La vengadora de las mujeres (Versión para imprimir)

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Elenco
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La vengadora de las mujeres Félix Lope de Vega y Carpio

La vengadora de las mujeres

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



ARNALDO, príncipe.
ALEJANDRO, duque.
AGUSTO, príncipe.
OTAVIO, criado.


CRIADO
LAURA, princesa.
DIANA, dama.


LUCELA, dama.
JULIO, criado.
LISARDO, príncipe.


[Criados.]
[Acompañamiento.]
[CAMILO, criado.]


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Acto I
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La vengadora de las mujeres Acto I Félix Lope de Vega y Carpio

 


Salen LAURA y ARNALDO , LAURA con una carta.
LAURA:

  Si sospechoso os dejé,
aunque no tendréis razón,
yo os daré satisfación.

ARNALDO:

Leed la carta.

LAURA:

Sí haré.
[Lee.]
«Bien sé que no hay en el mundo quien merezca el divino valor de la princesa Laura, mas suplico a vuestra majestad no pierda por vecino lo que otros pretenden ganar por estranjeros, mi embajador lleva poder para efetuar los capítulos que ofrezco. Guarde Dios a vuestra majestad.Federico, príncipe de Transilvania.»

ARNALDO:

¿Qué dice?

LAURA:

  Que no habéis sido
quien mi casamiento trata.

ARNALDO:

De que a tantos seáis ingrata,
estoy, hermana, ofendido.
  A mí me es fuerza casaros.
Sabe Dios si hacer quisiera
un hombre tal que pudiera
alabarse de igualaros.
  Pero, pues no puede ser,
imaginad que es querer
darle un imposible nombre,
porque al imperio del hombre
se ha de rendir la mujer.


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La vengadora de las mujeres Acto I Félix Lope de Vega y Carpio

 


LAURA:

  Pensaréis que es arrogancia
dilatar mi casamiento,
porque a mi merecimiento
hay infinita distancia.
  Engañaisos, porque soy
la misma humildad.

ARNALDO:

Estoy
confuso; que despreciéis
todos cuantos hombres veis,
pues en la causa no doy.
  Vós gallarda, vós discreta,
vós con salud, ¿qué razón
os tiene a tal opinión
bárbaramente sujeta?
  Si el haber tanto estudiado,
ocasión, Laura, os ha dado
para haceros singular,
es cansaros y cansar
vuestro ingenio y mi cuidado;
  de donde vengo a entender
que si esto de fama y nombre
hace tan soberbio al hombre,
será locura en mujer.


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LAURA:

  Ni el haber tanto estudiado
a eso me ha desvanecido,
sino solo que he querido
satisfacer mi cuidado,
  los hombres aborrecer.

ARNALDO:

Pues decidme, ¿qué os han hecho?

LAURA:

Ninguna cosa.

ARNALDO:

Sospecho
que ocasión debe de haber.

LAURA:

  Si ponéis el pensamiento
en mi honor, es loco intento.

ARNALDO:

Pues decid la ocasión.


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LAURA:

Por volver por mi opinión,
os la diré. Estadme atento.
  Antes, generoso Arnaldo,
que a las artes liberales
diese principio, ni hubiese
ocasión para indignarme,
había dado en leer
los libros más principales
de historias y de poesías
y de tragedias de amantes.
Hallaba en todos los hombres
tan fuertes, tan arrogantes,
tan señores, tan altivos,
tan libres en todas partes,
que de tristeza pensé
morirme, y dije una tarde
a una dama a quien solía
comunicar mis pesares:
«Filida, ¿qué puede ser
que en cualquier parte que traten
de mujeres, ellas son
las adulteras, las fáciles,
las locas, las insufribles,
las varias, las inconstantes,
las que tienen menos ser
y siguen sus libertades?».


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La vengadora de las mujeres Acto I Félix Lope de Vega y Carpio

 


LAURA:

«Eso (Filida me dijo),
Laura, solamente nace,
de ser dueños de la pluma;
de cualquiera acción que hacen.
Por ellas no hay Roma o Grecia,
ni Troya que no se abrase.
Luego nos dan con Elena
y con el robo de Paris,
de todo tienen la culpa;
y los hombres inculpables
son los santos, son los buenos
y los que de todo saben.»
Concebí tal ansia en mí
que propuse, por vengarme,
de no querer bien a alguno,
ni permitir que me hablen,
y dándome a los estudios,
quedar suficiente y hábil
para escribir faltas suyas,
que algunas en ellos caben,
que ni ellos son todos buenos
ni ellas todas malas salen,
por lo menos a mi ejemplo.
Escribirán por vengarse:
Si Simiramis, valiente,
venció tantos capitanes,
su hijo dicen que amó
solamente por quitalle
el laurel de la cabeza,
sin otras hazañas grandes
que hizo esta famosa reina.


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LAURA:

Si Dido quiso matarse
por guardar su castidad,
que no la gozase nadie,
luego hay hombre que diga
que se mató por vengarse
de los agravios de Eneas,
con quien fue huéspeda fácil.
Desde el principio del mundo
se han hecho tiranos grandes
de nuestro honor y albedrío,
quitándonos las ciudades,
la plata, el oro, el dinero,
el gobierno, sin que baste
razón, justicia, ni ley
propuesta de nuestra parte.
Ellos estudian y tienen
en las universidades
lauros y grados, en fin,
estudian todas las artes.
¿Pues de qué se queja el hombre?,
¿de que la mujer le engañe,
si otra ciencia no le queda
en todas las que ella sabe?
La mujer es imposible
que adquiera, tenga, ni guarde
hacienda, abogando pleitos,
ni curando enfermedades.


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LAURA:

Pues en algo esta mujer,
si está ociosa, ha de ocuparse.
Dirán que en hacer labor
no es ocupación bastante,
porque el libre entendimiento
vuela por todas las partes
y no es el hacer vainillas,
en holandas ni cambrayes,
escura filosofía.
Ni el almohadilla lugar es
de Platón ni de Porfirio,
ni son las randas y encajes
los párrafos de las leyes.
En fin, para no cansarte,
yo quiero vengar, si puedo,
agravios, de aquí adelante,
de mujeres, pues lo soy,
y que este nombre me llamen.


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ARNALDO:

  Pésame, Laura querida,
que tan sin causa aborrezcas
los hombres, que a ser te ofrezcas
su enemiga y su homicida.
A muchos costó la vida
  amar, querer, defender
el honor, y la mujer
nació del hombre y de modo
que es como parte del todo
que nos da principio y ser.
  Muchos las han celebrado
en libros de verso y prosa,
y es, mi Laura, injusta cosa
que de uno te hayas cansado,
que fue amando desdichado
o en ausencia o casamiento.
Pero ya que al tuyo atento,
aún no dispongo del mío,
perdóname si porfío
en tan justo pensamiento.
  Mira que el ser singular
puede un sabio, no un prudente,
que es término trancedente
que desvanece hasta dar
en locura y porfiar.
Contra lo justo no es justo,
no me des, Laura, disgusto;
que si aborrecerlos quieres
por vengar a las mujeres,
no tienen todas tu gusto.
  ¿Qué te importa el ser casada,
Laura, para defender
el honor de la mujer?
Dirás que estar obligada
siendo de tu esposo amada.
Dirás bien, pero si el nombre
de hombre infamas porque asombre
esa locura en que das,
por lo menos no dirás
que fuiste mujer sin hombre.
(Vase.)


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LAURA:

  La envidia y las virtudes, abrazarse,
la verdad con los tiempos, encubrirse,
dejar, quien habla mal, de arrepentirse,
y el poder ofendido, de vengarse.
Un pobre que fue rico, de quejarse
y un necio liberal, de consumirse;
un alto de caer, por preferirse
y un bajo de subir, por humillarse;
ser cuerdos, en el loco, los enojos,
de los que obraron bien, faltar los nombres,
sin sombra de disgustos los placeres.
Ciegos los celos, y el amor con ojos
veré primero, que querer los hombres,
ni dejar de vengar a las mujeres.
(Sale JULIO con un libro.)

JULIO:

  Para mi humor y ejercicio
andar con dificultades
es como tratar verdades
a quien miente por oficio.
  ¡Válgate Dios por estraño
filósofo!


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LAURA:

Julio, amigo.

JULIO:

Al fin vine a dar contigo.
Pero yo te desengaño
  de que no daré en saber,
aunque tú la ciencia seas,
y presumo que deseas...

LAURA:

¿Qué, Julio?

JULIO:

Echarme a perder.
  Yo no tengo inclinación
a las letras; ¿qué me quieres?

LAURA:

Si eras necio y sabio eres,
¿qué mayor transformación?

JULIO:

  Si fuera necio, no creo
que hacerme sabio pudieras;
que si ignorante dijeras,
fuera posible al deseo.
  De un ignorante, en efeto,
hacer un sabio es posible;
pero es alquimia imposible
hacer de un sabio un discreto.

LAURA:

  ¿Pues qué libro traes ahí?


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JULIO:

A Aristóteles traía,
que como yo le entendía,
ninguno me entienda a mí.

LAURA:

  ¿Luego tú no eres de aquellos
que se precian de saber
lo que quieren entender?

JULIO:

Por ser necio fuera dellos,
  pero tengo inclinación
más humilde por no dar
risa a quien pueda notar
mi ignorancia con razón.
  Mas dejando aparte el gusto
con que me haces estudiar,
¿cómo te va de casar?,
¿dijiste sí, que es muy justo?
  Claro está que no lo escusa
tu singular parecer.
¿Podrelo saber?

LAURA:

Si el ser
mujer, del rigor me escusa
  con que aborrezco el casarme,
también podrán ofenderme
y muchos daños hacerme
y por inútil dejarme.
  A mi hermano dije aquí
que yo no me casaría.


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JULIO:

¿Pues por qué, señora mía?

LAURA:

Por temor.

JULIO:

¿Temor en ti?

LAURA:

  Mucho he leído y estoy
con los hombres enojada.

JULIO:

¡Ah, cómo estás engañada!

LAURA:

¿Defiéndeslos?

JULIO:

Hombre soy.

LAURA:

  No temas, Julio, que a ti
solo tengo voluntad
en tanta diversidad.

JULIO:

¿Por qué méritos a mí?

LAURA:

  Por hijo de una mujer
que me crio y por criarte
conmigo.


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JULIO:

No sé en qué parte
escriben, y puede ser,
  que le echaron a un león
un perro pequeño y viendo
que al golpe del brazo horrendo
no mostraba turbación,
  dejole vivo y con él
se crio; mas cuando vio
que era grande ensangrentó
las negras uñas en él.

LAURA:

  No hayas temor, Julio amigo,
que yo no quiero matar
los hombres, solo vengar
mujeres.

JULIO:

Lo mismo digo,
  nueva gallarda Amazona;
pero yerras en dejarte
de casar, porque el casarte
conviene a tu real persona.
  Y pues es aborrecer
al hombre tu pensamiento,
ejecuta el casamiento.


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LAURA:

¿Casada qué puedo hacer?

JULIO:

  ¡Pesiatal!, matalle a celos,
a enojos y a pesadumbres.

LAURA:

No me han dado esas costumbres
ni esa inclinación los cielos.

JULIO:

  Alguna mujer a quien
un hombre hubiera ofendido,
con solo hacerle marido
pudiera vengarse bien.
  Pero cierto que si amor
enlaza dos bien casados,
que son bienaventurados.

LAURA:

En fin, padre del honor
  llamaron al matrimonio.

JULIO:

Porque cubre en su nobleza
toda la humana flaqueza,
como es claro testimonio
  ver con cuánta libertad
sale una mujer preñada,
sin temer, porque es casada,
ser vista de una ciudad.
  Tras esto, cuanto los ojos
ven, tanto suelen pedir,
y todos han de acudir
a cumplille sus antojos,
  como si de estar preñada
tuviese culpa el que lleva
la almendra verde o la breva,
la torta o trucha empanada.


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LAURA:

  Es común obligación,
Julio, porque el mundo aumenta.

JULIO:

¿Y no le aumenta a esa cuenta
lo que fue sin bendición?

LAURA:

  Ya respondes, ya parece
que sabes.

JULIO:

Úsase agora,
pero advierte, gran señora,
lo que tu estado merece
  y da este gusto a tu hermano.

LAURA:

Sin duda que se le diera
si la fama no corriera
en darme gusto a la mano.

JULIO:

¿Cómo?

LAURA:

  Sábese de mí
que a los hombres aborrezco,
y si me caso, merezco
cuantas venganzas en mí
  hará mi esposo por ellos.


