Las Batuecas del Duque de Alba (Versión para imprimir)

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Elenco
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Las Batuecas del Duque de Alba Félix Lope de Vega y Carpio


Las Batuecas del Duque de Alba

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



DUQUE DE ALBA.
RUI PÁEZ, su mayordomo.
GIROTO, bárbaro.
MILENO, bárbaro.
DON JUAN DE ARCE.


MENDO DE ALMENDÁREZ.
RAMIRO DE LARA.
BRIANDA, dama.
GERALDA, bárbara.
TAURINA, bárbara.


TRISO, bárbaro.
MARFINO, bárbaro.
PELASGO, bárbaro.
DARINTO, bárbaro.
[ADULFO.]


[DEMONIO.]
[BELARDO, villano.]
[LUCINDO, villano.]
[VALERIO, villano.]
[ALCALDE.]




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Acto I
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Las Batuecas del Duque de Alba Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen TAURINA, bárbara con los cabellos sueltos,
unas pieles por vestidos,
y GIROTO, bárbaro con melena y pieles.
GIROTO:

  Aduélete de mi amor,
crüel y hermosa Taurina.

TAURINA:

Giroto, a tempra el furor.

GIROTO:

A tempra tú la mohína
con que me acucia el dolor.
  En un sujeto divino
es caso torpe y endino
zampuzar tanto desdén,
porque escatimar el bien,
non es de pecho benino.

TAURINA:

  Tan menos, Giroto, es josto
dar a una mojer disgusto
por ser un home robusto.

GIROTO:

¡Pues vive el Sol!, que me tosto
en ese rescoldo injusto.
  Faz que tu meliendre apraque
el ver que buscas a otra
y que nonca me sonsaque;
que a quien tantos enquillotra
dará la fortuna un baque.
  Y prega al cielo, Taurina,
que non te venga algún mal.


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TAURINA:

¿Qué me has de hacer?

GIROTO:

Emaginar,
que desesperanza igual
hasta los fechos camina.

TAURINA:

  ¿Fechizarasme?

GIROTO:

Non sé,
mas si en todas las Batuecas
hay fechicera, la sé,
que has de ver cómo te secas,
desde la melena al pie.
  Tengo de tu camisón
un gran pedazo tan luengo,
dar te tiene mal torzón,
e tú verás si me vengo
de tu engrato corazón.
  Bien sé que non te doy gosto,
porque soy home robusto,
para las lides disposto,
y que faces, siendo injusto,
de mis entrañas magosto.
  ¿Gustas tú que te requiebre
Mileno, fraco y endebre,
menos bárbaro que yo,
que de tus penas lo estó?


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TAURINA:

¡Qué importuno! ¡Dios me liebre!
  Anda, Giroto, en buen hora,
fechízame, que otro habrá
que me desfechice.

GIROTO:

En sora,
que el fechizo non podrá
vencer tu esquivez traidora.
  Mas ya, Taurina, quería
que tú ficieses por bien
a mi dolor cortesía,
que acoitarse en un desdén
desenlustra la hidalguía.

TAURINA:

  Giroto, ya non te case
por bien nin por mal querer,
lo que del alma non sale.

GIROTO:

¿Eres becerra o mojer?

TAURINA:

Facer pocheros non vale.
  Que no hay vaca tan hosca,
cuando del noviello oyendo,
por los romieros se embosca;
nin buey se escombra en reduendo
cuando le pica la mosca,
  como una mujer que aburre.


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GIROTO:

¡Mal ancho te despachurre,
mala fiera que te coma!,
¡qué libertanza que toma!,
¡con qué rigor que se escurre!

TAURINA:

  ¿Pues no quieres que me escurra
si me estás amoginando?
O so persona, o so burra.

GIROTO:

Tu fuego me está rostando,
¿non te duele que me turra?

TAURINA:

  Un home desengañado,
¿qué quiere de una mojer?

GIROTO:

Siempre está el cielo ñubrado;
¿non suele tras el llover
salir el sol colorado?
  ¿Tras el invierno non viene
la primavera gentil?
¿La nieve, que el marzo tiene,
no se la derrienga abril,
aunque envuelta en agua suene?
  ¿Non tienen estos castaños
fruta nueva en los erizos,
Taurina, todos los años?


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TAURINA:

Vete a facer tus fechizos.
Non me quillotres engaños
  que soy nieve, y non hay fuego
que del monte me derriengue
ñubrado sin el sol luego,
castaño con que se albergue
el tiempo la fruta niegue;
  non hay pensar que me muevas.
(Sale MILENO, bárbaro con melena corta,
y pieles toscas.)

MILENO:

Ojos, non deis tales nuevas
al alma, que non merece
tanto mal como le ofrece
mojer siempre falsa en pruebas.
  Mas ¿cómo ya mis sentidos
negarán al alma bien,
lo que han mirado atrevidos?
Que donde los ojos ven,
non lo niegan los oídos.
  ¿Si llegare? ¿Mas qué dudo?
Pero loco amor ¡detente!
Mas ¿quién amando non pudo?,
que no está en el ser valiente,
el ser un garzón membrudo.
  Fablando están de la guisa,
que dos que se quieren bien,
la risa el gosto me avisa;
porque cuando dos se ven,
se asoma el alma en la risa.
  Voto al sol que me deshago,
¿yo merecía este pago?
¡Ah, Taurina! Eres mujer;
non se lo quiero a entender,
¿si pasa coita qué fago?
  Guarde vós, Dios; si fincáis
conmigo en buena intención,
y en pro de mi bien habráis.


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TAURINA:

Mía vida, mío corazón,
¿dónde por el monte vais?

MILENO:

  Quita los brazos fingidos,
Taurina, que en mis enojos
vi de otro coello prendidos,
que lo que miran los ojos
no lo niegan los oídos.
  Guarda, no me agurres ende,
Dios prega que la mudanza
que de amor tu pecho enciende,
tan mal pague tu esperanza;
guarda en el fuego que prende.
  Y tú, Girote, debieras
considerar que eran mías
las prendas que vituperas;
compradas por tantos días
de penas de tantas veras.
  Non habemos de reñir,
que por mojer lo he jorado,
ni es justo vos se decir
que un home desengañado
se determine a morir.
  Cuando en las manos te viera
de un oso, de un jabalí,
o de otra bestia cualquiera,
yo te librata de allí,
o yo por ende muriera.
  Mas en los brazos de un otro
como yo, mal Dios me faga,
si non suya como un potro,
que amor con amor se paga,
y quillotro con quillotro.


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TAURINA:

  Tente, mío bien adorado,
que non es este grosero
de mis ojos estimado,
a ti soldemente quiero,
a quien el espanto he dado.
  Non me pago de homes tales,
nin pasan estos despojos
del corazón los umbrales,
que las niñas de mis ojos
juegan con prendas iguales.
  Mírate amoroso en ellas,
non furioso como estás,
que si así llegas a vellas,
de espanto que les darás
será fuerza amortecellas.
  Mas si te ves con brandura,
y con su faz sosegada,
verás con tal compostura,
en cada niña cifrada,
el alma que te procura:
  ende ¿de qué estás penoso?


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MILENO:

Determinarme non oso,
porque sé tus engañanzas.

TAURINA:

¡Qué mayores seguranzas
de un pensamiento celoso,
  que en presencia de contrallo
satisfacer el querido!

MILENO:

Digo, que mil quejas callo
viendo a mi reval vencido
como ciervo, toro o gallo,
  y con que me abraces cuido,
que bastara para ver
que le has habrado al descuido.


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GIROTO:

De palabras de mojer
siempre mis fechos descuido.
  Mas de las que dice un home,
es bien que venganza tome,
antes que os deis tal abrazo,
la jara de mal frechazo
por las entrañas me asome.
  ¿Sabes tú, endebre garzón,
que contra el mismo Sol pecas?
¿Que soy en esta ocasión
del valle de las Batuecas
el más soberbio varón?
  ¿Sabes que el más fuerte enebro
deshago, desgancho, y quiebro,
que arranco un fresno de cuajo,
y que un castaño desgajo,
si con él mis fuerzas puebro?
  ¿Sabes que descuerno un toro,
que un jabalí desquijaro,
que por la prenda que adoro,
ciervos que en el curso paro,
traigo en la choza en que moro?
  ¿Sabes, que porque reservo
la fuerza fugí veinte años
de mojer, que es mal protervo,
más que enebros, ni castaños,
jabalí, toro ni ciervo?
  Mas ende, ¿por qué me canso?,
para morir te apercibe.


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MILENO:

Vil conejo, ciervo manso,
que en faldas de mojer vive,
bueye de arar, ronco ganso.
  Vive la hermosa Taurina,
que has de ver quién es Mileno;
mas non pase esta mofiña
ante sus ojos.

GIROTO:

Tan bueno
te ha fecho amor, pues camina.
  Que Dios non me faga bien;
si no te arrojan mis mañas,
que del primero vaivén
las nieves destas montañas
muerte y sepulcro te den.

TAURINA:

  Mileno mío, non fagas
a tal cosa por mía fe,
que mal el mi amor me pagas.

MILENO:

Non estés, mía groria, en pie,
siéntate en estas aulagas
  mientras te traigo en presente,
deste villano bausán,
la loca y testuda frente.

(Vanse los dos, y queda TAURINA.)


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TAURINA:

Cielos, a gerirse van,
non sé qué amor lo consiente.
  Imaginanzas del bien mío perdido.
Preño tan mi dolor y mi deseo,
y los romuzgos del dolor que creo,
desoquicial sonsaca mi sentido.
Amor metiera, y face que atrevido
mi espíritu se adelante al mal que veo,
que non hay caso de pensar tan feo,
que amando non se tenga prevenido.
Crece el camino, la esperanza cae,
y en soras cual sosiego la entretiene,
encaramillotada se destrae.
Dos deseos, en fin, quien ama tiene,
uno que va por bien y non le trae,
y otro que va por mal, y siempre viene.
(Sale GERALDA, bárbara con el cabello suelto,
vestida también de pieles.)

GERALDA:

  ¿Has vido por esta sierra,
Taurina que el cielo guarde,
la dulce paz de mi guerra?
¿Sol, que mis entrañas arde,
gloria y honor desta tierra?
  ¿Aquel, que non hay ligero
venado que dél se escurra?
¿Aquel sogur que turra?
¿Aquel que al oso más fiero
a lanchazco despachurra?
  Dame, así logres tu amor,
señas de Girote, amiga.


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TAURINA:

¿Dónde vas con tal furor?
Que non sé cómo te diga
la coita del mío dolor.

GERALDA:

  ¿Tienes murria por mía fe?
Algo pavorida estás.

TAURINA:

Non puedo tenerme en pie;
mas ¿para qué en buscas vas
de Giroto?

GERALDA:

Oye por qué.
  Ha propuesto las Batuecas
Triso, no sé qué embelecos
de que el de más seso y talle
gobierne y rija este valle,
montes y páramos secos.
  Que diz que los animales
con serlo tienen gobierno,
y que es males que homes tales
estén sin él.

TAURINA:

Sol eterno,
que por nubarrones tales
  da vida al mi amor, Mileno,
para que los mande a todos.


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GERALDA:

Mileno dijo que bueno
se le empuja de mil modos
Giroto de fechos lleno.
  Mira, Taurina, que ya
tiene Giroto algún voto.

TAURINA:

Geralda, Mileno está
al embocar deste soto,
con tu garzón tiempos ha.
  Que sobre mi amor baraja,
resto verás la ventaja.

GERALDA:

¡Oh, que mal oso te muerda!,
de la tu afición se acuerda;
¡allá voy!

TAURINA:

Por aquí ataja.

GERALDA:

  Si le ha venido algún daño,
tú lo pagarás.

TAURINA:

De ti
non se me da aquel castaño.

GERALDA:

Escúrrete por aquí.

TAURINA:

¡Si te agarro!

GERALDA:

¡Si te apaño!

(Vanse.)


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(Salen TRISO, MARFINO, PELASGO, DARINTO,
bárbaros con pieles y melenas cortas,
y bastones en las manos.)
MARFINO:

  Parece que ensoñaste esas locuras.

PELASGO:

Una mayor que todos de que suerte.

DARINTO:

¿Sujetos dice Triso que seamos
a un home como todos?

MARFINO:

Non se acuerdan
los más ancianos del batueco valle
de haber oído sus mayores, Triso,
que jamás algún home de nosotros
hobiese sido más que sus iguales.

DARINTO:

La ignorancia, Marfino, por ventura,
habrá sido la causa.

MARFINO:

¿Qué ignorancia?
Nosotros habitamos este valle
cerrado destos montes espesísimos,
cuyas sierras empinan sus cabezas
a topetar con las estrellas mismas,
sin que jamás ninguno haya sabido
quién fue el primero que nos dio principio.
En esta lengua habramos, estas chozas
nos cubren, estos árboles sutentan,
y la caza que matan nuestros arcos.
Si vivimos en paz sin ser regidos,
y nos habemos aumentado tanto,
¿por qué das ocasión que nos deshaga
alguna envidia, donde nunca reina?


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TRISO:

Cosas que se descubren cada día
en este valle la ocasión me han dado,
por donde cuido, que es mayor el mundo
de lo que en nuesa imaginación cabe;
que no es posible que el amor primero,
que nos hizo a nosotros, no criase
otros también.

DARINTO:

Estrañas cosas dices;
¿más homes que nosotros?, ¿por adónde?
¿Tú non ves que han subido esas montañas
atrevidos garzones, y se han vuelto
diciendo que se agora el mundo en ellas,
y que más en las puntas por las nubes?

TRISO:

¡Ah, Darinto! ¿Es posible que el que fizo
aquel sol tan fermoso y rellociente,
con la luna tan branca y rellanada,
uno con cara de oro, otro de prata,
y todas las estrellas que los cercan;
estas fuentes que corren, estos árboles,
estas frutas y caza solamente
las fizo y las crio para tan pocos?

