La vuelta al mundo en la Numancia : 27

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De este suceso, del grande ánimo de General y de su heroica marrullería, hablaron los dos amigos extensamente, tratando luego de los medios de proporcionarse algún alimento de mediana calidad y frescura. Pero la requisa escrupulosa que hicieron de despensa en despensa no dio resultado alguno. Separáronse, y cada cual fue a entretener y amodorrar su hambre con las obligaciones. Ansúrez se aplicó a la faena de la reparación de averías en los barcos de madera.

En la agitación de estos trabajos les sorprendió la noche del 5, que fue de gran alarma y ansiedad, porque vieron confirmado el temor de que les atacaran con torpedos u otros aparatos infernales y traicioneros. Gracias a la vigilancia con que a estos riesgos atendían, pues aquella pobre gente no descansaba en las noches claras ni en las obscuras, pudieron librarse de una catástrofe. La Berenguela fue la primera en anunciar con cañonazos el peligro. A favor de las tinieblas se aproximaba un remolcador conduciendo una barcaza en que venía el torpedo, diabólico artefacto lleno de fulminante, que por medio de un sutil mecanismo, al chocar con un cuerpo duro se inflamaba y hacía terrible explosión, pudiendo así destruir la nave más poderosa. La Providencia, que a los españoles favorecía en aquellos angustiosos días de trabajar duro y apenas comer, deshizo el plan siniestro de los que habían armado el bárbaro artificio. Una bala de la Berenguela rompió la palanca que debía transmitir al depósito de explosivos los efectos del choque, y el torpedo quedó ineficaz. A la mañana siguiente pudieron desmontarlo con minuciosas precauciones, y salieron al fin ganando, porque el vaporcito que traía la muerte quedó con vida incorporado a la Escuadra. ¡Lástima que en vez de enviar vaporcitos portadores de fulminante, no los mandaran cargados de jamones, pavos, manteca fresca y demás pólvoras alimenticias!

Deseaban Sacristá y Ansúrez visitar al General para felicitarle por su mejoría y recibir sus órdenes, y antes de que pusieran en ejecución este noble pensamiento, Méndez Núñez les mandó llamar. Ello debió de ser el 7 o el 8 de Mayo. Halláronle levantado, el brazo en cabestrillo, pálido y decaído de fuerzas físicas, ya que no de ánimos. Con su bondad ingénita, que en el trato de los inferiores generosamente se mostraba, les recomendó que se previnieran para un viaje larguísimo y tal vez de contingencias desfavorables. «Al retirarnos de estas aguas -les dijo-, no podemos seguir juntos... Yo me voy en la Villa de Madrid, con la Blanca, Resolución y Almansa, a Río Janeiro; vosotros, con la Berenguela, emprenderéis la derrota de Filipinas, para seguir luego hasta España por el Cabo de Buena Esperanza. Ya veis: ocasión se os presenta de mostrar otra vez que sois excelentes marineros. Lo que hicisteis para ayudarme a traer acá esta fragata, repetidlo ahora... No me arriesgo a llevar la Numancia conmigo, porque ha de ser muy difícil embocar en esta estación la entrada occidental del Estrecho. Hemos de ir por el Cabo de Hornos y a la vela. ¿Quién nos dará carbón de aquí a Montevideo? Vosotros llevaréis mejor camino, y antes de llegar a Filipinas haréis escala en alguna isla de Archipiélago de la Sociedad... Menester será emplear la vela el mayor tiempo posible, porque no llevaréis carbón más que para algunos días. Viento de popa y corriente favorable tendréis al salir de aquí; navegaréis con rumbo Sudoeste hasta los 17 grados; luego, al Oeste: la corriente os ayudará a llegar a las islas. Ocupaos hoy mismo en guindar todo el aparejo, asegurando los estáis y poniendo al corriente todo el juego de brazas de los tres palos, que si os cogen calmas, habréis de largar todo el trapo y las arrastraderas. Repasad bien el velamen, y si hay que hacer reparación en las gavias, no os descuidéis: lona tenéis de sobra... Me figuro que habréis de dar algunas puntadas en las mayores y en los foques, que bastante trabajaron para traernos acá... Y nada más os digo, porque os conozco, y sé que sabéis cumplir con vuestro deber... Deseo que podamos volver a vernos allá. Ello no es fácil, porque como de esta hecha hemos quedado todos, cuál más cuál menos, bastante estropeaditos, y heridos del corazón tanto como de los remos, no será extraño que algunos vayan cayendo al agua por el camino. Sea lo que Dios quiera. Amigos, hasta Cádiz... o hasta el Valle de Josafat».

