La vuelta al mundo en la Numancia : 19

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
La vuelta al mundo en la Numancia
Capítulo XIX
 de Benito Pérez Galdós


Las revoluciones americanas se parecían a las nuestras como una castaña nueva a una castaña pilonga. Sus incidentes y desarrollo, su desenlace infeliz o venturoso, eran casi siempre los mismos; sus héroes, ya coronados del éxito, ya hundidos en la derrota, llevaban en su conducta y lenguaje los propios caracteres. Resulta, pues, para nosotros el relato de la revolución peruana en 1865 como un amaneramiento histórico... Clío se ve obligada a contar, con formas gastadísimas, sucesos ya conocidos por su lamentable repetición. Será preciso referir con trazo nervioso y rápido los acontecimientos que arrojaron de la Presidencia al General Pezet, para poner en su lugar al General Canseco. Fuera de la escaramuza naval en aguas de Pisco, la revolución no presentó ninguna originalidad, ni dejó de amoldarse a los precedentes que para uso de los pueblos ibéricos archiva la Historia de esta Península.

Mientras los dos caudillos se iban acercando con parsimonia, y alzaban las cortadoras espadas queriendo renovar la pelea entre don Quijote y el Vizcaíno, los pueblos se amotinaban aprovechando la debilidad de las guarniciones y el desequilibrio de aquellas autoridades tambaleantes, que tenían un pie en la legalidad y pie y medio en la rebeldía. La República chilena, interesada en celebrar con el Perú pacto de odio contra España, atizaba candela en favor de Canseco, y valiéndose de hábiles agentes, laboraba en la capital y en su puerto, así como en las ciudades del Norte. Lima era un campo de continuos desórdenes, y en el Callao saltó un motín seguido de saqueo, que fue la página más movida de aquel drama de escaso interés.

En esto, el bueno de Pezet y el arrogante Canseco renunciaban a toda semejanza con don Quijote y el Vizcaíno; y poniendo hielo en la furia de sus primeras amenazas, envainaron los aceros. No tiene explicación la conducta de Pezet, que, dueño de excelentes posiciones, primero en Lurín, después en Bella Vista, dio media vuelta a la izquierda y acudió a embarcarse en una corbeta inglesa. En tanto, Canseco daba media vuelta a la derecha y caía sobre Lima, donde hubo de luchar con dos militares tercos que sabían su obligación: era uno el Ministro Gómez Sánchez, y otro el Coronel Sevilla. Pero, al fin, la fuerza y el número imperaron. Quedó Canseco dueño de Lima, con el nombre de libertador, entre el delirio y espasmos patrióticos de la muchedumbre; y para completar el amaneramiento del desenlace, siguieron las fiestas, los escándalos, las libaciones y atropellos, que en esta clase de cambios políticos suelen ser el fin de las alegrías y el comienzo de las dificultades.

Desde la Numancia pudieron los españoles echar un vistazo fugaz a la revolución, que por sí y por sus hechos interiores sólo debía moverles a curiosidad. Por sus consecuencias internacionales les movía quizás a mayores inquietudes. La situación a bordo era de incertidumbre y zozobra. Gran número de familias se habían refugiado en barcos mercantes españoles. Con estos se comunicó Méndez Núñez, ofreciendo a los prófugos amparo más seguro si fuera menester. La hostilidad entre la plaza y la fragata era cada día y a cada hora más ostensible. De tierra venía un aire de cólera que daba en el rostro a los tripulantes de la fragata. Habrían sido rostros de mármol si no respondieran a las demostraciones airadas con fruncimiento de cejas por lo menos. Cada cual tiene su alma en su almario.

