La reina de los caribes: Capítulo 9: El odio de Yara

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La reina de los caribes
Capítulo 9: El odio de Yara de Emilio Salgari

Cuando despuntó el alba y se aseguró de que ninguna nave española surcaba el mar por las costas de Nicaragua, Morgan dejó el puente para bajar al camarote del Capitán.

Ya dos veces durante el transcurso de la noche, el médico había subido sobre cubierta para tranquilizar al lugarteniente respecto al desvanecimiento sufrido por el Capitán después de la extraña visión; pero, sin embargo, no estaba tranquilo.

No dudaba que el Corsario no permanecería mucho tiempo en tal estado, dada su extraordinaria fortaleza; pero le inspiraban serios temores las heridas que había recibido.

Cuando entró en el camarote el Corsario descansaba tranquilamente, velado por Yara y por Carmaux. La respiración del herido era pausada y regular, pero de cuando en cuando un estremecimiento nervioso le agitaba, y de sus labios cerrados salía a intervalos un nombre:

-¡Honorata!

-¡Sueña! -dijo Carmaux volviéndose a Morgan, que se había acercado silenciosamente al lecho.

-Sí, cree ver pasar aún la chalupa.

-¿No habéis creído en la aparición, señor Morgan? -preguntó Carmaux.

-¿Y tú? -dijo el lugarteniente con cierto tono de ironía.

-A mí me parece haber viso una chalupa vagar por entre las aguas.

-¡Locuras!, ilusiones producidas por un terror supersticioso.

-Sin embargo, señor, juraría haber visto hasta una forma humana dentro de la chalupa.

-¿Acaso también tú delirabas? -No, señor.

-Tus compañeros y tú habéis confundido a algún cetáceo con una chalupa.

-¿Y el capitán?

-Ya sabes que desde aquella noche terrible cree ver con frecuencia a la joven flamenca errar por las aguas del gran golfo.

-¿Vos creéis que ha muerto, señor?

-¿Quién ha vuelto a oír hablar de ella en estos cuatro años?

-¿Quién? Acaso no haya muerto. Yo he oído contar cosas bien extrañas.

-¿Dónde?

-En Puerto-Limón; y me parece que D. Pablo de Ribeira, el intendente del duque Wan Guld, sabe también algo.

Morgan miró unos instantes al filibustero, y moviendo la cabeza añadió:

-¡Mucho temo que el Capitán no vuelva a verla!

Se inclinó sobre el lecho y entreabrió la camisa de finísima batista que llevaba el Corsario. Debajo vio dos ventajes manchados de sangre roja.

-¿Han vuelto a abrirse las heridas? -preguntó.

-Sí, lugarteniente -contesto Carmaux.

-¡Es preciso que estén completamente cerradas antes de nuestra llegada a Veracruz!

-Dentro de diez días el Capitán estará en pie, según ha dicho el médico.

-¿Dónde iremos a esperar a la escuadra de las Tortugas, si es lícito saberlo? -preguntó Carmaux.

-A la bahía de la Asunción -contestó Morgan.

-¿En la costa de Honduras?

-Sí, Carmaux.

En aquel momento el Corsario abrió los ojos y preguntó con voz débil:

-¿Quién habla de la bahía de la Asunción?

-Soy yo, capitán -dijo Morgan.

-¡Ah! ¿Vos?

Un rayo del sol reflejado por el agua entraba por el ventanal de popa, quebrándose en los espejos de Venecia que adornaban las paredes y en la lámpara de plata dorada.

El Corsario lo siguió con la mirada, murmurando:

-¡Ya era hora de que se disipasen las tinieblas!

Aspiró con fuerza el aire marino saturado de sal que entraba por el ventanal abierto, y volviéndose a Morgan, le preguntó:

-¿Dónde estamos?

-Dentro de pocas horas estaremos en San Juan, señor.

-¿Subimos hacia las costas de Nicaragua?

-Sí, capitán.

-¿No hay ninguna nave a la vista?

-A estas horas debe ya de haberse esparcido la noticia de que estamos por estas playas, y todas las naves se habrán refugiado en los puertos.

