dónde vamos?

LUZBEL:

A estas selvas.
(Suéltalas.)

AVARICIA:

¿De cuándo acá a la Avaricia
de los poblados alejas
y la sacas a los montes?


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LASCIVIA:

¿De cuándo acá, con la mesma
duda, a la Lascivia tú
de las ciudades ausentas
y a los desiertos la sacas?

AVARICIA:

De mi saña la sedienta
hidropesía ¿no está
mejor en las opulencias
de las cortes y palacios,
donde en humanas grandezas
cebada su ardiente sed,
si no se apaga, se templa?

LASCIVIA:

De mi incentivo la llama
¿no se enciende y se alimenta
mejor entre los comercios
de la gran naturaleza,
de quien familiar veneno
es, pues dentro de sus puertas
nace, vive, arde y consume
siempre viva y nunca muerta?


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AVARICIA:

Pues ¿cómo, siendo el que rige...

LASCIVIA:

¿Cómo, siendo el que gobierna...

AVARICIA:

...de aquel escamado monstruo...

LASCIVIA:

...de quella sañuda bestia...

AVARICIA:

...la cerviz de siete cuellos...

LASCIVIA:

...la hidra de siete cabezas...

AVARICIA:

...hoy a los dos nos divides
de nuestro cuerpo?

LASCIVIA:

...hoy intentas
que por fuerza destroncadas
te sigamos?


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LUZBEL:

Porque es fuerza
que hoy os haya menester
en esta inculta maleza
más que en cortes y ciudades.

LAS DOS:

¿Cómo?

LUZBEL:

De aquesta manera:
¿qué veis por estas campañas?

LAS DOS:

Montes a esta parte y esta,
que elevados hasta el cielo,
son basas que le sustentan.

LUZBEL:

A la falda de esos montes,
¿qué veis luego?


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AVARICIA:

Armadas tiendas
de campo, vaga ciudad
o república, que lleva
donde quiere y como quiere
sus edificios a cuestas.
(Tocan cajas.)

LUZBEL:

En este ejécito armado,
¿qué escucháis?

LASCIVIA:

Voces diversas
de aparatos militares.
(Dentro.)
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!

LUZBEL:

¿Y qué veis?


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AVARICIA:

Que de aquel monte
otro monte se despeña,
de tan disforme estatura,
que ya el ser no es excelencia
el hombre pequeño mundo.

LUZBEL:

Pues escuchad sus blasfemias.


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(Baja GOLIAT, despeñándose de la tienda del sacrificio.)
GOLIAT:

¡Oh pese a los cielos, pese
a las deidades supremas
que adoré, pues contra mí
más se irritan que se alientan!
El filistín, que a su cargo
tuvo la sacra defensa
de Baal y Belial,
contra esa vil, esa hebrea
canalla, que solo un Dios
sigue, adora y reverencia,
infamemente vencido
de un joven pastor, con piedra,
cobarde arma de villano,
bañado en su sangre mesma
yace! Oh si ya que la vierte,
escupírsela pudiera
al cielo, porque manchara
de sol, de luna, de estrellas
la luz y muriendo yo,
el día conmigo muriera,
porque no durara nadie
en quien durara mi afrenta!
¡Caigan sobre mí los montes,
abra sus senos la tierra,
sepúltenme los abismos,
pues tan poco me aprovecha,
con ser de Luzbel el grande
espíritu de soberbia!
(Vase, cayendo y levantando.)


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AVARICIA:

¿A qué propósito quieres
que esto oiga?

LASCIVIA:

¿A qué fin intentas
que esto mire?

LUZBEL:

No aquí para
mi dolor; vuelve a esa tienda
rica los ojos; ¿qué vees?


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(Sale por lo alto SAÚL con una lanza, como furioso.)
LASCIVIA:

¿Qué? Salir furioso della
a Saúl, con el horrible
espíritu que atormenta
sus sentidos.

AVARICIA:

Y blandiendo
una asta su mano diestra,
no sé contra quién la vibra.

LUZBEL:

Eso lo dirá su lengua.

SAÚL:

Aunque venza a Goliat
David, a mí no me venza
la ira que contra él
mi pecho encendido engendra.
¡La gala le dan las hijas
de Sión, cantando en ella
que él venció a diez mil, y yo
a mil! ¡Lo menos se cuenta
para mí de la vitoria!


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SAÚL:

Allí está, a mis manos muera.
(Tocan, mira adentro del carro, y al ir a arrojar la lanza, suena un arpa y queda suspenso.)
Mas, ¡ay de mí!, que esta dulce
música, que a mi oido suena,
de mi cólera y mi ira
los espíritus ahuyenta...
¡Cuánto el templado instrumento
en su mano, en la mía templa
el furor! Pero ¿qué digo?
Si en él la música cesa,
cese la quietud en mí;
y porque a templar no vuelva,
la saña, blandida el asta,
verá en su pecho sangrienta,
(Tira adentro la lanza.)
para que... mas ¡ay de mí!
el golpe erré y su violencia
sólo sirvió de avisarle
que huya de mí. Si no llegan
a su efecto mis rencores,
¿de qué sirve que padezca
este espíritu de ira
que en mí Luzbel aposenta?


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(Vase.)
LASCIVIA:

¿Qué quieres que de esto arguya?

AVARICIA:

¿Qué quieres que de esto infiera?

LUZBEL:

A su tiempo lo diré;
Ahora escuchad lo que resta.
¿Qué veis en esa montaña?
(Dentro.)
¡Al monte!


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OTRO:

¡Al valle!

OTRO:

¡A la selva!

LASCIVIA:

A David, que viene huyendo
de Saúl, con la pequeña
tropa que le sigue.

LUZBEL:

Pues
oye cómo se lamenta.


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(Sale DAVID, como huyendo, y representa asustado.)
DAVID:

Inmenso Dios de Israel,
pues tú quieres que padezca,
desterrado y perseguido,
cansancio, hambre, sed, miseria,
cúmplase tu voluntad;
y para que yo hable en ella,
tú, Señor, mis labios abre
y purifica mi lengua;
ensalzará tu justicia
mi voz, porque sólo atenta
a tu alabanza ha de estar;
y pues quieres que padezca,
fugitivo y desterrado,
mi vida haciendo defensa
su fuga, piadosos montes,
dadme albergue en vuestras quiebras;
brutos, dadme en vuestras grutas
hospedaje, hasta que venza
mi humildad de Saúl la ira,
la del cielo mi paciencia.
(Vase.)


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AVARICIA:

Ya hemos visto de David
también la fuga.

LASCIVIA:

¿Qué piensas
sacar de estas tres visiones?

LUZBEL:

En oyendo la que queda,
¿qué veis en estotra parte?
(Dentro grita de villanos y salen la LIBERALIDAD y la CASTIDAD de villanas, bailando con otros pastores, los músicos y NABAL, vestido de mayoral, y ABIGAIL, de villana.)

AVARICIA:

Voces de música y fiesta.

LASCIVIA:

Nabal es, gran mayoral
del Carmelo, que celebra
con su esposa Abigail,
pura a mi pesar y honesta,
de su ganado el esquilmo.


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AVARICIA:

Y sus pastores celebran
su venida a los rebaños,
diciendo en voces diversas...

MÚSICA:

Nuestro mayoral
y su esposa bella
a ver sus ganados,
¡norabuena vengan!
¡Vengan norabuena!
¡Norabuena vengan!

LUZBEL:

Oye y nota de los dos
las condiciones opuestas.


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NABAL:

Bellísima Abigail,
aunque junto a tu belleza,
lo rústico y mal pulido
de mi persona parezca
lo mismo que junto a aquel
espino la rosa bella,
junto aquel césped el lirio,
a aquel tronco la azucena,
la abundancia de mis bienes
bien puede hacer que merezca
tu beldad: que la fortuna
suple la naturaleza.
Vuelve a ese campo los ojos;
verás montañas y selvas
desvanecerse a la vista,
porque de cabras y ovejas
el número desparece
los collados, de manera
que se duda si sus bultos
son de lana o son de yerba.


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NABAL:

Desde Faran a Maón,
lindes que el Carmelo cercan,
corren con temor las aguas,
cuando descienden a ellas
a consumir sus cristales;
y en el esquilmo a que llegas,
golfos de nieve verás
que las hacen competencia,
pues entre plata que corre
y plata que se está queda,
su misma lana las reses
tal vez se beben sedientas.
Todo es tuyo, porque es mío;
en la abundancia consuela
la desigualdad.