PELASGO:

¿Pocos te parecemos?

TRISO:

¿Pues qué somos,
para que tal grandeza merezcamos?


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MARFINO:

Calla, que esas estrellas, Sol y Luna
son manchas de la capa de los cielos.

TRISO:

Las manchas son defetos en las capas,
y allí semejan guarniciones ricas;
pero decidme, si este valle fuera
la redondura de la tierra toda,
estos arroyos, que corriendo vemos,
y estos ríos, que siempre se despeñan,
luego como tocaban en el cabo
volvieran otra vez encia nosotros.

PELASGO:

¡Qué cosas tan estrañas que conjuñas!

DARINTO:

Las que se hallan muestran que otros homes
habitaron aquí, mas non preñoran
que haya gente pasados estos montes.

TRISO:

¿Qué pudieron tener que se igualasen
a lo que ayer hallé, que traigo envuelto
en esta piel, por admirable cosa?

MARFINO:

¿Qué hallaste?

TRISO:

Veislo aquí, juzgad ahora
quién pudo facer obra tan estraña.
(Desenvuelva una piel, y
saque una espada vieja muy mohosa.)

PELASGO:

¡Válame el Sol! ¿Qué miro?


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DARINTO:

Razón tienes,
Triso, de encarecer obra tan rara:
pero ¿qué sientes tu que será aquesta?

TRISO:

Esta es arma sin duda, que aquí tiene
por dónde la abarcar, que este es el corte.

PELASGO:

Que sabiendo que te enlietra el cielo,
nunca se vido en las Batuecas home
que tuviese tan altas cuidaduras;
sin duda que hay más tierra y que hay más gente.

DARINTO:

¿Y adónde hallaste aquestas armas, Triso?

TRISO:

Hallela en estas peñas, encobrida
con las ramas de algunos madronares.

MARFINO:

¿Y non buscaste más?

TRISO:

Non lo he mirado.

MARFINO:

¿Quién viene aquí?

TRISO:

Giroto viene airado.


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(Sale GIROTO con un bastón.)
GIROTO:

  Dicen que rey facéis, que así se nombra
el que gobierna, rige y sobrepuja
a todos los demás; mucho me asombra
que non sé la razón que vos empuja.
¿Quién vuestro valle del sentimiento escombra?
¿Quién vos apremia, y con rigor estruja?
¿Quién vos viene a robar las vuesas dueñas?
¿Son ejércitos de homes estas peñas?
  ¿Cuál otro regimiento vos conviene
fueras ende de aquel, que ha tantos años
de vuesa alcunia y abolengo viene
entre estos bajos niebros y castaños;
y en caso que alguno vos enfrene,
si con el mal facer crecen los daños,
cómo sin mí tenéis tal atrevencia
que facéis estas cosas en mi ausencia?
  Cada que imaginéis un home fino,
Giroto es vuestro rey, non cale ajeno,
yo que furioso este bastón empino,
de sangre de osos y de toros lleno,
no relinchéis, que por el Sol divino,
que si alguno remuzga, que es tan bueno
que le he de hacer que a un golpe lo remito
brotar por las narices el espirito.


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(Sale MILENO con su bastón.)
MILENO:

  ¿Rey se face sin mí? ¿Quién es el loco,
que intenta facer rey donde yo falto,
que con la testa en las estrellas toco,
y deste valle al monte doy un falto?
¿Quién a Mileno encaramó tan poco,
que tuvo al mismo cielo por más alto?
¿Non soy yo aquel que paso a pies los ríos,
rompiendo el agua con los brazos míos?
  ¿Non soy yo aquel que de un aliento corro
del un estremo al otro deste valle,
que al lobo más feroz quito el cachorro,
y fago que a mi voz el viento calle?
¿Non soy yo aquel que si levanto el morro
tiemblan las fieras de mi cara y talle?
¿Non soy yo aquel que el mismo Sol dorado
arrancaré de donde está cravado?
  Si habés de facer rey que vos gobierne,
a Mileno elegid, batuecos homes;
ora faga calura, y ora invierne,
suerte a las armas y a diversos nomes;
si queréis que un cerril toro descuerne,
que tú, Giroto, por apenas domes,
echádmele, y faré que mis despojos,
que vierta sangre por narices y ojos.


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TRISO:

  Nin se ha tratado facer rey, ni agora
se fabla más que desta hallanza mía,
que estaba en esta peña encobadora.

GIROTO:

¿Cuándo la hallaste?

TRISO:

Ayer al mediodía.

MILENO:

¡Arma notable!

GIROTO:

¡Estraña!

MILENO:

¡Lidiadora!

GIROTO:

¡Ya es mía!

MILENO:

¡Mía es!

TRISO:

Menos porfía,
que yo non la daré, ni a ti, Mileno,
nin a Giroto, de arrogancia lleno.

GIROTO:

  ¡Triso!

TRISO:

¡Giroto!

GIROTO:

¡Suelta!


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TRISO:

¡Non la agarres!

MILENO:

Dámela, Triso, a mí.

TRISO:

Nin a ti quiero,
que aunque viejo, por más que te embizarres,
sabré matarte con el mismo acero.

MILENO:

¡Aparta el brazo ya!

TRISO:

No me desgarres,
nin subas a mis canas altanero,
que aún hay en estos flacos brazos nervios
que farán humildosos los soberbios.

MARFINO:

  Non es razón facerle fuerza a un viejo,
si hubiera rey, ninguno me enforcara,
que el rey encaletrado en buen consejo,
la su facienda cada cual pagara.

GIROTO:

Non se quere por mí, yo se la dejo.

MILENO:

Dejola por virgueña de su cara.

TRISO:

Facéis como fidalgos, que tal nome
que daban mis abuelos al más home.
  Pero advertí que donde esto había
puede haber otras cosas de importancia.


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MILENO:

¿Non se podrá buscar?

TRISO:

Bien se podía
rompiendo destas peñas abastanza.

MARFINO:

Mostrad aquí los dos la valentía,
aquí verás del brazo la pujanza.

PELASGO:

Rompe, Mileno, tú.

MILENO:

¡Válgame el cielo,
parece que se viene el monte al suelo!
(Dan golpes con los bastones, y se abra y caiga
de lo alto una puerta hecha de peñas y ramos,
y dentro de una cueva se ve un cadáver sobre un lienzo,
y la calavera será de pasta: tenga una lanza en la mano,
y un escudo en la otra con dos leones
y dos castillos pintados,
y al rededor estas cuatro letras T. S. D. R.)

MARFINO:

  ¡Válgame el sayo! ¿Qué es esto?
¡Qué notable maravilla!

GIROTO:

¡Non fuyáis, gente, tan presto!,
que fugir solo de vella
muestra en los hombres denuesto.


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MILENO:

  Yo non fuyo, que aquí estó,
que un difunto non me pasma.

TRISO:

¿E quién aquí soterró
los fuesos desta fantasma?
¿Cuidáis que os engaño yo?

MILENO:

  Será cual que fechicera.

TRISO:

Non a la fe, que si fuera
non tuviera esas pinturas.

DARINTO:

En otras cuevas obscuras
hay homes desta manera.
  Mas como non han tenido
esas ensegnas famosas
por nuesos los he tenido.

MARFINO:

Bien preñotas estas cosas,
que aquí otra gente ha venido.

PELASGO:

  A la fe, Triso, que el mundo
non se zampuza en Batuecas.

TRISO:

En lo que miráis lo fundo.

GIROTO:

Toda la carne tien seca.


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TRISO:

Non te acerques, furibundo.

GIROTO:

  ¿Cómo non? Antes pretendo
quitalle aqueste guinchón.

DARINTO:

¡Brava fazaña!

MILENO:

No entiendo,
qué aquestas fazañas son,
y que lo cudéis me ofendo.
  Si el home vivo estuviera
fazaña me pareciera;
mas pues nin chista nin fabla,
quitale ende la tabra
y en soras que vivo fuera.

TRISO:

  Cerrad con aquella losa
la fuesa, fidalgos homes,
y oíd la mi fabra honrosa,
tan digna de vuesos nomes.
Alcuznia y prez generosa,
  esas casas, que pintadas
se ven en este trabón,
non son en Batueca aladas,
que nuesas casas non son
tan polidas fabricadas.
  Ni esos suertes animales
tan feroces ni tan listos,
con garras y lanas tales,
son en nuestros valles vistos
por montañas ni arenales.
  Luego es señal que hay más gente,
más mundo y cosas más bellas.


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DARINTO:

Non lo cuidas bien, pariente,
que esas cosas pudo hacellas
de quien eres descendiente;
  y el tiempo haber consumido
esas casas y animales.

TRISO:

Las casas puede haber sido,
que en efeto cosas tales
cubren los tiempos de olvido.
  Mas si animales hubiera
en Batueca deste talle,
su línea permaneciera,
y en lo reduendo del valle
algún semejo se viera.
  Mas ende que fuera ansí,
cuando entre rojo arrebol
se desliza el sol de aquí,
decidme adónde va el sol,
que se sume todo allí.
  ¿Tiene alguno nuevo ocaso
donde de noche se acuesta?

GIROTO:

Fabras de un notabre caso,
que yo mido en esa cuesta
que a otro mundo lleva el paso;
  más gente debe de haber.

TRISO:

Pues lo que podéis facer
es trasponer todo el valle,
que el que más semejas halle
nuestro señor ha de ser.


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GIROTO:

  Pues tenme, Triso, el guinchón,
que yo los voy a buscar.

MILENO:

Y a mí me guarda el trabón,
que non me cuido quedar
sin probar hoy mi intención.

TRISO:

  Venid, y os enseñaré
por onde subir al monte
podáis sin trabajo a pie,
en antes que el sol transmonte,
que cabizbajo se ve.
{{Pt|MILENO:|
  Non jaras, no arena seca
fatán que el sobir me impida,
si tanta groria se trueca.

GIROTO:

Que non volveré con vida,
o seré Rey de Batueca.
(Vanse.)
(Salen DON JUAN DE ARCE
y MENDO DE ALMENDÁREZ,
criados del DUQUE DE ALBA.)

DON JUAN DE ARCE:

  Mendo, si habéis de ayudarme
en la pretensión que os digo,
podré de vós como amigo
seguramente fiarme.
  Pero si darme pensáis
consejos que no pretendo,
guardarme de vós entiendo
aunque mi amigo seáis.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MENDO DE ALMENDÁREZ:

  Don Juan, desde que venistes
con el Duque de Alba aquí,
y os traté y os conocí
por la merced que me hicistes,
  propuse con tal lealtad
seros amigo de veras,
que es cansaros en quimeras
dudar desa voluntad.
  Que no habrá padre ni hermano
por quien hiciese, por Dios,
lo que haré, don Juan, por vós.

DON JUAN DE ARCE:

Dadme aquesa hidalga mano
  y escuchad, Mendo, la historia
mía desde que entré en Alba,
que este mi temor fue salva
a vuestra hidalga memoria.
  Don Fernando de Toledo,
señor de Valdecorneja,
y primero Conde de Alba
 (aquel que venció en Requena
la más famosa vitoria
que la antigüedad celebra;
el que desde Écija a Ronda
corrió el Alarbe y frontera.
Y en Málaga, en su Ajarquía,
[...]
cuando dejando el caballo
en la batalla sangrienta,
hizo a su gente un portillo
entre lanzas y saetas.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN DE ARCE:

El que con tantas virtudes
taló de Guadix la guerra;
y entre Granada y Jaén
ganó tantas fortalezas).
Criola mi padre, y le dio
armas, caballo y enseña,
con que a su lado anduviese
como adalid en la guerra.
Pero llevándolos Dios
a mejor vida, me dejan
encomendado a su padre,
que sus Estados heredan.
Don García de Toledo
a tan alto valor llega,
que por el Rey don Enrique,
y la Católica Reina,
es primero Duque de Alba,
es Conde de Salvatierra,
Marqués de Coria y señor
de lo más que el Tormes riega.
Cuando fue el Duque a casarse
de Castilla, a la Duquesa
pediome hiciese mercedes;
y el noble Duque por ella
me hizo su maestresala,
gajes y ración me aumenta.
Vime ya mozo y galán,
y el oficio y galas nuevas
me dieron atrevimiento
para pretender con ellas
a una doncella de casa,
hermosa, noble, y discreta,
y a pesar de la lealtad
estoy casado con ella.


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DON JUAN DE ARCE:

Yo aseguro que entre ti
a este punto consideras
por dónde pudo don Juan
escribir, hablarla, y verla.
Quién duda que estás pensando
en tantas guardas y dueñas,
que dueñas son en Palacio
los Dragones de Medea;
porque ven más que los linces,
y a treinta pasos penetran
el papel y el pensamiento,
las palabras y las señas.
Quien pintó Dragón a Palas
en guarda de las doncellas,
no vio dueñas, que es sin duda,
que la pusiera una dueña.
Pues Mendo, entre tantos Argos,
si quiere amor, se hallan flechas,
porque es amor como el sol,
que por los resquicios entra.
No digo que la he gozado,
pero que esta noche intenta
entrar por aquellas tapias
a las puertas desta huerta.
Estas salen a estos campos,
que son del Tormes dehesa,
Tormes, que va a Salamanca
desde la sierra de Béjar.
Bien sé que es grande el peligro,
mas si me meto en la sierra
junto a la Peña de Francia,
defenderanme sus peñas.


