La romería del Carmen: 4

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Y ahora sí que nos es de todo punto indispensable salir de la romería, porque don Anacleto, riéndose aún de la broma de Almiñaque, ha mandado al carretero que unza los bueyes y ha colocado alrededor del toldo, por la parte exterior, unas cuantas ramas de cajiga, señales infalibles de que se dispone a marchar.

Otros muchos carros, igualmente adornados, han tomado al suyo la delantera y caminan, entre multitud de personas a pie, hacia Santander.

Una hora después de haber entrado nuestro amigo en la carretera, anocheció, razón por la cual me es imposible referir a ustedes los detalles del viaje ni hallar cronista que se los refiera, pues la vuelta de la romería del Carmen, perdida siempre entre las tinieblas de la noche y bajo las aún más oscuras bóvedas de los toldos, ni el diablo es capaz de describirla en todos sus detalles.

Tengo para mí que sólo Dios sabe a punto fijo lo que hay sobre el particular.

Por el ruido que se oía cuando volvió don Anacleto, sospecho yo que debía reinar grande animación entre los romeros; y sé, porque esto se veía a la luz de las tabernas, que se detuvo el carro en Cacicedo, en Peñacastillo y en Cajo, puntos en los cuales había otras tantas romerías; y sé, por último, que al llegar a Santander se apeó la familia de nuestro amigo, y que, dando éste un brazo a su mujer y otro a su hija y ordenando al chico que anduviera delante con un ramo enarbolado, entraron todos por la Alameda de Becedo tarareando un pasodoble al que hacían coro un centenar de chiquillos y cigarreras, atropellando a la gente que había concurrido al paseo con el solo objeto de ver a la que volvía del Carmen.


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