La vuelta al mundo en la Numancia : 16

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«No dudes que los Chacones están en Arequipa -dijo Fenelón al celtíbero, que permanecía como atontado mientras los demás bebían y charlaban-. Al partir dieron a su servidumbre esta consigna: 'Vamos a Jauja'. Querían despistar al Gobierno y escurrir el bulto... ¿No comprendes esto, pobre Ansúrez? Pues es raro, porque un español, criado entre el bullicio de los pronunciamientos, entiendo yo que oirá crecer la hierba. ¿No has conocido que la revolución late en el Perú? Late y colea; sólo que anda todavía por debajo de las sillas y de las mesas, por debajo de las camas, por debajo de los altares. Belisario y su mamá doña Celia son del partido revolucionario, como amigos y no sé si parientes del Gran Mariscal Castilla, gigantón de esta fiesta. ¿No caes en la cuenta de que la razón o pretexto de los revolucionarios es el tratado de paces con España, que firmaron Pareja y el Presidente Pezet, arreglo que la gente levantisca considera como la mayor ignominia del Perú? Este patriotismo gordo y populachero es excelente cosa para ornamentar las banderas revolucionarias en los países de sangre española... Pues oye más, hombre inocente y sin hiel. Tu yerno Belisario y tu consuegra ilustre son los adeptos más rabiosos del bando antiespañol del Perú. Mira por dónde tu graciosa Mara, la morenita del tipo Virgen de Murillo, la de las sales granadinas, la discípula de las monjas, ha venido a ser una antiespañola furibunda».

-¡Ajo, eso no! -gritó Ansúrez dando una fuerte palmada en la mesa. El inmenso estupor con que oía los informes del francés, contuvo su protesta en esta brutal concisión.

-Yo no aseguro su antiespañolismo; pero lo presumo, porque el amor funde los sentimientos de marido y mujer. Mara siguió a Belisario deslumbrada por la poesía exuberante de América. América es ya su patria; España, clásica, rígida y enjuta, ya no lo es. ¿Qué significa esto, cándido Ansúrez? ¿Te acuerdas de nuestra primera conversación en la borda de la Numancia, cuando tomábamos carbón en San Vicente? Todo lo que tú no entendías entonces te lo explicaba yo con una sola palabra: romanticismo. Romántico fue el amor de tu hija; románticamente te la robó Belisario; al Perú vinieron a realizar su ensueño; se han casado; son riquísimos... Todo esto quiere decir, por ejemplo, que cuando España arroja de sí el romanticismo, América lo recoge. Los ideales que desechan las madres maduras son recogidos por las hijas tiernas... España coge su rueca, y se pone a hilar el pasado; tu hija hila el porvenir... en rueca de oro.

Diciendo esto, Fenelón se atizó de golpe una copa de coñac. Inquieto y sofocado, Ansúrez no sabía qué pensar, no sabía qué decir. Llevábase las manos a la cabeza; luego, sobre la mesa las dejaba caer desplomadas; por fin, arrancose con estos desordenados conceptos: «Me vuelvo loco... ¡Mi Mara antiespañola! ¡Ajo, eso no! ¡Vámonos a España con cien mil pares de ajos! Llévenme a mi casa, llévenme a mi fragata». Ya levantado para salir, los amigos trataron de aliviar su pena, y Fenelón terminó sus informes con estas advertencias adicionales: «Los Chacones, y tu hija con ellos, se han marchado al Sur por ponerse a salvo de las iras del Gobierno, y por vivir donde se guisa la revolución, que es el territorio entre Arequipa y el Cuzco...».

