La vida de San Pedro Nolasco (Versión para imprimir)

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Elenco
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La vida de San Pedro Nolasco Félix Lope de Vega y Carpio


La vida de San Pedro Nolasco

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



EL CONDE DE MONFORT.
EL CONDE DE TOLOSA.
SAN PEDRO NOLASCO.
PIERRES, soldado.
ESPAÑA.
FRANCIA.


EL REY DON JAIME.
DON JUAN.
SAN RAIMUNDO.
LA VIRGEN.
EL DEMONIO.
ALIFA, mora.


MULEY, su padre.
DON LUIS DE MONCADA.
FRAY GUILLERMO.
ITALIA.
ALÍ, moro.
ZULEMA, moro.


DOÑA TERESA.
AUDALLA, moro.
DON FERNANDO.
[UN ÁNGEL]
Soldados.


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Acto I
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La vida de San Pedro Nolasco Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Toquen cajas y trompetas, y salgan soldados y bandera, y el CONDE DE MONFORT, General.
MONFORT:

  Haced alto, soldados de la Aurora,
madre del Sol, cuyo animado cielo
dejando intacto tu virgíneo velo
comunicó a la tierra
la luz que el Serafín temblando adora.
Haced alto, soldados de la guerra,
tan parecida a la que el cielo tuvo
con el Lucero que tan loco estuvo,
que la tercera parte le destierra.
Aquella contra el Sol tomó la espada,
y esta contra la Luna,
a quien nunca el dragón miró eclipsada,
ni ofendió su cristal mácula alguna.
Aquella fue de la criatura ingrata
contra el Criador, y en esta un hombre trata
hacer guerra cruel a una criatura
tan celestial y pura
que a su Criador crio, por quien la vida
el hombre tiene; que lloró perdida.
Hizo Luzbel a Dios guerra en el cielo,
y a su Madre Purísima en el suelo
el Conde de Tolosa;
a quien echar de toda Francia espero.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MONFORT:

El Conde, que siguiendo la herejía
del Albigense fiero
contra la siempre y limpia, y toda hermosa
cristífera María,
dulce Aurora del Sol, Madre del día,
otro Luzbel se atreve
al pie divino, cuya blanca nieve
de celestial angélica limpieza
le ha de romper la bárbara cabeza.
Que yo imitando al Ángel soberano,
que de Dios se llamó la fortaleza,
pienso copiar las letras de su mano;
que si Miguel «¿Quién como Dios?» decía,
yo diré al Conde «¿Quién como María?».

SOLDADO:

¡Cuán justamente, valeroso Conde,
a tu sangre justísima responde
el valor desta empresa!
Pues vemos que no cesa
la Albigense herejía
en ofensa del cielo de María
por las armas del Conde de Tolosa.
Pero como la rosa
entre lazos de espinas más lozana
estiende agradecida a la mañana
la pompa de las hojas,
unas de puro nácar y otras rojas,
así será la Reina soberana,
que las ofensas de enemigos tales
no han de ofender su virginal limpieza,
que a defender su cándida pureza
bajarán de sus tronos celestiales
las intelectuales
sustancias de los cielos,
que tiene ya de nuestras armas celos.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Entre de soldado francés SAN PEDRO NOLASCO y PIERRES, su criado.)
PEDRO:

  Aquí cesó mi jornada.

PIERRES:

Tu intento conozco agora.

PEDRO:

Gracias a aquella Señora
por quien me ceñí la espada.

PIERRES:

  Pues ¿cómo vienes a ser
soldado contra tu tío?

PEDRO:

La Madre del Padre mío
eso y más me mandó hacer.
  Porque si es mi tío el Conde,
que en tan grave error porfía,
al ser mi Madre María
más obligación responde;
  que parentescos del suelo,
que hoy niegan lo que era ayer,
¿qué tienen, Pierres, que ver
con las defensas del cielo?


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La vida de San Pedro Nolasco Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PIERRES:

  Cierto negro y su señor
eran de dos Cofadrías
Mayordomos en los días
de la Semana mayor.
  Acaso las procesiones
en una calle encontradas,
anduvieron a puñadas,
y arrimaron los pendones.
  El negro, Iglesia me llamo,
y el amo, Perro decía,
a tu amo y respondía:
en cosa de Dios no hay amo.
  Vamos a morir los dos,
porque en cosas de María
no ha de haber tío ni tía,
sino solamente Dios.

PEDRO:

  Llego.

PIERRES:

Llega.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PEDRO:

Ilustre Conde,
cuya generosa espada
vuelve diamantes el Sol
desnuda a la misma causa.
Por quien el godo Ilefonso
mereció joya tan alta,
que de sus rayos la luna
vistió el cuerpo y honró el alma.
Yo soy don Pedro Nolasco,
y sucesor de la Casa
de los señores de Bles,
y los Duques de Bretaña.
Rama Real, como sabes,
de la familia de Francia,
Guillermo y Teodora fueron
mis nobles padres, mi patria
el villaje de Narbona,
imperando en Alemania
Enrico nací, y teniendo
en Roma la silla sacra
celestino, mi niñez,
Conde, prodigiosa llaman.
Referirla no presumas,
que es efeto de arrogancia.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PEDRO:

Mas porque sepas qué intento
me obliga a tomar las armas,
en esta mano derecha
luego que a la lumbre clara
salí del Sol, un ejambre
de abejas, ausente el ama,
fabricó un panal de miel,
cuya maravilla rara
vio de Gregorio la boca.
¡Ay Dios, quién puede imitarlas!
Acudieron aquel día
tantos pobres a mi casa
como abejas a mi mano.
Dios sabe, Conde, la causa.
Pero apenas cuatro veces
dio vuelta la mayor llama
por sus paralelos de oro
a sus esferas de plata,
cuando por mi propia mano
daba limosna y lloraba
si soltaba para algunas,
supliendo el llanto la falta.
Lleváronme de seis años
a Narbona, mi crianza
le debo a Gaufredo, monje
de san Bernardo, que estaba
cuando a su casa llegué
con la condesa Costanza,
hija de Francés Luis.


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PEDRO:

Desde esta edad ya me daba
rayos la luna María
anticipados al alma.
No me sentaba a la mesa
con pariente que tocaba
en la Albigense herejía,
y con notable desgracia,
si me tomaba en los brazos,
de los brazos me arrojaba.
Por enojar los herejes
buscaba imágenes santas
desta divina Señora,
y en todo el palacio andaba
haciendo altares con ellas,
y con el alma esperanzas.
Enfermé en esta sazón,
y como tanto me amaban
los Condes, con ser Domingo
el santo Guzmán de España,
y grande enemigo suyo,
con encarecidas ansias
le rogaron que me viese;
viome, y fue su virtud tanta
que me dio salud, y cuentan
que dijo tales palabras:
«Ojalá sea mi venida
de tanto provecho a Francia
como ha de ser deste niño
la suya a España mi patria».


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PEDRO:

Busqué luego de qué hacer
una bandera, y pintada
la imagen de mi Señora,
en su defensa formaba
ejército contra herejes.
Finalmente publicada
la Cruzada contra ellos,
y sabiendo que te daban
los Legados Apostólicos,
Francia, Inglaterra, Italia
el bastón de General
para esta empresa, la espada
me ceñí para servirles
contra mi sangre y mi casa.
Alístame en tus banderas,
sea mi ventura tanta,
que ser soldado merezca
de aquella Paloma blanca,
de aquella Cordera humilde,
cuyo vellón de la escarcha
del Espíritu de Dios
bordó las hebras doradas,
de aquella vara de Aarón,
en cuya divina vara
podrás llevar por bandera
sus flores de blanco y nácar.
Escríbeme por esclavo
de quien dijo que era esclava,
que ya el nombre de María
le tengo escrito en el alma.


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MONFORT:

  Tanto ha sido el contento de escucharte,
ilustre Pedro de Nolasco, y tanto
el gozo de saber tu celo santo,
que para interrumpirte no fue parte
la estimación que a tu valor debía
en justa cortesía.
Dame los brazos, que en tu rostro he visto
escrita la vitoria
para triunfo mayor, para más gloria.
Del Aurora de Cristo,
ya quedas por soldado de María.

PEDRO:

Dichoso Conde yo, dichoso el día.

PIERRES:

¿Y a mí no han de escribirme,
que soy en su defensa mármol firme?

MONFORT:

¿Cómo os llamáis soldado?

PIERRES:

En lo latino
Petrus, y más hidalgo que un tocino,
Pietro en italiano;
Pierre en francés, y Pedro en castellano.
Que en Cataluña Pere me apellido.

MONFORT:

Vos quedáis recebido;
yo, Pedro, voy a prevenir la gente
que tengo al Conde de Tolosa enfrente,
sigue la empresa a que te llama el cielo.


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PEDRO:

En él espero el premio de mi celo.
(Váyanse y queden SAN PEDRO y PIERRES.)

PEDRO:

  Para entrar en la batalla,
Pierres, que ya nos espera,
quiero hacer una bandera,
que no hay acerada malla,
  ni peto fuerte sin Dios,
que es el que da las vitorias,
como por tantas historias
habemos visto los dos.
  Cuando el salado cristal
sepultó al Egipcio fiero,
no fue en virtud del acero,
que fue poder celestial.
  Pastor David, rey después,
la piedra esconde al Gigante
en la cabeza arrogante,
y le derriba a sus pies.
  ¿Cómo pudiera dejar
Judit con golpe violento
del fuerte Asirio sangriento
el pabellón militar
  sin Dios, que el valor le dio?,
¿ni caer de gente armado
al son del bronce animado
el muro de Jericó?
  Jacob y el Ángel, los dos
luchan, y piden partido,
el Ángel, tan atrevido
es con Dios, quien tiene Dios.
  En la bandera que digo
quiero una imagen poner
de quien hoy ha de vencer,
que no el Conde a su enemigo.
  Tú verás con qué osadía
mata a Sísara Jael,
y al fuerte Asirio cruel
la nueva Judit María.


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PIERRES:

  Y cómo si será cierto
que esa bandera le espante.

PEDRO:

Ya veo al fiero Gigante
de polvo y sangre cubierto.
  Las cinco letras del nombre
desta Virgen han de ser
las piedras que he de coger,
para que al blasfemo asombre.
  La eme, que dice Madre,
le da bien claro a entender
cuán pura y limpia ha de ser
para Hijo de tal Padre.
  La A, que del parto antes
como en él, y después dél
fue puerta de Ezequiel
de impenetrables diamantes,
  produce un torpe animal
la tierra negro en color,
que de la rosa el olor
es su veneno mortal.


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PEDRO:

  Pues la erre, es Rosa hermosa,
Virgen, matereisle vos.
¡Notable poder de Dios
que mata con una Rosa!
  La cuarta piedra será
I, por su jardín cerrado,
campo del trigo sagrado,
que el pan de los cielos da.
  La quinta piedra, A, segunda,
será el Ave de Gabriel,
pues que para hablarla en él
tan dulce oración se funda.
  Honda será sin igual
de cinco piedras gloriosa,
Madre siempre, Virgen Rosa,
Jardín y Ave celestial.