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JULIO:

¡Ay, Laura!, que a muchas salva
amanecer con el alba
con unos ojuelos bellos
  a medio abrir de dormidos,
mirando su resplandor
al marido, a quien amor
abre los cinco sentidos.
  Y cuando el calor del sueño
las mejillas le ha enrojado
y el labio, en carmín bañado,
está brindando a su dueño,
  no creas que hay más venganza
que pagar censo al amor
sin la pensión del temor
que a los solteros alcanza.
  Si amanece una mujer
al lado de su marido,
el rostro desguarnecido
del pasamano de ayer,
  los ojos en campo azul,
el rostro verde y sin toca,
las mejillas y la boca
de holandilla de baúl,
  desconfíe, que es razón,
pero quien...


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LAURA:

Déjalo en quien,
Julio, y a mi estudio ven.

JULIO:

Luego llamaré a lición.

LAURA:

  Llama a Lucela y Diana,
proseguiré lo que leo.

JULIO:

Yo pienso que tu deseo
hará su esperanza vana.

LAURA:

  Sin hombres puede vivir
el mundo.

JULIO:

¡Grande locura!

LAURA:

¿Qué dices?

JULIO:

Que tu hermosura
te comienza a desmentir.


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(Vanse y salen LISARDO de camino, y OCTAVIO , criado.)
LISARDO:

¿Eso responde?

OTAVIO:

  Pienso que pudieras,
si entraras en la Corte disfrazado,
pues de ninguno conocido fueras.

LISARDO:

Quedarme en esta aldea fue acertado,
porque si la respuesta me trajeras,
como yo imaginé, con más cuidado
y ostentación en la ciudad entrara.
¿Es Laura hermosa?

OTAVIO:

Es peregrina y rara.
  Mas todo lo deshace la locura
de aborrecer los hombres y casarse.

LISARDO:

¿Qué tema de mujer duró segura?

OTAVIO:

Desta puede temerse y recelarse.

LISARDO:

Yo pienso ver, Otavio, su hermosura.

OTAVIO:

Bien puede vuestra alteza disfrazarse
y atreverse a la Corte del bohemio.


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LISARDO:

Yo llevo de humillarme justo premio.
  Al transilvano príncipe desprecias,
hermosa Laura.

OTAVIO:

No será disculpa
no haberte visto.

LISARDO:

¡Ay, esperanzas necias!,
responderá que mi humildad me culpa.

OTAVIO:

¿Qué le importa al valor de que te precias
esta arrogancia, si quien soy te culpa?
Gente camina en tropa.

LISARDO:

Todos creo
que llevan a la Corte este deseo.
(Salen ALEJANDRO y AGUSTO , con dos criados, de camino.)

ALEJANDRO:

  Si no os hubiera hallado en el camino,
las nuevas me volvieran a Ferrara.

AGUSTO:

Que lo mismo pudieran imagino,
Duque, si en el camino no os hallara.
¡Bravo desdén!

ALEJANDRO:

Estraño.

AGUSTO:

Peregrino.
Dicen que es Laura en todas ciencias rara.


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ALEJANDRO:

¿Pues cómo ha dado en este pensamiento
si le consta el valor del casamiento?

AGUSTO:

  Porque quiere escribir contra los hombres;
porque quiere vengar a las mujeres.

ALEJANDRO:

Agusto, si es discreta no te asombres,
que tienen pensamientos bachilleres.

OTAVIO:

¿Quién son estos señores?

CRIADO:

Son sus nombres
y sus estados, si saberlos quieres,
Alejandro, gran Duque de Ferrara,
que solo el nombre pienso que bastara.
  El otro es el famoso y fuerte Agusto,
hijo del rey de Albania. Hanse topado
en el camino, y con amor, que es justo,
cortésmente los dos acompañado.

OTAVIO:

¿A qué van a la Corte?

CRIADO:

Un mismo gusto
presumo que los lleva, aunque engañado,
pues no quiere casarse la Princesa.

ALEJANDRO:

Digna parece de los dos la empresa.
  Vós, por Agusto, a quien el nombre obliga,
y yo, por Alejandro.


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AGUSTO:

Juntos vamos
a conquistar tan bárbara enemiga,
aunque en tan alta empresa nos perdamos.

ALEJANDRO:

Pues este pensamiento se prosiga
con la amistad y amor que profesamos,
y venza el que pudiere.

AGUSTO:

Laura hermosa,
¿cómo naciste sabia y rigurosa?
(Vanse AGUSTO , ALEJANDRO y los criados.)

OTAVIO:

¿Oíste lo que dijo?

LISARDO:

  ¿Y qué pretenden,
servir los dos a Laura? Mas yo creo
que la conquista que los dos pretenden
querrá guardar amor a mi deseo.

OTAVIO:

En público servir a Laura entienden.

LISARDO:

Yo disfrazado; porque en Laura veo
ingenio que no puede ser vencido
sin amor, sin industria y sin vestido.


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(Vanse y salen LAURA , DIANA , LUCELA y JULIO .)
LAURA:

¿No venís más?

DIANA:

  No pudieron
Casilda, Fabia y Dantea.

LAURA:

Asentaos por orden. Julio,
no llegue nadie a la puerta.

JULIO:

Ya sé, señora, que soy
portero desta academia,
aunque es vergüenza, siendo hombre.

LAURA:

¿De qué es, Julio, la vergüenza?

JULIO:

De que vengas a leer
a las damas de tu escuela
liciones contra los hombres
que os aman y reverencian,
y que yo, que al fin lo soy,
lo escuche y guarde la puerta.

LAURA:

No te finjas querelloso;
yo sé, Julio, que te huelgas.
Oíd, vosotras.

DIANA:

Ya estamos
a tus liciones atentas.


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LAURA:

Quedamos ayer, amigas,
en que a los hombres les ciega
lo que llaman hermosura,
bien de la naturaleza;
y como amor es deseo,
aqueste amor solo muestran
por interés proprio suyo:
dan, sirven y hacen finezas.
Repita, Diana, agora
la lición.

DIANA:

Dijo Su Alteza
que no era amor ni le había
el que los hombres nos muestran,
porque queriéndose a sí,
era amor suyo y es fuerza
su opinión, pues de quererte
así nace que nos quieran.
Querer los hombres a quien
les hace gusto, y si piensan
que querer su mismo gusto
las mujeres agradezcan,
es disparate y locura;
de suerte que si es discreta
la mujer, hará lo mismo,
su flaqueza o su estrella
la obligan a querer bien
a algún hombre.


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JULIO:

¡Que yo tenga,
en estas proposiciones,
siendo estudiante, paciencia!
¡Que sufra aquestas..., no sé
si lo diga! ¿Son doncellas?
¡Son diablos!, ¿Hay tal maldad?
¡Que digan y lo sustentan
que no es amor el del hombre,
y que no hay hombre que tenga
amor, si no es a sí mismo!
¡Que gaste un hombre su hacienda,
su vida, su honor, sus pasos,
por su no sé si es belleza,
que ellas saben si merecen,
que en esta opinión las tengan,
y con saber que en el hombre
hay divinas excelencias
os desprecien deste modo!

DIANA:

Finalmente, vuestra alteza
dijo que no nos obliga
este amor, si somos cuerdas,
a agradecer a los hombres
más que a la naturaleza,
que esa obligación les dio.

LAURA:

Adelante.


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DIANA:

Vuestra alteza
dijo también que si alguno
por amor amar pudiera
o supiera amar el alma
y a sus tres nobles potencias,
por opinión de Platón,
porque el amor que desea
el cuerpo es amor bastardo,
que el legítimo no llega
a tocar cosas mortales
y que mañana perezcan;
lo inmortal ama el amor
de donde luego contempla
al Criador en la criatura,
de manera que se acerca
a aquel angélico amor,
fuego que abrasa y recrea
los espíritus celestes.

LAURA:

Muy bien.

JULIO:

Muy mal.

LAURA:

Hoy quisiera
tener qué darte.


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JULIO:

Pues dele
una estampa. ¿Hay insolencia,
como esta nueva invención?

LUCELA:

Con tu licencia, ¿no queda
robada aquella opinión?

LAURA:

¿De qué manera, Lucela?

LUCELA:

Los filósofos antiguos,
sean de Italia o de Grecia,
concedieron dos amores:
el que primero comienza,
y el que por llamar a otro
llamaron correspondencia.
Si solo hubiera el amor
propio y solamente hubiera
quererse un hombre a sí mismo,
hasta su tiempo estuviera
engañado el mundo, y vemos
que nuestros sabios no llegan
a lo que aquellos antiguos,
ejemplo inefable sean
Aristóteles, Platón
y otros muchos que celebra
la fama.

LAURA:

Aquí no es bien
con argumentos, Lucela,
responder a los maestros.


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LUCELA:

Mi señora, quien enseña
a los dicípulos debe
satisfacer.

LAURA:

Oye, y piensa
que si quien anda a aprender,
por ignorancia o soberbia,
anda a poner objeciones,
confundirá las escuelas
y en su vida sabrá nada.

LUCELA:

Saquemos un entimema,
si te parece, señora,
de toda esta controversia.

LAURA:

No hay qué sacar; escuchad:
Concédese a la que llega
a tratar del matrimonio,
que con gran recato advierta
en las partes de su esposo,
porque si la cama y mesa
aumenta amor en algunos,
en otros enfado aumenta;
el más cuerdo se convierte
en un demonio y apenas
se mira en la posesión,
cuando la mayor belleza
desprecia, deja y olvida
por la más necia y más fea,
que si la propia mujer
le sufre por santa y cuerda,
piensa cómo él es demonio.


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JULIO:

Camilo llama a la puerta
y por fuerza quiere entrar.

LAURA:

Pues dile que entre sin fuerza.
(Sale CAMILO , criado.)

CAMILO:

  El Príncipe me ha mandado
que te advierta que han venido
dos novios que no han sabido
los muchos que has despreciado.
  Es el Duque de Ferrara,
Alejandro, el uno, y hombre
que deste polo su nombre
al contrapuesto no para.
  Y el otro, señora, es
príncipe de Albania.

LAURA:

Di
que ya voy.

CAMILO:

Harelo así.

LAURA:

Y tú, Lucela, después
  repetirás la lición.

JULIO:

 [Aparte.]
¿Hay locura semejante?
Entendimiento arrogante,
¿quién te dio tal opinión?


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(Vanse las tres, y salen LISARDO y OTAVIO .)
OTAVIO:

  Notablemente han entrado.

LISARDO:

Muy conforme a su grandeza.

OTAVIO:

¿Pero dónde va tu alteza
desta suerte disfrazado?

LISARDO:

  Calla, que hay un hombre aquí.

JULIO:

Aquestos son forasteros.
¿Dónde bueno, caballeros?
¿Cómo se han entrado aquí?

LISARDO:

  Las pinturas nos llevaron
los ojos, los pies se fueron
tras ellos, si os ofendieron,
las faltas nos disculparon.

JULIO:

¿De qué nación?

LISARDO:

  Español.

JULIO:

Bueno.

OTAVIO:

[Aparte.]
¿Español te has fingido?


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LISARDO:

Sé bien la lengua; he querido
ver el palacio del sol,
  y ofrecer a Laura bella
algunos libros famosos,
que sus estudios curiosos
también me obligan a vella
  y a ofrecerle lo que digo.

JULIO:

Bien recebido seréis,
y si libros la traéis,
seréis su mayor amigo.
  Mas suénase por allá,
y que aborrece sus nombres,
que escribe contra los hombres.

LISARDO:

En esa opinión está.

JULIO:

¿Habéis estudiado?

LISARDO:

  Soy
graduado en leyes.

JULIO:

Bien,
que dellas sabe también.

LISARDO:

Por sola esa nueva os doy
ese diamante.


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JULIO:

  Yo os beso
las manos por tal merced,
y por vuestro me tened,
que honrar y servir profeso
  a España toda mi vida
por natural devoción.

OTAVIO:

[Aparte.]
No hay tan duro corazón
que al dar la puerta le impida,
  ¡cómo le movió el diamante!

JULIO:

Los príncipes han llegado,
aquí estaréis retirado
mientras pasan adelante,
  que yo haré que mi señora
os vea.

LISARDO:

Aquí me retiro.

OTAVIO:

De ver tu intento me admiro.

LISARDO:

Mi industria comienza agora.


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(Salen ARNALDO , AGUSTO , ALEJANDRO , LAURA , DIANA , LUCELA y acompañamiento.)
ARNALDO:

  Aquí podréis tomar un rato asientos.

ALEJANDRO:

Las honras y mercedes recebidas
nos dan a las demás merecimientos.

AGUSTO:

Obligan almas y cautivan vidas.

ARNALDO:

Encubre, Laura, aquí tus pensamientos;
obligarasme si el rigor olvidas,
que no merecen hombres destos nombres
tratarlos mal como a comunes hombres.

ALEJANDRO:

  Por cierto que es hermosa y que me pesa
que de tal opinión esté infamada.

AGUSTO:

Si no es difícil, no hay honrosa empresa.

