La segunda parte de Lazarillo de Tormes: 22

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Capítulo XVII cont.
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La segunda parte de Lazarillo de Tormes Anónimo


El carcelero dixo: «Esse que decís pregonero fue en esta ciudad, mas en lo de Argel murió, y bien le conocía yo. ¡Perdónelo Dios! Hombre era para passar dos açumbres de vino de una casa a otra sin vasija».

«¡Oh desventurado de mí, dixe yo, que aún mis fortunas no han acabado! Sin duda, de nuevo tornan mis desastres: ¿qué será esto que aquellos que yo conozco y conversé y tuve por amigos me niegan y desconocen? Mas no podrá tanto mi mala fortuna, que en esto me contraríe, pues mi mujer no me desconocerá, como sea la cosa que en este mundo más quiero y ella quiere».

Rogué mucho al carcelero, y paguéselo, que fuesse a ella y le dixesse que estaba allí, que me viniesse a hacer sacar de la prisión. Y él, riendo de mí, tomó el real y dixo lo haría, mas que le parecía que no traía juego de veras, porque si yo lo fuera el que decía, él lo conociera, porque mil veces le había visto entrar en la cárcel y acompañar los agotados, y que fue el mejor pregonero y de más clara y alta voz que en Toledo había. Al fin, con yo importunalle, fue y pudo tanto, que truxo consigo a mi señor y cuando le iba hablar, que lo metió do yo estaba, truxeron una candela: aquella alegría que los del limbo debieron sentir al tiempo de su libertad, sentí, y dixe llorando de tristeza, y más de alegría: «¡Oh, mi señor Rodrigo de Yepes, arcipreste de San Salvador, mirad cuál está el vuestro buen criado Lázaro de Tormes atormentado y cargado de hierros, habiendo passado tres años las más estrañas y pelegrinas aventuras que jamás oídas fueron!

Él me llegó la candela a los ojos, y dixo: «¡La voz de Jacob es, y la cara de Esaú! Hermano mío, verdad es que en la habla algo os parecéis; mas en el gesto sois muy diferente del que decís».

A esta hora caí en la cuenta, y rogué al carcelero me hiciesse merced de un espejo; y él lo truxo. Y cuando en él me miré, vime muy dessemejado del ser de antes, especialmente del color que solía tener, como una muy rubicunda granada: digo como los granos della; y agora, como la misma gualda, y figuras también muy mudadas. Yo me santigüé y dixe: «Agora, señor, no me maravillo, estándolo mucho de mí mismo, que vuestra merced ni nadie de mis amigos no me conozcan, pues yo mismo me desconozco. Mas vuestra merced me la haga de sentarse, y vos, señor alcalde, nos dad un poco lugar, y verá cómo no he dicho mentira.

Él lo hizo, y quedando solos, le di todas las señas de cuanto había passado después que lo conocía: y tal día esto, y tal día esto otro. Después le conté en suma todo lo que había passado, y cómo fui atún, y que del tiempo que estuve en el mar y del mismo mantenimiento y del agua me había quedado aquel color, y mudado el gesto, el cual, hasta entonces, yo no me había mirado. Finalmente, que después quedóse muy admirado, y dixo: «Esso que vos decís muy notorio se dixo en esta ciudad, que en Sevilla se había visto un atún hombre; y las señales que me dais también son verdaderas. Mas todavía dudo mucho. Lo que haré por vos será traer aquí a Elvira, mi ama, y ella, por ventura, os conocerá mejor».

Y le di muchas gracias y le supliqué me diesse la mano para la besar, y me echasse su bendición, como otras veces había hecho, mas no me la quiso dar.

Passé aquel día y otros tres, al cabo de los cuales una mañana entra el teniente de corregidor con sus ministros y un escribano, y comiénçanme a preguntar y, si no lo han por enojo, a querer ponerme a caballo, o por mejor decir verdad, en potro. No pude contenerme de no derramar muchas lágrimas, dando muy grandes sospiros y solloços quexándome de mi sobrada desventura que tan a la larga me seguía. Con todo esso, con las mejores y más razones que pude, supliqué al teniente que por entonces no me tormentasse, pues harto lo estaba yo, y porque lo contentasse, viesse mi gesto, al cual llegando la luz, dixo: «Por cierto, este pecador, yo no sé qué fuerça podrá hacer en las casas, mas él sin ella está, a lo que parece, según su disposición muestra. Dexémosle agora hasta que mejore o muera, y dalle hemos por libre». Y assí me dexaron.

Supliqué al carcelero tornasse a casa de mi señor y le rogasse de su parte, y suplicasse de la mía, cumpliesse la palabra que me había dado de traer consigo a mi mujer; y tornéle a dar otro real, porque estos nunca echan passo en vano, y él lo hizo, y me truxo recaudo que para el día siguiente ambos me prometieron de venir.

Consolado con esto, aquella noche dormí mejor que las passadas, y en sueños me visitó mi señora y amiga la Verdad, y mostrándose muy airada, me dixo: «Tú, Lázaro, no te quieres castigar: prometiste en la mar de no me apartar de ti, y desque saliste casi nunca más me miraste. Por lo cual la divina justicia te ha querido castigar, y que en tu tierra y en tu casa no halles conocimiento, mas que te viesses puesto como malhechor a cuestión de tormento. Mañana vendrá tu mujer y saldrás de aquí con honra, y de hoy más haz libro nuevo».

Y assí se me despidió de presente. Muy alegre de tal visión, conociendo que justamente passaba porque eran tantas y tan grandes las mentiras que yo entretexía y lo que contaba, que aun las verdades eran muy admirables, y las que no eran pudieran de espanto matar las gentes, propuse la enmienda y lloré la culpa.

Y a la mañana venida, mi gesto estaba como de antes, y de mi señor y de mi mujer fui conocido, y llevado a mi casa con mucho placer de todos, hallé a mi niña ya casi para ayudar a criar otra. Y después que algunos días reposé, tornéme a mi taça y jarro, con lo cual en breve tiempo fui tornado en mi propio gesto y a mi buena vida.


La segunda parte de Lazarillo de Tormes de Anónimo
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