PIERRES:

  Ya con ellas adivino,
que le quitas dos mil vidas,
siendo en arroyo cogidas,
más puro y más cristalino.
(Cajas.)
  Cajas suenan, al encuentro
sale el atrevido Conde.

PEDRO:

La furia exterior responde
al alma que tiene dentro.
  Ea pues, divino Sol,
san Jorge, dice el inglés,
san Dionís, dice el francés,
y Santiago, el español.
  Pero yo tengo de ser
solo vuestro, Reina mía.
Pierres.


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PIERRES:

Señor.

PEDRO:

Di María.
Por quien hoy se ha de vencer
  la furia de los contrarios,
y su rebelde porfía.

PIERRES:

Diré mil veces, María,
diré setenta rosarios.


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(Suene dentro la guerra con cajas y trompetas, y salga el CONDE REMÓN DE TOLOSA huyendo.)
REMÓN:

  ¡Oh varia siempre militar fortuna,
más que en el resto del estado humano!
¿Qué confianza reservaste alguna?,
¿a quién no derribó tu injusta mano?
Pusiste en el Alcázar de la luna
al Persa, al Godo, al Griego y al Romano,
los mismos derribaste, que no tienes
ni pena en males, ni firmeza en bienes.
  Si algunos das, fortuna, son prestados,
que es trato vil de tu mayor ganancia,
pues firmes aún no son los heredados
en llegando el rigor de tu inconstancia.
Amanecí, señor de mis Estados,
y desta tierra en lo mejor de Francia,
y antes del medio día apenas tengo
más tierra que por donde huyendo vengo.
  ¿Adónde vais soldados? Deteneos,
daréis con más valor al enemigo,
en las manos siquiera los trofeos,
y no en los pies, con que también os sigo.
Estampas dejarán pasos tan feos,
por donde os sigan, si venís conmigo.
Volved, que añade al vencimiento gloria,
quien da por las espaldas la vitoria.


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REMÓN:

  Oh soldado cruel, ¿qué valentía
trujiste en la bandera que llevabas?,
que menos ciega el Sol a mediodía,
que el escudo que en ella tremolabas.
Pero si con la imagen de María,
que no con el acero peleabas,
¿qué me admiró tiniendo aquel escudo,
el cielo absorto y el infierno mudo?
  Cuando en virtud de la Pasión de Cristo
venció Miguel la guerra, allí tendría
parte su Madre, pues que della es visto,
que aquella pura sangre tomaría.
Desde entonces parece que previsto
quedó el vencer la celestial María,
que es bien que tenga, y que a su nombre cuadre
en vitorias de Dios parte su Madre.
  Erré siguiendo herejes neciamente,
del dragón imitando la cabeza,
y así me quiebra vuestro pie la frente
que osó negar vuestra Real limpieza.
Díjole a Dios un Cesar insolente:
«Venciste Galileo, a tu pureza,
María diré yo con voz más triste,
venciste Nazarena, ya venciste».


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(ESPAÑA y FRANCIA salen cada una en su traje ricamente.)
ESPAÑA:

  ¿Pensarás, Francia, salir
con tu intento?

FRANCIA:

Advierte, España,
que es Pedro mi hijo, y tiene
sangre de reyes de Francia.
¿Quítote yo a ti los tuyos?

ESPAÑA:

Por vuestras ciudades anda
fray Domingo de Guzmán,
que con celo santo trata
limpiar del trigo de Cristo
esta pertinaz cizaña.
Las reliquias de mi Eugenio
aún están depositadas
en ti, pues ¿de qué te quejas?

FRANCIA:

Fundaba yo mi esperanza
en lo que ha de hacer en ti.

ESPAÑA:

Amor de madre te engaña.
No porque Francisco agora
venga a España, pierde Italia.
Los Apóstoles partieron
entre sí para enseñarlas
las cuatro partes del mundo,
y yo para gloria tanta
de Diego tengo la fe;
Diego, que en tantas batallas
me ha defendido y defiende,
y no por eso su patria
está quejosa de mí.


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FRANCIA:

Es diferente la traza
con que mi Pedro se ausenta,
pues viendo que de su casa
echan al Conde su tío,
me olvida y me desampara
para vivir y morir
en ti.

ESPAÑA:

¿Pues no es justa causa?

FRANCIA:

No, pues que deja la propia
por honrar la tierra estraña.

ESPAÑA:

La orden y el instituto
que Pedro Nolasco aguarda
fundar en mí, verás presto
como por ti se propaga.
Un árbol de donde nace,
a otra parte se trasplanta.

FRANCIA:

Dar en otra tierra el fruto
condición parece ingrata,
pues donde nace le debe.

ESPAÑA:

Más debe el árbol al agua
que a la tierra, porque el cielo
es quien le sustenta y baña.
Y así, pues el cielo quiere
sustentarle en mí, no hagas
resistencia a sus intentos.


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FRANCIA:

Si las aguas de su gracia
le favorecen, y él quiere
que en ti se comience, España,
edificio que se estienda,
por cuanto el Sol se dilata,
yo dejo la competencia.

ESPAÑA:

Será de la Iglesia santa
general, Francia, la gloria
y tuya será la fama.
Ya estamos en Barcelona,
donde dejando las galas
de soldado y caballero
en hábitos pobres anda.
En obras de caridad
se entretiene, y son ya tantas
entre las demás virtudes
que su pureza acompañan,
que le respeta y imita
la ciudad, que toda alaba
su santidad y su ejemplo:
padre los pobres le llaman.
Que el panal que las abejas
en su mano edificaban,
con dulce auspicio mostró
sus liberales entrañas.


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ESPAÑA:

Como le destina el cielo
para religión tan alta,
en una congregación
parece que ya la ensaya.
Que como el pintor diseña
primero en papel que entabla,
y antes que el pincel el lápiz
los lineamentos señala;
así Pedro en esta junta
de las figuras que aguarda
dar de colores después,
altas ideas disfraza
en pequeñas simetrías,
de sus pensamientos mapa.
Mas como suele el Maestro
al que enseña, porque vaya
copiando su misma forma,
para que sepa imitarla,
tomar la mano y la pluma.
Así con dulce enseñanza
le toma la mano el cielo,
y él los principios estampa
en esta Congregación
de su religión sagrada.
El Rey tiene ya noticia
dél, y no menos le aclama
Raimundo su confesor,
hombre de vida tan rara,
que ya como a otro Basilio
coluna ardiente le llaman.
Y porque veas que digo
verdad, oye, y no te vayas
a los dos que hablando en él,
aumentan mis esperanzas.


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(Entre el REY DON JAIME y SAN RAIMUNDO.)
RAIMUNDO:

  Después, señor, que le vi,
y le hablé, me pareció,
que la fama no llegó
a lo que en él conocí.
Esperanzas presumí
de notable perfección.

ESPAÑA:

Este es el Rey de Aragón,
y el otro el santo Raimundo.

FRANCIA:

No tienes, ni tiene el mundo
dos luces como ellos son.
  Jaime y Raimundo serán
gloria y honor deste reino.

JAIME:

Venturoso yo, que reino,
Raimundo, en siglo que están
luces que ejemplo me dan
tan cerca de mi persona.
Estimo que en Barcelona
esté don Pedro.

RAIMUNDO:

Florece
su virtud.


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ESPAÑA:

Ya resplandece,
Jaime, tu invicta corona.
  Estimar en tierna edad
los reyes la religión,
seguros indicios son
de lograr la Majestad.
¿Pondrá Jaime en libertad
este reino del tirano
bárbaro moro africano,
y tendrá por su valor
nombre de Conquistador
mejor que Alejandro Magno?
  Ven conmigo, que te quiero
mostrar un rey en Castilla,
que ya en la fértil orilla
del Betis armado espero,
si bien hasta que un tercero
Filipe reine, estaré
sujeta al Moro, y tendré
reliquias de mi desdicha.

FRANCIA:

Los cielos te darán dicha
para que ensalces su fe.
(Éntrense ESPAÑA y FRANCIA, y salen SAN PEDRO y PIERRES, y DON JUAN, viene el santo con sotanilla.)

JUAN:

  El Rey os está esperando.

PEDRO:

Un ángel en él contemplo;
pero tan divino ejemplo
está en Raimundo imitando.
  Dad Príncipe soberano
a vuestra hechura los pies,
aunque indigno dellos es.


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PIERRES:

Bizarro mozo, y ¡qué humano!

JAIME:

  Los brazos, don Pedro, son
los que os debo; alzaos del suelo.

PEDRO:

Hizo en vos, señor, el cielo
un ángel rey de Aragón.

JAIME:

  Mirad que somos parientes,
no quiero que estéis así.

PEDRO:

Infundid, Príncipe, en mí
virtudes tan excelentes.
  Que quien llega a merecer
brazos de tanto valor,
ha de sacar resplandor,
parte del sol ha de ser.
  Vos generoso Raimundo
debéis de ser la ocasión
desta injusta estimación.

RAIMUNDO:

En justa razón la fundo,
  dejando la parte aparte
de vuestro gran nacimiento,
en vuestro merecimiento
tantas virtudes reparte
  el cielo, señor don Pedro,
que verlas el mundo puede
como el cedro al mirto excede,
y como la palma al cedro.
  El Rey ha determinado,
como prudente y discreto,
que sois don Pedro en efeto
su deudo, que aposentado
  estéis en palacio agora.


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PEDRO:

Señor.

RAIMUNDO:

No le repliquéis,
que no es justo.

PEDRO:

¿Vos no veis
que su grandeza desdora
  la humildad de mi bajeza?

JAIME:

Yo gusto desto.

PEDRO:

Señor,
quedarase este favor
en vuestra misma grandeza.

PIERRES:

  El Rey se va, llegar quiero.
Deme Vuestra Majestad,
que de su benignidad
tal favor y gracia espero,
  lo que quisiere de sí,
o sean pies, o sean manos,
que con reyes tan humanos
es justo hablarlos así.

JAIME:

  ¿Quién sois?

PIERRES:

Sombra soy, señor,
del buen don Pedro, mi amo.


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JAIME:

¿Cómo os llamáis?

PIERRES:

Yo me llamo,
pero tengo algún temor
  de pronunciar tantas erres,
que es mi nombre ocasionado
para después de brindado,
porque en fin me llamo Pierres.

JAIME:

  Sois buen soldado.

PIERRES:

No soy,
ni tal tentación me ha dado,
por don Pedro fui soldado,
pero siguiéndole voy,
  aunque no me va tan bien,
que me hace santo por fuerza,
si bien su virtud me esfuerza;
pero no se muda bien
  una costumbre que ya
viene a ser naturaleza.

JAIME:

Pues ¿qué hace?


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PIERRES:

Ayuna, reza,
y siempre elevado está.
  Si se pone en oración,
no hay comer en todo el día,
y aun esto ya pasaría,
que no falta la ración.
  Pero no puedo sufrir
unas ciertas colaciones,
compuestas de canelones,
que me manda requerir.

JAIME:

  Notable debe de ser
la virtud deste mancebo.

