La prudencia en la mujer (Versión para imprimir)

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Personas
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La prudencia en la mujer


La prudencia en la mujer

Tirso de Molina


EL INFANTE DON ENRIQUE.
EL INFANTE DON JUAN.
DON DIEGO LÓPEZ DE HARO.
LA REINA DOÑA MARÍA.
EL REY DON FERNANDO IV, niño.
DON MELENDO.


DON JUAN ALONSO DE CARVAJAL.
CARRILLO.
DON JUAN BENAVIDES.
CHACÓN.
DON NUÑO.
DON LUIS.


ISMAEL, médico judío.
EL MAYORDOMO.
UN MERCADER.
DON ÁLVARO.
EL REY DON FERNANDO IV, mozo.


TORBISCO.
BERROCAL.
GARROTE.
CRISTINA.
NISIRO.


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Escena I
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


Sala en el Alcázar de Toledo.
  
El infante DON ENRIQUE, el infante DON JUAN, DON DIEGO DE HARO.
  
DON ENRIQUE:

Será la viuda Reina esposa mía,
y dárame Castilla su corona
o España volverá a llorar el día
que al conde Don Julián traidor pregona.
¿Con quién puede casar Doña María,
si de valor y hazañas se aficiona,
como conmigo, sin hacerme agravio?
Enrique soy, mi hermano Alfonso el Sabio.

DON JUAN:

La Reina y la corona pertenece
a Don Juan, de Don Sancho el Bravo hermano.
Mientras el niño rey Fernando crece,
yo he de regir el cetro castellano.
Pruebe, si algún traidor se desvanece,
a quitarme la espada de la mano;
que mientras gobernare su cuchilla
sólo Don Juan gobernará a Castilla.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON DIEGO:

Está vivo Don Diego López de Haro,
que vuestras pretensiones tendrá a raya,
y dando al tierno Rey seguro amparo,
casará con su madre, y cuando vaya
algún traidor contra el derecho claro
que defiendo, señor soy de Vizcaya.
Minas son las entrañas de sus cerros,
que hierro dan con que castigue yerros.

DON ENRIQUE:

¿Qué es esto, Infante? ¿Vos osáis conmigo
oponeros al reino? ¿Y vos, Don Diego,
conmigo competís, y sois mi amigo?

DON JUAN:

Yo de mi parte la justicia alego.

DON DIEGO:

De mi lealtad a España haré testigo.

DON ENRIQUE:

A la Reina pretendo.

DON JUAN:

De su fuego
soy mariposa.

DON DIEGO:

Yo del sol que miro,
yerba amorosa que a sus rayos giro.


Escena I
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DON DIEGO:

Tío, Don Juan, soy vuestro, y de Fernando
el Santo que ganó a Sevilla, hijo.

DON JUAN:

Yo nieto suyo: Alfonso me está dando
sangre y valor con que reinar colijo.

DON DIEGO:

Primo soy del rey muerto; pero cuando
no alegue el árbol real con que prolijo
Ailí el cronista mi ascendencia pinta,
alegaré el acero de la cinta.

DON ENRIQUE:

Vos, caballero pobre, cuyo
Estado cuatro silvestres son, toscos y rudos,
montes de hierro, para el vil arado,
hidalgos por Adán, como él desnudos.
Adonde en vez de Baco sazonado,
manzanos llenos de groseros nudos dan
mosto insulso, siendo silla rica,
en vez de trono, el árbol de Garnica.
¡Intentáis de la Reina ser consorte,
sabiendo que pretende Don Enrique
casar con ella, ennoblecer su corte,
y que por rey España le publique!

DON JUAN:

Cuando su intento loco no reporte
y edificios quiméricos fabrique,
mientras el reino gozo y su hermosura,
se podrá desposar con su locura.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON DIEGO:

Infantes, de mi Estado la aspereza
conserva limpia la primera gloria
que la dio, en vez del Rey, naturaleza,
sin que sus rayas pase la vitoria.
Cuatro bárbaros tengo por vasallos,
a quien Roma jamás conquistar pudo,
que sin armas, sin muros, sin caballos,
libres conservan su valor desnudo.
El árbol de Garnica ha conservado
la antigüedad que ilustra a sus señores,
sin que tiranos le hayan deshojado,
ni haga sombra a confesos ni a traidores.
En su tronco, no en silla real sentado,
nobles, puesto que pobres electores
tan sólo un señor juran, cuyas leyes
libres conservan de tiranos reyes.
Suyo lo soy agora, y del Rey tío,
leal en defenderle, y pretendiente
de su madre, a quien dar la mano fío,
aunque la deslealtad su ofensa intente.
Infantes, si a la lengua iguala el brío,
intérprete es la espada del valiente;
el hierro es vizcaíno, que os encargo,
corto en palabras, pero en obras largo.


Escena II
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La REINA DOÑA MARÍA, de viuda.
DON ENRIQUE, DON JUAN, DON DIEGO.
  
REINA:

¿Qué es aquesto, caballeros,
defensa y valor de España,
espejos de lealtad,
gloria y luz de las hazañas?
Cuando muerto el rey Don Sancho,
mi esposo y señor, las galas
truecan León y Castilla
por jergas negras y vastas;
cuando el moro granadino
moriscos pendones saca
contra el reino sin cabeza,
y las fronteras asalta
por la lealtad defendidas,
y abriéndose su Granada,
por las católicas vegas
blasfemos granos derrama;
¡en civiles competencias,
pretensiones mal fundadas,
bandos que la paz destruyen
y ambiciosas arrogancias,
cubrís de temor los reinos,
tiranizáis vuestra patria,
dando en vuestra ofensa lenguas
a las naciones contrarias!
¡Ser mis esposos queréis,
y como mujer ganada
en buena guerra, el derecho
me reducís de las armas!
¡Casarme intentáis por fuerza
y ilustrándoos sangre hidalga,
lalibertad de mi gusto
hacéis pechera y villana?
¿Qué veis en mí, ricoshombres?
¿Qué liviandad en mi mancha
la conyugal continencia que
ha inmortalizado a tantas?
¿Tan poco amor tuve al Rey?
¿Viví con él mal casada?
¿Quise bien a otro, doncella?
¿A quién, viuda, di palabra?
Ayer murió el Rey mi esposo,
aún no está su sangre helada
de suerte que no conserve
reliquias vivas del alma.
Pues cuando en viudez llorosa
la mujer más ordinaria
al más ingrato marido
respeto un año le guarda;
cuando apenas el monjil
adornan las tocas blancas,
y juntan con la tristeza
gloria del vivir casta;
yo, que soy reina, y no menos
al rey don Sancho obligada.
¿Queréis, grandes de Castilla,
que desde el túmulo vaya
al tálamo incontinente?
¿De la virtud a la infamia?
¿Me conocéis, ricoshombres?
¿Sabéis que el mundo me llama
la reina Doña María?
¿Que soy legítima rama
del tronco real de León;
y como tal, si me agravian,
seré leona ofendida,
que muerto su esposo brama?
Si porque el Rey es un niño
y una mujer quien le ampara,
os atrevéis ambiciosos
contra la fe castellana;
tres almas viven en mí:
la de Sancho, que Dios haya,
la de mi hijo, que habita
en mis maternas entrañas,
y la mía, en quien se suman
esotras dos: ved si basta
a la defensa de un reino
una mujer con tres almas.
Intentad guerras civiles,
sacad gentes en campaña.
Vuestra deslealtad pregonen
contra vuestro Rey las cajas;
que aunque mujer, yo sabré,
en vez de las tocas largas
y el negro monjil, vestirme
el arnés y la celada.
Infanta soy de León;
salgan traidores a caza
del hijo de una leona,
que el reino ha puesto en su guarda;
veréis si en vez de la aguja,
sabrá ejercitar la espada,
y abatir lienzos de muros
quien labra lienzos de Holanda.


Escena III
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Descúbrese sobre un trono
el REY DON FERNANDO, niño y coronado.
  
(El REY DON FERNANDO acompañamiento.
La REINA, DON ENRIQUE, DON JUAN, DON DIEGO.)
  
REINA:

Vuestro natural señor
es éste, y la semejanza
de Don Sancho de Castilla;
Fernando cuarto se llama.
Al sello real obedecen,
sólo por tener sus armas,
los que su lealtad estiman,
con ser un poco de plata.
El que veis es sello vivo
en quien su ser mismo graba
vuestro Rey, que es padre suyo;
su sangre las armas labran.
Respetadle aunque es pequeño;
que el sello nunca se iguala
al dueño en la cantidad;
que tenga su forma basta.
Forma es suya el niño rey:
llegue el traidor a borrarla,
rompa el desleal el sello;
conspire la envidia ingrata.
Ea, lobos ambiciosos,
un cordero simple bala;
haced presa en su inocencia,
probad en él vuestra rabia,
despedazad el vellón
con que le ha cubierto España,
y privadle de la vida,
si a esquilmar venía su lana.
Si muere, morirá rey;
y yo con él abrazada,
sin ofender las cenizas
de mi esposo, siempre casta,
daré la vida contenta,
antes que el mundo en mi infamia
diga que otro que Don Sancho
esposa suya me llama.


Escena III
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DON JUAN:

Alto, pues la justicia que me esfuerza
a Castilla conquiste, pues la heredo,
que mi esposa seréis de grado o fuerza,
y lo que amor no hizo, lo hará el miedo.
Yo haré que vuestra voluntad se tuerza,
cuando veáis la vega de Toledo
llena de moros, y en mi ayuda todos,
asentarme en la silla de los godos.

 (Vase.)

DON ENRIQUE:

El rey de Portugal es mi sobrino;
el derecho que tengo al reino ampara.
Pues que juzgáis mi amor a desatino
cuando creí que cuerda os obligara,
enarbolar su enseña determino,
triunfando en ellas mi justicia clara,
aunque fueran sus muros de diamantes,
contra tu Alcázar real y San Cervantes.

(Vase.)


Escena III
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DON DIEGO:

Reina, Aragón mi intento favorece,
Vizcaya es mía, y de Navarra espero
ayuda cierta; si mi amor merece
la mano hermosa que adoré primero,
favor seguro al niño rey ofrece
contra Enrique, Don Juan y el mundo entero.
Despacio consultad vuestro cuidado
mientras por la respuesta vuelvo armado.

(Vase.)


Escena IV
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La REINA, el REY, acompañamiento.
  
REINA:

Ea, vasallos, una mujer sola,
y un niño rey que apenas hablar sabe,
hoy prueban la lealtad en que acrisola
el oro del valor con que os alabe.
La traición sus banderas enarbola;
si amor de ley en vuestros pechos cabe,
volved por los peligros que amenazan
a un cordero que lobos despedazan.
Si la memoria de Fernando el Santo
os obliga a amparar a su biznieto,
Fernando como él; si puede tanto
de un Sabio Alfonso el natural respeto;
si un rey Don Sancho os mueve, si mi llanto,
si un ángel tierno a vuestro amor sujeto,
conservadle leales en su silla.


Escena IV
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(Gritan dentro.)
  
UNOS:

¡Viva Enrique!

OTROS:

¡Don Juan, rey de Castilla!

REINA:

Por Don Enrique y por Don Juan pregona
la deslealtad, el reino alborotado.

REY:

Madre, infinito pesa esta corona.
Abájame de aquí, que estoy cansado.


Escena IV
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(La REINA le baja.)
  
REINA:

¿Pesa, hijo? Decís bien, pues ocasiona
su peso la lealtad, que os ha negado
el interés que a la razón cautiva.

 (Dentro.)

UNOS:

¡Castilla por Don Juan!

OTROS:

¡Enrique viva!

REY:

Diga, madre, ¿qué voces serán éstas?
¿Está mi corte acaso alborotada?

REINA:

Sí, mi Fernando.

REY:

Haránme todos fiestas
porque ven mi cabeza coronada.

REINA:

Traidores contra vos las dan molestas.

REY:

¿Traidores contra mí? Déme una espada.
Por vida de quien soy...

REINA:

¡Ay, hijo mío!
De vuestro padre el Rey es ese brío.


Escena V
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DON MELENDO. Dichos.

DON MELENDO:

¿Qué aguarda, gran señor, ya Vuestra Alteza?
Del Alcázar Don Juan se ha apoderado,
y Don Enrique de la fortaleza
de San Cervantes, y han determinado
prenderos.

REY:

Cortaréles la cabeza,
por vida de mi padre.

REINA:

¡Ay, hijo amado!
Huyamos a León, que es patria mía.

REY:

Pagármelo han, traidores, algún día.
  
(Vanse.)


Escena VI
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Vista exterior de Valencia de Alcántara.
Árboles en el fondo.
Una casa de extramuros, a un lado.
Es de noche.
  
(DON JUAN ALONSO y DON PEDRO CARVAJAL, CARRILLO.)
  
DON ALONSO:

Don Pedro, ¡hermosa mujer!

DON PEDRO:

Presto della te despides.

DON ALONSO:

A Don Juan de Benavides
aguarda; que a no temer
su venida, un siglo entero
juzgara por un instante.

DON PEDRO:

¿Ya es tu esposa?

DON ALONSO:

Y más constante
yo en amalla que primero.


Escena VI
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CARRILLO:

El primer amante has sido
que dando alcance a la presa,
se levanta de la mesa
con hambre, habiendo comido;
que la costumbre de amar
agora, si tienes cuenta,
es de postillón en venta.
Beber un trago, y picar.

DON ALONSO:

No es manjar Doña Teresa
de Benavides, de modo
que aunque satisfaga en todo,
cause fastidio su mesa.
Cuando con el apetito
la voluntad está unida,
da gusto toda la vida.


Escena VI
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CARRILLO:

Siempre amor muere de ahíto;
pues por más que satisfaga
y cause gusto mayor,
siendo él dulce, y niño amor,
fácilmente se empalaga.
Pero comiste de priesa,
y te levantas picado.

DON PEDRO:

En fin, ¿la mano le has dado
de esposo a Doña Teresa?

DON ALONSO:

Ya tuvieron fin mis males.
¿Cómo albricias no me pides?


Escena VI
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DON PEDRO:

Hermano, ella es Benavides,
y nosotros Carvajales.
Ni ganastes con su amor
ni perdida.

DON ALONSO:

Su belleza,
aunque no aumente nobleza,
Don Pedro, a nuestro valor,
basta para enriquecer
la voluntad que la adora.

DON PEDRO:

Como cesasen agora,
por medio de esta mujer,
los bandos y enemistades
de su linaje y el nuestro,
contento por tu amor muestro.


Escena VI
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DON ALONSO:

Noblezas y calidades
en el reino de León
los Benavides abonan,
y nuestro valor pregonan
los que honran nuestro blasón.
De la descendencia real
que ilustra a los Benavides,
viene, si la nuestra mides,
la casa de Carvajal.

