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La reacción y la revolución/Apéndice

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época
 

APÉNDICE.

 

Conforme á lo prometido en la página 20, traslado aquí ín­tegra la hoja volante que publiqué en esta corte el día 21 de julio de 1854. Daré tras ella una ligera defensa.

EL ECO DE LA REVOLUCION. Madrid, 21 de julio de 1854. Numero primero.

AL PUEBLO.

Pueblo: Después de once años de esclavitud has roto al fin con noble y fiero orgullo tus cadenas. Este triunfo no lo debes á ningun partido, no lo debes al ejército, no lo debes al oro ni á las armas de los que tantas veces se han arrogado el título de ser tus defensores y caudillos. Este triunfo lo debes á tus propias fuerzas, á tu patriotismo, á tu arrojo, á ese valor con que desde tus frágiles barricadas has envuelto en un torbellino de fuego las bayonetas, los caballos y los cañones de tus enemigos. Hélos allí rotos, avergonzados, encerrados en sus castillos, temiendo justamente que te vengues de su perfidia, de sus traiciones, de su infame alevosía.

Tuyo es el triunfo, Pueblo, y tuyos han de ser los frutos de esa revolución, ante la cual quedan oscurecidas las glorias del SIETE DE JULIO y el DOS DE MAYO. Sobre tí, y exclusivamente sobre tí, pesan las cargas del Estado; tú eres el que en los alquileres de tus pobres viviendas pagas con usura al propietario la contribución de inmuebles, tú el que en el vino que bebes y en el pan que comes satisfaces la contribución sobre consumos, tú el que con tus desgraciados hijos llenas las filas de ese ejército destinado por una impía disciplina a combatir contra tí y á derramar tu sangre. ¡Pobre é infortunado pueblo! no sueltes las armas hasta que no se te garantice una reforma completa y radical en el sistema tributario, y sobre todo en el modo de exigir la contribución de sangre, negro borrón de la civilización moderna, que no puede tardar en desaparecer de la superficie de la tierra.

Tú, que eres el que más trabajas, ¿no eres acaso el que mas sufres? ¿Qué haría sin ti esa turba de nobles, de propietarios, de parásitos que insultan de continuo tu miseria con sus espléndidos trenes, sus ruidosos festines y sus opíparos banquetes? Ellos son, sin embargo, los que gozan de los beneficios de tu trabajo, ellos los que te miran con desprecio, ellos los que, salvo cuando les inspiran venganzas y odios personales, se muestran siempre dispuestos a remachar los hierros que te oprimen. Para ellos son todos los derechos, para ti todos los deberes; para ellos los honores, para ti las cargas. No puedes manifestar tu opinión por escrito, como ellos, porque no tienes seis mil duros para depositar en el Banco de San Fernando; no puedes elegir los concejales ni los diputados de tu patria, porque no disfrutas, como ellos, de renta, ni pagas una contribucion directa que puedas cargar luego sobre otros ciudadanos; eres al fin, por no disponer de capital alguno, un verdadero paria de la sociedad, un verdadero esclavo.

¿Has de continuar así despues del glorioso triunfo que acabas de obtener con el solo auxilio de tus propias armas? Tú, que eres el que trabajas; tú, que eres el que haces las revoluciones; tú, que eres el que redimes con tu sangre las libertades patrias; tú, que eres el que cubres todas las atenciones del Estado, ¿no eres por lo menos tan acreedor como el que mas á intervenir en el gobierno de la nación, en el gobierno de tí mismo? O proclamas el principio del Sufragio Universal, o conspiras contra tu propia dignidad, cavando desde hoy con tus propias manos la fosa en que han de venir a sepultarse tus conquistadas libertades. Acabas de consignar de una manera tan brillante como sangrienta tu soberanía; y ¿la habías de abdicar momentos después de haberla consignado? Proclama el Sufragio Universal, pide y exige una libertad amplia y completa. Que no haya en adelante traba alguna para el pensamiento, compresion alguna para la conciencia, limite alguno para la libertad de enseñar, de reunirte, de asociarte. Toda traba á esas libertades es un principio de tiranía, una causa de retroceso, un arma terrible para tus constantes é infatigables enemigos. Recuerda cómo se ha ido realizando la reacción por que has pasado: medidas represivas, que parecían en un principio insignificantes, te han conducido al borde del absolutismo, de una teocracia absurda, de un espantoso precipicio. Afuera toda traba, afuera toda condición; una libertad condicional no es una libertad, es una esclavitud modificada y engañosa.

