La reina de los caribes: Capítulo 7: El brulote

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La reina de los caribes
Capítulo 7: El brulote de Emilio Salgari

Los veinte hombres que habían sido mandados para desembarazar la calle de enemigos habían empeñado la lucha contra los habitantes de la ciudad y contra los soldados que habían buscado refugio en las casas.

Desde las ventanas partían arcabuzazos en buen número.

Con nutridas y bien dirigidas descargas habían obligado a los habitantes a retirarse de las ventanas, y enviado un destacamento de tiradores con orden de tener despejadas las calles laterales, a fin de impedir una sorpresa.

Cuando apareció el Corsario Negro, un buen trozo de la calle había caído en poder de la vanguardia, mientras otros, que iban delante, continuaban haciendo descargas contra toda ventana que veían iluminada o abierta.

-¡Adelante otros diez hombres! -ordenó Morgan-. ¡Otros diez a retaguardia, y fuego toda la línea!

-¡Cuidado con las calles laterales! -gritó Carmaux, que llevaba el mando de la retaguardia.

Los habitantes, asustados, habían renunciado a la idea de perseguir a los filibusteros en su retirada.

Ya estaba la banda a unos trescientos metros de la bahía, cuando hacia el centro de la ciudad se oyeron algunas descargas.

-¿Nos atacan por la espalda? -preguntó el Corsario Negro, a quien llevaban en veloz carrera.

-¡Los españoles se han reunido, y caen sobre nosotros! -gritó Carmaux.

-¿Son muchos?

-Un centenar lo menos.

En aquel momento se oyeron hacia la bahía algunos cañonazos.

-¡Bueno! -exclamó Carmaux-. ¡Hasta las fragatas quieren tomar parte en la fiesta!

-¡Morgan! -gritó el señor de Ventimiglia viendo a su lugarteniente-, ¿qué ocurre en la bahía?

-Nada grave, señor -repuso aquél-. Son las fragatas que disparan contra la playa, creyendo acaso que tratamos de abordarlas.

-Tenemos la guarnición del fuerte sobre nosotros.

-Lo sé, señor; pero nos molestará poco. ¡Ohé! ¡Treinta hombres a retaguardia, y replegarse haciendo fuego!

-¡Y nosotros, adelante!

Mientras la retaguardia, reforzada por otros veinte hombres, detenía a los españoles en su carrera, la vanguardia, apresurando el paso; llegaba a la bahía, precipitadamente, frente al lugar ocupado por El Rayo.

La tripulación, ya preparada, había botado al agua algunas chalupas para recoger a los camaradas.

-¡Embarcad! -ordenó Morgan.

El Corsario Negro, colocado en una ballenera en unión de Yara, Carmaux y algunos otros heridos, fue rápida y cuidadosamente transportado a bordo.

Cuando se vio sobre el puente de su nave lanzó un largo suspiro diciendo:

-¡Ahora ya no me prenderéis, amigos! ¡El Rayo vale por una es cuadra!

Entretanto, los hombres que quedaban en la playa habían hecho frente al enemigo.

Las descargas se sucedían sin interrupción, causando pérdidas por ambas partes e impidiendo a los filibusteros embarcar en las chalupas.

El Corsario Negro, que no había querido dejar el puente, comprendió el peligro que corrían sus hombres, y volviéndose a los artilleros de las piezas de cubierta, les gritó:

-¡Metralla sobre los enemigos! ¡Una buena descarga!

Las dos piezas de artillería fueron dirigidas hacia la playa, y lanzaron una nube de fuego.

Los filibusteros aprovecharon la ocasión para alcanzar precipitadamente las chalupas.

Cuando los españoles se rehicieron, los últimos marineros estaban ya a bordo.

-¡Ya es tarde, queridos!

El Corsario Negro, en vista de que todos sus hombres, hasta los heridos, estaban ya a bordo, se dejó llevar a su camarote.

Aquella estancia era lo más rica y cómoda que se puede imaginar.

No era una de esas estrechas habitaciones que forman el llamado "cuadro de los oficiales", sino una salita amplia y bien aireada, con dos ventanillas adornadas por columnas corintias y forradas de seda azul.

Una gran lámpara de plata dorada con globos de vidrio rosado extendía en torno una luz extraña, que recordaba la producida por la aurora en los bellos amaneceres estivales.

El Corsario se dejó llevar al lecho sin hacer un gesto de dolor.

Morgan entró en el camarote, seguido del médico de a bordo, de Yara y de Carmaux, el ayudante de campo del filibustero.

-¿Qué opináis? -preguntó Morgan al hombre de ciencia después que hubo examinado al herido.

-Nada grave -repuso el Médico-. Dentro de quince días el Capitán podrá devolver las estocadas recibidas.

-No será necesario, doctor -dijo Carmaux-. Los hombres que le han herido deben de estar a estas horas en casa de Belcebú, su señor.

-Haced volver en sí al Capitán -dijo Morgan-. Debo hablarle con urgencia.

El Doctor abrió un botiquín, del cual sacó un frasco, que aplicó a la nariz del Corsario.

