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La reacción y la revolución/Libro I/Capítulo IV

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época
 

CAPÍTULO IV.

 
OBJECIONES AL CAPÍTULO ANTERIOR. — ESTADO Y NATURALEZA
DEL PRINCIPIO MONÁRQUICO.
 

Estoy oyendo ya las objeciones. «La religion es el freno de los pueblos, la esperanza del triste, la flor cuyos perfumes embalsaman las auras de la vida. ¿Bastan acaso las leyes para imponer la conciencia del malvado, las ilusiones de la cien­cia para consolar á los que sufren, la descarnada realidad para no hacernos sentir el peso de nuestra mísera existencia? Decis que anubla ya todos los corazones la sombra de la duda; mas ¿habéis recorrido despues de las ciudades esos modestos pueblos, donde se refleja aun tanta ternura y fe en las mas humildes fiestas religiosas? El cura es para ellos un oráculo; las ceremonias del templo lo único en que explayan la imaginación y los sentidos. Juzgais por vos y los hombres que os rodean, y vuestros propios pensamientos, al par que sus impías palabras, os engañan. No, la Iglesia no muere ni está muerta; vive aun y deja sentir en todas partes su bienhechora influencia. Los fuegos de las revoluciones impiden hoy que la oigan los infieles ; mas habla, y estad seguros de que no se pierden en el aire sus palabras. ¿No envia aun á los mas remotos climas misioneros llenos de entusiasmo, que pasan entre hordas salvajes , dejando impresa á la vez en campos sin cultivo la planta de su sandalia y la huella de la civilización moderna? Y sostenéis que es una rémora para el progreso de la especie humana... Ya que no la inflexibilidad de vuestra lógica, el recuerdo de los beneficios de esa religion divina, la tradicional piedad de nuestro pueblo, las leyes de conveniencia, sobre todo, debían deteneros al ir á sentar tan rudas y funestas consecuen­cias. Amando la revolución, conspirais contra ella, porque, en vez de procurarle partidarios, le suscitais enemigos en cuantos sienten ajadas y amenazadas por vuestra pluma las creencias de sus padres, las suyas, las de sus hijos y sus nietos. No lo dudéis, abris, sin querer, á los piés de vuestro mismo partido un insondable abismo.»

Comprendo toda la fuerza de estas observaciones; sé que turban y desconciertan aun á los mas audaces partidarios del progreso ; mas no por esto he de continuar mis estudios sobre la reacción sin refutarlas. Empiezo por decir que no estoy nunca dispuesto á sacrificar la verdad ante mezquinas consideraciones de intereses personales ni de intereses de partido ; que no busco triunfos de momento, y solo aspiro á ver entronizada la democracia cuando, tal como es y sin máscara ninguna, merezca el asentimiento de los pueblos ; que veo indispensable combatir de frente todo género de preocupaciones, y combatirlas con tanta mayor fuerza cuanto estén mas arraigadas; que solo así creo evitable esa serie de excisiones sangrientas, producida por no abrazar las sociedades en toda su extension la idea revolucionaria, y realizarla siempre á medias; que no temo, por otra parte, sublevar contra mí ni contra mi causa la conciencia de hombres que, no porque yo temple mis ataques, han de seguirme ni servir mi idea. ¡Ah! se me quiere detener, y se me pone por delante, no ya solo las armas de la razon, sino las leyes de la conveniencia, es decir, las del egoísmo. ¿Cuándo dejará de ser este entre nosotros el lenguaje de los hombres pensadores, el lenguaje de los hombres que no ca­minan con la revolución á impulsos de pasiones mezquinas y bastardas? Me he de ver solo, y seguir aun impávido el camino que la verdad me trace. Tendría vergüenza de mí mismo si, como escritor, llegase á transigir un dia con torpes exigencias.

Se me habla también de gratitud, se me recuerdan pasados beneficios. Mas ¡qué! ¿he de apurar hasta las heces el veneno que en otro tiempo me salvó la vida? Si hoy puede matarme, romperé hasta el vaso que lo encierre. Sí, son efectivamente grandes los beneficios que la humanidad ha recibido de la Iglesia ; pero ¿lo son menos los daños? Aun cuando no lo fueran, hoy, que es ya un obstáculo, y marcha á pasos contados á la muerte, ¿tengo mas deber que el de recoger su cadáver y abrirle con respeto un sepulcro digno de la que por tantos siglos se adelantó por los oscuros senderos de la vida á la ca­beza de la especie humana?

No vengáis tampoco á recordarme esa tradicional piedad de nuestro pueblo, de ese pueblo que aun hoy creéis honrar lla­mándole católico. ¿Sabéis qué le debemos á esa constancia religiosa, á esa fe que no pudieron apagar en el siglo XVI las palabras de Lutero? El letargo intelectual en que aun vivimos, la pérdida de la preponderancia científica que ejercimos en Europa hasta poco despues de la Reforma. ¿En que hemos participado desde entonces del movimiento filosófico? Hoy, despues de mas de medio siglo, hemos empezado á abrir los libros de los grandes genios filósoficos. ¿Dónde están aun nuestro He­gel, nuestro Kant, nuestro Descártes? Hace ya cerca de cuatro­cientos años que, negando Lutero el principio de la autoridad, lanzó la razon por una nueva senda ; y hoy, solo hoy, empieza nuestra razon á recorrerla. ¡Cerca de cuatro siglos de atraso por esa constancia en sujetarnos á las exclusivas y estrechas inspiraciones de la Iglesia! Y ¡hay quien se atreva aun á pon­derarla!

Reconozco en vuestros misioneros, no hombres, sino héroes; aplaudo con toda la sinceridad de mi alma su abnegación, me conmuevo de dolor al oir sus sufrimientos; mas ¿fomentan el progreso? ¿hacen adelantar á la civilización un solo paso? No; solo la extienden, la propagan. ¿Qué dicen todas nuestras misiones contra mi idea de que la Iglesia detiene en el tiempo la marcha de la especie? Llevan á las tribus salvajes el Evange­lio con todas sus contradicciones, el poder eclesiástico con todas sus tendencias al estacionamiento, con toda su ignorancia y pequeñez de miras. ¿Qué no podrían hacer si partiesen animados por el espíritu de la ciencia nueva? Dan, sin embargo, á sus adeptos esa misma organización contra que protestan ya los proletarios europeos, extenuado el cuerpo por el hambre, lacerado el corazón por la injusticia, velada el alma por sombras y tinieblas.

¡Ah! no os empeñeis en defender mas la Iglesia. Decís que habla aun, que sus palabras no las deja oír el estruendo de las revoluciones; mas ¿qué importa, si no usa ni comprende ya nuestro lenguaje; si se aturde solo al oir la nueva tecnología de la ciencia ; si, mas que no quiera, está condenada á oponer la autoridad á la razon, y es precisamente esa autoridad lo que le niegan; si desconoce además nuestras necesidades, si da con problemas que son para ella enigmas? ¿Quién ha de escu­char ya sus inútiles palabras?