LAURA:

Ya de tu imperio callaré forzada.
[Aparte.]
Escúchame, Diana: quien profesa
aborrecer los hombres disculpada
con que vengar pretende las mujeres,
¿por qué los mira?

DIANA:

Escrupulosa eres.
  Si vienen estos príncipes, ¿qué ofensa
se hace en verlos a lición ninguna
de las que nos has dado?


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LAURA:

La defensa
de no hablar es no ver.

DIANA:

Cosa importuna;
no habla quien no ve.

LAURA:

Quien mira, piensa;
quien piensa, admite, y no hay mujer ninguna
que si mira no admita.

DIANA:

Un argumento
quiero ponerte.

LAURA:

Estraño pensamiento.

DIANA:

  Si miro y pienso, y porque pienso y miro
amo lo que he mirado y he pensado,
bueno es lo que miré; mas, ¿qué me admiro
si obliga lo que es bueno a ser amado?

LAURA:

No todo aquello por que yo suspiro
puede ser bueno y más si me ha engañado
la apariencia del bien, pues dan veneno
tal vez en oro, que el mirar condeno.

ALEJANDRO:

[Aparte.]
No mira Laura a nadie.


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AGUSTO:

  [Aparte.]
En eso veo,
de su rigor, la condición villana.

ARNALDO:

Habla, hermana, que pienso y aun lo creo
que murmuran de verte tan tirana.

LAURA:

No me puedo esforzar, aunque deseo
hablar por darte gusto.

LISARDO:

Soberana
belleza adorna a Laura, si hay belleza
que no ofenda a tan bárbara aspereza.

OTAVIO:

En fin, ¿te agrada?

LISARDO:

  No diré que he visto
cosa que más mis ojos agradase,
menos sus rayos que del sol resisto
y me pienso allegar, aunque me abrase.

OTAVIO:

Ya se levantan.

LISARDO:

Si este bien conquistó
mi nombre, haré que al de Alejandro pase.

ALEJANDRO:

No es justo, gran señora, daros pena.

LAURA:

Perdón os pido, no me siento buena.
(Vase.)


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ARNALDO:

  Laura después satisfará, señores,
lo que hoy le niega la primera vista.

ALEJANDRO:

Ver a su alteza son grandes favores;
dadme licencia que a su lado asista.

LUCELA:

¿Cuál destos es mejor?

DIANA:

¿Pues hay mejores?
Laura el mirar, por su opinión, resista,
que yo quiero mirar, aunque la sigo.

LUCELA:

Y yo también, si la verdad te digo.
(Vanse y queda LISARDO , OCTAVIO y JULIO .)

JULIO:

¿Qué os parece?

LISARDO:

  Que es belleza
sin igual, pero ofendida
de aquel rigor que corrida
tiene a la naturaleza.
  Ser mujer y no querer,
contradice, aunque porfía,
la humana filosofía.

JULIO:

Bien sabe que la mujer
  ha de apetecer el hombre,
cual la materia a la forma,
y aunque en esto se conforma
es con diferente nombre
  y tanta bachillería,
que no se deja entender.
Mas ya debe de volver.


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LISARDO:

¡Dichosa la suerte mía!
(Sale LAURA .)

JULIO:

  Un español ha venido
solo a verte, y yo te ruego
que le honres.

LAURA:

¿Estás loco?

JULIO:

Tienes grande entendimiento.

LAURA:

¿Pues él viene a disputar
conmigo?

JULIO:

Ese fuera exceso
digno de mayor castigo
que de aquel mozo soberbio
que pensó, con falsas plumas,
escribir su atrevimiento
en el papel de los rayos
del sol y con cera el fuego.
Trae mil libros curiosos.

LAURA:

¡Ay, Julio!, yo quiero vellos,
llámale, llámale.

JULIO:

Llega,
español.


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LISARDO:

Llegaré, ciego
de esos rayos, a besar
las estampas que en el suelo
imprimen tus pies.

LAURA:

Alzaos.
[Aparte.]
(¡Qué buen talle!)

JULIO:

No me acuerdo
que te oyese tal palabra,
de donde, señora, infiero
que mil cosas se aborrecen,
que tratadas...

LAURA:

Calla, necio.

JULIO:

Trata, ¡pesia tal!, los hombres
antes que digas mal dellos.

LAURA:

¿Cómo os llamáis?

LISARDO:

Yo, señora:
esclavo vuestro, primero,
y después, Lisardo.

LAURA:

Bien.

JULIO:

Bien, también, bueno va esto.

LAURA:

¿Cómo venistes aquí?


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LISARDO:

Aunque no soy sabio, intento
imitar sus opiniones.
Los más celebrados fueron,
por andar peregrinando
las partes del universo,
Aristóteles, Platón
divino, al fin, su maestro;
Sócrates, de quien Plutarco
fue historiador; y otros griegos
hicieron grandes viajes,
que no todos los sabemos
en la patria. Yo, señora,
peregriné varios reinos,
vi generosas ciudades,
comuniqué los ingenios
más famosos en Italia
y Flandes, de donde vengo.
En la corte de Bruselas
trataban dos caballeros
un día de tu valor
en el palacio; escuchelos
y entre las demás virtudes,
tus estudios añadieron
en todas lenguas y ciencias;
luego al alma el pensamiento
este deseo propuso
y el pensamiento al deseo,
y así dije: «no he de ver
mi patria, España, primero
que vea esta gran señora,
porque si a mi casa vuelvo
sin verla, no he visto nada,
y haré cuenta, si la veo,
que he visto al Sol en sus rayos,
el fénix raro en su pecho,
la inteligencia en su rostro,
que mueve el otavo cielo
en la influencia de amor;
a Venus en el tercero
y en la claridad, la Luna,
que ilustra al cuarto elemento».
Mas porque la ley de Persia
se cumpla en mí, que primero
que entraban a ver al Rey,
que era pocas veces esto,
le daban algún presente,
dar a vuestra alteza quiero
de los libros más curiosos
los que le agradaren.


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LAURA:

Cierto
que lo estoy, noble español,
de oíros hablar y veros.
¿Qué nombre o ciudad de España,
nombre y nacimiento os dieron?

LISARDO:

Zaragoza, de Aragón.

LAURA:

Ilustre ciudad y reino.
¿Padres?

LISARDO:

Claro está, señora,
que tengo de honrarme dellos
donde no soy conocido
y así los paso en silencio.

LAURA:

¿Traéis lista de los libros?

LISARDO:

Sí, señora.

LAURA:

Leed.


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LISARDO:

No quiero
cansaros con los comunes,
aunque clásicos y buenos,
pues todos los tendréis ya.
Fidoro.

LAURA:

¿Qué lengua?

LISARDO:

Es griego
y traducido en latín
por el doctísimo Ismenio.

LAURA:

¿Qué escribe?

LISARDO:

Las excelencias
del hombre en prosas y en versos.

LAURA:

¡No tratéis más dese libro!,
dejalde que no le quiero.

LISARDO:

¿Por qué?

LAURA:

Por aborrecer los hombres.

LISARDO:

Algún agravio os han hecho.

LAURA:

Leed adelante.

LISARDO:

Arsindo.


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LAURA:

¿Qué escribe?

LISARDO:

Escribe el gobierno
del hombre a la imitación
de la económica.

LAURA:

Y luego
tratará de las mujeres
y de aquel tirano imperio
con que las mandan los hombres.
Quemalde que no le quiero.

LISARDO:

Evandro.

LAURA:

¿Qué trata?

LISARDO:

Escribe
dos amores y dos Venus:
una divina, otra humana.

LAURA:

Bueno, adelante.

LISARDO:

Heracleo;
este escribe alquimia.

LAURA:

Echalde
en un crisol en el fuego.

LISARDO:

Fabio de Arcano.


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LAURA:

¿Qué trata?

LISARDO:

Magia natural.

LAURA:

Bien puedo
leerle.

LISARDO:

Seguramente.
Filopenés, de veneno.

LAURA:

Señalalde por si acaso,
matar los hombres intento.

LISARDO:

Paso, divina amazona,
tened más lástima dellos.
Lauro.

LAURA:

¿Qué escribe?

LISARDO:

Alabanzas
de las mujeres.

LAURA:

Bien creo
que quien se llama Lauro
se precie deste argumento.
¿Qué nación?

LISARDO:

Es español.


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LAURA:

¡Oh!, cuánto a España debemos
las mujeres.

LISARDO:

Es verdad,
no hay nación que en mayor precio
las tenga ni más las sirva.
El hombre que vale menos
gasta en vestir su mujer
más que en el dote le dieron.
Laurencio.

LAURA:

¿Qué escribe?

LISARDO:

Trata
de cómo un hombre discreto
se ha de casar y en qué edad.

LAURA:

Señalad ese Laurencio.

LISARDO:

Aquiles Tacio.

LAURA:

Dejalde.

LISARDO:

Trata amores.

LAURA:

Ya le tengo.


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LISARDO:

Livio, historia de Lucrecia.
Famoso; pero dejemos
la lista para después
y escogeré los que fueren
a mi propósito.

LISARDO:

Creo
que hallaréis cosas notables.

LAURA:

¿Quereisme servir, que pienso
que para mi librería
y estar mi estudio compuesto,
como merecen mis libros
y como honrallos deseo,
a propósito seréis?

LISARDO:

Señora, si yo merezco
serviros, ¿qué mayor bien
pedirles puedo a los cielos?
Digo que quedo a serviros
y que tan contento quedo,
que por no decir locuras
tan justas, no lo encarezco.

LAURA:

Julio.

JULIO:

Señora.

LAURA:

Señala
dentro, en palacio, aposento
a Lisardo.


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La vengadora de las mujeres Acto I Félix Lope de Vega y Carpio

 


JULIO:

El primer hombre
a quien tal merced has hecho.
(Vanse LAURA y JULIO .)

LISARDO:

¿Qué dices, Octavio?

OTAVIO:

Digo
que todo va sucediendo
mejor que lo imaginaste;
pero es locura en exceso
conquistar una mujer
hecha de aborrecimientos
de hombres y con dos señores,
que la han de servir haciendo
tan grandes ostentaciones,
por competidores.

LISARDO:

Necio,
el peligro en las mujeres
no está en quien las mira lejos,
porque a quien se aleja más
sabes que le quieren menos;
por eso luego se olvidan
de los ausentes y muertos.
Pero si un hombre se acerca,
guárdese el más casto pecho,
que no quemaron a Troya
desde las naves los griegos,
caballo preñado de hombres
puso a las murallas fuego,
que menos puede un gigante
fuera que un enano dentro.


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Acto II
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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
Salen DIANA y LUCELA .
DIANA:

  Hizo tan justa elección
en el español la Infanta,
por ser como sabes tanta,
Lucela, su discreción
  a darle el honroso oficio
de secretario, que ha dado
contra el desdén profesado
muestras de su buen jüicio,
  Porque no sé yo de quién
puede hacer más confianza.

LUCELA:

O en ti o en ella hay mudanza
de aquel injusto desdén.
  Digo injusto pues lo es
aborrecer a los hombres.

DIANA:

¡Ay, Lucela!, no los nombres
si lo ha de saber después,
  que la temo de tal suerte,
que resisto sin razón
la forzosa inclinación
que de quererlos me advierte.
  Porque tú no habrás leído
que pueda posible ser
aborrecer la mujer
al hombre.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LUCELA:

Bien sé que ha sido
  general efeto en Laura
tratar de nuestra defensa,
porque desta suerte piensa
que su opinión se restaura.
  Mas tú, que a mi parecer
ya miras al secretario,
no firmarás lo contrario.

DIANA:

Dejará de ser mujer,
  pero está cierta, Lucela,
que pudiera ser que amara,
si para encubrillo hallara
algún engaño o cautela.
  No he mirado al español
sin cuidado, pero creo
que si fuese mi deseo
un átomo de su sol,
  Laura, con vista real
del águila más famosa,
le viera y aunque era cosa
justa, perfeta y igual
  amar por honesto fin,
temerosa de perder
su gracia no he de querer.

LUCELA:

¿Pues qué pretendes, en fin?

DIANA:

  Seguir su vana opinión.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
(Salen LAURA , JULIO y LISARDO .)
LISARDO:

Pues si es hombre ocasionado
la mujer, y le ha faltado
la perfeción del varón,
  como Aristóteles dice
en los físicos, señora,
¿cómo tu opinión agora
a la razón contradice?

LAURA:

  Secretario, si llamó
el filósofo con nombre
a la mujer de ser hombre
y perfeción le faltó,
  ya, por lo menos, confiesa
que lo pudo ser.

LISARDO:

Quedando
imperfeta, fue mostrando
que de hacer mujer le pesa.