¿Depende acaso de tí que tengas capitales? ¿Cómo puede ser, pues, el capital base y motivo de derechos que son inherentes á la calidad de hombre, que nacen con el hombre mismo? Todo hombre que tiene uso de razón es, solo por ser tal, elector y elegible; todo hombre que tiene uso de razón es, solo por ser tal, soberano en toda la extensión de la palabra. Puede pensar libremente, escribir libremente, enseñar libremente, hablar libremente de lo humano y lo divino, reunirse libremente; y el que de cualquier modo coarte esta libertad, es un tirano. La libertad no tiene por límite sino la dignidad misma del hombre y los preceptos escritos en tu frente y en tu corazón por el dedo de la naturaleza. Todo otro límite es arbitrario, y como tal, despótico y absurdo.

La fatalidad de las cosas quiere que no podamos aun destruir del todo la tiranía del capital; arranquémosle por de pronto cuando menos esos inicuos privilegios y ese monopolio político con que se presenta armado desde hace tantos años; arranquémosle ese derecho de cargar en cabeza ajena los gravámenes que sobre él imponen, solo aparentemente, los gobiernos. Que no se exija censo para el ejercicio de ninguna libertad, que baste ser hombre para ser completamente libre.

No puedes ser del todo libre mientras estés a merced del capitalista y del empresario, mientras dependa de ellos que trabajes o no trabajes, mientras los productos de tus manos no tengan un valor siempre y en todo tiempo cambiable y aceptable, mientras no encuentres abiertas de continuo cajas de crédito para el libre ejercicio de tu industria; mas esa esclavitud es ahora por de pronto indestructible, esa completa litad económica es por ahora irrealizable. Ten confianza y espera en la marcha de las ideas : esa libertad ha de llegar, y llegará cuanto antes sin que tengas necesidad de verter de nuevo la sangre con que has regado el árbol de las libertades públicas.

¡Pueblo! Llevas hoy armas y tienes en tu propia mano tus destinos. Asegura de una vez para siempre el triunfo de la libertad, pide para ello garantías. No confíes en esa ni en otra persona; derriba de sus inmerecidos altares a todos tus antiguos ídolos.

Tu primera y más sólida garantía son tus propias armas; exige el armamento universal del pueblo. Tus demás garantías son, no las personas, sino las instituciones; exige la convocación de Cortes Constituyentes elegidas por el voto de todos los ciudadanos sin distinción ninguna, es decir, por el Sufragio Universal. La Constitución del año 37 y la del año 12 son insuficientes para los adelantos de la época; á los hombres del año 54 no les puede convenir sino una Constitución formulada y escrita segun las ideas y las opiniones del año en que vivimos. ¿Qué adelantamos con que se nos conceda la libertad de imprenta consignada en la Constitución del 37? Esta libertad está consignada en la Constitución del 37 con sujecion á leyes especiales, que cada gobierno escribe conforme a sus intereses y á su mas o menos embozada tiranía. Esta libertad no se extiende, además, á materias religiosas. ¿Es así la libertad de imprenta una verdad ó una mentira?

La libertad de imprenta, como la de conciencia, la de enseñanza, la de reunión, la de asociación y todas las demás libertades, ya os lo hemos dicho, para ser una verdad deben ser amplias, completas, sin trabas de ninguna clase.

¡Vivan, pues, las libertades individuales, pueblo de valientes! Viva la Milicia Nacional! Vivan las Cortes Constituyentes! Viva el Sufragio Universal! Viva la reforma radical del sistema tributario!