Era ya hora de volver a bordo; acudieron al tren, y en todo el trayecto hasta el Callao no paró Fenelón en las amenas referencias de sus audacias amorosas. Lima era la Jauja del amor; él, vestido de paisano y hablando francés, burlaba la prevención reinante contra la Marina española. Todos reían de sus fabulosas conquistas, menos Ansúrez, que no le hacía ningún caso. Despedidos cariñosamente en el muelle, los dos vecinos de la Numancia volvieron a su vivienda, alegre el hispano-francés, sumido en profunda y negra melancolía el que llamamos celtíbero. Las emociones de aquella tarde le tenían medio trastornado: desconoció, por breves segundos, a su compañero Sacristá; desconoció también el departamento donde moraba, y en la turbación de su mente hubo de sacudir su dormida memoria, diciéndose: «¿Dónde estoy? ¿Qué casa es esta?».

En aquellos días, el Oficial de mar pagó la chapetonada, que así llamaban los peruanos, desde tiempos remotos, a la fiebre de aclimatación, tributo de que pocos europeos se eximían en la costa del Pacífico. Era una terciana comúnmente benigna; pero en Ansúrez fue por excepción bastante intensa y dolorosa, quizás a causa de la tristeza y depresión del ánimo, que le predisponían a toda enfermedad. Atacado ya de la terciana, escribió a su hija, poniendo en ello la fiebre que ya le requemaba la sangre. Escribió también a Belisario y a doña Celia; mas no contento del sentido de las cartas, las rompía, y así consumió gran copia de cuadernillos de papel. Tal carta en que con extremadas fórmulas de amor perdonaba y pedía paces definitivas, le pareció humillante. Los Chacones eran riquísimos, y él un pobre marinero: lo que en dinero no poseía, debía poseerlo en dignidad. Por fin, todo el fárrago epistolar quedó reducido a una sola carta, dirigida a la prenda de su corazón, diciéndole ternezas y pidiéndole vistas. «Estoy en el Callao, soy contramaestre en la Numancia... ¿No quieres ver a tu padre? Véate yo, hija de mi alma, y muérame después de verte. Tus riquezas no tienen valor para mí. La luz de tus ojos es mi riqueza: dámela, y guárdate lo demás...». Estos y otros conceptos amorosos y sutiles enjaretó. Satisfecho de haber expresado sus sentimientos con el mayor decoro y sin asomo de interés, cerró su carta, y a tierra la llevó para depositarla por su propia mano en el correo; que de nadie podía fiarse en cosa que tan vivamente a su corazón interesaba. Al regresar a bordo, la fiebre ardiente le tumbó en el coy, de donde no pudo levantarse en muchos días.

Asistíale don Luis Gutiérrez con cuidado y cariño; Sacristá, que como a hermano le quería, visitábale con frecuencia, informándose por sí mismo del curso de la traicionera enfermedad. En los días de remisión febril, la enfermería de paz era muy frecuentada de amigos y compañeros. Guardias marinas y Oficiales bajaron al sollado, y el mismo don Casto, que era un ángel, practicó las obras de misericordia, acercándose con piedad y afecto al lecho de su compañero en las fatigas de la mar... Y cuando la remisión era intensa, permitían a Binondo dar a su amigo conversación tirada, y aun leerle vidas de santos, que en aquellos días el Año Cristiano era la ocupación predilecta del cabo de mar. No acababa el malayo de ponerse bueno, y cuantas veces intentó trabajar, sus esfuerzos le privaban de aliento. Relevado estaba, pues, de toda faena, y el pobre hombre empleaba su tiempo en exhortar a sus compañeros a la piedad, y en hacerles descripciones prolijas de la Bienaventuranza eterna. Unos se reían de esto, y otros no; pero entre burlas y veras, Binondo hacía el apóstol o el misionero laico, no sin cierto desdén y escama del venerable capellán don José Moirón.