Un instante después el señor de Ventimiglia abría los ojos.

-¡Muerte del Infierno! -exclamó-. ¡Creía haber soñado! ¿Es cierto que estoy a bordo de mi nave?

-Sí, caballero -dijo Morgan riendo.

-¿He perdido el sentido?

-Sí, capitán.

-¡Malditas heridas! -exclamó el Corsario con rabia. ¡Es la segunda vez que me juegan esa mala pasada! ¡Deben de ser dos magnificas estocadas!

-Curaréis pronto, señor -dijo el Médico.

-¡Gracias por el augurio! Y bien, Morgan ¿cómo estamos?

-La bahía sigue bloqueada.

-¿Y la guarnición del fuerte?

-Por el momento, se contenta con mirarnos.

-¿Creéis que se pueda forzar el bloqueo esta noche?

-Sí, mañana, acaso sería ya tarde.

-Las dos fragatas estarán en guardia, capitán.

-¡Oh! ¡De eso estoy seguro!

-Y están poderosamente armadas. Una posee dieciocho cañones; la otra, catorce.

-Veinte más que nosotros.

-Sí, capitán.

-¡No creí que estuviesen tan bien armadas! -murmuró el Corsario.

Después de breves minutos de silencio, en que pareció vivamente preocupado, dijo:

-De todos modos, saldremos al mar.

-¡Salir! -exclamó Morgan estupefacto-. Pensad que con tres o cuatro andanadas bien dirigidas pueden desmantelar nuestra nave y hundirla.

-Podemos evitar esas bordadas.

-¿De qué modo, señor?

-Preparando un brulote. ¿No hay ninguna nave en el puerto?

-Sí; hay una lancha cañonera anclada junto al islote.

-¿Está armada?

-Con dos cañones, y es de dos palos.

-¿Tiene carga?

-No, capitán.

-A bordo tenemos materias inflamables: ¿no es cierto?

-No nos falta esparto, ni pez, ni granadas.

-Entonces, dad orden de preparar un buen brulote. Si el golpe nos sale bien, veremos arder alguna de las fragatas. ¿Qué hora tenemos?

-Las diez, capitán -dijo Morgan.

-Dejadme descansar hasta las dos.

Morgan, Carmaux y el Médico salieron mientras el Corsario volvía a echarse. Antes de cerrar los ojos buscó a la joven india y la vio acurrucada en un rincón.

-¿Qué haces, muchacha? -le preguntó dulcemente.

-Velo por ti, señor.

-Échate en uno de esos sofás, y trata de reposar. Dentro de algunas horas lloverán aquí balas y granadas.¡Duerme, buena niña, y sueña con tu venganza!

-¿Me la darás, señor? -preguntó con la mirada centelleante la joven.

-Te lo prometo, Yara.

-¡Gracias, señor! ¡Mi alma y mi sangre te pertenecen!

El Corsario sonrió, y volviéndose a un lado cerró los ojos.

Mientas el herido descansaba Morgan había subido al puente para preparar el terrible golpe de audacia que había de dar a los filibusteros la libertad o la muerte.

Aquel hombre, que gozaba de la entera confianza del Corsario, era uno de los más intrépidos lobos de mar con que entonces contaba la filibustería; un hombre que más tarde debía hacerse el más célebre de todos con la famosa expedición de Panamá y con la no menos audaz de Maracaibo y Puerto Cabello.

Era de menor estatura que el Corsario Negro; pero, en cambio, era membrudo y estaba dotado de una fuerza excepcional y de un golpe de vista de águila.

Apenas estuvo sobre cubierta ordenó a un destacamento de marineros que se apoderasen de la lancha cañonera dedicada para servir de brulote y conducirla junto a El Rayo.

No se trataba, en verdad, de una lancha propiamente dicha, sino de una carabela destinada al cabotaje, ya muy vieja y casi impotente para sostener la lucha con las aguas del golfo de México.

Su propietario, ante la aparición de los filibusteros, la había hecho desocupar, pero a bordo había quedado aún una notable cantidad de troncos de árboles de Campeche, madera usada para fabricar cierto tinte muy preciado entonces.

-Estos leños nos servirán a las mil maravillas -había dicho Morgan cuando saltó a bordo de la carabela.

Llamó a Carmaux y al contramaestre, y les dio algunas órdenes, añadiendo:

-Sobre todo, hacedlo pronto y bien. La ilusión ha de ser completa.

-¡Dejadnos hacer! -había contestado Carmaux-. No faltarán ni los cañones.

Un momento después treinta hombres bajaban al puente de la carabela.

Ante todo, con troncos de campeche alzaron junto al timón una fuerte barricada para cubrir al piloto; luego, con otros aserrados convenientemente, improvisaron unos fantoches, que colocaron a lo largo de las bordas como hombres prontos a lanzarse al abordaje, y cañones que colocaron en el castillo de proa y en el casco.

Hecho esto, los marineros amontonaron en las escotillas algunos barriles de pólvora, pez, alquitrán, esparto y una cincuentena de granadas esparcidas por popa y proa, bañando además con resina y alcohol los sitios fáciles de prender fuego rápidamente.