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DON JUAN DE ARCE:

Que aunque sepa, hecho salvaje,
vivir con Brianda, entre ellas
la tendré por mejor vida
que de los Duques la mesa.
No quiero las esperanzas
de mi señora, ni quieran
mis pensamientos que aspiren
a sus tesoros ni rentas.
Que esperanzas en señores,
yo sé bien, Mendo, que llegan
a trocar su verde en blanco,
pues siempre en canas se truecan.
A Brianda quiero sola;
la hora y la senda es esta;
ayudadme, que el consejo
ofende a quien le desprecia.


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MENDO DE ALMENDÁREZ:

  El que tal resolución
tiene obstinada en el alma,
mal podrá poner en calma
el gusto con la razón.
  Bueno fuera aconsejaros,
pero habeisme prevenido;
amigo soy, y he venido,
don Juan, solo a acompañaros.
  No pienso que es deslealtad
de vasallo la que hago
contra el Duque, ni mal pago
le doy a su voluntad.
  Que Brianda no le toca
más que por criada aquí;
y cuando no fuera ansí
vuestra amistad me provoca.
  No es tiempo de imaginar
si es bien hecho, o es mal hecho;
mas ya que os ofrezco el pecho,
solo os quiero preguntar
  ¿por qué no la habéis pedido
por mujer?

DON JUAN DE ARCE:

Preguntáis bien.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Yo sospecho que os la den,
pues que la han de dar marido.


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DON JUAN DE ARCE:

  Bien sé, que en mí la empleara
la Duquesa mi señora;
mas priva con ella agora,
Mendo, un Ramiro de Lara,
  que desde niño ha criado,
y este por mujer la pide.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

De suerte, ¿que se os impide
gozar tan dichoso estado?

DON JUAN DE ARCE:

  No solo me impide el bien,
pero temiendo que llegue
el tiempo en que se la entregue,
y a su pesar se la den,
  este desatino intento.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Señas oigo.

DON JUAN DE ARCE:

Ella será.
(Sale BRIANDA a la ventana.)

BRIANDA:

¡Ce!, ¿sois vós?

DON JUAN DE ARCE:

Yo soy, y está
contigo mi pensamiento;
  no temas, que de quien digo
nos habemos de fiar.


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BRIANDA:

Pues ¿cómo podré bajar?

MENDO DE ALMENDÁREZ:

En los hombros de un amigo;
  pon algo en ese balcón,
y en estas manos los pies.

BRIANDA:

¿Es Mendo?

DON JUAN DE ARCE:

Sí, Mendo es,
que de amor y amistad son
  el mío y el suyo efetos.

BRIANDA:

En hombre estoy transformada,
y bajo a esta liga atada;
adiós, amigos discretos.
(Baja BRIANDA
en hábito de hombre por una liga,
teniéndola los dos, y dicen.)

DON JUAN DE ARCE:

  Asienta, mi bien, el pie
sobre estas manos.

BRIANDA:

Ya estoy
sobre tus manos.

DON JUAN DE ARCE:

Yo soy
tu esposo.

BRIANDA:

Pagas mi fe.


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DON JUAN DE ARCE:

  Por aquí deciende luego.

BRIANDA:

¿Qué camino has de tomar?

DON JUAN DE ARCE:

Amor nos quiera guiar,
pero no sabrá, que es ciego;
  hacia la Peña de Francia
habemos de ir.

BRIANDA:

Dulce esposo,
solo en tu centro reposo;
cuando fuese de importancia
  iré a la Libia contigo,
y hasta el más remoto Polo,
que solo es patria el bien solo.

DON JUAN DE ARCE:

Ve delante, Mendo, amigo.

BRIANDA:

  Adiós, Duque, y adiós Alba,
que voy como Clicie nueva,
adonde mi sol me lleva,
pues ser por amor me salva.
  Adiós Tormes, que en presencia
de mi amor supiste tanto,
pues creciste con mi llanto,
mengua agora con mi ausencia.
(Vanse, y salen GIROTO
y GERALDA, bárbaros.)

GIROTO:

  Non cale que me detengas,
ya sabes tú qué es honor.


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GERALDA:

Tú non sabes qué es amor,
pues que de mi amor te aluengas.
  Onde te llevan pensijos
por los enramados cerros
en que facen los encierros
coliebras y lagartijos.
  Onde subes por las nieves
que rematan en las nubes,
que si a los cielos te subes,
non hay, porque non me lleves.
  Los osos y jabalíes
te farán mala acogencia
en venganza de mi ausencia,
cuando en la tuya te fíes.
  En demás, que los batuecos,
que a tal empresa te envían,
porque te envidian, porfían
a persuadirte embelecos.
  Tú, codicioso Giroto,
de mayores honorancias,
das efeto a sus venganzas
de mis querencias remoto.
  ¡Ay!, de ti. Y ¡ay! de mí luego.
¿Qué me durará este llanto!

GIROTO:

No bañes, Geralda, tanto,
que me zampuzas en fuego.
  Manda a tus nieñas, pues son
los huéspedes de tus ojos,
que non lloren por enojos,
sangre del mío corazón.
  Desagárrame el vestido,
y dame lugar, que es tarde.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


GERALDA:

Amor que face cobarde,
sabe facer atrevido.
  Pues que non puede ser menos,
toma esta cinta de lana,
que fice ayer de mañana
sobre aquellos verdes ferros,
  ítem de mi memoranza,
pues lo debes a mis quejas.

GIROTO:

Pregue a Dios que en mis ovejas
fagan los lobos matanza;
  pregue a Dios que mi centieno
con amapolas se embuta;
que falte a mis prantas fruta,
y a míos noviellos heno.
  Non haya garbanzo en parva,
cuando los trillos y escarbo,
ni en los mis cañares barbo,
ni canas en la mi barba,
  si non te guarde el cordón,
y te traigo en testimoño
desas tierras el madroño,
si ya colorados son.
  Agárrame por la cinta,
y el Sol en tu guarda quede.

GERALDA:

Vete en antes que se enrede
entre las nubes que pinta.

(Abrázanse los dos,
darale el cordón,
y vase ella.)


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GIROTO:

  Quedan los campos cuando el sol se zampa,
y de los nuevos ojos se zabulle,
tales, que ni ave canta ni agua bulle;
todo parece que su luz lo escampa.
El oso cae en la asechanza y trampa,
la trucha por lo fondo se escabulle.
Non hay cazada tórtola que arrulle,
ni ganado en la arena cama estampa.
En viéndole enhebrar sus hebras de oro,
asómase la noche fosca y fría.
Todo lo llora en lamentoso coro.
Yo soy campo vestido de alegría,
y en soras que me falta el sol que adoro,
la negra noche que sociede el día.
(Vase.)
(Salen DON JUAN, y BRIANDA.)

BRIANDA:

  ¿Dónde me llevas, don Juan,
por tan grandes asperezas,
que ya a caminar empiezas
por donde las aves van?
  Que después de cuatro días
que entre aquestas peñas vas,
¿cómo dentro en Alba estás
temiendo dueñas y espías?
  Ninguna peña te agrada,
ninguna cueva es segura.


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DON JUAN DE ARCE:

¡Ah, Brianda! Por ventura,
¿vienes de mi amor cansada?
  ¿Piensas tú que del poder
de los grandes Duques de Alba
así un hidalgo se salva
con una débil mujer?
  Si viniera acompañado
para hacerle resistencia,
con más tibia diligencia
buscara lugar sagrado.
  Pero ya Mendo, perdido,
que fue a buscar de comer,
o que lo ha fingido ser
si fue amigo fingido.
  ¿No quieres que busque aquí
deste monte el más secreto?

BRIANDA:

Que lo es, harto te prometo,
que voy guardada de mí.
  Alza los ojos, verás
peñas que tocan al cielo,
y bájalos luego al suelo,
y apenas suelo verás.
  Que un castaño en aquel valle
parece pequeña flor.

DON JUAN DE ARCE:

Ansí, Brianda, es mejor
para que nadie nos halle.
  Espérame un poco aquí
mientras busco alguna fuente
que temple esta sed ardiente.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BRIANDA:

¡Un arroyo suena allí!

DON JUAN DE ARCE:

  Allá voy.

BRIANDA:

Aquí te espero.

DON JUAN DE ARCE:

Temiendo bajo, ¡por Dios!

BRIANDA:

A morir trujo a los dos,
amor.

DON JUAN DE ARCE:

Fue amor verdadero.
(Vase.)

BRIANDA:

  Asperísimas peñas, donde apenas
habrá jamás llegado estampa humana,
en cuyas fuentes vierte la mañana
escarcha en vez de flores y azucenas.
Montañas de sombríos y hayas llenas,
último fin de mi esperanza vana,
antigua sierra de tu nieve cana,
castillo que de yelo forma almenas.
Profundos valles del obscuro ivierno,
lóbrega habitación, piedras que trae
de su furiosa lluvia el curso eterno.
¡Qué bien puedo decir, que amor me trae
a morir entre el cielo y el infierno,
si de vosotros mi esperanza cae!


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Sale MILENO, bárbaro solo.)
MILENO:

  A despesar de Taurina
la montaña he trascolado,
más por más que he caminado
más tierra a mí se avecina.
  No hay duda, el mundo es mayor;
que quien fizo tanto cielo
non ficiera un corto suelo
para tamaña valor.
  El manto que ha de cobrir
el home igual ha de ser:
mas ¿qué es lo que vengo a ver?

BRIANDA:

¡Ay, Dios!

MILENO:

Estó por füir.

BRIANDA:

  ¡Qué bárbaro tan estraño!
¿Si le llamare? ¿Qué haré?

MILENO:

Su fermosura, a la fe,
da aseguranza a mío daño.
  ¡Válgame el Sol! ¿Esto había
desotra parte del mundo?
¡Ah, Triso sabio y profundo!,
catad si verdad decía.
  Tembrando estó de mirar
una tan branca figura,
non he visto catadura
tan sabrosa de acatar.
  Las piernas tiene amariellas,
y todos brancos los pies,
y de la faz al envés,
con más luz que las estrellas.
  Si es home de por acá
qué lindo mundo a la he.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BRIANDA:

¿Si hablare? ¿Qué le diré?
¿Si es serrano? ¡Hola! ¿Quién va?
  ¿Huyes?

MILENO:

Non fuyo de vós,
¿quién serás que me aterrís?
En la fabra me decís
que sois semejo de Dios.
  ¿Hay más mundo deste cabo?

BRIANDA:

¡Qué serrano tan feroz!
Daré a don Juan una voz;
(Llama a DON JUAN.)
¡Don Juan!

MILENO:

Temor non alabo,
  que a los que llama guardéis;
llevemos este garzón,
que él nos dará la razón
de lo que vós non sabéis:
  Garzón, non fuyáis de mí.

BRIANDA:

¡Don Juan!


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MILENO:

¡Callad, por mía fe,
que vos despachurraré
si uno vos endono ansí!

BRIANDA:

  ¡Don Juan, que un monstruo me lleva!

MILENO:

¡Home so, tened los brazos,
que haré de los míos lazos
con que vos lleve a mía cueva!

BRIANDA:

  ¡Ay, ay!

MILENO:

¡Fermosas estrellas,
non sé qué tienes garzón,
que en el mismo corazón
me vas faciendo cosquiellas!
(Llévala en brazos, y éntranse,
y se da fin al primer acto.)


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Acto II
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Las Batuecas del Duque de Alba Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Salen el DUQUE DE ALBA,
el MAYORDOMO y criados.
DUQUE DE ALBA:

  ¿Que tampoco parece el maestresala?

MAYORDOMO:

Falta don Juan desde la misma noche,
y un gentilhombre de Alba, amigo suyo,
que se llamaba Mendo de Almendárez,
hijo de Álvaro Mendo.

DUQUE DE ALBA:

¿No habéis hecho
alguna diligencia de importancia?

MAYORDOMO:

Cuanto ha sido posible habemos hecho:
por el camino fue de Salamanca
hasta Fuente Aguinaldo Rui Meléndez,
y a Portugal por Saelices fueron
Ortuño de Mendoza, y Alvar Núñez;
por Peñaranda hasta Segovia, Argote,
y Escobar vino ayer de Piedra Hita;
sin estos otros hombres y peones
van discurriendo por diversas partes.

DUQUE DE ALBA:

¡Que tuviese don Juan atrevimiento,
habiéndole criado desde niño,
para darme un enojo semejante!
¿Echáronse las rejas en la torre?

MAYORDOMO:

Ya todos los balcones tienen rejas.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale RAMIRO DE LARA de camino.)
Ramiro viene aquí.
DUQUE DE ALBA:

Seáis bienvenido.

RAMIRO DE LARA:

Deme los pies, señor vuestra Excelencia.

DUQUE DE ALBA:

¿Cuándo salisteis de la Corte?

RAMIRO DE LARA:

El lunes.

DUQUE DE ALBA:

¿Sus Majestades quedan buenos?

RAMIRO DE LARA:

Buenos,
aunque para Granada de camino.

DUQUE DE ALBA:

¿Que en fin van en persona a la conquista?

RAMIRO DE LARA:

La Católica Reina belicosa
acompaña en la guerra a su Fernando,
y con esto se anima tanta gente,
que no queda en Castilla un solo hidalgo,
cuanto más, noble, o título.

DUQUE DE ALBA:

Rui Páez,
caballeros, apréstese mi gente
y todas cuantas armas estén limpias.

RAMIRO DE LARA:

Lee, señor, primero, aquesa carta;
su Majestad la escribe.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DUQUE DE ALBA:

Aprestad luego,
que ya sé que me manda que le siga;
ir su persona es carta.

MAYORDOMO:

A mucho obliga.
(Lee la carta el DUQUE.)
(Carta.)
Duque de Alba mi primo, yo me parto a Granada; en tanto que os ordeno otra cosa, es mi voluntad, que quedéis en el gobierno de Castilla con título de Virrey. Y que los Caballeros como vós, tanto peleen gobernando los vasallos, como venciendo los enemigos. Partid luego a la Corte, que tengo que hablaros en mi partida, y encomendadme a la Duquesa. Dios os guarde. EL REY.

