La segunda parte de Lazarillo de Tormes: 17

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Capítulo XIII
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La segunda parte de Lazarillo de Tormes Anónimo


Cómo Lázaro assentó con el rey, y cómo fue muy su privado.


Passado esto, el general tomó cargo de me lo decir, y el rey se volvió muy contento a la ciudad, y nosotros también. Después el capitán me habló diciendo lo que con el rey había passado y cómo desseaba que le sirviesse, y todo lo demás. Finalmente yo fui rogado, y mucho a mi honra hice mi assiento.

Veis aquí vuestro pregonero de cuantos vinateros en Toledo había, hecho el mayor de la casa real, dándome cargo de la gobernación della, y andaos a decir donaires. Di gracias a Dios porque mis cosas iban de bien en mejor y procuré servir a mi rey con toda diligencia, y en pocos días casi lo era yo, porque ningún negocio de mucha o poca calidad se despachaba sino por mi mano y como yo quería. Con todo esto, no dexé sin castigo a los que lo merecían, y por mis mañas supe cómo y de qué manera la sentencia de Licio se había dado tan injustamente, aunque al presente el rey había puesto silencio en el caso por ser el capitán pece de calidad y muy emparentado. De que me vi en alto, presumí de repicar las campanas, y dixe al rey que aquel había sido un caso feo y no digno de dissimularle, porque era abrir puerta a la justicia; por tanto, que a su servicio cumplía fuessen castigados los que tuviessen culpa.

Cometiólo su alteza a mí, como todo lo demás, y yo los cometí de tal suerte que hice prender todos los falsarios, que muy descuidados estaban, y puestos a cuestión de tormentos, confessaron haber jurado falso en dichos y condenación que al buen Licio se hizo. Preguntándoles por qué lo hicieron, o qué les dio el mal capitán general porque lo hiciessen, respondieron no les haber dado ni prometido, ni eran sus amigos ni servidores. ¡Oh desalmados pecadores! ¡Oh litigantes, y hombres que os quexáis que vuestro contrario hace mala probança con número de testigos falsos que tiene granjeados para sus menesteres! Venid, venid al mar, y veréis la poca razón que tenéis de os quexar en la tierra, porque si esse vuestro adversario presentó testigos falsos y les dio algo por ello, o lo prometió, y ser antes sus amigos, por quien el otro día era otro tanto; mas estos infieles peces, ni promesa, ni gualardón, ni amistad lo hace hacer, y assí son más de culpar y dignos de gran castigo, y assí fueron ahorcados. Supe más: el escribano ante quien passaba la causa ningún escrito que por parte de Licio se presentó ni auto que en su defensa hiciessen admitía ni quería recebir. «¡Oh desvergüença -dixe yo-, y cómo se sufría en la tierra!» Por cierto, ya que el escribano fuera favorable y hiciera lo demás honestamente tomando las escripturas, y después no las pusiera en el processo, mas hiciéralas perdedizas; mas esse otro hecho es el diablo, y assí mismo se hizo dél justicia.

Súpose cómo no fue agua limpia la mucha brevedad que se tuvo en sentencialle, y yo culpé mucho a los ministros, diciéndoles: «Un pleito de dos pajas no le determinaré en un año ni en diez, ni aun en veinte, ¿y la vida y honra de un noble pece deshacéis en una hora?» Diéronme no sé qué escusas las cuales no les escusaran de pena, sino que el rey mandó expressamente hubiesse con ellos dissimulación por lo que tocaba al real oficio, y assí lo hice. Mas bien sentía había andado en medio dellos y del mal general el generoso y gracioso braço que es el que suele baxar los montes y subir los valles, y a donde esto entra todo lo corrompe; por la cual causa el rey de Persia dio un cruel castigo a un mal juez, haciéndole desollar, y teniendo tendida la pierna en la silla judicial hizo sentar en ella a un hijo del mal juez; y assí, el rey bárbaro proveyó por maravillosa y nueva forma que ningún juez, dende adelante, no fuesse corrompido.

En este propósito decía el otro que do afición reina, la razón no es entendida; y que el buen legista pocas cosas puede cometer a los jueces, mas determinallas por leyes, porque los jueces muchas veces son pervertidos o por amor o por odio, o por dádivas; por lo cual son inducidos a dar muy injustas sentencias, y por tanto dice la Escriptura:

«Juez, no tomes dones, que ciegan a los prudentes y tornan al revés las palabras de los justos».

Esto aprendí de aquel mi buen ciego, y todo lo demás que sé en leyes, que cierto sabía, según él decía, más que Bartolo, y que Séneca en doctrina. Mas por hacer lo que tengo dicho que el rey me mandó, passé por ello harto a mi pesar.