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ABIGAIL:

Yo estoy
de ser tu esposa contenta,
tanto, que sin estas dichas
la de ser tuya tuviera
por la mayor, dando al cielo,
siempre a su piedad atenta,
las gracias de mi fortuna.

NABAL:

No al cielo se lo agradezcas,
sino a mí; yo soy el dueño
de todo, sin que le deba
más que emplear bien sus bienes,
puesto que en mí los emplea,
que le sé mirar por ellos.

ABIGAIL:

No sus piedades ofendas.

NABAL:

No ofendas tú mis venturas.


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CASTIDAD:

¡Qué sequedad!

LIBERALIDAD:

¡Qué belleza!

NABAL:

Hasta llegar a la quinta,
la música y baile vuelva.
(Vanse cantando y bailando.)

MÚSICA:

¡Nuestro mayoral
y su esposa bella
a ver sus ganados,
¡norabuena vengan!
¡Vengan norabuena!
¡Norabuena vengan!

LASCIVIA:

Ya, Luzbel, habemos visto
de Goliat la fiereza.


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AVARICIA:

Ya hemos visto de Saúl
la ira.

LASCIVIA:

La fuga violenta
de David.

AVARICIA:

La rustiquez
de Nabal.

LASCIVIA:

Y la modestia
de Abigail.

LAS DOS:

¿Qué nos quieres
ahora?


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LUZBEL:

Que me estéis atentas:
ya sabéis que de los cielos,
mi hermosa patria primera,
desterrado salí, siendo
aquella arrancada estrella,
aquella luz desasida,
aquel errado cometa,
que las llaves del abismo
tras sí trujo, pues abiertas
sus gargantas desde entonces,
es sobre el haz de la tierra,
cada suspiro un volcán
y cada bostezo un Etna.


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LUZBEL:

Ya sabéis que fue la causa
que, siendo yo como era
noble espíritu, criado
con gracia, hermosura y ciencia,
no quise adorar la vil,
la humana naturaleza
que revelada me fue
allá en la divina idea
de Dios; de cuya ojeriza,
de cuyo rencor la fuerza
aún hoy no borrada dura,
aún hoy viva se conserva;
pues desde este infausto día
de mi lid y mi tragedia
la aborrezco como imagen
de Dios, bien como la fiera
que en los circos acosada,
coléricamente ciega,
no pudiendo en quien la injuria,
en lo que es suyo se venga.


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LUZBEL:

Ya de esta saña testigo
fue la primer patria bella
del hombre, donde, serpiente
enroscada a la corteza
del vedado tronco, hice
que la gracia de Dios pierda;
cuya ofensa fue infinita,
pues siendo contra Dios hecha,
que es infinito, incapaz
quedó de satisfacerla,
porque no pudiendo dar
infinita recompensa
el hombre por sí, dejó
siempre infinita la ofensa.
LLórala, ¡ay de mí!, y movido
Dios de sus lágrimas tiernas,
mérito infinito quiere
que satisfaga la deuda;
a cuyo efecto dispone
que su Hijo a pagar venga
lo infinito a lo infinito
cuando, ¡oh admirable clemencia!,
la divinidad admita
humana naturaleza.


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LUZBEL:

Este prodigio, este asombro,
este pasmo, esta grandeza
de su encarnación en una
Virgen madre tan perfecta
que, toda pura, no haya
ni aun sombra de sombra en ella,
es uno de los misterios
que Dios para sí reserva;
sin que yo, que aunque la gracia
perdí, no perdí la ciencia,
pueda, no sólo alcanzarle,
pero ni rastrearle pueda.


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LUZBEL:

Y así, dado a conjeturas
cuanto negado a evidencias,
ando discurriendo siempre
cómo vendrá, cuando venga,
el prometido Mesías,
que ahora sólo se deja
ver en figuras y sombras,
como son la escala bella
de Jacob, la zarza viva
de Moisés, el haz de leña
de Isaac, el rocío cuajado
de Gedéon y la niebla
de Elías, sin otras muchas,
de quien hablan los profetas,
que en el seno de Abraham
depositados esperan,
en fee de Cristo venturo,
a que abra el cielo sus puertas.


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LUZBEL:

Preguntarásme tú ahora
qué consecuencia tiene esta
duda con mirar postrada
de Goliat la soberbia,
vencida de Saúl la ira,
malograda la belleza
de Abigail, de Nabal
la rusticidad y hacienda
y la fuga de David.
Pues sí tiene consecuencia,
sí tiene; y muchas, o vamos
ajustando congrüencias.
Aquí hay un joven de tanta
virtud, que desde su tierna
edad venció en los leones
todo el resto de las fieras:


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LUZBEL:

su nombre es David, que quiere
decir, en la frase hebrea,
amado, y que él lo es de Dios
sus mismas fatigas muestran,
pues aun sus persecuciones
nacen de sus excelencias.
Del gran tronco de Judá
es rama, y su descendencia,
según la mágica mía
(quiera el sol que esta vez mienta)
previene varones grandes,
y uno que por excelencia
se llamará de David
hijo, ¡al pronunciarlo tiembla
la voz! Señas, al fin, todas
del Mesías que se espera;
que aunque yo sé que no es él,
ni es posible que lo sea
pues de Daniel las semanas
aún no cumplidas se cuentan,
que es su sombra es conjetura
que casi pasa a evidencia;


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LUZBEL:

y más al ver que derriba
espíritus de soberbia
de una honda al estallido,
con sola una de tres piedras;
y más al ver que los de ira
con un instrumento ahuyenta
que consta de tres maderos,
unos clavos y unas cuerdas;
y finalmente, de ver
que, extraño, a ampararse llega
del desierto de Farán,
que es posesión y es herencia
de Nabal; Nabal, que insulso
y ignorante se interpreta,
el cual es de una hermosura,
de virtud y gracia llena
dueño, cuyo nombre ha sido
Abigail, que en sí encierra
sentidos que decir quieren,
en la tradición más cierta,
La madre de la alegría.


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LUZBEL:

Pues si ya sentado queda
que el Mesías que se aguarda
en sombras se manifiesta,
y aquí hay más luces que sombras,
he de ver si lo son éstas;
y pues ya del literal
sentido hasta aquí es la letra,
a lo alegórico vamos.
Hagamos desde aquí cuenta
que Nabal el ignorante,
de bienes lleno y riquezas,
es el mundo; la mujer
que está en él como violenta
hagamos cuenta que es
la del amenaza fiera
de aquella que ha de poner
los pies sobre mi cabeza.


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LUZBEL:

Y pues en la alegoría
David Cristo representa,
veamos qué hospedaje le hacen,
cuando a sus términos llega,
el mundo con su ignorancia,
la mujer con su prudencia;
para que así desde ahora
para entonces me prevenga
de los secretos que guardan
el instrumento y la piedra.
Dividiéndoos a las dos
la costa de la experiencia,
para este efecto he querido
que tú, Avaricia, poseas
de Nabal el pecho, haciendo
que avaro con David sea.
Tú, Lascivia, has de viciar
esa cándida pureza;
veamos, madre de alegría,
si hay mancha que la entristezca.


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LUZBEL:

Yo he de verme con David,
donde en campaña desierta
tengo de lidiar con él,
cuerpo a cuerpo y fuerza a fuerza,
esta representación
ensayo haciendo de aquella
que con sus sombras me asombra,
con sus luces me atormenta,
con sus visos me deslumbra,
con sus reflejos me ciega,
con sus profecías me aflige,
con sus temores me hiela,
con sus verdades me abrasa,
y, finalmente, me deja
a mí tan sin mí, que juzgo,
viendo este misterio a ciegas,
que con gracia y hermosura
debí de perder la ciencia.


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AVARICIA:

Yo te ofrezco de mi parte
hacer que con mi asistencia
este rústico Nabal
el rico avariento sea
de la parábola.

LASCIVIA:

Yo del proverbio a la sentencia
«¿quién hallará mujer fuerte?»
«Nadie», daré por respuesta.

LUZBEL:

No en vano de ti confío
de la ira y la soberbia
vengar el pasado ultraje.

LASCIVIA:

Disfrazada y encubierta
me podré disimular
entre las gentes diversas
de todas las alquerías,
que su venida festejan.


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AVARICIA:

Vamos, y el villano traje
nuestra malicia desmienta.
(Danse las manos los tres.)