DUQUE DE ALBA:

Aunque servir los Reyes con la espada
fuera mi gusto y voluntad, no puedo
negar que la merced que el Rey me hace
con el gobierno de Castilla ha sido
notable confianza, y bien supremo.
Pide alguna merced, pide, Ramiro.

RAMIRO DE LARA:

Señor, muchas mercedes hacer puedes,
pero entre todas, la mayor que puedo
pedir a tu valor, a tu Real sangre
de emperadores, decendiente ilustre,
es sola una mujer, que sola adoro,
y que para mujer te pido.

DUQUE DE ALBA:

Nombra,
Ramiro, la que estimas en mi casa.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RAMIRO DE LARA:

Ya sabe mi señora mi deseo,
que ya la he dado parte.

DUQUE DE ALBA:

¿Y es su gusto?

RAMIRO DE LARA:

Sí, señor.

DUQUE DE ALBA:

Di quién es, y muchos años
la goces, y te goce; que yo quiero
ser tu padrino.

RAMIRO DE LARA:

Gran señor, Brianda.

DUQUE DE ALBA:

¿Cómo?

RAMIRO DE LARA:

Brianda.

DUQUE DE ALBA:

¡Apresten los caballos!
Mitad, que he de partir dentro de un hora.
(Vase.)

RAMIRO DE LARA:

¿Por qué me vuelve el Duque las espaldas?
¿No merezco a Brianda, por ventura,
Rui Páez? ¿No soy yo tan bien nacido
como Brianda?


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MAYORDOMO:

Sí por cierto, Lara,
y de solar muy noble y conocido;
y si el Duque se fue, no fue de enojo,
sino de pena y lástima, que os quiere
como a hechura que sois de mi señora.

RAMIRO DE LARA:

¡Válgame Dios! ¿Es muerta?

MAYORDOMO:

A Dios pluguiera;
mas pues en casa es público, y en Alba,
y lo habéis de saber; sabed, Ramiro,
que Brianda se fue con don Juan de Arce
por los balcones desta torre.

RAMIRO DE LARA:

¡Cielos!
¿Qué es lo que escucho?

MAYORDOMO:

Aquí, Ramiro, importa
mostrar valor, mostrar entendimiento.

RAMIRO DE LARA:

¿Dónde dicen que están?

MAYORDOMO:

No se ha sabido,
supuesto que se hicieron diligencias.

RAMIRO DE LARA:

¿Es posible que tanto desconcierto
haya cabido en hermosura tanta?


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MAYORDOMO:

¿Cuándo tuvo concierto la hermosura?

RAMIRO DE LARA:

Cuando la esmalta la vergüenza noble.

MAYORDOMO:

Si ellos temieran la venganza vuestra;
vós fuisteis la ocasión de su hermosura.

RAMIRO DE LARA:

Irme quiero a la guerra de Granada.

MAYORDOMO:

Haréis muy bien, que quien amando yerra,
suele tener ventura por la guerra.
([Vanse.])
(Salen TRISO, DARINTO, PELASGO,
y MARFINO, bárbaros.)

TRISO:

  Letras diz Frasio, que son
las negras de aquel escudo
fechas con agua y carbón.

DARINTO:

Pues ¿de quién saberlo pudo?

TRISO:

De su agüelo Meledón.
  Que diz, que a su padre oyó,
que otras pinturas que vio
el mismo nombre mostraban,
y que estas dinificaban
lo que habramos vós y yo.
  Y tornome a rezomir,
en que hay gente en otra parte.

MARFINO:

Un hombre siento gruñir.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale MILENO con BRIANDA
debajo del brazo.)
MILENO:

Non tienes de qué acuciarte,
que non te llevo a morir.

BRIANDA:

  ¿Pues habrá muerte mayor
que ir en tus brazos?

TRISO:

¡Ay, cielo!
¿Quién face aqueste rumor?

MILENO:

Non vos yactéis por el suelo,
ni se vos mengüe el valor.
  Mileno soy, veisme aquí.

PELASGO:

¿Qué es lo que agarras así?

MILENO:

Un home del otro mundo;
que deste valle profundo
a los estremos subí.
  Y mirando a todos lados
vide montes, vide sierras,
ir arroyos despeñados
a la reduenda otras tierras,
otros valles, y otros prados.
  Paréceme que es mayor
el mundo, y qué mejor prueba,
si queréis prueba mejor,
que ver los homes que lleva
deste formoso color.
  Non somos desemejantes,
o allá menos el sol turra.
Mas estos fatos galantes
por poco que se descurra
nos facen más ignorantes.
  ¡Qué lindo vestido tien!


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PELASGO:

¿Habra?

MILENO:

¿Pues no? Como habráis.

MARFINO:

¡Oh, tierra llena de bien!

MILENO:

Habra con él, ¿que cuidáis?
¿que no os habrará también?

TRISO:

  Home del mundo divino,
rico de tales despojos,
cual en jamás antes vino
ni al oído ni a los ojos
de todo el valle vecino.
  Dadnos nuevas de la tierra
onde tal gloria se encierra;
¿posible es que ha tantos años
que, entre niebros y castaños,
vivamos en esta sierra
  sin haber visto algún home
de tu catadura y faz?
Non fabra: di que non tome
pena.

MILENO:

Alégrate rapaz,
dinos la tu tierra y nome;
  que nosotros non sabemos
que haya más mundo que el valle
que entre aquestos montes vemos.


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BRIANDA:

(Aparte.)
Aunque es bárbaro su talle,
son piadosos sus estremos.
  ¡Caso estraño! ¡Que esta gente
entre aquestos montes viva
sin dueño!

TRISO:

Así el Sol luciente
segure tu faz altiva
de barba, y tu vida aumente
  de suerte, que a la cintura
llegue el pelo branco y cano,
que nos digas en qué altura,
en qué monte o en qué llano
fizo el Sol tu fermosura.
  ¿Hay otros cual tú ende allá?

BRIANDA:

¿Luego no habéis visto gente?

TRISO:

No más desta que aquí está,
que desa sierra la frente
con la nieve en el sol da.
  Ni nosotros, ni home alguno,
ya padre, ya agüelo sea,
ha visto mundo ninguno.

BRIANDA:

¿Quién habrá que aquesto crea?


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PELASGO:

Non te esquives importuno.

BRIANDA:

  Serranos, ¿que no sabéis
cúya es la tierra en que estáis
ni el gran señor que tenéis?

TRISO:

¿Qué señor?

BRIANDA:

Luego ¿ignoráis
el dueño que obedecéis?

TRISO:

  Nosotros no conocemos
otro dios, ni rey, que el Sol
cada que encima le vemos.

BRIANDA:

¿Ni que es Fernando Español
vuestro Rey?

DARINTO:

Nada sabemos.

TRISO:

  ¿Qué Español?

BRIANDA:

El Rey de España.

TRISO:

¿Qué es España?

BRIANDA:

Aquesta tierra,
que el mar por mil partes baña.


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TRISO:

¿Qué es mar?

BRIANDA:

El agua que encierra
el mundo en sí.

TRISO:

¡Cosa estraña!
  ¿España se llama el mundo?

BRIANDA:

No, sino una parte dél.

TRISO:

¿Parte de? ¡Caso profundo!
Luego ¿hay más que España en él?

BRIANDA:

Y aun otro mundo segundo
  que va a descubrir Colón.

TRISO:

¿Quién es Colón?

BRIANDA:

Un varón
que otro mundo piensa hallar.

TRISO:

¿Por dónde va?

BRIANDA:

Por la mar,
que todas las aguas son.

TRISO:

  ¿Será España del tamaño
deste valle?


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BRIANDA:

¡Caso estraño!
Más que cien mil valles es.

TRISO:

¡Santo Sol!

BRIANDA:

Santo Sol, pues.

TRISO:

No mientas.

BRIANDA:

A nadie engaño.

TRISO:

  Mira, que somos aquí
docientos homes y más.
¿Hay más en España? Di.

BRIANDA:

¿En tanta ignorancia estás?

TRISO:

Solos estos homes vi.

BRIANDA:

  No hay lugar tan pequeñuelo,
que no tenga más dos veces.

TRISO:

¿Y hay muchos?

BRIANDA:

Cubren el suelo,
como las aguas de peces,
como de estrellas el cielo.
  Ciudad hay que tiene en sí
docientos mil hombres.


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TRISO:

¿Tantos?
¿Y caben juntos así?

BRIANDA:

Y muchos más.

TRISO:

¡Cielos santos!
¿Por qué entre montes nací?
  ¿Qué facen juntos?

BRIANDA:

Entienden
cada cual en su ejercicio,
que unos de los otros penden.

TRISO:

¿Y el Rey?

BRIANDA:

Es supremo oficio.
(Aparte.)
De escucharme se suspenden
  Este Rey premia y castiga,
defiende el mal, paga el bien.

TRISO:

Non sé, garzón, qué te diga.
Ese Rey, ¿acaso tien
home que le contradiga?

BRIANDA:

  Guerra tiene con un moro.

TRISO:

¿Qué es moro?


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BRIANDA:

De ley contraria.

TRISO:

¿Y qué es ley?

BRIANDA:

La Fe que adoro.

TRISO:

¿Que es Fe?

BRIANDA:

Cosa necesaria
para salvarse.

TRISO:

Eso ignoro.
  ¿Quién se salva?

BRIANDA:

El buen cristiano.

TRISO:

¿Qué es cristiano?

BRIANDA:

El que la Ley
de Cristo, Dios soberano,
sigue, que es divino rey
porque el nuestro es rey humano.

TRISO:

  ¿Cristo es Dios?

BRIANDA:

Cristo bajó
de Dios, que es su Padre, al suelo,
y a los hombres redimió,
porque se cubrió del velo
que de una Virgen tomó.


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TRISO:

  ¿Qué es Virgen?

BRIANDA:

Su Madre santa.

TRISO:

¿Cómo se llama?

BRIANDA:

María.

TRISO:

Homes, el garzón me espanta.

MARFINO:

Tan alta sabiduría
el mayor caletre encanta.

BRIANDA:

  ¿Cómo habéis vivido aquí,
hombres, sin Dios, y sin Ley,
y habláis castellano así?

DARINTO:

Dicen, que fuyendo un rey
vino a aportar por aquí,
  y que ciertos labradores
o soldados de una guerra
se encerraron en la sierra
que miras.


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PELASGO:

Nuestros mayores
nos dejaron esta tierra.
  La cual por estar cerrada
de peñas, que al cielo llegan,
non fue jamás trascolada,
porque las montañas niegan
a esa España la pasada.
  Aquí nos hemos criado;
si la tu lengua sabemos,
sin duda en tiempo pasado
fuimos tales cual te vemos,
y él mismo nos ha trocado.

BRIANDA:

  Sin duda sois castellanos
de la perdición de España,
que huyendo los africanos,
cerrados desta montaña
habitáis en estos llanos.

DARINTO:

  ¿Qué tiempo habrá lo que narras?

BRIANDA:

Seiscientos años y mas.
¿Tenéis casas?

PELASGO:

De pizarras,
por delante y por detrás
encobijadas de parras;
  vive aquí por la tu vida,
y enséñanos esas cosas.


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BRIANDA:

No puedo.

TRISO:

¿Quién hay que impida,
si aquí con gusto reposas,
que aquí tu gusto resida?
  Rey te faremos, y vive
donde a vivir nos enseñes.

BRIANDA:

Cierta cosa lo prohíbe.

MILENO:

¡Ay, por el Sol, non te alueñes,
nin la tu merced se esquive!
  Que aquí tendrás el cabrito,
y la mancha da ternera,
aquí el corderillo escrito,
aquí la miel en la cera,
y la trucha en el garlito.
  Aquí la castaña tiesa,
a quien el erizo guarda,
la nuez en su cárcel presa,
y aquí con la pera parda
tendrás la rubia camuesa.
  Quédate, y di qué te falta.

BRIANDA:

En la montaña más alta
un hermano me dejé.


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MILENO:

Pues calla, y por él iré.
(Vase.)

MARFINO:

¿Qué ciervo así corre y salta?
  ¡Ea!, presto le traerá:
Rey has de ser.

BRIANDA:

Bien está;
digo que quiero ser Rey,
y que os daré aquella ley
que fue vuestro origen ya.
  Que en solo ese gran deseo,
que fueron cristianos veo
los hombres de quien venís.

PELASGO:

¿Qué facéis, que non ceñís
su testa de oro y poleo?

TRISO:

  Ponle esta verde guirnalda,
y cantando le llevad
por esta arenosa falda.

PELASGO:

La canción encaramad,
que pase al monte la espalda.

BRIANDA:

  ¿Cómo instrumentos tenéis?
¿De qué las cuerdas hacéis?


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MARFINO:

De culebras en arroyos
atadas en fondos hoyos
por cinco noches o seis.
  Aquestos los niervos son
secos al sol.

BRIANDA:

¡Lindos son!

MARFINO:

Estos panderos facemos
de los pellejos que vemos
más cortidos en facción.
  Estas reduendas son fajas
de fierro, falladas ende
por estas peñas más bajas.

DARINTO:

Si la ignorancia te ofende,
conocemos tus ventajas.
(Sale TAURINA, bárbara.)

TAURINA:

  ¿Qué facéis desta manera,
batuecos homes, holgando?
Que Giroto en la ribera
deste arroyo está lidiando
con una encantada fiera.
  ¡Ay, Sol, otra estaba acá!

DARINTO:

¿Es como esta?


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TAURINA:

Aún es mayor.

PELASGO:

Pues vamos todos allá.

BRIANDA:

¿Si es don Juan?

TRISO:

No hayas pavor,
que non te la matará.
(Vanse los hombres.)