PIERRES:

Con que me sufre la pruebo,
que no hay más que encarecer.
  Que como toda su hacienda
para pobres ha vendido,
y muchas veces he sido
a quien el darla encomienda,
  siente que los trate mal,
porque quiere tanto un pobre,
que no hay remedio que sobre,
para comer un real.

JAIME:

  Santo varón es Nolasco,
Pierres imitalde vos.


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PIERRES:

Nolasco somos los dos,
que él es el 'nol', y yo el 'asco'.

RAIMUNDO:

  El Rey se va, yo os veré
después, y hablaré de espacio.
(El REY y RAIMUNDO se van.)

PIERRES:

Ya estás, señor, en palacio.

PEDRO:

Favor de Raimundo fue.

PIERRES:

  Aunque del Rey el favor
tus pretensiones mejora,
temo que vuelvan agora
cuando lo sepan, señor,
  tus parientes a buscarte,
y por ventura querrán,
como intentado lo han,
volverte a Francia y casarte,
  que este ha sido su deseo.

PEDRO:

Intentan un imposible.

PIERRES:

Ya me parece posible,
pues en palacio te veo.


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PEDRO:

  Anticipando a mis años,
Pierres, la razón el cielo,
con la luz de un santo celo,
no de humanos desengaños,
  hice a la hermosa María
enamorado y devoto,
de limpieza eterno voto
de su Concepción el día.
  Mira tú, ¿cómo podrán
casarme, por más que intenten?

PIERRES:

Ellos que tu ausencia sienten
con este cuidado están.


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PEDRO:

  Diferentes son los míos
desde que de mí fue vista
sobre la alfombra de un prado
una generosa oliva,
tan lozana en los renuevos
y ramos, que parecía
para bendición de España
la que el Rey profeta pinta.
Pero en torno della estaban
con una fiereza altiva
algunos feroces hombres,
que sus pimpollos rompían.
A los ecos de las quejas,
de las ramas divididas,
compasivo el mismo cielo,
favor al mundo pedía.
Que puesto que nunca Dios
de nosotros necesita,
quiere tal vez que los hombres
para instrumento le sirvan.
Con esto pues no sosiego
por ver si el cielo me avisa
de alguna cosa que ignoro,
que en esta oliva se cifra.
Quién fuera Edipo cristiano
para declarar la enigma
desta Esfinge celestial.


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PIERRES:

Mas si fuese aquesta oliva
las espigas de Josef,
y viniesen algún día
a adorarte tus parientes.

PEDRO:

Allí, Pierres, te retira,
y tratemos de oración,
que no hay cosa que ella pida,
que no la alcance de Dios.

PIERRES:

Mientras que tú solicitas,
que de ese misterio santo
te corra el Sol la cortina,
quiero yo dormir un poco.

PEDRO:

¡Qué presto al sueño te aplicas!
Mientras que hablaba Moisés
a Dios, Israel vencía,
pelea tú con el sueño
y vencerás.


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PIERRES:

No me digas
comparaciones, por Dios,
que del cansancio del día
en la cuna de los ojos
se me han dormido las niñas.
Y pues la Escritura acotas,
a mil personas dormidas
revela Dios grandes cosas;
que la escala que tenía
pasos de la tierra al cielo
por sus estremos asida,
durmiendo la vio Jacob.
Si un ángel despierta a Elías,
y le advierte que le queda
camino de tantos días,
haz cuenta que soy enebro,
y duermo a mi sombra misma.


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(SAN PEDRO se pone de rodillas y PIERRES se duerme.)
PEDRO:

  Virgen hermosa, oliva cuyas flores
dieron el olio que nos dio la vida,
cándida Aurora, que del Sol vestida
cielo y tierra cubrió de resplandores.
Tú que de Dios los círculos mayores
cuadraste en tu clausura esclarecida,
donde la inmensidad se vio ceñida
de tus siempre purísimos candores;
¿qué oliva que pretende maltratalla,
es esta que provoca a socorrella
con lenguas de hojas cuando el mundo calla?
Decidme si podré favorecella,
que si decís que puedo remedialla,
iré a buscalla, y moriré por ella.
(Aquí en un trono de ángeles abriéndose una nube, se ve a la VIRGEN Nuestra Señora.)
  ¡Qué música celestial
debe de ser la harmonía
del concierto destos cielos!

VIRGEN:

Pedro.

PEDRO:

Señora divina.


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VIRGEN:

Yo soy la oliva del campo,
tú para defensa mía
quien ha de tomar las ramas
de una celestial milicia.
Con mi nombre y mi favor
una religión fabrica,
que por mi blanca pureza
hábito blanco se vista.
El nombre de redentor
de Jesús mi hijo imita
en rescatar los cristianos,
que los bárbaros cautivan.
Esto los hombres feroces,
y la oliva significan.
Hazme este servicio, Pedro,
pues tanto a mi honor te inclinas
y funda este Templo santo
de tantas colunas vivas,
que el premio de tu cuidado
en los tesoros se libra
de mi Hijo, que yo soy
la llave de quien los fía.
Lo mismo al Rey le diré,
y a Raimundo, porque asistan
al instituto sagrado.


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PEDRO:

Blanca paloma vestida
del Sol, cándida azucena,
más que los ángeles limpia,
¿de dónde me vino a mí
hacerme aquesta visita
la Madre de mi Señor?
Vos seréis obedecida
con el alma que os adora.
Mas ay Dios, Virgen bendita
de todas cuantas naciones
el mar cerca, y el Sol mira,
que os vais, y no puedo yo
como Jacob detenía
al ángel, asir el manto
por vuestra dorada fimbria:
allá venía el Aurora,
y aquí se va.
(Quedándose elevado despierta PIERRES.)

PIERRES:

A quién fatigan
cansancios más que cuidados,
no hay suelo que le resista.
Donde quiera tiene el sueño
cama con sábanas limpias,
cualquiera banco es colchón,
cualquiera pared cortina.
Oigan cuál está mi amo:
¡ah señor! Fuese a las Indias
del cielo. ¡Ah señor don Pedro!
Por esos cielos camina
como un ángel. ¡Ah señor!


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PEDRO:

¿Quién es quien me llama?

PIERRES:

Mira
que se acuestan las lechuzas,
y se levantan las mirlas.

PEDRO:

¿Es tarde?

PIERRES:

No sino el alba,
¿no ves por esas esquinas
ir pregonando agua ardiente?

PEDRO:

¿Amanece?

PIERRES:

Y aun podría
anochecer otra vez.

PEDRO:

¿Qué amaneció tan aprisa?,
pero ¿qué has hecho entre tanto?

PIERRES:

¿No viste que me dormía?
Mas te prometo, señor,
que no sé cómo te diga
un sueño notable.

PEDRO:

¿Cómo?


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PIERRES:

Soñé que unos hombres vía
desnudos y miserables
en unas cuevas sombrías,
que cargados de cadenas
favor al cielo pedían,
y que una persona grave
de hábito blanco vestida,
bordado de estrellas de oro,
que daban al Sol envidia,
los tomaba de la mano,
y a una reina, cuya silla
era una luna de plata,
con humildad compasiva,
se los presentaba alegre.
Pero a los que no salían
vi que unos hombres feroces
les daban palos y heridas.
Mas como dijese a uno
que era crueldad lo que hacía,
alzó el palo para darme.
Yo con el susto y la prisa
de ir huyendo desperté,
y vi que tú parecías
aquel del hábito blanco.

PEDRO:

Vamos, vamos, ¡qué gran dicha
fuera estar siempre con vos,
alto ciprés, verde oliva,
fuente pura, hermosa palma!
Mas creed, que mientras viva
seréis, Señora mía,
el norte solo que mis ojos miran;
y yo por ellos, divina Virgen bella,
blanco de la Merced, que en mí comienza.


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Acto II
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PIERRES en hábito de lego de la Merced, y un PEREGRINO.
PEREGRINO:

  Holgareme de saber
cosa tan nueva y estraña.

PIERRES:

¿Vos solo sois en España,
peregrino?

PEREGRINO:

Vine ayer
  de Marsella a Barcelona,
y como el hábito vi,
la novedad presumí.

PIERRES:

Es en mi humilde persona
  de menos autoridad,
pero en religiosos graves
veréis las cándidas aves
que pintó la Antigüedad
  al carro en que andar solía
la diosa de los amores,
que llevan llenas de flores
el de la reina María.

PEREGRINO:

  Algo desto en Francia oí.


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PIERRES:

Pues aunque no estoy de espacio
os diré de aquí a palacio
cuanto ha pasado.

PEREGRINO:

¡Ay de mí!

PIERRES:

  Celebrado el Concilio sacrosanto
contra el hereje bárbaro Albigense,
a Pedro de Nolasco, varón santo,
de la parte de Francia Narbonense,
la hermosa Virgen, que él amaba tanto,
para que tanto amor le recompense,
cercada apareció de serafines,
como el Alba vestida de jazmines.
  Al rey don Jaime de Aragón, mancebo
de gloriosos principios, ya Raimundo,
el uno en armas Alejandro nuevo,
y el otro en santidad Pablo segundo,
con más rayos esplendidos que Febo
cuando sale del mar y ilustra el mundo,
se apareció también, y divididos
así llenó de gloria sus oídos.
  Fundad una religión
con hábito blanco y puro,
que sea defensa y muro
de la española nación;
de cautivos redención,
y de la Iglesia coluna
en esta adversa fortuna
del francés y el español.


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PIERRES:

Con esto en hombros del Sol
se fue a su esfera la Luna.
  Volviendo el rey don Jaime a Barcelona
favorecido, alegre y admirado,
de las cortes que tuvo en Tarragona,
y el caso entre los tres comunicado,
con auspicio feliz de su Corona
al acto milagroso convocado
lo mejor de su reino, tuvo efeto
con luz divina el celestial conceto.
  Pintar la procesión y el aparato
real del Templo, aun no supiera Homero,
cuánto más mi ignorancia su retrato,
que a tantas plumas remitirle quiero.
El día pues, que fue tan dulce plato
asado en las parrillas un cordero,
un Laurencio español, sacro Levita,
esta alegre ciudad al cielo imita.
  Predica el gran Raimundo, bien notorio
es su ingenio divino, y por estenso
el milagro refiere al auditorio
atento al caso, y al favor suspenso.
Llegando de la Misa el Ofertorio,
el Obispo le dio con gozo inmenso
a Pedro, que mil lágrimas vertía,
el hábito del Alba de María.


