La segunda parte de Lazarillo de Tormes: 4

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Capítulo II cont.
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La segunda parte de Lazarillo de Tormes Anónimo


Y como sea común cosa a los afligidos y cansados respirar, estando sentado sobre la peña di un gran sospiro, y caro me costó, porque me descuidé y abrí la boca, que hasta entonces cerrada llevaba, y como había ya el vino hecho alguna evacuación por haber más de tres horas que se había embasado lo que dél faltaba, tragué de aquella salada y desaborida agua, la cual me dio infinita pena rifando dentro de mí con su contrario. Entonces conocí cómo el vino me había conservado la vida, pues por estar lleno dél hasta la boca no tuvo tiempo el agua de me ofender; entonces vi verdaderamente la filosofía que cerca desto había profetizado mi ciego, cuando en Escalona me dixo que si a hombre el vino había de dar vida había de ser a mí. Entonces tuve gran lástima de mis compañeros que en el mar padecieron, porque no me acompañaron en el beber, que, si lo hicieran, estuvieran allí comigo, con los cuales yo recibiera alguna alegría. Entonces entre mí lloré todos cuantos en el mar se habían anegado, y tornaba a pensar: «quiçá, aunque bebieran, no tuvieran el tesón conveniente, porque no son todos Lázaro de Tormes, que deprendió el arte en aquella insigne escuela y bodegones toledanos con aquellos señores de otra tierra».

Pues estando assí passando por la memoria estas y otras cosas, vi que venían do yo estaba un gran golpe de pescados, los unos que subían de lo baxo y los otros que baxaban de lo alto, y todos se juntaron y me cercaron la peña. Conocí que venían con mala intención, y con más temor que gana me levanté con mucha pena y me puse en pie para ponerme en defensa; mas en vano trabajaba, porque a esta sazón yo estaba perdido y encallado de aquella mala agua que en el cuerpo se me entró. Estaba tan mareado, que en pies no me podía tener, ni alçar la espada para defenderme. Y como me vi tan cercano a la muerte, miré si vería algún remedio, pues buscallo en la defensa de mi espada no había lugar, por lo que dicho tengo; y andando por la peña como pude, quiso Dios hallé en ella una abertura pequeña y por ella me metí; y de que dentro me vi, vi que era una cueva que en la mesma roca estaba, y aunque la entrada tenía angosta, dentro había harta anchura y en ella no había otra puerta. Parecióme que el Señor me había traído allí para que cobrasse alguna fuerça de la que en mí estaba perdida; y cobrando algún ánimo vuelvo el rostro a los enemigos, y puse a la entrada de la cueva la punta de mi espada. Y assímismo comienço con muy fieras estocadas a defender mi homenaje.

En este tiempo toda la muchedumbre de los pescados me cercaron, y daban muy grandes vueltas y arremetidas en el agua, y llegábanse junto a la boca de la cueva; mas algunos que de más atrevidos presumían, procurando de me entrar, no les iba dello bien; y como yo tuviesse puesta la espada lo más recio que podía con ambas manos a la puerta, se metían por ella y perdían las vidas; y otros que con furia llegaban heríanse malamente, mas no por esto levantaban el cerco. En esto sobrevino la noche, y fue causa que el combate algo más se afloxó, aunque no dexaron de acometerme muchas veces por ver si me dormía o si hallaban en mí flaqueza.