CARRILLO :

Si te casas con su hermana,
mal o bien, ya estáis los dos
bajo de un yugo, por Dios.
Ya bosteza la mañana
crepúsculos clarioscuros.
¿Qué es lo que hacemos aquí?


Escena VI
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DON ALONSO:

Lo que intentaba adquirí.
Temores, vivid seguros,
pues Doña Teresa es mía.

DON PEDRO:

Guarda he sido de tu amor.

DON ALONSO:

Eres mi hermano menor,
y el alma que se fía
de ti, mi Don Pedro, el dueño.

CARRILLO:

Vámonos de aquí a acostar;
que tengo que repasar
ciertas cuentas con el sueño.
  
(Vanse.)


Escena VII
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DON JUAN DE BENAVIDES, CHACÓN.
  
BENAVIDES:

Tarde salí de León;
pero ya estamos en casa.

CHACÓN:

Terrible es tu condición,
pues me da el sueño por tasa.

BENAVIDES:

Hoy descansarás, Chacón.

CHACÓN:

¿Qué importara que estuvieras
esta noche en la ciudad,
y en saliendo el sol vinieras?


Escena VII
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BENAVIDES:

Sospechas de calidad
me asombran con mil quimeras.
Las dos leguas que hasta aquí
hay de León, he venido
tan fuera, Chacón, de mí,
que ni el camino he sentido,
ni dónde estoy.

CHACÓN:

¿Cómo así?

BENAVIDES:

Siempre de ti me he fiado.
Ya sabes que aquí, en Valencia
de Alcántara, está fundado
el solar de mi ascendencia.

BENAVIDES:

sabes que aquí también,
asientan los Carvajales.
Su casa...


Escena VII
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CHACÓN :

Sí, sé. Pues, ¿bien?...

BENAVIDES:

Y que con bandos parciales,
en dos cuadrillas se ven
cuantos en Valencia habitan
divididos.

CHACÓN:

Heredastes
los enojos que os incitan,
con la leche que mamastes.

BENAVIDES:

Ellos el gusto me quitan.
En León supe, Chacón,
que Don Juan de Carvajal
tiene a mi hermana afición,
y contra el odio mortal
que sustenta mi opinión,
casarse en secreto intenta
con ella.


Escena VII
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CHACÓN:

Por ese medio
vuestra enemistad sangrienta
hallará en la paz remedio.

BENAVIDES:

No puede venirme afrenta,
en esta ocasión, igual.

CHACÓN:

Pasiones os bien que olvides.

BENAVIDES:

Antes que la sangre real
que ilustra a los Benavides,
con sangre de Carvajal
se mezcle, de un vil pastor
será mi hermana mujer
de un oficial sin valor,
de un alarbe mercader,
de un confeso, que es peor.

CHACÓN:

¡Dios me libre de enojarte!
Extraña es tu condición.


Escena VII
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BENAVIDES:

Esta sospecha fue parte
para salir de León
a tal hora. ¿Por qué parte
podremos entrar en casa
sin avisar mi venida,
para saber lo que pasa
y quitarla con la vida
el torpe amor que la abrasa?


Escena VIII
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DON ALONSO, DON PEDRO, CARRILLO, BENAVIDES, CHACÓN.
  
DON ALONSO:

(Hablando con su hermano, sin ver a BENAVIDES y CHACÓN.)
Si el hermano de mi esposa,
como dicen, ha sabido
nuestra intención amorosa,
y de León ha venido,
no es amante el que reposa
y deja en tan manifiesto
peligro a quien sirve y ama.
A saberlo estoy dispuesto
de su casa. Hermano, llama.


Escena VIII
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BENAVIDES:

(Aparte, a su criado.)
Chacón, ¿no adviertes en esto?
Ciertas mis sospechas son.

DON PEDRO:

Don Juan Benavides tiene
tan mala la condición,
que si acaso a saber viene
que gozas la posesión
de tu amor, y lo que pasa,
le ha de dar muerte cruel;
y así el sacarla de casa
para asegurarla dél,
es cordura.

BENAVIDES:

(Aparte.)
¡Ay suerte escasa!
Mi deshonra averigüé.
¿Cómo mi enojo resisto?


Escena VIII
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DON ALONSO:

Que viene a vengarse sé
de quien informarle ha visto
que esta noche la gocé.
Y así quiero diligente,
pues es mi esposa, librarla
de su cólera impaciente;
que bien podremos guardarla
de todo el mundo, aunque intente
sacarla de mi poder.

DON PEDRO:

Cuando por bien no lo lleve,
si nos quisiere ofender,
junto deudos, y armas pruebe;
que en volviéndose a encender
los bandos que sustentamos,
tantos parientes tenemos
como él.

DON ALONSO:

Llama, no perdamos
la ocasión que pretendemos,
pues a sus puertas estamos.


Escena VIII
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BENAVIDES:

(Aparte.)
Ya no basta el sufrimiento.
 (Habla con los Carvajales.)
Los que caballeros son,
nunca intentan casamiento
a oscuras, como el ladrón
de infame merecimiento.
Su sangre y nobleza ofende
quien honras hurtar porfía
a oscuras, si no es que entiende
que no merece de día
lo que de noche pretendo.
Y no en balde conjeturo
de aquí vuestro menosprecio,
y valor poco seguro;
que no tiene mucho precio
lo que se vende a lo oscuro.
Como mi puerta ennoblece
el barreado león,
que en campo de plata ofrece
a mi sangre el real blasón
que vuestra envidia apetece,
temisteis verte de día;
y como ausente me hallasteis,
y que él la puerta os tenía;
por las paredes entrasteis
de noche, en fe que dormía.
Mas como me vio ofendido,
bramando en esta ocasión,
me sacó con su bramido
un león de otro León,
donde estaba divertido.
A satisfacer la fama
que me habéis hurtado vengo:
mi agravio es león que brama;
un león por armas tengo,
y Benavides se llama.
De vuestros torpes amores
daré venganza a mi enojo,
mostrando a mis sucesores
la nobleza de un león rojo
en sangre de dos traidores.


Escena VIII
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DON ALONSO:

Como ya sois mi cuñado,
ni de palabras me afrento,
ni de mi enojo heredado
tomar la venganza intento,
aunque ocasión me habéis dado.
Si, como se usa, llegara
a afrentar vuestra opinión,
y a Doña Teresa hurtara
la honra, fuera ladrón
que vuestra casa escalara;
pero siendo esposa mía,
ni deshonraros procuro,
ni es mi amor mercaduría
que quien la compra a lo oscuro,
la desestima de día.
Si un león es el blasón
que a vuestras puertas ponéis
en guarda de su opinión,
porque de un rey descendéis,
el mismo rey de León
me da nobleza estimada,
por su nieto y descendiente;
y como el de esa portada
me conoció por pariente,
me dejó libre la entrada.
Si dio bramidos, sería,
no del furor que os abrasa,
sino en señal de alegría;
por verme honrar vuestra casa,
festejándoos, bramaría.
Cuanto y más que en tal demanda,
no temo vuestro león,
porque en mi defensa anda,
dando a mis armas blasón,
un tigre sobre una banda;
porque para no temerle,
cuando mi amor amenace,
tengo, si llega a ofenderle,
tigre que le despedace,
y banda con que prenderle.


Escena VIII
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DON PEDRO:

Don Juan, esposo es mi hermano
de Doña Teresa ya,
y sin dar quejas en vano,
la paz y la guerra está
desde agora en vuestra mano.
Si venís en lo primero,
parentesco y amistad
eterna ofreceros quiero;
si en lo segundo, dejad
palabras, y hable el acero;
que en campo y batalla igual,
probando fuerzas y ardides,
daréis a España señal
vos del valor, Benavides,
y nos dél de Carvajal.


Escena VIII
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BENAVIDES:

Mil veces digo que aceto
el propuesto desafío.

DON ALONSO:

Póngase, pues, en efeto,
que del valor en que fío
ya victoria me prometo.

BENAVIDES:

Pues aguardad.

DON ALONSO:

Eso no;
que el enojo que os abrasa,
vuestra hermana receló;
y si entráis en vuestra casa,
juzgando que os agravió,
procuraréis ofendella.
O dejádmela sacar,
o no habéis de entrar en ella.

BENAVIDES:

Todo eso es acumular
agravios a mi querella.

DON ALONSO:

Vive en ella mi esperanza.

BENAVIDES:

Haced mi enojo mayor;
que el castigo y su tardanza
dé filos a mi valor,
y aceros a mi venganza.


Escena IX
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La REINA, dichos, después, el REY.
  
REINA: Oíd, ilustres Carvajales,

Benavides excelentes,
mis deudos sois y parientes.
Blasones os honran reales:
mostrad hoy que sois leales.
Un árbol sirve de silla
a la inocencia sencilla
de vuestro Rey incapaz.

 (Descubre al REY niño,
encerrado en el tronco de un árbol.)
 
No permitáis que en agraz
os le malogre Castilla.


Escena IX
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BENAVIDES:

¡Oh retrato del amor,
niño rey, humilde Alteza!
Con tu angélica belleza
enternece mi rigor.
No tuviera yo valor,
si el socorro que me pides,
a las perlas que despides
negaran mis fieles labios.
Por los tuyos, sus agravios
olvidan los Benavides.
¡Oh!, famosos Carvajales,
treguas al enojo demos,
y para después dejemos
guerras y bandos parciales.
No salgan los desleales
con su bárbaro consejo.
A estos pies mi agravio dejo,
para volverte a tomar;
que mal se podrá olvidar
el odio heredado y viejo.
Juntemos nuestros amigos,
y de dos un campo hagamos;
que mientras al Rey sirvamos,
no hemos de ser enemigos.
Serán los cielos testigos,
para ilustrarnos después,
de que hoy el valor leonés
con lealtad y con amor,
el bien del Rey su señor
antepone a su interés.


Escena IX
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DON ALONSO:

Fénix de España, nacido
para que su gloria aumente,
pájaro sois inocente,
en ese árbol como en nido.
¿Quién, mi perla, os ha escondido
desa suerte?

REY:

Me han quitado
mi reino, y no me han dejado
aún la cuna en que nací;
y como a Herodes temí,
vengo huyendo al despoblado.

DON PEDRO:

No temáis del gavilán,
pájaro tierno y hermoso,
por más que intente ambicioso
hacer presa en vos Don Juan.


Escena IX
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BENAVIDES:

Todos por ti morirán,
sol de España, hasta que quedes
libre de las viles redes
de ambiciosos cazadores.

REY:

Vengadme destos traidores;
que yo os juro hacer mercedes.

DON ALONSO:

Dadnos a besar la mano,
cifra de la discreción.

BENAVIDES:

Alto, hidalgos, a León;
muera el Infante tirano.
 (A la REINA.)
Y vos, ejemplo cristiano,
regidnos desde este día,
y será, pues de vos fía
el cielo una ilustre hazaña,
la Semíramis de España
la reina Doña María.
  
(Vanse.)


Escena X
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Sala en el palacio de León.
  
(DON ENRIQUE, DON JUAN, caballeros, músicos.)
  
DON ENRIQUE:

Goce Vuestra Majestad
deste reino de León
mil años la posesión.

DON JUAN:

Con larga felicidad
Vuestra Majestad posea
el de Murcia y de Sevilla,
y dilatando su silla,
sujeto a su nombre vea
el de Granada y Arjona;
que yo, mientras que viviere
Don Fernando, y pretendiere
su madre vuestra corona,
tenerme por rey no puedo.


Escena X
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON ENRIQUE:

Ya no hay de quien recelar.
No le ha quedado lugar
desde Tarija a Toledo.
Ni desde él hasta Galicia,
que rey a Fernando nombre,
ni caballero o ricohombre,
que en fe de nuestra justicia,
a Don Juan y a Don Enrique
no ofrezca el blasón real.
Aragón y Portugal,
por más que se justifique,
en nuestro favor tenemos:
aliado, el navarro es;
ampáranos el francés;
con gentes y armas nos vemos.
¿Dónde irá Doña María,
que nuestro amigo no sea?


Escena X
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON JUAN:

No es bien que el reino posea
el bastardo hijo que cría.
Casóse en grado prohibido
con ella mi hermano el Rey;
no legitima la ley
al que de incesto ha nacido.
El derecho que me toca,
defenderé hasta morir.


DON ENRIQUE:

Reina pudiera vivir,
a no ser la infanta loca,
si no nos menospreciara,
y con uno de los dos
se casara.


DON JUAN:

Vuelve Dios
por nuestra justicia clara,
pero mientras en prisión
el hijo y madre no estén,
aunque obediencia me den
Toledo, Castilla, León,
no puedo vivir seguro,
y así a buscarlos me parto.


Escena X
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


(Suenan dentro voces y música.)
  
UNOS:

¡Viva Don Fernando el Cuarto,
Rey legítimo!

DON JUAN:

En el muro
suenan voces.

OTROS:

¡Viva el rey
Don Fernando de León!
Y los infames que son,
en ofensa de su ley,
desleales, ¡mueran!

VOZ GENERAL:

¡Mueran!

DON ENRIQUE:

Ingratos cielos, ¿qué es esto?


Escena XI
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON NUÑO, dichos.
  
DON NUÑO:

Socorred la ciudad presto;
que sus vecinos se alteran.
Ya al Rey niño han admitido
en el Alcázar, cercado
de mil hombres, que han juntado
por todo aqueste partido
Juan Alfonso Benavides
junto a los dos Carvajales.

DON ENRIQUE:

Si al encuentro no los sales,
y aqueste alboroto impides,
Infante Don Juan, no creas
que en León logres tu silla.

DON JUAN:

Ni que en Murcia y en Sevilla,
Don Enrique, rey te veas.
Enrique, alto, a la defensa;
que dos pobres escuderos,
que ayer no eran caballeros,
no nos han de hacer ofensa.

DON ENRIQUE:

Ni una mujer desarmada
es bien que temor nos dé
con un niño.

DON JUAN:

Moriré
diciendo: «O César, o nada».


Escena XII
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


BENAVIDES, DON ALONSO, DON PEDRO,
vecinos armados. Dichos.
  
DON ALONSO:

Volvió Dios por la justicia
del hermoso y tierno Infante;
castigó desobedientes,
dio victoria a los leales.
Dense los dos a prisión.

DON JUAN:

¿Cómo dar a prisión? Antes
las vidas, y morir reyes.

BENAVIDES:

Ya será imposible, Infantes.
Vuestras gentes están rotas,
y los fieles estandartes,
por Fernando de León
tremolan los homenajes.


Escena XII
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


(Quítanles las armas.)
  