LUZBEL:

Nabal, Abigail, David
sientan nuestro furor.

LAS DOS:

¡Sientan!

LUZBEL:

¡Viva la Avaricia!

LAS DOS:

Viva.

LUZBEL:

¡Muera la honestidad!

LAS DOS:

Muera.


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(Vanse y sale SIMPLICIO, de villano.)
SIMPLICIO:

¡Por acá, por acá, Rita, cabrío!
¡Oh mala hacienda, hacienda de jodío!
¡Verá por donde echa!
Por más que se lo digo, no aprovecha,
con la honda ni el cayado;
cabra y mujer, ¡oh fuego en el ganado!
que pese a quien pesare,
siempre ha de echar por do se le antojare.
Mas, ¡que va a dar (no es pulla) aquel silbato
a los soldados hoy, con todo el hato!
que por aquí ligeros
del ejército vienen tornilleros.
¡Por acá, por acá!... Cánsome en vano.
Ésta se lo dirá...


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(Pone una piedra en la honda y salen dos Soldados.)
SOLDADO 1°:

Tente, villano.

SIMPLICIO:

Tenido, detenido y retenido
estó, estaré y he estado.

SOLDADO 2°:

¿Cuyo ha sido
este rebaño?

SIMPLICIO:

Este y aquel y esotro,
y cuantos hay de un lindero a otro,
pastores, perros, chozas, pastos, redes
son, han sido y serán de sus mercedes;
pues todo está, todo ha de estar, y ha estado,
a su servicio, a su gusto y a su mandado.

SOLDADO 1°:

No os aflijáis, que sólo de vos quiero
dos recentales que llevar espero
a nuestro capitán.


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SIMPLICIO:

¿Dos sólamente?
¡Cuatro han de ser, y aun ocho, aun doce, aun veinte,
treinta, cincuenta, ciento, cuatrocientos,
centena de millar, cuento de cuentos!
Y después del ganado,
el zurrón y la honda y el cayado,
gorra, sayo, greguescos y camisa.
(Arrójalo todo y vase desnudando, y queda lo más ridículo que pueda.)

SOLDADO 2°:

Teneos, no os desnudéis con tanta prisa.

SIMPLICIO:

¿Cómo no? Todos estos caballeros
hoy me han de ver, jurado a Dios, en cueros.

SOLDADO 1°:

¡Hay tan necia porfía!

SIMPLICIO:

A quien roba con tanta cortesía
hasta el pellejo a darle estoy dispuesto.


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SOLDADO 2°:

Teneos.

SIMPLICIO:

No hay qué tratar.

SOLDADO 1°:

¡Teneos!
(Salen DAVID y JORÁN.)

DAVID:

¿Qué es esto?

SOLDADO 1°:

El temor de un villano.

SIMPLICIO:

Yo no puedo
tener temor, mentís.

DAVID:

¿Qué tenéis?


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SIMPLICIO:

Miedo.
Piden dos recentales,
mas con palabras tales,
que al ver sus buenos tratos,
no sólo el hato doy, pero los hatos.

DAVID:

¿No he mandado que nadie daño haga?

LOS DOS:

Señor...

DAVID:

¡No vuestra voz me satisfaga!
De aquí os quitad.
(Vanse los dos.)
¿Es vuestro este ganado?

SIMPLICIO:

Si fuera mío, ¿hubiérale yo dado?
Es del amo, por eso tan sin pena
só liberal; como es hacienda ajena...


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DAVID:

¿Quién es el amo?

SIMPLICIO:

Un tonto, un mentecato,
un simpre, un necio, un bruto, un insensato,
que en sus malicias solamente peca.
¿Veme a mí? Pues con él soy un Séneca.
Tan poco sabe, que al saber conviene
ser rico, pues no sabe lo que tiene.

DAVID:

¿Quién es?

SIMPLICIO:

Nabal se llama, del Carmelo
gran mayoral; y aunque es su patrio suelo
Maón, está aquí estos días,
porque a sus alquerías
al esquilmo ha venido.


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DAVID:

Id en paz, y llevad vuestro vestido
y ganado seguro, que ninguno
os hará mal.

SIMPLICIO:

¿Se burla?
(Aprieta a correr y como llamando le dan el vestido y él le va reconociendo.)

JORÁN:

No, importuno,
dudéis que los soldados
de David ni en hacienda ni en ganados
harán daño, porque es contra su fama
al prójimo ofender.

SIMPLICIO:

¿Da... qué se llama?

JORÁN:

David.


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SIMPLICIO:

¿David? Yo salto de contento,
pues quien da vid, da pámpano y sarmiento;
quien da sarmiento y pámpano, da uvas;
quien da uvas, da lagar; quien lagar, cubas;
quien cubas, mosto. ¡Oh nombre peregrino,
pues dado el mosto, quien da vid, da vino!
(Vase.)

DAVID:

Ya ves, Jorán, fiel confidente mío,
que no nos basta ni el valor ni el brío
a oponernos al riesgo, ni a guardarnos
y que en estas montañas sustentarnos
no es posible, pues ellas
las verdes plantas y las fuentes bellas
sólo nos dan, tratándonos sus frutos
no como a racionales, como a brutos.
Algún medio busquemos
con que al desierto el hambre toleremos.


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(Sale LUZBEL, escuchando.)
LUZBEL:

¿Hambre y desierto? Hoy la industria mía
empiece aquí a correr la alegoría.

JORÁN:

No sé qué medio pueda consolarte.

DAVID:

Uno hay solo. A Nabal ve de mi parte...

LUZBEL:

(Atención con mi duda).

DAVID:

...Y con mi paz y gracia le saluda
diciendo que he venido
a sus términos, pobre y afligido,
que de su mano algún socorro espero.

LUZBEL:

Sombras, si este es el sol, ya va el lucero,
con la paz y la gracia prevenida,
a publicar al mundo su venida.


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JORÁN:

Yo iré, Señor, delante.
¡Oh si sóla mi voz fuese bastante
a que te conociese,
y cortés te admitiese,
consolando tus penas y agonías!
(Vase y llega LUZBEL.)

LUZBEL:

¿Lo que puedes tomar, David, envías
a pedir?

DAVID:

Sí, por ver que de amor lleno,
lo dado es propio, lo tomado ajeno;
mas tú, ¿quién eres, que esto has reprobado?

LUZBEL:

Soy de los que te siguen un soldado
que, viéndote rendido
a tanto ayuno, lástima he tenido
de verte así. ¿Posible es que nos vedes
tomar lo necesario? Y cuando puedes
no agradecer a nadie tu sustento,
¿le envías a pedir a un avariento?


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DAVID:

Sí, que es suyo y no es mío,
y yo del Cielo mi favor confío,
no del robo.

LUZBEL:

Bueno es confiar del Cielo;
pero fuera mejor cuando ese celo
tanta virtud te diera,
que en pan aquestas piedras convirtiera.

DAVID:

Cuando el Cielo tal virtud me otorgara,
aun de ella...

LUZBEL:

¿Qué?

DAVID:

No usara.

LUZBEL:

¿Por qué?


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DAVID:

Porque hay un texto en que se escribe
que no de sólo pan el hombre vive,
sino de la palabra
que Él nos dispone y labra.
(Asústase LUZBEL.)

LUZBEL:

Pues si tanto del cielo te confías,
prueba a ver si sus altas jerarquías
agradecidas son: desde esa peña
a ese profundo valle te despeña,
que no dudo que vengan
ángeles que en el aire te detengan.

DAVID:

En Dios ha de esperarse
siempre, mas nunca a Dios ha de tentarse.


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LUZBEL:

¿Qué Dios, cuando afligido
te ves y no te ves favorecido?
Mira desde esa cumbre,
que al sol registra la dorada lumbre,
cuanto descubren varios horizontes,
páramos, nubes, piélagos y montes:
pues todo es tuyo, como sin errores
a mi deidad adores.

DAVID:

Ni más la voz, ni más el labio mueve,
que adoración a Dios sólo se debe;
¡y huye, huye de mí!, porque sospecho
que está Satán hablándome en tu pecho;
o yo huiré por no verte,
ni ver en ti la sombra de mi muerte.
(Vase.)