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PIERRES:

  Después de institüida la sagrada
religión de la Virgen contra infieles,
otra se instituyó, que con la espada
sus incursiones templará crüeles,
y de las barras de Aragón honrada
escudos a la fe siempre fieles,
y de la Iglesia titular encima
la blanca Cruz el pecho los anima.
  Después destos insignes caballeros,
y de otros sacerdotes se previno
Pedro de doce ilustres compañeros,
apostólico número divino.
Los fundamentos que le dio primeros
fueron en su palacio, peregrino
y santo celo, convertirle en Templo
de su real posteridad ejemplo.
  Las rentas, los derechos que este santo
Ezequías nos dio para sustento,
y redimir cautivos, cuyo llanto
piadoso escucha, y favorece atento,
es liberalidad que pone espanto,
y más para servicio y ornamento
reliquias, piedras, perlas, oro y plata,
con que todo se aumenta y se dilata.
  Ya no bastan las casas que ha fundado,
tantos le piden con humilde ruego
que los admita al hábito sagrado,
el cielo absorto y el infierno ciego.
En fin, entre los muchos que han tomado
estas ramas que veis, profeso lego
soy hombre docto en libros de cocina,
y vuestro esclavo soy, Virgin divina.


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PEREGRINO:

  Pesar de mi mala suerte,
¿esto tenemos agora?,
¿qué me quiere esta Señora,
causa de mi eterna muerte?
  ¿Hasta cuándo ha de poner
sobre mi cerviz la planta?

PIERRES:

Oíros hablar me espanta,
moro debéis vos de ser.

PEREGRINO:

  Moro soy, pues donde moro
todo es noche y confusión,
no se admite redención
por ningún mortal tesoro.
  La luz del sol no gobierna
mis años, ni ley mis bríos,
tengo los cautivos míos
en una mazmorra eterna.
  Sola una vez romper vi
sus cerrojos y candados,
pero eran depositados,
que no cautivos por mí.
  Para darles libertad
aún no tiene Dios poder,
porque allí no importa ser
ni Merced, ni Santidad.
  El primero Redentor
que Pedro quiere imitar,
pudo aquellos rescatar
con diferente valor.
  Pero después en mi Argel,
y Constantinopla fiera
no hay precio, aunque Pedro muera
por los cautivos como él.


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PIERRES:

  ¿Moro, y con ese vestido?
Espía sois.

PEREGRINO:

Siempre fui
espía.

PIERRES:

En venir aquí
se ve que sois atrevido.
  En este palacio entráis,
donde está el Rey de Aragón,
¿y de nuestra religión
y redención os quejáis?

PEREGRINO:

  El Rey, a quien me atreví,
por palacio tiene el cielo,
mirad si reyes del suelo
me pondrán temor a mí.
  En el cielo me hallé yo
cuando Dios, que en él reinaba
a los ángeles criaba,
y cuando al hombre crio
  en el Paraíso estuve,
y en el infierno me vi
cuando rescató de allí
los que por cautivos tuve.
  Mira tú si con razón,
viendo yo los que me quita
este Pedro, que ya imita
de Cristo la redención,
  pues que las almas rescata,
que tal vez niegan la fe,
con justo enojo estaré.


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PIERRES:

¿Que vos sois la sierpe ingrata,
  en cuya frente María
puso la divina planta?

PEREGRINO:

No la nombres, porque es tanta
para eterna ofensa mía,
  su piedad con pecadores,
que no contenta en rigor
de haber dado un redentor,
instituye redentores.
  Juntáronse a redimir
el mundo, Tres en el cielo,
y otros tres hoy en el suelo
que tengo de perseguir.
  Jaime al Padre eterno imita,
Raimundo al Verbo que labra
con la divina palabra
el pecho del rey que incita,
  Pedro al Espíritu Santo,
pues tal espíritu tiene.
Pero ya a matarme viene
vestido el cándido manto.
  Pues yo le haré.

PIERRES:

¿Qué has de hacer,
si aún no sufres su presencia?

PEREGRINO:

Y a ti, si vas a Valencia,
te tengo de hacer poner
  en un calabozo escuro,
donde mil palos te den.


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PIERRES:

No deseo yo más bien,
perro, eso mismo procuro.

PEREGRINO:

  Pero miradme a la cara.

PIERRES:

¿Tan buena la tenéis vos?

PEREGRINO:

No la hizo mejor Dios
cuando tuve luz tan clara.
(Vase.)
(Entra SAN PEDRO ya con el hábito.)

PEDRO:

  Ya, Señor, se llega el día
de la primer redención,
hoy de su injusta prisión,
hermosa Virgen María,
  habéis de ser puerta y llave,
y sol de su escuridad.

PIERRES:

Dele su Paternidad
la mano a fray Pierres.

PEDRO:

¿Sabe
  cómo vamos a Valencia?

PIERRES:

Oh cuánto, Padre, me holgara
de que el llevarme escusara.


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PEDRO:

¿Por qué?

PIERRES:

Por cierta pendencia
  en que me han amenazado.

PEDRO:

Ya lo sé todo.

PIERRES:

¿De quién?

PEDRO:

No le tema, ni le den
sus amenazas cuidado.
  Lo necesario prevenga,
que hoy nos habemos de ir.

PIERRES:

Quísome aquí persuadir
para que temor le tenga;
  mas con su Paternidad
no temo a todo el infierno.

PEDRO:

Dadme, Redentor eterno,
poder, favor, facultad
  para vuestra imitación.
Mi patrimonio he vendido,
el Rey también ha querido
parte en esta redención.
  Tiene el Moro de Valencia
nuestros cristianos cautivos
con tormentos excesivos
y con injusta violencia.
  Ayudad mi santo intento,
Imperial Reina y Señora,
que vos sois la Redentora,
y yo soy el instrumento.
(Vanse.)


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(ALIFA, mora sola.)
ALIFA:

  Para mi mal te trujeron
en esta cristiana presa,
caballero catalán
mis desdichas a Valencia.
Para mi mal fuiste esclavo
de mi padre, pues desprecias
a quien te dio por señora
la fortuna de la guerra.
Estrellas fueron contrarias,
trocáronse las cadenas,
si las que en los pies te ponen
quieres que en el alma tenga.
Ay de quién tiene para tanta pena
la vida propia en voluntad ajena.
Si te hablo, me respondes
don Juan, con tanta aspereza,
que parezco yo tu esclava,
y quiere amor que lo sea.
En las leyes desiguales
mal el amor se concierta,
si tú fueras de la mía
o yo de la tuya fuera,
pudiera ser, oh cristiano,
que nuestras almas tuvieran
iguales las voluntades,
que las leyes diferencian.
Que como amor en los iguales reina,
imposible será juntar las nuestras.
(Entre en hábito de moro el DEMONIO, fingiéndose su padre.)
Este es mi padre.


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DEMONIO:

La causa
Alifa, de tu tristeza,
me ha tenido con cuidado.

ALIFA:

Pensé que a la guerra fueras,
y desto me entristecía,
que debo sentir tu ausencia.

DEMONIO:

No haré tan presto jornada,
y así pedirte quisiera
una cosa bien conforme
a lo que entiendo que piensas.
Este don Juan, nuestro esclavo,
quisiera que persuadieras
a que se volviera moro,
porque en la pasada guerra
no vi mayor valentía,
y si este yerno tuviera,
fuera de ser estimado,
tanto aumentara mi hacienda,
que los cautivos cristianos
a los del Rey excedieran.
Di la verdad, pues que sabes
mi pensamiento, y no tengas
temor de que entienda el tuyo.


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ALIFA:

Señor, si las altas prendas
deste esclavo te enamoran,
mi amor disculpado queda.
Yo le quiero, y pues tú quieres
que le quiera.

DEMONIO:

No se ofrezca
ocasión en que le dejes
de persuadir.

ALIFA:

Tu licencia,
para vencer a don Juan,
abre a mis ansias la puerta.
Él viene a buena ocasión.

DEMONIO:

Pues no quiero que me vea,
aquí te queda con él,
haré contra lo que intenta
Nolasco, tales enredos,
que cuando al rescate venga
halle perdidas mil almas,
quitarele cuantas pueda,
que no ha de lograr María,
la piedad de que se precia,
ni la nueva religión
sus cándidas azucenas.
(Vase.)


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(Entra DON JUAN, esclavo.)
JUAN:

  Oh libertad preciosa
conocida tan mal de quien la tiene,
oh prisión rigurosa,
triste de aquel que a tus cadenas viene,
y de su patria ausente,
aún no tiene a quien diga lo que siente.
  Sale con libre paso
cuanto del cielo libertad recibe,
y hasta que en el ocaso
se esconde el Sol, donde le agrada vive
esperando a que vuelva
en árbol, en ciudad, en monte, en selva.
  Pero no si le priva
de libertad su desdichada suerte,
que como presa viva,
noche es la luz del Sol, la vida es muerte,
que un pájaro al Aurora
canta en el campo, y en la jaula llora.


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ALIFA:

  Si como sueles hüir,
esclavo, de quien te adora,
piensas no escucharme agora,
y condenarme a morir,
solo te quiero decir
de mi padre por lo menos
de tu bien consejos llenos
escuche, pues tu rigor
un amor embajador
de pensamientos ajenos.
  Al valor aficionado
con que en la guerra te vio,
que te diga me mandó;
mira si estás obligado
a agradecer su cuidado
quiere.

JUAN:

Darme libertad
por dicha.

ALIFA:

Mas amistad
es la que te quiere hacer.

JUAN:

Señora, no puede ser
más amor, ni más piedad.


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ALIFA:

  Si dejas, pues es mejor,
tu ley, por la que yo sigo,
quiere casarte conmigo,
mira qué notable amor.
Serás de esclavo señor,
y será tuya mi hacienda,
y yo tu esclava y tu prenda;
que si no dejas tu ley,
a las galeras del rey
temo, don Juan, que te venda.
  Con esto quiero dejarte
sin que más lo dificultes,
a que contigo consultes
lo que ganas en casarte,
y que yo no seré parte
para dejar de venderte.
Mira en lo que puedes verte,
y en la desdicha que esperas
si te vende a las galeras,
lo que va de vida a muerte.
(Vase.)


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JUAN:

  ¡Qué confusión tan estraña!
¡Qué combates tan crüeles
para quien sin libertad
en tantas desdichas muere!
¡Qué consejos, qué elecciones
de tan diferentes leyes!
¡Qué partidos desiguales
entre la vida y la muerte!
Por una parte vivir
libre y licenciosamente,
por otra morir cautivo
entre dos solas paredes.
Aquí llega la hermosura
de Alifa, y aquí venderme
a las galeras del rey,
donde aquestos perros suelen
cortando un brazo a un esclavo
hacer que los otros remen.
Luego el ver con que descuido
viven mis nobles parientes
de mi cautiverio triste,
que aun escribirme no quieren.
Yo quiero determinarme
a casarme, pues no tiene
otro remedio mi vida,
y podré, si yo me viese
libre una vez, a mi patria,
y a mi santa ley volverme.
Dios dijo que en cualquier hora
que el pecador se volviese
a su piedad, le daría
perdón. Pues ¿qué me detiene?
Más quiere que se convierta,
que no que a la eterna muerte,
quede un hombre miserable
condenado para siempre.
Ea, ¿qué aguardo? Ya estoy
determinado.


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(SAN PEDRO y PIERRES.)
PIERRES:

¿Qué tiene
Padre, que va tan aprisa?

PEDRO:

¿Que vaya despacio quiere,
cuando al Pastor soberano
una oveja se le pierde?
Señor don Juan.

JUAN:

Padre mío;
¿mi nombre sabe?