DON ALONSO:

Vuestras Altezas, señores,
puesto que puedan llamarse
más fuertes que venturosos
en este infelice trance,
culpen la poca justicia
con que han querido quitarle
a un rey legítimo el reino,
noble herencia de sus padres;
y de la reina María,
cuyos presos son, alaben
la vitoriosa entereza,
y condición agradable;
que de su piadoso pecho,
como lleguen a humillarse
por vasallos del Rey niño,
cuando la cerviz abajen
y sus sacras manos besen,
les dará las suyas reales,
libertad que los obligue,
y perdón que los espante.


Escena XII
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON JUAN:

Si el deseo de reinar,
que tantos insultos hace
como cuentan las historias,
fuera disculpa bastante,
yo quedara satisfecho;
pero no hay razón que baste
contra la poca que tuve
en venir a coronarme.
Su indignación justa temo;
que es mujer, y en ellas arde
la ira, y con el poder
del límite justo salen;
que a no recelar su enojo,
hoy viera León echarme
a sus victoriosos pies.

BENAVIDES:

La clemencia siempre nace
del valor y la vitoria,
porque es la venganza infame.


Escena XII
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON ENRIQUE:

La reina Doña María
no es mujer, pues vencer sabe
los rebeldes de su reino,
sin que peligros la espanten.
Echémonos a sus pies;
que siendo los dos su sangre,
y ella tan cuerda y piadosa,
sentirá que se derrame;
y soldando nuestras quiebras,
fieles desde aquí adelante
procuraremos servirla,
porque nuestro honor restaure.
Dios ampara al rey Fernando,
y pelea por su madre.

DON PEDRO:

¡Noble determinación!,
aunque por hoy se dilate;
que no permita la Reina
que Vuestras Altezas la hablen.
Mientras que se desenoja,
será esta torre su cárcel.

DON JUAN:

Y no estrecha, si vos sois
della, Don Pedro, el alcaide.

DON PEDRO:

Con ese título me honra.


Escena XIII
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON LUIS, con una fuente de plata,
y en ella un papel, dichos.
  
DON LUIS

La Reina ha mandado, Infantes,
que entréis en esa capilla,
donde os esperan los padres
que vuestras almas dispongan,
porque quiere en esta tarde
mostrar a España del modo
que allanar rebeldes sabe.


DON ENRIQUE:

La Reina, nuestra señora,
¿es posible que eso mande?
¡La piadosa! ¡La clemente!
¡A dos primos! ¡A dos grandes!
¡Ah, mujeres! ¡Qué bien hizo
Naturaleza admirable
en no entregaros las armas!


Escena XIII
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON JUAN:

Cuando darnos muerte mande,
y por medio del rigor
a Fernando el reino allane;
Portugal y Aragón tienen
reyes de nuestro linaje,
que nuestra muerte la pidan
y castiguen sus crueldades.

DON ENRIQUE:

Ya no es tiempo de querellas.
Ofender las majestades
en daño de su corona
es crimen mortal y grave.
Pues que como caballeros
hemos peleado, Infante,
el morir como cristianos
es hoy hazaña importante.

DON LUIS

Aquí está vuestra sentencia.

(Presenta a los infantes el papel que viene en la fuente.)


Escena XIII
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON JUAN:

¿Con ella el plato nos hace?
¿En una fuente la envía?
Pues tiempo vendrá en que pague
la costa deste banquete.
Cuando lleguen a apreciarte
con lanzas en vez de plumas
los que nuestro valor saben.

DON ENRIQUE:

Dejádmela ver primero.
¡Oh muerte fiera!, ¡que bastes
a asombrar pechos de bronce,
sólo con un papel frágil!

(Lee.)

«Doña María Alfonso, reina y gobernadora de Castilla, León, etc.:
por el Rey Don Fernando IV deste nombre, su hijo, etc.
Para confusión de sediciosos y premio de leales,
manda que los Infantes de Castilla sus primos salgan libres de la
fortaleza en que están presos, se los restituyan sus Estados, y
demás desto hace merced al infante DON ENRIQUE de las villas de
Feria, Mora, Morón y Santisteban de Gormaz; y al infante Don Juan,
de las de Aillón, Astudillo, Curiel y Cáceres, con esperanza, si se
redujeren, de mayores acrecentamientos, y certidumbre, si la
ofendieren, de que lo queda valor para defenderse, y ánimo para pagar
nuevos servicios con nuevos galardones».
- La Reina Gobernadora.


Escena XIV
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


(Descórrese una cortina en el fondo,

y aparece la REINA en pie sobre un trono,

coronada, con peto y espaldar,

echados los cabellos atrás,

y una espada desnuda en la mano.)

  
La REINA, dichos.
  
REINA:

La reina Doña María
castiga de aquesta suerte
delitos dignos de muerte.
Contra vuestra alevosía,
en armas y en cortesía
os ha venido a vencer,
siendo hombres, una mujer.
a daros vida resucita,
como quien la caza suelta
para volverla a coger.
Si pensáis que por temor
que a los que os amparan tengo,
a daros libertad vengo,
ofenderéis mi valor.
Para confusión mayor
vuestra, he querido premiaros;
porque si acaso a inquietaros
vuestra ambición os volviere,
cuando agora más os diere,
tendré después que quitaros.
poco estima a su enemigo
quien le vence y vuelve a armar;
que en el noble es premio el dar,
como el recebir castigos
si dándoos vida os obligo,
por vuestra opinión volved,
y si no, guerra me haced.
Veremos quién es más firme,
vosotros en deservirme,
o yo en haceros merced.


Escena XIV
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON JUAN:

No olvide jamás España
tu magnánimo valor,
pues juntas con el temor
la piedad que te acompaña.
Que yo desde aquí adelante,
desta merced pregonero,
seré en servirte el primero.

DON ENRIQUE:

Y yo leal y constante,
con satisfacción bastante...

REINA:

Venid, y al Rey besaréis
las manos.

DON JUAN:

Desde hoy podéis
regir nuestros corazones;
que obligan más galardones,
que las armas que traéis.

REINA:

(A él.)
Benavides os llamáis;
a Benavides os doy.


Escena XIV
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La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


BENAVIDES:

Tu vasallo y siervo soy.

REINA:

Si servirme deseáis,
quiero que por bien tengáis
que vuestra hermana sea esposa
de Don Juan, y en amorosa
paz vuestros bandos troquéis.

BENAVIDES:

¿Qué imposible intentaréis
que no acabéis, Reina hermosa?

REINA:

Dadle, pues, Don Juan, la mano;
que en dote os doy la encomienda
de Martos.


Escena XIV
Pág. 051 de 167
La prudencia en la mujer Acto I Tirso de Molina


DON ALONSO:

Jamás ofenda
tu vida el tiempo tirano.

REINA:

A Don Pedro, vuestro hermano,
mi merino hago mayor
de León.

DON PEDRO:

Por tal favor
los pies mil veces te beso.

REINA:

No me contento con eso;
yo honraré vuestro valor
Don Diego López de Haro
cercado tiene a Almazán,
porque de Aragón le dan
las reales barras amparo:
partamos a su reparo,
y mostrad, Infantes, hoy
que es la libertad que os doy
por los dos agradecida.

DON JUAN:

La pagaré con la vida.

DON ENRIQUE:

Dispuesto a servirte estoy.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


En el Palacio Real de León.

DON JUAN, ISMAEL.
  
DON JUAN:

De reinar tengo esperanza
con traidora o fiel acción;
mas no juzgo por traición
la que una corona alcanza.
Reine yo, Ismael, por ti,
y venga lo que viniere.

ISMAEL:

Si el niño Fernando muere,
cuya vida estriba en mí,
no hay quien te haga competencia.

DON JUAN:

De viruelas malo está;
fácil de cumplir será
mi deseo, si a tu ciencia
juntas el mucho provecho
que de hacer lo que te pido,
se te sigue.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


ISMAEL:

Agradecido
a tu real y noble pecho
quiero ser, porque esperanza
tengo que en viéndote rey,
has de amparar nuestra ley.
Y en ella nuestra venganza,
y si palabra me das
en viéndote rey, de hacer
mi nación ennoblecer,
y que podamos de hoy más
tener cargos generosos,
entrar en ayuntamientos,
comprar varas, regimientos
y otros títulos honrosos;
quitándole al Rey la vida,
te pondrás corona hoy.
Su protomédico soy;
la muerte llevo escondida
en este término breve;
 (Saca un vaso de plata.)
conque si te satisfago,
diré que el Rey en un trago
su reino y muerte se bebe.
A un sueño mortal provoca,
donde con facilidad,
de la sombra a la verdad
y al corazón de la boca
viendo el veneno correr,
llamar, de la muerte puedes
los médicos, Ganimedes,
pues que la dan a beber.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

Ismael, no pongas duda
que si por ti rey me veo,
satisfaré tu deseo,
y medrarás con mi ayuda.
Los de tu nación serán
de ilustre y famoso nombre;
haréte mi ricohombre;
tu privanza envidiarán
cuantos desprecian tu vida.
Enferma Castilla está;
pues su médico eres ya,
purga con esa bebida
la enfermedad que la daña.
Su cabeza es un infante
pequeño, siendo gigante
su cuerpo el mayor de España.
Monstruosidad es que intente
un cuerpo de tal grandeza
tener tan chica cabeza,
y que el gobierno imprudente
de una mujer, el valor
regir de Castilla quiera.
Púrgala, por que no muera
deste pestilente humor;
que yo con premios y honores
la cura te pagaré.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


ISMAEL:

Haciéndote rey, daré
a Castilla defensores
que del loco frenesí
de una mujer la aseguren,
por más que ingratos procuren
ir, Infante, contra ti.
Vete con Dios; que aquí llevo
tu ventura recetada.

DON JUAN:

Una traición coronada
no afrenta. El proverbio apruebo
de César, cuya ambición
es bastante a autorizar
mi intento, pues por reinar
lícita es cualquier traición.

  (Vase.)


Escena II
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


ISMAEL.
  
ISMAEL:

Pues honra y provecho gano
en matar a un niño rey,
estima tanto mi ley
a quien da muerte a un cristiano,
¿qué dudo que no ejecuto
del infante la esperanza,
de mi nación la venganza
y destos reinos el luto?
La droga le voy a dar.
¿De qué tembláis, miedo frío?
Mas no fuera yo judío,
a no temer y temblar.
Alas pone el interés
al ánimo; mas, ¿qué importa,
si el temor las plumas corta,
y grillos pone a los pies?
Pero, ¿qué hay que recelar
cuando mi sangre acredito,
y más no siendo delito
en médicos el matar?
El niño Rey está aquí;
que beba su muerte trato.

(Al querer entrar en el aposento del REY,
repara en el retrato de la REINA,
que está sobre la puerta.)
 
Mas, ¡cielos!, ¿no es el retrato
éste de su madre? Sí.
No sin causa me acobarda
la traición que juzgo incierta,
pues puso el Rey a su puerta
su misma madre por guarda.
¡Vive Dios, que estoy temblando
de mirarla, aunque pintada!
¿No parece que enojada
muda me está amenazando?
¿No parece que en los ojos
forja rayos enemigos,
que amenazan mis castigos
y autorizan sus enojos?
No me miréis, Reina, airada.
Si Don Juan, que es vuestro primo,
y en quien estriba el arrimo
del Rey, prenda vuestra amada,
es contra su mismo rey,
¿qué mucho que yo lo sea,
viniendo de sangre hebrea,
y profesando otra ley?
No es mi traición tan culpada;
la ira vengativa.
¡Qué hiciérades a estar viva,
pues que me asombráis pintada?
Mas, ¿para qué doy lugar
a cobardes desvaríos?
Ea, recelos judíos,
pues es mi oficio matar,
muera el Rey, y hágase cierta
la dicha que me animó...

(Al querer entrar,
cae el retrato,
y tápale la puerta.)

Pero el retrato cayó,
y me ha cerrado la puerta.
Dichoso el vulgo ha llamado
al judío, Reina hermosa;
mas no hay más infeliz cosa
que un judío desdichado.
Y pues tanto yo lo he sido,
riesgo corro manifiesto,
si no huyo de aquí...

(Quiere huir por la otra puerta;
sale la REINA, detiénele y él se turba.)


Escena III
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


La REINA, ISMAEL.
  
REINA:

¿Qué es esto?
¿De qué estáis descolorido?
Volved acá. ¿Adónde vais?
¿De qué es el desasosiego?

ISMAEL:

Volveré, señora, luego.

REINA:

Esperad. ¿De qué os turbáis?

ISMAEL:

¿Yo turbarme?

REINA:

No es por bueno.
¿Qué lleváis en ese vaso?

ISMAEL:

¿Quién? ¿Yo?

REINA:

Detened el paso.

ISMAEL:

Quien dijere que es veneno,
y que al Rey nuestro señor
no soy leal...

REINA:

¿Cómo es eso?

ISMAEL:

Que estoy turbado confieso,
pero no que soy traidor.

REINA:

Pues aquí, ¿quién os acusa?


Escena III
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


ISMAEL:

(Aparte.)
Mi misma traición será.

REINA:

Culpado, Ismael, está
quien sin ocasión se excusa.

ISMAEL:

El Infante es el ingrato;
que yo no le satisfice;
y si el retrato lo dice,
engañárase el retrato.
Que aunque el paso me cerró,
cuando a purgar al Rey vengo,
yo, Reina, ¿qué culpa tengo
si el retrato se cayó?
Don Juan, el infante, sí;
que con aquesta bebida
me manda quitar la vida
al tierno Rey que ofendí...
Digo, que ofendió el Infante.


Escena III
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

En fin, vuestra turbación
confesó vuestra traición;
no paséis más adelante.
¿Es la purga de Fernando
ésa?

ISMAEL:

Gran señora, sí;
así he de decir aquí
la verdad... ¿Qué estoy dudando?
El deseo de reinar
con Don Juan tanto ha podido,
que ciego me ha persuadido
que llegue la muerte a dar
al niño Rey; y el temor
de que no me castigase
me obligó que le jurase
ser a Su Alteza traidor.
Afirméle que este vaso
iba con la purga lleno
de un instantáneo veneno;
pero no haga de ello caso
Vuestra Alteza, que es mentira
con que pretendí engañarle,
no más que por sosegarle,
y dar lugar a la ira.
Y pues del título infame
me he librado de traidor,
juzgo agora por mejor
que la purga se derrame;
que otra medicina habrá
que le haga al Rey más al caso.


Escena III
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


(Quiere derramarla, y tiénele la REINA.)
  