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LUZBEL:

¡Oh pena! ¡Oh rabia fiera!
Mal la experiencia me salió primera,
pues de mis tres propuestas,
tres peligros venció con tres respuestas.
Pero con nuevo engaño
haré, para su daño,
que la fiereza de Nabal le espante
en ese precursor que va delante,
con disfraz asistiendo mi malicia
a lo que ya le dice la Avaricia.
(Vase y vestida de villana, salen la AVARICIA y NABAL, como hablando en secreto.)

AVARICIA:

Esto te digo, movida
de la grande perdición
de tu hacienda; todos son
contra ti.

NABAL:

¡Bien, por mi vida!
Prosigue.


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AVARICIA:

Yo, agradecida
a haber nacido, señor,
a sombras de tu favor,
en una pobre alquería,
donde está la suerte mía
a merced de mi labor,
esto te prevengo aquí.
Ninguno hay que no pretenda
ser liberal de tu hacienda.

NABAL:

¡Y cómo que es eso así!

AVARICIA:

Todos sirven para sí.

NABAL:

(Bien de ella misma lo infiero).


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AVARICIA:

El mayoral el primero
te roba y con su ejemplar,
no hay pastor que sin robar
te sirva; hasta un vil cabrero,
Simplicio pienso que es
su nombre, a una compañía
de soldados ofrecía
hoy todo el rebaño.

NABAL:

Y, pues,
¿llevóle?

AVARICIA:

No; mas después
dijo de ti mil maldades.

NABAL:

¿Qué dijo?


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AVARICIA:

Si me persuades
a eso, dijo que insensato
eras, necio y mentecato.

NABAL:

Cuantas dices son verdades;
todos mormuran de mí.
Tú, pues obligarme quieres,
venme a decir cuanto vieres.
(Salen ABIGAIL y la LIBERALIDAD trae unos memoriales.)

ABIGAIL:

Liberalidad, aquí
te he menester.

LIBERALIDAD:

Tuya fui.

NABAL:

¡Ah vil canalla traidora!

ABIGAIL:

Nabal, mis pobres ahora
dan memoriales, por ver...


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NABAL:

¿Siempre, Abigail, has de ser
de pobres intercesora?

ABIGAIL:

...Que el bien contigo llegó;
porque habiendo tú llegado
a tu hacienda y tu ganado...

AVARICIA:

Mas es suyo.

NABAL:

Eso creo yo.

ABIGAIL:

...Cualquiera se persuadió
a que su bien ha venido.
Este es de un pobre tullido...

NABAL:

¡Pues que no corra!
(Rómpele.)


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ABIGAIL:

Este es
de una mujer viuda...

NABAL:

¡Pues
consuélela otro marido!
(Rómpele.)

ABIGAIL:

Este es de un viejo...

NABAL:

¡No hubiera
vivido tanto!
(Rómpele.)

LIBERALIDAD:

¡Ay de mí!
¿Quién pudo trocarle así?


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NABAL:

¡Y a todos de esta manera
respondo!
(Quítale los memoriales y rómpelos.)

ABIGAIL:

Ten la acción fiera,
no el cielo, Nabal, se ofenda,
ni con los pobres se entienda
que es cruel tu condición.

NABAL:

Ellos conmigo lo son,
pues que me piden mi hacienda.

ABIGAIL:

El cielo manda querellos.


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NABAL:

Es engaño, pues si fuera
así que el Cielo quisiera
con mi hacienda socorrellos,
no a mí la diera, sino a ellos;
pues a no querer su anhelo,
su fatiga y desconsuelo,
la diera a ellos y a mí no.
¿Es bien que quiera hacer yo
lo que hacer no quiso el cielo?
Él quiere que pobres haya,
luego ofenderále quien,
haciendo a los pobres bien,
contra sus decretos vaya.
Yo no he de tener a raya
su poder; padezca y muera
quien él quiso que lo fuera,
que no es bien que gaste yo
contra él lo que él me dio.


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ABIGAIL:

El Cielo quiso que hubiera
pobres y ricos, midiendo
su justicia, porque cuando
el uno merezca dando,
merezca el otro pidiendo,

NABAL:

Yo presumo que le ofendo.

ABIGAIL:

Yo no, porque considero
que el rico es un tesorero
de Dios y en su nombre da.

NABAL:

Por sí o por no, bien está
en mi bolsa mi dinero.


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ABIGAIL:

Tus pastores y criados
dicen que atento a lo bien
que te sirven, pues se ven
tanto, señor, mejorados,
tus pastos y tus ganados,
mandes que les paguen...

NABAL:

Di.

ABIGAIL:

...Lo que les debes

NABAL:

¿Así?
pues bien puedes respondellos...

ABIGAIL:

¿Qué?


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NABAL:

...Que a mí me paguen ellos
lo que me deben a mí.
Todos son ladrones y es
sin duda que en su ejercicio,
primero que a mi servicio,
acudan a su interés.
¿Quieres saber cuánto es?
Hasta un rústico pastor,
un vil Simplicio...
(Sale SIMPLICIO.)

SIMPLICIO:

Señor,
¿qué me mandas, ya que he sido
a tan buen tiempo venido?

NABAL:

Y muy bueno. Pues ¡traidor!
(Échale la mano.)


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SIMPLICIO:

¡Ay, que me ahoga!

NABAL:

¿¡A quién, di,
con villanas bizarrías
hoy el rebaño ofrecías!?

SIMPLICIO:

¿Yo, señor?

NABAL:

¡Sí, infame, sí!

AVARICIA:

Y es verdad, que yo lo vi.

NABAL:

¡Todo, todo lo he sabido!

SIMPLICIO:

Pues no estés tan ofendido,
sino antes desenojado,
que si daba tu ganado,
también daba mi vestido:
tal miedo era el que tenía.


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NABAL:

¿Y aquello de que insensato
soy y tonto y mentecato?

SIMPLICIO:

¡Mal haya la lengua mía!
Testimonios son: ¿yo había
de decir eso de ti?

AVARICIA:

Sí es verdad, y yo lo oí
y que no son testimonios.

SIMPLICIO:

¡Zagala de los demonios!,
pues ¿qué te va en ello a ti?

AVARICIA:

Sólo decir la verdad.

SIMPLICIO:

¿Qué mujer a ello se inclina?


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NABAL:

¡Hola! Al punto de esa encina
ese villano colgad.

SIMPLICIO:

¡Piedad, señora, piedad!

ABIGAIL:

Duélete de sus gemidos.

NABAL:

¿No basta, pues tus sentidos
en ser madre los empleas,
que de los pobres lo seas,
sino de los afligidos?


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(Sale LUZBEL, de villano, con alguna sangre en el rostro.)
LUZBEL:

A tus pies, señor, herido,
cual ves, sin voz, sin aliento,
de una tropa de soldados
a pedir justicia vengo.
Un extranjero pastor
soy que a merced de tu sueldo
vive deseando agradarte,
porque te tengo por dueño,
en quien para mí está el mundo
cifrado en mis pensamientos.
A mi rebaño llegaron
y porque se le defiendo,
me han tratado como ves,
y es harto no haberme muerto.

NABAL:

¿Lo mismo hiciera Simplicio...?


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SIMPLICIO:

No hiciera tal, porque es cierto
que si yo lo mismo hiciera,
hicieran ellos lo mesmo.

NABAL:

La defensa del ganado,
noble pastor, te agradezco.
¡Hola!, estad en lo que os digo:
desde hoy a todos aquellos
que llegaren desmandados
a todo el distrito nuestro,
muerte los dad.

ABIGAIL:

Señor, mira
que es riguroso precepto.

NABAL:

Y ese piadoso cansancio
a todas horas opuesto.
De alegría dicen que eres
madre, ¡y yo para mí pienso
que eres de tristeza, siempre
llorando duelos ajenos!


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(Yéndose con enfado, sale la LASCIVIA como oyendo lo que canta. Canta.)
LASCIVIA:

Mal empleada hermosura,
pon en otro los deseos,
que no es bien que tus cariños
se agradezcan con desprecios.
(Sale la CASTIDAD.)

CASTIDAD:

A la voz de esta villana,
celosa, a buscarte vengo.

ABIGAIL:

No lo estés, Castidad, pues
solo de tuya me precio.

LASCIVIA:

(Canta.)
Las pastoras que en el valle...


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ABIGAIL:

¡Detén, villana, el acento
no prosigas, no prosigas!

LASCIVIA:

No haré, porque al verte quedo
torpe la voz, mudo el labio
y sin aliento el aliento.