PEDRO:

No puede
encubrirse el nombre a quien
sabe y supo eternamente
cuantos en tierra, agua y aire
tienen hombres, aves, peces,
animales, y que luces
ese manto azul guarnecen.
Pues ¿cómo, señor don Juan,
un hombre noble se atreve
a dejar a Dios así?
¿No sabe que favorece
a quien le llama?, ¿es posible,
que un discreto desespere
de su piedad y al demonio
le pida que le remedie?
En verdad que he de mostrarle
la reina de las Mercedes,
la Redentora divina,
la que parió Virgen siempre,
(Saque una imagen de bulto pequeña.)
quien redimió los cautivos
del pecado y de la muerte.
¿Estos redentores deja
por miedo de que le entreguen
a las galeras del rey?


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JUAN:

Padre, no haré tal, si viese
más tormentos, más galeras,
más prisiones y más muertes
que ha padecido hombre humano.
Virgen que a la antigua sierpe
con esa planta divina
le deshicistes la frente,
vos sabéis que era mi intento
librarme para volverme
a mi patria, y a mi ley.

PEDRO:

Muchos, don Juan, lo prometen,
que con la viciosa vida
nunca donde dicen vuelven,
o Dios no les da lugar.
Yo vengo a librarle.

JUAN:

Deme,
Padre, mil veces los pies.


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PIERRES:

Padre nuestro el Moro viene,
no muestre tantos deseos,
que si lo que vale entiende,
querrá por él mil escudos.
(MULEY, padre de ALIFA.)

PEDRO:

Darele cuanto quisiere.

MULEY:

En el Zoco me dijeron,
Papaz, que a mi casa vienes
por un esclavo, y sospecho,
pues estás con él, que es este,
¿quieres rescatarle acaso?

PEDRO:

Quiero Muley, si tú quieres.

MULEY:

¿Cuánto me darás por él?
Que no sé qué gracia tienes,
que a todos nos aficionas,
y a darte gusto nos mueves.
Desde la primera vez
que veniste, aunque quisieses
fiados cuantos cristianos
Valencia cautivos tiene,
te los darán sin más prenda
de que tu palabra dejes.
Si quieres este, ya sabes
que es caballero.


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PEDRO:

No pienses
que le quiero despreciar,
¿cuánto quieres?

MULEY:

Dicho en breve,
es cien doblas y una pieza
de grana.

PEDRO:

Ya es mío, vuelve
con el dinero y la grana
luego al instante, fray Pierres,
y yo me llevo el esclavo.

MULEY:

Liberalmente procedes.

PEDRO:

Es mi amigo, no te espantes.

JUAN:

Adiós Muley.

MULEY:

Si me vieres
en la guerra, no es razón
que de mi enojo te acuerdes.
(Llévenle, y salga ALIFA.)

ALIFA:

No me han turbado sin causa,
padre, ¿qué quiere esta gente?


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MULEY:

Hija, he vendido mi esclavo.

ALIFA:

¿A don Juan?

MULEY:

¿Pues tú lo sientes?

ALIFA:

¿No me dijiste no ha un hora,
que al esclavo persuadiese
a que se volviese moro,
porque por moro y valiente
para yerno le querías?

MULEY:

¿Yo Alifa? Si te enloquece
la voluntad del esclavo,
mira que a un padre te atreves,
que te quitará la vida.

ALIFA:

¿Pues cómo, negarme puedes
lo que acabas de decirme?

MULEY:

¿Yo dije, que le dijeses,
que se casase contigo?
Loca estás, perdida vienes.

ALIFA:

Haz que vuelva, oh vive Alá
que me mate.


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MULEY:

Aunque pudiese
volver atrás mi palabra,
por lo que tu honor ofendes,
y mi valor, no lo haría.
(Vase.)

ALIFA:

A matarme te resuelves.
  En vano locos pensamientos míos
tuvistes confianza en mis engaños
después, ay triste, de pasar dos años,
sufriendo penas, y mi amor desvíos.
¡Oh fin de los humanos desvaríos!,
a la sombra del bien están los daños,
pues en el mar de tantos desengaños
entran mis ojos caudalosos ríos.
No infames, necio amor, el grave alarde
de tus triunfos, si prósperos, crüeles,
que las bajezas se remedian tarde.
Triunfa de capitanes como sueles,
porque rendir una mujer cobarde,
será afrenta inmortal de tus laureles.
(PIERRES entre con un talego.)

PIERRES:

  Huélgome de hallarte aquí,
si no está en casa, señora,
tu padre, para que agora
recibas por él de mí
  el rescate del cautivo.


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ALIFA:

Oh perro, que así te atrevas
a volver, ¿cuando me llevas
el alma? No saldrás vivo.

PIERRES:

  Jesús, san Blas, san Crispín,
tente mujer, vete en paz.

ALIFA:

Hoy has de morir Papaz.

PIERRES:

¿Yo Papaz?

ALIFA:

Hoy es tu fin.

PIERRES:

  Mira que fray Pierres soy.

ALIFA:

Moros, criados.
(Moros salgan con palos.)

MORO 1.º:

¿Qué mandas?

ALIFA:

Echadle de esas barandas
a este perro.
(Vase.)

PIERRES:

San Eloy,
  Sanlúcar de Barrameda,
san Cosme, san Damián.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MORO 1.º:

Dale, dale Reduán.

[MORO] 2.º:

Muera, dale.

[MORO] 1.º:

Bueno queda.

PIERRES:

  No quedo sino muy malo,
y aporreado muy bien,
porque esto no sé yo quien
lo tuviera por regalo.
  Paseose Reduán
por mi espalda desdichada,
como si fuera en Granada
la mañana de San Juan.
  Pobre fray Pierres.
(Entre el DEMONIO.)

DEMONIO:

¿Qué digo,
caballero, cómo va?

PIERRES:

Harto mal, pues él está
con mis palos y conmigo.

DEMONIO:

  ¿No le dije yo que había
de pagármelo en Valencia?

PIERRES:

Rara cosa, en mi conciencia
que dijo verdad un día.


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DEMONIO:

  ¿Quiere la mano?

PIERRES:

¿Quién, yo?
¿Piensa que es esta caída
la suya? No por su vida,
pues nunca se levantó.
  Ni menos es la de Adán,
que a Dios hubo menester,
solo me hicieron caer
los palos de Reduán.
  Mire cómo estoy ya bueno,
salto y bailo.

DEMONIO:

Yo te haré.

PIERRES:

¿Qué has de hacer pícaro?

DEMONIO:

A fe.

PIERRES:

¿Tu fe de mentiras lleno?
  Pedro se lleva el esclavo,
y tú te quedas en fin
como tú.

DEMONIO:

Soy Serafín.


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PIERRES:

Serafín con cola.

DEMONIO:

Alabo
  mi paciencia, mas temed
los dos que llegue ocasión.

PIERRES:

Vítor, vítor fanfarrón,
la Virgen de la Merced.
(Vanse.)
(Entren el REY DON JAIME y DON LUIS DE MONCADA, y caballeros que acompañen.)

JAIME:

  Ya no puedo apartar el pensamiento
deste glorioso intento;
para la ejecución de la jornada
me llama el mar y me provoca el viento.
Para ensalzar la fe ceñí la espada.

LUIS:

La isla de Mallorca es alta empresa,
invictísimo Rey, a quien profesa
en la defensa de la Iglesia santa
verter la sangre para gloria tanta
de la que os dio vuestra ascendencia invicta,
que está en las Aras de la fama escrita.
Partid y desterrad el fiero Moro,
atalaya del África, que mira
la senda que dejó de Europa el toro;
que el cielo que os inspira
esta santa jornada
vestirá de vitorias vuestra espada,
y de laureles vuestra heroica frente.


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JAIME:

Ya don Luis de Moncada
solo aguardo que venga de Valencia
fray Pedro, pues sin él, no es bien que intente
esta conquista, que a su santo celo
tengo dada obediencia.

LUIS:

¿Y quién mejor alcanzará del cielo,
Príncipe, la vitoria desta empresa?

JAIME:

La mar con él en las tormentas cesa,
próspero el viento donde quiere espira,
tal es el norte que Nolasco mira.

LUIS:

Señor, regocijado está el Convento,
sin duda que ha venido.

JAIME:

Ya las campanas y las voces siento
de los esclavos libres que ha traído.
(SAN PEDRO y FRAY GUILLERMO.)

PEDRO:

  ¿Están todos alojados?

GUILLERMO:

Alojados están ya,
descansa, pues eso está
remitido a mis cuidados.

PEDRO:

  Este mi descanso ha sido.


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GUILLERMO:

Aquí está el Rey.

PEDRO:

Gran señor,
¿tanta merced, tal favor?

JAIME:

Seáis, Padre, bien venido,
  cuánto habéis sido esperado:
¿cómo os fue en la redención
de Valencia?

PEDRO:

Ciento son,
señor, los que he rescatado,
  con el divino favor,
y el vuestro.

JAIME:

Gracias le demos,
grandes principios tenemos.

PEDRO:

La primera vez, señor,
  hallé más dificultad,
aunque presto espero en Dios,
que habemos de entrar los dos
por esta insigne ciudad.

JAIME:

  Sabéis que conmigo vais
a Mallorca.


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PEDRO:

Señor sí,
ya sé que os servís de mí,
y que presto os embarcáis,
  soldado vuestro seré,
que bien necesarias son
las armas de la oración
en defensa de la fe.
  Y creed que quien las toma,
el mundo puede ganar.

JAIME:

A hacer fue confirmar
Raimundo la Orden a Roma,
  y así vos habéis de ser
mi padre en esta ocasión,
que es la mayor redención
de las que podéis hacer,
  ayudarme a la conquista:
descansad, quedad con Dios.
(El REY se va.)

PEDRO:

Si él os favorece a vos,
¿quién ha de haber que os resista?

GUILLERMO:

  Logre el cielo tales años.


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PEDRO:

Parece que en él residen
la prudencia de Catón,
y el valor del griego Aquiles.
Para que oración se haga,
Padre al campanero avise,
que los negocios del rey
cuidado y desvelo piden;
que un cuarto de hora siquiera
los Maitines anticipe.
(Vase SAN PEDRO.)

GUILLERMO:

Fray Pierres tiene el cuidado,
cierto estoy que no se olvide.
(Entra FRAY PIERRES.)

PIERRES:

¿Fuese nuestro Padre?

GUILLERMO:

Hermano
fray Pierres, mire que avise
a los Maitines con tiempo.

PIERRES:

¿Cuándo suelo yo dormirme?

GUILLERMO:

¿Qué quería a nuestro Padre?

PIERRES:

Quería, Padre, pedirle
que como he sido soldado
me retozan los repiques
del atambor en el alma,
y el tapatán me derrite,
que me llevase a Mallorca.

GUILLERMO:

Irá sin duda a servirle.
(Vase.)