REINA:

Tened la mano y el vaso.
Que pues mi Fernando está
para purgarse dispuesto,
no es bien perder la ocasión
por una falsa opinión,
que en mala fama os ha puesto.
Conozco vuestra virtud;
médico habéis siempre sido,
sabio, fiel y agradecido.
Asegurad la salud
del Rey, y vuestra inocencia,
haciendo la salva agora
a esa purga.

ISMAEL:

Gran señora,
no estoy, con vuestra licencia,
dispuesto a purgarme yo,
ni tengo la enfermedad
del rey Fernando, y su edad.

REINA:

¿Que no estáis enfermo?

ISMAEL:

No.


Escena III
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

No importa: vuestra virtud
desmienta agora este agravio.
En salud se sangra el sabio;
os purgaréis en salud.
Tiene muy malos humores
el reino desconcertado,
y por remedio he tomado
el purgarlo de traidores.
A vos no puede dañaros.

ISMAEL:

Es muy recia, y no osaré
tomarla, señora, en pie.

REINA:

Pues buen remedio, asentaros.

ISMAEL:

A vuestros pies me derribo.
No permitáis tal rigor.


Escena III
Pág. 062 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

Bebedla; que haré, doctor,
atenacearos vivo.
El infante Don Juan es
noble, leal y cristiano,
sin resabios de tirano,
sin sospechas de interés;
de la nación más ruin
vos que el sol mira y calienta,
del mundo oprobio y afrenta,
infame judío, en fin.
¿Cuál mentirá de los dos?
¿O cómo creeré que hay ley
para no matar su rey
en quien dio muerte a su Dios?
Bebed. ¿Qué esperáis?


Escena III
Pág. 063 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


ISMAEL:

Señora,
si el confesar mi traición
no basta a alcanzar perdón,
baste el ser vos...

REINA:

Bebe agora,
o escoge salir mañana
desnudo, y a un carro atado
a vista del vulgo airado
y vuestra nación tirana,
por las calles y las plazas
dando a la venganza temas,
y vuestras carnes blasfemas
al fuego y a las tenazas.


Escena III
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


ISMAEL:

Si he de morir, en efeto,
en este trance confuso,
la pública afrenta excuso
por el castigo secreto.
Quien contra su rey se atreve,
es digno de aqueste pago.
Muerte, bien os llaman trago,
pues sois purga que se bebe.
Pero las que receté
a costa de tantas vidas
en jarabes y bebidas,
con la mía pagaré.
Aunque en ser tantas advierto
que para que no me igualen,
a media gota no salen
los infinitos que he muerto.
 (Bebe.)
Ya mis espíritus truecan
el ser vital que desatan.
Si los que curando matan,
pagaran por donde pecan,
dieran menos que ganar
a los curas desde hoy.
El primer médico soy
que castiga por matar.
Ya obra el veneno fiero;
ya se rematan mis días.
¡Favor, Divino Mesías,
que vuestra venida espero!

(Vase por la puerta del fondo,
y cae muerto dentro.)


Escena IV
Pág. 065 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

¡Vos lleváis buena esperanza!
Su bárbara muerte es cierta.
Quiero cerrar esta puerta;
que el ocultar mi venganza
ha de importar por agora.
¡Ay, hijo del alma mía!
Aunque mataros porfía
quien no como yo os adora,
el cielo os está amparando;
mas pues sois ángel de Dios,
sed ángel de guarda vos,
de vos mismo, mi Fernando.


Escena V
Pág. 066 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON ENRIQUE, DON JUAN, BENAVIDES, DON PEDRO,
un MAYORDOMO, un MERCADER; la REINA.
  
DON ENRIQUE:

Aquí está Su Alteza.

REINA:

¡Oh primos,
ricoshombres, caballeros!

DON ENRIQUE:

A saber del Rey venimos
cómo está.

REINA:

Accidentes fieros
le afligen.

DON JUAN:

Cuando supimos
su enfermedad, con temor
de alguna desgracia extraña
nos trajo a verle el amor
que le tenemos.


Escena V
Pág. 067 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

De España
sois la lealtad y el valor.
Reposando mi hijo está;
si queréis que le despierte...

DON ENRIQUE:

No, señora.

DON JUAN:

(Aparte.)
Dormirá
en los brazos de la muerte,
si el veneno obrando va;
y asentándome en su silla,
sosegaré mi ambición.


Escena V
Pág. 068 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

Don Enrique de Castilla,
murió en terrible ocasión;
don Pedro Ponce en Sevilla,
y pues era adelantado
de la frontera, y sin él
desamparada ha quedado,
que supláis la falta dél,
Infante, he determinado.
Adelantado sois ya;
partid a Córdoba luego;
que el moro soberbio está
combatiendo a sangre y fuego
a Jaén.


Escena V
Pág. 069 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON ENRIQUE:

Aunque me da
Vuestra Alteza honra y provecho,
piden paga los soldados
por allá. Cóbrese un pecho
gran señora en los Estados;
que, el tesoro real deshecho,
no hay con qué poder pagallos.

REINA:

Mercaderes y pecheros
conservan, por conservallos,
al Rey y a sus caballeros,
porque no hay rey sin vasallos.
Viénenme todos con quejas
de que pobres los tenemos;
y aunque son costumbres viejas,
tanto a esquilmarlas vendremos,
que se mueran las ovejas.


Escena V
Pág. 070 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON ENRIQUE:

Pues sin dineros, señora,
los soldados no pelean.

REINA:

Ni hay tampoco huerta agora,
por más fértil que la vean
que dé fruto a cada hora.
Cada año una vez le echa;
no le pidáis cada instante;
que descansada aprovecha,
y los vasallos, Infante,
también tienen su cosecha.
Mi dote todo he gastado
defendiendo esta corona
y de mi hijo el Estado;
vendí a Cuéllar y a Escalona;
sólo Écija me ha quedado;
pero véndase también,
y páguense los fronteros.


Escena V
Pág. 071 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON ENRIQUE:

Si el venderla le está bien
a Vuestra Alteza, dineros
haré que luego me den
prestados de Andalucía,
con que sustentar un año
la frontera.

REINA:

Bien podía,
llamándome Infante, a engaño,
culpar vuestra hipocresía
y poca seguridad...

DON ENRIQUE:

Señora...

REINA:

Basta; ya estoy
cierta de vuestra lealtad.
Vuestra es Écija desde hoy;
la frontera sustentad,
y haced que vuestra partida
sea luego.


Escena V
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON ENRIQUE:

Si ha de comprarla
otro...

REINA:

Ya estoy persuadida
que en nadie puedo emplearla
como en voz. Andad; no impida
vuestra ausencia la defensa
que Jaén ha menester.

DON ENRIQUE:

Beso tus pies.

 (Vase.)


Escena VI
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


La REINA, DON JUAN, BENAVIDES,
DON PEDRO, el MAYORDOMO, el MERCADER.
  
REINA:

El Rey piensa
de Aragón que no ha de haber
castigo para su ofensa.
Partid, Benavides, vos;
que si socorréis a Soria,
en dándome salud Dios,
yo os seguiré, y la vitoria
vendrá a correr por los dos.
Dineros me pediréis
con que se pague la gente.


BENAVIDES:

Mientras con villas me veis
que empeñe o venda...


REINA:

El prudente
valor mostráis que tenéis.
Rico os quiero ver y honrado;
de vuestra lealtad me fío;
no es bien que estéis empeñado.
Aunque vendí el dote mío,
joyas, Don Juan, me han quedado.
Llévense a la platería.


Escena VI
Pág. 074 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


BENAVIDES:

Muy mal, gran señora, trata
vuestra alteza la fe mía.

REINA:

Con sólo un vaso de plata
he de quedarme este día.
Vajillas de Talavera
son limpias, y cuestan poco.
Mientras la codicia fiera
vuelve a algún vasallo loco.
 (Mira al infante DON JUAN.)
Pasaré de esta manera.
Hacedlas todas dinero,
y a Benavides lo dad,
mayordomo.

MAYORDOMO:

Voy.

BENAVIDES:

Primero
que eso Vuestra Majestad
consienta, venderme quiero.


Escena VI
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

Nunca la prudencia yerra.
Haced esto, mayordomo;
que mientras dura la guerra,
si en platos de tierra como,
no se destruirá mi tierra.
Procurad partiros luego,
e id con Dios.

BENAVIDES:

Iré dolido,
pues tan poco a valer llego,
que aun el ser agradecido
me niegan.

REINA:

Yo no os lo niego.
Aumentad vuestro caudal;
que sois vasallo de ley,
y no me estará a mí mal,
si es depósito del Rey,
la hacienda del que es leal.

(Vanse BENAVIDES y el MAYORDOMO.)


Escena VII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


La REINA, DON JUAN, el MERCADER.
  
REINA:

¿Falta más?

DON JUAN:

Señora, sí.
La gente de Extremadura
que da Portugal por mí,
y la frontera asegura
de su rey, me escribe aquí
que ha un año que no recibe
pagas, y la desampara;
que sin dineros no vive
el soldado.

REINA:

Es cosa clara.
Razón tiene el que os escribe.
Ya no tengo qué vender;
sólo un vaso me ha quedado
de plata para beber:
mi patrimonio he empeñado;
mas buscadme un mercader,
que sobre una sola prenda
que me queda, supla agora
esta falta con su hacienda.


Escena VII
Pág. 077 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


MERCADER:

Cuanto yo tengo, señora,
aunque mujer e hijos venda,
está a serviros dispuesto.

REINA:

¿Sois mercader?

MERCADER:

Segoviano.
Mi hacienda os doy, no os la presto;
que vuestro valor cristiano
es bien que me obligue a esto.

REINA:

En Segovia ya yo sé
que hay mercaderes leales,
de tanto caudal y fe,
que hacen edificios reales,
como en sus templos se ve.
Y siendo esto así, no hay duda
que quien a su Dios y ley
con tanta largueza ayuda,
al servicio de su rey
y honra de su patria acuda.
No quiero yo que me deis
de gracia ninguna cosa,
pues harto me serviréis
que sobre una prenda honrosa
cuento y medio me prestéis.
Estas tocas os empeño,
 (Va a quitárselas.)
si es que estimáis el valor
que reciben de su dueño.


Escena VII
Pág. 078 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


MERCADER:

El tesoro que hay mayor,
para tal joya es pequeño.
Gran señora, no provoque
Vuestra Alteza mi humildad,
ni su cabeza destoque;
que no es mi felicidad
digna que tal prenda toque;
porque si Segovia alcanza
que a sus tocas el respeto
perdió mi poca confianza,
por avaro e indiscreto
de mí tomará venganza.
No me afrente Vuestra Alteza
cuando puede darme ser;
que una reina, no es nobleza
que hable con un mercader,
descubierta la cabeza.


Escena VII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

Capitán, he leído yo,
que para pagar su gente,
cuando sin joyas se vio,
cortó la barba prudente
y a un mercader la empeñó.
Las tocas son, en efecto,
como la barba en el hombre,
de autoridad y respeto;
y así no es bien que os asombre
lo que veis, si sois discreto,
ni que murmuren las bocas
extranjeras, si lastiman
con lenguas libres y locas
a capitanes que estiman
 (Mira al infante DON JUAN.)
más sus barbas que mis tocas.
Tomad, y a mi tesorero
daréis esa cantidad.

MERCADER:

Como reliquias las quiero
guardar de la santidad
de tal reina.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


La REINA, DON JUAN.
  
DON JUAN:

(Aparte.)
Alegre espero
del Rey la agradable muerte.
¿Si habrá el veneno mortal
asegurado mi suerte?
¡Oh, corona!, ¡oh trono real!
¿Cuándo tengo que poseerte?

REINA:

Primo.

DON JUAN:

Señora.

REINA:

Bien sé
que desde que os redujisteis
a vuestro rey, y volvisteis
por vuestra lealtad y fe,
a saber que algún ricohombre
a su corona aspirara,
y darle muerte intentara
a costa de un traidor nombre,
que pusiérades por él
vida y hacienda.

DON JUAN:

Es así.
 (Aparte.)
¿Si dice aquesto por mí?
Creed de mi pecho fiel,
gran señora, que prefiero
la vida, el ser y el honor
por el Rey nuestro señor.
Pero el propósito espero
a qué me habláis de esa suerte.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

Solos estamos los dos:
fiarme quiero de vos.

DON JUAN:

(Aparte.)
Angustias siento de muerte.

REINA:

Sabed que un grande, y tan grande
como vos... ¿De qué os turbáis?

DON JUAN:

Témome que ocasionáis
que algún traidor se desmande
contra mí, y descomponerme
con Vuestra Alteza procure.

REINA:

No hay contra vos quien murmure;
que el leal, seguro duerme.
Digo, pues, que un grande intenta
(y por su honra el nombre callo)
subir a rey de vasallo,
y sus culpas acrecienta.
Quisiérale reducir
por algún medio discreto,
con vos le intento escribir;
que por quererle bien vos,
mejor le reduciréis.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

¿Yo bien?

REINA:

Tan bien le queréis
como a vos mismo.

DON JUAN:

Por Dios
que el corazón me ama
a mí mismo, si supiera
que en él tal traición cupiera.

REINA:

Eso, primo, es cosa clara;
que a no teneros por tal,
no os descubriera su pecho.
El mío está satisfecho
de si sois o no leal.
Aquí hay recado: escribid.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

(Aparte.)
¿Qué enigmas, cielos, son éstas?
¡Ay, reino, lo que me cuestas!

REINA:

Tomad la pluma.

DON JUAN:

Decid.

REINA:

Infante.

DON JUAN:

Señora...

REINA:

Digo
que así, Infante, lo escribáis.

DON JUAN:

Si por infante empezáis,
claro está que habláis conmigo;
pues si Don Enrique no,
no hay en Castilla otro infante.
Algún privado arrogante
mi nobleza desdoró;
y mentirá el desleal
que me impute tal traición.

REINA:

¿No hay infantes de Aragón,
de Navarra y Portugal?
¿De qué escribiros servía,
estando juntos los dos?
Haced más caso de vos.

DON JUAN:

(Aparte.)
¡Qué traidor no desconfía!


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


(Paseándose la REINA, va dictando,
y DON JUAN escribe.)
  
REINA:

Infante: como un rey tiene
dos ángeles en su guarda,
poco en saber quién es tarda
el que a hacerle traición viene.
Vuestra ambición se refrene,
que se acabará algún día
la noble paciencia mía;
y os cortará mi aspereza
esperanzas y cabeza.
La reina Doña María.
Cerradle y dadle después.

DON JUAN:

¿A quién? Que saberlo intento.

REINA:

El que está en ese aposento
os dirá para quién es.

 (Vase.)


Escena IX
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN.
  