-¡Sí; nos temen! ¿Y la fragata?

-No ha salido de Puerto-Limon. Acaso no se creía lo bastante fuerte para medirse sola con nosotros.

-¡Más vale así! Tratad de ir de prisa; sabéis que nos esperan.

Llegaremos antes que la escuadra de las Tortugas. Nuestra nave es la más rápida de cuantas surcan el golfo de México.

-Ya lo sé, Morgan.

-¿Cómo os sentís ahora, señor?

-¡Bah! ¡Dentro de algunas semanas mandaré ya mi nave!

-¿Encontraremos al Duque en Veracruz?

-Sí -contestó el Corsario Negro, mientras un terrible relámpago cruzaba por sus ojos.

-¿Tenéis la certeza de...?

-Me lo ha confesado D. Pablo de Ribeira con la espada en el pecho.

-¡Esta vez no se escapará!

-¡Oh! ¡Vive Dios que no! -exclamó el Corsario con acento feroz.

-Tendremos un magnífico botín, señor. Veracruz debe de encerrar riquezas extraordinarias.

-De allí zarpa la mayor parte de los galeones cargados de oro y plata -dijo el Corsario-. Sin embargo, a mí me bastaría la venganza, y os dejaré a vos y a mi tripulación la parte que me corresponde en el saqueo.

-Vos poseéis en Italia tierras y castillos bastantes para poder hacerlo -dijo Morgan sonriendo-. Vos y vuestros hermanos jamás habéis sido ladrones de mar como el Olonés, Miguel el Vasco, el Exterminador y tantos otros.

-Nosotros hemos venido a América para matar al Duque, no por sed de riquezas.

-Lo sé, capitán. ¿Tenéis alguna orden que darme?

-Continuad a lo largo de las costas de Nicaragua, y apenas señalado el cabo Gracias a Dios, cortad recto hacia la bahía de la Asunción, evitando, a ser posible, el golfo de Honduras. Prefiero que no nos vea ninguna nave española.

-Está bien, señor.

Una vez que el lugarteniente se hubo marchado, el Corsario quedó por algunos instantes en silencio. Al cabo de un rato sus miradas se fijaron en la joven india.

Durante aquel coloquio, Yara había permanecido acurrucada sobre un tapiz a breve distancia del lecho, sin apartar la vista del Corsario ni pronunciar una palabra.

Pero cuando oyó hablar del Duque, su rostro, habitualmente dulce y bello, había tomado un aspecto tan salvaje, tan feroz, que daba miedo.

Sus grandes ojos límpidos habíanse tornado tétricos: cruzó por ellos una llamarada de odio, mientras su frente se fruncía borrascosamente. El Corsario Negro, que había sorprendido aquel brusco cambio, miraba a Yara con una mezcla de sorpresa y de inquietud.

-¿Qué tienes, muchacha? –le preguntó cuando hubo salido Carmaux-. ¿Acaso piensas en Puerto-Limón?

La joven hizo un gesto negativo. -No, mi señor -dijo luego. -Veo en tus ojos una llama siniestra.

-¡Es cierto! -contestó la joven.

-Tu bello rostro tiene en este momento terrible expresión.

-¡También es cierto, señor! -dijo sordamente Yara.

-¿En qué piensas?

-¡En mi padre y en mis hermanos!

El Corsario Negro se dio una palmada en la frente.

-¡Ah, sí!... ¡Recuerdo!... -dijo-. Tú me dijiste un día: "¿Me vengarás, señor?"

-Y vos me contestásteis: "¡Te vengare!"

-Así te lo prometí.

-Esperaba encontraron en cualquier sitio del golfo de México, y esa esperanza me ha hecho vivir.

El Corsario Negro la miró con estupor.

-¿Me esperabas? -le preguntó. -Sí, señor; y, como veis, mi esperanza no ha sido fallida.

-¿Me habías visto en alguna parte antes de mi desembarco en Puerto-Limón?

-No. Solamente había oído hablar mucho de vos en Maracaibo, en Veracruz y en Puerto-Limón, y no ignoraba el motivo de vuestras correrías por el golfo de México.