ABIGAIL:

Esos profanos cantares,
ni son, ni han de ser, ni fueron
de la esfera de mi oído;
y agradece que te dejo
con vida, porque mi enojo
no diga tu atrevimiento.

LASCIVIA:

Señora, yo...

ABIGAIL:

Ni aun disculpas
oír de tu boca quiero.
(Tápase los oídos.)


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LASCIVIA:

Ni aun yo podré ni disculpas
darte ya, que al verte tiemblo
tanto, que hacia mí revienta
todo el volcán de mi pecho.

SIMPLICIO:

¿De cuándo acá, dime, en casa
tantas caras nuevas veo?

CASTIDAD:

Es que se ha juntado hoy toda
la vecindad de esos pueblos.

LUZBEL:

¿Cómo va, Avaricia?

AVARICIA:

(Aparte.)
Bien;
de tu parte al mundo tengo.


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LUZBEL:

¿Cómo va, Lascivia?

LASCIVIA:

(Aparte.)
Mal;
una mujer es tu opuesto.

SIMPLICIO:

Agradecido, muesama,
a la vida que la debo,
viéndola triste, quisiera
divertilla con un juego.
¿Queréis jugar todos?

TODOS:

Sí.

SIMPLICIO:

¿No entrará ella en él?

ABIGAIL:

(Aparte.)
No quiero
que estos, que al fin son villanos,
malicien mis sentimientos.
Sí, yo entraré en él con todos.


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LUZBEL:

Con todos entra en el juego,
veamos lo que de él sacamos.

LASCIVIA:

Yo entraré, por si la pierdo
el temor que la he cobrado.
(Siéntanse SIMPLICIO en medio; ABIGAIL, a mano derecha; luego la CASTIDAD, luego la LIBERALIDAD; al otro lado, la AVARICIA, luego la LASCIVIA, luego LUZBEL y los Músicos.)

SIMPLICIO:

¡Ea, en rueda nos sentemos!
El juego es de las colores,
que aunque dicen que es de ingeño,
si yo no le tengo, basta
el pensar yo que lo tengo.
¿Qué color quiere, muesama?

ABIGAIL:

Blanco.


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SIMPLICIO:

Qué inifica quiero
saber.

ABIGAIL:

Castidad, que es
la color de que me precio.

CASTIDAD:

¿Tomaste de mi color
lo puro?

ABIGAIL:

Sí, y aun por eso.

SIMPLICIO:

Pues toma tú otra.

CASTIDAD:

Yo azul.

SIMPLICIO:

Y aquesa ¿qué inifica?

CASTIDAD:

Celos.


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ABIGAIL:

¿Celos tú? ¿De quién los tienes?

CASTIDAD:

No de ti, de alguien los tengo.
(Mirando a la LASCIVIA.)

SIMPLICIO:

Liberalidad, elige.

LIBERALIDAD:

Verde.

SIMPLICIO:

¿Y qué inifica?

LIBERALIDAD:

Necio;
La esperanza de la tierra,
por lo liberal del cielo.

SIMPLICIO:

¿Vos, zagala?

LASCIVIA:

Yo morado.


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SIMPLICIO:

¿Qué inifica?

LASCIVIA:

Amor.

SIMPLICIO:

Sea honesto.
¿Y vos, parlera?

AVARICIA:

Dorado.

SIMPLICIO:

¿Qué inifica?

AVARICIA:

Mis deseos,
que son firmeza en guardar
el oro, que es color de ellos.

SIMPLICIO:

¿Vos, pastor rocín venido?


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LUZBEL:

Siempre mi color es negro.

SIMPLICIO:

¿Y qué inifica?

LUZBEL:

Tristeza,
que es la que yo siempre tengo.

SIMPLICIO:

Los mósicos prevenidos
tengan tonos y instrumentos,
porque han de ir dando la vaya
a los que vayan cayendo,
y ellos dar prenda y cumplir
la penitencia.

TODOS:

¡Sí haremos!


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SIMPLICIO:

Pues yo he de ser un discurso,
y como fuere diciendo
el color, ha de decir
lo que inifica su dueño;
y si yo lo que inifica
dijere, ha de decir presto
el color.

TODOS:

Ya está entendido.

SIMPLICIO:

Pues cantad, mientras yo empiezo.

MÚSICA:

¡Vaya, vaya de juego,
y que pague la pena
quien hace el yerro!


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SIMPLICIO:

Las sagradas profecías
grandes cosas nos dijeron,
por boca de los profetas,
hablándonos Dios en ellos,
acerca de la venida
del Mesías verdadero,
con cuya «esperanza»...

LIBERALIDAD:

¡Verde!

SIMPLICIO:

...Están clamando y diciendo
que abra sus senos la tierra,
y produzga de sus senos
al Salvador, cuyas voces
de esa «azul» esfera...

CASTIDAD:

¡Celos!


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SIMPLICIO:

...Penetraron la mansión,
hasta el sacro solio excelso,
con la «firmeza»...
{{Pt|AVARICIA:|
¡Dorado!v

SIMPLICIO:

...De que ya de su destierro
cesará con su venida
toda la «tristeza»...

LUZBEL:

¡Negro!

SIMPLICIO:

...Esta, pues, sinceridad
de fee pura, puro celo;
esta, pues, «castidad»...

ABIGAIL:

¡Blanco!


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SIMPLICIO:

...De obras y de pensamientos,
dicen que ha de merecer,
allá en un dichoso tiempo,
ver de esta «esperanza»...

LIBERALIDAD:

¡Verde!

SIMPLICIO:

...Logrados los cumplimientos.
La causa, pues, de venir
Dios a la tierra encubierto,
es cierto que es puro «amor»...

LASCIVIA:

¡Morado!

SIMPLICIO:

...Y divinos «celos»...

CASTIDAD:

¡Azul!


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SIMPLICIO:

...Del ángel y el hombre,
a uno amando, a otro venciendo;
porque aquél en el Impíreo,
viéndose hermoso, soberbio,
ciego con obscuras sombras
y ofuscado en «negros» velos,
a Dios se atrevió...

LUZBEL:

¡Es verdad!

SIMPLICIO:

No habías de decir eso,
sino «tristeza», pues yo
«negro» dije. Prenda presto,
pues vos el primero erraste.

LUZBEL:

¡Claro está que erré el primero!


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SIMPLICIO:

¿Qué prenda me dais?

LUZBEL:

Mi mesma
desesperación, supuesto
que habiendo errado, de haber
errado no me arrepiento.

MÚSICA:

¡Vaya, vaya de juego,
y que pague la pena
quien hace el yerro!

LUZBEL:

¡Vaya de juego;
pero yo ya la pago,
pues la padezco!

SIMPLICIO:

Digo, pues, que la caída
de aqueste obstinado y ciego
dragón puso a Dios por «blanco»...


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ABIGAIL:

¡Castidad!

SIMPLICIO:

...Al hombre, haciendo
que, para ocupar su silla,
criado fuese en el ameno
alcázar de un Paraíso,
adonde, ingrato no menos,
viendo aquel «dorado» fruto,
que vedado estaba...

AVARICIA:

¡Es cierto!,
que comió de él porque quiso
ser de dichas avariento.

SIMPLICIO:

Dijérades vos «firmeza»,
quitándoos de todo eso,
y no hubiérades errado.


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AVARICIA:

(Aparte.)
Que erré en el fruto confieso,
pues todo allí fue avaricia.

SIMPLICIO:

¿Qué prenda dais?

AVARICIA:

Mis alientos,
que pretendiendo ser más,
siempre vienen a ser menos.

MÚSICA:

¡Vaya, vaya de juego,
y que pague la pena
quien hace el yerro!

AVARICIA:

¡Vaya de juego,
que no puedo tenerla,
pues ya la tengo!


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SIMPLICIO:

Viéndose Dios ofendido
del hombre, le manda luego
que coma de su sudor,
negándole el alimento
la «verde» madre, que toda
se le rebeló... ¿Qué es eso?
Liberalidad, ¿qué haces?
¿Estás dormida?

LIBERALIDAD:

No duermo:
pero si Dios retirado
mi favor tiene a ese tiempo,
y sus liberalidades
limita, no es mucho, necio,
que en él estén mis discursos,
si no dormidos, suspensos.


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SIMPLICIO:

¿Qué es lo que me das por prenda?

LIBERALIDAD:

Doy mi mismo sentimiento.