DON JUAN:

«¡El que está en ese aposento
os dirá para quién es!».
Misterios me habla, después
que matar al Rey intento.
¡Escribe el papel conmigo,
y remite a otro el decirme
para quién és! Prevenirme
intenta con el castigo.
¿Si hay aquí gente cerrada,
para matarme en secreto?
Ea, temor indiscreto,
averiguad con la espada
la verdad desta sospecha.
(Saca la espada, abre la puerta del fondo
y descubre al judío muerto,
con el vaso en la mano.)
¡Ay cielos!, mi daño es cierto.
El doctor está aquí muerto,
y la esperanza deshecha
que en su veneno estribó.
Todo la Reina lo sabe;
que en un vil pecho no cabe
el secreto: él le contó
la determinación loca
de mi intento depravado.
El veneno que ha quedado
he de aplicar a la boca.
 (Toma el vaso.)
Pagaré así mi delito,
pues que colijo de aquí
que sois, papel, para mí,
siendo un muerto el sobrescrito.
Si deste vano interés
duda vuestro pensamiento,
«El que está en este aposento,
os dirá para quién es»,
mudo dice que yo soy;
muerto está por desleal;
quien fue en la traición igual,
séalo en la muerte hoy;
que por no ver la presencia
de quien ofendí otra vez,
a un tiempo verdugo y juez
he de ser de mi sentencia.
  
(Quiere beber, sale la REINA,
y quítale el vaso.)


Escena X
Pág. 086 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


La REINA, DON JUAN.
  
REINA:

Primo, Infante, ¿estáis en vos?
Tened la bárbara mano.
¿Vos sois noble?, ¿vos cristiano?
Don Juan, ¿vos teméis a Dios?
¿Qué frenesí, qué locura
os mueve a desesperaros?

DON JUAN:

Si no hay para aseguraros
satisfacción más segura
si no es con que muerto quede,
quiero ponerlo por obra;
que quien mala fama cobra,
tarde restaurarla puede.


Escena X
Pág. 087 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

Vos no la perdéis conmigo.
Ni aunque desleal os llame
un hebreo vil o infame,
que no vale por testigo,
le he de dar crédito yo.
Él fue quien dar muerte quiso
al Rey: tuve dello aviso,
y aunque la culpa os echó,
ni sus engaños creí,
ni a vos, Don Juan, noble primo,
menos que antes os estimo.
El papel que os escribí,
es para daros noticia
de que en cualquier yerro o falta
ve mucho, por ser tan alta,
la vara de la justicia.
Escarmentad, primo, en él,
mientras que seguro os dejo,
y si estimáis mi consejo,
guardad mucho ese papel.
Que siendo contra el honor
la traición mortal veneno,
no hay antídoto tan bueno,
Infante, como el temor.

DON JUAN:

No tengo lengua, señora,
para ensalzar al presente
la prudencia que en vos...

REINA:

Gente
viene; dejad eso agora.


Escena XI
Pág. 088 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON ALONSO, y soldados que traen a DON DIEGO preso.
Detrás, DON NUÑO, DON ÁLVARO y otros caballeros.
Dichos.
  
DON ALONSO:

A los pies de Vuestra Alteza,
que leal y humilde beso,
pone labios y cabeza
Don Diego, y aunque está preso
por mí, nunca su nobleza
traicionaros pretendió.
Del Rey es deudo cercano,
amor ciego le cegó,
pretendió daros la mano
de esposo, y así buscó
en el de Aragón ayuda,
sin que en ausencia o presencia
su lealtad pusiese en duda,
ni de la justa obediencia
saliese que a tantos muda.
Perdonadle, gran señora,
porque en vuestra gracia viva.


Escena XI
Pág. 089 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON DIEGO:

Yo enmendaré desde agora,
como en ella me reciba,
faltas de quien os adora.
Bástame para castigo
el venir, señora tal,
pues a la enmienda me obligo
que...

REINA:

Don Juan de Carvajal.

DON ALONSO:

Señora.

REINA:

Venid conmigo.
  
(Vanse la REINA y DON ALONSO,
dejando de rodillas a DON DIEGO.)


Escena XII
Pág. 090 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN, DON DIEGO, DON NUÑO,
DON ÁLVARO, caballeros.
  
DON DIEGO:

¡Pues de esa suerte se va
sin oírme Vuestra Alteza!
¿Satisfacciones no oirá?
¿Tan falto estoy de nobleza?
¿Tan poco valor me da
la sangre real que me ampara,
que cuando estoy a sus pies,
y algún príncipe estimara
postrarse a los míos, es
aún de palabras avara?
¿Don Diego de Haro no soy?
¿A Vizcaya no poseo?
¿Tan sin parientes estoy
que no den, si lo deseo,
venganza al desprecio de hoy?
Pues, vive Dios, que ha de ver
presto Castilla si puedo...


Escena XII
Pág. 091 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

Don Diego, callar y hacer;
que tan agraviado quedo
de que os tenga una mujer
en tan poco, que reviento
de pesar.

DON NUÑO:

Yo estoy dolido,
y aunque veis que callo, siento
que hayan los grandes venido
a tan vil abatimiento.

DON JUAN:

Y si en vosotros hubiera
ánimo como hay valor,
ricoshombres, yo os dijera
cosas que oculta el temor,
porque otra ocasión espera.

DON DIEGO:

¿De la Reina?


Escena XII
Pág. 092 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

Aquellas tocas
blancas, honestas y bajas,
cubriendo costumbres locas,
son de la virtud mortajas;
que en las viudas siempre hay pocas.

DON DIEGO:

Aunque agraviado me veis
por la Reina, sed discreto,
y hablad, mientras aquí estéis,
con la mesura y respeto
que a Su Majestad debéis,
porque yo, Infante, me precio
de comedido y leal,
aunque siento mi desprecio.


Escena XII
Pág. 093 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

Si la Reina fuera tal como
juzga el vulgo necio,
pusiera a la lengua tasa,
que a desdorarla se atreve.
Creed que aunque no se casa,
debajo de aquella nieve
de tocas, torpe se abrasa.

DON DIEGO:

No digáis, Infante, tal;
que es una santa la Reina,
y el que es noble no habla mal.

DON JUAN:

Si en Castilla Don Juan reina...

DON DIEGO:

¿Qué Don Juan?

DON JUAN:

De Carvajal,
desposándose con ella,
¿qué diréis?

DON DIEGO:

Que el desvarío
vuestro sentido atropella.


Escena XII
Pág. 094 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

Aunque muerto, este judío
 (Descúbrele.)
será en mi abono y contra ella.
Al niño Rey, que está malo,
en una purga mandó
darle veneno, regalo
que el torpe amor recetó,
con que su virtud señalo.
Que como no hay fortaleza
en el reino que no esté
en su nombre (¡qué vileza!),
ni en Castilla quien no dé
por servirla la cabeza;
con fingida santidad
matando a su hijo y rey,
determina hacer verdad
que contra el reinar no hay ley,
parentesco ni amistad.
Por conjeturas saqué
esta bárbara traición,
porque de la Reina sé
la ambiciosa presunción;
y así a palacio llegué
cuando el veneno iba a dar
al Rey este vil hebreo;
y comenzando a negar,
yo que la vida deseo
de Fernando asegurar,
haciéndosele beber,
luego que llegó a los labios
el alma, vine a saber
las deslealtades y agravios
que un torpe amor puede hacer.
Confesóme todo el caso;
murió y encerréle ahí;
si de mi fe no hacéis caso,
mirad el médico aquí,
y la ponzoña en el vaso.
Dad crédito a la homicida
de su hijo, y llore España
su rey cuando esté sin vida;
veréis del modo que engaña
una santidad fingida.


Escena XII
Pág. 095 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON DIEGO:

Imposible es de creer
cosa tan horrenda, Infante.
¿Tal puede una madre hacer?

DON ÁLVARO:

¿Qué no hará, si es arrogante
y ambiciosa una mujer,
por ser reina?

DON DIEGO:

Yo no creo
tal cosa.

DON JUAN:

El averiguallo
es el más seguro empleo.
Del Rey soy tío y vasallo,
y los peligros que veo
me obligan a recelar;
pero a mi quinta os convido
aquesta noche a cenar,
y el cuerdo secreto os pido
hasta que en aquel lugar
lo que importa consultemos.


Escena XII
Pág. 096 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON DIEGO:

Eso me parece bien.

DON ÁLVARO:

De una mujer los extremos
no es maravilla que os den
las sospechas que tenemos.
Y pues no os mandó prender
la Reina, venid, Don Diego.

DON DIEGO:

Si verdad viniese a ser
tal traición...

DON JUAN:

Lo veréis luego.

 (Vase DON JUAN.)


Escena XIII
Pág. 097 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON DIEGO, DON NUÑO, DON ÁLVARO, caballeros.
  
DON DIEGO:

No lo tengo de creer.
¡Con Don Juan de Carvajal
la reina Doña María
deshonesta y desleal!

DON ÁLVARO:

Mal sabéis su hipocresía.

DON DIEGO:

¡Contra su rey natural,
contra su hijo, su fama,
su ley, su nombre, su Dios...!

DON ÁLVARO:

Es mujer, es moza, y ama;
luego, aquí para los dos,
aunque Castilla la llama
santa, en no querer casarse
con Don Juan o Don Enrique,
¿no da causa a sospecharse,
por más virtud que publique,
conde, que debe abrasarse
con el torpe amor de ese hombre?

DON NUÑO:

En una hipócrita loca,
nada, Don Diego, os asombre;
que engaña una blanca toca
y obliga un fingido nombre.

DON ÁLVARO:

¿Qué mucho haga tanto caso
y con tal privanza apoye
a un leonés de estado escaso?


Escena XIV
Pág. 098 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


La REINA. Dichos
  
REINA:

(Asomándose al tapiz.)
Mirad que la Reina os oye;
caballeros, hablad paso.
 (Vase.)

DON NUÑO:

¡La Reina!

DON DIEGO:

¿La Reina?

DON NUÑO:

Sí.

DON ÁLVARO:

Culpada está, pues consiente
y no osa volver por sí.

DON DIEGO:

Disimula, que es prudente.

DON ÁLVARO:

Vamos, Don Nuño, de aquí.

(Vanse.)


Escena XV
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON MELENDO, la REINA, DON ALONSO.
  
DON ALONSO:

¿Está mejor Su Alteza?

REINA:

Gloria al cielo,
de peligro salió.

DON ALONSO:

Gócele España
mil años, heredando el justo celo
de tal madre.

REINA:

Melendo de Saldaña,
¡triste venís! ¿De qué es el desconsuelo?

DON MELENDO:

Quien sirviéndoos, señora, os acompaña,
si es leal, con razón muestra tristeza
de que llegue a este extremo Vuestra Alteza.

REINA:

Pues ¿qué hay de nuevo?


Escena XV
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON MELENDO:

No hay en vuestra casa
con qué os dé de cenar; vendidas tengo
las prendas de la mía, que aunque escasa
se honra de ver que os sirvo y os mantengo.
No es la virtud moneda ya que pasa;
de probar amistades falsas vengo.
Prestado a mercaderes he pedido,
y con todos el crédito he perdido;
cansado, en fin, me vuelvo de rogallos.

REINA:

¡Gracias a Dios! ¡No os dé pena ninguna,
que es señal de que comen los vasallos,
Melendo noble, cuando el Rey ayuna.

DON ALONSO:

Véndanse, gran señora, mis caballos,
mi encomienda, los bienes que fortuna
me dio: mi corazón se ponga en venta;
que de lo que oye mi lealtad se afrenta.


Escena XV
Pág. 101 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


(Hace que se va, y la REINA le detiene.)
  
REINA:

Don Juan de Carvajal...

DON ALONSO:

Si imaginara
que esto a una reina suceder podía,
la tierra como rústico cavara,
ganándoos el sustento cada día.

REINA:

Volved acá, Don Juan.

DON ALONSO:

Quién no repara
en esto, ¿qué valor...?

REINA:

Por vida mía,
Don Juan, que os soseguéis.


Escena XV
Pág. 102 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON ALONSO:

No será justo
que viendo lo que veo...

REINA:

Este es mi gusto.

DON MELENDO:

Lo que me causa más enojo y pena
cuando os veo venir a tal estado,
es que el Infante a una soberbia cena,
haya a todos los grandes convidado.

REINA:

Por mí Don Juan ese banquete ordena.

DON MELENDO:

¿Por vos?

REINA:

Melendo, sí, yo le he mandado
que, para cosas del servicio mío,
los grandes junte así, de quien las fío.

DON MELENDO:

Sosiégome con eso.

REINA:

Los monteros
de Espinosa, mis guardas, con secreto
me prevenid, Don Juan, y caballeros
parientes vuestros; yo os diré a qué efeto.

DON ALONSO:

No quiero saber más que obedeceros.

REINA:

La pena refrenad, que yo os prometo
que esta noche, Melendo, a costa ajena
habemos de tener una real cena.
 
(Vanse.)


Escena XVI
Pág. 103 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN, DON DIEGO, DON NUÑO, DON ÁLVARO.
  
DON JUAN:

Mientras que se hace hora
de cenar entretengamos
el tiempo.

DON NUÑO:

Dados jugamos.

DON JUAN:

Dejad los dados agora;
que tienen muchos azares.

DON DIEGO:

No es pequeño el que sospecho
que ha de alborotar mi pecho,
Don Juan, mientras no repares
de la Reina la opinión,
que corre riesgo por ti.


Escena XVI
Pág. 104 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

Que el reino he librado di,
Don Diego, de una traición.

DON DIEGO:

Más difícil de creer
se me hace, cuanto más
lo pienso.

DON JUAN: ¡Terrible estás,

Don Diego! Si te hago ver
hacer la Reina favores
a Don Juan de Carvajal,
y en correspondencia igual
que él la está diciendo amores,
¿lo creerás?

DON DIEGO:

Creeré que miente
la vista; pero en tal caso
los celos en que me abraso,
si ven tal traición presente,
y de Castilla el decoro
me obligará a que os incite
que el gobierno se le quite,
y en el alcázar de Toro
esté presa.


Escena XVI
Pág. 105 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

¿A quién podremos
nombrar por gobernador,
y del niño Rey tutor?

DON NUÑO:

Si a vos, Don Juan, os tenemos,
¿qué hay que preguntar a quién?

DON JUAN:

Yo soy muy poco ambicioso.

DON DIEGO:

Don Enrique es poderoso,
y tendrá ese cargo bien.

DON JUAN: Don Enrique ha pretendido

ser rey, y si en su poder
está el reino, ha de querer
lo que hasta aquí no ha podido.

DON ÁLVARO:

Lo será Don Diego, pues,
que nadie en España ignora
quién es.

DON JUAN:

Dejemos agora
aquesto para después;
que cuando por elección
el remo en Cortes me elija,
será fuerza que lo rija,
y tuerza mi inclinación.