Una profecía de Fenelón, hecha por aquellos días en círculo de camaradas, daba la medida de su mundología y agudeza. Dijo el hispano-francés que una vez exaltado Canseco a la Presidencia, se había de ver entre la espada y la pared, entre la realidad del gobierno y los compromisos que había contraído para encender y arrastrar a las muchedumbres. El revolucionario tenía que darse de cachetes con el hombre de Estado, porque aquel lanzó a la populachería la idea de anular el arreglo con España, calificándolo de ignominioso, y este se veía forzado, por ley de conservación, a librar a su país de los azares y quebrantos de la guerra. Así sucedió, en efecto: Canseco inauguró su presidencia con ejercicios de consumado equilibrista en la cuerda floja. Había predicado la guerra. ¿Cómo predicar ahora la paz? Largos días emplearon en negociaciones el Ministro de Estado y nuestro Representante, señor Albistur, repitiendo los equilibrios del Presidente. Este inventaba fórmulas, obras maestras de pastelería... Pero no hubo manera de oponerse a la efervescencia popular, atizada por los agentes chilenos, de prodigiosa actividad y travesura. Tanto empujó la ola del partido belicoso, formado casi exclusivamente de militares, que al fin Canseco hubo de comprender cuán expuesta es a quebrantos la pastelería política, y obligado se vio a resignar el mando y Presidencia. En su lugar, los revolucionarios, asistidos de los agentes chilenos, elevaron al Poder supremo al Coronel Prado, con el nombre de Dictador. El nombre no más tenía y la estampa corpórea, que la verdadera cabeza dictatorial era Gálvez, hombre impetuoso y sugestivo, que con la brillantez de sus ideas y la exaltación de su antiespañolismo circunstancial, se llevaba consigo a toda la juventud peruana.

Desvanecidas con la dictadura las esperanzas de concordia, la situación de la Numancia era bastante crítica. En aguas del Callao la retenía el cuidado de nuestros compatriotas, guarecidos en barcos mercantes, el acopio de provisiones para sí y para los demás buques, y la observación de los movimientos y planes del pueblo, que ya se mostraba como resuelto enemigo. Evidente era ya que el Callao quería fortificarse. A los oídos españoles llegaban los proyectos de baterías formidables, de cañones potentes... Más que estas amenazas, ofendían a los españoles las demostraciones de hostilidad negativa. Los peruanos no querían dar víveres, regateaban el agua... La incertidumbre y el recelo entristecían la vida de todos los tripulantes. Se doblaron las guardias; se extremó la vigilancia; se temía, no sin fundamento, el acecho de las naves americanas. Lanzadas las imaginaciones al campo de las conjeturas, se hablaba de unos artificios llamados torpedos, imitación del pez de este nombre, que, dirigidos sin ruido a larga distancia, explotaban dentro del agua y podrían destruir traidoramente el barco más poderoso. Por esto, y por creer que era conveniente acudir a reforzar el bloqueo de los puertos de Chile, la Numancia levó anclas el 5 de Diciembre y puso proa al Sur, llevando a remolque a su galán Marqués de la Victoria, que dolorido de los pies y quebrantado de las coyunturas, no podía dar un paso. Delante salieron, cargados de carbón y provisiones, los dos transportes Vasconga y Valenzuela. ¡Adiós, Callao; adiós, Lima hermosa; adiós, ingratas limeñas! Un hado maligno y burlón nos hizo enemigos. Maldito sea.

Navegó hacia Chile la fragata con mar bellísima y sosiego delicioso del viento. El Pacífico parecía inmenso lago, o un estanque sin fin; la atmósfera, limpia y transparente, permitía contemplar la majestad de los Andes. Tanta serenidad contrastaba con la expectación de los navegantes, que por secreteo misterioso del alma presagiaban alguna desdicha escondida en el fondo de aquella mansedumbre soberana del cielo y la mar. Seis días duró el navegar calmoso, con placidez acompasada y rítmica, marcada por las vueltas de la hélice.