-¿Tú?

-Sí, señor. Sabía que no era la sed de oro, sino la venganza, lo que os había obligado a venir a América desde lejanos países.

-¿Por quién lo supiste?

-Por mi amo.

-¿Por D. Pablo de Ribeira?

-No; por su señor.

-¡El duque de Wan Guld! -exclamó el Corsario en el colmo del asombro.

-Sí, caballero -repuso la joven, mientras sus manos oprimían bruscamente su pecho.

-¿Luego tú sabes?

-Que el duque asesinó en Flandes a vuestro hermano mayor, y luego hizo ahorcar a vuestros dos hermanos menores, el Corsario Rojo y el Verde.

-¡Ah!...

-Y sé también -continuó la joven- que vos, sin saberlo, os habíais enamorado de la hija del matador de vuestros hermanos.

-¡Calla, Yara! -murmuró el Corsario oprimiéndose con ambas manos el corazón, como si hubiese querido calmar sus precipitados latidos.

-Y sé además -prosiguió Yara- que después de la expugnación de Gibraltar, exigida por vos para vengar a vuestros hermanos, cuando volvisteis a bordo de vuestra nave y supisteis por un prisionero español que la mujer a quien amabais no era una princesa flamenca, sino la hija del asesino de vuestros hermanos, en vez de hundir en su corazón vuestra espada, como teníais derecho a hacerlo, la abandonasteis sobre el tempestuoso mar en una chalupa, encomendándola a la misericordia de Dios.

-¿Todo lo sabes, pues?

-¡Todo, señor!

-¿Vive Honorata? ¡Dímelo, Yara! ¿Vive aún? -gritó el Corsario.

-¡Ah! ¡Todavía la amáis! -exclamó la joven.

-¡Sí! -dijo el Corsario-. ¡El primer amor no muere nunca!

Yara se había dejado caer en una silla con la cara oculta entre las manos. A través de sus dedos se veían correr las lágrimas.

-¡También yo te amaba antes de verte, señor! -se le oyó murmurar con apagada voz.

Pareció que el Corsario no había oído aquella inesperada confesión.

Sus miradas se habían clavado en el mar, que a través de la ventana abierta se veía.

Por fin oyó los sollozos de la joven india.

-¿Lloras? -dijo-. ¿Piensas en tus padres y en tus hermanos? ¿Acaso tus suspiros van a las selvas vírgenes de tu país?

Yara se enjugó nerviosamente las lágrimas, y dijo como si hablara consigo misma:

-¡Que importa! ¡La venganza nos une!

-¿También tú sueñas con la venganza? -dijo el Corsario-. ¡Cuántos odios se han acumulado sobre los conquistadores de América!

-¡La mía es como la vuestra, señor!

-¿Tan despiadada?

-¡Sí, señor!

-¿A quién te han matado?

-¡A mi padre y a mis hermanos!

-¿Fueron los españoles?

-No; fue el mismo hombre que asesinó a vuestros hermanos.

El Corsario Negro había alzado vivamente la cabeza, y miraba a la joven con incredulidad.

-¿El mismo hombre? -exclamó.

-Sí, señor.

-¿El Duque?

-¡El mismo!

-¡Muerte del Infierno! ¡Ese hombre es fatal para todos! ¿Y vive aún, escapado de tantos odios? ¿Es acaso el Demonio?

-¡Es un ser monstruoso, señor!

-¡Pero yo le mataré! -gritó el Corsario.

-¿Me lo juras?

-tramos tres hermanos, ricos y poderosos en nuestro país, y, sin embargo, dimos un adiós a nuestra patria, a nuestros castillos, a nuestros vasallos, para venir a estas tierras, desconocidas para nosotros, a buscar a ese hombre fatal: mis hermanos cayeron bajo los golpes del terrible viejo; peo yo aún no he muerto, y una voz secreta me dice que los vengaré, y pronto. ¡Desde entonces sólo vivo para vengarme!

-Lo sabía, señor.

-Ahora, habla: ¿qué te ha hecho ese hombre?