Pueblo de Madrid : Has sido verdaderamente un pueblo de héroes. La España entera te saluda llena de entusiasmo y entreteje coronas para tus banderas. Si hoy se levantaran de sus sepulcros los esforzados varones del SIETE DE JULIO y el DOS DE MAYO ¡con qué orgullo diria cada cual : Estos son mis hijos! Habéis oscurecido las glorias de vuestros padres, defensores del DIEZ Y SIETE y del DIEZ Y OCHO : ¿qué ejército ha de bastar ya para venceros? ¡Alerta, sin embargo, pueblo! ¡Que no sean infructuosos tus esfuerzos! Que no sea infructuosa la sangre que has vertido! ¡Unión y energía, y sobre todo serenidad! ¡No te dejes cegar por tu propio entusiasmo! No te dejes llevar de nuevo por tus viejos ídolos! ¡En las instituciones, en las cosas debes fijar tu amor, no en las personas, cuyas mejores intenciones tuerce no pocas veces el egoísmo, la preocupación y la ignorancia! ¡Recuerda cuántas veces has sido engañado, villanamente vendido! ¡Mira por tu propia conservación, sé cauto, sé prudente! ¡De tí depende en este momento la suerte de toda la nacion, destinada tal vez á cambiar la faz de Europa, contribuyendo a romper los hierros de los demás pueblos! Un chispazo produce no pocas veces un incendio ; ¡qué no podrá producir tu noble y generoso ejemplo!


Hoy el pueblo prosigue con mayor actividad que nunca la construcción de barricadas. La tropa permanece impasible en sus baluartes y cuarteles. Hay una tregua completa; pero no tranquilidad ni confianza. La actitud del pueblo es como debe ser, imponente. Ir ganando terreno es su deber mientras la tropa no se entregue y fraternice con el pueblo, de que ha salido. ¿Hasta cuándo querrá ensañarse el soldado contra un paisanaje a que ha pertenecido, y á cuyo seno ha de volver mas ó menos tarde?

Se nos ha hablado de jefes, sobre todo del arma de artillería, que están en favor de las ideas mas adelantadas: ¿cómo no se han pasado ya al ejército del pueblo? Hace dos días era excusable su apatía; hoy es ya criminal, sobre todo cuando de su adhesion á la santa causa que se defiende, depende tal vez el término de los sangrientos conflictos que hace dos dias tienen lugar entre el ejército y el pueblo.


 
Casi en todas las ciudades se han pronunciado á la vez pueblo y ejército : ¿de qué dependerá que no haya sucedido así en esta corte? Una sola palabra de una mujer bastaba para ahorrar centenares de víctimas; esta sola palabra ha sido pronunciada, pero muy tarde. ¿Ha de agradecerla el pueblo? El pueblo no la ha obtenido, la ha arrancado a fuerza de armas y de sangre. El pueblo no debe agradecer nada a nadie. El pueblo se lo debe todo a sí mismo.

¿Cuándo va á entrar Espartero? ¿Cuándo O'Donnell y Dulce? Espartero no puede entrar á constituir un ministerio sino bajo las condiciones escritas en las banderas de las barricadas. Dulce es progresista, y no puede oponerse, si quiere ser consecuente á sus principios, á la voluntad del pueblo armado; O'Donnell, en una especie de proclama fechada en Manzanares, se ha manifestado dispuesto a secundar los esfuerzos de las entonces futuras juntas de gobierno. ¿Llenarán todos su misión? ¿Cumplirán todos su deber y su palabra? El pueblo debe estar preparado a todas las eventualidades, y no dormir un solo momento sobre sus laureles. ¡Alerta, pueblo de Madrid, alerta!


Se ha entregado la guardia del Principal; el pueblo ha recibido con entusiasmo á los soldados. —Siguen aun apoderados de los Consejos los municipales, que están, como nunca, cometiendo asesinatos, disparando alevosamente entre las tablillas de las celosías contra todo paisano armado ó desarmado que asoma por la plaza inmediata ó por la calle del Sacramento. ¿Será posible que después del triunfo se conserve un solo momento esa infame guardia municipal?


El general San Miguel ha sido nombrado capitán general de Madrid y ministro de la Guerra. ¿Cómo se concibe que siga aun el fuego en la plazuela de los Consejos?


 
Huesca se ha pronunciado y ha constituido una junta de gobierno, en cuyo programa, abiertamente democrático, viene consignado el principio salvador del Sufragio Universal. Toledo tiene también una junta de gobierno democrática. ¡Pueblo de Madrid, aprende y obra!