JULIO:

  Tiene razón mi señora,
y parece que tú quieres
que haya mundo sin mujeres
y tantas como hay agora.
  Si las que nos han parido,
hombres parieran no más
y no nacieran jamás
más mujeres que han nacido,
  en justa razón me fundo,
términos son de argüir,
que habíamos de parir
para conservar el mundo.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

  Julio, la filosofía
solamente dio a entender
la imperfeción que en mujer
desde su principio había,
  que no que naturaleza
siempre engendrara varón
para dar más perfeción
al mundo, adorno y belleza.
  Ella atiende a lo mejor,
por eso el hombre lo es,
saliendo mujer después,
como que fue por error
  faltar a lo que pretende,
culpando los instrumentos
para obrar.

DIANA:

Tus argumentos,
Laura, mi señora, entiende,
  y se burla de ti y dellos,
pues esa misma razón
con que los hombres lo son,
le ha obligado aborrecellos.
  Dime alguno que haya sido
sin mujer.

LISARDO:

No puede ser.

DIANA:

Pues confiesa que aquel ser
de mujer le han recebido.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

  No, Diana, que le tiene
del hombre y esta cuestión
tratar en otra ocasión
con más decencia conviene.

LUCELA:

  Laura se ha de persuadir
y confesarse inferior.

LISARDO:

Eso es, o tener amor
o por lo menos sentir
  bien de los que le han tenido.

LAURA:

¿Yo amor, secretario, a quién?

LISARDO:

A un hombre.

LAURA:

Dices muy bien,
si el hombre hubiera nacido;
  mas mientras naturaleza
no hiciere por mi diseño
un hombre, es cosa de sueño
querer rendir mi firmeza.

LISARDO:

  Si le ha de hacer a tu gusto,
elige de los que están
en Palacio.

LAURA:

No tendrán
méritos, Lisardo, al justo.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

  ¿Luego, como oro en crisol
quieres que venga a poner
ese imaginado ser?

LAURA:

Eso quisiera, español.

LISARDO:

  ¿Y pensabas esperar
a que la naturaleza
pusiera tanta belleza
que te pudiera agradar,
  a que el hombre se formara
y fuera creciendo así
hasta ser perfeto?

LAURA:

Sí.

LISARDO:

En buena edad te alcanzara
  ahora; no en balde los sabios
hablaron de las mujeres
como sabes, pues tú quieres
satisfacer tus agravios
  con tantas sofisterías
y opiniones singulares.

DIANA:

Lisardo, cuando repares
en que ofenden las porfías,
  repara en que has de tener
tres enemigos aquí.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

Diana, no hay ser en mí
que no conozca su ser.

DIANA:

¿Pues qué pretendes?

LISARDO:

  No más
que argüir, que el argüir
no es lo mismo que sentir
la verdad.

LUCELA:

¿Luego darás
  más valor a la mujer?

LISARDO:

En cuanto haberme rendido,
pues muchos sabios han sido
dese mismo parecer.

LAURA:

  ¿Luego confiesas que aquello
que es más firme es lo mejor?

LISARDO:

No, señora, que el amor
hizo que diese el cabello
  Sansón a los filisteos.

LAURA:

¿Y ese amor de qué nació?

LISARDO:

De la hermosura que vio
para rendir sus deseos.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

  ¿Y esa hermosura en qué estaba?

LISARDO:

En mujer.

LAURA:

Pues si era suya
de aquesa fuerza, se arguya
que al más libre sujetaba.

LISARDO:

  No confesaré yo tal,
que también mata el veneno
y no por eso es más bueno
sino una cosa mortal.
  Desigual comparación,
pues los venenos son feos
y lo que rinde deseos
son belleza y perfeción.

LISARDO:

  Y una adelfa ponzoñosa,
¿no tiene alegre hermosura
cuando en hoja verde escura
produce encarnada rosa?
  Y una espada que despide
de su acero resplandor,
que al sol parece mejor
y con sus rayos se mide,
  ¿no mata y es en razón
espada hermosa y dorada?


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

Ni la adelfa ni la espada
matan con viva intención;
  la mujer sí, que al mirar,
cuando hay perfeción allí,
lleva las almas tras sí
y esto es rendir sin matar.
  Porque si mata el acero,
su hermosura ensangrentó;
la hermosura en mujer, no,
que rindió el alma primero.
  Venenos los cuerpos matan,
el alma no y la mujer
del alma lo suele ser.

JULIO:

También los cuerpos maltratan
  quitándoles la salud.

LISARDO:

Eso sí, Julio; defiende
nuestra parte.

JULIO:

No se entiende
en ofensa a tu virtud.

LAURA:

  Venid vosotros conmigo,
dejad a Lisardo aquí.

LISARDO:

¿Haste cansado de mí?


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

Eres muy flaco enemigo.

LISARDO:

  Bien dices, rendido estoy.

DIANA:

Quien rinde no está rendido.

LUCELA:

¿Qué dices?

DIANA:

Que no ha querido
rendirse.

JULIO:

¿Dónde vas?

LAURA:

Voy
  a entrenerme al jardín.

DIANA:

Venid conmigo, deseo
no os quedéis, porque no veo
destos principios buen fin.
(Vanse las damas y JULIO .)


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

  ¿Qué pretende mi loco pensamiento?
Volando al Sol con alas atrevido,
un loco amor que le ha desvanecido
por su hermosura en la región del viento.
Discúlpase de tanto perdimiento,
con decir que es mejor morir perdido;
que ninguno murió por atrevido
sin fama de su mismo atrevimiento.
Mas, ¿qué gloria, qué título, qué nombre
puedo esperar cuando me alienta el aura
de su favor, cuando el temor me asombre?
Pues es forzoso, si mi ser restaura,
ya que el ser aborrece por ser hombre,
dejar de ser para querer a Laura.
(Sale ALEJANDRO .)

ALEJANDRO:

  A dicha notable tengo
hallarte en esta ocasión.

LISARDO:

Aumentas mi obligación.

ALEJANDRO:

Lisardo, a pedirte vengo,
  que pues de aquesta cruel
solo tú mereces nombre
de agradable, por ser hombre
me des una parte dél.
  Ya te dije habrá seis días
mi amor y mis pretensiones.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

Quien no escucha tus razones,
¿cómo escuchará las mías?
  No ha un instante que conmigo
se enfadó sobre querer,
ensalzar siendo mujer,
nuestro mayor enemigo.
  Y como réplicas son
forzosas en argumentos,
cansose de mis intentos
y de mi justa opinión.
  Bien pudiera defender
Laura, Alejandro, las bellas
mujeres, pues hay en ellas
muchas que lo pueden ser
  por virtudes, por hazañas
y por otras mil razones,
pero no con opiniones
tan singulares y estrañas
  y dando en aborrecer
los hombres.

ALEJANDRO:

Esa vitoria
me ha de dar corona y gloria,
que al fin es Laura mujer;
  pero no sin tu favor,
porque yo, Lisardo, hallé
remedio para que esté
agradecida a mi amor.
  Manda mi casa, mi estado,
tú eres el Duque, yo soy
tu esclavo.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

Gracias te doy
del remedio que has hallado
  más que del ofrecimiento,
porque hallar cómo vencer
esta invencible mujer
me ha dado mayor contento.
  Y pues que de mí te fías
y te tengo de ayudar,
di: ¿cómo pudiste hallar
remedio en tan pocos días?
  ¿A qué monte de la Luna,
a qué Tesalia has quitado
las yerbas, o quién te ha dado
conocimiento de alguna
  que rinda su voluntad?


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
ALEJANDRO:

Viéndome yo, si el secreto
me guardas como discreto,
en tanta dificultad,
  supe que cierta mujer
hacer hechizos sabía
tales que solo podía
sus asperezas vencer.
  Y viéndome tan ajeno
del remedio que ya aguardo,
el antídoto, Lisardo,
hice del mismo veneno:
  venza mujer a mujer,
dije, y lábrese un diamante
con otro, y Laura constante
comience a saber querer.
  Consúltela y pide, en fin,
una cinta de su frente
o otra cosa solamente
que se dirija a este fin,
  con tal que ha de haber tocado
su cuerpo o rostro.

LISARDO:

No sé,
Duque, si crédito dé,
como le da tu cuidado,
  al hechizo que refieres,
si bien he visto y leído
que han desta suerte rendido
muchos hombres las mujeres.
  Pero si tan cierto estás,
prosigue, señor, tu intento,
que aunque es fuerte atrevimiento,
el rigor de Laura es más.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
ALEJANDRO:

  Faltan las cintas; que a ti
te será fácil entrar
donde las puedas tomar
y dármelas luego a mí.

LISARDO:

  ¿Está el misterio que toquen
su rostro?

ALEJANDRO:

No más.

LISARDO:

Pues parte
y déjame.

ALEJANDRO:

Si a obligarte
puede ser que te provoquen
  oro y diamantes, el suelo
que pisas haré cubrir.

LISARDO:

Tú has de vencer.

ALEJANDRO:

O morir.
(Vase.)

LISARDO:

Logre tu esperanza el cielo;
  estraña imaginación
querer vencer con hechizo
a Laura que el cielo hizo
de tan fuerte condición.
  Cintas pide, yo haré
que en otro sujeto pruebe
lo que puede y lo que mueve,
y que ella segura esté.
  Este es Julio, en él querría
hacer aquesta experiencia
porque contra toda ciencia
me valga la industria mía.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
(Sale JULIO .)
JULIO:

  Yo pienso que he de pedir
para dejar esta casa
licencia.

LISARDO:

¿Qué hay, Julio, amigo?

JULIO:

Los desatinos de Laura.

LISARDO:

Habrá dicho en el jardín
excelencias y alabanzas
de las señoras mujeres,
y de los hombres infamias.

JULIO:

Estábale yo diciendo,
dando materia las plantas,
que las unas con las otras
naturalmente se casan
y cómo no daban fruto
las palmas enamoradas
de aquellos racimos de oro
sin la vista de otras palmas.
Enseñábale las flores,
que medran con las que aman;
las aves, que solas lloran
y que acompañadas cantan;
y viendo el agua a una fuente,
díjele también que el agua
se casaba con la tierra,
y ella entonces, enojada,
con el marfil de la mano
rompió la sonora plata
y bañome rostro y cuello.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

Si fuera, Julio, Diana,
hoy eras ciervo y vivieras
las selvas.

JULIO:

Aun bien que hallara
compañeros en mi mal,
que no sienten su desgracia;
pero, ¿qué has hecho después
que te dejamos?

LISARDO:

Pensaba
de Laura en las asperezas
y por divertir el alma
a Aristóteles leía
y hallé una cosa estremada:
dice que el cuerpo que tiene
un niño cuando se halla
de siete años, aquello
y otro tanto, sin que haya
más o menos, tendrá hombre.

JULIO:

Si naturaleza falta,
hace un enano o que sale
mal formado de la estampa,
¿hará lo mismo también?

LISARDO:

¿Quién lo duda?


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
JULIO:

Cosa estraña;
los pintores dan, Lisardo,
a una figura gallarda,
tomando la simetría
del rostro, otros nueve y hallan
que entonces está conforme
y igual el cuerpo a la cara.

LISARDO:

Si nueve veces el rostro
forman el cuerpo que basta
hacer que tenga esbelteza,
como dicen en Italia,
resto podremos saber
con demonstración tan clara,
si eres perfeto.

JULIO:

¿Qué quieres?

LISARDO:

Medirte.

JULIO:

Detente.

LISARDO:

Aguarda,
que aquí traigo aquestas cintas,
prendas de una hermosa dama
y te mediré con ellas.

JULIO:

Siempre los hombres que andan
a saber curiosidades,
a cuantos tratan enfadan.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

¿Qué sabe el que no desea
hacer de las cosas raras
experiencia?

JULIO:

Si midieras
un hombre que por la espalda
tuviera a Sierra Morena,
y en el pecho a Guadarrama,
¿cómo pudieras saber
la verdadera distancia?

LISARDO:

Déjame medir tu rostro
desde el cabello a la barba.
{{Pt|JULIO:|
Parece que me santiguas.v

LISARDO:

Estate quedo y repara
en esta curiosidad.

JULIO:

Un hombre se lamentaba
de que la naturaleza
así barbase las caras,
que hubiese de haber barberos.

LISARDO:

¿Pues no es gente que nos causa
gran limpieza y que nos quita,
cada vez que nos desbarba,
diez años al parecer?


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
JULIO:

Es verdad, no se quejaba
sino de naturaleza.

LISARDO:

¿Luego era bien que criara
todos los hombres lampiños?

JULIO:

Solo eso para ser damas
falta alguno. Pero advierte
que la mayor arrogancia
de un hombre está en una silla,
aguardando la navaja,
con un babador al cuello,
sin saber si el que le rapa,
perdiendo el juicio entonces,
le cortará la garganta;
pues ver con cuánta crueldad
tuercen la boca y la pasan
a otro lado con tal gesto
que parece que regañan,
y tras esto, que después
la barba más estimada,
la que vio más bigotera,
gastó más tinta y más ámbar,
la lleven a la basura,
¿no es crueldad?