Con emoción y gratitud salieron de la cámara del General los dos contramaestres. La llaneza bondadosa de don Casto les afianzaba en el cariño que por él sentían, y era el mejor estímulo para el cumplimiento de cuanto les mandaba. Sin perder tiempo se consagraron a guindar toda la arboladura, y a disponer el velamen, que pronto había de ser entregado a las caricias del viento. Después de trabajar como negros en estas operaciones, cayó el buen Ansúrez en hondas melancolías. La idea de abandonar las aguas peruanas sin poder saltar a tierra, le abrumaba. ¿Qué razón había para que el General no hiciese paz honrosa con el Perú, echando pelillos a la mar, sin pensar más que en la reconciliación de dos pueblos hermanos? ¡Ajo! ¿Para cuándo dejaban el tierno abrazo de americanos y españoles? Retirarse a España dejando las cosas como estaban, era una mala partida, un pastel indecente... ¡una traición, con cien mil pares de ajos! No había consuelo para el infeliz padre cuando pensaba que tenía que volverse a Europa dando al mundo la vuelta grande sin ver a su hija y abrazarla. ¡Ni siquiera le permitía Dios el mezquino placer de comunicarse con ella, de recibir cuatro renglones trazaditos en un papel por su linda mano! ¿Qué crímenes había él cometido para estar condenado a dar vueltas alrededor del globo sin ninguna pausa ni alivio de su inmenso pesar? Esto era horrible, Señor; esto traspasaba los límites del dolor humano. Mejor que esto era el Infierno; mejor el Limbo, con su privación eterna de bienes y males.

Para mayor tortura del pobre celtíbero, hasta la consoladora visión del niño Carmelo había desaparecido. Por más que se esforzaba en traer a su imaginación la angelical persona del nietecillo, no podía disfrutar de aquel consuelo. La imagen alada y sutil se escapaba, se escabullía, perdiéndose en los espacios más remotos del ensueño. «¡Señor, Virgen de Carmen -decía clavándose los dedos en el cráneo-, si será todo mentira!.... ¡si me habrá engañado el maldito francés y los que declararon que mi hija estaba en Jauja, en el Cuzco, en Arequipa, o en las Batuecas de los Andes! ¿Serán también una farsa los versos con que quisieron darme fe del alumbramiento de la niña? ¡Ajos!, no me falta más sino que tenga razón ese puerco mojigato de Binondo, que me asegura la muerte de Mara y su viaje al otro mundo para no volver de él. Sáqueme Dios de estas dudas, o me entregaré a los demonios para que me cojan, me zarandeen, y me zambullan en sus calderas de plomo derretido».

En esta consternación y turbulencia de su espíritu estaba el hombre sin ventura, cuando llegose a él Mendaro, que a despedirse iba. Llorando a moco y baba se echó Ansúrez en brazos de su amigo, y le dijo: «Pepe de mi alma, por lo que más quieras; por tu mujer guapetona, que perece una reina, por el príncipe tu hijo, ten compasión de este padre desgraciado, y en cuanto vuelvas a tu casa, busca el medio de ponerte al habla con Mara o con su familia; revuelve a Lima, a Jauja y al piñatero Cuzco hasta dar con ella. Si para esto necesitas gastar algún dinero, aquí tienes todo el que guardo de mis pagas... No dudo que me harás este favor, hijo: yo te lo agradeceré mientras viva... Y si logras ver a esa ingrata, cuéntale mis amarguras, y hazle ver lo que he penado por ella, y lo que aún me falta, ¡ajo!, que es mucho dolor este de volver a España por la vuelta de Filipinas y el Cabo de Buena Esperanza sin ver a mi hija, sabiendo que está en el Perú... No sé, no sé cómo consiente Dios este desavío tan grande... ¡Y para esto ha hecho el hemisferio Sur y el hemisferio Norte, y los caminos de la mar! Navegue usted nueve mil millas, fondee delante del Perú, y resígnese a navegar ahora veinte mil millas sin ver logrado un deseo tan natural y tan santo como es el abrazar un padre a su hija... Yo le digo a Binondo que no hay Dios, y que si lo hay está trastornado de su eterno caletre... Y si no lo estuviera, ¿cómo había de permitir estas guerras estúpidas, que no son más que bambolla y quijotismo? ¿Qué ventajas nos da el sin fin de bombas y granadas que hemos tirado contra esos infelices?... Pero, en fin, no nos entretengamos, Pepe, que tú tienes prisa, y nosotros aguardamos la pitada que nos mande levar anclas. Toma las diez y siete cartas que en estos días escribí a mi ingrata: se las das todas para que se entretenga leyéndolas. En la última le digo que en cuanto lleguemos a Cádiz, me quedaré franco de servicio, y me vendré al Perú por Panamá, y veré a mi adorada, si es que vive... y a Dios le digo que si no me arregla el venir acá, y el encontrarla buena y sana, y el hacer mis paces con ella y con su familia, me volveré ateo... Ateo seré, como hay Dios; te lo juro... Con que ya sabes: en ti confío; guarda las cartas... De lo que averigües me escribirás a Filipinas, donde haremos escala... Y si recibiera carta de ella, me volvería loco, y se me quitaría el ateísmo... Adiós, hijo: a ti me encomiendo. Que te vaya bien. Ya suena el pito de Sacristá... A levar se ha dicho... Adiós, adiós».