-¡Por Baco! -exclamó Carmaux frotándose las manos.

-¡Es un polvorín flotante! -dijo Van Stiller.

-Ahora plantemos antorchas en las bordas, y encendamos los faroles de señales.

-¡Y despleguemos a popa el estandarte de los señores de Valpenta y Ventimiglia!

-Eso es muy necesario, amigo Stiller.

-¿Crees tú que las fragatas caerán en el lazo?

-Estoy seguro -repuso Carmaux-. ¡Verás cómo tratan de abordarla!

-¿Quién piloteará el brulote?

-Nosotros, con tres o cuatro camaradas.

-Es un buen peligro, Carmaux. Las dos fragatas nos cubrirán de fuego y de hierro.

-Estaremos ocultos tras la barricada.

-¿Habéis terminado? -preguntó en aquel momento Morgan desde El Rayo.

-Todo está dispuesto -repuso Carmaux.

-Ya son las tres.

-Haced embarcar a nuestros hombres, lugarteniente.

-¿Y tú?

-Reclamo el honor de pilotear el brulote. Dejadme a Van Stiller, Moko y otros cuatro.

-Estad prontos a izar las velas; el viento sopla de tierra, y os llevará hacia las dos fragatas.

-No espero más que vuestras órdenes para cortar las amarras.

Cuando Morgan subió al puente de El Rayo, el Corsario Negro se había acostado ya sobre dos cojines de seda extendidos sobre un tapiz persa.

-Todo está dispuesto, capitán -dijo Morgan:

El Corsario Negro se sentó, y miró hacia la salida de la bahía.

La noche no era muy oscura y permitía distinguir a las dos fragatas.

En los Trópicos y en el Ecuador las noches tienen una extraordinaria transparencia.

Las dos grandes naves no habían tocado sus anclas, y su masa se destacaba en la línea del horizonte.

-Pasaremos sin que nos dé mucho qué sentir el fuego de los treinta y dos cañones -dijo el Corsario-. ¡Todos a su puesto de combate!

-¡Ya están, señor!

-¡Un hombre de confianza al mando del brulote!

-Está Carmaux.

-¡Un valiente! ¡Está bien! -repuso el Corsario-. Le diréis que apenas prendido el fuego a la carabela embarque a sus hombres en la chalupa, y venga a bordo con la mayor celeridad posible. Un retraso de pocos minutos puede ser fatal. ¡Ah!...

-¿Qué tenéis, señor?

-¡Veo luces cerca de la playa!

Morgan se volvió el entrecejo.

-¿Tratan de sorprendernos? -dijo.

-Llegarán tarde -dijo el Corsario-. Mandad levar anclas y orientar las velas.

Y volviéndose a la joven india, le dijo:

-Retírate al cuadro, Yara.

-No, señor.

-Dentro de poco lloverán balas y granadas.

-No las temo.

-Y silbará la metralla.

-Si tú la desafías, quiero desafiarla contigo.

-Puede sorprenderte la muerte.

-Moriré a tu lado, señor. La hija del cacique de Darién no ha tenido nunca miedo a la muerte.

-¿Has combatido alguna vez?

-Sí; al lado de mi padre y de mis hermanos.

-Ya que eres valiente, quédate a mi lado. Acaso me traigas buena suerte.

Con un esfuerzo se puso de rodillas, y empuñando la espada que tenía junto a sí gritó con voz de trueno:

-¡Hombres del mar, al puesto de combate!

-¡Al largo el brulote, Carmaux! -gritó Morgan.

La carabela estaba ya libre de sus amarras.

Carmaux empuñaba el timón y la guiaba hacia las dos fragatas, mientras sus compañeros encendían los dos fanales y las antorchas de las bordas, para que los españoles pudiesen ver el estandarte de los señores de Ventimiglia que ondeaba en la popa.

Un alarido terrible estalló a bordo del brulote y de El Rayo, perdiéndose sobre el mar.

-¡Viva la filibustería! ¡Hurra por el Corsario Negro!

Los tambores redoblaron fragorosamente, y las trompas que daban la señal del abordaje vibraban de un modo ensordecedor.

El brulote, con una bordada, había doblado la punta extrema del islote y marchaba intrépidamente sobre las dos fragatas, como si quisiese embestirlas y abordarlas. El Rayo le seguía a trescientos pasos de distancia. Todos sus hombres estaban en el puesto de combate; los artilleros, detrás de las piezas y con las mechas humeantes en la mano; los fusileros, en las bordas y en las cofas; los gavieros, en los gallardetes y crucetas. De pronto un relámpago, y dos, y cuatro, iluminaron la noche, y la potente voz de la artillería se mezcló a las hurras de la tripulación y a los gritos de guerra de la guarnición del fortín, reunidos en masa en la playa.

-¡Ésa es la música! -gritó Carmaux-. ¡Cuidado con los confetti! ¡Son algo duros, y podrían causar dolores de vientre!


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