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

Mira que llaman
a la barba la hermosura
del hombre.

JULIO:

Ahora bien, ¿qué hallas
de mi rostro tengo nuevo
desde el cabello a la planta?

LISARDO:

No habrá pintor en el mundo,
Julio, que te ponga falta,
ni dama que no te quiera.

JULIO:

Como yo mire a las damas
con telas y con cadenas,
ninguna me pondrá tacha.

LISARDO:

[Aparte.]
(Yo voy a buscar al Duque
porque pruebe, y no con Laura,
en estas cintas su hechizo.)
Mira, Julio, ¿qué me mandas
que tengo que hacer?

JULIO:

El cielo
tan filósofo te haga,
que venzas de Laura el pecho.

LISARDO:

Ya he perdido la esperanza.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
(Vase LISARDO , sale LAURA y ARNALDO .)
ARNALDO:

  Dame ese gusto, así vivas.

LAURA:

Servirte, Arnaldo, deseo.

ARNALDO:

Como las ninfas te veo,
en Ovidio fugitivas.
  Mira que es forzoso ya
hacer aquesta elección.
príncipes gallardos son
y todo este reino está
  con amorosos deseos.
Agusto es muy gentilhombre
y Alejandro al de su nombre
vence en iguales trofeos.
  Elige, hermana, y tendrás
un esclavo en mí.

LAURA:

Sí haré,
aunque no sé si podré
si tanta priesa me das.
  Prueben la espada y la pluma
esos príncipes y quien
me pareciere más bien,
de ser mi esposo presuma.

ARNALDO:

¿Y qué han de hacer?

LAURA:

  Un torneo
de a caballo, no de a pie,
aunque en el de a pie se ve
cuanto imagina el deseo
  en gala, en talles y en brío.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
ARNALDO:

Mil dificultades hallo
en torneos de a caballo.

LAURA:

Yo lo imposible porfío
  y el de a pie niños, mujeres
le pueden ejercitar.

ARNALDO:

¿Y en qué han de poder probar
la pluma, como tú quieres?

LAURA:

  En un libro de alabanzas
de las mujeres.

ARNALDO:

No seas
tan bárbara.

LAURA:

Pues no creas
que tengan sus esperanzas
  de otra suerte posesión.

ARNALDO:

Ahora bien voy, aunque siento
que solo a tu casamiento
pretendes la dilación.
(Vase.)


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

  Enojado va mi hermano.

JULIO:

Con razón.

LAURA:

Julio, ¿aquí estás?

JULIO:

Buenas dos pruebas les das;
probarán vencerte en vano.
  Libro mandas escribir,
diez años han menester
si a Horacio se ha de creer,
que tantos suele pedir.
  Si bien hay hombres agora
de tanta sabiduría
que escriben diez en un día
y si de prosa, en un hora.
  Pero son, aunque lo pida
el vulgo, para quien vienen,
libros fímeras que tienen
veinte y cuatro horas de vida.

LAURA:

  Julio, llámame a Diana.

JULIO:

Voy a dalle el parabién
de que a querer hombre bien
tu pensamiento se allana.
(Vase.)


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

  De otra suerte lo dijeras
si supieras cuál estoy
y la venganza que doy
a los hombres tan de veras.
Yo vine a sus manos fieras
cuando menos lo pensé,
no sé cómo me fíe
de mi mayor enemigo;
pero si no fue castigo,
desdicha y venganza fue.
  ¿Quién me dijera que yo,
aunque es ley de Dios, amara
a mi enemigo y buscara
el veneno que me dio
quien menos lo imaginó?
Es al fin quien me ha rendido
y mayor venganza ha sido
que un hombre tan desigual
me ocasione a tanto mal,
¿cómo por él me ha venido?
  Pero primero que entienda
que le quiero, abrasará
el yelo y el fuego hará
que el campo del mar se encienda.
Seré, por más que me ofenda,
amor causándome enojos,
rendida, sin dar despojos,
fortaleza sin mudanza,
deseo sin esperanza,
y amor con vista y sin ojos.
  ¿Cómo podré defender
de las mujeres los hombres
si de parte de los hombres
amor me quiere poner?
Diligencias puede hacer,
pero no me ha de rendir
porque si un preso sufrir
puede un tormento y negar,
yo sabré amar y callar,
y a más no poder, morir.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
(Sale DIANA .)
DIANA:

  Julio dice que tu alteza
me llama.

LAURA:

Quise, Diana,
tratar contigo de amor;
sobre la lición pasada.

DIANA:

Grande es, señora, su fuerza.
Pruebas, con razones varias,
que se puede resistir
y alegas historias sacras,
con no menores discursos
de las que has leído humanas.
Así es verdad, pero advierte
que son tantas las contrarias
y tienen tantos ejemplos
de su fuerza en cuerpos y almas,
que como no entra en defensa
de las mujeres que alabas,
el amor de honesto fin
contradecirte pensaba
cuando estuviéramos solos,
que bien sabes que quien ama,
para el casamiento tiene
disculpa y aun alabanza.
Aristóteles, señora,
en los Físicos, ¿no trata
de que la Naturaleza
por el fin se mueve y llama
todas las cosas que miran
al fin, cosa necesaria?
Luego siendo el casamiento
el fin a que amor señala,
necesario es ver y oír.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

¿Y si se trata, Diana,
en ausencia un casamiento?

DIANA:

Ya por lo menos por fama
se oye, se ve y se desea,
y se enamora por cartas.

LAURA:

¿Y si lo tratan los padres?

DIANA:

La imaginación le basta,
pues por lo que ha conocido,
lo no conocido trata,
como el Filósofo dice.

LAURA:

¡Ay, Diana!, si no amaras,
no respondieras ansí.

DIANA:

Yo no amo, que tu gracia
estimo más que mi ser,
pero amara si te hallara
dispuesta, no digo a amar,
si es imposible en las causas
que das para no querer;
pero a confesar que es casta
la voluntad que ama, en fin,
que es ley divina y humana.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

Vencida de la razón
ya estoy un poco más blanda;
ya no tengo aquel rigor.

DIANA:

¡Gracias a los cielos, gracias
a tu ingenio!, que al fin dél
ha nacido esta mudanza.
¿Qué te importa, si defiendes
a las mujeres que amparas,
amar los hombres?

LAURA:

No sé,
amor que los celos causa
me ha de dar celos de todas,
pues mira si podré amallas,
en llegando a amar a un hombre.

DIANA:

Pues si amas a quien te ama,
¿qué celos puedes tener
de quien amas?

LAURA:

Nadie paga
tan al justo, Diana amiga,
que de obra o de palabra
no dé celos.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
DIANA:

¿Eso dices?
Como si quisieras hablas.

LAURA:

Sí quiero.

DIANA:

¡Válgame el cielo!
¡Dame la tierra que estampan
tus pies por tanta merced
como me has hecho!

LAURA:

Pues trata
tu amor conmigo, que quiero
como a toda mi privanza
decirte mis pensamientos:
en fin, ¿tú quieres, Diana?

DIANA:

Sí, señora, soy mujer.

LAURA:

¿A quién amas?

DIANA:

Amo, Laura,
al secretario Lisardo.

LAURA:

¡Ah, traidora!, no aguardaba
más de saber que tenías
amor.

DIANA:

¿Luego tú no amas?


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

No, enemiga, que esto ha sido
invención por verte el alma.
Trata luego de olvidar
a Lisardo, que si hablas
más en su amor no has de estar
en mi gracia ni en mi casa
y aun haré echarte del Reino.

DIANA:

No pensé que me estimabas
tan poco.

LAURA:

Vete de aquí.

DIANA:

Yo me iré, pues tú lo mandas.

LAURA:

Oye.

DIANA:

¿Qué quieres?

LAURA:

¿Lisardo
quiérete a ti?

DIANA:

Ni aun levanta
los ojos para mirarme;
que este pensamiento anda
entre mis ojos y yo.

LAURA:

Vete.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
DIANA:

¡Cuánto una apariencia engaña!
Díjele mi amor, erré;
triste queda, voy turbada.
(Vase.)

LAURA:

  ¿Qué es aquesto? Lisardo se ha atrevido
a rendir mi opinión libre y gallarda,
y aflígeme el amor, porque se tarda,
que es tirano que aflige resistido.
Síguele el corazón y convencido,
rendido, es fuerza lo que al fin aguarda,
y aunque resista, el alma se acobarda
y enferma la razón, se da a partido.
Mas yo, que con mi espíritu peleo,
defiendo mi razón con mi disculpa
y cuando ya se rinde mi entereza.
Antes quiero a las manos del deseo
morir del mal por encubrir mi culpa,
que buscar el remedio en mi flaqueza.
(Sale JULIO .)

JULIO:

  Basta, señora, que ya
se ha concertado el torneo;
solo en el libro el deseo
suspenso y confuso está.
  Pero buscarán poetas
que escriban.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

Sí buscarán,
pero pocos hallarán
si bien el nombre interpretas.
  Porque de ignorantes legos,
¿cómo se podrá fiar
competencia que ha de dar
a la fama tantos pliegos?
  En lo que toca al torneo...

JULIO:

Alejandro es más galán,
todos el premio le dan,
suyo ha de ser el trofeo.

LAURA:

¿Alejandro?

JULIO:

  Sí, señora.

LAURA:

¿Pues tiénesle inclinación?

JULIO:

Solo en su servicio son
mis pensamientos agora.

LAURA:

  No solías tú querer
a Alejandro.

JULIO:

Así es verdad,
porque es esta voluntad
acabada de nacer.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

  Pésame que se la tengas.

JULIO:

Aun con esta inclinación
quieres tomar ocasión
para decir que te vengas.
  Pues dime, ¿quién ha venido
como el Duque de Ferrara?
En su persona repara,
¡qué gallardo, qué lúcido,
  qué lindo rostro, qué talle,
qué discreción!

LAURA:

¡Calla, necio!,
si te compra amor con precio...

JULIO:

¿Por qué me mandas que calle?

LAURA:

  Porque te debe de haber
pagado para tercero.

JULIO:

¡Plega a Dios!, que si le quiero
más de por solo querer
  un hombre de tal valor,
ni él me ha dado cosa alguna,
que venga a tan vil fortuna,
que me trate mal tu amor.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
(Sale LISARDO .)
LAURA:

¿Este es Lisardo?

LISARDO:

  Quisiera
ser Virgilio, gran señora,
porque en tu alabanza agora
divinamente escribiera
  en justo agradecimiento
de haber rendido tu gusto,
a lo que es tan santo y justo,
como es ya tu casamiento.
  Está toda la ciudad
contenta y los pretensores
llenos de celos y amores,
sin hallar dificultad
  en pelear y escribir,
previniendo varias sumas
de dos maneras de plumas
para escribir y salir.
  Yo, que tengo inclinación
a alguno que no te digo,
por galán y por amigo,
y de mi propria nación,
  te suplico que me des
para el torneo un favor.

JULIO:

Si es a quien yo tengo amor,
pondreme, Laura, a tus pies.
  ¿Es Alejandro ese hombre?


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

No es Alejandro.

JULIO:

¿Pues quién?

LISARDO:

Agora no me está bien
que sepa nadie su nombre.
  Esto a mi señora pido.

JULIO:

El favor solo ha de dalle
a Alejandro, pues su talle
le tiene bien merecido.
  No hay caballero en la Corte
como Alejandro.

LAURA:

¡Ya estás,
necio! No me trates más,
aunque la vida te importe,
  de Alejandro, Julio, aquí
y vete luego.

JULIO:

Sí haré,
si te canso, mas yo sé
que te has de servir de mí.
  Y que por ser el señor,
que en todo a todos excede,
Alejandro solo puede,
Laura, merecer tu amor.
(Vase.)


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

  Esta opinión de Julio, gran señora,
se funda en interés.

LAURA:

Mejor pudieras
culpar la tuya, pues se atreve agora
a lo que no pensé que te atrevieras.
Sí sé que aqueste príncipe te adora
y es español. No digo que le quieras,
pero que tu favor solo deseo
para que más galán salga al torneo.

LAURA:

¿Príncipe y español?

LISARDO:

  Y que ha venido
solo a servirte.

LAURA:

¿Público o secreto?

LISARDO:

Secreto, que en su amor siempre lo ha sido
y yo por él lo mismo te prometo.

LAURA:

¿Pues cómo aquesas nuevas me has traído
si me conoces?