TAURINA:

  ¿Eres home?

BRIANDA:

¿No lo ves?

TAURINA:

¿Quién te trujo aquí?

BRIANDA:

Mileno,
que así le oí nombrar después.

TAURINA:

¿De cuál cielo tan sereno
pusiste en tierra los pies?

BRIANDA:

  Desde Alba vine aquí.

TAURINA:

Bien se cata en tu arrebol
que vienes de Alba.


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BRIANDA:

¡Ay de mí!

TAURINA:

Porque quien no fuera sol
no saliera de Alba así.
  Mas en tus faciones bellas
face el cielo maraviellas,
en que ya de Alba has venido,
pues con ser el sol salido,
se ven en ti las estriellas.

BRIANDA:

  Traigo mi sol eclipsado
de llanto.

TAURINA:

Rempujas bien,
la ocasión de todo has dado,
que las estrellas se ven
en estando el sol turbado.
  Y de aquí gosto que arguyas,
que si tú non le turbaras,
no hobiera visto las tuyas,
que si en su fuerza miraras,
turbáranme luces suyas.
  Dichoso el famoso suelo
donde así los homes son;
mas como su bien recelo,
que en ser de Alba eres garzón
de linda parte del cielo.


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BRIANDA:

  ¿Cómo en tanta rustiqueza.
tales ingenios tenéis?

TAURINA:

Porque enseña la cabeza,
y acucia el punto que veis
la ruda naturaleza.
  Si canta cuando ama el ave,
son más craro y más süave;
que mucho que una mujer,
que tal gloria acierta a ver,
sepa más de lo que sabe.

BRIANDA:

  Pues ¿qué gloria ves en mí?

TAURINA:

La que non miré jamás,
ni por estos valles vi;
pues el pracer que me das,
ya me sonsaca de mí.
  Encia tus ojos me estiras,
de guisa que me desgarras
el espíritu que me tiras.
Semejo que tienes garras
en los ojos con que miras.
  ¿Podríate yo tocar?

BRIANDA:

Bien podrás seguramente.

TAURINA:

¿He dejaraste catar?
(Tómala la mano.)


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BRIANDA:

La mano basta, detente.

TAURINA:

Parece fojas de azúcar.
  Yo cato por casos llanos
que esta nieve tenga enojos
con tus ojos soberanos,
que a verla el sol de tus ojos,
te derritiera las manos.
  Deja que apegue la boca
para temprar en la nieve
el fuego que me provoca.
Cuidará el alma que bebe
la branca nieve que toca.
(Bésala la mano.)
  ¡Qué pellejo tan sotil!

BRIANDA:

Don Juan tarda, algo recelo.

TAURINA:

Parece que en pardo abril
bebí la lluvia del cielo
en un vaso de marfil.
  ¿Haste de quedar acá?

BRIANDA:

Si viene el hermano mío.

TAURINA:

Cuido, que en tu acato está.


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(Salen DON JUAN, GIROTO,
TRISO, y los demás.)
GIROTO:

Non ficiera el desafío
si él se me rindiera allá.

DON JUAN DE ARCE:

  Ni yo me rindiera a ti,
que soy Caballero noble.

TRISO:

Él, tu hermano, viene aquí.

GIROTO:

Esa tu punta, y mío roble,
no se igualaban allí.

BRIANDA:

  Hermano don Juan.

DON JUAN DE ARCE:

¿Hermano?
¿Es posible que te veo?
¡Oh, cielo, a mi llanto humano
este solo bien deseo
de tu poder soberano!
  Agora entre monstruos fieros,
entre sangrientos leones,
entre enemigos aceros,
entre bárbaras naciones
me dan gloria esos luceros.
  ¿Sabes, mi bien, dónde estás?

BRIANDA:

Habla bajo, que esta gente
sabe mucho, y siente más.


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DON JUAN DE ARCE:

Deste bárbaro valiente
no me pude huir jamás.
  Que me persiguió de suerte,
que a no llegar los que ves,
lloraras, amor, mi muerte.

BRIANDA:

Háblalos, don Juan, cortés,
y nuestro peligro advierte.
  Que es la cosa más estraña,
y la mayor maravilla
que has visto.

DON JUAN DE ARCE:

¿Cómo?

BRIANDA:

En España,
y en el riñón de Castilla,
encierra aquesta montaña
  gente, que en fin descendió
de los fugitivos godos
cuando España se perdió.

DON JUAN DE ARCE:

¿Y hay más que estos?

BRIANDA:

Habrá en todos,
si el mayor no me engañó,
  docientos hombres y más.

DON JUAN DE ARCE:

¡Cosa no vista jamás,
ni imaginada en España!
Pero tal es la montaña
que habemos dejado atrás.
  Que según tengo mirado,
hace un castillo cercado
de peñas, que al cielo llegan.


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BRIANDA:

Que los enseñe me ruegan,
y reduzga a buen estado.
  Porque no saben que hay Dios,
ni más mundo que este valle.

GIROTO:

¿Qué están habrando los dos?

TRISO:

Algo debe de contalle
del valle, de mí y de vós.

DON JUAN DE ARCE:

  ¿A quién contaran, Brianda,
que entre Alba y Ciudad Rodrigo
gente sin Dios ni ley anda,
haciendo a este valle abrigo
montes de una y otra banda,
  que lo tuviera por cierto?
¿Y que en aquesta montaña
vivan en tal desconcierto,
desde que tomó en España
Tarife de África puerto?
  Pero parece que el cielo,
cuando el Católico Rey
destierra con aquel celo,
que ensalza de Dios la Ley,
los moros que a nuestro suelo
  trujo el Conde don Julián,
quiere que estos castellanos,
que desde entonces están
sin saber que son cristianos,
sepan que perdidos van.
  Y no sin causa ha querido
que nos hayamos perdido
para ganar esta gente,
de cuerpos y almas presente,
al cielo y Duque ofendido.
  Pues damos como en las palmas,
en los páramos y calmas
de un monte, para obligallos
al Duque tantos vasallos,
y al cielo otras tantas almas.
  ¿Has dicho que eres mujer?


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BRIANDA:

Eso había de decir
que era echarnos a perder.

DON JUAN DE ARCE:

Aquí habemos de vivir,
bárbaros hemos de ser.
  Que el cielo que aquí nos puso
nos enseñará el camino
de lo que su Autor dispuso.

BRIANDA:

Que murmuran imagino
deste nuestro hablar confuso;
  su Rey me han hecho y maestro.

DON JUAN DE ARCE:

Sigue el hado que nos guía.
Contome el intento vuestro
mi hermano Celio, y quería,
pues es tan sabio y tan diestro,
  que le oigáis y obedezcáis.

GIROTO:

Non hay cosa que queráis
que non la fagamos todos,
que en decir que somos godos,
alta honoranza nos dais.
  Decidnos ende las cosas
que sabéis de nuestro origen,
tan raras y fazañosas.


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DON JUAN DE ARCE:

Hermano, pues, Rey te elijo
destas montañas famosas;
  entretanto que el furor
pasa de los Duques de Alba
aquí estaremos mejor.

BRIANDA:

Tu vida defiende y salva,
y de mí no hayas temor.
  Que si mil años viviese,
estos peñascos nevados,
y destos oscuros prados,
sola la yerba comiese.
Viendo tus ojos amados,
  mostrase tener deseo
de lo que perdí.

DON JUAN DE ARCE:

Mi bien,
así de tu amor lo creo.

TRISO:

Celio, a coronarte
de verde salvia y poseo.

BRIANDA:

  Yo lo haré, pero es razón
que en tanto que la instrucción
os doy para ser cristianos,
como los Godos Hispanos
de vuestra antigua nación,
  adoréis la señal santa
con que Dios nos redimió.


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GIROTO:

¿Qué señal?

BRIANDA:

¡Una que espanta
al que del cielo cayó
por ser su soberbia tanta!
  Venid, que de aquel serbal
la haré juntando dos ramas.

DARINTO:

Triso, ¿quién cuidará tal?

TRISO:

El Sol non vierte más llamas
de su boca celestial.
  Vamos.

GIROTO:

Encia aquella malva
hay una gran serbalera.

DON JUAN DE ARCE:

Ya eres Rey, mi vida salva.

BRIANDA:

Si de Castilla lo fuera.

DON JUAN DE ARCE:

¿Qué me hicieras?

BRIANDA:

Duque de Alba.
(Vanse.)
(Sale GERALDA huyendo de MENDO.)

GERALDA:

  Home, ¿qué quieres de mí?


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MENDO DE ALMENDÁREZ:

Detente, serrana, un poco,
mira que me llevas loco
por estas peñas tras ti.

GERALDA:

  ¿Quién eres? Detente allá;
toda entelerida estó.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Hombre soy, hombre soy yo;
escucha, llégate acá.

GERALDA:

  Bien cuido en tu fabla y talle
que eres home, mas non vi
home que semeje a ti
en cuatos sostienta el valle.


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MENDO DE ALMENDÁREZ:

  No soy deste valle, no,
porque a la Peña de Francia
por un caso de importancia
íbamos un hombre y yo.
  Y en esta fragosa sierra
voy perdido desde ayer
que fui a buscar de comer:
¿qué infierno es este? o ¿qué tierra?
  Que solo por no quebralle
la ley de hidalgo, que debo
a un amigo tal, me atrevo
a descender a este valle
  por peñascos tan cerrados
que volverlos a subir
no espero, sino morir
en la arena destos prados.
  ¡Válgame Dios, qué es mirar
al cielo desde este suelo!
Las peñas tienen el cielo,
y el cielo parece un mar.
  Entre las nubes se embebe
su estremo, y acá están ellas
cargándose las estrellas
sobre sus hombros de nieve.
  Si de aquel gigante el celo
fuera verdad, estos son
los montes con que Tifón
quiso conquistar el cielo.
  ¿Posible es que yo he bajado,
y a tal cosa me he atrevido?
¡Oh, amistad, cuánto has podido
en un pensamiento honrado!
  Dime, serrana, ¿que aquí
habita gente?


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GERALDA:

Hasta agora
non había coidado en sora
que se trascolaba allí.
  Luego ¿hay hombres por allá?

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Sin duda no ha visto gente,
que este monte con la frente
escalando el cielo está.
  El traje y lengua es estraña,
aunque buen talle de moza;
¿tienes muy lejos la choza?

GERALDA:

So faldas desta montaña.
  Y a la fe, si me atreviera,
que por vuesa coita ya
os encarrillara allá,
y algo de yantar os diera.
  Mas non sé.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

No hayas temor,
no te desvíes.

GERALDA:

Non puedo
asegurarme tan cedo
del concebido temor.
  Si os miro, y os voy a habrar,
la mía pranta se me amuzga,
porque el esprito remuzga
que me venís a matar.


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MENDO DE ALMENDÁREZ:

  Llégate acá.

GERALDA:

Tengo empacho.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Yo te tocaré.

GERALDA:

Eso non,
non me pecilguéis, garzón,
retiradvos ende un cacho.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

  ¡Estraña rusticidad!
Llega, y en quién soy repara,
tienta las manos, la cara.

GERALDA:

Hombre es por la mía verdad,
  ya vos pierdo el pavorío.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Todas las cosas tratadas
espantan menos.

GERALDA:

¡Ah!, osadas,
que me paga el vueso brío,
  y a non querer con presura
un garzón del mío tamaño,
vos amara todo hogaño
por la vuesa catadura.
  Mas en quizá no os verá,
que yo vos esconderé.


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MENDO DE ALMENDÁREZ:

No puedo tenerme en pie,
algo de comer me da.

GERALDA:

  Cansado debéis de estar,
venid a la choza mía,
que coido que vos podía
desfaller el non yantar.
  Que después me compriréis
un antojo que me ha dado.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

No hay sin comer buen soldado.

GERALDA:

Buena persona tenéis.
  Cuando no estéis aterido
nos casaremos los dos,
que quiero parir de vós
un home tan bien vestido.
(Vanse.)
(Salen TAURINA y ADULFO.)

TAURINA:

  Yo estó, Adulfo, en este triste estado.

ADULFO:

¿Tan presto amaste un home de otro mundo?

TAURINA:

Si su fermosa faz has preñotado,
non te parecerá mi error profundo.

ADULFO:

Fermoso, por mía fee, ya le he habrado,
y es algo más repuesto que el segundo;
yo tengo de servirte, coida en sora,
lo que intentas facer si te enamora.


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TAURINA:

  Aunque hay en este valle fechiceras
que derruecan los árboles y mieses
con nubes, que respingan troncaderas,
granizos con que adarban nuesas reses,
y facen aparir por las riberas
fantasmas de la altura de cipreses,
de sangre la reduenda luna afeitan,
y en secar a los homes se deleitan.
  A ninguna de todas he querido
contar el pensamiento que me acucia,
porque en tu ciencia en soras he tenido
dende que te conozco más fiucia;
aquel mancebo por mío mal venido,
aquella cara desbarbada y lucia
me tiene tal, que pierdo, Adulfo, el tino.

ADULFO:

Ya sé lo que es amor.

TAURINA:

De amor me fino.
  Toma mi manso enzamarrado en lana,
y la cabra mejor del fato mío,
si le cataste ayer por la mañana,
bebiendo el agua del arroyo frío,
toma, Adulfo, un costal de nuez temprana,
o para tu mujer, o tu amorío,
un uso de serbal con una rueca,
que non la tenga tal sembra en Batueca.
  Y remedia el dolor que así me acosa
deste garzón.


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ADULFO:

Sin interés, Taurina,
faré que goces de la faz fermosa,
que así pecilga tu ánima mezquina.
Vete detrás de aquella faya umbrosa
que baña esa fontana en prata fina,
que yo te llamaré, quien presto faga
el saludable emplasto de tu llaga.