Dos hombres no más había en la fragata que, recogidos en su vida interior, se aislaban de las preocupaciones comunes a toda la tripulación. Eran Binondo y Ansúrez. El primero, bajo la acción deprimente de sus achaques, e incapaz de todo trabajo corporal, zambullía su espíritu en la lectura, y ya llevaba medio devorada, aunque no digerida, la biblioteca del Capellán, compuesta de dos o tres docenas de libros. Después de consagrar dos horas al Año Cristiano, picaba en el Sermonario y en un tratado de Teología; por fin, le metía el diente al Genio del Cristianismo, al Perfume de Roma, a las Ruinas de mi Convento, y a otros volúmenes tan entretenidos como piadosos... El continuo leer y el meditar en lo que leía, le iba poniendo en comunicación familiar con lo infinito, y su cara plana y cadavérica revelaba un desprendimiento gradual de las cosas terrenas. La vida interior de Ansúrez era de un orden muy distinto y puramente imaginativa. Su pasión paternal, llevada al último grado de exaltación por el nacimiento del nietecillo, de que daban testimonio los retumbantes versos, tomaba en la soledad formas de delirio, y a sí propio se engañaba, construyéndose interiormente un simulacro de la realidad. Era la imitación a veces tan perfecta, que Ansúrez no dudaba de la autenticidad de lo soñado. Sin desatender a sus obligaciones, entregábase el hombre a una solitaria labor de vida imaginada, trajín muy propio de mareantes, apartados del mundo en largas travesías.

Desde que supo la existencia del pequeñuelo, en él puso el celtíbero todos los ardimientos de su corazón, tan dispuesto al amor de familia. Su familia era Mara; mas un destino cruel le vedaba su presencia. El amor conyugal y los afectos de su nueva parentela la retenían como prisionera en regiones distantes. Del chiquillo, en cambio, pensaba Ansúrez que le pertenecía más que la madre. Viéndole con el poderoso cristal de su imaginación, llegó a construir caprichosamente sus lindas facciones, su angélica sonrisa y sus donosas travesuras. Por misteriosa ley divina, aquel niño amaba a su abuelo más que a sus padres: con esto se creía compensado de tantas fatigas y tristezas. Así, cuando se aproximaba al puerto de Caldera, ya llevaba Diego varias noches con el niño a su lado, y aun de día imaginaba intensamente la presencia de la criatura llevándola en brazos de un lado para otro. Si se pudiera dar forma visible a tan extraordinaria ficción de la realidad, resultaría el buen Ansúrez la perfecta imagen de San José, suprimida la vara de azucenas y cambiado el traje bíblico por el uniforme de diario de un Contramaestre.

Y en este imaginar ardoroso, Ansúrez no hacía caso del tiempo, ni lo tenía en cuenta para nada. El día anterior había llevado en sus brazos al nieto, figurándoselo en una edad como de año y medio, ya destetado, avispadillo y juguetón. Pues bastó un lapso de veinticuatro horas para que lo tuviera consigo en edad de más de tres años, con gorrita de marinero, ya muy parlanchín, sin dar paz a su media lengua deliciosa. ¿Dormía el hombre?, ¿soñaba despierto? Esto era lo más aproximado a la verdad. Ignorante del nombre que pusieran al chiquillo, él se había permitido dárselo a su gusto. Llamose, pues, Carmelo, como traído al mundo bajo la protección de la Virgen del Carmen. El delirio del Contramaestre llegó a suponer que su hija le enviaba el chiquillo con estas cariñosas expresiones trazadas en una carta: «Ahí lo tienes, padre; llévatelo, para que navegando te entretengas con él». Nada más decía; pero era bastante.