«Embelesado estoy ahora -dijo Binondo sentándose a la morisca junto al lecho de Ansúrez- con la vida de Santa Rosa de Lima, la gran santa de América; y sobre lo que ya tengo leído de ella en mi Año Cristiano, tres veces he pasado un librito que me trajo de tierra Desiderio García, en el cual librito se trata de mil pormenores de la virtud angélica de la divina Rosa. Como mi hija lleva ese nombre, llego a figurarme que es ella, ella misma la santa... y aunque no lo sea, yo las igualo en la hermosura... Dice el librito que aquí tengo, que la santa nació en la casita de un corral, propiedad de su padre, Gaspar Flores, y en dicho corral, ya niña, plantaba clavellinas y mosquetas... Un día advirtió que brotaba un rosal en su jardinito. Patente era el milagro, pues los rosales no se conocían en el Perú... Y la planta milagrosa dio tantas, tantas flores, que toda la ciudad pudo gozar de ellas y de su hermosura y olor deleitoso... deleitoso dice el libro. Y así como el aroma, o dígase fragancia, de las flores plantadas por Dios se extendió a toda la ciudad, y de la ciudad a todos los Perules altos y bajos, del mismo modo la fama de la santidad de aquella criatura voló por todo el orbe cristiano: así lo dice el libro... hasta Roma mismamente... Dios me tocó en el corazón para que a mi hija diera el nombre de Rosa. Mi hija está en el Cielo con los ángeles y serafines. Cada vez que pronuncio su nombre, me da en la nariz el olor, o dígase fragancia, de aquella flor celestial... celestial dice el libro».

-A la hija mía puse yo nombre de Marina por la Santísima Virgen del Mar, y no hay nombre que mejor le cuadre, porque lleva en sí toda la sal del Océano; tiene también su oleaje, el vaivén de las aguas; y para que la semejanza sea completa, la mueven temporales duros.

Con lúgubre y pausado acento dijo esto Ansúrez; y el otro, pegando su hebra en las últimas palabras del amigo, continuó así: «Tempestades tuve yo también, Diego; ciclón terrible me llevó a mi hija, dejándome anegado de pena. Pero mi Rosa está en el Cielo; tu Mara también. Hagamos por morirnos tú y yo santamente, y las tendremos a nuestro lado por toda la eternidad».

-Mi hija no se ha muerto... no se ha muerto -replicó Diego inmóvil, triste, mirando a los baos del techo-. Pero la ausencia y la distancia son peores que la muerte. Si esta enfermedad acaba conmigo, no veré a mi hija, y seré mas desgraciado que tú... porque tú la verás pronto... puesto que ya la tienes allá, José... Tú no tardarás en morirte, y en cuanto llegues, verás aquellos ojuelos negros y chiquitos, como los de los ratoncillos; la nariz chatuca y desdoblada; verás la color de aceituna, la boca reventona, con aquellos dientecillos que parecen nieve entre tomates.

-Poco a poco -dijo Binondo picado-. No tomes a chanza la cara linda de mi niña, que si fue preciosidad en la tierra, mayor lo es en el Cielo; que allá el jaramago se vuelve clavellina... clavellina: así lo dice el libro de Santa Rosa.

-Mi hija es bella, y no necesita que la lleven al Cielo para que se le aumente la hermosura -murmuró Diego con cierto desvarío, que indicaba el recargo febril-. En la vida de América se ha puesto más bonita... es más señora y apersonada, más suelta de lenguaje. No hay preciosidad como ella en todos los Perules del Sur ni del Norte... Mi hija vive en un palacio... la sirven quinientos criados negros, rojos o amarillos... come en vajilla de plata y bebe en copas de oro. Todos los metales preciosos que dan las entrañas de los Andes, son para ella... ¡Y yo no puedo verla muriéndome, como verás tú a la tuya...! Para verla, tengo que vivir y navegar mucho tierras adentro. ¿Y cómo navego yo fuera de mi barco, si de aquí no puedo salir? Estoy en España; mi hija está en América, lejos, lejos, y ya no quiere ser española... ¡Válgame Dios, qué calor siento! Dame limón, José; me abraso...

Así prosiguió divagando hasta que le cogió el sueño. Rosario en mano, Binondo rezaba entre dientes. La noche fue tranquila. Siguieron días de quietud vaga y letárgica, en los cuales, desde el amanecer de Dios hasta la hora de silencio, iba contando Ansúrez todos los toques de corneta, campana, tambor y pito que marcaban las distintas faenas, maniobras y ejercicios que sucesivamente se practicaban a bordo.