TAURINA:

  Pues ende me retiro por un cacho,
ve en tanto, coida la encomienda mía.
(Vase.)

ADULFO:

Descoida que te arriedre dese empacho,
antes que el sol en nube esconda el día.
¡Oh!, tú, que en forma de barbudo macho
sueles venir a la presencia mía,
fantasma, que non sé cómo te nombras,
mas sé que eres señor de negras sombras.
  Así llegue el invierno, en que tan largas
serán las noches, porque dellas goces,
que des remedio a penas tan amargas,
en tocándote el eco de mis voces;
si yo fago por ti cuanto me encargas,
y te doy los espritos más feroces;
que mucho que me abrandes este pecho,
pues es de carne, y no de peñas hecho.


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(Sale un DEMONIO en forma de sátiro, media máscara hasta la boca, con cuernos, hasta la cintura un desnudillo de cuero blanco, y de la cintura a los pies de piel, a hechura de cabrón, como le pintan.)
DEMONIO:

  Ya no me pidas, Adulfo,
que a tus preguntas acuda
con el gusto que solía,
sin replicarte a ninguna.
Ya no me pidas que forme
tempestades cuya furia
abrasen los verdes campos,
y los ganados destruyan.
Ya no me pidas que escriba
letras en la blanca luna,
y que en nublados al sol
tiña la cabeza rubia.
No me pidas que enternezca
la voluntad que más dura
se resiste a quien la adora,
y que mi fuego la infunda.
Porque me voy desta tierra
en cuya verde espesura
estuve seiscientos años
con tan próspera fortuna
y en quietud, cuando Rodrigo
por una loca hermosura
rindió la mísera España
a la africana coyunda.


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DEMONIO:

Y de aquí salgo en el tiempo
que Isabel, Judith segunda,
mi cama, como a Olofernes,
baña de sangre de injuria.
Mujer me dio grande parte
de España, y mujer procura
quitármela, que mujer
fue siempre mi desventura.
No me voy deste rincón
cuyas campañas profundas
cerró la naturaleza
destas nevadas colunas;
porque aquí viene a Isabel,
que de Isabel la hermosura
del moro en Granada agora
está eclipsando las lunas.
Voyme porque en estos riscos
apenas hay peña alguna
donde no estén los dos palos,
que por dármelos se cruzan.
Esta fiera que ha venido
ha dado en esta locura:
dos mil señales ha puesto,
dame licencia que huya,
que tienen tanto poder,
desde aquella sangre pura
que los convirtió en el mundo,
que por su coral me apunta
el hombre, y nunca me yerra,
que apenas el alma escuda
con esta ballesta santa
cuando mis ojos deslumbra.


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DEMONIO:

Todos cuantos palos ves
por estas peñas desnudas,
tantas flechas me han tirado
aquellas manos injustas.
Nuestra amistad se acabó,
así los tiempos se mudan,
de una Alba seréis vasallos,
que el sol de Cristo os anuncia.
Ya no nos veremos más,
una mujer fue la culpa,
seis siglos os engañé,
(Vase.)
Cristo vive, su Cruz triunfa.

ADULFO:

  ¡Válgame Dios! ¿Qué es aquesto?
¿Qué estrañas enigmas son
las que esta tosca visión
tan pavorida ha propuesto?
  Non entiendo lo que dice;
pero entiendo que se va.
(Sale TAURINA.)

TAURINA:

¿Fizo mi remedio ya?


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ADULFO:

Lo que me acuciaste fice;
  pero la negra figura
que me suele responsar
dice que deste llogar
fuye con grande presura.
  Y aunque me endona razón,
coido que non hay persona
que de la razón que endona
encalletre la ocasión.
  Solo diz que esta señal,
que en estas peñas se ha puesto,
su poder ha descompuesto.

TAURINA:

¿Qué señal, Adulfo? ¿Cuál?

ADULFO:

  Esos dos palos cruzados
que por las peñas se ven.

TAURINA:

El fechicero también
enjurió los míos cuidados.
  Ya iba buscando remedo
a la coita que esperaba,
hoy mi esperanza se acaba,
fiero amor, matada quedo.
  ¿Eso tu amigo responde?
Duro amor, mío fin procuras,
que para tus mataduras
non hay remedio que bonde.
  Mas si pregar y prañir
mueven, y facen coitado
un quillotro encaramado
en porfiar y rehortir.
  Yo prañiré de tal suerte
que te mueva, cielo mío,
que si non en ti confío
en cucia estó de la muerte.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen BRIANDA, DON JUAN, TRISO,
PELASGO, MARFINO, y DARINTO.)
BRIANDA:

  Estas señales son las que os he dicho.

TRISO:

Las señales que dices adoramos,
y nos parecen bien por estos montes.

TAURINA:

Aquí viene el mío bien, Adulfo amigo,
¿non es bello el garzón?

ADULFO:

¡Qué lindos homes,
Taurina, que sostienta el otro mundo!

BRIANDA:

La ley que os digo tiene el Duque de Alba,
que es señor desta tierra, y de otras muchas.

DON JUAN DE ARCE:

Valdecorneja es otro hermoso valle
donde hay ricos lugares, y los puebla
gente como nosotros; y fin esto,
Marqués de Coria, que en Estremadura
es antigua ciudad.

MARFINO:

¿Que hay tanto mundo?

DON JUAN DE ARCE:

Conde de Salvatierra se apellida,
fuera de los lugares que os he dicho;
aunque por cierto, que no debe el Duque
tener en menos este valle estraño,
donde cosa tan rara ha sucedido.


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PELASGO:

¡Válgame el Sol, qué truenos! ¡Qué rüido!
(Hágase dentro un gran ruido, y salgan por entre los árboles del monte llamas.)

[VOCES] :

(Dentro.)
  Ya nos vamos, ya nos vamos.

DARINTO:

¿Que se van dicen? ¿Quién son?

PELASGO:

¡Qué voces! ¡Qué tristes son!

MARFINO:

Llamas echan de los ramos.

TRISO:

  La misma nieve se abrasa.

[VOCES] :

(Dentro.)
Por unos hombres estraños
echáis de seiscientos años
huéspedes de vuestra casa.

DON JUAN DE ARCE:

  No temáis, que aquestos son
de aquella Cruz enemigos,
que temiendo sus castigos
huyen su hermosa visión.
  Dicen que ha seiscientos años
que engañados os tuvieron,
y por esta Cruz perdieron
el logro de sus engaños.
  A nosotros nos creed,
y dejaldos donde van.


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MARFINO:

Estraño pavor nos dan.

DON JUAN DE ARCE:

Esta defensa tened.
(Sale GIROTO con un bastón siguiendo a GERALDA, y a MENDO.)

GIROTO:

  ¿En el mío lecho? Por el cielo santo,
que vos he de facer un despachurro
como si vos tolleran con un canto.

GERALDA:

Non faré poco si de ti me escurro.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

¡Detente bestia!

GIROTO:

¿Huésped? No me espanto
de tu facienda, la maldad aburro;
di quién te trujo aquí.

BRIANDA:

¿Qué es esto, fiero?

GIROTO:

Fallé en mi lecho un vueso compañero.

DON JUAN DE ARCE:

  ¿Mendo?

MENDO DE ALMENDÁREZ:

¿Don Juan?

DON JUAN DE ARCE:

Primero a Celio abraza:
Celio se llama ya quien sabes.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Digo
que el cielo el bien de aquesta gente traza.


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DON JUAN DE ARCE:

¿De qué te quejas tú, Giroto amigo?

GIROTO:

El brazo que la muerte le amenaza
suspendo por vosotros, y el castigo;
fallele por lo menos en la falda
desta mujer.

BRIANDA:

¿Es tu mujer Geralda?

GIROTO:

  En soras non.

BRIANDA:

Pues en el otro mundo
solo el marido es agraviado.

GIROTO:

¡Bueno!
Cuando yo tengo amor, en razón fundo
que me toca el agravio de home ajeno.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Bajando deste valle a lo profundo,
más de cansancio que de agravio lleno,
esta serrana hallé, que condolida,
puedo decir que restauró mi vida.
  Ni estaba para agravio, ni he pensado
más que en volver a mi perdido aliento.

DON JUAN DE ARCE:

Con él es bien que estés desengañado.

GIROTO:

Nunca el amor se desengaña a tiento:
[Aparte.]
Triso, no tengo desta gente agrado.


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TRISO:

¿Qué conjuñas?

GIROTO:

Traición o fingimiento,
uno a uno descienden de la sierra.

TRISO:

¿Qué nos querrán facer?

GIROTO:

Emprender guerra.
  Ellos tienen espadas guinchadoras,
que así las llaman ellos.

TRISO:

Verdad crara.

GIROTO:

Mas que dormiendo cual que vez en soras,
la traición que te digo se decrara.

TRISO:

Este que se escondió tan a deshoras,
y non vino con estos cara a cara,
me ha causado pavor.

GIROTO:

Mileno viene.
(Sale MILENO.)

MILENO:

Conté del monte cuantas peñas tiene.

BRIANDA:

  ¡Oh, Mileno!, que en vano te has cansado;
aquí mi hermano está, y aun ha venido
el amigo que ves.

MILENO:

Alfaz me he holgado.


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GIROTO:

Corrido, Triso, estoy de haber temido;
venga del otro mundo conjurado
el mayor Capitán, el más locido,
venga su Duque de Alba, y su Fernando,
mientras los nervios destos brazos mando.

MILENO:

  Batuecos, non estéis en la tratanza
de rey que vos gobierne.

DARINTO:

Sí queremos.

MARFINO:

Todos lo codiciamos a bastanza.

TRISO:

Pues a la guisa nuesa le llevemos;
suenen los estrementos, faced danza,
cantinelas faced.

MÚSICOS:

Desio, cantemos.

TRISO:

Y tú, Celio, de adelfa coronado,
canta en la alfombra deste verde prado.

UNO:

(Canta.)
  Al Rey Castellano,
que le guarde Dios.

OTRO:

Al Rey que ha venido
más bello que el Sol,
todos juntos digan.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


TODOS:

Que le guarde Dios.

UNOS:

Corone su frente
de olorosa flor
el valle, diciendo.

TODOS:

Que le guarde Dios.

UNO:

Viva el Duque de Alba,
que es nuestro Señor,
digan sus vasallos.

TODOS:

Que le guarde Dios.

UNO:

Montes de Batueca,
que de nieve sois,
decid humillados.

TODOS:

Que le guarde Dios.

UNO:

Al Rey Castellano,
más bello que el Sol,
todos juntos digan.

TODOS:

Que le guarde Dios.


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Acto III
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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen RUI PÁEZ, mayordomo del Duque de Alba, y RAMIRO DE LARA.
MAYORDOMO:

  Mil veces en hora buena
vengas, Ramiro de Lara.

RAMIRO DE LARA:

¡Quién alegre te mirara,
Alba de mi sol serena!
  ¡Quién te viera con el gusto
que cuando miraba en ti
la hermosura, por quien fui
soldado de mi disgusto!

MAYORDOMO:

  ¿Que no ha podido la guerra
vencer el pasado amor?

RAMIRO DE LARA:

Renueva el alma el dolor
a la vista desta tierra.

MAYORDOMO:

  ¿Viene el Duque mi señor?


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RAMIRO DE LARA:

Hallose el Duque en Granada,
que no le sufrió la espada
tener atado el valor.
  Pero haciendo como aquel,
que al rededor de su escudo
poner las banderas pudo,
de tanto alarbe crüel,
  fue de una saeta herido
saliendo de Santa Fe,
de un Bencerraje que fue
del Duque entonces vencido,
  cuya enfermedad y herida,
a hacer voto le obligó,
cuando en el trance se vio
último fin de la vida,
  de ir a la Peña de Francia,
antes que su casa viese,
y que yo solo viniese
le pareció de importancia,
  a avisar a mi señora
por las cartas que la he dado.

MAYORDOMO:

Vós venís un gran soldado.
Vámonos juntos agora,
  que quiero besar las manos
al Duque, y llevar de casa
ropa y regalos.


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RAMIRO DE LARA:

Él pasa
de Peñaranda a los llanos;
  esta tarde va a dormir
dos leguas de Salamanca;
haced llevar ropa blanca,
y aun alguna de vestir,
  por si se quiere mudar
de las galas de soldado.

MAYORDOMO:

Ya estoy, Ramiro, avisado
de lo que manda llevar;
  que mi señora me dio
orden de lo que he de hacer.

RAMIRO DE LARA:

Alba, ¿por qué os vuelvo a ver
después que mi sol faltó?
  Decid, Rui Páez, ¿jamás
se supo desta mujer?

MAYORDOMO:

No se ha podido saber
della y de su amante más
  de que ciertos labradores
los vieron poca distancia
de la alta Peña de Francia.

RAMIRO DE LARA:

¡Desdichado fin de amores!
  Iríanse a Portugal.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MAYORDOMO:

Donde quisieren estén.

RAMIRO DE LARA:

Con las memorias del bien
de nuevo se siente el mal.
(Vanse.)
(Salen cuatro villanos del Castañar, lugar al pie de la Peña de Francia, son BELARDO, LUCINDO, VALERIO, y un ALCALDE.)

ALCALDE:

  Mira bien lo que dices.

BELARDO:

Verdad digo,
y que subiendo al monte mi ganado,
que el cabrío de peñas siempre amigo,
andaba de unos pámpanos colgado,
vi a la sombra de un verde cabrahígo
un monstruo, un hombre, un animal sentado.

LUCINDO:

Animal, monstruo, y hombre; ¿de qué modo?

BELARDO:

Porque me pareció que lo era todo.

LUCINDO:

  ¿Tenía barbas?

BELARDO:

Sí, barbas tenía.

LUCINDO:

Mira ¿no fuese acaso alguna cabra?