Pues estando el pobre Lázaro en esta angustia, viéndome cercado de tantos males en lugar tan estraño y sin remedio, considerando cómo mi buen conservador el vino poco a poco me iba faltando, por cuya falta la salada agua se atrevía y cada vez se iba comigo desvergonçando, y que no era possible poderme sustentar siendo mi ser tan contrario de los que allí lo tienen, y que assí mismo cada hora las fuerças se me iban más faltando, assí por haber gran rato que a mi atribulado cuerpo no se había dado refeción sino trabajo, como porque el agua digiere y gasta mucho, ya no esperaba más de cuando el espada se me cayesse de mis flacas y tremulentas manos, lo cual luego que mis contrarios viessen, executarían en mí muy amarga muerte haciendo sus cuerpos sepultura. Pues todas estas cosas considerando, y ningún remedio habiendo, acudí a quien todo buen cristiano debe acudir, encomendándome al que da remedio a los que no le tienen, que es el misericordioso Dios nuestro señor. Allí de nuevo comencé a gimir y llorar mis pecados, y a pedir dellos perdón y a encomendarme a Él de todo mi coraçón y voluntad, suplicándole me quisiesse librar de aquella rabiosa muerte, prometiéndole grande enmienda en mi vivir, si de dármela fuesse servido. Después torné mis plegarias a la gloriosa Santa María madre suya y señora nuestra, prometiendole visitalla en las sus casas de Monserrat y Guadalupe, y la Peña de Francia. Después vuelvo mis ruegos a todos los santos y santas, especialmente a San Telmo y al señor Sant Amador, que también passó fortunas en la mar cuajada. Y esto hecho, no dexé oración de cuantas sabía que del ciego había deprendido, que no recé con mucha devoción: la del Conde, la de la emparedada, el Justo Juez y otras muchas que tienen virtud contra los peligros del agua.

Finalmente, el Señor, por virtud de su passión y por los ruegos de los dichos y por lo demás que ante mis ojos tenía, con obrar en mí un maravilloso milagro, aunque a su poder pequeño, y fue que estando yo assí sin alma, mareado y medio ahogado de mucha agua que, como he dicho, se me había entrado a mi pesar, y assí mismo encallado y muerto de frío de la frialdad, que mientras mi conservador en sus trece estuvo, nunca había sentido, trabajado y hecho pedaços mi triste cuerpo de la congoxa y continua persecución, y desfallecido del no comer, a deshora sentí mudarse mi ser de hombre, quiera no me cate, cuando me vi hecho pez, ni más ni menos, y de aquella propia hechura y forma que eran los que cerrado me habían tenido y tenían. A los cuales, luego que en su figura fui tornado, conocí que eran atunes, entendí cómo entendían en buscar mi muerte, y decían: «Este es el traidor, de nuestras sabrosas y sagradas aguas enemigo. Este es nuestro adversario y de todas las naciones de pescados que tan executivamente se ha habido con nosotros desde ayer acá, hiriendo y matando tantos de los nuestros; no es possible que de aquí vaya; mas venido el día, tomaremos dél vengança».

Assí oía yo la sentencia que los señores estaban dando contra el que ya hecho atún como ellos estaba. Después que un poco estuve descansado y refrescando en el agua, tomando aliento y hallándome tan sin pena y passión como cuando más sin ella estuve, lavando mi cuerpo de dentro y de fuera en aquella agua que al presente, y dende en adelante, muy dulce y sabrosa hallé, mirándome a una parte y a otra por ver si vería en mí alguna cosa que no estuviesse convertido en atún. Estándome en la cueva muy a mi placer, pensé si sería bien estarme allí hasta que el día viniesse, mas hube miedo me conociessen y les fuesse manifiesta mi conversión. Por otro cabo, temía la salida por no tener confiança de mí si me entendería con ellos y les sabría responder a lo que me interrogassen, y fuesse esto causa de descubrirse mi secreto; que aunque los entendía y me veía de su hechura, tenía gran miedo de verme entre ellos. Finalmente, acordé que lo más seguro era no me hallassen allí, porque ya que no me tuviessen por dellos, como no fuesse hallado Lázaro de Tormes, pensarían yo haber sido en salvalle y me pedirían cuenta dél, por lo cual me pareció que saliendo antes del día y mezclándome con ellos, con ser tantos, por ventura no me echarían de ver ni me hallarían estraño; y como lo pensé, assí lo puse por obra.



La segunda parte de Lazarillo de Tormes de Anónimo
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