Escena XVI
Pág. 106 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON DIEGO:

(Aparte.)
Este es traidor, vivo el cielo,
y por verse rey levanta
a la Reina, cuerda y santa,
el insulto que recelo.
Aunque la vida me cueste,
lo tengo de averiguar.

DON JUAN:

(Tocan a rebato.)
Caballeros, a cenar.
Pero ¿qué alboroto es éste?


Escena XVII
Pág. 107 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON ÁLVARO. Dichos.
  
DON ÁLVARO:

La Reina y toda su guarda
la casa nos ha cercado.

DON JUAN:

(Aparte.)
¡Qué mucho si tienen al lado
los dos ángeles de guarda
que dijo que la dan cuenta
de aquesta nueva traición!
¿Cómo esperáis, corazón,
sin matarme, tal afrenta?


Escena XVIII
Pág. 108 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON ALONSO, DON MELENDO, soldados.
Dichos, después la REINA.
  
DON ALONSO:

Daos a prisión, caballeros;
las espadas de las cintas
quitad.
(Quítanselas, y sale la REINA armada.)

REINA:

No se hacen las quintas
sólo para entreteneros.
Ni es bien que yo guarde fueros
a quien no guarda a mi honor
el respeto que el valor
de un vasallo a su rey debe,
y a dar crédito se atreve
ligeramente a un traidor.
¡Buena información por cierto
hizo el que agraviarme intenta,
pues por testigo os presenta
un judío, y ése muerto!
Cuando hagáis algún concierto
en palacio, es bien callar,
no os oigan; pues vino a dar
Dios, que os enseña a vivir,
dos oídos para oír,
y una lengua para hablar.
La fama de quien me acusa,
comparada con la mía,
responder por mí podría
sin otra prueba o excusa;
mas no ha de quedar confusa
con la traición, mi inocencia,
ni la calumnia y licencia
mancharán mi limpio estado.
Si la vida que os he dado
dos veces (que no debiera)
apetecéis la tercera,
infante inconsiderado:
decid, pues estáis atado
al potro de la verdad,
quién fue el que con deslealtad
quiso dar veneno al Rey,
haciendo a un hebreo sin ley
ministro de tal maldad.


Escena XVIII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON JUAN:

Señora...

REINA:

No moriréis,
como la verdad digáis.

DON JUAN:

Si piadosa me animáis,
severa temblar me hacéis;
muerte es justo que me deis.
Yo al médico persuadí
que al Rey mi señor matase,
porque en su silla gozase
el reino que apetecí.
Después que muerto le vi,
por vos forzado a beber
el veneno, hice creer
a todos, en nuestra mengua,
cosas que no osa la lengua
memoria de ellas hacer.


Escena XVIII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


REINA:

En la Mota de Medina
estaréis, Infante, preso,
hasta que os vuelva a dar seso
el furor que os desatina.

DON JUAN:

Quien a ser traidor se inclina,
tarde volverá en su acuerdo.
La libertad y honra pierdo
por mi ambicioso interés;
callar y sufrir, pues es
por la pena el loco, cuerdo.
(Llévanle.)

DON NUÑO:

Nadie, gran señora, ha dado
fe en vuestra ofensa al Infante.

REINA:

Noticia tengo bastante
de quien es o no culpado.
Pero decid: ¿cuántos son
los que en Castilla y León
reinan hoy? ¿De qué os turbáis,
cuando vuestra fe acrisolo?


Escena XVIII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON DIEGO:

Fernando el cuarto es rey solo,
y vos, que le gobernáis.

REINA:

¿A él tan solo, en fin, le dais
nombre de rey?

DON ÁLVARO:

No sabemos
que haya otro, ni le queremos.

DON NUÑO:

Un Dios nos da nuestra ley,
y en Castilla un solo rey,
por quien fieles moriremos.

REINA:

Pues yo sé que hay en Castilla
tantos reyes, cuantos son
los grandes, cuya ambición
ocupar quiere su silla.
Si esto os causa maravilla
y deseáis que os los nombre,
decid, porque no os asombre:
¿Cuál de éstos es rey por obra;
quién las rentas reales cobra,
o quién sólo tiene el nombre?
¡No os atrevéis a decillo!
Pues no es difícil la cuenta;
que rey sin Estado y renta,
será sólo rey de anillo.
No puedo, grandes, sufrillo.
¿Qué cuentos a daros viene
el Rey a vos que os mantiene?


Escena XVIII
Pág. 112 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON DIEGO:

A mí, tres.

DON NUÑO:

Y dos a mí.

DON ÁLVARO:

A mí, uno.

REINA:

Sacad de aquí
qué reyes Castilla tiene.
Mal podrá mi hijo reinar
sin rentas y sin poder,
pues por daros de comer,
hoy no tiene qué cenar.
Un cuerpo no puede estar
con tanto rey y cabeza;
que es contra naturaleza.
Estas me cortad agora,
Soldados.

DON ÁLVARO:

Reina...

DON NUÑO:

Señora...


Escena XVIII
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La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON DIEGO:

No permita Vuestra Alteza
tal rigor; yo volveré
lo que al Rey le soy en cargo.

DON ÁLVARO:

De satisfacer me encargo
lo que a su alteza usurpé.

REINA:

La vida os perdonaré
como me deis en rehenes
vuestros castillos.

DON DIEGO:

Ya tienes
por tuyos los que señales.

REINA:

Padece el reino mil males,
si al Rey le usurpáis sus bienes.
A ser vuestra convidada,
caballeros, he venido;
no os congojéis; que aunque he sido
por vosotros agraviada,
ya yo estoy desenojada,
cada cual su Estado cobre;
y para que a todos sobre,
desustanciad al Rey menos;
que no son vasallos buenos
los que a su rey tienen pobre.
Don Diego de Haro, ya veo
que por mi fama volvisteis,
cuando a Don Juan no creísteis.


Escena XVIII
Pág. 114 de 167
La prudencia en la mujer Acto II Tirso de Molina


DON DIEGO:

Sólo vuestra virtud creo.

REINA:

Conde os hago de Bermeo.

DON DIEGO:

No llegue el tiempo a ofender
tal valor, pues vengo a ver
en nuestro siglo terrible
lo que parece imposible,
que es prudencia en la mujer.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


El REY DON FERNANDO, ya mancebo,
la REINA, BENAVIDES, DON NUÑO,
DON ÁLVARO, DON ALONSO y DON PEDRO.
  
REINA:

Pues los deseados días,
hijo y señor, se han llegado.
en que el cielo os ha sacado
hoy de las tutelas mías,
y de diez y siete años,
a vuestro cargo tomáis
el gobierno, y libre estáis
de peligros y de daños
haciendo una suma breve
del estado en que os le dejo,
con el último consejo
quedar una madre debe,
me despediré de vos,
y del reino que os desea,
y siglos largos os vea
ensanchar la ley de Dios.
Cuando el rey Don Sancho el Bravo,
vuestro padre y mi señor,
dejó por otro mejor
el reino de que fue esclavo,
un solo palmo de tierra
no hallé a vuestra devoción;
alzóse Castilla y León,
Portugal os hizo guerra,
el granadino se arroja
por extender su Alcorán,
Aragón corre a Almazán,
el navarro la Rioja;
pero lo que el reino abrasa,
hijo, es la guerra interior;
que no hay contrario mayor
que el enemigo de casa.
Todos fueron contra vos,
y aunque por tan varios modos
os hicieron guerra todos,
fue de fue nuestra parte Dios.
Pues en el tiempo presente
porque al cielo gracias deis
del reino que le debéis
le hallaréis tan diferente.
No hay guerra que el reino inquiete,
ni insulto con que se estrague,
villa que no os peche y pague,
vasallo que no os respete:
de que salgo tan contenta
cuanto pobre, pues por vos,
de treinta no tengo dos
villas que me paguen renta.
Pero bien rica he quedado,
pues tanta mi dicha ha sido,
que el reino que hallé perdido,
hoy os lo vuelvo ganado.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REY:

El y yo, madre y señora,
con desamparo y tristeza
quedamos, si Vuestra Alteza
se ausenta y nos deja agora.
Porque del gobierno mío,
¿cómo se puede esperar
que mozo llegue a llenar
ausente vos, tal vacío?
Vuestra Alteza no permita
dejarme en esta ocasión.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REINA:

Ya es, hijo y señor, razón
que este gran peso os remita.
El culto de vuestra ley,
Fernando, encargaros quiero;
que éste es el móvil primero
que ha de llevar tras sí al Rey;
y guiándoos por él vos,
vivid, hijo, sin cuidado,
porque no hay razón de Estado
como a el servir a Dios.
Nunca os dejéis gobernar
de privados, de manera
que salgáis de vuestra esfera,
ni los llevéis tanto a dar
que se arrojen de tal modo
al cebo del interés,
que os fuercen, hijo, después
a que se lo quitéis todo.
Con todos los grandes sed
tan igual y generoso,
que nadie quede quejoso
de que a otro hacéis más merced;
tan apacible y discreto,
que a todos seáis amable;
mas no tan comunicable
que os pierdan, hijo, el respeto.
Alegrad vuestros vasallos,
saliendo en público a vellos;
que no os estimarán ellos,
si no os preciáis de estimallos.
Cobraréis amable fama
con quien vuestra vista goce;
que lo que no se conoce,
aunque se teme, no se ama.
Sea por vos estimada
la milicia en vuestra tierra,
porque más vence en la guerra
el amor que no la espada.
A Don Juan, señor, debéis
de Benavides, la silla
en que os corona Castilla,
y es bien que se la paguéis.
Así los dos Carvajales
con el mismo cargo os dejo,
tan cuerdos en dar consejo,
como en serviros leales.
Ejercitad su prudencia,
conoceréis su valor;
y con esto, hijo y señor,
dadme brazos y licencia.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


(Abrázanse.)
  
REY:

Vamos; acompañaré
a Vuestra Alteza.


REINA:

Asistid
a las Cortes de Madrid;
que es de importancia que esté
en ellas vuestra presencia;
que en mi compañía irán
los dos hermanos, Don Juan
y Don Pedro, hasta Palencia,
y en acabándose iréis
a ver al de Portugal,
porque con amor igual
la mano a la Infanta deis,
que con su padre os espera
cerca de Ciudad Rodrigo.
Quedaos.


Escena I
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REY:

Vuestro gusto sigo,
aunque más gusto tuviera
en iros acompañando.

REINA:

Hágaos tan dichoso el cielo
como a vuestro bisabuelo,
y tan santo, mi Fernando.

REY:

Como yo os imite a voz,
no habrá bien que no me cuadre.
Servid los dos a mi madre.

REINA:

Adiós.

REY:

Gran señora, adiós.
  
(Vase la REINA con DON ALONSO y DON PEDRO.)


Escena II
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


El REY, BENAVIDES, DON NUÑO, DON ÁLVARO.
  
DON NUÑO: ¡Gracias al cielo que ya

salió el reino del poder
y manos de una mujer!

DON ÁLVARO:

Catorce años y más ha
a Semíramis imita,
y a Vuestra Alteza encerrado,
si disfrazarle no ha osado,
y el gobierno no le quita,
cual la otra hizo con Nino,
es porque tiene temor
a nuestra lealtad y amor.

REY:

Del cielo santo imagino
de mi madre la prudencia
con que el reino gobernó;
mas no puedo negar yo
que ha sufrido mi paciencia
un cautiverio enfadoso;
pues según me recataba,
no para rey me criaba,
sino para religioso.


Escena II
Pág. 121 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


BENAVIDES:

No desdice de la ley
que en el gobierno se emplea.
antes la adorna, que sea,
señor, religioso un rey.
Ni la Reina mi señora,
a quien la envidia contrasta
hizo...

REY:

Benavides, basta;
no nos prediquéis agora.
Nadie dice mal aquí
de mi madre, ni tampoco
será ninguno tan loco
que ose delante de mí
agraviar la cristiandad
que España conoce en ella,
para que volváis por ella.
Conozco vuestra lealtad.
Idos, Don Juan, a León.


Escena II
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


BENAVIDES:

Si os he, señor, enojado...

REY:

No habéis; pero estáis cansado.
Cuando se ofrezca ocasión
en que os haya menester,
yo os enviaré a llamar.

BENAVIDES:

Merced me hacéis, singular,
y como os sé obedecer
en esto, seré obediente
en lo demás que os dé gusto;
pero advertid que no es justo,
cuando vos estáis presente,
que murmure el atrevido
de quien nombre alcanza eterno
por su virtud y gobierno,
y el reino os ha defendido;
que a no estar delante vos,
en quien mi lealtad repara,
pudiera ser que cortara
las lenguas a más de dos.

DON ÁLVARO:

Si de vuestro atrevimiento,
hidalgo pobre...


Escena III
Pág. 123 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


El REY, DON NUÑO, DON ÁLVARO.
  
REY:

Dejadle,
pues que se va; que no en balde
de la corte echarle intento.
Sirvió a mi madre; disculpa
tiene si por ella ha vuelto.

DON NUÑO:

Hablar tan libre y resuelto
delante su Rey, es culpa
digna, señor, de castigo.

REY:

Por mi madre lo perdono:
su lealtad, sirva de abono.
Si he de ir a Ciudad Rodrigo,
despedir las Cortes puedo,
pues no hay en ellas qué hacer,
y saldréme a entretener
por los montes de Toledo;
que me afirman que hay en ellos
mucha caza.


Escena III
Pág. 124 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON NUÑO:

Todos son,
para vuestra inclinación,
entretenidos y bellos.

REY:

Pues, Don Nuño, prevenid
a mi cazador mayor;
que hoy, a pesar del calor,
he de salir de Madrid;
y a don Enrique avisad,
mi tío, porque dé traza,
si es inclinado a la caza,
de seguirme.

DON ÁLVARO:

Vuestra edad,
gran señor, pido todo eso.

REY:

(Aparte.)
Revienta el fuego encerrado,
vuela el neblí desatado,
y sin grillos corre el preso.
Porque este símil me cuadre,
fuego, neblí y preso he sido,
que como río he salido
de madre, ya sin mi madre.

 (Vase.)


Escena IV
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN, de labrador. Dichos.
  