MÚSICA:

¡Vaya, vaya de juego,
y que pague la pena
quien hace el yerro!

LIBERALIDAD:

¡Vaya de juego,
que aunque yo no le hice,
también le siento!


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SIMPLICIO:

Viéndose Dios ofendido
de ángel y hombre, y que opuestos,
uno llora, otro no llora,
del uno acude al remedio,
si bien, por los grandes vicios
de sus sucesores, vemos
que se le dilata y hace
grandes castigos en ellos.
Dígalo el diluvio, cuando,
por el torpe, el deshonesto
«amor» del siglo, inundó
de «azul» mar el Universo...
Dad vos prenda, y vos, y todo,
pues ni «morado» ni «celos»
dijisteis, y habéis caído
ambas a dos en un tiempo.


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CASTIDAD:

Yo caí, mas fue en la falta
que de mí tuvieron ellos.

LASCIVIA:

Yo caí, mas fue en la sombra
de apetitos y deseos.

SIMPLICIO:

¿Qué prenda dais?

CASTIDAD:

Yo, mi llanto,
con harto arrepentimiento.

SIMPLICIO:

Vos, ¿qué prenda dais?

LASCIVIA:

¿Qué prenda
te he de dar, sino mi fuego?

MÚSICA:

¡Vaya, vaya de juego,
y que pague la pena
quien hace el yerro!


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LAS DOS:

¡Vaya de juego!...

CASTIDAD:

Mas mi yerro no es mío
porque es ajeno.

LASCIVIA:

¡Vaya de juego!
Mas mi yerro sea mío,
pues dél me precio.

SIMPLICIO:

La ama sola no ha caído.

LUZBEL:

(Ella cairá, si yo puedo).

SIMPLICIO:

En fin del castigo Dios
por entonces satisfecho,
de nuevo volvió a poblar
el mundo, y darle de nuevo
esperanza...


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LIBERALIDAD:

¡Verde!

SIMPLICIO:

...Al ver
que ya el gran manto azul...

CASTIDAD:

¡Celos!

SIMPLICIO:

Bien enmendadas estáis;
a fee que va bueno el juego.

CASTIDAD:

Yo no he de caer dos veces.

AVARICIA:

Una vez todos caemos.

SIMPLICIO:

De paz la bandera blanca...


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ABIGAIL:

¡Castidad!

SIMPLICIO:

...Tremola al viento,
desechando la tristeza
entre los tapidos velos.
Vos sí que otra vez erraste.

LUZBEL:

Yo erraré otra y otras ciento,
y siempre errando estaré.

SIMPLICIO:

¿Qué es la pena?

LUZBEL:

Mi tormento.


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SIMPLICIO:

Digo, pues, que serenada
la luz y Dios satisfecho,
para haber de venir, va
desde el Arca previniendo
una hermosa Virgen Madre,
que ha de ser su claustro y centro,
tal que nunca ha de caer
ni aun en el menor defecto;
pues su limpieza y pureza
en su feliz nacimiento,
como en su virginidad...

ABIGAIL:

¡Blanco!

SIMPLICIO:

...Ha de ser el objeto
principal de Dios...


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LUZBEL:

Aguarda,
que no has reparado en ello
ya Abigail ha caído.

ABIGAIL:

No he caído.

LUZBEL:

¿No? ¿Si vemos
que, sin decir «castidad»,
«blanco» has dicho?

ABIGAIL:

¿Qué importa eso
si dijo «virginidad»,
que es lo mesmo?

LUZBEL:

¡No es lo mesmo
cuanto al rigor de la voz!
(Levántase.)


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LOS OTROS:

¡Eslo cuanto al del concepto!

SIMPLICIO:

Para atajar la porfía,
metan paz los instrumentos.
(Cantan y representan juntamente y sale NABAL.)

MÚSICA:

¡Vaya, vaya de juego,
y que pague la pena
quien hace el yerro!

LOS UNOS:

¡Siempre quien dice lo más
es visto decir lo menos!

LOS OTROS:

¡Ella cayó como todos,
pues se anticipó sin tiempo!

LOS UNOS:

¡Fue preservar la caída!


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LOS OTROS:

¡No hizo!
(Sale ahora NABAL.)

NABAL:

¿Qué es esto? ¿Qué es esto?
¿Es Babilonia mi casa,
que todos hablan a un tiempo
varias lenguas?

ABIGAIL:

Es, señor,
porfía que trujo un juego.

LUZBEL:

Y juego de tantas veras,
que ciega mi entendimiento,
pues se reduce a una dicha,
y no sé de ella lo cierto.


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NABAL:

¡Eso sí, jugar y holgarse,
y el ganado por los cerros!
Ya no soy recién venido,
ya no quiero más festejos;
cada uno a su labor,
¡es villanos!, id presto;
ninguno me quede en casa.
 (Da tras ellos con el báculo.)

ABIGAIL:

No los trates con desprecio.

NABAL:

Si es ya hora de comer,
¿aquí para qué los quiero?
¡Sacadme la mesa aquí!

SIMPLICIO:

Yo iré por ella corriendo.
(Vase.)


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ABIGAIL:

¿Han de comer tu comida?

NABAL:

No, mas los que ven hambrientos
y, contando los bocados,
están al manjar atentos,
ya que no comen, afligen.
(Sacan la mesa bien adornada, y la AVARICIA y la LASCIVIA sirven a ella.)
(A la AVARICIA.)
Tú no te vayas, que quiero
que tú te quedes en casa.
Entrégale tú al momento,
Liberalidad, las llaves,
y vete tú.

LIBERALIDAD:

¿En qué te ofendo?

NABAL:

En que no te he menester.


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ABIGAIL:

Señor...

NABAL:

¡No me canses!, esto
ha de ser; déjame ya
de atormentar con tus ruegos.

ABIGAIL:

Sí haré y, pues yo también canso,
también me iré yo.
(Vanse ABIGAIL, la LIBERALIDAD y la CASTIDAD.)

NABAL:

Con eso
saldremos a más yo y mi hambre.
Vos, pastor, no os vais, que, atento
a la fineza de hoy,
daros este plato quiero.
(Dásele.)
Pero mirad que mañana,
aunque os maten, ni por pienso,
hasta después de comer,
no habéis de venir con cuentos.
Tomad.


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LUZBEL:

Aun aquesto más
tiene de rico avariento,
que, ya que da algo, lo da
a quien lo ha menester menos.

LASCIVIA:

Yo, en fin, la más desairada
de los tres estoy.
(Llaman y llega a la puerta SIMPLICIO.)

NABAL:

¿Qué es esto?

SIMPLICIO:

Un soldado quiere hablarte.

NABAL:

Porque vea el opulento
plato de mi mesa, dile
que entre.


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SIMPLICIO:

¿Hele de dar asiento?

NABAL:

Pensará que le convido.
Si está en pie, se irá más presto.
(Sale JORÁN, y él no deja de comer.)

JORÁN:

¡Gloria a Dios enlas alturas
y paz al hombre en el suelo!
Paz a ti, Nabal ilustre,
gran mayoral del Carmelo;
paz a toda tu familia.

SIMPLICIO:

¡Pacífico caballero!

JORÁN:

David, hijo de Isaí,
capitán del pueblo hebreo,
en su gracia te saluda
por mí, que en su nombre vengo.


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NABAL:

Ni le conozco, ni sé
quién es David ni a qué efecto
a mis términos te envía.

LUZBEL:

Bien va hasta aquí sucediendo
que el mundo no le conoce...

LASCIVIA:

Dirálo así el Evangelio.

NABAL:

¿Quién es aquese David?

JORÁN:

Heroico caudillo nuestro,
y quien venció a Goliat.

NABAL:

¿Al gigante filisteo?

JORÁN:

Sí, señor.


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NABAL:

¡Fue grande hazaña!
Mas ¿qué tenemos con eso?
¡De beber!
(Traele la copa la AVARICIA.)

JORÁN:

Mal informado,
Saúl le persigue; él, huyendo
de su cólera, ha venido
a vivir a este desierto.

NABAL:

A costa de mis ganados,
ya lo sé...

JORÁN:

Mira cuán lejos
está de dañarlos, que antes
te envía a pedir, pudiendo
tomarlo, que le socorras
y le des algún sustento,
porque a la hambre están rendidos
él y sus soldados.