BELARDO:

¿Cabra? ¡Oh, qué lindo! Hablaba y respondía,
y le pude entender una palabra.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


VALERIO:

¿Pues qué te dijo?

BELARDO:

Al tiempo que subía
detrás de una salvaje cornicabra,
me dijo: hola pastor, escucha.

VALERIO:

¿Y luego?

BELARDO:

Volé como cohete a quien dan fuego.

ALCALDE:

  ¿Por qué no respondiste?

BELARDO:

Si me diera
lugar el miedo de mirar su talle,
no hay duda que le hablara, y respondiera,
pero no me atreví ni aun a miralle;
una como esta nunca vista fiera
subió a los montes desde el hondo valle,
habló con un pastor el otro día,
y le pidió del vino que tenía.

ALCALDE:

  Nunca jamás al valle ha descendido,
ni deste pueblo o de otro comarcano,
hombre, por más ligero y atrevido
que fuese, ni lo oí de algún anciano,
como este, ni aun por señas lo he sabido
que habite nadie en su profundo llano.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LUCINDO:

Estos días, Alcalde, solamente
ven los pastores luces, y oyen gente.
  ¿Qué tenía, Belardo, el que tú viste,
que fuesen señas de hombre?

BELARDO:

Barba y cara,
piernas, brazos y voz.

LUCINDO:

¿Que hablar le oíste?

BELARDO:

No presumáis de mí, que os engañara;
pieles de jabalí y de ciervos viste,
cual suele el segador el antipara,
con cuerdas las abarcas encordela,
con que por nieve y peñas trepa y vuela.

ALCALDE:

  A fe que no está solo, y que sospecho
que como cuando se nos va de casa
un gato al monte, y queda montés hecho,
la caza mata, y la campaña atrasa;
así el que destos hombres por despecho
de alguna villa al monte y valle pasa,
se volverá también hombre selvaje,
y matará a quien a su choza baje.
  Necesario será que el pueblo ordene,
pues es el Castañar de los honrados,
que la Peña de Francia en sus pies tiene,
un Capitán valiente, y cien soldados,
que hace al valle por donde este viene,
que pues él pasa, pasarán guiados
del más diestro pastor de aquesta tierra.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LUCINDO:

Será muy justa y conveniente guerra.

BELARDO:

  ¿Y si este fuese algún demonio, acaso,
que os quisiese engañar, y descendiros,
donde después que os viese en aquel raso
pudiese a su contento sacudiros?
¿Pareceos que hay por dónde dar un paso
ni polea después con qué subiros?

VALERIO:

Para eso vaya el cura, y la cruz lleve.

BELARDO:

No podrá descendir por tanta nieve.

LUCINDO:

  ¿Quién será capitán?

ALCALDE:

¿Quién tiene brío
como tú para serlo? ¿Y más ventajas
para bajar del monte al valle frío,
tú que los nidos de las torres bajas?

LUCINDO:

Pues alto, yo lo aceto.

VALERIO:

En Dios confío,
que los has de vencer.

LUCINDO:

Tocad las cajas.

BELARDO:

¿No te pondrás galán?

LUCINDO:

Veraslo agora.


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BELARDO:

Mas que se torna loca en verte Flora.
(Vase.)
(Salen DON JUAN, y BRIANDA vestidos de bárbaros.)

DON JUAN DE ARCE:

  Gran soledad se padece.

BRIANDA:

Notable pena me da.

DON JUAN DE ARCE:

Bárbaros estamos ya.

BRIANDA:

Hasta el alma lo parece.

DON JUAN DE ARCE:

  Ya no hay vestido, ni cosa
de las que habemos traído.

BRIANDA:

Conforma al alma el vestido.

DON JUAN DE ARCE:

¡Oh, soledad rigurosa!
  Por esos montes subí
cansado destos villanos,
desde cuyos cortos llanos
dos pastores descubrí;
  pero ninguno esperó
espantados de mi traje,
porque del mismo lenguaje
ningún hombre se espantó.
  Pienso que si en este estado
el noble Duque nos viese,
a compasión se moviese,
y que del yerro pasado
  os concediese perdón.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BRIANDA:

Yo, puesto que estoy contigo,
que te veo, gozo y sigo,
que de amor las glorias son,
  siento el vivir como fiera,
sin Dios, sin Iglesia y Ley;
porque no fuera su Rey,
sino quien la mayor fuera.
  ¿Qué haremos para alcanzar
perdón del Duque ofendido?

DON JUAN DE ARCE:

Mendo otra vez atrevido,
los montes quiere trepar,
  para ver si algún pastor
sabe si el Duque está en Alba.

BRIANDA:

¿Ha mucho?

DON JUAN DE ARCE:

Desde hoy al alba.

BRIANDA:

Débesle notable amor,
  que no sé yo cuál amigo
su patria y casa dejara,
y hasta el mismo ser trocara,
solo por vivir contigo.
  Que tú ya tienes aquí
aquello de que has gozado.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN DE ARCE:

Aquel escudo pintado,
y aquella lanza le di,
  que aquel cadáver tenía
de aquel sepultado godo;
que lo habrá menester todo,
si en los pies no se confía.
  Quiera Dios que halle camino
cómo salgamos de aquí.
Taurina viene.

BRIANDA:

¡Ay de mí!

DON JUAN DE ARCE:

¿Ha vuelto a su desatino?

BRIANDA:

  Estos días ha tornado
a rogarme que la quiera,
y en una estraña quimera
para hacerme fuerza ha dado.
  ¿Tirso no baja con ella?

DON JUAN DE ARCE:

Tirso viene.

BRIANDA:

Pues verás
si puede llegar a más
la desdicha de mi estrella.


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(Salen TRISO y TAURINA.)
TRISO:

  Como nos has enseñado,
Celio, tantas cosas buenas,
y en Batueca a duras penas
hay luz del error pasado,
  a todos ha parecido
que porque de tu saber
pueda este valle tener,
que has con tu ciencia enlocido,
  siempre de ti socesión,
gustes de tomar estado,
porque non siendo casado
non tendrás satisfación.
  Y así, habiendo de elegir
para tu merecedura
mujer de igual catadura,
sabia en amar y servir,
  habemos ende pensado,
que percolles a Taurina,
non porque fue mi sobrina,
ni haberme ella quillotrado;
  non porque es la más erguida,
de mejor caletre y talle
que yace moza en el valle,
y está del tu amor ferida.
  Condiciones, que ha decir,
son con la tuya ajustadas,
farán bienaventuradas
las horas de tu vivir.
  Non hayas miedo que gruñas,
si a tu posada la llevas,
que allá verás, si la pruebas,
qué tomo de moza empuñas.
  Ensuélvete así te goces,
faz cuenta que suegro soy.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BRIANDA:

Gracias, ¡oh, Tirso!, te doy,
por el bien que en mí conoces,
  y el buen crédito que tienes;
y a Taurina muchas más,
de quien informado estás,
y por quien a hablarme vienes.
  Es justa proposición,
y en estremo estoy contento
de que tan buen casamiento
se ponga en ejecución.
  Mas debes considerar
que se ha de guardar en todo
aquel orden, traza, y modo,
que allá solemos usar.

TAURINA:

  Cada que cumpra a tu honor
alguna cosa emportante,
me fincarás tan constante
como en el pasado amor.
  Que non quiero mayor palma
que ver que me quieres bien,
y que atranques el desdén
que me trascolaba el alma.

DON JUAN DE ARCE:

(Aparte)
Brianda, ¿cómo prometes
casarte

BRIANDA:

Déjame a mí.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TRISO:

Celio, lo que importa di,
para que su mano acetes.
  Que si es dote, non sé yo
quién de la nuesa pobreza
te podrá dar más riqueza.

BRIANDA:

No reparo en eso, no.

TAURINA:

  Yo te daré todo un prado
de feno en hasta la cinta,
que la primavera pinta
de flor el abril rosado.
  Darete un arroyo fresco
que crucia de un monte a otro,
donde con caña y quillotro
truchas salmonadas pesco.
  Darete cien avellanos,
treinta castaños y más,
que desde aquí los verás
en aquellos verdes llanos.
  Darete cien reses grandes,
y cuatrocientas pequeñas,
tan mansas, que con tus señas
el ir y venir las mandes.
  Darete dos chozas buenas,
no pajizas ni ahumadas;
y en carrascas acopadas
veinte corchos de colmenas.
  Lino y cáñamo sé hilar,
de que son los camisones
que a las vegadas te pones;
y también te quiero dar,
  pora que veas si es justo
quererme más tiernamente,
un alma que eternamente
viva en la ley de tu gusto.


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BRIANDA:

  Quererme, Taurina, bien,
es el dote que yo estimo;
pero mi hermano y mi primo
saben que ha de ser también,
  y es, que cuando allá se casa
algún rey, o gran señor
a quien le iguala en valor,
da cuenta de lo que pasa.
  De suerte que es menester
hacer primero la salva
al famoso Duque de Alba.

TAURINA:

Pues ¿cómo lo ha de saber?

BRIANDA:

  Enviando un mensajero
que desas montañas pase;
que en diciendo que me case,
no hay más, por mujer te quiero.

TRISO:

  ¿Está cerca ese lugar?

BRIANDA:

Preguntando irá muy presto.

TAURINA:

¿Quién será, tío, indispuesto
para que le vaya a habrar?

TRISO:

  Mileno o Giroto creo
que irán, por quererte bien.


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TAURINA:

Pues vamos los a habrar.

TRISO:

Ven.

TAURINA:

Adiós, ojos con que veo.

BRIANDA:

  Adiós, dulce gloria mía.

TAURINA:

¿Non oyes aquel requiebro?
¿Qué dura faya, qué niebro
non se desquillotraría?
  Non me guarde Dios, amén,
si non te adoro míos ojos.

BRIANDA:

Tú me quitas mil enojos
con ver que me quieres bien.

TAURINA:

  ¿Cuándo, Celio, será el día
que te percolle en míos brazos?
Si non te fago pedazos,
non logre la vida mía.
  Que si una vez tu conceso
cuerpo mi cuidado apaga,
non habrá perro que faga
más caricias a su dueño.

(Vase con TRISO.)


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BRIANDA:

  A buscar parten contentos
para el Duque Embajador
destas bodas.

DON JUAN DE ARCE:

¿No es mejor
desengañar sus intentos?

BRIANDA:

  No, porque temo esa gente,
en los hechizos tan diestra,
que me matarán.

DON JUAN DE ARCE:

Hoy muestra
Mendo el valor.

BRIANDA:

Cuando intente
  ir a cualquiera lugar
no será mal recibido.

DON JUAN DE ARCE:

Brianda, un noble ofendido
cerca está de perdonar.
  Deseo también salir
deste valle, por temer
tu parto cerca.

BRIANDA:

Poner
remedio.

DON JUAN DE ARCE:

¿Hay alguno?


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BRIANDA:

Huir.

DON JUAN DE ARCE:

  ¿Dónde, o cómo en este traje,
y con el Duque ofendido?
Cuenta el crédito ofendido
deste bárbaro linaje
  si te coge el parto aquí.

BRIANDA:

No sé si podría ser,
darles, don Juan, a entender
que allá se acostumbra así.

DON JUAN DE ARCE:

  ¿Qué se acostumbra?

BRIANDA:

Parir
los hombres en nuestra tierra.

DON JUAN DE ARCE:

¿Hablas de veras?

BRIANDA:

La sierra
es áspera de subir;
  el mejor remedio es este.

DON JUAN DE ARCE:

¿Creeranlo?

BRIANDA:

Cuanto les digo.

DON JUAN DE ARCE:

Aunque estén muy bien contigo
temo que el vivir nos cueste.
  Pero ¿de quién ha de ser
el parto?


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BRIANDA:

Diré que allá,
si el hombre preñado está,
es el padre la mujer.

DON JUAN DE ARCE:

  No has dicho igual desatino;
ahora bien, míralo bien.

BRIANDA:

Cuando en este engaño den,
otro remedio imagino.

DON JUAN DE ARCE:

  Sí, ¿mas para no casarte?

BRIANDA:

Ven, que allá lo pensaré.

DON JUAN DE ARCE:

Habla a Tirso.

BRIANDA:

¿Para qué?

DON JUAN DE ARCE:

Envíale a alguna parte,
  que es sabio y será notorio
que tu engaño ha de decir.

BRIANDA:

Mas que vengo.

DON JUAN DE ARCE:

¿A qué?

BRIANDA:

A parir
el día del desposorio.

(Vanse.)


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(Sale MENDO vestido de bárbaro con pieles y abarcas, y con la lanza y escudo referido.)
MENDO DE ALMENDÁREZ:

  Ya que del profundo valle
a la cumbre deste monte,
por donde abrí incierta calle,
subo al mayor horizonte
y puedo alegre miralle,
  decid pensamiento mío,
pues a la patria os envío,
¿qué se dice allá de mí?
Que la amistad advertí
en el mayor desvarío.
  ¿De cuántos juzgado soy
por muerto? Y sin duda alguna
vivo muerto, pues lo estoy,
donde solo a mi fortuna
culpa de mis males doy.
  Pero ¿por qué me lamento,
si sobre tanta amistad
hace mi mal fundamento,
y es sola la adversidad
quilate del pensamiento?
  De don Juan he sido amigo,
su adversa fortuna sigo,
años he vivido aquí,
porque sé dél que por mí
lo mismo hiciera conmigo.


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MENDO DE ALMENDÁREZ:

  Mucho me atrevo a bajar,
no sé hacia dónde me incline
que algún pastor pueda hablar,
porque hay senda que camine
como la nave en el mar
  Hacia quella sierra blanca,
mas que en yerba en nube franca,
es el camino del Tormes,
que baña en peñas disformes
los muros de Salamanca.
  Por allí deben de estar
Béjar, Alba, y Salvatierra,
y allí la peña y Altar
de la Virgen, que esta sierra
pudo en cielo transformar
  No veo pastor ninguno;
sueño y cansancio importuno
me aprietan, guarde este canto
el escudo y lanza, en tanto
que duermo y que viene alguno.