DON JUAN:

Inclito y famoso Rey,
feliz ya por ser Fernando,
en el valor el primero,
aunque en sucesión el cuarto.
De España, cuando Castilla
os pone el cetro en la mano;
imitad a Salomón,
y entrad deshaciendo agravios,
porque al principio os respeten
y adoren vuestros vasallos.
La reina Doña María
mujer de Don Sancho el Bravo,
por vivir a rienda suelta
en tan ilícitos tratos,
que para que no os ofendan,
los publico con callarlos,
intentando libre y torpe
casarse con un vasallo,
y dándoos la muerte niño,
estos reinos usurpados,
viendo oponerme leal,
con armas y con vasallos
a sus mortales deseos,
quitado me ha mis Estados,
y en la Mota de Medina
ha, invicto, señor, diez años
que preso por inocente,
lloro desdichas y agravios.
Supe, gracias a los cielos,
que vuelto el siglo dorado,
el gobierno de Castilla
resucita en vuestra mano.
Y fiando en mi inocencia,
y en la lealtad de un criado,
hechas las sábanas tiras,
del homenaje más alto
descolgándome una noche,
como me veis disfrazado,
entre esos montes desiertos
ha cuatro meses que paso.
Si el poco conocimiento
que tenéis de mis trabajos,
pone mi crédito en duda,
y a persuadiros no basto
a la justa indignación
de vuestra madre, Fernando,
Don Juan soy, infante y hijo
del rey Don Alfonso el Sabio;
mi sobrino os llama el mundo,
y yo mi señor os llamo.
Testigos de mi inocencia,
y del gobierno tirano
de vuestra madre cruel,
son seguros y abonados
el infante Don Enrique,
hijo de Fernando el Santo,
Don Álvaro Nuño, Tello...
Mas, ¿para qué alego en vano
corta suma de testigos,
cuando el reino despechado,
los vasallos destruídos,
los leales desterrados,
los ricoshombres ya pobres,
abatidos los hidalgos,
y todo el reino perdido,
voces al cielo están dando?
Sol de España sois, señor,
deshagan los rayos claros
de la justicia las nubes
que su luz han eclipsado;
y posponiendo respetos
de madre, pues sois amparo
Los Carvajales intentan,
de Castilla, dad prudente
remedio a tan ciertos daños,
y vuestros pies generosos
a un infante desdichado,
que juzga, viéndoos reinar,
por venturas sus trabajos.


Escena IV
Pág. 126 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REY:

Levantad, ilustre tío,
del suelo, que estáis dañando,
las generosas rodillas,
y dadme los nobles brazos.
Con vuestras quejas he oído
la mala cuenta que ha dado
mi madre de su gobierno;
pero negocio tan arduo,
aunque Don Enrique alega
lo que vos, y ha provocado
mi severo enojo, pido
que le averigüe despacio.
Vuestros estados os vuelvo,
dándoos el mayordomazgo
mayor de mi casa y corte.


Escena IV
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN:

Reinéis, señor, siglos largos.

DON ENRIQUE:

Para gozarlo seguro,
es, gran señor, necesario
que a los principios cortéis
a los peligros los pasos.
A lo que el Infante ha dicho
contra vuestra madre, añado
que es Don Juan de Carvajal
el que en ilícitos tratos
con la Reina ofende torpe
la memoria de Don Sancho,
vuestro padre, y ambicioso
el reino intenta usurparos,
por ser tan emparentados,
juntar sus deudos y amigos,
y del reino apoderados,
alzar por Doña María
banderas, y destronaros.
Mirad, gran señor, si piden
la diligencia estos casos.


Escena IV
Pág. 128 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REY:

¡Válgame el cielo!, ¿es posible
que mi madre haya borrado
la fama, con tal traición,
que su nombre ha eternizado?
¡Contra mí mi madre misma,
y en deshonestos abrazos
las cenizas ofendiendo
de mi padre el rey Don Sancho!
¡Jesús! no puedo creerlo;
pero pues lo afirman tantos,
que con lealtad acreditan
la verdad, ¿de qué me espanto?


DON ÁLVARO:

Lo menos, señor, te han dicho
de lo que pasa, que es tanto
que excede a cualquier suma.


Escena IV
Pág. 129 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON NUÑO:

Si yo por testigo valgo,
afirmarte, señor, puedo
que si no acudes temprano
al peligro de Castilla,
no has de poder remediarlo.

REY:

Alto, pues, vasallos míos;
no es posible que haya engaño
en vuestros hidalgos pechos;
creeros quiero a los cuatro.
Mi madre es mujer y moza;
quedó el gobierno en su mano;
el poder y el amor ciegan;
no hay hombre cuerdo a caballo:
si por tantos años tuvo
estos reinos a su cargo.
¿Qué mucho, siendo ambiciosa
que sienta agora el dejarlos?
Pues sois ya mi mayordomo,
y estáis, Infante, agraviado,
tomad a mi madre cuentas,
hacedla alcances y cargos
de las rentas de mi reino;
y si no igualan los gastos
a los recibos, prendedla.


Escena IV
Pág. 130 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN:

No me mandéis...

REY:

Esto os mando.
Prended también los traidores
Carvajales; porque entrambos
han de dar a España ejemplo,
viéndolos en el cadalso.
Juan Alfonso BENAVIDES:


Escena IV
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN:

Servirte sólo pretendo.

REY:

Por los cielos soberanos,
que ha de quedar en el mundo
nombre de Fernando el cuarto.
  
(Vase con el acompañamiento.)


Escena V
Pág. 132 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON ENRIQUE, DON JUAN, DON NUÑO, DON ÁLVARO.
  
DON JUAN:

Esto es hecho, Don Enrique.

DON ENRIQUE:

Dadme, sobrino, los brazos
en que estriba nuestro aumento,
y por vuestro ingenio tanto.

DON JUAN:

Quitemos aqueste estorbo;
que si una vez derribamos
la Reina no hay que temer.

DON ENRIQUE:

Para eso yo solo basto.


Escena V
Pág. 133 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN:

Mas escuchad, si os parece,
la traza que he imaginado
para que los dos reinemos,
que es sólo lo que intentamos.
A la Reina tengo amor,
sin que el tiempo haya borrado
con injurias y prisiones
de mi pecho su retrato.
Si por verse perseguida
de su hijo, que indignado
ponerla manda en prisión,
su honor y fama arriesgando,
con nosotros se conjura;
y ofreciéndome la mano
de esposa (que esto y más puede
en la mujer un agravio),
de la corona y la vida
al mozo Rey despojamos.
¿Qué dicha no conseguimos?
¿Qué temor basta a alterarnos?
Vos reinaréis, Don Enrique,
en todo el término largo
que abarca Sierra Morena,
y yo en Castilla gozando
el apetecido cetro,
si con la Reina me caso;
daré Trujillo a Don Nuño,
y a Don Álvaro otro tanto.


Escena V
Pág. 134 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON ENRIQUE:

Si eso con ella acertáis
habréis Don Juan, dado cabo
a mi esperanza y temores.
{{Pt|DON ÁLVARO:|
La traza prudente alabo.

DON JUAN:

Eso a mi cargo se quede.
Venid: firmemos los cuatro,
para más seguridad,
la palabra que la damos
de ser todos en su ayuda
contra el Rey, pues de su mano
la fortuna nos corona
en Castilla.

DON ENRIQUE:

Vamos.

LOS OTROS:

Vamos.
  
(Vanse.)


Escena VI
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


Entrada a la Villa Becerril.
(La REINA, DON ALONSO, DON PEDRO.)
  
REINA:

Ya gozaré con descanso
lo que mi quietud desea:
el sosiego de la aldea,
su trato sencillo y manso,
las verdades que en palacio
por tanto precio se venden,
las palabras que no ofenden;
la vida que aquí despacio
con tiempo la muerte avisa,
el quieto y seguro sueño,
que en la corte es tan pequeño,
con su vida de prisa;
no sé cómo encareceros
el contento que recibo
de ver que ya libre vivo
de engañosos lisonjeros.
¡Gracias a Dios que he salido
de aquel laberinto extraño,
donde la traición y engaño,
trocando el traje y vestido
con la verdad desterrada,
vende el vidrio por cristal!
¡Oh carga del trono real,
del ignorante adorada!
La alegre vida confieso
que sin ti seguro gozo:
Fernando, que es hombre y mozo,
podrá sustentar tu peso
que no poca hazaña ha sido,
siendo yo débil mujer,
el no haberme hecho caer
diez años que te he traído.


Escena VI
Pág. 136 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON ALONSO:

Los requiebros amorosos
con que Vuestra Majestad
celebra la soledad
sin temores ambiciosos
son muestras de la virtud
que en su cristiandad emplea.

DON PEDRO:

No hay medicina que sea
más conforme a la salud
que la simple, porque daba
nuestra vida la compuesta:
y si en la corte molesta
no se estima quien no engaña,
y vive la compostura
a costa de la lealtad;
aquí la simplicidad
más la salud asegura.
Mil años su estado firme
goce, y su quietud sencilla.


Escena VII
Pág. 137 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


BERROCAL, con vara de alcalde,
TORBISCO, GARROTE, NISIRO,
CRISTINA, aldeanos. Dichos.
  
REINA: Los vecinos de mi villa

han venido a recibirme.
(Hablan los aldeanos entre sí a un lado del teatro.)

TORBISCO: ¿Sabréis decirle la arenga

que os encomendó el concejo?

BERROCAL: Entre la carne y pellejo

del caliente hago que venga;
como no se quede allá,
vos veréis cual la reempujo,
si una vez la desborujo.

GARROTE:

Aquí la reinase está:
no hay, Berrocal, mas que echallo.

BERROCAL:

Dios vaya conmigo, amén.
Pero, ahora, ¿no será bien,
si la he de hablar, repasallo?


Escena VII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


CRISTINA:

Agora es descortesía.

BERROCAL:

¿Antes que empuje el sermón
el fraile, no suele, Antón,
pasarle en la sacrestía?
Hed cuenta que estoy allá.

NISIRO:

Vaya, pues.

TORBISCO:

Atento espero.

BERROCAL:

Escupo, pues, lo primero.
 (Escupe.)
¿No he escupido bien?

CRISTINA:

¡Verá!
Pues, ¿qué habilencia es aquésa?


Escena VII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


BERROCAL:

¿Pensáis vos que no es trabajo
saber echar un gargajo
delante de una reinesa?
Oíd bien, empiezo así:
«El cura y el Regidero...»
No, ell Alcalde va primero,
y es bien empezar por mí.
«Yo ell Alcalde Berrocal,
y Cristina de Sigura...»
Mas llevar de zaga al cura,
que es clérigo, paece mal.
«El cura Miguel Brunete,
que se pica de estordiante...»
Mas tampoco han de ir delante
cuatro esquinas de un bonete.


Escena VII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


TORBISCO:

Alcalde, acabemos ya,
que esperan.

BERROCAL:

¡Válgamos Dios!
Mas vamos a hablar los dos;
que yo lo compondré allá.
  
(Lléganse a la REINA.)
  
«Señora: el Cura y Alcalde...»
Digo: «ell Alcalde y el Cura»,
que aunque ir delante procura,
por Dios que trabaja en balde,
«Y el concejo del lugar...»
Pero soy un majadero;
que había de escupir primero.
Escupo, y vuelvo a empezar.
 (Escupe.)
«El Cura, que es nigromante,
y los ñublados conjura...»
¡Válgate el diablo por cura!
¡Qué amigo que es de ir delante!
«El Cura y yo Berrocal,
alcalde, después de Dios...»
El Cura y yo somos dos;
«Pero Gordo, Gil Costal,
Juan Pabros, y Antón Centeno...»
Mas Juan Pabros ya murió;
que una currencia le dio,
y era el vecino más bueno
que tuvo en Castilla el Rey;
murióse como un jilguero,
porque se merendó entero
el menudillo de un buey.
El cielo dejaba raso,
si a nublo subía a tañer;
quedó viuda su mujer
Crespa; mas vamos al caso.
«Digo, pues, que cada uno,
y todos mancomunados,
en sollidum concertados,
sin que discrepe ninguno,
habemos salido aposta
del lugar de Becerril
con la gaita y tamboril...
Lo que toca a la langosta,
nos aflige a cada paso.


Escena VII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


GARROTE:

(Aparte, al alcalde.)
Pues eso, ¿qué tien que ver?

BERROCAL:

Hacérselo tóo saber,
¿no es bien? Mas vamos al caso.
«Como a vivir viene aquí
Su Maldad...»

NISIRO:

(Aparte, al alcalde.)
Su Majestad,
bestia, di.

CRISTINA:

(Aparte.)
¡Qué necedad!


Escena VII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


BERROCAL:

«Su Majestad, bestia, di,
dalla el parabién percura;
y ansina lo sale a honrar...
no hay reloj en el lugar;
pero el albéitar nos cura;
y aunque por Gila me abrazo,
cada vez que a hablarla llego,
me dice: «Jo, que te estriego.»
Pero en fin, vamos al caso.
«Mándemos su Jamestá;
que su ley es mueso gusto,
y siendo reinesa, es justo
c'agamos su volutá.»


Escena VII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REINA:

La que el lugar me ha mostrado.
Estimo como es razón,
y más de la comisión
que a vos, Alcalde, os ha dado,
que habéis estado elocuente,
la vara os doy de por vida.

BERROCAL:

Aquésta ya está podrida,
démela por otras veinte;
que soy en las fiestas loco,
y como hay muchachos malos
quiébrolas a puros palos
y así pueden durar poco;
y una vara de por vida,
¿qué vale, quebrándose hoy?


Escena VII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REINA:

Por vuestra vida os la doy.

BERROCAL:

Eso, bien. Lléguese y pida
justicia, si sentenciar
en el concejo me ve,
que por hacerla mercé,
yo la mandaré ajorcar.

(Vanse los aldeanos.)


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN, DON NUÑO, DON ÁLVARO.
La REINA, DON ALONSO, DON PEDRO. DON ÁLVARO.
    
(Hablando aparte con el Infante, al salir.)
  
La Reina está aquí y también los dos Carvajales.

 |-
DON JUAN:

Tengo
a dicha el tiempo a que vengo.
 (Llegándose a la REINA y los Carvajales.)
Los dos a prisión se den.

DON ALONSO:

¿Nosotros? ¿Por qué ocasión?

DON JUAN:

¡Bueno es que ocasión pidáis,
desleales, cuando estáis
indicados de traición!

DON PEDRO:

Si no estuviera delante
la Reina, nuestra señora,
pudiera un mentís agora
daros la respuesta, infante.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN:

¡Oh, villanos!, brevemente
vuestros castigos darán
muestras de quién sois.

REINA:

Don Juan,
¿sabéis que estoy yo presente?
¿Sabéis que la Reina soy?
a prender, sin más respeto,
¿Cómo llegáis indiscreto
ninguno donde yo estoy?

DON JUAN:

Cumplo, señora, mi oficio.

REINA:

Cuando yo a enojarme llegue...

DON JUAN:

Vuestra Alteza se sosiegue,
que esto es todo en su servicio.

REINA:

¿En mi servicio, prender
los que me sirven a mí?