La terciana fue más larga que intensa, y hasta Junio no pudo Diego llamarse convaleciente. La reparación orgánica se retrasaba por causa del hondo abatimiento en que el ánimo del pobre celtíbero se mantenía. Lo que mayormente le angustiaba era no recibir contestación a la carta que escribió a su hija, y todo era cavilar y hacer cómputos de distancia y tiempo para explicarse la tardanza. Por segunda y tercera vez escribió, y no habría dado paz a la pluma si el amigo Fenelón no calmara su ansiedad con razones de mucho peso.

«No seas chiquillo, Ansúrez -le dijo una tarde, sentaditos los dos en el camarote de maquinistas-; no olvides la extensión de los caminos del Perú, siempre largos, ahora más, por el trastorno de estas revoluciones malditas. De lo que me ha dicho Canterac estos días, deduzco que la familia de Mara no está ya en Arequipa, sino en el Cuzco...».

-Y ese Cuzco... entiendo que está en el propio riñón de los cansados Andes... La verdad, no sé para qué levantó Dios esa cordillera tan alta, de Norte a Sur. Es como un grandísimo pisa-papeles que puso a lo largo de estas tierras para que no se las lleve el viento ni las arrebate la mar... Dime otra cosa: ¿no fue en el Cuzco donde tenían la cabeza de su imperio aquellos indios que llamaron incas, y que eran como hijos del Sol?

-Así es. En el Cuzco tuvieron su capital. El imperio era grandísimo, y lo poblaba una raza industriosa y guerrera. Francisco Pizarro, que no sabía leer ni escribir, pero tenía, por ejemplo, un corazón más grande que esos montes que vemos, y en su voluntad volcanes de furor, y en su cabeza, vacía de letras, pensamientos altísimos, se apoderó en poco tiempo de aquellas salvajes grandezas y cargó con todo; después vino y fundó esta Lima hermosa, y en ella puso la simiente de las lindas limeñas...

-De seguro, en ese Cuzco tendrá la familia de Belisario algún palacio... Puede que sea el alcázar mismo de aquellos emperadores incas o incaicos, como aquí dicen, restaurado y puesto a la moderna. Será todo de piedra mármol jaspeada, con tropezones de metales preciosos... Yo me lo figuro así, y en él veo a mi hija como a una reina... como a una emperadora... ¿Es así, Fenelón?

-Así puede ser, porque los Chacones son riquísimos. He podido informarme de su caudal; me han hecho la cuenta, al dedillo, de las rentas que disfrutan. Es un escándalo, Diego; es un ultraje a la humanidad, que unos pocos posean tanto, y los más se pudran en la miseria, en un trabajo de animales...

-¿Y el cuánto, Fenelón? Dime el cuánto de esa riqueza... pero con verdad. Deja en tu cabeza las mentiras, y échame cifras... buenos números claritos.

-Pues entre doña Celia y sus hijos, que son tres, gozan una renta de... ello se aproxima a cuatrocientos mil soles...

-¿Al año?

-Naturalmente. Mi palabra de honor, que la cifra no es de fantasía.

-Pues lo parece, y yo me quedo atontado escuchándote... Me acuerdo ahora de lo que pasó en la correduría de Cartagena, cuando quise coger a Belisario por los cabezones para tirarlo al mar... me acuerdo también de cuando, caminito yo de Motril con mi niña en brazos, le encontramos vestido pobremente, negro del sol y del aire, con plastones de polvo encima de lo negro... en fin, que daba lástima verle... ¡Y ahora...! Se vuelve uno loco. Estoy en América... ¿He dado la mitad de la vuelta al mundo, o es el mundo el que ha dado media vuelta en derredor de mí? No sabe uno lo que le pasa. Esto es vivir dos veces, Fenelón; esto es haberse uno muerto, y resucitar... en otro mundo.