El hombre del campo, contestais, el que no está contaminado aun con el aliento inficionado de las ciudades, el que, falto de sociedad y á solas con el espectáculo imponente de la naturaleza, consume sus escasos ocios en el templo y se inmuta aun ante las solemnes ceremonias religiosas. Lleváis en gran parte razon, os lo confieso ; sé por la historia de todos los si­glos la resistencia que han opuesto siempre al paso de toda idea innovadora los pueblos puramente agrícolas; sé por qué la oponen; mas ¿creeis que en ellos no es también la piedad un velo hipócrita con que procuran encubrir unos individuos á los ojos de otros las vacilaciones hijas de la duda? Ya os lo he dicho en otro capítulo : dejad que se defina mejor la ciencia ; que las ideas sobre Dios, sobre la humanidad, sobre el hombre, se aclaren y tomen el carácter de verdades inconcusas; que á una filosofía casi toda negativa suceda otra puramente positiva; que vuestros pueblos no deban, como hoy, abjurar todo género de creencias; que vean con qué reemplazar las que les ha inspirado el cristianismo ; y veréis también si entonces ceden. La agitación de las grandes ciudades, sobre todo las fabriles, las peripecias de la revolución, los adelantos de la in­dustria, pueden tal vez llenar en el corazón de un obrero el vacío producido por la pérdida de toda idea religiosa ; mas en el corazón de un labrador ¿quién bastará á suplirlo? La natura­leza, que le rodea, no le deja olvidar nunca que hay algo mas allá de la tierra que le sostiene y el cielo que le cubre ; le hace recordar á cada paso el lazo que le une con Dios y con el mun­do. No es tan fácil que el labrador viva sin creencias.

Pero os atrevéis á hablar también de poesía y de esperanza para los que sufren. ¡Que escándalo! ¿Hoy la religion poesía y esperanza? Los sacramentos han perdido ya todo su encanto y su misterio, la fórmula ha muerto toda la espontaneidad y belleza de la idea, el interés ha venido á imprimir el sello del indiferentismo en todos muestres actos religiosos. ¡Poesía! y ¿qué es la poesía? ¿Es acaso mas que la traducción de nuestra vida interior, la manifestación genuina y candorosa de los sentimientos que constituyen la vida de los pueblos, que es la vida misma de los individuos? ¿No la habrá pues forzosamente, cualquiera que sea el sistema que abracemos, cualesquiera que sean las creencias que tengamos? La esperanza ahora, época de vacilación y escepticismo religioso, no solo no está en el Evangelio, está precisamente en su rival, en esa antítesis, llamada, con razon ó sin ella, socialismo. El socia­lismo no abre á los ojos del hombre las puertas de un fantás­tico paraíso, pero le hace vislumbrar en cambio un porvenir cercano que ha de venir á mitigar, ya que no á curar, sus hondos sufrimientos. El socialismo, mas positivista y real, no le promete tampoco goces eternos, pero se los promete para antes de que baje al fondo del sepulcro. Por utópico que parezca, ¿cómo lo ha de ser al par de un sistema religioso que habla sin cesar de un Dios que no comprende?

Si suprimís el cristianismo, se me pregunta por fin, ¿qué freno dejais para los pueblos?—¿No comprenderéis pues nunca que el deber está en la raíz misma de la voluntad humana; que se nos impone independientemente de todo precepto exterior y toda idea; que es nuestro verdadero imperativo categórico? no comprenderéis que el deber sobrevivirá á todas las religiones, á todos los sistemas filosóficos, á todas las legislaciones de la tierra? ¡Cuán poderosas son en nosotros las preocupaciones de la infancia!

Se me acusará quizás de que contesto con demasiada rapi­dez , con ligereza ; mas no quiero sino que cada cual ponga la mano en su corazón, y diga si entre tantas objeciones hay una siquiera digna de ser refutada seriamente. Creo en la dialéctica de Hegel, y examino á su luz el cristianismo. El cristianismo se me presenta como una afirmación desde Jesus hasta Lutero; el protestantismo como un principio de negación desde Lutero hasta la Enciclopedia ; la fiesta del Ser Supremo bajo Robespierre como una negación completa. Dos términos contradictorios, digo luego para mí, suponen necesariamente una afirmación superior, lo que llamamos una sintesis, y veo desde hace un siglo la filosofía haciendo desesperados esfuerzos para conseguirla. El cristianismo, no puedo menos de proseguir, toca á su término. Retrocedo entonces, le examino en su estado actual, su espíritu, su dogma ; y su debilidad de hoy su contradicción íntima de siempre, léjos de negar mi conclu­sion, la corroboran y confirman. ¿Qué mella han de hacer en mi vuestras pobres objeciones?

Ignoro si al rechazarlas he usado ó no de acrimonia : tened­la, si la he usado, por hija de mis fuertes convicciones, y no de mezquinos sentimientos. El odio al hombre no tiene en mí cabida ; las instituciones y los hechos son siempre el objeto de mis ataques y mis iras. Respeto la opinion de todos, aun la de mis naturales y mas encarnizados enemigos; y cuando la combato, prescindo hasta donde puedo de la individualidad que las profesa. Mas ¡la misión que me he impuesto es tan ingrata!... Negar hasta lo que aparece mas legítimo y mas santo, rasgar una por una las mas bellas ilusiones, revelar donde quiera la contradicción orgánica del mundo, enseñar en el seno mismo de la vida el gérmen de la muerte, manifestar la debilidad y la inconsecuencia de todos los partidos, hacer la autopsia de cada convicción y cada creencia, pasar por todo sin tener para nada en cuenta el ¡ay! de las almas creyentes heridas por la punta de mi pluma, es tan duro, tan desconsolador, tan triste... ¿Deja de ser, sin embargo, menos útil? Hé aquí por qué, cuando nadie se atreve, yo me atrevo; hé aquí por qué, aun conociendo lo peligroso y repugnante de mi misión, la cum­plo con orgullo. Creo, como Jesucristo, que no es bueno echar vino nuevo en odres viejos; creo que para reedificar urge an­tes destruir lo edificado. ¿No he indicado ya distintas veces que toda afirmación supone una negación anterior, así en el orden de las ideas como en el orden de los hechos?

Voy ahora á volver los ojos á otra institución no menos anti­gua ni menos respetada que la Iglesia, al trono : institución que hasta hace pocos años no había sido puesta en duda entre nosotros. El origen de la monarquía no fué, como generalmente se cree, la violencia. La violencia creó la dictadura, y la dictadura es mucho mas moderna. Conviene que no confundamos ya desde un principio cosas que difieren esencialmente, por mas que tengan entre sí muchos puntos de contacto. La monarquía, no hay por qué negarlo, es hija legítima de la idea de poder, de esa idea hija á su vez de la espontaneidad social, que nace con el primer pueblo que se estableció en la tierra. El hombre, apenas constituido en sociedad, teme, y se pregunta : ¿Quién ha de salvar mi derecho y armonizar la libertad de todos? En el seno de la familia ve al abuelo, en la tribu al patriarca; en la nación crea al rey como árbitro supremo. Ve absoluta la autoridad del patriarca en la tribu y la del abuelo en la familia, y hace desde luego absolutistas á los reyes.

Aquí teneis por qué la historia de la monarquía se pierde en la niebla de los primeros siglos. Junto al revelador ó despues del revelador aparece generalmente el jefe de dinastía, si ya no es que el mismo enviado de Dios ciñe á la vez su corona de rey y su aureola de elegido. En la primera época histórica del hombre los héroes figuran como reyes ó deudos de los reyes ; en la fabulosa no hay nación que no cuente sus monarcas.

¿Qué puede alegarse ya que legitimé ni favorezca mas la institución? dirán algunos; mas ¿es cierto? ¿no prueba acaso este mismo hecho en contra de la pretendida excelencia de la monarquía? La humanidad en su infancia es necesariamente simplista, así en la concepción como en la realización de sus ideas. No las aprecia ni en sus mútuas relaciones ni en sus ac­cidentes, no las sigue en su desarrollo lógico, no las ve sino en conjunto; y tales como las comprende, las simboliza y les da forma. Hoy la idea de poder ¡cuán complexa no es para nosotros! Descansan sobre ella sistemas complicadísimos, que serian indudablemente un laberinto para los primeros hom­bres. Ellos, sin embargo, consideraban puramente el poder como una voluntad superior á la de todos para sostener el órden. ¿Habían siquiera soñado en preguntarse : ¿Qué es el órden? qué la libertad? ¿Hasta dónde puede sacrificarse la una al otro? ¿Será divisible el poder? ¿Tendrá sus límites? Sentían la necesidad de este poder, y le concentraban en un hombre ; no llegaban á mas ni sus aspiraciones ni su ciencia.