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NABAL:

¡Bueno!
¡Bueno a fee! ¿Que le socorra
yo? Pues ¿yo qué culpa tengo
de que él derribe gigantes,
ni de que se venga huyendo
de su rey, a quien le fuera
mejor estarle sirviendo?
¿Veis todos estos pastores?
¡A mí me sirven, y aún siento
que me pidan! mirad vos
si lo que no doy a ellos
lo daré a quien no conozco.
Ni aun este pan, que a esos perros
arrojo, daré a David;
que al fin me defienden ellos
los ganados que él me roba;
y vos volved, volved presto
con mi respuesta y decidle
que mis lindes al momento
me desocupe; porque
me arrebato, me enfurezco
(Levántase furioso.)
tanto de oír su demanda,
que por la respuesta os dejo
ir con vida, cuando estoy
no sé qué en mi mente viendo
de otra mesa como ésta...
(Arroja la mesa.)
...y de otro mensajero,
¡que es harto que esté segura
la cabeza en vuestro cuello!
(Vase.)


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JORÁN:

¡Ah David! ¡Ah dueño mío!
¡Cuánto siento, cuánto siento
volver a ti con tan mala
respuesta!
(Recogen la mesa.)


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SIMPLICIO:

Dueña parezco,
que anda cogiendo mendrugos
de mondaduras y huesos;
diréselo a Abigail
para que ponga remedio.
¿Pan de perro no le dan?
¡Él nos dará pan de perro!
(Vase y los demás llevan la mesa y quedan los tres.)

LUZBEL:

Tuyo, Avaricia, es el día;
ya hemos visto, por lo menos,
cómo el mundo le recibe.

AVARICIA:

Entonces será lo mesmo.

LUZBEL:

En fin: ¿te das por vencida?

LASCIVIA:

Con vergüenza lo confieso.


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LUZBEL:

¿Quién será la que a la misma
Lascivia vergüenza ha puesto?
Pues yo no, yo no he de darme
por vencido, cuando advierto
cuánto David, ofendido,
en arma su gente ha puesto.
(Tocan la caja.)

AVARICIA:

A todos manda que ciñan
la espada, y él el primero
la empuña en su diestra mano
contra Nabal.

LUZBEL:

Pues aquesto
es decir que, airado Dios
de sus malos tratamientos,
ha de abreviar con los días
de el mundo.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


LASCIVIA:

Mucho lo temo,
pues cuando David airado
contra Nabal marcha, veo
que allí Abigail, desnuda
de los villanos arreos
y vestidas nuevas galas,
con músicas y instrumentos
le sale al paso.
(Tocan guitarras y dan grita.)

LUZBEL:

Avaricia
ve con ella; yo me quedo
con David, para que así
en ambos bandos estemos,
a la mira de lo que
nos quiere decir el cielo,
cuando esté, entre él y el mundo,
puesta una mujer en medio.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


(La Música en un lado y las cajas en otro, suenan a un mismo tiempo, y salen ABIGAIL, ricamente vestida; la CASTIDAD, con un canastillo y en él unos panes; la LIBERALIDAD, con una salva y en ella una redoma de vino y la LASCIVIA y la AVARICIA toman a la puerta unas fuentes de fruta y flores y se introducen en su acompañamiento; SIMPLICIO trae un cordero, y todos con toallas en los hombros, y los músicos cantando. Salen de otro lado los que pudieren con DAVID y JORÁN; LUZBEL se introduce con ellos y los unos y los otros dan vuelta al tablado, sin mezclarse con los otros, y representan, como no viéndose, cada uno aparte con su bando.)
MÚSICA:

¡Venid, venid sin recelo,
pues es nuestro norte y guía
la madre de la alegría,
la primer flor del Carmelo!

DAVID:

¡Ea, soldados míos,
ya de mi indignación se llegó el día!
¡Mostrad, mostrad los bríos
contra esa ciega, ingrata villanía
que de mi gracia y paz se desespera,
diciendo: Nabal muera!
(Tocan la caja.)


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TODOS:

¡Nabal muera!

ABIGAIL:

¡Ea, venid conmigo,
amigos! que aunque venga tan airado
hoy David, su castigo
podrá ser que remita, perdonado
el yerro de Nabal. Con voz altiva
repetid: ¡David viva!

MÚSICA:

¡David viva!

DAVID:

¡No nos quede hombre humano
de esa familia! Con asombro ciego,
parezca que mi mano
viene a juzgar el siglo a sangre y fuego.
¡Rayo soy de la esfera
superior! ¡Nabal muera!
(La caja.)


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TODOS:

¡Nabal muera!

ABIGAIL:

¡No desconfíe ninguno!
Con esperanza y fee salir espero
de este trance importuno;
y pues el hado vence más severo
quien la cerviz derriba,
aclamad: ¡David viva!

MÚSICA:

¡David viva!

DAVID:

Aunque música oímos,
no es de sirenas, no nos suspendamos.

ABIGAIL:

Aunque ejército vimos,
no es de fieras, no el ánimo perdamos.


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DAVID:

¡Muera Nabal!, el viento
repita.

TODOS:

¡Nabal muera!

ABIGAIL:

¡David viva! Vuestro acento
repita ¡David viva!

MÚSICA:

¡David viva!

DAVID:

Para que así su vida...

ABIGAIL:

Para que así su agrado...

DAVID:

...Sepa que llego airado...

ABIGAIL:

...Que llego vea rendida...


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DAVID:

...Cuando con voz al viento fugitiva,
escuche

TODOS:

¡Nabal muera!
ABIGAILYMÚSICA :
¡David viva!
(Acercándose con estos versos, representando cada uno los suyos, se miden de manera que vuelve DAVID y halla a ABIGAIL de rodillas, y el soneto le dice, suspenso.)

DAVID:

¿Quién eres, ¡oh mujer!, que aunque rendida
al parecer, al parecer postrada,
no estás sino en los cielos ensalzada,
no estás sino en la tierra preferida?
Pero ¿qué mucho, si del sol vestida,
qué mucho, si de estrellas coronada,
vienes de tantas luces ilustrada,
vienes de tantos rayos guarnecida?
Cielo y tierra parece que a primores
se compitieron con igual desvelo,
mezcladas sus estrellas y sus flores,
para que en ti tuviesen tierra y cielo,
con no sé qué lejanos resplandores,
la flor de el sol plantada en el Carmelo!


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


(Levántala con el último verso, porque, hasta allí, ha estado de rodillas.)
ABIGAIL:

Ilustre joven a quien,
contra el enojo y la ira
de Saúl, todo Israel
la sacra corona ciña:
Abigail soy, esposa
de Nabal, que enternecida
de saber que en el desierto
padeces tantas fatigas
por una parte, y por otra
quejosa que él no te sirva
cuando tú, necesitado,
a valerte de él envías,
cumpliendo con dos afectos,
de esposa y de compasiva,
tu necesidad reparo
y su condición esquiva
disculpo, para que así,
tú de mí el favor recibas,
y él de ti el furor aplaque
con que vengar solicitas
su respuesta; y pues son dos
las causas que a esto me obligan,
consiga sus dos efectos,
para que a un tiempo consiga
ver que tú te desenojas
cuando tus penas alivias.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


ABIGAIL:

Si él te ofende, yo te obligo,
no se diga, no se diga,
que contigo los agravios
pueden más que las caricias.
Es ignorante, señor:
su mismo nombre lo explica.
¡Perdónale!, que no sabe
lo que hace cuando irrita
a tu cólera; disculpa
que podrá ser que algún día
la oigan el cielo y la tierra
en otra boca más digna.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


ABIGAIL:

El socorro que te traigo,
por ser quien eres, admita
tu piedad; que un pecho noble
más del afecto se obliga
que del don, por quedar siempre
liberal, aunque reciba;
al sacrificio, la fee,
no el precio, le da la estima;
pues más merece el incienso
que ahúma, que el oro que brilla.
Pan y vino, carne y fruta
te traigo; no sé si diga
(Todos de rodillas.)
que en pan, carne, fruta y vino
viene oculto algún enigma;
porque con tal confianza
mi fee te lo sacrifica,
que pienso que en ello ofrezco
cuanto el cielo y tierra cifran.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


ABIGAIL:

Repártelo a los soldados
que fueren de tu milicia,
que para ellos sólo es,
porque hoy aliviados vivan
del ayuno que padecen;
que a mí, esclava tuya indigna,
sólo ofrecerlo me toca,
pidiendo, a tus pies rendida
segunda vez, que si acaso,
por causas que allá militan
en tu mente, tus enojos
aún no han llegado a su línea,
sea la primera yo
que con su púrpura tiña
la verde esmeralda al prado.
Quizá, quebradas, tus iras
no pasarán adelante:
sálvese en mí mi familia.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


ABIGAIL:

Pero si tu ilustre pecho,
pero si tu fama invicta
de rendimientos se paga,
merezca la que se humilla,
la que ruega, la que llora,
la que intercede y suspira,
que Nabal y sus criados
vivan por esta vez.