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PIERRES:

Salto y bailo de placer,
¡qué lindamente se ciñe
sobre el hábito la espada!,
que no puede ser que implique
contradición la capilla
que estos hábitos se visten
como soldados del cielo
los que a Dios con ellas sirven.
El escapulario es peto
contra mundo y carne firme,
la capilla es morrión,
en quien las plumas consisten
de los buenos pensamientos;
y porque a su son camine,
es la campana atambor,
con que van los que la siguen
marchando a dar la batalla,
porque al asalto se animen.
Dios de ejércitos se llama
Dios, por atributo insigne,
Capitán llaman a un rey,
y al César más invencible.
Los elementos son guerra,
todo es guerra cuanto vive,
que mi Padre predicando
decía, que Job lo dice.


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PIERRES:

Apenas fueron criados
los ángeles, cuando admite
guerra el Reino de la paz,
de cuyos altos confines
cayeron ciertos mochuelos,
que de envidia nos persiguen.
Hasta el sueño entre los hombres
es guerra, y guerra insufrible.
De hambre, ociosidad o sueño,
los naturales escriben,
que se causan los bostezos;
ociosidad no es posible,
hambre menos, que en la panza
tengo, sin otros requives,
seis escudillas de caldo
de diferentes matices.
Luego de sueño bostezo,
que por más que me santigüe,
como si fuera tarasca,
abro la boca terrible.
Las once dan, aún me queda
un hora para dormirme,
sino es que he contado mal;
perdonen los campaniles,
que no es posible tenerme,
y es necedad resistirme,
que el sueño es como los nobles,
que dejan al que se rinde,
y rinde, si es porfiado,
a quien su fuerza resiste.


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(En durmiéndose, sale SAN PEDRO.)
PEDRO:

Soberano Rey del cielo,
por quien es y por quien vive
cuanto vos habéis criado,
cielos y tierra se humillen
a vuestro sagrado nombre,
todos, Señor, os bendicen
por tantas misericordias.
En fin, queréis que se libre
Mallorca del fiero Moro,
y que no la tiranicen
bárbaros que no os conocen,
leyes hacen, dioses fingen.
Paréceme que es muy tarde,
y no han tocado a Maitines,
música suena en el Coro,
¿cómo sin mí los prosiguen?


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PEDRO:

(Ábranse cuatro partes, y véase un coro en cuyas sillas estén ángeles en hábito de religiosos, y la VIRGEN en medio.)
Ay, Señor, ¿qué novedad
es esta ay, divina Virgen?
¿Vos en el Coro Señora?
Y los ángeles residen
en vez de los religiosos,
donde el olvido permite
por el descuido de un hombre,
que las sillas autoricen
las dignidades del cielo
que a vuestros rayos asisten.
(Canten dentro con instrumentos el primer verso del Salmo. Beatus vir, y luego suenen las chirimías.)
Cubriose el Sol, y volvió
la noche a su negro eclipse;
¡qué descuido tan dichoso!
En parte puedo decirle
como a la culpa de Adán,
que fueron yerros felices
los que tal bien merecieron.
Hoy nuestras sillas compiten
con las del cielo, en diamantes
engastada se eternicen.
¡Oh ilustre Comendadora,
vos en silla tan humilde!
Pero quien con humildad
al Verbo eterno concibe,
¿qué mucho que esta virtud
en su mismo trono estime?
Voy, porque todos la vean,
y porque no se castigue
quien fue tan dichoso errando,
que mil alabanzas pide.


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Acto III
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Salen FRAY GUILLERMO y PIERRES.
GUILLERMO:

  Bien debe de tan prósperas vitorias
al Dios de los ejércitos las glorias,
de cuya mano Jaime las recibe.

PIERRES:

Y después de su mano soberana
a la oración por quien el Rey la gana.

GUILLERMO:

Dichoso el Rey que tiene mientras vive,
quien tanto con el Rey del cielo prive.

PIERRES:

Ganó a Mallorca el Rey, ganó a Valencia
por la oración de nuestro Pedro santo,
después de haberse defendido tanto.

GUILLERMO:

¡Qué poco aprovechó la resistencia!


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PIERRES:

Cinco veces el Sol dio por la cinta,
que de diversos animales pinta
al Aries oro, y a los peces plata,
mientras que la ciudad por quien dilata
cristal del Turia sobre arenas de oro,
se defendió por el valiente Moro.
Mas cuando halló nuestro divino Pedro
la imagen soberana
de la palma, ciprés, oliva y cedro,
sirviéndole del cielo una campana,
en que las enterraban y ponían
los que huyendo venían
del Moro a la montaña
de la sangrienta destruición de España.
Luego le reveló a Guillermo el cielo
con siete estrellas, que en su puro velo
como pequeñas lunas rutilantes,
fueron entonces letras de diamantes,
que la ciudad al fin se rendiría.

GUILLERMO:

Desmayaban los nobles la porfía
del rey aragonés, mas Pedro santo
animó su valor y esfuerzo tanto,
que al fin se le entregó Valencia, y vemos
fundado en ella el Templo que hoy tenemos,
después de tantos que se van fundando.


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PIERRES:

¿Que viva nuestro Padre trabajando
en tantas fundaciones,
y caminos de tantas redenciones,
ya no solo en Granada y en Sevilla,
pero en Argel?

GUILLERMO:

¡Estraña maravilla!,
que dure aquel sujeto
con tanta penitencia.

PIERRES:

Oh cuan inquieto
le trae agora el bravo Federico,
que de vitorias y laureles rico
va destruyendo a Italia, y con estraña
ferocidad amenazando a España,
jura robar sus vidas y tesoros.

GUILLERMO:

Bárbaro trae ejércitos de moros,
con que otra vez su destruición se teme.
No hay templo que no queme,
no hay ciudad que no abrase.

PIERRES:

¡Ay de ti Roma cuando el Tíber pase!


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


GUILLERMO:

Con esto el gran Pontífice Gregorio,
y el sacro Consistorio,
que trueca en luto, y en color morada
lo rojo de la púrpura sagrada,
le piden, que a Dios pida, tiemple el fiero
rigor de Marte al Alemán severo,
con que la Italia abrasa.
Y así no solamente en nuestra casa
hace Pedro notables diferencias
de graves penitencias,
pero públicamente en Barcelona
viendo que tiembla a España la Corona.
(Entra SAN PEDRO.)

PEDRO:

  Al Embajador francés
lleva, Pierres, esta carta,
y advierte, que no se parta
primero que se la des.
  Quiere su rey conquistar
la tierra santa, y aliento
con esta su pensamiento.

PIERRES:

No sé dónde hallas lugar,
  Padre, para tantas cosas.

PEDRO:

Y tú, Guillermo, encomienda
a Dios, que a España defienda
de las manos rigurosas
  del nuevo bárbaro Atila
Federico.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


GUILLERMO:

El cielo santo
oiga a Italia, cuyo llanto
la propia sangre distila.
(Vase.)

PEDRO:

  Eterno Rey del cielo
de quien tiemblan sus cándidas colunas,
vos que rompiendo el velo
del rojo mar las armas importunas
del Gitano en el agua sepultastes,
y en la arena sus carros estampastes.
  Quebrad la altiva frente
de Federico airado, el brazo estienda
el cetro omnipotente,
a sus caballos detened la rienda,
no permitáis que vuestra Iglesia ultrajen,
truenen las nubes y los rayos bajen.
  Y vos, Señora mía,
alma, Virgen, Ester, rogad piadosa,
que tiemple la porfía
este Alemán, o Amán, que la imperiosa
mano levanta y a la fiera espada
sangre bañó la guarnición dorada.


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(Recibe dos bofetones. De los lados del teatro salgan ESPAÑA armada y ITALIA vestida de negro.)
ITALIA:

  Prosigue Pedro santo
en tu santa oración, mi rostro mira
bañado en tierno llanto.
La Italia llora, tímida suspira
la Iglesia, y el Pontífice supremo
el barco mira ya sin vela y remo.
  Roma el cabello suelto,
cabeza ya del mundo, llora y gime
el Tibre en sangre vuelto,
y el bárbaro crüel la espada esgrime
con tal furor, que de los filos suena
el eco horrible en la primer almena.
  De la sagrada barca
con la punta persina los pilotos
el fiero heresiarca,
yacen las velas y los remos rotos,
que con los sacerdotes más airado
la arena esmalta del licor sagrado.
  Pídele, Pedro, pide
remedio a tanto mal.

ESPAÑA:

Oh Pedro, advierte,
que si el cielo no impide
el ímpetu cruel del brazo fuerte,
con que la Italia toda en sangre baña,
Muza vuelve otra vez feroz a España.
  Las armas aperciben
en Castilla, Aragón y Lusitania,
con tanto temor viven
deste rayo que baja de Alemania,
que si sus moros aquel siglo imitan,
las cenizas del Godo resucitan.


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PEDRO:

  Pedro, de mí te duele,
levántate, Señor, tu causa juzga,
y este bárbaro impele,
o que a tu fe divina se reduzga,
o antes de ver las playas españolas
fulminado Faetón caiga en las olas.
(DOÑA TERESA y DON FERNANDO cautivos.)

TERESA:

  No me puedo consolar
de mi fortuna cruel.

FERNANDO:

Cuando yo te vi en Argel
no me acabé de admirar.
Los peligros de la mar
a los de la tierra exceden.

TERESA:

Mis males contentos queden
de que su consuelo estriba,
en que pues ya soy cautiva,
ni crecer, ni menguar pueden.

FERNANDO:

  Estraña ha sido tu suerte,
tales las del mundo son,
pues te veo en ocasión,
que me ha pesado de verte.
De tu suceso me advierte,
señora, y descansarás,
pues contándole podrás.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TERESA:

Ojos de lágrimas llenos
mientras yo digo lo menos
hablad vosotros lo más.
  Yo soy, don Fernando amigo,
española, como sabes,
doña Teresa es mi nombre,
y mi apellido Vidaurre.
Zaragoza de Aragón
fue mi patria, y de mis padres
nobles, aunque tiene muchos,
que tienen pocos iguales.
Por mi desdicha me vio
una tarde el rey don Jaime,
y tarde, que para mí
tendrá su remedio tarde.
Parecile bien por dicha,
no, Fernando, por mis partes,
mas por ser tan mozo el Rey,
que fue fácil agradarse
de la primera ocasión,
porque están las voluntades
entonces como las flores,
que a la primavera salen.
Las diligencias del Rey
bien creerás que fueron grandes,
porque el amor y el poder
todo cuanto quieren hacen.


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TERESA:

Mas como yo honestamente
de mi honor considerase
la calidad, y temiese
cuanto suele ser mudable
el pensamiento en los hombres
con historias ejemplares
de amor y aborrecimiento,
y se me representase
Tamar forzada de Amón,
que siendo en belleza un ángel
se vio adorada al Aurora,
y aborrecida a la tarde;
puse en defensa mi honor,
nombrando por capitanes
la ley de Dios, la nobleza,
la castidad y la sangre.
Mas como en la resistencia
de la torre insuperable
de mi honor, el Rey mancebo
más fuego que yelo hallase,
una noche, que a mis rejas
amorosas tempestades
daban con agua en los ojos,
suspiros, rayos al aire,
le dije que era imposible,
mientras que no se casase
conmigo, o lo prometiese
con juramentos bastantes.