LISARDO:

Fuera yo indiscreto
si por otro interés que tu bien solo
solicitara amor al mismo Apolo.
  Que de que goce España tal princesa
recibo yo la gloria que le alcanza
al buen vasallo que lealtad profesa.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

Pues pierde para entrambos la esperanza,
que ni Ferrara me verá duquesa,
Nápoles reina, aunque su pluma y lanza
compitan en valor con las estrellas;
ni España, aunque su nombre ponga en ellas.
  Ya sabes que entretengo deste modo
al Rey, mi hermano. Si por dicha quieres
saber qué nombre ilustre me acomodo,
la vengadorasoy de las mujeres;
con esto, secretario, he dicho todo
cuanto puedo decir. No hay más que esperes.

LISARDO:

Brava resolución.

LAURA:

De aquí adelante
me llama, aunque mujer, Laura diamante.
  Y porque cierta bachillera dama
en ti pone los ojos, está cierto
que si sé que la quieres y te ama,
podrás llamarte en mi desgracia muerto.

LISARDO:

¿Dama me quiere a mí? ¿Cómo se llama?

LAURA:

Tú lo sabrás mejor y yo te advierto
que si miras mis damas este día,
verás tu muerte y yo veré la mía.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

  ¡Plega a Dios, mi señora, que los cielos
me priven de tu vista si he mirado
dama de tu palacio! Y si recelos
te han engañado...

LAURA:

No me han engañado.
 [Aparte.]
(Antes que tenga amor, me matan celos.
¿Qué es esto, amor? ¿Apenas engendrado,
ya sales por los ojos y la boca,
más que podrá el honor, la razón loca?)

LISARDO:

  [Aparte.]
¿Qué tiene Laura? ¡Cielos! ¿Qué es aquesto?
¡Cómo se turba Laura! ¿Quién me engaña?
¿Pensará pensamiento tan honesto
que soy yo aqueste príncipe de España?
De divinas colores se ha compuesto;
pues si la nieve de clavel la baña
destos vivos esmaltes y colores
bien puede mi esperanza tomar flores.
  ¿Atrevereme a ser tan atrevido?
Mas no, que su vergüenza me ha engañado.
¿Si piensa en el castigo merecido?
En eso la divierte su cuidado.
Amor, si las colores desto han sido
no vais por flores a su hermoso prado,
que puede ser que por tan gran locura
en áspides las vuelva su hermosura.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

  Lisardo, yo he pensado que sería
desta dama que digo atrevimiento.
Dame palabra que desde este día
no tendrás amoroso pensamiento.

LISARDO:

Mil palabras te doy, señora mía,
y no de aquellas que se lleva el viento,
que bien sé yo que quien servirte debe
ha de vivir más puro que la nieve.

LAURA:

  No te quiero tan nieve, ni tan puro,
mas si de casto amor quieres ejemplo,
mírame sola a mí, que ser procuro
de honesta voluntad heroico templo.

LISARDO:

Que te mire me mandas, yo te juro
por esos ojos que jamás contemplo
otra cosa que a ti.

LAURA:

¿Mis ojos juras?

LISARDO:

No ha sido error en cosas tan seguras.

LAURA:

  En efeto, quedamos concertados
que has de mirarme a mí.

LISARDO:

Sí, mi señora.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

Si una virtud nos lleva encaminados
no hay que tener temor.

LISARDO:

¿Quién teme agora?

LAURA:

De Diana nacieron mis cüidados.
¿Tú no la quieres bien?

LISARDO:

El alma adora
esa honesta virtud.

LAURA:

Lisardo, advierte
que tengo de quererte sin quererte.
  Con esto escusarás de amar ninguna
destas que mis liciones aborrecen.

LISARDO:

Aunque fuera Diana aquella Luna,
en quien del Sol los rayos resplandecen,
que no quiero más bien ni más fortuna
que saber que mis ojos te merecen;
dame el favor que pido, que es mi amigo
este español.

LAURA:

Pues tráele aquí contigo.

LISARDO:

  Harelo ansí, si me honras, Laura hermosa,
deste favor.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

Por darte gusto quiero
darle esta banda de color celosa.

LISARDO:

Volverla verde, aunque es azul, espero.

LAURA:

Secretario, ya sabes que es la cosa
más valiente el callar.

LISARDO:

Morir primero.

LAURA:

Quien calla su ventura a su esperanza,
lo que jamás pensó, callando alcanza.
(Vase LAURA .)

LISARDO:

  ¿Qué notables confusiones
son estas? ¿Qué pensamientos,
qué cifras, qué fantasías,
amor vencedor? ¿Qué es esto?
¿Qué dice Laura? ¿Qué tiene?
¿Si os ha engañado, si ha hecho
prueba de vuestro valor
con aquel sutil ingenio?
Burlas son, burlas han sido.
Volved, esperanza, al pecho;
no os vais, no subáis tan alto,
que os perderéis por el viento;
pues no os perdáis, aunque es justo;
mirad que dice el proverbio
que son las desconfianzas
efetos de los discretos.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
(Sale OTAVIO .)
OTAVIO:

¿Podré hablarte?

LISARDO:

Otavio mío,
tú vienes a lindo tiempo.
Alto, a prevenir caballos
y galas para el torneo.
Azules son las colores,
puesto que celos no tengo,
porque ya mis esperanzas
quieren disfrazarse en celos.
Pajes y lacayos viste,
que la estrella que deseo,
si sale a darnos favor,
nos vuelve a todos en cielo.
Tú vendrás vestido, Otavio,
que eres príncipe, diciendo
de Portugal, en España
por mi padrino y mi dueño,
así entrarás en palacio
como que asistes sirviendo
a Laura.


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La vengadora de las mujeres Acto II Félix Lope de Vega y Carpio
OTAVIO:

¡Paso, señor,
paso! ¿Estás loco? ¿Qué es esto?
Antes de hablarte palabra
me has dicho tantas que creo,
o que ya Laura te quiere
o que ya has perdido el seso.
Lo que es prevenir caballos
y galas para el torneo
es justo y digno de ti,
que entre tantos caballeros
no ha de faltar tu valor.
Mas ser yo príncipe, entiendo
que no es acuerdo acertado,
que haremos algún enredo
de que nos resulte daño.

LISARDO:

Yo no te pido consejo,
solo que calles te pido
y que me sigas te ruego,
que son leyes del criado
la obediencia y el silencio.


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Acto III
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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
Salen JULIO y LAURA, quitándose unas armas.
JULIO:

  Ya queda abierto el jardín.
Bien puedes, señora, entrar.

LAURA:

No me puedo desarmar
del todo.

JULIO:

Venciste, en fin.
  ¡Qué bizarra que has andado!

LAURA:

Guárdame, Julio, secreto.

JULIO:

En un diamante, en efeto,
he visto al sol engastado.
  Grande fue tu atrevimiento.

LAURA:

Mayor fue mi obligación,
aunque sepas la ocasión
no sabrás mi pensamiento.
  Y así has de tener paciencia.
(Vase.)

JULIO:

Esta vez vi armada a Palas,
¡oh, Laura hermosa!, que igualas
en las armas y la ciencia.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
(Sale DIANA .)
DIANA:

  ¿Quién es aquel caballero
que por el jardín entró?

JULIO:

Lo mismo pregunto yo,
y responde el jardinero
  que es del Príncipe criado.

DIANA:

  ¿Quién las llaves le daría?

JULIO:

No sé más de que es galán.

DIANA:

Yo sé que el precio le dan
de más fuerza y valentía;
  pero no a Laura, si es,
como tú dices, criado.

JULIO:

Antes pienso que le han dado
la vitoria al ferrarés.

DIANA:

¿Quién, a Alejandro?

JULIO:

  Pues quién.

DIANA:

Con el de lo blanco es risa.

JULIO:

Voyme.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
DIANA:

¿Y a qué, tan a prisa?

JULIO:

Debes de quererle bien

DIANA:

  Si es quien sospecho, es muy justo.

JULIO:

¿Quién piensas?

DIANA:

Laura.

JULIO:

¿Qué dices?
Laura.

DIANA:

No te escandalices.

JULIO:

Darasle estraño disgusto
  si sabe que lo imaginas.

DIANA:

Como se fue del balcón
a la primera ocasión
y cerraron las cortinas.
  creí que no estaba allí,
y agora viéndola entrar
acabé de confirmar
lo que entonces presumí.

JULIO:

  No creas que una mujer
emprendiera desatino
tan grande.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
DIANA:

Lo que imagino,
si no fue, pudiera ser;
  que mil valientes mujeres
han hecho hazañas iguales.

JULIO:

No quiero que las señales,
que basta que tú lo eres.
(Vase JULIO . Salen LISARDO y OTAVIO .)

LISARDO:

Hoy me quisiera matar,
vencido y desesperado.

OTAVIO:

  El de lo blanco, en efeto,
llevó el premio.

LISARDO:

Estoy celoso
de verle entrar más airoso,
más galán y más discreto.

OTAVIO:

  Mira que está aquí Diana.

LISARDO:

Retírate, Otavio, allí.
Perdonadme, que no os vi.
Lugar tendremos mañana;
  llámame su majestad.

DIANA:

¡Lisardo!


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LISARDO:

¡Diana hermosa!

DIANA:

Yo lo fuera, a ser dichosa,
en que tanta voluntad
  fuera de ti conocida.

LISARDO:

Otras veces desta culpa
te he dado a Laura en disculpa.
Laura, en fin, de mí servida,
  que me manda no mirar
a otra dama que a su alteza,
cuya virtud y nobleza
puedo honestamente amar.

DIANA:

  ¿Amar y mirar, Lisardo?

LISARDO:

Sí, con platónico amor.


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DIANA:

De aquel pasado rigor
no menos soltura aguardo.
  Será fuente detenida;
¡oh, qué furiosa ha de ser
en comenzando a correr,
a querer y a ser querida!
  Lisardo, a las ocasiones
es perderse el acercarse;
ya debe de rebelarse
Laura en sus mismas liciones.
  ¿Qué sirve quererse hacer
de tan varonil sujeto,
pues ha de ser en efeto
la mejor mujer, mujer?
  ¿O cómo se ha conocido
que la mayor fortaleza
de la mujer es flaqueza
y amor el mayor olvido?
  La más firme fue más vana;
la más grave, lisonjera;
la más dura fue de cera
y la más cuerda, de lana.
  ¡Quién la vio dar cada día
receptos contra los hombres,
dándoles infames nombres
de traidores a porfía!
  ¿Para qué fue tan tirana
de amor para honesto fin,
si había de ser en fin
la más honesta liviana?
  Quiera y déjenos querer,
porque vea a quien le toca
la más principal, más loca
y la de más ser sin ser.
(Vase.)


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LISARDO:

¡Otavio, Otavio!

OTAVIO:

  Señor.

LISARDO:

¿Qué has oído?

OTAVIO:

Lo que basta
para saber que contrasta
torres, como rayo amor.

LISARDO:

  Celosa parte Diana.

OTAVIO:

Laura viene.

LISARDO:

Allí me espera.
(Sale LAURA .)

LAURA:

Hablarte a solas quisiera.

LISARDO:

Lugar tendremos mañana,
  que el español viene aquí,
que hoy ha salido al torneo.

LAURA:

Llegue vuestra alteza.

LISARDO:

Creo
que es diferente el que vi
  y el que mi banda llevó
y hoy ha salido al torneo.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
OTAVIO:

Miráis con otro deseo
o lo estoy mirándoos yo.

LAURA:

  Caballero, si a una dama
es justo tratar verdad,
decidme quién sois, que en veros
justas sospechas me dais.
Lisardo dice que sois
príncipe de Portugal;
para vós pidió favores,
fieme de su lealtad,
no se los di para vos,
bien me podéis perdonar,
que no os he visto ni es justo
dar prendas sin voluntad.
El caballero que vi
con mi celosa señal,
otra vez perdón os pido,
más es, que vos sois, galán.
Decidme si lo merezco
por tener sangre real.
¿Quién es Lisardo y quién vós?

OTAVIO:

Señora, a la majestad
de vuestra heroica persona
no puedo ser desleal;
si vós me guardáis secreto,
sabréis quién soy.


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LAURA:

Si pensáis
que soy mujer, engañaisos.
Aunque las pretendo honrar,
yo os juro de no decir
cosa de que os venga mal,
aunque me cueste la vida.

OTAVIO:

Pues ya es razón que sepáis
que este es el gran Federico,
que habréis oído nombrar
príncipe de Transilvania,
famoso por tierra y por mar,
no Lisardo, ni español,
aunque español en amar,
que solos los españoles
aman con firmeza igual.
Salió de azul al torneo,
bien le vistes tornear,
bien vencer aventureros,
valiente como un Roldán,
pero está desesperado
de que perderos podrá,
pues le venció un caballero
que es como el Sol celestial.
Salió con rayos al campo
imposibles de mirar,
blancas armas, blancas plumas,
divisa de castidad,
y aunque este no ha parecido...