En los números siguientes insertarémos las notables proclamas de la junta de gobierno de Huesca.

 



 
 

Esta hoja, escrita y publicada al calor de las descargas de ju­lio, fué objeto de vivos y apasionados ataques por parte de la prensa y los mandarines de aquel tiempo. La causa es mani­fiesta. Luego de haber vencido el pueblo, se apresuraron á salir á la calle y á ponerse al pié de las barricadas hombres, ya del bando conservador, ya del bando progresista, que se propu­sieron explotar la revolución en su provecho. Sirviéndose del entusiasmo con que habia sido recibido el nombramiento de Espartero para presidente del consejo de ministros, fingieron esperarlo todo de este hombre, que ya antes de ser llamado por la Reina habia abandonado Logroño y ofrecido á la junta de Aragon sus servicios y su espada. Embriagaron á la multitud con el nombre y el recuerdo de las glorias de su antiguo regen­te, é hicieron que siguiese guardando silencio sobre sus aspira­ciones. La publicación de una hoja que daba á esa temida multitud una bandera habia naturalmente de irritarles. Tanto mas, cuando veian que era buscada con avidez y leida en alta voz en los cafés, en la calle y en la plaza pública, temieron que el movimiento tomase un verdadero carácter revolucionario, y empezaron por prender al autor, acabaron por denunciar la hoja, como pagada por el oro de Cristina.

Yo no solo daba una bandera al pueblo; me esforzaba en ar­rancarle del pecho esa fatal idolatría que tantas veces le ha per­dido y que le pierde. Ni una sola flor echaba sobre la frente de Espartero, ni una sola palabra escribía que pudiese lisonjear á ningún hombre ni á ningún partido. Decia, por lo contrario, que se debía confiar en las instituciones, y no en las personas; que convenia derribar de sus inmerecidos altares á todos los viejos ídolos. Cómo hubiesen de recoger esas palabras los que esperaban medrar á la sombra ya del Duque de la Victoria, ya del Conde de Lucena, creo que lo supondrán fácilmente mis lectores. Si estaba yo ó no en la razon, bien claro, por harta desgracia nuestra, lo dicen los sucesos.

Aconsejaba además al pueblo que no soltase las armas hasta ser garantizadas todas sus libertades, convocadas unas cortes constituyentes, proclamada la universalidad del sufragio, asegurada la reforma del sistema tributario. Se me acusó por esto de que interpretaba torcidamente la voluntad de las masas; pero ¡cuán sin motivo! El sistema tributario venia siendo, desde que nació, el objeto de las iras populares. La contribución de consumos y los derechos de puertas han debido ser, al fin, abolidos, gracias al clamoreo universal de las provincias. Se ha hablado desde las jornadas de julio acaloradamente contra la ominosa contribución de sangre. El gobierno que aun hoy rige los destinos de la patria ha debido pedirla solo como un medio supletorio por llenar las vacantes del ejército. Espartero se ha visto obligado á prometer en pleno parlamento que trabajaría con asiduidad para que la quinta del 55 fuese la úl­tima.

Cortes constituyentes ¿quién no las pedia? Solamente los santones y algunos periodistas de cortísimos alcances volvían los ojos á la constitución del año 37. Espartero quería consultar la voluntad nacional; cien juntas de gobierno pedían la reconstitución del país sobre nuevas y mas firmes bases. El primer paso del gobierno de agosto ¿fué acaso otro que el de convocar aquellas cortes? No fueron elegidas por sufragio universal, co­mo yo deseaba; pero pidieron conmigo la universalidad de este sufragio cuantos periódicos nacieron entre la humareda de julio, el círculo de la Union y la junta del Mediodía en esta corte, la junta de la provincia de Huesca, las clases todas del pueblo en la reunion electoral del teatro del Príncipe. Convie­ne, se decia en esta reunion, que cada barrio nombre sus com­promisarios; y se contestaba : Sí, pero no los electores de cada barrio, sino todos sus ciudadanos. Y adviértase que entonces estaba ya restaurada la ley electoral del año 37.