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TERESA:

Porque las flechas de amor,
por más que el arco dispare,
tienen las puntas de cera
cuando es el honor diamante.
Prometiolo el Rey, y quiso
mi fortuna que se hallase
solo un criado presente
que le guardaba la calle.
Pero como es el deseo
para las promesas fácil,
donde se sembraron gustos
arrepentimientos nacen,
no en dejarme de querer;
pero en tratar de casarse,
después de darle dos hijos,
que pudieran obligarle,
discretos, como de amores,
hermosos como su padre,
desdichados como yo,
y dudosos como Infantes.
¡Qué crueldad, qué sin razón,
que el juramento quebrase
a Dios, a sí mismo, a mí,
un rey, un hombre, un amante!
No pude estorbar en fin,
que en Castilla se casase
con Leonor hija de Alfonso,
determinado a matarme.


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TERESA:

Que lágrimas de mujer,
que a largo tiempo se trate,
de perlas se vuelven piedras,
como los gustos se cansen,
y contra el poder resuelto
solo el sufrimiento vale,
si le tuviese el honor
en desdichas semejantes.
Cité para Roma al Rey,
pero como me faltasen
testigos para la prueba,
que el singular no es bastante,
no pude alcanzar justicia.
Bien hayan los Tribunales
de Dios, que sabe quien miente,
y quien dice verdad sabe.
El Obispo de Girona
por piedad quiso ayudarme,
depúsole el Rey, que siempre
son ofensas las verdades.
Mandó cortarle la lengua,
dando por causa acusarle
de revelar confesiones,
entrambos delitos graves.
Diole el Papa en penitencia,
que a san Bonifacio labre,
hízolo el Rey. ¡Ay de quien
los Cristos de Dios maltrate!,
que como tienen jüez,
no es justo que los agravie
mano seglar poderosa,
ni lo divino profane.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TERESA:

Lloró el Rey como David
la mal derramada sangre.
Yo que me vi sin remedio,
pedí al Papa que descase
por pariente de Leonor
de Castilla al rey don Jaime.
Hízolo el Papa, y el Rey
volvió otra vez a casarse
con hija del Rey de Hungría,
sin que jamás dispensase
el Papa en el matrimonio,
porque por verdad constante
tuvo siempre mi justicia.
En fin, de Roma se parten
mis desdichas y mis penas
en una flamenca nave.
Corre tormenta una noche
a vista de los Alfaques,
daban voces los pilotos
en las fortunas cobardes.
Toca la nave en los cielos
tan cerca, que consolarme
pude de pedir justicia
donde mejor me escuchasen.
Pero quiere mi fortuna,
que tan presto al centro baje,
que aún no le pude decir:
Piadoso cielo vengadme.


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TERESA:

Cesa en fin la confusión,
y los azules celajes
descubren la cara al Sol,
que a ver mis desdichas sale.
Pero apenas quiere el cielo
que los pilotos descansen,
cuando cosarios de Argel
cercan la mísera nave.
Ríndese a diez galeotas,
quedo cautiva de Tarfe,
muero en prisión sin mis hijos,
niños son, y no lo saben.
Oh Rey para todos bueno,
cuyas excelentes partes
y virtudes merecieron,
que Ciro Español te llamen.
Solo para mi crüel,
agora puedes vengarte,
de mi amor y de mis celos,
mas no podrás obligarme
a que no te llame esposo,
pues mil veces me llamaste
reina de Aragón, por ti
soy esclava miserable.
Jaime, religión has hecho,
que los cautivos rescate,
no es razón que esta piedad
solo conmigo te falte.
Mucho infama la nobleza
de los rendidos vengarse,
tú eres hombre, yo mujer,
tú rey, yo esclava, no infames
tantas vitorias conmigo.
Pero para no cansarte,
calle, Fernando mi lengua,
porque mis lágrimas hablen.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FERNANDO:

  Desdichas notables son
las tuyas, pero ha traído
el cielo a Argel, quien ha sido
autor de la religión,
  que los cautivos rescata,
y es este que viene aquí
con estos moros.

TERESA:

Si a mí
me conocen, ¿qué oro y plata
  serán bastante?

FERNANDO:

No hay quien
te conozca.
(Entren SAN PEDRO, FRAY PIERRES, ALÍ y ZULEMA, moros.)

PEDRO:

¿De Aragón,
Zulema, dices que son?

ZULEMA:

Y catalanes también;
  que ayer llegué a Argel con ellos.

PEDRO:

Esta esclava quiero hablar.

ZULEMA:

Y yo, Pedro, rescatar
si quieres, algunos dellos,
  para pagar los soldados.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PEDRO:

Cristiana escucha.

TERESA:

¡Ay de mí!,
¿conócesme Padre?

PEDRO:

Sí.

TERESA:

Mis sucesos desdichados
  han acabado conmigo.
De Roma a España venía,
prosiguiendo la porfía
de aquel mi amado enemigo,
  cuando Alí, Tarfe y Zulema
como ves me cautivaron;
tal fin mis celos buscaron
para mi amorosa tema.
  Yo soy quien pensaba ser,
Padre, reina de Aragón.

PEDRO:

Tengo de ti compasión
por cristiana y por mujer,
  disimula, que podría
ser que tengas libertad.

TERESA:

Ay, Padre, que en tu piedad
vive la esperanza mía.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PEDRO:

  Zulema, el piadoso llanto
de aquesta pobre mujer
me ha movido.

ZULEMA:

Llegó ayer,
que lo sienta no me espanto.

PEDRO:

  ¿Qué quieres por ella?

ZULEMA:

Haré
liberalmente contigo
lo que debo a ser tu amigo,
esta mujer te daré
  por cien escudos.

PEDRO:

Cincuenta
te doy.

ZULEMA:

Es poco.

PEDRO:

Por mí
lo has de hacer.

ZULEMA:

Sea por ti.

PEDRO:

Pues ven y el dinero cuenta.
  Ya, cristiana, libre estás.


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TERESA:

Esclava soy de tus pies.

PEDRO:

Porque no es justo que estés
donde peligros tendrás,
  hoy se va a España un hebreo,
volverte en su nave puedes.

TERESA:

Oh Virgen de las Mercedes
humildes serán trofeo
  mis cadenas a las plantas,
que pisan tantas estrellas,
que para plantas tan bellas
aún son pocas con ser tantas.
(Al entrarse todos dice FERNANDO a FRAY PIERRES.)

FERNANDO:

  ¿Oye Padre?

PIERRES:

¿Qué me quiere?

FERNANDO:

Escúcheme.

PIERRES:

¿Qué me manda?

FERNANDO:

¿Este Padre Redentor
solo mujeres rescata?


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PIERRES:

Mire, hermano, las mujeres,
y más en tierras estrañas
corren notable peligro,
son hermosas y son flacas.
El hombre es hombre en efeto,
y para miserias tantas
tiene valor.

FERNANDO:

Sin razón,
Padre Redentor se llama.
Murió Dios, ¿a quién imita,
con excepción de las almas
por mujeres solas?


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PIERRES:

No,
pero si en esta repara,
yo sé poca Teología,
porque tengo allá en mi casa
en vez de libros sartenes,
y en vez de estantes tinajas.
Pero cuando Cristo santo
nuestra redención trataba,
en el pozo de Jacob
habló a la Samaritana,
y la convirtió primero
que a los hombres de Samaria.
En el Testamento viejo
ya sabe la historia larga,
dejó vender a Josef
Dios por librar a Susana.
Si no fuera al campo Dina,
y se estuviera en su casa,
no la forzara Siquén.
¿Y por qué piensa que andan
las mujeres en chapines?
Porque les sirvan de trabas
como a las mulas, que hay muchas
que hacen del manto gualdrapa.
Todas las más son devotas
de san Trotín, y disfrazan
con devociones paseos,
pues qué harán si no las guardan.
¿Era bien que esta mujer
entre moros se quedara,
si entre cristianos apenas
pueden conservarse castas?
Quede con Dios, no murmuren
que no tener confianza
los hombres de las mujeres,
fue salir de sus espaldas.
Esta fue limosna, entienda,
y no fue mal ordenada,
que es hoy día de mujeres,
y será de hombres mañana.
(Vase.)


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FERNANDO:

  Buen consuelo para mí
después de tanta crueldad,
ya no espero libertad.
(Entren ZULEMA y ALÍ.)

ZULEMA:

El dinero recebí,
  y la cautiva se fue.

ALÍ:

Que me la dieras quisiera.

ZULEMA:

Como tu gusto supiera
no la vendiera.

ALÍ:

Yo sé,
  que doblarás el dinero.

FERNANDO:

Zulema.

ZULEMA:

¿Quieres cristiano
alguna cosa?


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FERNANDO:

Aunque en vano,
si ya está embarcada, quiero
  decirte que la mujer
que compró la redención,
era reina de Aragón,
digo, que lo pudo ser
  si el Rey, como ella pensó,
la palabra le cumpliera.
Esto he dicho.
(Vase.)

ZULEMA:

Espera.

ALÍ:

Espera.

ZULEMA:

Basta, el Papaz me engañó,
  parte Alí, mira si ya
al mar se alargó el hebreo.

ALÍ:

Si supo quién es, yo creo
que del puerto fuera está.
(Vase.)

ZULEMA:

  ¡Ay tal maldad! Vive el cielo,
que el Papaz me ha de pagar
el engaño, si la mar
no la restituye al suelo.
  Oh perros, ¿canalla a mí?


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Entre FRAY PIERRES.)
PIERRES:

Mi buen padre me ha enviado
a buscar aquel soldado
que le murmuraba aquí
  para decirle que quiere
rescatarle, ¡qué piedad!

ZULEMA:

Infames, desta maldad
vuestro vil pecho se infiere.
  Una reina de Aragón
cincuenta escudos, villanos,
¿a esto venís cristianos?,
¿esto llamáis redención?

PIERRES:

  ¿Qué reina?, ¿qué dices?

ZULEMA:

Digo
perros, que os conozco ya:
¿dónde tu Papaz está?

PIERRES:

¿Agora no fue contigo?

ZULEMA:

  ¿Una reina por dinero
tan poco?

PIERRES:

Mira advertido,
por dicha.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ZULEMA:

Quita el vestido,
quita, desnudarte quiero;
  y que por mi esclavo quedes,
desnuda.

PIERRES:

¿En qué te ofendí?

ZULEMA:

Y aun pues que te trato así,
agradecérmelo puedes,
  que vive Alá que te había
de trocar el alma, perro,
a la punta deste hierro.
(Entran moros y ponen a PIERRES una cadena.)
Hola Azán, Escandería,
  aquí una cadena presto.

PIERRES:

Moros, inocente estoy.

ZULEMA:

Dalde, matalde.

PIERRES:

No soy
quien tiene la culpa desto.
  Paso, paso, no más, basta.

ZULEMA:

Al otro voy a buscar,
dos mil palos le he de dar;
oh perros de infame casta,
  ¿una reina de Aragón
cincuenta escudos?