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

¡Basta, no me digáis más!,
sino dejad que le hable.

OTAVIO:

Los pies, señora, me dad.
(Vase.)

LAURA:

  Lisardo, ya se ha partido
el caballero español.

LISARDO:

Y yo vuelvo a ver mi sol
más claro y más atrevido.

LAURA:

  ¿Por qué no viste el torneo?

LISARDO:

Soy un caballero honrado;
vime pobre y obligado
de mi valor y deseo
  Y de envidia no he querido
ver tanto galán.

LAURA:

Yo fuera
quien diera, si lo supiera,
con que salieras lucido.

LISARDO:

  Beso la tierra que pisas,
pero, ¿quién te agradó más?

LAURA:

¿Son celos?


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LISARDO:

Tú lo sabrás.

LAURA:

Oye, español, sus divisas.

LISARDO:

  ¿Pues no me dirás primero,
pues le has hecho tal favor,
que has sentido del valor
del español caballero?

LAURA:

  Después, Lisardo, sabrás
cuánto se encubre en los buenos.
Oye agora lo que es menos,
mientras que sabes lo más.
  Después que Arnaldo en el supremo asiento
ocupó su lugar, y yo en el mío,
con alas de oro por el manso viento,
la fama de que soy el precio envío
al aplauso templado el instrumento.
Entró Alejandro con gallardo brío;
Alejandro, gran duque de Ferrara,
que el Sol a verle en su balcón se para.
  Con calzas verdes, armas blancas lleva,
pendiente al hombro un verde manto escuro
con mil yedras de aljofar, labor nueva,
de quien si álamo no, firme fue muro
con los padrinos y el aplauso eleva
el vulgo ya de su valor seguro.


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LAURA:

En un caballo de los vientos, pluma
de la clin al codón rico de espuma,
  afirmose en el sitio ya dispuesto
y entró con más soberbias que ventajas
el príncipe de Nápoles al puesto;
las altas piezas de la vista bajas,
fuerte caballo, de color honesto,
danzando al son de las templadas cajas,
manto, penacho y calzas carmesíes,
sembrado de granadas de rubíes.
  Siguiole Enrique de Campania, conde,
en un rucio rodado corpulento,
que a las trompetas con gemir responde
celoso de seguirlas por el viento.
Su pensamiento un negro manto esconde,
aunque quiso decir su pensamiento,
pues entre mil estrellas circunstantes
se mostraba una luna de diamantes.
  El alemán gallardo Lucidoro
entró arrogante de leonado y plata
en un melado que del carro de oro
del sol, para vencer al sol, desata.
Y con igual belleza que decoro
la rienda a un bayo florisel dilata
de pardo y naranjado, tan gallardo
que toda a la inquietud parece pardo.
  Aquí llegó Rodulfo Palatino
al son de la vaqueta, levantando
un overo español cuyo camino
parece que en el aire va buscando;
otra vez a la tierra más vecino
parece que en el agua va nadando.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

Calzas, plumas y manto negro lleva,
de algún antiguo amor tristeza nueva.
  Entre otros muchos, para no cansarte,
bizarro tu español la plaza mide,
sobre color azul, al mismo Marte,
que a la esfera del Sol rayos despide.
Un tostado alazán como con arte
naturaleza a círculos divide,
y en los matices que uno en otro embebe
sobre negro color manchas de nieve.
  Mi banda vi que el pecho le partía,
que si como era azul, fuera dorada,
la eclítica del Sol viera aquel día
de más vivas estrellas matizada.
El alazán tan a compás venía,
que al tiempo de asentar la planta herrada,
dijeras, cada vez que en alto vuela,
que tomaba consejo con la espuela.
  Describirte el valor con que, arrogante,
cuando le obliga la señal que enristre,
convertido en un monte de diamante,
pasó la lanza de la cuja al ristre,
serán las luces que sustenta Atlante
querer que a cierto número registre:
Muchos venció, gloriosa estaba España
de verle ya señor de la campaña,
  cuando sin otra música ni trompa,
padrinos, prevención, nombre ni fama,
hizo que la de todos interrompa
un caballero, que el mejor se llama,
todo de blanco. La soberbia pompa
mostró en servicio de su casta dama
hasta el caballo blanco y por los fines
lazadas blancas sobre ricas clines.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

  Sobre las armas una esfinge bella
cuya letra decía: «Yo me entiendo».
Lleva airoso, aunque cifrado en ella,
cuanto el casto color iba diciendo;
entró en el campo con tan buena estrella
que a tu español y a los demás venciendo,
quedándose primero en la vitoria;
de todos se llevó la palma y gloria.
  Yo, entonces, la opinión de que no pueden
quererse bien, los hombres puse en duda;
porque si las virtudes tanto exceden,
confesaré que su valor se muda.
De hoy más, conmigo acreditados queden;
y más cuando tu ingenio les ayuda;
que eres, Lisardo, tal, que es bien que esperes
que te rinda el valor de las mujeres.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

  Laura, de tu relación
quedo celoso de suerte,
que con disfrazada muerte
me has engañado a traición.
El español con razón
puede estar desesperado
pues, habiendo levantado
sus esperanzas al cielo,
quedó como suele al yelo
arroyo por verde prado.
  Ese blanco caballero
que dices que te agradó,
diré que a mí me venció,
pues por él de celos muero,
pero ya deberle quiero
que te obligase a querer.
Mas, ¿qué no podrá vencer
hombre, que tan arrogante
pudo ablandar el diamante
de tan valiente mujer?
  En fin, ¡oh, Laura!, estarás,
si no tierna, agradecida
de verte de hombre querida;
que no quisiste jamás,
esto me consuela más,
ya que desdichado fui,
pues es fuerza que de mí
y del alma que te adora
tengas lástima, señora,
porque la tengan de ti.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

  Menos ternura, Lisardo.
¡Flaqueza en ti! ¿Qué es aquesto?
¡Yo amor! ¿Qué dices? ¡Tan presto!
Pues ves cuánto mi honor guardo;
si sabes que me acobardo
no digas que yo he querido
blasonar de lo que he sido,
sabiendo cuánto es mejor
vivir sin tener amor
que cautivar mi sentido.
  [...]
Habla pues.

LISARDO:

Fáltame aliento.

LAURA:

¿Tú tienes celos de ti?

LISARDO:

De mí, Laura, no los tengo.

LAURA:

El caballero que dices
no vendrá más, esto es cierto.
¿Qué hay de la lición primera?

LISARDO:

Agora que te contemplo
como mandaste, y te miro
cuanto honestamente debo,
si de segunda lición
te parece que ya es tiempo,
aquí me tienes, que el alma
me sirve de libro abierto.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

Pasar adelante puedes
del mirar, si bien honesto.

LISARDO:

¿A qué, Laura?

LAURA:

A desear.

LISARDO:

Segunda lición, deseos;
a la tercera, esperanzas,
¿adónde diréis que llego?
Pero ya sabes, señora,
que si no es habiendo puesto
término al deseo, puede...

LAURA:

No lo digas, ya te entiendo.
Desea no desearme.

LISARDO:

Para un estudiante nuevo
es esa buena lición;
que vuelvo atrás te confieso
y de aprender desconfío.

LAURA:

Pues desea que lleguemos
a declararnos los dos.

LISARDO:

¿Y qué me darás si vengo
a desear declararme?


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La vengadora de las mujeres:107

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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

[Aparte.]
(Y plega a Dios, que tus ojos,
Diana, se pleguen presto.)
¿Hay tal modo de matarme?
[Aparte.]
(Vete, Lisardo, que quiero,descomponerme con esta.)

LISARDO:

[Aparte.]
Mira que importa el silencio.
(Vase.)

LAURA:

  Tú, Diana, ¿no venías
a traerme ese recado?

DIANA:

Y no te habrás engañado.

LAURA:

Pues bien, ¿qué es lo que querías?

DIANA:

  Como me has dado, señora,
liciones de aborrecer,
las quisiera de querer,
para querer desde agora.
  Que ya pienso que podrás,
pues ya quieres bien.

LAURA:

¿Yo? ¿A quién?


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
DIANA:

A Lisardo quieres bien;
honestamente no más.

LAURA:

¿Yo a Lisardo?

DIANA:

  Pues si no,
déjamele a mí querer,
que aún no le dejas volver
la libertad que me dio.

LAURA:

¿Que te quería?

DIANA:

  Si él me quiere,
¿será mucho?

LAURA:

Eso es mentira.

DIANA:

Ya tu lenguaje me admira.

LAURA:

Digo que por mí se muere.
  Y que por saber quién es
correspondo a un justo amor,
que yo sé que su valor
me disculpará después.
  Y cuando llega a decir,
quien es de mi calidad,
que tiene amor, ¿es maldad
quererlo contradecir?
  Diana, en resolución,
yo amo, deja de amar,
que no es este tu lugar.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
DIANA:

Soy tu igual.

LAURA:

Tienes razón,
  pero con la diferencia
de mi parienta y mi dama.
Ama, pues hay tantos, ama,
que de hoy más tienes licencia.
  Mira y no me des enojos,
si amar tu gusto desea,
como a Lisardo no sea,
que te sacaré los ojos.
(Vase.)

DIANA:

  ¿Hay semejante rigor?
¿Hay locura semejante?
¿Pero qué firme diamante
no vuelve de cera amor?
  ¡Ay de mí!, perdí mi bien;
perdí toda mi esperanza.
(Sale LUCELA .)

LUCELA:

¿Tú triste? ¡Tanta mudanza!
¿De quién te quejas?


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
DIANA:

¿De quién?
  De Laura, Lucela, en fin
mujer, ama Laura ya.
Declarada Laura está
y a su desdén hizo fin.
  Y para que lo confirmes,
Lucela, basta saber
que edificios de mujer
duran poco tiempo firmes.
  ¿Qué falta no les ponía?
¿Qué culpas no les hallaba?
Sus traiciones infamaba
Laura de noche y de día.
  ¿Pero quién ha de creer,
aunque amor su ser restaura,
viendo tal ejemplo en Laura,
cosas dichas por mujer?
  Ama si quieres amar,
que ya nos dice que amemos,
como a su amor observemos
aquel sagrado lugar.
  Ama desde hoy, mas sin pena,
pues ya quedan sus liciones
cubiertas de mil borrones
y escritas en el arena.
(Vase.)


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LUCELA:

  ¡Dulces vitorias de amor!
¡Levantad blasones altos!,
pues nunca se han visto faltos
de nobleza y de valor.
  ¿Para qué Laura blasona
y lo que enseña no hace,
y al amor que la deshace
hoy sus triunfos no perdona?
  Ame, pues nació mujer,
pues solo por amar
han venido a sujetar
muchas reinas su poder.
(Vase. Salen AGUSTO , ALEJANDRO y ARNALDO , con acompañamiento.)

AGUSTO:

  Ya que diste licencia que tan breve
el libro fuese, generoso Arnaldo,
conociendo de Laura el pensamiento,
manda que luego se presente el libro,
que aunque del precio estoy desconfiado,
no perderé en las letras si en las armas
no tengo la ventura que merezco.

ARNALDO:

Para serviros cuanto puedo ofrezco;
a Laura quiero hablar y sepa Laura
que son injustas ya sus dilaciones.

ALEJANDRO:

Darás con obras alma a las razones.
Más vale un libro solo, si ha cifrado
lo más que muchos sabios han escrito.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
AGUSTO:

De la hermosura de la bella Elena
dos mil libros y más escribió Dídimo,
pero cansados todos y que fueran
más estimados cuando fueran menos,
siquiera porque son pocos los buenos.

ARNALDO:

Yo doy palabra que mañana, y antes
si puede ser, pronuncie la sentencia,
que no se ofende en esto la excelencia
de la virtud, ingenio y gallardía,
piedad, valor, modestia y cortesía
de la mujer a quien se rinde el hombre;
antes es gloria de su mismo nombre.

ALEJANDRO:

Con esto quedas, Príncipe, advertido
de lo que más conviene a mi descargo.

AGUSTO:

Prospérente los cielos.

ARNALDO:

Y levanten
vuestros heroicos hechos a las cumbres,
emulación de las celestes lumbres.
(Vanse AGUSTO y ALEJANDRO , sale LAURA .)

LAURA:

  ¿Qué es lo que tratáis de mí?


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
ARNALDO:

Laura, estos príncipes quieren,
de las causas que refieren,
hallar los premios en ti.

LAURA:

¿Han escrito?

ARNALDO:

  Ya han escrito.

LAURA:

Presenten los libros.

ARNALDO:

Creo
que dilatas su deseo.

LAURA:

Di que a Penélope imito.

ARNALDO:

  ¿Quién lo duda, si deshaces
por la noche, Laura mía,
la tela que todo el día
con tanto artificio haces?