DON JUAN:

El Rey lo ha mandado así.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REINA:

Si él lo manda, obedecer
como vasanos leales;
que tiene el lugar de Dios.
Mostrad en esto los dos
quiénes son los Carvajales,
y si lo mismo procura
hacer de mí, la cabeza
le ofreceré.

DON JUAN:

Vuestra Alteza
tampoco está muy segura;
harto hará en mirar por sí.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON ALONSO:

Al nombre, señora, real,
es cera el acero leal:
los nuestros están aquí.
(Dan las armas.)
Tomadlos, pues se atropella
así el valor que ofendéis;
que por más que los miréis,
no hallaréis en ellos mella
de deslealtad ni traición,
aunque no pocas sacaron
cuando al Rey os allanaron
con mis deudos en León.
 (Con ironía.)
Pero así su poder muestra
que poca falta le harán
nuestras espadas, Don Juan,
donde estuviere la vuestra,
siempre en servirle empleada.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON PEDRO:

(Con ironía.)
Sí; que la fama pregona
que vos contra su corona
jamás sacasteis la espada,
ni las traiciones y engaños
os han formado proceso,
puesto que estuvisteis preso,
aunque sin culpa, diez años.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN:

No quedara satisfecho
mi agravio, si no os quitara
con mis manos y arrancara
la cruz del villano pecho,
 (Arráncale la cruz.)
que indecentemente estaba
en tan infame lugar,
usando con ella honrar
a sus nobles Calatrava,
no cobardes corazones.
 (A DON NUÑO y DON ÁLVARO.)
Tomadla los dos allá.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON PEDRO:

¡Oh!, ¡qué bien parecerá,
la cruz entre dos ladrones!
Aunque una cosa condeno
cuando a los dos os igualo,
que allá sólo hubo uno malo,
y aquí no hay ninguno bueno.

DON ÁLVARO:

Un hombre por traidor preso,
no injuria ni quita honor.

DON NUÑO:

De Martos comendador
os hizo algún frágil seso;
mas antes que os hagan cuartos,
para que Castilla entienda
que es Martos vuestra encomienda,
os despeñarán de Martos,
y poblaréis los cadalsos
infames.


Escena VIII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON PEDRO:

Poco valieran
si con vos lo mismo hicieran;
que no pasan cuartos falsos.

DON JUAN:

A Santorcaz los llevad.
  
(DON NUÑO y DON ÁLVARO se llevan
a DON ALONSO y a DON PEDRO.)


Escena IX
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


La REINA, DON JUAN.
  
REINA:

Como a la real obediencia
se sujeta mi paciencia,
no os parezca novedad,
Don Juan, no favorecer
a quien tan bien me sirvió,
porque nunca bien mandó
quien no supo obedecer.
Mas el que es ministro real,
cuando algún culpado prende,
con la vara sólo ofende;
que con la lengua hac
que con la lengua hace mal.
Poco mi respeto os debe.


Escena IX
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN:

Cuando sepáis que estos dos,
gran señora, contra vos
han usado el trato aleve
que ignoráis, no juzgaréis
mi rigor por demasiado.

REINA:

¿Contra mí? Experimentado
tengo, como vos sabéis,
Don Juan, en no pocos años,
aunque es fácil la mujer,
lo poco que hay que creer
en testimonios y engaños.
Yo los conozco mejor;
mas como el mundo anda tal,
no vive más el leal
que lo que quiere el traidor.


Escena IX
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN:

En prueba, señora, de eso,
porque sepáis cuán leales
os son los dos Carvajales,
y si el Rey mal los ha preso,
advertid que han dicho al Rey
que la ambición de mandar
os obliga a conspirar
contra el amor y la ley
que a vuestro Rey y señor
debéis; tanto, que usurpado
tenéis a su real Estado
treinta cuentos; que el amor
que tenéis al de Aragón,
os fuerza, si os da la mano,
a entregarle en ella llano
a Castilla y a León;
y otras cosas que no cuento,
pues por indignas de oírlas,
no sólo no oso decirlas,
mas de pensarlas me afrento.
El Rey, fácil de creer,
contándole lo que pasa
testigos de vuestra casa,
manda que os venga a prender,
después de tomaros cuentas
del tiempo que gobernado
habéis su reino, y cobrado
de su corona las rentas.
No quise que cometiese
a otro el venir sino a mí,
que serviros prometí,
porque no se os atreviese.
Y como aquí los hallé,
no me sufrió el corazón
pasar por tan gran traición,
y así prenderlos mandé.


Escena IX
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REINA:

Que el Rey forme de mí quejas,
y ponerme en prisión mande,
no me espanto, mientras ande
la lisonja a sus orejas.
Pero, ¡que los Carvajales
tal traición contra mí digan...!
Por más, Don Juan, que persigan
su valor los desleales,
no saldrán con la demanda.
Vuestro cargo ejercitad;
prendedme, cuentas tomad
y haced lo que el Rey os manda.


DON JUAN:

Yo, gran señora, juré
de serviros y ayudaros,
y lo que os debo pagaros
con lealtad, amor y fe.
El infante Don Enrique
y otros caballeros sienten
que traidores os afrenten,
y el Rey esto os notifique;
para lo cual hemos hecho
pleito homenaje de estar
de vuestra parte, y pasar
cualquier peligroso estrecho
por vos, si darme la mano
de esposa tenéis por bien,
y el reino quitar también
a un hijo tan inhumano.
En este papel confirman
estos cuatro ricoshombres,
cuyo poder, sangre y nombre
conoceréis, pues lo firman,
que son Don Enrique, yo
con Don Álvaro, y también
Don Nuño; si os está bien,
mi amor justa paga halló.


Escena IX
Pág. 157 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REINA:

(Tomando el papel.)
Guardarélo para indicio
de vuestra lealtad y ley,
y verá por él el Rey
a quién tiene en su servicio...
 (Métele en la manga, y luego saca otro y le rompe.)
Aunque pegarme podría
la deslealtad que hay en él;
que si es malo, de un papel,
se ha de huir la compañía.
Rasgarle es mejor consejo;
que para vuestros castigos,
es bien aumentar testigos,
y será quebrado espejo,
que en la parte más pequeña,
como en la mayor, la cara
retrata que en él repara;
mas si en pedazos enseña
las vuestras, viéndose en él,
como son tantas, Don Juan,
retratarlas no podrán
los trozos de este papel.
Tomad las cuentas, primero
que me prendáis, de la renta
real, y alcanzadme de cuenta,
si podéis; pero no espero
que en eso me deis cuidado,
pues vos mismo sois testigo
que en tres que hicisteis conmigo,
siempre quedasteis cargado.
Pero esperadme; que en breve
las que pedía os daré,
porque el Rey seguro esté,
y sepa quién a quién debe.
 (Vase.)

DON JUAN:

¡Que vacilar me haga ansí
el valor de esta mujer!


Escena X
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


El REY, DON MELENDO, DON JUAN.
  
REY:

Difícil es de creer
que conspire contra mí
mi misma madre, Melendo;
pero es mujer: ¿qué me espanta?

DON MELENDO:

La Reina, señor, es santa.

REY:

Ver por mis ojos pretendo
la verdad que tengo en duda.

DON JUAN:

¡REY y señor! ¿Vuestra Alteza
aquí?

REY:

La poca corteza
que tengo, manda que acuda
en persona a averiguar
la verdad de estos sucesos.


Escena X
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON JUAN:

Ya están los hermanos presos
que el reino os quieren quitar,
y la Reina temerosa
de veros contra ella airado,
conmigo se ha declarado,
y promete ser mi esposa,
si en su favor contra vos
estos reinos alboroto,
y hago que sigan mi voto
los grandes.

REY:

¡Válgame Dios!
¿Mi madre?

DON JUAN:

No guarda ley
la ambición que desvanece.
Vuestra corona me ofrece;
mas yo no estimo ser rey
por medios tan desleales.
De rodillas me ha pedido
que a su llanto enternecido,
suelte a los dos Carvajales,
y que me vaya a Aragón
con ella; que desde allá
con su armas entrará
a coronarme en León;
y si resiste Castilla,
irá después contra ella.
Prendedla, señor, sin vella,
porque si venís a oírla,
yo sé que os ha de engañar;
que, en fin, siendo madre vuestra,
mozo vos, y ella tan diestra,
más crédito habéis de dar
que a mí, a su fingido llanto.

REY:

Esa no es razón ni ley.


Escena XI
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


La REINA, el REY, DON JUAN, DON MELENDO.
  
DON MELENDO:

Aquí, señora, está el Rey.

DON JUAN:

(Aparte.)
De mis traiciones me espanto.


Escena XI
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REINA:

Huélgome que haya venido,
hijo y señor, Vuestra Alteza
a averiguar testimonios,
que hace gigantes la ausencia.
Su mucha cordura alabo,
porque en negocios de cuentas
y de honras, suele un cero
dañar mucho si se yerra.
Mandado habéis a Don Juan
que a tomar la razón venga
de vuestro real patrimonio:
viéndolo vos, soy contenta;
que aunque deberos me imputan,
privados que os lisonjean,
treinta cuentos, serán cuentos
de mentiras, no de hacienda.
Pero yo admito sus cargos:
sumad, Don Juan, en presencia
del Rey gastos y recibos,
porque sus alcances vea.
Cuando de tres años solos
quedó del Rey la inocencia
y este reino a cargo mío,
primeramente en la guerra
que vos, Infante, le hicisteis,
levantándole la tierra,
llamándoos rey de Castilla
y enarbolando banderas,
gasté, Infante, quince cuentos,
hasta que en la fortaleza
de León preso por mí,
peligró vuestra cabeza.
Item: en edificar
en Valladolid las huelgas,
donde en continua oración
a Dios sus monjas pidieran
que de vos al Rey librase,
y las trazas deshiciera
de vuestro pecho ambicioso
en mi agravio y en su ofensa,
veinte cuentos. Item más:
cuando por estar Su Alteza
enfermo quisisteis darle
veneno (ya se os acuerda)
por medio del vil hebreo
que entonces médico era
del Rey, en una bebida,
testigo de la fe vuestra;
en hacimiento de gracias,
misas, procesiones, fiestas,
seis cuentos, que repartí
en hospitales y iglesias.
Aunque pudiera contar
otras partidas inmensas,
en que por servir al Rey
vendí mis joyas y tierras,
como todo el reino sabe;
sólo os salmo, Don Juan, éstas,
que no las negaréis, pues
tenéis tanta parte en ellas.
Si estos descargos no bastan,
no hay cosa en mí que no sea
del Rey, mi señor y hijo:
entrad en casa; que en ella
no hallaréis más que este vaso,
 (Sácalo de la manga.)
que en prueba de mi inocencia,
y en fe de vuestras traiciones,
mi noble lealtad conserva.
Ya me parece que basta
esto en materia de cuentas;
en materia de mi honor,
para no seros molesta,
aquí he escrito mis descargos:
Vuestra Majestad los lea,
 (Dale su papel.)
Y conozca por sus firmas
en quién su privanza emplea.


Escena XI
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REY:

¡Válgame el cielo! Aquí dice
que como mi madre ofrezca
la mano a Don Juan, de esposa,
juntando Estados y fuerzas
con Don Enrique, Don Nuño
y otros, haciéndome guerra,
me quitarán a Castilla
para coronarla en ella.


REINA:

Para asegurar traidores,
fingí romper esa letra,
y la guardé para vos,
otra rasgando por ella.


Escena XI
Pág. 163 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REY:

Don Juan, ¿es vuestra esta firma?

DON JUAN:

Sí, gran señor.

REY:

Pues en éstas
a los demás desleales
conozco. Si la prudencia
que tanto celebra España,
gran señora, en Vuestra Alteza,
mi confusión no animara;
por no estar en su presencia,
de mí sin causa ofendida,
sospecho que me muriera.
(Tocan dentro cajas.)
Pero, ¿qué alboroto es éste?


Escena XII
Pág. 164 de 167
La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


DON DIEGO, DON ALONSO y DON PEDRO,
armados. Dichos.
  
DON DIEGO:

Deme los pies Vuestra Alteza;
que huelgo de hallarle aquí.

REY:

Pues, ¡Don Diego!, ¿vos de guerra?

DON DIEGO:

Donde privan desleales,
que en agravio de su Reina,
vuestra verde edad engañan,
armado es razón que venga.
A Don Álvaro y Don Nuño
quité la más leal presa
de vuestros reinos, Señor,
y los prendí en lugar della.
A los dos de Carvajal,
indignos de tal violencia,
llevaban a Santorcaz;
no creí que Vuestra Alteza
pudiera mandar tal cosa,
y así, viniendo en defensa
de la Reina, los libré,
por constarme su inocencia.


Escena XII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


REY:

Habéisme en eso servido,
a mi amor y gracia vuelvan,
que si engaños me indignaron,
mercedes les haré nuevas.

DON ALONSO:

Mil siglos el reino goces.
  
(Tocan dentro cajas.)


Escena XIII
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


BENAVIDES, dichos.
  
BENAVIDES:

Que un criado, señor, vuelva
por su señora, corriendo
su honra por cuenta vuestra,
no se tendrá a desacato;
y así digo que el que lengua
pone en su fama...

REINA: Ya estoy

de vos, Don Juan, satisfecha;
que sois, en fin, Benavides,
y los traidores que intentan
ofenderme, convencidos.
  
(Tocan dentro cajas.)


Escena XIV
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La prudencia en la mujer Acto III Tirso de Molina


BERROCAL, TORBISCO, GARROTE,
aldeanos. Dichos.
  
BERROCAL:

¡A nuesa ama llevar presa!
Arte allá. ¿Soy o no alcalde?

TORBISCO:

Que está aquí el Rey.

BERROCAL:

El Rey venga
a la cárcel.

GARROTE:

¿Estáis loco?

BERROCAL:

Poniéndole una cadena,
sabrá quién es Berrocal.
Daos a prisión.

REY:

Todos muestran,
señora, el amor que os tienen.
Don Diego, haced que se prendan
Don Enrique y los demás.

DON PEDRO:

El temor, sin alas vuela;
a Aragón los tres huyeron
del rigor de Vuestra Alteza.

REY:

Haced, madre, de Don Juan
lo que quisiéredes.

REINA:

Sepa
España que soy clemente,
y que el valor no se venga.
Destiérrolo destos reinos,
y sus Estados y hacienda
en los dos de Carvajal
(hijo, con vuestra licencia)
y en Benavides reparto.

DON DIEGO:

Merécelo su nobleza.

REY:

Dignamente en su lealtad
cualquiera merced se emplea;
y Vuestra Alteza, señora,
con su vida ilustre enseña
que hay mujeres en España
con valor y con prudencia.

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