¿Qué es pues en sí la monarquía, sino la primera manifesta­ción de una idea, la manifestación menos científica y mas pobre? Ha pasado al través de las revoluciones y los tiempos; pero ¿sabéis cómo? Acomodándose sin cesar á las sucesivas exigencias de los pueblos, siguiendo las evoluciones del prin­cipio de su vida, modificándose, limitándose, aniquilándose, hasta llegar á ser lo que es, un nombre. ¿Qué es ya hoy la reina de Inglaterra? ¿qué se pretende que sea la de España? Sus respectivos súbditos se inclinan ante su corona; ellas tienen que inclinarse ante la soberana majestad del pueblo. Están á sueldo del Estado ; no tienen ya las llaves de las arcas del tesoro. Sus actos como reinas necesitan, para ser válidos, del refrendo de un secretario del despacho ; el simple cambio de un individuo de su servidumbre, el pláceme del consejo de ministros. No pueden legislar sin el parlamento, declarar la paz ni la guerra, imponer un solo tributo, cobrar las contribuciones ordinarias, darles otra aplicación que la consignada en la ley del presupuesto. Nombran á sus secretarios, pero dentro del circulo de las mayorías parlamentarias, dentro de lo que exige una práctica constitucional, que casi pesa ya como una ley sobre su frente. Aprueban ó desaprueban los acuerdos de las Cortes; mas no pueden anularlos, no pueden hacer mas que suspenderlos, y consultar por medio de nuevas elecciones de representantes la voluntad de la nación entera. ¿La nación está por que se sancionen? la reina no tiene mas que sancionarlos.

Prescindo de los abusos á que se presta este sistema de gobierno; ¿qué presentan ya de común las monarquías de hoy con las de hace treinta siglos? La voluntad de los monarcas era entonces ley; hoy la voluntad de los pueblos es la ley de los monarcas. La acción del rey era entonces directa; hoy tiene que bajar de grada en grada la escala de las jerarquías ad­ministrativas. Entonces era el rey centro de todos los poderes del Estado, capitán, legislador, juez y hasta verdugo; hoy no es mas que la cabeza del poder ejecutivo. Entonces reinaba y gobernaba; hoy reina y no gobierna. Entonces constituía, por fin, la base de la pirámide social; hoy constituye, no la base ya, sino la cúspide.

Conviene, sin embargo, que el lector no se deslumbre. La monarquía ha llegado hasta aquí, forzoso es decirlo, á pesar suyo. Está escrito con sangre en el cadalso de Luis XVI de Francia y en el de Cárlos I de Inglaterra. La monarquía, como toda institución, tiende siempre al absolutismo de su origen, es decir, al absolutismo de su idea. Poned hoy en el trono al mejor rey, al hombre de mas rectas intenciones y de mas generosos sentimientos : si halla medio para desprenderse de un sistema que tanto le sujeta, y no se asusta ante las consecuen­cias de sus actos, rasgará el pacto constitucional y se declarará absoluto. Alegará, y tal vez de buena fe, que solo así puede hacer la felicidad de sus vasallos. Pretestará la necesidad de poner fin á las luchas que surgen naturalmente de nuestras contradicciones político-sociales.

Leed, si no, la historia. No está aun tan léjos el siglo en que decia Luis XIV: El Estado soy yo. Muchos de sus antepasados, es, con todo, probable que no se hubiesen atrevido á tanto. Cárlos I en España acaba con las comunidades, y reduce á la nulidad el poder legislativo de las Corles, despues de siglos que unas y otras tenían limitada la voluntad de los reyes. Fer­nando de Aragon, ya mucho antes que D. Cárlos, da la última lanzada á la antigua democracia de sus pueblos, reduciendo al absurdo sistema de la insaculación el del nombramiento del gobierno municipal por la elección directa. No creo necesario mentar á Isabel II ni á su padre.

¿Por que, empero, ha de prevalecer siempre la monarquía sobre la democracia? Por qué ha de haber recogido la herencia de todas las repúblicas? Examinad bien todas las repúblicas del mundo : todas representan el mismo principio de las monar­quías, todas trabajan por concentrar el poder y darle fuerza. En Esparta hay los éforos, en Aténas los arcontes, en Roma los cónsules, en la Francia del 92 la Convención, en la del 48 un presidente, en todas uno ó mas individuos que disponen de ejércitos y de la facultad de erigirse en dictadores cada vez que la salud de la patria parezca reclamarlo. Representantes todos de un mismo principio, manifestación de una misma idea, que tiende por su misma naturaleza á limitarse y á negarse, ¿qué tiene de extraño ese vaivén de la república á la monarquía y de la monarquía á la república? Este vaivén es hijo de las oscila­ciones naturales á que nos arrastra la contradicción que un mis­mo principio ha de llevar consigo; este vaivén es lógico. Triunfa siempre la monarquía ; mas ¿quién ignora ya la causa? De todos los representantes del poder la monarquía es el que mas puede restablecer la paz en lo estados.

Observad, cuando sucumben las repúblicas. Sucumben las de Grecia despues que Aténas ha promovido las desgra­ciadas guerras del Peloponeso y la Sicilia, Esparta ha invadido el Atica y sumergido en las aguas del Egos el cetro de la hija de Teseo, Tébas ha regado con sangre de lacedemonios los campos de Leuctra y Mantinea, Demóstenes ha denunciado en vano los peligros que amenazan la libertad y la independencia de su patria; la voz de la razon ha sido ahogada por el tumultuoso estruendo de las pasiones populares. Sucumbe la de Roma cuando los cónsules caen ya bajo el puñal de los tribunos de la plebe, cuando la espada de fracciones turbulentas predomina sobre la voluntad de los comicios, cuando Mario y Sila han abierto á ciento cincuenta mil ciudadanos las puertas del sepulcro, y César y Pompeyo hecho es­tremecer el mundo con sus armas fratricidas; cuando Bruto y Casio acaban de cubrir con el velo de la muerte la ensangrentada cabeza de la ciudad de Tarquino y de los Gracos. Sucumben en el siglo XVI las de Italia, despues que han conspirado unas contra otras, y visto sus banderas desgarradas por los güelfos y los gibelinos. Sucumbe la de Inglaterra cuando, muerto Cromwell, la amenazan la guerra civil y las dictadu­ras militares. Sucumbe la francesa del 92 despues del reinado del terror y de la guillotina. Sucumbe la del 48 cuando, mal formulada aun la idea social, aspira á su realización inmediata, y, próxima á triunfar, pone en consternación todos los ánimos, en peligro todos los intereses, en el borde de un abismo la so­ciedad entera. Sucumben, por fin, todas cuando los excesos de la libertad hacen sentir mas la necesidad del órden, y este la de un poder fuerte, incoercible, omnímodo, que sobreponga su voluntad á la discordante voluntad de todos. La dictadura viene por de pronto á cortar el paso á la discordia ; tras ella la monarquía, que, por querer, como siempre, legitimarse, empieza de nuevo á limitarse y á destruirse.