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PIERRES:

Alguno
le ha engañado, mas ninguno
hiciera tal invención
  de los cristianos de Argel.
Bueno quedo, despojado
del hábito, apaleado,
y en este hierro cruel.
(Entre SAN PEDRO.)

PEDRO:

  Aquí por dicha vendría.

PIERRES:

Escribid por vuestra cuenta
estos palos, esta afrenta
hermosa reina María.

PEDRO:

  Esclavo, di, ¿has visto aquí
mi compañero?

PIERRES:

Esto es bueno,
¿no me conoces?

PEDRO:

¿Quién es?

PIERRES:

Fray Pierres, Padre fray Pedro.

PEDRO:

¿Cómo estás en este traje?
¿Quién desta suerte te ha puesto?


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PIERRES:

Una reina de Aragón,
que a Zulema le dijeron,
que lo era doña Teresa,
y que tú con falso intento
le has engañado.

PEDRO:

¿Yo?

PIERRES:

Sí,
y a mí por tu compañero
me desollaron dos moros
como si fuera conejo.
Facistol fui de sus palos
hasta que los dos se fueron
a buscarte.

PEDRO:

Qué invención
del demonio.

PIERRES:

Yo sospecho
que nos ha de costar caro.

PEDRO:

No importa, que sacaremos
como abejas celestiales
antídoto del veneno.
Ay, Señor, si se cumpliese
de aquesta vez mi deseo;
si fuese Mártir por vos,
que de cuantas veces vengo,
no me le queréis cumplir.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PIERRES:

Yo pienso que no está lejos.
Esta vez a Barcelona,
Padre, en relación volvemos.
Paréceme que nos cantan
ciegos por la calle en verso.
No tengo nombre de santo,
¡qué desdicha!, irán diciendo
el martirio de san Pierres
los ciegos por todo el reino,
y nadie querrá comprarle,
que en Córdoba es buen ejemplo
el Mártir san Cucufate,
que pensando que es guineo
nadie se encomienda a él.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PEDRO:

Allí se aparte, que quiero
suplicar a Dios se sirva
de que le ofrezca mi pecho.
(Vase PIERRES.)
  Señor, a quien patentes
estuvieron y están todas las cosas
pasadas y presentes,
tú sabes mis entrañas amorosas;
mejor que yo me veo
sabes mi alma, entiendes mi deseo.
  Dame, Jesús querido,
que muera yo por ti, pues ha llegado,
y tan dichoso he sido,
el tiempo de mis ansias deseado,
que esta prisión advierte
la dichosa vigilia de mi muerte.
  ¿Que cómo puedo darte
mi corazón, amor del alma mía?,
¿cómo sacrificarte
mejor el alma, que llegando el día
en que este Turco fiero
te la ofrezca en los filos de su acero?
  Madre de los mortales,
dulce Señora mía, Virgen bella,
abrid los celestiales
ojos que adora la mayor estrella,
y mirad mi deseo,
que ya mi sangre entre sus filos veo.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Un ÁNGEL.)
ÁNGEL:

  Aunque Nerón viviera
en esta edad, oh Pedro de Nolasco,
y agora persiguiera
Pablo la Iglesia cuando fue a Damasco,
y Roma siempre altiva
contrastara la nave primitiva.
  No quiere Dios que seas
Mártir, puesto que ya, Pedro, lo eres,
pues que serlo deseas;
pero la palma justamente adquieres,
con que ya perficionas
la verde rama de las tres coronas.
  Tendrás Mártires tantos
en tu instituto, Patriarca ilustre,
que a tus deseos santos
con su sangre darán eterno lustre,
un Raimundo divino,
dos Guillermos, Serapio y Severino.
  Tomás y Luis, dos soles,
de quien el cielo ya se alegra y goza,
con los tres españoles
dos Fernandos de Orficio, de Mendoza,
y entre sus triunfos y arcos
Luis Blanco, Antonio Vallés, Matías Marcos.
  Pedro Vítor, Raimundo,
Teobaldo y otros mil, y confesores,
claras luces del mundo,
dando sobre los montes resplandores
con el santo Carmelo,
Giraldo, Enrique de Austria, sol del cielo.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ÁNGEL:

  El divino Leonardo,
abogado de presos, y el Infante
aragonés, gallardo
del toledano monte sacro Atlante,
san Ramón Nonacido,
y milagro mayor que su apellido.
  Sus líneas celestiales
habrán corrido el Sol por varios años,
cuando de accidentales
glorias te adornarán propios y estraños,
para que participe
de tu sol otro sol cuarto Filipe.
  Hallarase presente
Carlos su hermano, el cardenal Fernando,
y en más lucido Oriente
dos reinas, dos estrellas, que reinando
Isabel y María,
a una obedezca España y a otra Hungría.
(Vase.)

PEDRO:

  Divino Señor del cielo,
cúmplase tu voluntad,
pues tú sabes la verdad
de mi pecho y de mi celo.
Para mí fuera consuelo,
buen Jesús, morir por ti,
mas pues tú quieres así
te sirva, no quiero yo
más vida, y mi vida no,
que tú eres mi vida en mí.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PEDRO:

  La causa, Señor, arguyo,
pues que mi vida no quieres,
de que como tú lo eres
te daba lo que era tuyo;
bien sabes tú que no huyo,
Mártir de no serlo soy;
caminando a verte voy,
pero como no te veo,
desatarme ya deseo
de los lazos en que estoy.
  El cuerpo de tu sagrado
Apóstol quisiera ver
en Roma, y no puede ser,
que él mismo me ha visitado,
y la vista anticipado,
con esto en España haré
lo que mi instituto fue,
hasta ver la gran ciudad,
donde entra la caridad,
y no es menester la fe.
  Mas ya que no se derraman
sangre y vida destos poros,
permitid que aquestos moros
me maltraten y me infamen;
porque siquiera me llamen
redentor por el dolor
en que os imite, Señor,
el que morir no merece,
que quien por vos no padece
no puede ser redentor.


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(Vase.)
(El REY DON JAIME, MONCADA y AUDALLA, moro.)
JAIME:

  En pedir nuestro Bautismo,
has hecho, Audalla discreto,
una valerosa hazaña,
digna de tu entendimiento.
Mis brazos te quiero dar,
y no solo te prometo
ser padrino, sino darte
con qué vivas en mi reino.
Dichoso tú que has sabido
dejar un error tan necio,
y con recebir la fe,
dar a tu vida remedio.

AUDALLA:

Valeroso rey don Jaime
el Conquistador, el bueno,
el prudente, el vitorioso,
que desde los años tiernos
que te ceñiste la espada,
en tantas guerras y cercos
siempre venciste, y jamás
tus contrarios te vencieron.
Yo soy Audalla, sobrino
del Rey de Niebla, y profeso
por mi gusto varias ciencias;
particularmente pienso
que hasta hoy en la Astrología
ninguno ha escrito ni hecho
mayores demostraciones;
y aunque es verdad que con esto
llegué tal vez a saber
vuestros dichosos aumentos
favorecidos de Dios,
Dios solo y Dios verdadero.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


AUDALLA:

Mas me ha movido a saber
que tú Raimundo, y un Pedro,
que en esta parte habéis sido
Triunvirato de los cielos,
una religión fundastes,
siendo este Pedro el primero
que tomó el hábito en ella,
cuyo divino pretexto
es de redimir cautivos.
Mirando el piadoso celo,
con que vuestros religiosos
se quedan por ellos presos,
y pasan tantos martirios,
que es un notable argumento
de la verdad desta fe.
De suerte que conociendo
que en mi secta voy perdido,
con luz de los cielos vengo
a pedir vuestro Bautismo,
y aunque yo no lo merezco,
el hábito con las armas
de los caballeros legos.

JAIME:

Vuelvo a encarecer, Audalla,
tu virtud, tu raro ingenio,
y lo que te he prometido
agora de nuevo ofrezco.
Holgárame que estuviera
en Barcelona fray Pedro,
que está en Argel rescatando.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MONCADA:

Salva a la ciudad ha hecho
un navío, y le recibe
con grande aplauso y contento.

JAIME:

De la redención parece.

AUDALLA:

Cumpla el cielo mis deseos.
(Aquí gran salva de tiros, y vaya volviendo la nave con banderas y armas de la Merced, y sentados muchos cautivos hombres y mujeres, y muchachos con escapularios, y los escudos en ellos, SAN PEDRO y FRAY PIERRES, y al ir tornando a tierra, en el teatro por una plancha en una coluna que esté enfrente, vaya saliendo la imagen de nuestra Señora de la Merced.)

PEDRO:

  Haced salva con la Salve,
angélico y nuevo canto
que ha instituido la Iglesia,
hijos, al Arca y al Arco
de paz, cándida paloma,
que nos trujo el verde ramo.
Salve farol de la mar,
del mundo salve sagrario
del Hijo de Dios, por quien
fue redimido, fue salvo
el linaje de los hombres.
Salve Reina, salve amparo
de miserables cautivos,
salve puerto soberano.
Ya Virgen de la Merced,
con vuestros hijos y esclavos
a vuestra primera casa
con vuestro favor llegamos.


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La vida de San Pedro Nolasco Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PEDRO:

Recebid este presente,
fruto de trabajos tantos,
y dad licencia que al Rey
todos besemos la mano.
Estos, valeroso Jaime,
son los racimos cristianos
de la viña que plantastes
de Cristo en el Templo santo.
Pero entre todos, señor,
esta sola prenda os traigo,
que como vuestra la estimo,
Príncipe sois y cristiano;
lo que habéis de hacer sabéis,
silencio pongo a mis labios.

JAIME:

Padre, tu celo me obliga,
tus palabras mueven tanto,
que tu consejo obedezco,
y mi obligación declaro.

TERESA:

Vuestra grandeza, señor,
ha detenido mi llanto,
no quiero ofenderos más
con mis porfías, en salvo
quiero poner esta vida,
que hoy dedico al cielo santo,
porque ponga en un Convento
fin mi amor precipitado.


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JAIME:

Vuestro pensamiento estimo,
y desde hoy quede a mi cargo
un suntuoso edificio,
en quien se quiebren los claros
espejos del Turia, y donde
dure a pesar de los años.
Dadme los brazos agora,
Patriarca ilustre y claro
deste divino instituto,
con que Dios se sirve tanto.
Conoce a Audalla, que viene
por nuestro Bautismo sacro,
movido del santo ejemplo
deste rescate sagrado.

AUDALLA:

Dame los pies, Padre mío.

PEDRO:

Agora sí que eres sabio,
Audalla.

AUDALLA:

Ignorante fui,
ya vengo desengañado.

JAIME:

Descansa, Padre, que es justo,
y daremos entre tanto
fin a la dichosa vida,
toda prodigio y milagro,
toda gloria, toda cielo,
de san Pedro de Nolasco,
escrita en cifra, ofrecida
a Filipe Cuarto el Magno.
Y sea este triunfo alegre,
como de la Iglesia aplauso,
nuevo laurel a sus glorias,
feliz auspicio a sus años.

Fin01.jpg


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