La segunda parte de Lazarillo de Tormes: 21

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Capítulo XVII
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La segunda parte de Lazarillo de Tormes Anónimo


Que cuenta la conversión hecha en Sevilla, en un cadahalso, de Lázaro atún.


Pues puesto en el cadahalso, y allí, tirándome unos por la parte de mi cuerpo que de fuera tenía, otros por la cola del pescado, me sacaron como el día que mi madre del vientre me echó, y el atún se quedó solamente siendo pellejo. Diéronme una capa con que me cobrí, y el duque mandó me truxessen un vestido suyo de camino, el cual, aunque no me arrastraba, me vestí, y fui tan festejado y visitado de gentes, que en todo el tiempo que allí estuve casi no dormí, porque de noche no dexaban de me venir a ver y a preguntar, y el que un rato de auditorio comigo tenía se contaba por muy dichoso.

Al cabo de algunos días, después que del todo descubrí mi ser, caí enfermo, porque la tierra me probó, y como estaba hecho al mantenimiento marino y el de la tierra es de otra calidad, hizo en mí mudança, y pensé cierto que mis trabajos con la vida habían acabado. Quiso Dios deste trabajo con los demás librarme, y desque me vi para poder caminar, pedí licencia a aquellos señores, la cual de mala gana alcancé, porque me pareció quisieran tenerme consigo por oír las maravillosas cosas que me acontecieron, y las más que yo glosaba, a las cuales me daban entero crédito con haber visto en mí tan maravillosa mudança.

Mas en fin, sin embargo desto, diéronme la dicha licencia y me mandaron magníficamente proveer para mi camino; y assí di comigo en Toledo, víspera de la Assumpción que passó, el más desseoso hombre del mundo de ver a mi mujer y a mi niña, y dalle mil abraços, la cual manera de retoço para cuatro años iba que no lo usaba, porque en el mar no se usa, que todo es hocicadas.

Entré de noche y fuime a mi casilla, la cual hallé sin gente; fui a la de mi señor el arcipreste, y estaban ya durmiendo, y tantos golpes di que los desperté, preguntándome quién era, y diciéndolo, la mi Elvira muy ásperamente me respondió a grandes voces: «Andad para beodo, quien quiera que sois, que a tal hora andáis a burlar de las viudas. A cabo de tres o cuatro años que al mi mal logrado llevó Dios y hundió en la mar a vista de su amo y de otros muchos que lo vieron ahogar, venís agora a decir donaires»; y tórnase a la cama sin más me oír ni escuchar.

Torné a llamar y dar golpes a la puerta, y mi señor, enojado, se levantó y púsose a la ventana, y a grandes voces comenzó a decir: «¿Qué bellaquería es essa y qué gentil hecho de hombre de bien? Querría saber quién sois para mañana daros el pago de vuestra descortesía, que a tal hora andáis por las puertas de los que están reposando dando aldabadas y haciendo alborotos con los cuales quebráis el sueño y reposo»; «Señor -dixe yo-, no se altere vuestra merced, que si quiere saber quién soy, también yo lo quiero decir: vuestro criado Lázaro de Tormes soy».

Apenas acabé de decillo cuando siento passar cabe las orejas un guijarro pelado con un zumbido y furia, y tras aquel, otro y otro, los cuales, dando en los que en el suelo estaban con lo que la calle estaba empedrada, hacía saltar vivo fuego y ásperas centellas. Visto el peligro, que no esperaba razones, tomé la calle a abaxo ante los ojos, y a buen passo me alexé, y él quedó desde su ventana dando grandes voces, diciendo: «Veníos a burlar y veréis cómo os irá».

Eché seso a montón, y parecióme tornar a probar la ventura porque yo no me quería descubrir a nadie, y por ser ya muy noche, determiné de passar lo que quedaba della por allí, y venida la mañana, irme a casa. Mas no me acaeció assí, porque, dende a poco, passó por donde yo estaba un alguacil que andaba rondando y, tomándome la espada, dio comigo en la cárcel; y, aunque yo conocía a algunos de los gentiles hombres que de porquerones lo acompañaban, y los llamé por sus nombres y dixe quién era: y reíanse de mí diciendo que más de tres años había que el que yo decía ser era muerto en lo de Argel, y assí dan comigo en la cárcel, y allí me tomó el día, el cual venido, cuando los otros se visten y adereçan para ir a la iglesia a holgar una tan solemne fiesta, pensando yo haría lo mismo, porque luego sería conocido de todos, entró el alguacil que me había preso y, echándome grillos a los pies y una buena cadena gruessa a la garganta, y metiéndome en la casa del tormento, todo fue uno.

«Este gentil hombre, que teniendo disposición y manera para ser corregidor y se hace pregonero, esté aquí algún día, hasta que sepamos quién es, pues anda de noche a escalar las casas de los clérigos. Pues a fe, que esse sayo no se debió cortar a vuestra medida, ni trae olor de vino como suelen traer los de vuestro oficio, sino de un fino ámbar. Al fin, vos diréis, a mal de vuestro grado, a quién lo hurtastes, que si para vos se cortó, a fe que os hurtó el sastre más de tres varas».

«En hora mala acá venimos», dixe yo entre mí. Con todo esso, le hablé diciéndole que yo no vivía de aquel menester ni andaba a hacer lo que él decía.

«No sé si andáis -dixo-, mas agora sale el arcipreste de San Salvador de la casa del corregidor, diciendo que anoche le quisieron robar y entrar la casa por fuerça si con buenos guijarros no se defendiera, y que decían los ladrones que era Lázaro de Tormes, un criado suyo. Yo le dixe cómo os topé cabe su casa, y me dixo lo mismo, y por esso os manda poner a buen recaudo».


La segunda parte de Lazarillo de Tormes de Anónimo
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