Pues ¿y las libertades absolutas? El pueblo las amaba instin­tivamente, hasta tal punto, que al presenciar los primeros atropellos de que fué víctima por parte de la autoridad la nueva prensa, defendió á los expendedores de los periódicos y las hojas volantes contra los agentes de la seguridad pública. La resurrección de las leyes represivas de la imprenta fué mirada generalmente como un retroceso. Hubiera sido tal vez completamente ineficaz, á no haber venido en su apoyo el cínico y repugnante egoísmo de la prensa vieja. San Miguel brindaba tambien por la libertad absoluta de la imprenta. El jurado la realizaba, á pesar de las leyes ya vigentes, absolviendo todos los escritos denunciados, aun los mas decididamente democráticos. Salvas generales de aplausos sonaban siempre estrepitosamente al pronunciar los jueces la palabra absuelto. Las libertades de reunion y de asociación ¿no habían sido, por otra parte, establecidas de hecho por la espontaneidad del pueblo? El círculo de la Union celebró sus primeras sesiones cuando aun brillaba sobre Madrid el fuego de las descargas. A los pocos dias no en­contraba ya locales bastante espaciosos para sus concurren­tes. Halló eco en casi todas las provincias, donde se organizaban ya otros círculos, cuando aprovechándose del movimiento del 28 de agosto, los disolvió todos el Gobierno. ¿Cómo los disolvió este? Declarando que no prejuzgaba nada sobre el principio de reunion; que resolviesen sobre él las Cortes. Tan­to temia chocar de frente con la voluntad del pueblo.

Y ¿la interpretaba yo torcidamente? ¡Miserables! Mas que así hubiese sido, ¿hubiera habido nunca motivo para censurar­me tan amargamente? Como demócrata y como propagandista, estaba en el deber de lanzar mis ideas al pueblo despues de una revolución sangrienta. Las habia publicado bajo la compresión de Bravo Murillo, y ¿no las habia de proclamar entonces, que veia la aurora de la libertad colorando el horizonte de la patria? No procedía, además, tan de ligero como se supone. La noche del 19 y la madrugada del 20 me habia apersonado con algunos individuos de la Junta de Salvacion y de Defensa. ¿Qué programa es el de ustedes? les habia preguntado. Ninguno, me habían contestado; queremos que se dé el pueblo mismo su bandera. Así la Junta lo esperaba del pueblo, el pueblo de la Junta. Comprendí entonces que faltaba quien tomase la iniciativa, y me resolví á tomarla. ¿Fué esto en mí una falta? Yo lo con­sideraré siempre como uno de los mejores hechos de mi vida. ¡Lástima que no encontrase á la sazón quien me alentase en mi empresa! A pesar de la violenta oposición que encontré la noche del 21 luego de publicada la hoja, escribí otra el 22, y llegué á tener compuesto el molde. Todos mis correligionarios y amigos me indicaron que habia de desistir de mi propó­sito. Me lo pidieron con instancia algunos de los individuos de la Junta. Cedí; esta fué mi verdadera falta. ¡Ojalá hubiese proseguido en mi empeño!

Mas no pararon aun aquí las acusaciones. Hablaba, como se habrá visto en la hoja, de la tiranía del capital y de la necesi­dad de destruirla. Se dijo que habia excitado en el pueblo ma­los y bastardos sentimientos. Otra acusación injusta. — La revolución social y la política son á mis ojos una. Yo no puedo nunca separarlas. ¿Cómo, empero, hablé de esa reforma? La fatalidad de las cosas, dije, quiere que aun no podamos destruir del todo la tiranía del capital. Pueblo, ten confianza y espera en la marcha de las ideas. La aplacé la reforma social, me conten­té con hacer sentir su necesidad, con indicarla, y ¿se me acusa?

Hoy, despues de un año, cuando están acalladas ya algún tanto las pasiones políticas, en el silencio de mi espíritu y puesta la mano en mi conciencia, digo y consigno en este escrito que si cien veces me hallase en las mismas circunstancias, haria cien veces otro tanto, sin borrar una sola frase, una sola palabra, una sola letra. Los hombres que con motivo de esta hoja se han ensañado contra mí no me han podido inspirar sino desprecio. Por esto no los nombro.

Madrid, 21 de agosto de 1855.