-¡Ha sido el destructor de toda mi familia y de mi tribu! -dijo con acento salvaje Yara.

-¡Habla! ¡Te escucho, muchacha!

Yara acercó la silla al lecho del Corsario, y apoyando en él los codos dijo con grave acento:

-Nuestros padres no conocían aún a los hombres blancos que venían de los lejanos países de ultramar a bordo de sus casas flotantes.

"El viento del Norte sólo había llevado hasta las selvas de Darién el eco lejano de los estragos tremendos cometidos por los hombres blancos; pero ninguno de mis parientes había visto la cara de aquellos seres extraordinarios.

-¡Continúa, Yara! -dijo el Corsario, viendo a la joven detenerse.

-Nadie había dado crédito a las palabras de aquellos lejanos compatriotas, porque ninguna de aquellas grandes casas flotantes había nunca sido vista en Darién. La incredulidad de nuestros padres debía ser fatal a un pueblo entero.

"Mi tribu era tan numerosa como las hojas de los árboles del bosque, y vivía feliz en medio de las selvas que bordean el golfo de Darién. La pesca, la caza, y la fruta bastaban a todos, y la guerra era casi desconocida, porque el hombre blanco aún no había aparecido. Mi padre, cacique de la tribu, era amado y estimado por todos, y mis cuatro hermanos no lo eran menos. Un triste día aquella secular felicidad fue bruscamente destrozada para siempre. ¡Había aparecido el hombre blanco!

-¿Y ese hombre se llamaba?...

-Era el duque de Wan Guld -dijo Yara-. Una de aquellas grandes casa flotantes, combatidas por el huracán, se había despedazado en nuestra playa. Todos los que iban en ella habían sido tragados por las aguas, excepto uno. Aquel superviviente fue recogido por mi padre como si fuese un hermano, aunque su piel fuese blanca.

-¡Ah! ¡Mejor hubiera sido que le hubiese partido el cráneo! Había recogido un inmundo reptil, que más tarde debía morderle en el corazón

Yara se interrumpió de nuevo. Abrasadoras lágrimas surcaban sus mejillas y convulsivos sollozos laceraban su pecho.

-¡Sigue, muchacha! -le dijo el Corsario-. ¡Las mujeres de tu raza son fuertes!

-Es cierto, señor; pero ciertos recuerdos despedazan el corazón. El Duque fue recibido, como os digo, igual que un hermano. Mi padre que nunca había visto hombres con la piel blanca, creyó a aquel náufrago un ser superior, una especie de divinidad del mar; tanto más, cuanto que nuestros agoreros habían predicado que un día de los lejanos países en donde sale el sol vendrían hombre queridos del Gran Espíritu. ¡Ah! ¡La triste profecía debía cumplirse demasiado pronto; pero aquellos hombres, aunque protegidos por el Gran Espíritu, eran hijos del reino de las tinieblas y creados por el genio del mal! El hombre blanco arrojado por el mar a nuestras playas tuvo favores y honores, y fue el amigo de mi padre, de los agoreros y de los guerreros más célebres de mi país, ganando de tal modo su confianza, que les arrancó el secreto del oro.

-¿Tu país era rico en oro? -interrogó el Corsario.

-Sí; tenía riquísimas minas, explotadas desde siglos por nuestros esclavos para pagar el tributo anual al rey de Darién. Tesoros inmensos habían sido acumulados en cierta caverna oculta entre las montañas, y cuya situación tan sólo los caciques conocían. Un día mi padre, que no desconfiaba del hombre blanco, le condujo a aquella caverna, y le enseñó las fabulosas riquezas; y aquel infame, olvidando los favores recibidos, desde aquel día sólo ansió hacer traición a nuestro pueblo para apoderarse de aquellas riquezas. Se fingió enfermo, y manifestó el deseo de volver por algún tiempo a su país. Había dicho a mi padre que hubiera muerto, si, al menos por algún tiempo, no volvía a ver a los de su raza.