Seguid, empero, observando. Entre los monarcas que han levantado un trono sobre los escombros de las repúblicas, ¿cuántos halláis que no hayan tomado por punto de partida en la obra de su propia demolición el estado en que se encontraba la idea de poder poco tiempo antes de su encumbramiento? Dejo aparte á Filipo de Macedonia, que no solo fue dictador, sino también conquistador de las repúblicas de Grecia. Augusto César dejó en pié el Senado, y quiso añadir á su título de emperador el de cónsul elegido. Los Médicis, los pontífices y Cárlos V respetaron, cuando menos en la apariencia, las insti­tuciones libres de la Italia de los siglos medios ; Cárlos II de Inglaterra reconoció las conquistas hechas contra su padre por la audacia de Oliverio Cromwell ; Napoleon I siguió paso á paso la conducta de Octaviano ; Napoleon III pasó de cónsul á emperador, consultando el voto universal del pueblo. Han retrocedido despues, y han aspirado, si han podido, al absolutismo puro; mas, como he dicho ya, no tanto por su capricho como por la fuerza de la idea que han representado. No pocas veces han hecho, por otra parte, concesiones que les ha arrancado el simple temor de ver alzada contra sí la sombra de la revolución vencida.

Hoy tenemos en España parte de la familia real proscrita : Cárlos y sus hijos. Han sostenido en muchas de nuestras provincias una guerra prolongada ; y, aunque vencidos mas por la traición que por las armas, hoy, despues de catorce años, cuentan aun con un partido que, no sin razon, les hace concebir lisonjeras esperanzas. Se han declarado campeones del absolutismo, y como tales, han encontrado millares de hombres dispuestos á todo género de sacrificios por sostener sus funda­dos ó infundados derechos á la corona de Fernando. ¿Qué nos ha dicho, sin embargo, el conde de Montemolin cuando el año 46 se trataba de casarle con Isabel II ? Qué limitaciones impuestas al poder monárquico dejaba de admitir el Conde? Sus partidarios no cesan de repetirnos hoy que el príncipe ha aprendido en la emigración y en la historia de nuestros mismos acontecimientos; que está muy léjos de desconocer lo que exi­ge la marcha de las ideas y las necesidades de este siglo. Si mañana los excesos de la libertad le trajeran á fundar un trono sobre las ruinas de la democracia, ¿creeis que seguiría otra conducta que la de esos reyes ya mentados, otros principios que los que él mismo ha consignado en su inolvidable manifiesto? Les daría la menor latitud posible ; mas tened por se­guro que los aplicaría. Si no sus convicciones, su egoísmo, su espíritu de conservación, se los impondrían como una condición inevitable. Tiempo me quedará despues, diría, para des­truir mi propia obra y restituir la institución á su forzoso y fatal absolutismo.

Deseo entrar ya en el exámen filosófico de la monarquía; pero me falta consignar aun otros dos órdenes de hechos, y conviene que no pasen desapercibidos. Los herederos de las repúblicas no han sido siempre individuos de antiguas dinas­tías ; algunos han subido al trono abriéndose paso entre las fi­las del ejército y del pueblo, en que han permanecido oscuros durante muchos años. ¿Cuál de ellos ha dejado de trabajar, no obstante, por vincular el poder en su familia? Cuál ha de­jado de aprovechar la menor ocasión para rodearse de todo el aparato y fuerza propios de los reyes? Cuál ha renunciado á concentrar mas ó menos tarde en su mano todos los poderes públicos? Cuál, aun respetando las instituciones republicanas, no se ha esforzado desde luego en falsearlas y convertirlas en provecho suyo? Admitido el principio, han derivado todos, aun sin querer, las consecuencias naturales. Han transigido con lo presente; pero sin apartar un solo momento los ojos de lo pasado, que ha sido para ellos la causa determinante de muchos de sus actos. Estudiad á Napoleon, estudiad á César, y sobre todo, á su sucesor Tiberio. Si los comparais con los monarcas que les antecedieron, os admiraréis de la fuerza que adquirió la idea de poder en su cetro de emperador y su espada de soldado. No solo sujetaron al freno de su voluntad los indómitos caballos de sus naciones respectivas; humillaron ante sus ejércitos otras cien naciones. César logró trasmitir su conquis­tada corona á sus herederos adoptivos ; Napoleon no cedió sino á los esfuerzos de la Europa coaligada.

Ahora bien, Cárlos V como César, Napoleon como Cárlos II, ¿sirvieron ó no á la causa de la humanidad destruyendo las repúblicas? Olvidemos ya la circunstancia de que hayan restable­cido el órden y cicatrizado las heridas abiertas por las discordias de partido ; han restablecido el órden á costa de la libertad, y no merecería, á buen seguro, este beneficio el agradecimiento de los pueblos. El imperio romano ¿no contribuyó algo mas que la república á generalizar el régimen municipal, base de la libertad política, en todos los pueblos del mundo? ¿Quién, sino los Césares, lanzó la idea de nuestros derechos fuera de los muros de Roma, y la extendió á las mas apartadas regiones de la tierra? Napoleon y los antiguos Césares, no hay para qué dudarlo, han sido los mas ardientes propagadores de la idea revolucionaria de sus tiempos; no parece sino que la han arrancado de su patria para ir á fecundar con ella naciones sumidas, cuando no en la barbarie, en un funestísimo letargo. El mismo Napoleon III, que maldicen hoy desde el fondo del corazón millares de proscritos, ¿no ha prestado acaso un servicio inmenso á la misma idea social, que ha combatido con una perfidia y un furor de que hay escasos ejemplos, parte prestándose él mismo á realizarla, parte dándole lugar á que se depure y adquiera la unidad necesaria para llegar á imponerse á toda una nación, y poder alterar las condiciones de vida de un gran pueblo? La idea social, ya mucho antes del 2 de diciembre, pugnaba con todas sus fuerzas por implantarse en la esfera del gobierno. ¿Estaba, con todo, bien definida? ¿La entendian del mismo modo los que con mas ardor la profesaban y difundían, ya desde la tribuna, ya en la prensa? Los sistemas basados sobre ella eran muchos; ninguno, absolutamente ninguno, podia aspirar, al predominio. Al recordar la anarquía de ideas que reinaba en Francia antes del golpe de estado, ¿cómo no se ha de sentir uno movido á aplaudir, ya que no al hombre, el hecho? He dicho ya que Cárlos II aceptó la reforma de Cromwell; nuestro Cárlos V, con sus guerras y su absolutismo, ¿no ha evitado acaso la ruina de pueblos que estaban destinados á una perpetua lucha bajo instituciones republicanas, mas democraticas en la forma que en el fondo? Obraban además en Italia mil causas, independientes unas de otras, en la época á que aludo : fueron destruidas las repúblicas de Italia mas por los pontífices que por los reyes, mas por el espíritu de conquista que por el espíritu monárquico, mas por una idea de unidad que por una idea de odio.

Sí, la monarquía ha sido útil á la humanidad, y lo ha sido hasta cuando no ha venido detrás de las repúblicas. Ha sido durante siglos uno de los mas eficaces elementos de progreso. Por la fuerza invasora que lleva en sí con preferencia á los de­más sistemas de gobierno, ha roto las fronteras de pueblos que permanecían aislados de la especie, ha esparcido con sus ejércitos por gran parte de la tierra los progresos materiales y morales de sus súbditos, ha creado, aunque violentamente, la unidad política y social en vastísimas comarcas; ha desenvuelto la serie de las jerarquías administrativas, iniciado el desarrollo de las diversas funciones sociales, servido de núcleo á una organizacion, que ha caido solo cuando se ha hecho incompati­ble con los progresos del trabajo. Merced á sus celos y á su natural exclusivismo, se ha atravesado como un obstáculo al paso de teocracias que pretendían dominar y esclavizar el mundo, al de aristocracias que habian hecho patrimonio suyo la tierra y los hombres que la cultivaban, al de democracias que, poniéndose en contradicción consigo mismas, convertían la libertad en objeto de incalificables privilegios. Ha sido pocas veces innovadora sabiéndolo y queriéndolo ; pero lo ha sido muchas por la naturaleza de su misma constitución y la fuerza de los hechos. Ha consolidado á menudo los adelantos revolu­cionarios de los pueblos.

No se pinta generalmente á la monarquía con tan agradables colores; mas conviene que así la conciban aun los pueblos mas dispuestos á pasarla por la espada. No porque una insti­tución sea hoy mala, ha de haberlo sido en todos tiempos. Precisamente es ley de toda institución social que empiece por dar efectos positivos, y solo despues, raras veces coetáneamente, los produzca subversivos. La monarquía, como la religion y la propiedad, nos han traido al adelanto en que hoy nos vemos. Sin ellas la civilización no habría de seguro adelantado un paso.

Mas ¿dónde, se dirá, teneis las pruebas de que los reyes hayan concluido su misión sobre la tierra? Permitidme que re­suma antes los sucesos consignados, y les consagre las reflexio­nes oportunas. La contestación os la daréis despues vosotros mismos. Hemos visto que la monarquía ha nacido con la primera idea de poder concebida por el pueblo; que la necesidad del órden la ha creado; que la anarquía la ha evocado constantemente del fondo del sepulcro; que se ha ido modificando en cada nuevo período de su existencia; que ha transigido con los mismos principios que ha venido á reemplazar despues de la muerte de las repúblicas; que se ha hecho el apóstol de ciertas ideas revolucionarias, y las ha impuesto con la espada á naciones extranjeras; que por la fuerza misma de su vida ha tendido, sin embargo, en cuanto se lo han permitido las cir­cunstancias, al absolutismo de su origen; que ha llegado á hoy, su situación de hoy á pesar suyo; que si hoy pudiese, aun rasgaría el pacto constitucional, y repetiría con placer el Estado soy yo de Luis XIV ; que ha sido, por fin, no solo una institución útil, sino también un elemento de progreso.

¿Qué es pues, en último resultado, la monarquía? Aquí entramos ya en el fondo del asunto. Hay un problema tan antiguo como la sociedad, tan trascendental como la suerte de la especie humana: la armonización de la libertad y el orden. La monarquía es la primera solución de este problema. Veo en las sociedades, dice, intereses divergentes, funciones y facultades desiguales, aspiraciones diversas ; voy á ponerme como árbitro supremo entre todos los individuos de mi pueblo para mantener a cada uno en sus deberes y sus derechos, y evitar, ya que no la discordia, sangrientas colisiones. Empieza desde luego á legislar, es decir, á fijar esos mismos derechos y deberes de cada ciudadano, y determinar las relaciones que le han de unir con el Estado; mas ¿legisla acaso partiendo de principios absolutos de justicia? Legisla partiendo del principio de que es inviolable la libertad de sus subordinados? Se ha propuesto asegurar el orden : hé aquí el motivo y el objeto de sus leyes. Por esto ya desde un principio se la ve descender á pormenores indudablemente repugnantes. No se contenta con hacer sentir su acción en la última aldea de su reino; la hace sentir en el seno del hogar doméstico. No se satisface con organizar la administración de sus provincias; pretende organizar hasta las profesiones industriales. Se declara centro de todo: del poder, del honor, de la ciencia, del trabajo ; se erige en dispensador uni­versal de derechos que, aun siendo naturales, no otorga como derechos, sino como privilegios. «Si todo no parte de mí, añade, ¿cómo he de contener en un tiempo dado la acción de los mil elementos de desórden que pueden surgir de la incesante creación de nuevos deseos é intereses?» Sigue todos los dias dando leyes, y leyes no siempre justas, que cree impuestas por la necesidad del orden; sigue haciendo del Estado su familia. En nuestra misma España, ¿qué profesión no habrá recibido de manos del rey sus ordenanzas? ¿No las habían llegado á recibir hasta la prostitución y la tahurería? En Rusia, á fines del siglo pasado, ¿no había llegado á fijar el mismo em­perador la hora en que debían sus súbditos recogerse á sus hogares?

La monarquía no resuelve en rigor el problema; corta el nudo á lo Alejandro. «La libertad, dice, puede abrir la puerta á la anarquía; mato pues la libertad, y tengo el orden.» ¿Es esto armonizar los dos términos? es esto siquiera comprenderlos? Arrastrada por esta idea, llegaría, á no dudarlo, al inmovilismo, si le fuese posible aislar sus pueblos del resto de la espe­cie, é impedir que la libertad protestase contra el principio que la mata. El inmovilismo ¿es acaso el órden? es tampoco el estado natural de nuestra raza?

Afortunadamente la libertad, no pudiendo sufrir en silencio tanta servidumbre, levanta desde muy temprano la voz contra solución tan tiránica y absurda. La monarquía al oírla se estremece y capitula. Hace hoy una concesión, otra mañana, y li­mita sin cesar su omnipotencia. Logrará quizás vencerla y dominarla; mas para corto tiempo. Precipita entonces las revoluciones. Cae, revestida aun de su manto de púrpura, bajo el puñal de Bruto ó el hacha del verdugo. ¿Cómo ha de darse nun­ca por vencida la libertad, si constituye al hombre?

Tampoco muere para siempre la monarquía ; mas, lo hemos indicado ya, no muere, porque sus sucesores tampoco resuel­ven el problema; porque se apoyan en el mismo principio; porque, atendiendo mas á la libertad que al orden, provocan desastrosas guerras. A los pueblos les fatiga mas pronto el desórden que la tiranía; motivo por que, aun inmediatamen­te despues de haberla derribado, claman por la constitución de un poder fuerte, capaz de atajar el desborde de las pasiones, es decir, por la restauración del mismo principio contra que se han sublevado. ¿Llegan á creer incompatible la li­bertad con la paz? Sacrifican desde aquel momento la li­bertad; llaman de nuevo á los monarcas. Solo así se explica que naciones como la Francia, despues de haber destro­nado por tres veces á sus reyes, hayan otras tantas inclinado la frente bajo el yugo de antiguos ó de modernos príncipes.

¿Qué es pues, repito, la institución monárquica? Conside­rada en sí, considerada con relación al problema que le ha da­do vida, es evidentemente la negación de la libertad, la fuerza supliendo la falta de la ciencia, una necesidad social impuesta por la ignorancia de las condiciones de nuestras facultades y de las condiciones del orden por que suspiramos. Considerada históricamente, la provocadora del desarrollo de esa misma libertad con que lucha sin descanso, la moderadora de sus impetuosos arranques, la reparadora de todos sus excesos; el fuego que, por quererla abrasar, la vivifica; el agua que, por quererla ahogar, la regenera.

Es triste deber confesarlo; mas es cierto. La monarquía du­rante muchos siglos ha sido, aunque mala, la única solución posible del problema. Ha habido república que ha durado setecientos años; pero miradla bien esta república. Circunscrita a estrecho recinto de una ciudad, y organizada sobre la base de una aristocracia poderosa, ha empezado por extender su espada sobre el mundo, y ha concluido por ser la verdadera reina de un imperio que no tiene igual en la historia. Desde que se han proyectado sobre los bancos de los senadores las sombras de los tribunos de la plebe, se ha consumido en cien luchas fratricidas , y echado, sin saberlo, los cimientos del trono de los Césares. Ha sucumbido al fin bajo el cetro de sus emperadores, que no se han hundido sino con ella y con todas sus colonias bajo las frámeas de los bárbaros. Observad además que mientras fué república reconoció la necesidad de la dictadura, pudo embriagar á sus hijos con la gloria de sus armas, enriquecerlos con el botín de sus célebres batallas. La libertad entonces, como muchos siglos despues, no tenia la necesaria consciencia de sí misma ; cuanto mas pugnaba por hacerse compatible con el órden, tanto mas se sentía oprimida, y rechazaba léjos de sí los elementos indispensables para constituir­lo. Buscando los hombres en la sociedad primero este órden que la garantía de sus libertades, ¿cómo no habían de tender constantemente á lanzarse en brazos del que mejor le repre­sentase, en brazos de un monarca?