En brazos lo cogía, y su primer cuidado era enseñarle la soberbia embarcación: le mostraba todo, como le mostraría un fabuloso y complicado juguete que acababa de comprarle. «Vamos, hijo, por aquí, y verás qué bonito es esto. Te gustará mucho. Pues todo es para ti, para que juegues, para que juguemos los dos y nos divirtamos mucho... Vamos... pasemos bajo el puente... Esto es el Alcázar... Entremos por esta puerta. ¿Ves qué bonita cámara?... Aquí viven los principales del barco... Entremos más: allí está el camarote del Comandante, que se llama don Casto... No podemos pasar: el Comandante nos reñiría... a ti no, a mí sí... porque aunque nos quiere mucho, por encima de su cariño está la ordenanza. Salgamos ya... Vamos... Por esta escala bajaremos a la batería... ¿Ves qué preciosa es la batería? Mira cuántos cañones: aquí uno, y siguen otro y otro, asomados a las portas para ver la mar y los peces... Estos cañoncitos los dispararás tú cuando quieras... Mi niño no se asustará del ruido. Vamos hacia proa... ¿Qué te parecen estas cadenitas? Son las de las anclas... Puedes echar y recoger el ancla cuando quieras... Vamos ahora a ver la máquina. Nos asomaremos por aquel agujero... Verás, verás qué cosa tan bonita. Mira cómo relucen las piezas de acero, y cómo suben y bajan aquellos vástagos, y qué ruido hace todo, como si estuvieran aquí dando patadas contra la quilla cuatrocientos mil caballos de tierra o de mar. Aunque sé que no te dará miedo bajar a la máquina, no bajaremos, porque nos pondríamos perdidos... Sigamos... allí tienes, a popa, el comedor de Oficiales... Vámonos ahora al otro sollado... Por esta escalera bajaremos... Ya estamos abajo. Allí... a proa tienes nuestro dormitorio; más allá tenemos un pañol, donde guardamos nuestra comidita. Aquí, a los costados de babor y estribor, duerme la tropa... se arman y se desarman las camas... Sigamos: comedor de maquinistas... y a popa dormitorio de oficiales... Bajemos ahora al otro sollado, que tú no tienes miedo... Está un poquito obscuro... Detrás de este mamparo ¿qué hay?, las carboneras... Aquí tienes la enfermería de guerra... Esto que pisamos es la cubierta de los aljibes... más allá, despensa, pañoles... ¿Quieres que bajemos más? Pues vamos, que el nene no se asusta, y quiere verlo todo... Ea, ya estamos en lo más profundo... Por aquí, por aquí... Estamos ahora en el pañol de la pólvora, que llamamos Santa Bárbara... Hacia aquel lado, cartuchos, balas... Aquí podrás jugar todo lo que quieras, y pegar fuego a la Santa Bárbara... con lo que brincaremos todos hasta el cielo... Ea, volvamos arriba, que aquí hace calor... ¡Arriba, upa!... Ya estamos otra vez sobre cubierta... ¡ajajá! ¡Qué hermoso el cielo... qué soberbia la embarcación! Allí tienes a nuestro amigo Sacristá, que nos mira y se ríe... ¡Ah, pillo!, ya iremos a tirarte de una oreja... Vaya, niño mío, ¿quieres que te suba a la cofa de trinquete? ¿No te asustarás?... Pues si te atreves, subamos. Conmigo vas tan seguro como si el mismo San José te llevara. Arriba por la escala del obenque... Ajajá... Ya estamos arriba. De aquí sí que se ve bien tu juguete y la mar... ¿Ves qué grande, qué grande? ¿Qué te parece este sin fin de cabos y la largura de las vergas? Puedes desde aquí jugar todo lo que quieras, y largar y aferrar las gavias y juanetes a tu satisfacción... Mira para el otro lado, niño mío... Allí tienes los Andes... ¿Verdad que son altísimos?... Algunos montes de esos son volcanes... y tienen dentro mares de fuego... Yo te llevaría con gusto hasta el pico más alto para que vieras toda la América de la otra banda, y los ríos que llevan sus aguas al Paraná y al Uruguay y al Plata... Todo eso es España, otra España, ¿te vas enterando?... Háblale, salúdala con tu manecita, y con tu media lengua dile que la quieres mucho, que estás aquí con tu abuelito, y que también tu abuelito la quiere... Bueno: pues ahora mira para el cielo, niño querido. ¿Ves esa nube que tapa el sol? No es nube: es una inmensa bandada de pájaros. Míralos bien, verás que son miles de miles de aves. Vienen de alta mar, donde han comido peces, y ahora se retiran a las peñas de tierra... Se llaman piqueros, sarcillos, gaviotas, alcatraces... Traen en sus estómagos mucho dinero, pues el guano lo es... es oro y plata... Mira, mira cómo la bandada, al aproximarse a tierra, se divide en escuadrones, en compañías... Cada familia se va a su casa, y cada pareja busca su nido... Ea, bajemos, que hace ya demasiado fresco...». Terminada esta visión, empezaba otra; y a medida que las iba produciendo, el celtíbero celebraba con sonrisa del alma sus propios disparates.



La vuelta al mundo en la Numancia de Benito Pérez Galdós

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII
XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI