La segunda parte de Lazarillo de Tormes: 14

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Capítulo X
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La segunda parte de Lazarillo de Tormes Anónimo


Cómo recogiendo Lázaro todos los atunes, entraron en casa del traidor don Paver y allí le mataron.


Visto esto, mandamos tocar las bocinas, porque los nuestros, que derramados andaban, se juntassen, al son de las cuales todos fueron juntos, y en ellos se renovó la demasiada alegría de ver a su buen capitán vivo y sano, y la victoria que de nuestros adversarios habíamos habido, porque pareció milagro, y por tal se debe tener, que casi todos los que murieron eran criados y paniaguados del mal don Paver, a los cuales había dado la guarda del buen Licio por la gran confiança que dellos tenía. Y todos ellos desseaban haber hecho en él lo que nosotros hecimos en ellos: cosa muy acaecedera, que cuando el señor es malo, los criados procuran serlo con él, y al revés, cuando el señor es piadoso, manso y bueno, los criados le procuran imitar, ser buenos y virtuosos, y amigos de justicia y paz, sin las cuales dos cosas no se puede el mundo sustentar.

Pues tornando a nuestro negocio, visto que no teníamos con quien pelear, el buen Licio y todos a grandes voces me dixeron que qué me parecía se debía hacer, que todos estaban aparejados a seguir mi consejo y parecer, pues había de ser el más acertado. «Pues mi voto queréis, valerosos señores y esforçados amigos y compañeros -les respondí-, a mí me parece, pues Dios nos ha guardado en lo principal, assí hará en lo acessorio, mayormente que tengo creído que esta victoria y buena andança nos la ha dado para que seamos ministros de justicia, pues sabemos que a los malos desama y castiga. El mayor de los que tantas muertes ha causado no sería justo quedasse con la vida, pues sabemos que la ha de emplear en maldades y traiciones. Por tanto, si assí, señor, os parece, vamos a él y hagamos en él lo que en vos hacer quiso, que siempre oí decir: «de los enemigos, los menos». Que muchos grandes hechos se han perdido juntamente con los hacedores dellos por no saber dalles cabo; si no, pregúntese al gran Pompeyo, y a otros muchos que han hecho lo que él, mayormente que la ocasión no todas veces se halla. Y como libraremos por lo hecho, libraremos por lo que está por hacer.

Todos a grandes voces dixeron ser muy bien acordado y que, antes que se escapasse, diéssemos sobre él. Con este acuerdo, con muy buena ordenança y con toda presteza, llegamos a la posada del traidor, al cual a aquella hora le habían llegado las tristes nuevas de la libertad de nuestro gran capitán y de la gran matança de los suyos. A esta sazón se le debía doblar el pesar cuando le entrassen a decir cómo le tenían cercada la casa y mataban a cuantos se defendían, y la cruel y espantosa y nunca oída manera de nuestro pelear. Él era de suyo cobarde, y es Dios testigo que no se lo levanto ni lo digo por quererlo mal, mas porque assí lo vi y conocí; y como viesse esto debíasse de encobardar más, porque en los pusilánimos es muy acaecedero, y lo contrario en los animosos. Y assí, se dio tan mala maña, que ni en escaparse ni en defenderse entendió.

La casa cerrada, Licio adelante y yo a su lado, entramos dentro con harta poca resistencia, do le hallamos casi tan muerto como le dexamos; con todo, quiso hasta su fin usar de su oficio, no de capitán, mas de traidor dissimulado, porque, como assí nos vio ir para él, con una vocecita y falsa riseta, haciendo del alegre, nos dixo: «Buenos amigos, ¿qué buena venida es esta?» «Enemigo -le respondió Licio-, a daros el pago de vuestro trabajo»; y como quien tenía delante la gran afrenta y peligro en que puesto le había, no curó con él de más pláticas, sino juntársele y meterle la espada tres o cuatro veces por el cuerpo. Yo no le quise ayudar ni consentir que nadie lo hiciesse, por no haber dello necessidad, y también porque assí convenía hacerse a la honra de Licio; por manera que, apocada y cobardemente, feneció el traidor don Paver, como él y los de sus costumbres suelen.

Salimos de su casa sin consentir que se hiciesse algún daño, aunque hartos de los nuestros desseaban saquealla, en la cual había bien de que trabar, porque, aunque malo, no necio, ni tan fiel, como se cuenta de Scipión, que siendo acusado por otros no tales como él, haber habido grandes interesses de la guerra de África, mostrando en su cuerpo muchas heridas, juró a sus dioses no le haber quedado otras ganancias de las dichas guerras; las cuales heridas ni juramento no pudiera mostrar ni hacer el malo de nuestro adversario, porque siempre en la guerra lo más de lo que en ella ganaba se llevaba, y lo mejor, y con lo menos acudía al rey; y assí era muy rico y tenía muy sano y entero el pellejo, que bien pienso yo que hasta el día que murió no se lo habían rompido, porque él se guardaba de hallarse en las batallas en lugar de peligro, sino a ver de lexos en qué paraba la cosa, a manera de muy cuerdo capitán. Y digo que, porque no se pensasse de nosotros codicia, mas de que viessen que de sus males, y no de sus bienes, lo quesimos despojar, no se tocó en cosa alguna.

A esta hora todos los atunes que en la corte estaban y los más peces que en ella se hallaron, naturales y estranjeros, recorrieron a palacio: la vuelta fue tan grande y el ruido y voces tan espantoso, que el rey en su retraimiento lo oyó, y preguntando la causa, le dixeron todo lo passado, de que se espantó y alteró en gran manera. Y, como cuerdo, parecióle que «Dios te guarde de piedra y dardo, y de atún denodado», determinó por entonces no salir al ruido; y assí mismo mandó que nadie saliesse de palacio, mas que allí se hiciessen fuertes hasta ver la intención de Licio. Y assí sé yo que bien estarían en el real palacio y delante dél más de quinientos mil atunes, sin otros muchos géneros de pescados que en la corte a sus negocios assistían. Mas a mi ver, si la cosa hubiera de passar adelante, tan poca defensa pienso tuvieran como otros. Mas Dios nos guarde, que tu ley y a tu rey guardarás.

Dexáronnos solos en la ciudad, y todos desampararon sus casas y haciendas, no se teniendo en ellas por seguros. Y los que no se iban al real palacio salíanse huyendo al campo y lugares apartados, por manera que se podrá decir: «dependen ciento de un malo, pues por aquel malo padecieron y fueron muertos y amedrentados muchos que por ventura no tenían culpa».

Mandamos pregonar que ninguno de los nuestros fuesse osado de entrar en ninguna casa ni tomar un caracol que ajeno fuesse so pena de muerte, y assí se hizo.


La segunda parte de Lazarillo de Tormes de Anónimo
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