Prometió Mendaro cumplir con toda solicitud el encargo de su amigo, y resistiéndose a tomar el dinero que este le ofrecía, se abrazaron... «¡Adiós, América!» dijo el uno. Y el otro: «¡Adiós, España!...». Media hora después, la Numancia, andando a máquina, doblaba majestuosa la punta de San Lorenzo, y al entrar en el ancho mar tendía las alas de su velamen, abandonándose en brazos del viento suave y amoroso. Toda la Escuadra navegó en conserva el día 10 con rumbo SO., y a la puesta del sol se separaron las dos divisiones. La despedida, con los silbatos de vapor y el sube y baja de banderas, fue patética, y dejó tristísima impresión en todas las almas. Pusieron las proas al Sur los que iban por el Cabo de Hornos, y la Numancia, Berenguela y Vencedora, con el Marqués de la Victoria y los mercantones Uncle Sam y la fragata Mataura, enmendaron su rumbo, poniéndolo al Oeste con cuarto al Sur.

El descanso de los tripulantes en aquella expedición era tedioso y lúgubre. Enfermos de excitación anímica y de rudos trabajos, ingresaban en vida de hospital, donde el malestar o las lesiones que cada uno llevaba salían a la superficie estimuladas por el reposo. Sobre todos los males imperaba el mal comer, contra el cual no había remedio mientras no llegasen a tierra de abundancia. Carne salada, tocino en mal estado y galleta mohosa, eran el alimento corriente para todos, altos y bajos. El hambre se juntaba con la inapetencia, y la repugnancia cortaba el paso al apetito. Y para colmo de desventuras, la carencia de tabaco llegó a ser absoluta. Hombres había que se dolían más del no fumar que del no comer. Llegó un día en que el mismo Binondo, almacenista en pequeña escala de hoja virginia, no suministraba ni una hebra. Hombres industriosos hubo, tan ávidos del vicio, que discurrieron fingir el tabaco con raspaduras de maderas dadas de sebo rancio. Las virutillas que así sacaban eran liadas en papel, como picadura, y venga chupar y escupir, engañando el gusto y rodeándose de humareda pestífera.

La tristeza era general: nadie cantaba ni reía. El aplanamiento físico y moral sobrevino con verdadera difusión epidémica. La pereza embotaba la voluntad: nadie trabajaba; fatigábanse algunos del menor esfuerzo, y todos caían en tétricas modorras. Para sacudir los cuerpos enmohecidos, se discurrió darles gazpacho dos veces al día, pues no faltaba vinagre a bordo; y para mover las almas, se ordenó que se pusieran en práctica todos los medios de regocijo. El que supiera cantar, que cantase, y lucieran sus habilidades los tañedores de guitarra, bandurria, flauta, o siquiera del güiro. Diose permiso para bailar y recitar romances y jácaras. Mientras los marineros organizaban un festival de zapateado, o de las danzas peruanas la Zamacueca y la Zanguaraña, que algunos sabían, los Guardias marinas repartían y ensayaban el socorrido Puñal del godo, para dar una representación solemne y pública en el Alcázar. Hasta se quiso incluir en el programa un número de prestidigitación y otro de volatines, que había en la Maestranza dos muchachos muy fuertes en estas divertidas profesiones.

De nada valían tales artificios para atraer la alegría cuando esta no se dejaba coger. Si por momentos resplandecía sobre algunas extravagancias, pronto se iba, difundiéndose en el aire calmoso. Lo que al barco llegaba y en él ponía su alojamiento era el escorbuto, el mal marinero que destruye las tripulaciones cansadas, mal comidas y agobiadas de tristeza en las grandes soledades oceánicas. En la Berenguela y Vencedora menudeaban los casos; en la Numancia empezaron las manifestaciones de mal a los tres días de salir de Callao. Los médicos vieron venir la terrible infección, y sin poder aplicar más que paliativos, suspiraban por llegar a cualquier isla donde hubiera limones. El primer atacado fue Desiderio García, que además tenía una herida de casco de metralla en el muslo, aún no cicatrizada; cayeron después un marinero vizcaíno, llamado Ansótegui, y dos fogoneros gaditanos. Empezaban con un recrudecimiento de la general tristeza, y con extremada flojedad, abatimiento y fatiga; seguía la hinchazón de encías, síntoma determinante del mal; luego la reapertura de las heridas, el que las tuviera, las manchas equimóticas que degeneran en úlceras, la emisión de sangre negruzca, la caída de los dientes, y, por fin, el marasmo, la muerte...

En el pobre Desiderio García, no ofrecieron gravedad los primeros síntomas escorbúticos; pero el recrudecimiento de las heridas trajo complicaciones alarmantes, y el enfermo se vio acometido por dos males que encarnizadamente se lo disputaban. Al mismo tiempo que aparecieron las petequias, forma incipiente de la equimosis, y la hinchazón de encías, se presentó una fiebre intensa, fatiga, dolores que indicaban graves alteraciones viscerales. En dos días cayo el infeliz en postración hondísima. Crueles hemorragias anunciaban su acabamiento; las encías tumefactas no le cabían en la boca; su respiración no era más que el ansia de respirar. Una tarde, entre dos síncopes, disfrutó de breve descanso, y pudo emitir sonidos, palabras y aun conceptos. Llamó a sus amigos, y una vez que los tuvo junto a su lecho, les cogió las manos, y con pausado acento les dijo: «Ansúrez, Sacristá, Binondo, quiero que sepáis que aquella infinidad y catálogo de millones de plata y oro que os conté, y el escondimiento del tesoro en una cueva de Copacavana, son mentiras y embaucaciones que no sé si saqué yo de mi cabeza, o me las asopló un diablo que quería perderme. Si creísteis aquellas trolas, descreedlas ahora, y decid que os engañé por estar yo engañado... Ya confesé al Capellán mi falsedad, y a vosotros ahora la confieso... Perdón les pido, y que recen por mi ánima».

Alentáronle los amigos con frases cariñosas, y Binondo dijo que no siendo esta vida más que una ensoñación, soñar con tesoros es un barrunto y vislumbre de la gloria eterna. Media hora después, reconciliado por el Capellán y con el práctico a bordo para emprender su viaje a la Eternidad, tuvo otro momento lúcido, en el cual pidió el último favor a su amigo Ansúrez. «Me pondrás en los pies -le dijo- dos balas del mayor calibre; en la cintura una parrilla, y en el pescuezo... aquí... un par de lingotes, para que cuando me arrojéis, pueda yo irme derechito al fondo. ¿Sabes por qué te digo esto? Pues anda por aquí una tintorera que viene dando convoy a la fragata desde que montamos la punta de San Lorenzo. Tú la has visto, la han visto todos. Te aseguro que cuando yo la miraba desde la borda, la condenada no me quitaba los ojos... Con sus ojos me decía: 'Te como, te como'. Créelo: como hay Dios que nos viene siguiendo, porque sabe que me arrojaréis... Estos animales son muy listos, y todo lo entienden. Pero si tú haces lo que te pido, ponerme mucho hierro, mucho peso, yo me reiré de la tintorera, y a escape bajaré a lo profundo, diciéndole. 'Fastídiate, tintorera. No me comes, no me comes'».

Al poco rato expiró, y fue en busca de los tesoros eternos. Era un buen hombre, de imaginación poemática... Sus amigos le lloraron; y para cumplir su última voluntad, Binondo cuidó de arrojarlo al agua con oraciones y hierros de extraordinaria pesadumbre.



La vuelta al mundo en la Numancia de Benito Pérez Galdós

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