En tanto que esto passaba, el general por mandado del rey había ido con grande exército a hacer guerra a los sollos, los cuales presto venció, poniendo su rey dellos en subjeción, y quedó obligado a dalle cada un año largas parias, entre las cuales daban cien sollas vírgines y cien sollos, los cuales, por ser de preciado sabor, el rey comía, y las sollas tenía para su passatiempo. Y después nuestro gran capitán fue sobre las toñinas, y las venció y puso baxo nuestro poderío. Creció tanto el número de los armados y pujança de nuestro campo, que teníamos sujetos muchos géneros de pescados, los cuales todos contribuían y daban parias, como hemos dicho, a nuestro rey.

Nuestro gran capitán, no contento con las victorias passadas, armó contra los cocodrilos, que son unos peces fieríssimos y viven a tiempo en tierra y a tiempo en agua; y hubo con ellos muchas batallas campales y aunque algunas perdió, de las más salió con victoria; mas no era maravilla perder algunas, porque, como dixe, estos animales son muy feroces, grandes de cuerpo: tienen dientes y colmillos, con los cuales despedaçan cuantos se topan delante, y con toda su ferocidad, los nuestros los hubieran desbaratado muchas veces, sino que cuando se veían de los nuestros muy apremiados, dexaban el agua y íbanse en tierra, y assí escapaban. Y al fin el buen Licio los dexó, con haber hecho en ellos gran matança, y él, assí mismo, recibió gran daño y perdió al buen Melo, su hermano, que fue para el exército harta tristeza. Mas, como muriesse como bueno, fuenos consuelo, porque se averiguó que, antes que lo matassen, mató con su persona y con su buena espada, de la cual era muy diestro, más de mil cocodrilos, y aun no lo mataran, sino que yendo ellos huyendo a tierra y él tras ellos en el alcance, no mirando el peligro, dio en tierra, y allí encalló, y como no le pudieron los suyos socorrer, los enemigos le hicieron pedaços. Finalmente, el buen Licio vino de la guerra el más estimado pece que había vivido en agua del mar estos diez años, trayendo grandes riquezas y despojos, con los cuales enteramente acudió al rey sin tomar para sí cosa alguna. Su alteza lo recibió con aquel amor que era justo a pece que tanto le había servido y honrado, y partió con él muy largo. Hizo mercedes muy cumplidas a los que le habían seguido, por manera que todos quedaron contentos y pagados.

El rey, por mostrar favor a Licio, puso luto por Melo y lo truxo ocho días, y todos lo truximos. Porque sepa Vuestra Merced el luto que se pone entre estos animales cuando tienen tristeza, que en señal de luto y passión no hablan, sino por señas han de pedir lo que quieren. Y esta es la forma que entre ellos se tiene cuando muere el marido o la mujer o hijo, o principal persona valerosa; y guárdase en tanta manera, que se tenía por gran ignominia, y la mayor del mar, si trayendo luto hablassen hasta tanto que el rey se lo enviasse a mandar al apassionado, que le mandaba que alce el llanto, y entonces hablan como de antes.

Yo supe entre ellos que por muerte de una dama que un varón tenía por amiga, puso luto en su tierra que duró diez años, y no fue el rey bastante a se lo hacer quitar, porque todas las veces que se lo enviaba a decir que lo quitasse, le enviaba a suplicar le mandasse matar, mas que quitallo era por demás. Y contáronme otra cosa de que gusté mucho: que viendo los suyos tan gran silencio, unos a un mes, otros a un año, otros a dos, cada uno según tenía la gana de hablar, se le fueron todos, que un atún no le quedó; y con esto le duró tanto el luto, que aunque que quisiera quitallo, no tenía con quien. Cuando esto me contaba, passaba yo por la memoria unos hombres parlones que yo conocía en el mundo, que jamás cerraban la boca ni dexaban hablar a nadie que con ellos estuviesse, sino un cuento acabado y otro començado; y hartas veces, porque no les tomassen la mano, los dexaban a medio tiempo y tornaban a otro, y hasta venir la noche que los despartiesse como batalla, no hubiéssedes miedo que ellos acabassen. Y lo peor, que no veen estos cuán molestos son a Dios y al mundo, y aun pienso que al diablo, porque, de parte de ser sabio, huiría destos necios, pues cada semejante quiere a su semejante. ¡Vassallos destos varones los vea yo, y que se les muera el amiga, porque me vengue dellos!


La segunda parte de Lazarillo de Tormes de Anónimo
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