La segunda parte de Lazarillo de Tormes: 23

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Capítulo XVIII
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La segunda parte de Lazarillo de Tormes Anónimo


Cómo Lázaro se vino a Salamanca, y la amistad y disputa que tuvo con el rector, y cómo se hubo con los estudiantes.


Estando ya algún tanto a mi placer, muy bien vestido y muy bien tratado, quíseme salir de allí do estaba por ver a España y solearme un poco, pues estaba harto del sombrío del agua. Determinando a dó iría, vine a dar comigo en Salamanca, a donde, según dicen, tienen las ciencias su alojamiento. Y era lo que había muchas veces desseado por probar de engañar alguno de aquellos abades o mantilargos que se llaman hombres de licencia. Y como la villa está llena destos, el olor también se siente de lexos, aunque de sus noches Dios guarde mi casa. Fuime luego a passear por la villa y, avezado de la mar, maravillábame de lo que allí veía, y bien era algo más de lo que tenía oído.

Quiero contar una cosa que allí me aconteció yendo por una calle de las más principales. Venía un hombre a caballo en un asno, y como era guiñoso y debía estar cansado, no podía caminar adelante, ni aun volver atrás sino con gran trabajo. Comiença el hombre a dar sus gritos: «¡Arre acá, señor bachiller!» Con esto no me moví yo, aunque pensé en volverme, pero entendiendo él que con más honrado nombre se movería más presto, comiença de decir: «¡Arre acá, señor licenciado! ¡Arre con todos los diablos!», y dale con un agujón que traía. Veríades entonces echar coces atrás y adelante, y el licenciado a una parte y el caballero a otra: nunca vi en mi vida, ni en el señorío de la mar ni en el de la tierra, licenciado de tal calidad que tanto lugar le hiciessen todos, ni que tanta gente saliesse por verlo. Conocí entonces que debía ser de los criados con alguno de nombre, y que se hacían también de honrar con sus nombres, como yo me había hecho por mi valer y fuerças en la mar entre los atunes. Pero todavía los tuve en más que a mí, porque aunque me hicieron señoría, no me dieron licencia a más de la que yo de mí, por mi esfuerço, entre ellos me tomaba. Y cierto, señor, que he yo passado algún tiempo que quisiera ser mucho más el licenciado asno, que Lázaro de Tormes.

De aquí vine siguiendo el ruido a dar en un colegio, a donde vi tantos estudiantes y oí tantas voces, que no había ninguno que no quedasse más cansado de gritar que de saber. Y entre muchos otros que conocí (aunque a mí ninguno dellos) quiso Dios que hallé un amigo mío de los de Toledo, conocido del buen tiempo, el cual servía a dos señores, como el que arriba movió el ruido, y aunque eran de los mayores del colegio. Y como era criado de consejo y de mesa, habló con sus amos de mí de tal manera, que me valió una comida y algo más. Es verdad que fue a uso de colegio: comida poca, y de poco, mal guisado y peor servido, pero maldito sea el huesso quedó sin quebrar.

Hablamos de muchas cosas estando comiendo, y replicaba yo de tal manera con ellos, que bien conocieron ambos haber yo alcançado más por mi experiencia que ellos por su saber. Contéles algo de lo que había a Lázaro acontecido y con tales palabras que, cierto, todos se preguntaban adónde había estudiado, en Francia o en Flandes o en Italia, y aun si Dios me dexara acordar alguna palabra en latín yo los espantara. Tomé la mano en el hablar por no darles ocasión de preguntar algo que me pusiessen en confusión. Todavía ellos, pensando que yo era mucho más de lo que por entonces habían de mí conocido, determinaron de hacerme defender unas conclusiones, pero, pues sabía que en aquellas escuelas todos eran romancistas y que yo lo era tal que me podía mostrar sin vergüença a todos, no lo rehusé, porque quien se vale entre atunes, que no juegan sino de hocico, bien se valdría entre los que no juegan sino de lengua.

El día fue el siguiente, y para ver el espectáculo fue convidada toda la universidad. Viera vuestra merced a Lázaro en la mayor honra de la ciudad, entre tantos doctores, licenciados y bachilleres, que, por cierto, con el diezmo se podrían talar cuantos campos hay en toda España, y con las primicias se ternía el mundo por contento; viera tantas colores de vestir, tantos grados en el sentar, que no se tenía cuenta con el hombre, sino según tenía el nombre.

Antes de parecer yo en medio, quisiéronme vestir según era la usança dellos, pero Lázaro no quiso, porque, pues era estranjero y no había professado en aquella universidad, no se debían maravillar, sino juzgar más según la doctrina (pues que tal era esta), que no según el hábito, aunque fuesse desacostumbrado. Vi a todos entonces con tanta gravedad y tanta manera que, si digo la verdad, puedo decir que tenía más miedo que vergüença, o más vergüença que miedo, no se burlassen de mí. Puesto Lázaro en su lugar (y cual estudiante yo), viendo mi presencia doctoral, y que también sabía tener mi gravedad como todos ellos, quiso el rector ser el primero que comigo argumentasse, cosa desacostumbrada entre ellos. Assí me propuso una cuestión harto difícil y mala, pidiéndome le dixesse cuántos toneles de agua había en el mar; pero yo, como hombre que había estudiado y salido poco había de allá, súpele responder muy bien diciendo que hiciesse detener todas las aguas en uno y que yo lo mesuraría muy presto, y le daría dello razón muy buena. Oída mi respuesta tan breve y tan sin rodeos, que mal año para el mejor la diera tal, viéndose en trabajo, pensando ponerme, y viendo serle impossible hacer aquello, dexóme el cargo de mesurarla a mí, y que después yo se lo dixesse.


La segunda parte de Lazarillo de Tormes de Anónimo
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