DAVID:

Vivan.
Y no solo ellos, pero
todos cuantos de ti fían,
¡oh prodigiosa mujer!,
mi desenojo y su vida.
Si fuera Nabal el mundo,
puesta tú entre él y mis iras,
el mundo, Abigail, viviera
seguro de mi justicia;
porque tú bastaras sola
a librarle; que bendita
eres entre las mujeres,
toda hermosa y toda rica
de espirituales dones.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


ABIGAIL:

Y porque veas si estima
los que le ofreces mi amor,
es justo que los admita.
¡Tomad, tomad las viandas
que nos ofrece benigna
la piedad de una mujer!,
para que mejor se diga
que es de Abigail el nombre,
cuando para unos pida,
y a otros dé, ser para todos
la madre de la alegría.
Toma tú este pan.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


(Va tomando los platos y dándoselos a los soldados; el postrero es el pan, y vásele a dar a LUZBEL, y él se retira.)
LUZBEL:

¿Yo el pan?

DAVID:

¿Qué tiemblas? ¿Qué te retiras?

LUZBEL:

Retírome por no verte,
y por verle tiemblo. ¡Oh pía
vianda a todos, a mí fiera!
¿Qué rayos son los que tiras,
que a su vista deslumbrado,
se me han perdido de vista?


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


DAVID:

Ya de esa intención y aquélla
que en el desierto tenías,
ha descubierto quién eres
la luz de mis profecías;
y para que veas con cuánta
razón este pan te admira,
que la fee de Abigail
desde ahora sacrifica,
he de pedir a los cielos
que a esta sombra la cortina
corra, porque veas la luz
que en sí incluye, guarda y cifra.
¡Volved a marchar, soldados!
Tú, hermosa mujer divina,
vete en paz, y di a tu esposo
y gentes, que por ti viven.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


ABIGAIL:

Otra y mil veces, David,
deja que a tus pies rendida,
tu mano bese.
(Vase a hincar de rodillas y él la detiene.)

DAVID:

Eso no;
que viendo cuánto te humillas,
antes que a la tierra llegues
te tendrá la mano mía
preservada, para que
a nadie tu beldad rindas.

AVARICIA:

¡Otro rasgo!

LASCIVIA:

¡Otro bosquejo!

LUZBEL:

¡Otra sombra de divina!


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


ABIGAIL:

¡Qué majestad!

DAVID:

¡Qué belleza!

ABIGAIL:

¡Qué valor!

DAVID:

¡Qué maravilla!

ABIGAIL:

¡Viva David!, cantad todos.

DAVID:

Eso no; en voces festivas
decid: ¡Viva Abigail!

SIMPLICIO:

Yo compondré la porfía,
con que digan unos y otros...


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


(Cantan y representan todos y quedan los tres.)
TODOS:

¡Abigail y David vivan!

LUZBEL:

Cielos, ¿qué misterio es este,
que tanto me atemoriza?
¿Una mujer a salvar
basta a cuantos de ella fían
su tribulación? ¿Qué pan,
qué carne, qué vino libran
del enojo de David
a Nabal y a su familia?
Avaricia.

AVARICIA:

No me nombres;
que ya no soy Avaricia,
mirando cuán liberal
Abigail desperdicia
los tesoros de Nabal.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


LUZBEL:

¿Qué hará él cuando se lo digan?

LASCIVIA:

Yo te lo diré, que ya
desde aquí alcanza mi vista
llegar Abigail a él,
repetirle su venida,
y él como una piedra helado
quedar, de verla y oírla.

LUZBEL:

¡Ahora, ahora, oh impuros
espíritus de mi envidia,
todos pues, todos en él
contra ella se revistan!

LASCIVIA:

Ya lo están en él, mas no
contra ella; que su impía
cólera contra sí vuelve,
mostrando que desestima
los auxilios que le ha dado;
con que nuestra alegoría
vuelve a cobrarse, pues vemos
que no remedió su vida,
pues sujeta al daño queda.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


LUZBEL:

¡Qué poco aqueso me alivia!
La redempción ya se hizo;
si él ahora la desperdicia,
ya no significa al mundo,
sino a Nabal; con que explica
que al que se desaprovecha,
no importa que le rediman.
Furioso a nosotros viene.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


(Sale NABAL.)
NABAL:

¿Qué es esto? ¡Ay de mí! ¿Qué lidia
en mi pecho? ¿Qué mortal
huésped dentro dél habita,
que me despedaza todo
el corazón, cuya altiva
llama, quedándose llama,
nada resuelve en cenizas?
Por dármela Abigail,
he aborrecido la vida.
¡No la quiero!, ¡no la quiero!,
¡precito estoy! mi voz diga,
si soy el mundo, que el mundo
verá en su postrero día
consumirse en fuego todo,
sin que la mujer más pía
le libre. ¿Quién va? ¿Quién eres?


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


AVARICIA:

¿No conoces tu avaricia?

NABAL:

¡Y cómo que la conozco,
pues ella el vivir me quita!
¿Quién está contigo?

LUZBEL:

Yo.

NABAL:

¿Y contigo?

LASCIVIA:

La Lascivia.

NABAL:

¿No sois enemigos todos
de aquella que desperdicia
mis humanos bienes?

LOS TRES:

Sí.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


NABAL:

Pues contra ella mis esquivas
ansias ayudad. Subid
al Carmelo, donde habita,
y dadla muerte, porque
los siglos de mí no digan
que a mí la vida me dio
esa fiera, esa enemiga,
piadosa madre de todos,
de mí solo madre impía,
por querer yo que lo sea.
¡Rabiando estoy! Su benigna
piedad no quiero, no quiero
que me aproveche ni sirva.
Fuego mis ojos arrojan,
llamas mis voces respiran,
y pues mi error me despeña,
mi angustia me precipita
contra esa flor del Carmelo,
que es flor de la maravilla,
nuestros cuatro alientos sean
cierzos que bramen y giman.
¡Venid, venid, injuriadla!
¡Subid, subid, destruidla!
¡Muera, pues muero!


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


(Abrese la peña, vese la fuente y ABIGAIL, con corona y cetro, en medio de la LIBERALIDAD y la CASTIDAD.)
ABIGAIL:

Tened
el paso, que planta indigna
no ya este sagrado monte
sacrílegamente pisa.

NABAL:

¡El monte se despedaza!

LUZBEL:

Y en él Abigail se mira
coronada.

LOS TRES:

¿Qué es aquesto?


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


ABIGAIL:

Llegar las piedades mías,
perenes, corriendo siempre,
a ser fuentes de aguas vivas,
pues mi Liberalidad
en ellas se significa,
y mi Castidad no menos,
en lo clara, pura, y limpia.
(Ábrese la tienda, vese SAÚL y un sacrificio de leña, da la vuelta y sale una cruz y en el brazo de ella una arpa; a la otra parte, GOLIAT, y una mesa con una tramoya en que parezca el Sacramento; al otro lado, DAVID, echado al pie del árbol.)

LASCIVIA:

David en su monte acabe
con todas nuestras desdichas.


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


DAVID:

Sí hará, pues a un tiempo es
árbol de muerte y de vida
este árbol, cuyas ramas
constan de reales familias.
Esta es la gran descendencia
de David, de cuya línea
aquella flor del Carmelo,
segunda Abigail divina,
vendrá, que arco de la paz
corone su verde cima.

NABAL:

¡Qué pasmo!

LASCIVIA:

¡Qué confusión!

LUZBEL:

¡Qué asombro!

AVARICIA:

¡Qué maravilla!


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La primer flor del Carmelo Pedro Calderón de la Barca


ABIGAIL:

Esta fuente...

SAÚL:

Este instrumento...

GOLIAT:

Este pan...

DAVID:

Esta real línea...

LOS DOS:

Celebren cielos y tierra.

TODOS:

Diciendo a sus jerarquías:
¡La segunda Abigail
y el segundo David vivan!

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