LAURA:

  Júntalos, que ya deseo
sacarte de ese cuidado.

ARNALDO:

Voy en tu amor confiado
con ansias de ver tu empleo.
(Vase.)


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

  Ya se acerca, pensamiento,
sin poderse detener,
el decir que soy mujer
y que sus efetos siento.
¿Qué pretendo ya? ¿Qué intento
cuando amor me castigó?
¿Qué necia! Pensaba yo
que sin el hombre pudiera
vivir de aquesta manera,
y al mejor tiempo faltó.
  Perdonen las que lo son,
que no es esto hacer ofensa
a la primera defensa
que dio mi imaginación,
defenderlas es razón.
Yo las quiero defender,
mas no dejar de querer
al hombre, que sin el hombre
aun no está seguro el nombre
desto que llaman mujer.
(Sale LUCELA con un papel.)

LUCELA:

  Por no hablarte en cosas mías
con enojo, este papel
te dirá lo que por él
tan al contrario entendías.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

  ¿Pues tú me das memorial?

LUCELA:

Y muchas después también,
para que oyéndolas bien
no salga el decreto mal.
(Lea.)

LAURA:

Lucela, hija del Conde Teodoro,
dice que, por haber servido
a vuestra alteza cuatro años y haber seguido
sus opiniones, no ha querido bien a nadie.
Suplico a vuestra alteza le dé una lición de querer,
pues ya vuestra alteza quiere.
  ¿Pues a quién quieres amar?

LUCELA:

A Agusto.

LAURA:

Pues si es tu gusto,
habla norabuena a Agusto,
que no puedo estorbar.

LUCELA:

  Páguete, señora, el cielo
tanto bien, tanto favor.
(Vase.)

LAURA:

¿Hay tal enredo de amor?
Mayor desdicha recelo.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
(Sale DIANA con otro papel.)
DIANA:

  Si estás para decretar
este memorial agora,
hazme esta merced, señora,
pues tienes tiempo y lugar.

LAURA:

  ¿Has hablado con Lucela?

DIANA:

Ni la he visto.

LAURA:

Muestra a ver;
cosa que viniese a ser
algún engaño o cautela.
(Lea.)
Diana, prima de vuestra alteza, dice que, pues que vio tan imposible el amor de Lisardo, le ha puesto en Alejandro; pide y suplica a vuestra alteza sea servida darle un pasaporte de querer, no se le antoje mañana otra cosa y pierda lo que ha querido tanto tiempo.
  ¡Basta, villanas! ¿Qué hacéis,
burla de mí? ¿Qué es aquesto?
¡Dos memoriales tan presto!
¿Cómo ya mi amor sabéis?
  ¡Vete y no vuelvas aquí,
¿Hay tal burla, hay tal maldad?

DIANA:

Vengueme de la crueldad
con que se vengó de mí.
(Vase DIANA , sale LISARDO .)


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

  ¿Dónde me llevas, amor,
  entre tantas esperanzas
de llegar al mayor precio?
No me mates como a necio
por injustas confianzas.
  Aquesta es Laura divina,
mal dije, humana es mejor,
pues ya por serlo, a mi amor
piadosamente se inclina.

LAURA:

¿Es Lisardo?

LISARDO:

  El mismo soy,
que venía triste a verte,
sospechoso de mi muerte,
que pienso que ha de ser hoy.

LAURA:

  Por ti, Lisardo, padezco
notables persecuciones.

LISARDO:

¿Para qué dabas liciones?

LAURA:

¡Para!, que ya te aborrezco,
  pues tú también me das, vaya.

LISARDO:

No te enojes, que al amor
ningún trabajo o temor
le enflaquece o le desmaya.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
(Sale JULIO .)
JULIO:

  Huélgome que estéis agora
juntas dos habilidades,
dos monstruos y dos ingenios
en el mundo singulares.
Dos ángeles, y no es mucho,
pues conviene con el ángel,
el hombre, como sabéis,
en una de las tres partes.
Yo quiero bien, y pues ya
dan licencia que se trate
en esta casa de amor,
dadme un remedio que baste
para no querer.

LAURA:

¿Por qué?
Si es amor para casarte,
Julio, lícito es amor.
Ama, que no es como de antes.

JULIO:

Es muy forzoso olvidar.

LAURA:

¿Es en persona mudable?
¿Es en mujer imposible?
¿Quiere bien en otra parte?
Dime la causa.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
JULIO:

La causa
es tan fuerte que me salen
colores al rostro, Laura,
y se me altera la sangre.

LAURA:

¿A quién quieres?

JULIO:

Quiero a un hombre.

LAURA:

¡Jesús!, el cielo te guarde
de dar en tan grande error.

JULIO:

No ha sido en mi mano amarle.

LAURA:

Julio, si amando a mujer
no es el amor medicable,
amando a un hombre, ¿qué esperas?

JULIO:

Que algún escolar me saque
este espíritu del cuerpo.
¡Que ni que calle o que hable,
que esté velando o durmiendo,
de mis sentidos se aparte
Alejandro!

LAURA:

¿Quién? ¿El Duque?

JULIO:

¡Que esto por un hombre pase!
Yo he de perder el juicio.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LAURA:

¡Grande lástima!

LISARDO:

Notable;
pero aquí aparte me escucha
que de su remedio trate.
Alejandro me pidió
que unas cintas tomase
para hechizarte con ellas.
Yo, por no ver hechizarte,
si a otra persona engañaba,
quise que en Julio probase,
y fingiendo que medía
su rostro, llegué a su carne,
dile las cintas y ha hecho
la hechicera que le ame
Julio. No le digas nada
hasta el día de tus bodas,
así los cielos te guarden.

LAURA:

Doy la palabra. Al fin, Julio,
dice el sabio Lusuarte
que para olvidar a un hombre
es menester que te bañes
dos veces en agua fuerte
y que con sal y vinagre
te laves después muy bien,
y que cuatro noches andes
descalzo sobre garbanzos.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
JULIO:

¿Estudiastes eso aparte?
¡Gentil decreto en verdad!

LISARDO:

Pues dime, Julio, ¿no sabes
que los mayores remedios
mayores dolores traen?

JULIO:

¿Haste desenamorado
de alguna ocasión bastante
con este récipe tú?
¿Por ventura te bañaste
con agua fuerte que gasta
las piedras y aun los diamantes?
Con sal y vinagre curan
los toros que vivos salen
de las garrochas del coso,
mas no a los pobres amantes.
Aun ya pisar los garbanzos
pudiera hacerlo, que un paje
que en penitencia le dieron
que en las suelas los echase
de los zapatos y echolos
cocidos por no picarse.
¿Qué haré, triste, que me muero
por Alejandro?

LAURA:

No hables
desa suerte.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
JULIO:

¿Qué he de hacer?
¡Si no puedo, aunque me maten!
¡Pobre Julio, yo soy muerto!
¡No amara yo una comadre,
una vieja, una hechicera,
una tal con treinta parches,
una con papos de mona
que se pusiera el almagre
con la mano del mortero;
una setentona fácil
teñida en cola de buey
los blancos caniculares!
¡Un hombre, un hombre! ¿Qué haré?

LAURA:

 [Aparte.]
¡Temiendo estoy que se mate!

LISARDO:

Tu hermano viene. Después
intentarás consolarle.
(Salen ARNALDO , ALEJANDRO , AGUSTO , LUCELA , DIANA y acompañamiento.)

ARNALDO:

Laura.

LAURA:

  Señor.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
LISARDO:

  [Aparte.]
Laura, mi muerte ha llegado.

LAURA:

No temas.

LISARDO:

  Temo, señora,
aquel caballero fuerte,
blanco en que acertó mi muerte.

ARNALDO:

Laura, no puedes agora
  escusarte de pasar
por lo que tú misma quieres.

LAURA:

Bien vengaré las mujeres
si me obligas a casar.

JULIO:

  ¿Pues qué venganza mayor?

AGUSTO:

En esta proposición
más muestras tu discreción
que en las pasadas rigor.

ARNALDO:

  Faltando, heroicos señores,
aquellos dos caballeros,
blanco y azul, que primeros
se han de llamar vencedores,
  pues no deben de querer
casarse o ya lo estarán,
pues no parecen ni dan
para este caso poder,
  Alejandro es el mejor
y el que ha escrito en alabanza
de la mujer cuanto alcanza
ingenio, industria y valor.
  Y así, con licencia mía,
puede merecer su mano.


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ALEJANDRO:

¡Dichosa mi buena suerte!
¡Voy por un premio tan alto
de mi amor y mis deseos!

LISARDO:

Eso no, porque si el blanco
caballero no parece,
el azul la está esperando.

ARNALDO:

¿Pües quién es?

LISARDO:

Yo soy.

ARNALDO:

¿Qué dices?

LISARDO:

Que he ganado
el premio que está propuesto.

ARNALDO:

¿Pues cómo, no eres Lisardo?

LISARDO:

Para ganar esta empresa
con ese nombre me llamo.

ARNALDO:

¿Pues quién eres?

LISARDO:

Federico,
el príncipe transilvano;
y porque veáis que fui
el vitorioso en el campo,
aquesta es la banda azul.


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AGUSTO:

[Aparte.]
(Valedme, industria, ¿qué aguardo?)
Federico, si el segundo
fuiste, por primero gano,
que soy aquel caballero
a quien todos llamáis blanco.
Bien sabéis que es Laura mía
y que merezco su mano.

LAURA:

Con mentira no. Que yo,
por mostraros que ha llegado
el valor de las mujeres,
al más vitorioso lauro,
armada en blanco salí
a venceros y a mostraros
cómo salí con mi intento.

LISARDO:

Das un imposible caso
que no es casarte, señora,
y así merezco tu mano,
por el segundo lugar.

ALEJANDRO:

Ese le toca a Alejandro,
porque no has escrito el libro
y yo en el libro he ganado
primero lugar a todos.
presentación del que agora
para su alabanza traigo;
que si la de las mujeres
con razones has probado,
yo presento un libro vivo,
que es Laura, en que estáis mirando
las virtudes y excelencias,
y todo el valor cifrado
que hay en todas las mujeres.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
ALEJANDRO:

¿Cuándo se admita el engaño
con que procedes aquí?
Es contra lo decretado
darte a Laura, porque fuiste
su criado o secretario,
y tercero de mi amor,
que en un caballero honrado
es afrenta.

LISARDO:

A lo que dices
yo respondiera en el campo,
que nunca yo fui tercero,
ni de tu amor he tratado
con Laura.

ALEJANDRO:

Testigos tengo.

LISARDO:

¿Qué testigos, Alejandro?

ALEJANDRO:

Estas cintas que me diste
de Laura.

LISARDO:

Pues has llegado
a tratar tu misma afrenta.
Sabe, generoso Arnaldo,
que quiso hechizar a Laura
y me pidió del tocado
cintas para hacer con ellas
que le amase, pero en vano,
porque dándole estas cintas,
que a Julio el rostro tocaron,
Julio ha estado, por hechizos,
de Alejandro enamorado.


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La vengadora de las mujeres Acto III Félix Lope de Vega y Carpio
JULIO:

¿Hay tal maldad? ¡Vive Dios
que quiero desafiaros!
Mas pedir primero al Rey
se duela de los trabajos
que he pasado amando a un hombre
sin saber cómo ni cuándo.
Dadme las cintas, que quiero
quemarlas, y lleve el diablo
Antes yo, pues aquí hago
cuantos se valen de hechizos,
que solo han de ser amados
por sus méritos los hombres.
Y el que fuere cojo o manco,
o tuviere otros defetos,
que suelen ser tras los años,
hechizo con el dinero,
que es el hechizo más sabio,
y ahorrará de guedejas,
bigoteras y estofados.

ALEJANDRO:

Bien pudieras, Federico,
escusar, siendo obligado
al secreto por quien eres
decirle, oyéndole tantos;
pero yo te haré entender
(Va a meter mano.)
si los caballeros...


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ARNALDO:

Paso,
que si Laura tiene amor
al príncipe transilvano,
no querrá verle en peligro
antes de verle en sus brazos.
Laura, ¿quiéresle?

LAURA:

Sí, quiero.

JULIO:

¡Oh, gracias al cielo santo
que confiesas que hombre quieres!

ARNALDO:

Alejandro, si casaros
con Laura no fue posible;
Agusto, si os ha quitado
el premio por más ventura,
aquí os están esperando
Diana y Lucela.

ALEJANDRO:

Doy
a mi Diana la mano.

AGUSTO:

Y yo a Lucela.

JULIO:

Y yo estoy
por impedir, como damo,
el matrimonio del Duque.

LAURA:

Yo me he rendido, senado,
y pues vivir no es posible
sin hombres, yo me caso.
No pierda La vengadora
de las mujeres, pues tanto
cuanto aborrecerlos quise,
tanto los estimo y amo.
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