Sus palabras fueron creídas, y una mañana partió en una de nuestras canoas acompañado de cuatro indios, y prometiendo volver pronto. Cumplió su promesa: dos meses después una gran casa flotante arribaba a nuestras playas y de ella bajaba el hombre blanco en unión de algunos marineros cargados de barriles-. Toma -le dijo a mi padre señalándole los barriles-; éste es el regalo que hago a tu pueblo. Hizo desfondar aquellos recipientes, y, reunida la tribu, ofreció de beber a todos. No era vino lo que había llevado, sino agua de fuego (aguardiente). Nuestros súbditos nunca habían probado semejante licor antes de la llegada de los españoles. Como puedes imaginar, señor, se precipitaron sobre aquellos recipientes, que contenían al embriaguez. El agua de fuego no se agotaba. De la casa flotante seguían llevándola con prodigalidad loca, y el pueblo, ignorante de la horrible traición, bebía, bebía sin cesar.

"Sólo mi padre y mis hermanos, recelosos, no habían querido beber, a pesar de las reiteradas instancias del hombre blanco. Cuando llegó la noche toda la tribu estaba ebria; guerreros, mujeres y niños danzaban enloquecidos o caían al suelo como fulminados, y el hombre blanco y sus marineros, reían, mientras mi padre lloraba.

"De pronto oímos hacia el mar dos detonaciones tremendas; eran los cañones de la nave, que tronaban.

"Hombres, mujeres y niños caían como si fuesen bestias feroces. ¡Ah!... ¡Noche horrenda! ¡Si mil años viviese, siempre la recordaría, señor!

-¡Miserable! -exclamó el Corsario, pálido de ira-. ¡Continúa, Yara!

-Mi padre se había atrincherado entre las cabañas de su propiedad, en unión de mis hermanos y de algunos guerreros que no se habían dejado vencer por el agua de fuego de los hombres blancos. Aquellos escasos héroes habían tratado de oponer resistencia al enemigo defendiéndose con el furor que presta la desesperación.

"A las intimaciones que el Duque les hacía que se entregasen, ellos contestaban con nubes de flechas y lanzazos.

"De pronto nuestras cabañas comenzaron a arder: cayeron las vigas y las paredes entre torbellinos de humo; pero mi padre y mis hermanos luchaban todavía con extremo furor. Recuerdo haber oído a mi padre gritar:

-¡Adelante mis guerreros! ¡Matemos al traidor!

"Luego no vi ni oí ya nada. El humo me había hecho caer al suelo casi asfixiada.

"Cuando recobré el sentido, del pueblo no quedaban en pie ni una cabaña, y de todos sus habitantes yo era la única superviviente. Mi padre y mis hermanos habían perecido entre las llamas, a la vista del infame Duque. Sin embargo, más tarde supe que el traidor no había recibido el fruto de aquella horrenda matanza, porque algunos guerreros de una tribu vecina, enterados de sus intenciones, habían tenido tiempo para desviar un río e inundar la caverna del tesoro.

-¿Y quién te salvó? -preguntó el Corsario Negro.

-Un soldado español. Compadecido de mi juventud, se había lanzado entre las llamas, y me salvó de una muerte cierta. Me llevaron como esclava a Veracruz; luego, a Maracaibo, y, por fin, fui donada a D. Pablo de Ribeira. El Duque se había dado cuenta del odio a muerte que yo le profesaba, y, temiendo que acaso algún día me vengara, se apresuró a alejarme. Pero el odio no se extinguió de mi pecho -prosiguió la joven con acento salvaje-.

-¡Vivo para vengar a mi padre, a mis hermanos y a mi tribu! ¿Comprendes, señor?

-Comprendo, Yara..

-Tú me ayudarás a vengarme; ¿no es cierto?

-¡Mi odio es acaso más implacable que el tuyo! -dijo el Corsario sordamente.

-Yo seré tu esclava, señor, porque mi sangre te pertenece.

-¡Te vengaré. Yara! ¡Mi Rayo lleva rumbo a Veracruz!

-¡Gracias, señor! ¡Jamás habrá tenido nadie mayor devoción por ti!

El Corsario lanzó un suspiro y no contestó.


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