La idea de poder, cuya primera y mas larga manifestación fué la monarquía, no era, por cierto, la que podia llevarnos á la solución deseada; mas ¿creeis fácil que en un principio, ni aún años atrás, dejase de presentarse como única á los ojos de los pueblos? ¿Cuándo ha empezado á ser negada? Cuándo ha empezado la negación á adquirir prosélitos ardientes? Cuándo se ha hecho posible? ¿No ha sido acaso necesario que nos haya revelado antes la economía política y social las leyes del tra­bajo?

La monarquía, como todo poder, ha partido de una hipótesis falsa en sí, por mas que no la hicieran aparecer como tal las circunstancias de los tiempos. Ha visto desigualdad en las capacidades y en las funciones, y ha dicho : ¿Puede esta desigualdad dejar de producir diversos intereses? Puede dejar de ser un motivo permanente de discordia? Se ha decidido por la negativa, confundiendo lo accidental con lo absoluto, y ha perpe­tuado así un mal de trascendencia, se ha sentado en una base que mas ó menos tarde ha de faltarle. La desigualdad de facultades y funciones revela precisamente la posibilidad de la ar­monía entre todos los intereses individuales y sociales. El antagonismo seria imprescindible solo cuando fuesen unas iguales, y desiguales otras. Siendo todas desiguales, siendo además cor­relativas, he de presentir, por lo menos, que media entre facultades y funciones una decidida equivalencia. Bajo al campo de los hechos, y hallo desde luego confirmado mi presentimien­to. Hay hombres de gran capacidad, y funciones cuyo desempeño exige la aplicación de casi todas nuestras facultades; hom­bres de escasas facultades, y funciones cuyo desempeño exige una capacidad reducidísima. Los hombres de gran capacidad no abundan ; las elevadas funciones que hay que llenar tam­poco sobran. En cambio hay mil funciones á cual mas modes­tas, y talentos á cual mas humildes. ¿Por qué son tan pocos los genios? Porque sus obras, al parecer eternas, sirven de pasto á mil generaciones. ¿Por qué tantas las medianías? Por­que, incapaces sus obras de satisfacer la generación que les su­cede, perecen sin cesar, y necesitan de una renovación con­tinua.

Facultades y funciones ¿son pues equivalentes? ¿Habia en­tonces mas, para resolver el problema de la libertad y el orden, que trabajar por establecer lo mas pronto posible la necesaria relación entre unas y otras? Pero la monarquía, no solo ha buscado el orden fuera de esta equivalencia; ha igno­rado que tal equivalencia existiese, ha ignorado que tal equi­valencia pudiese darle pacíficamente lo que buscaba, sobreponiendo á la voluntad de todos la fuerza de su espada. En mas de treinta siglos no ha dictado siquiera una pragmatica que tienda á procurar esta armonía entre profesiones y talentos. Las universidades y los grados académicos, los gremios y las jerarquías profesionales podían conducir indisputablemente á tal objeto; mas no lo recordó siquiera al determinar la organi­zación de aquellos cuerpos.

«Si entre las funciones sociales, prosiguió la monarquía, re­claman unas mas facultades que otras, es claro que deben ser desigualmente retribuidas. ¡Infeliz del que se atreva á levantar la mano contra los que, dotados de mayor talento, gocen del oro y los honores que él no goza!» ¿Qué podia ya deducir de su funesta hipótesis, que imposibilitara mas la realización del órden tan deseado? ¿Hay funciones mas retribuidas? Hay pues desde este momento categorías, divisiones, que no puede salvar la voluntad del hombre; envidias, celos, odios de clase á clase, elementos indestructibles de desórden. Aspira cada cual, no á la profesión mas análoga á sus facultades , sino á la profesión que mas produce ; miran todos con desprecio la que, por útil que sea, trae consigo la estrechez y la miseria. Las castas re­viven hasta en las naciones mas civilizadas; la pobreza, como la opulencia, pasan de generación en generación sobre la cabeza de un número determinado de familias.

Añádase ahora á esto que, para colmo de desventura, lleva­da la monarquía por la misma consecuencia, no solo sanciona la desigualdad en el pago de los servicios, sino que, generalmente hablando, ennoblece tanto mas las profesiones cuanto mas son lucrativas. La separación de clases se hace pues de dia en dia mas sensible y mas odiosa ; los que se sienten degrada­dos conspiran incesantemente contra los que están enaltecidos. Las luchas de la plebe, conviene no olvidarlo, han sido promovidas tanto por el sentimiento de la igualdad social como por el de la libertad política. La plebe ha protestado siempre, ó instintiva ó reflexivamente, contra una desigualdad tan infundada. ¿Lo dudáis? Recordad las repúblicas de Italia, las municipalidades de Aragon y Cataluña, las de otros pueblos de Europa; ved qué son en el fondo sino el primer triunfo obtenido por las artes industriales contra los privilegios de las profesiones aristocratizadas por los reyes.

Estos privilegios eran efectivamente injustos. El talento no es mas que la especialidad de nuestras facultades. Si existe una función social que exija mi especialidad, y yo la ejerzo, en nada puedo ser acreedor á mas que el proletario, cuya capacidad limitada basta para llenar una función tan social como la mia. Mi talento no es creación mia, no depende de mi volun­tad que le tenga ó no le tenga; no hay compás para medirle. ¿Cómo ha de dar motivo á diversidad de retribución ni á privilegios? ¿Dónde está aquí la justicia? Dónde los elementos de órden?

No satisfecha la monarquía con negar la libertad, niega tam­bién la igualdad : aplaudid, si os place, esta institución benéfica. Amáis la paz ; pero ¿es la paz de los sepulcros? El órden; pero ¿es el órden de los esclavos africanos, que gimen aun bajo el látigo del indio? La division del trabajo ; pero ¿es la division del propietario y del obrero por la infamia y la pobreza? La paz que aja mi dignidad de hombre es cien veces mas temible que la guerra ; el órden que impide el desarrollo de mis facultades, la mayor calamidad que puede afligirme á mí y á la humanidad entera ; la division de clases, el incentivo mas eficaz de la discordia. Una institución que me produce tal órden y tal paz está juzgada. No resuelve el problema ; y hoy, que los términos de este se presentan mejor sentidos y apreciados, es ya de todo punto insostenible.

Sé lo que podrá objetárseme. Aun suponiendo, me dirán, que vuestro principio de igualdad sea un axioma, no podia la monarquía tomarlo por base de su conducta. La especie toda reconocía en las desigualdades sociales la consecuencia lógica de la desigualdad de facultades y funciones; nadie distinguía aun esa equivalencia que veis entre unas y otras.—Cualesquiera que hayan sido, sin embargo, las creencias de la especie, ¿no resultará siempre que, descubierta la falsedad de la idea en que se apoya la monarquía, está la monarquía condenada á una pronta é inevitable ruina? La que debió su larga vida solo á la ignorancia, ¿no ha de encontrar en la ciencia su sepulcro? Se ha modificado y podrá modificarse, replicáis; mas entre una afirmación y una negación ¿caben acaso transacciones? caben entre la igualdad y el privilegio? La función de rey bajo el prin­cipio de la igualdad queda equiparada á la mas humilde que puedan ejercer hoy sus súbditos : si, despues de haberle quitado todas las prerogativas contrarias á la libertad del individuo, le arrancáis también ese lujoso aparato que le rodea, ¿en qué veréis ni la sombra de un monarca?

Vuestra objeción legitima la existencia de la institución en lo pasado, y tal vez en lo presente; nunca en lo futuro. El día en que la humanidad vuelva de su error, y diga : «Obreros de la materia y de la inteligencia, sois iguales,» aquel día se hun­dirá indudablemente hasta el postrero de los reyes. Importa poco que no sea aun realizable la igualdad ; basta que viva en la conciencia para que produzca estos efectos. La proclamación de la igualdad es la negación de la base de la monarquía; sin base no se sostiene un edificio. Si se sostuviera entonces vuestra institución, no solo no seria ya legítima, seria por demas absurda.

Mas ¿necesita acaso de la proclamación del principio de la igualdad para venirse abajo? Siendo en sí la negación de la li­bertad, transigiendo con ella solo cuando cree amenazada su existencia, tendiendo, en virtud de su idea, á su primitivo absolutismo apenas halla ocasión de adulterar la fe de sus contratos, ¿puede dejar de presentarse como un peligro constante á los ojos de los pueblos? El sentimiento de la libertad es hoy profundo, ardiente, general, activo, grande. Impone a sus enemigos, y hasta los mismos, que aparentan mas tibieza, no bien le sienten hollado, se levantan. No ha de consentir por mucho tiempo en tener delante de sí la que es su propia nega­ción, la que, aun con las mas generosas intenciones, ha de trabajar para matarle.

Hace ya mas de seis años, el 48, un soplo de la Francia hizo vacilar la corona sobre la cabeza de cien reyes. Luis Felipe abandonó las Tullerías. Pio IX el Vaticano, el emperador de Austria sus palacios de Viena, el rey de Prusia tuvo que saludar sus propias víctimas. El Czar, que hoy no ha vacilado en desafiar las iras de la Francia y la Inglaterra, se contento con presenciar el espectáculo desde lo alto de sus fronteras, temiendo que llegase hasta su trono el empuje revolucionario. Despues de haber amenazado la revolución en los primeros momentos de su cólera, le dirigió palabras llenas de respeto. Paso aun por alto á los pequeños reyes y príncipes de Italia y de Alemania, á la reina Isabel, que por dos veces sintió estallar el fuego de la rebelión bajo sus plantas. ¿Creéis que aquella revolución no dejó hondas raíces en todas las naciones? creeis que han muerto sus ideas? Sus primeros jefes pisan aun el suelo de la Europa ; hablan á cada paso, escriben, son a la vez una continua protesta y una amenaza. ¿Cuándo se acuerdan de los reyes, sino para maldecirlos? ¡Ah! si mañana, como es muy posible, surgiera otra vez del seno de la esclavizada Francia una simple llamarada revolucionaria, no quedaria en pié una monarquía. La joven Alemania no se dejaría ya seducir por el fantasma de su antiguo imperio, la joven Italia no confiaría otra vez su suerte á la espada de un monarca. La negación de la autoridad real no seria siquiera puesta en duda. El federalismo y la república unitaria se dividirían el suelo de la culta Europa.

¿Por qué? Merced á los progresos de la ciencia, hoy la idea de libertad es absoluta, el hombre se ha sentido soberano. «Mi voluntad, ha dicho, es mi gobierno ; cualquiera que se decida á extender sobre mí su cetro de rey ó su espada de soldado es un tirano. Nadie tiene derecho a reducir mi libertad sino yo mismo. Vivo en sociedad ; mas no basta para que deba sujetarme á un poder que no he creado ni á leyes que no he hecho. Si la voluntad de mis asociados es, como la mia, autónoma, ¿en virtud de qué principio les he de mandar ni han ellos de mandarme? Alegáis que ese mismo hecho de ser autónoma la voluntad de todos impone como una necesidad la formación de leyes que á todos nos obliguen ; mas nada probáis en contra de mi aserto. Entre entidades igualmente libres, la ley no puede ser mas que la expresión de la voluntad de todos. Soy, como hombre, ingobernable; como ciudadano, objeto de ley y le­gislador, monarca y súbdito.» ¿Cómo queréis ya que, ni en Francia ni en Alemania ni en Italia respetase la revolución la monarquía? La coexistencia de dos soberanías ¿la concebís po­sible? Un rey, aun cercado de todas esas trabas que llamais constitucionales, nunca dejará de ser un soberano ; y si un dia no lo fuese, merecería igualmente la monarquía, como institución del todo inútil, ser devorada por el fuego revolucionario.

Príncipes de la tierra, ha llegado ya la hora de que perdais la última esperanza. Os falta la razon de ser, porque habéis sobrevivido á las ruinas de cuarenta siglos, y estáis heridos de muerte. Lo estáis hasta vosotros los que regís los destinos de mi patria. El principio de la soberanía absoluta del hombre tiene ya también entre vuestros súbditos ardientes partidarios ; mina de dia en día el terreno que ocupáis con vuestros palacios y vuestros servidores, vuestros soldados y vuestros hipócritas adeptos, vuestros jueces y verdugos. Echad una ojeada á vuestro alrededor, y ved si no os halláis en el vacío. Ni un amigo sincero corre á estrechar vuestras manos en los dias de peligro, ni una sola palabra se pronuncia en favor vuestro que no sea dictada por el espíritu de partido ó por mezquinos intereses personales. Acabamos de atravesar una revolución : el pueblo os ha mirado con indiferencia ó con desprecio, San Miguel os ha humillado. Espartero aun hoy ofusca el brillo de vuestras coronas con el de sus laureles y su nombre. La Asamblea pone en duda si debeis continuar en el trono, y veinte diputados votan decididamente en contra de vosotros. Aun los mismos que entonces os sostienen no se atreven despues á confirmaros los derechos que os constituyen reyes. Os aceptan los mas como una necesidad del momento; pocos, muy pocos, como repre­sentantes de una institución compatible con los adelantos de la ciencia. No hay en todo el país un hombre verdaderamente grande, y hé aquí vuestra fortuna. Viendo que no le tienen, se resuelven á proclamaros nuevamente ; mas ¿cómo? ¿bajo qué condiciones? Vuestro mas sincero y respetable campeón ha dicho: «Quiero un rey ; ponedle, si así os place, el gorro fri­gio.» Este gorro frigio se le ciñó Luis XVI poco antes de tomar el camino del cadalso.

¿Para qué, empero, debo ser cruel hasta el punto de evocar tan fúnebres recuerdos? Mi corazón está exento de odio para con vosotros; aborrezco las cosas, no los hombres. ¡Quiera Dios que al sonar la hora de vuestra caida la oigáis, y os retiréis sin provocar la cólera del pueblo! Toda institución marcha á su fin desde el primer instante de su vida ; no pretendáis oponeros jamás al cumplimiento de la ley del mundo. Vuestra re­sistencia seria tan funesta como inútil. ¿Os deslumbrará tal vez la remota antigüedad de vuestro origen? Sabed que nada puede el apoyo de la tradición contra la inflexible lógica de unas ideas que brotan espontáneamente del seno de la especie. ¿Confiáis quizás en hacer todos los dias nuevas concesiones? Recordad que no podéis ya conceder sin anonadaros; ved si tras cada concesión no halláis mas profundo el abismo en que se ha de perder vuestra corona. ¿Opondréis á los insurrectos vuestra buena fe, vuestra conformidad estricta con las prácti­cas constitucionales? Sin sentirlo, sin querer, en virtud de una fuerza orgánica que desconocéis vosotros mismos, habréis tendido mas ó menos al absolutismo puro, y los insurrectos ni creerán vuestra sinceridad ni respetarán vuestra palabra. ¿Contaréis, por fin, con el recurso de decir al pueblo: «Nos po­nemos bajo tu ley, aceptamos tu soberanía.» No haréis entonces sino mataros por vuestra propia mano. Vuestros medios de existencia están ya agotados. ¡Reyes! bajad y confundios entre vuestros súbditos.

Mas ni he contestado aun á todos los argumentos de que son susceptibles mis ideas, ni escrito las reflexiones á que dan lugar los hechos que he sentado como base de mi crítica. Vos mismo, se me objetará, habéis pintado la monarquía como un elemento de progreso, como la propagadora de los últimos principios revolucionarios; ¿por qué no puede serlo hoy dia? ¿No aseguráis que ese mismo emperador que hoy manda en Francia sirve la idea contra que ha desnudado la espada de Napoleon I?—Toda institución, aun cuando trabaja mas por conservarse, tiende fatalmente á destruirse; pero, guardadlo bien en la memoria, si acepta lo que la limita, no acepta jamás lo que la niega. Que nuestras ideas de libertad y de igualdad son la negación completa de la monarquía, ¿no está ya probado? Napoleon III, es cierto, ha servido la idea social de nuestros tiempos; pero, lo he indicado también, la ha servido mas combatiéndola que procurando realizarla. No ha admitido francamente la cuestión ni se ha propuesto resolverla ; no ha marchado decididamente á la reforma de la propiedad, considerada como necesaria por todos los escritores socialistas; no ha atacado ninguna de las causas orgánicas del mal que pesa sobre la frente de los pueblos. La resolución del problema hubiera sido su muerte ; y aquí teneis por qué no la ha buscado ni la busca; aquí teneis por qué se ha limitado á remediar parcialmente algunas de las dolencias de sus súbditos, situándose en las fronteras de la economía y el mal llamado socialismo. ¿En qué otro sentido ha servido la idea? La ha servido en que, de­dicándose á mejorar la suerte de la clase obrera, ha confirma­do á la vez la existencia de la cuestión, y la justicia y la verdad de las protestas contra la organización de nuestras sociedades; no la ha servido en mas, ni era posible. Resolved como queráis la cuestión, y, no solo la monarquía, toda idea de poder se viene abajo ; la economía absorbe la política. Supongo, por de contado, que la resolváis racionalmente.

¿Puede desconocer Napoleon III que, antes que emperador, ha sido socialista? Para no resolverse á bajar al fondo del problema no tenia, con todo, necesidad de haberlo sido. El conde de Saint-Simon, despues de haber concebido y madurado la fecunda idea de su régimen industrial, lleno de fe en la importancia trascendental de su proyecto, se dirigió al príncipe de su época. Le explicó su sistema con toda la lucidez posible, se lo desmenuzó, le demostró hasta con prolijidad la razon de que lo derivaba, la urgencia con que lo reclamaban las necesidades de los tiempos, los medios con que cabía realizarlo, el objeto que tenia...; mas en vano. No satisfecho aun, le aduló, procuró excitarle los mas generosos sentimientos, apeló al corazón... y todo también inútilmente. ¿Son acaso tan impenetrables los motivos? El régimen industrial de Saint-Simon era ya la antítesis del régimen feudal, es decir, del régimen militar, del régimen monárquico. El poder no consiente jamás en suicidarse; el instinto de la conservación le hizo descubrir los peligros que había para él en el sistema.

Desengañáos por lo tanto, reaccionarios españoles. En las últimas líneas del capítulo anterior os he manifestado que hay una esfinge que busca un nuevo Edipo. Como os he dicho que este nuevo Edipo no será la Iglesia, os digo ahora que no será la monarquía. Como os he dicho que morirá la Iglesia con la esfinge, os digo ahora que morirán los reyes. El resultado es fatal, inevitable, atendida la naturaleza de las cosas.

Vosotros, no obstante, como os empeñáis en sostener la Igle­sia, os empeñáis en sostener la monarquía. Sabed, por fin, que provocáis con doble título la guerra. Con la monarquía tene­mos un problema irresoluble, un principio incompatible, otra rémora para la revolución que se está verificando en las ideas. No puede haber paz cuando el problema está ya planteado, el principio existe y va encarnándose en las masas; toda revolución de ideas es de suyo indetenible. ¿Negaréis acaso que el problema esté planteado? Mas ¿cómo no recordáis la prolongada hambre de Galicia, las frecuentes y peligrosísimas cues­tiones con que los obreros catalanes mantienen en continua alarma el principado, los disturbios puramente sociales que despues de la revolución de julio han estallado en distintos pueblos y provincias? Cómo no recordáis que antes y despues de la caida de Sartorius, numerosas turbas de jornaleros han puesto en práctica sus derechos al trabajo reclamándolo en alta voz debajo de los balcones de la casa de la Villa? Cómo no recordais la crisis del 48 y la del 54, hechos todos que ponen en inminente riesgo la existencia misma de los gobiernos y en descubierto la incapacidad de los hombres de la vieja idea, ya para prevenirlos, ya para remediarlos? ¿No comprendéis tal vez la significación de lo que pasa en torno vuestro? ¿ó lo comprendéis é intentais cerrar los ojos? ¿En vosotros no hay ya pues corazón, cuando tan poco os interesan los dolores de los pueblos? Estos dolores no tardarán, sin embargo, en ir á turbar vuestro sueño si seguis en esa senda reaccionaria. El malestar crece por momentos, los salarios bajan, las necesidades aumentan, el precio de los comestibles sube, el impuesto grava mas y mas la producción; y el impuesto es necesario, las obligaciones del Estado son cada dia mas y los recursos menos : veremos si sin abordar de frente la cuestión salis del paso. Volvéis la espalda á los sucesos, y llenos de terror, decis: «Apresurémonos á llegar al término.» ¡Desgraciados! ¿No sentis pues los pasos de la revolución tras vuestros pasos? Id, corred, procurad alcanzar el suspirado término. Veis en el de la revolución un abismo; mas en el vuestro hay otro, y ¡ay de vosotros si llegáis á sentar la planta en sus orillas! Daréis de Escila en Caribdis, fracasaréis en un Caribdis real por huir de un Escila imaginario.

No creeis tampoco que el principio de la soberanía absoluta del hombre esté ya tan generalizado en España que pueda inspirar temores ; mas parece imposible que nada os digan aun las perpetuas vacilaciones de las Constituyentes. ¿Qué importa que se hayan apresurado á declarar como base de la futura constitución el trono de Isabel II, si á los pocos dias dudan que esa misma reina haya de sancionar sus leyes, si á cada paso se muestran celosas del poder que han confirmado, y no con­sienten en que haya mas soberanía que la suya? La democracia profesa toda este principio, y cuenta ya en el Congreso mas de treinta votos. Este hecho significa mucho. Ad­vertid que la ley electoral del 37 es restrictiva; que la ma­yor parte de los que hubieran apoyado las candidaturas de­mocráticas no gozan del derecho de electores. Esos que se llaman liberales avanzados son, ademas, demócratas á despecho suyo. Profesan todos el dogma de la soberanía absoluta de los pueblos ; transigen por ahora con la monarquía, no la aceptan ya como un principio. Ellos, y aun muchos progresistas, em­piezan á admitir también las libertades absolutas, que presupo­nen la existencia de una soberanía individual ilimitada.

Con la monarquía, he añadido por fin, suscitais nuevas di­ficultades á nuestros adelantos : ¿no lo veis claro tampoco des­pues de cuanto llevo dicho? Hombres de la reacción, os lo repito por tercera vez, buscáis, promovéis, deseáis la guerra. Ponéis frente á frente dos soberanías, la del rey y la del pueblo ; frente á frente la libertad y el orden , frente á frente la igualdad y el privilegio , frente á frente la inercia y el progre­so; ¿qué ha de nacer de aquí sino una guerra inevitable? La palabra paz en vuestros labios es el mayor de los sarcasmos.