(échase a dormir.)


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(Salen con caja y bandera los labradores que pudieren, BELARDO, LUCINDO, VALERIO, y el ALCALDE, armados graciosamente.)
LUCINDO:

  Parad las cajas; aquí
nos sentemos a tratar
por dónde se ha de bajar.

BELARDO:

Todas las señas perdí.

ALCALDE:

  Luego ya no se te acuerda
por dónde el camino va.

VALERIO:

No hay senda en llegando acá
que no se deshaga y pierda.

BELARDO:

  Tratad de dar un refresco
al pie de aqueste peñasco;
salga lo añejo del frasco,
y de la alforja el pan fresco.
  Y no tratéis de otro modo
pensar decendir allá.

ALCALDE:

Cansada la gente está.

BELARDO:

¿Qué quieres si es peñas todo?
  Sentaos, porque en la guerra
se ha de comer por momentos.

(Siéntanse.)


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LUCINDO:

Conviene que estéis atentos
a la cumbre de la sierra,
  donde dicen los pastores
que han visto los animales.

BELARDO:

Entre aquellos matorrales
que encierran silvestres flores,
  el que os dije vi sentado.
(Despierta MENDO.)

MENDO DE ALMENDÁREZ:

¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto?
¿Qué desventura me ha puesto
de tantos hombres cercado?
  Armados vienen, ¿qué intentan?
¿Contra quién se arman así?
Quiero escuchar desde aquí
si acaso la causa cuentan.

LUCINDO:

  Notable deseo
topar un monstruo de aquestos.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

De nosotros hablan estos.

LUCINDO:

¿El que tú viste es muy feo?

BELARDO:

  No tiene el que arriedro vaya,
Lucindo, mejor facción.

VALERIO:

¿De tan mala hechura son?


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BELARDO:

Sentado al tronco de un haya
  me cogió cuando le vi;
pero desde peña en peña,
hasta parar en la aceña
del río, rodando fui.
  Es cosa de tanto espanto
que desde entonces lo sueño.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

No es el peligro pequeño
en que estoy.

LUCINDO:

¿Qué admira tanto?

BELARDO:

  Si todos no los matáis,
y permitís que se ausente
tan fiera y bárbara gente,
¿no hayáis miedo que tengáis
  hijos ni haciendas seguras?

LUCINDO:

Vivos me habían de quedar
algunos.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

No hay que aguardar,
¡socorredme peñas duras,
  que morir entre villanos
es la desdicha mayor!;
que en oprimido valor
los pies defienden las manos.

(Vase huyendo por el monte.)


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LUCINDO:

  ¿Es monstruo aquel que va allí?

ALCALDE:

De salir agora acaba,
que entre nosotros estaba.

BELARDO:

¡Válgame el cielo!

VALERIO:

¡Ay de mí!

LUCINDO:

  ¡Tiradle un dardo!

VALERIO:

Va lejos.

ALCALDE:

¡Qué diestro va por las peñas!

VALERIO:

él tiene las mismas señas,
abarcas, cinto, y pellejos;
  sin duda que aquí ha dormido.

BELARDO:

Hierve de monstruos el monte.

LUCINDO:

Alto, a seguirle disponte.
[...]

BELARDO:

  Solo volando podría.
 [...]
[...]
[...]
  ¿Qué es lo que aquí se dejó?


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VALERIO:

Una lanza y un escudo.

LUCINDO:

¿Lanza y escudo?

ALCALDE:

Estoy mudo.

BELARDO:

Juzgaréis si os mentí yo.
  En peligro está la tierra.

LUCINDO:

¡Qué viejas armas traía!

ALCALDE:

Para huir las dejaría
más ligero por la sierra.
(Sale el DUQUE DE ALBA, RAMIRO, y el MAYORDOMO.)

DUQUE DE ALBA:

  ¡Estraña aspereza!

RAMIRO DE LARA:

Estraña.

DUQUE DE ALBA:

Solo por quien vive aquí,
caminar se puede así
esta fragosa montaña.
  Mas ¿a qué efeto serán
las cajas que hemos oído?

BELARDO:

¡Qué de monstros han venido!


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ALCALDE:

No nos sientan, que se irán.

LUCINDO:

  Sacudid de golpe en ellos.

DUQUE DE ALBA:

¿Qué gente es esta?

LUCINDO:

Esperad,
que esta es gente de ciudad;
hablad primero con ellos.

BELARDO:

  ¿Sois monstruos?

DUQUE DE ALBA:

¡Tente, villano!

BELARDO:

¿Sois monstruos?

RAMIRO DE LARA:

¡Bestia, detente!

LUCINDO:

¿Cómo detente? ¿Qué gente?

DUQUE DE ALBA:

Detén la furia, serrano.

BELARDO:

  ¿Sois monstruo?

DUQUE DE ALBA:

¿Estáis locos, hombres?

BELARDO:

¡Digan si son monstruos, presto!

DUQUE DE ALBA:

No si causa armas se han puesto.


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LUCINDO:

¿Son monstruos? Digan sus nombres.

DUQUE DE ALBA:

  ¿De dónde sois labradores?

BELARDO:

Del Castañar, que venimos
a matar monstruos.

LUCINDO:

Supimos
que en los peñascos mayores
  deste monte andan a caza
de hombres, y hemos hecho gente.

DUQUE DE ALBA:

Cosa ha sido conveniente,
cristiana y piadosa traza.

BELARDO:

  Digan si son mostruos.

RAMIRO DE LARA:

Hombre,
deja el villano furor,
que es el Duque, tu señor.

LUCINDO:

¿El Duque? Respeto el nombre,
  y humíllome a vuestros pies.

BELARDO:

¿Que no son monstruos?

LUCINDO:

Si salva,
invencible Duque de Alba,
la ignorancia; ya lo ves:
  perdona el atrevimiento
de tus vasallos.


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DUQUE DE ALBA:

Yo estoy
satisfecho; a todos doy
perdón.

BELARDO:

Par Dios, mucho siento,
  que no son monstruos.

DUQUE DE ALBA:

¿Qué gente
es la que buscando vais?

LUCINDO:

Yo lo diré, pues estáis
deste suceso inocente.
  Cierrase un valle, el más profundo y solo
que en el mundo formó naturaleza,
de inmensos montes, que de eterna nieve
cubiertos a la vista el paso impiden,
cuanto más a los pies, que no se sabe
que hayan puesto las plantas en su estremo.
Aquí dicen que viven, y no es fábula,
unos hombres o monstruos, que estos días
han subido a robar nuestros lugares.
El cura revolvió todos sus libros,
y dice, que si aquí viven salvajes,
que sin duda serán de aquellos hombres
que se escondieron entre aquestas peñas
huyendo de los moros africanos,
cuando el godo Rodrigo perdió a España.


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DUQUE DE ALBA:

¡Estraña cosa!

MAYORDOMO:

¡Por estremo estraña!

DUQUE DE ALBA:

¿Hombres en este valle que han vivido
desde el último Imperio de los godos?

LUCINDO:

Así lo dice el cura.

DUQUE DE ALBA:

No es engaño,
sí es verdad que los hay y que son bárbaros,
y habla como estudiante y ha leído.

LUCINDO:

¡Oh, qué lindo es aqueso! No ha dejado
historia que no saber. El otro día
nos contó la del perro de Alba a todos,
y la persecución de los judíos
con las coplas de pase la Galana,
y de Antón, el vaquero de Morana.

DUQUE DE ALBA:

En más estimaré que verdad sea
que todo lo que valen mis estados.

LUCINDO:

Señor, no lo dudéis, que en este punto
estaba uno durmiendo entre nosotros;
y como nos sintió, dejó las armas
y corriendo se fue por esos montes.


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DUQUE DE ALBA:

¿Armas dejó?

LUCINDO:

Las que miráis presentes;
esta lanza mohosa, y este escudo.

DUQUE DE ALBA:

¡Válgame Dios! ¡Qué antigüedad tan grande!

MAYORDOMO:

El escudo, señor, lo dice a voces,
que está de cuero antiguo bien cubierto,
y tachonado todo por las orlas.

RAMIRO DE LARA:

Aquí tiene las armas de Castilla.

MAYORDOMO:

Castillos y leones son aquestos.

RAMIRO DE LARA:

El año tiene aquí, y en cuatro letras,
que son T.S.D.R. hay una cifra,
que por dicha era el nombre de su dueño.

DUQUE DE ALBA:

Era de setecientos y cincuenta,
dice el número aquí. ¿Quién de vosotros
sabe el año?

RAMIRO DE LARA:

Señor del nacimiento
de Cristo setecientos y trece años,
porque entonces reinaba el Rey Rodrigo,
como en Italia el español Teodosio.
Así lo dice el Rey Alfonso el Sabio,
y con el Arzobispo don Rodrigo
don Lucas de Tui.


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DUQUE DE ALBA:

Pues desa suerte
habrá que se formó el antiguo escudo,
y que en él se pusieron estas letras,
más de seiscientos años.

RAMIRO DE LARA:

El que corre,
que es mil y cuatrocientos y setenta
del reino de Isabel, aún faltan muchos.

DUQUE DE ALBA:

¿Quién entendiera aquestas cuatro letras
para enviar la lanza y el escudo
al Católico Rey?

MAYORDOMO:

Basta enviarle;
que donde viven hombres tan insignes,
mejor podrá saberse.

DUQUE DE ALBA:

Parta luego
a Salamanca un hombre, que le lleve
al Rector, que le ponga en tales manos
que venga declarado.

RAMIRO DE LARA:

A mi juicio
diré lo que estas cuatro letras dicen.

MAYORDOMO:

Si das licencia; todos lo diremos.

DUQUE DE ALBA:

Hareisme gran placer.


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RAMIRO DE LARA:

T.S.D.R.
quieren decir: Tú solo, Dios, reinaste.

DUQUE DE ALBA:

No dice mal.

MAYORDOMO:

A mí me escucha agora.
T.S.D.R. así declaro:
Tener, saber de Dios recibe el hombre.

DUQUE DE ALBA:

¡Buena interpretación!, mas hombre falta.

BELARDO:

Si su merced me diese la licencia,
en verdad que lo cierto le diría.

DUQUE DE ALBA:

¿Pues vós sabéis de letras?

LUCINDO:

Muy bien puede
fiar su Señoría de Belardo,
que es hombre que ha leído el Flos Sanctorum,
y canta en la Tribuna los domingos;
compone villancicos.

DUQUE DE ALBA:

Bueno es esto;
¿vós componéis?

BELARDO:

Estoy muy descompuesto,
que me arrojó mi padre a la fortuna
cual pan a perro que morder pretende,
porque dejase hacienda el padre al hijo.


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DUQUE DE ALBA:

En mi servicio recibiros quiero.

BELARDO:

Si ha de pagarme en lo que suelen otros,
mejor es que me valga por mi pico.

DUQUE DE ALBA:

Decid lo que entendéis de aquestas letras.

BELARDO:

T.D.S.R. desta suerte lo entiendo:
Tonto soy, Duque, remitildo a un sabio.

MAYORDOMO:

¡Oh, qué graciosa bestia!

DUQUE DE ALBA:

Bien ha dicho,
que a un sabio se remita, y que él es tonto.
Estoy maravillado deste caso.

MAYORDOMO:

Ha de causar a España maravilla.

DUQUE DE ALBA:

Hombres de casi setecientos años,
de habitación en un profundo valle,
sin conocer que hay Dios, ni Rey, ni Reyes,
¿en qué libro se escribe mayor fábula?
Ahora bien, esto es cosa que me toca
como señor de aqueste monte y valle,
y más como a cristiano caballero.
Yo pensaba cazando entretenerme
por estas sierras, jabalíes, y osos;
la caza sea destos hombres bárbaros.
Júntense los villanos destos valles,
y con diversas armas y azadones
abran camino a los caballos míos,
que he de bajar yo mismo a ver el valle,
y reducir esta perdida gente
a Dios, a Rey, y a ley, y a orden política.


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MAYORDOMO:

Será una hazaña digna de quien eres.

DUQUE DE ALBA:

Pues alto, vamos al lugar: vosotros
guiad delante; y vós, Belardo amigo,
ya estáis en mi servicio.

BELARDO:

Quiera el cielo
que tenga más ventura que he tenido;
pero ¿quién vencerá su poca dicha,
si tuvo por partera a la desdicha?
(Vanse.)
(Salen GIROTO, MILENO y TAURINA.)

GIROTO:

  Mira primero, Taurina,
que cuides bien lo que fablas,
que por ventura son fablas
nacidas de tu mosina.
  [...]

TAURINA:

Digo que Celio parió,
y que el niño he visto yo
en su regazo dormido;
  y Geralda me ha contado
que le vio colgado ayer
del su pecho.

MILENO:

Puede ser
que algún niño hobiese hallado
  y le recogiese así;
mas pensar que le parió,
non lo digas.


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TAURINA:

¿Por qué no?
Ende que lo vio, y lo vi.

GIROTO:

  Calla, Taurina, en mal hora;
¿siendo home, parido está?

TAURINA:

Sí, que los hombres de allá
dicen que paren en sora.

MILENO:

  ¿Non catas que son engaños?

TAURINA:

En que es costumbre lo fundo,
los hombres del otro mundo
parir de siete en siete años.

GIROTO:

  Cuando persuadirte quieras
que un home pueda parir,
cuida si puede salir
para que fables de veras.
  Que non es el tiempo ya
de la inocencia pasada.

TAURINA:

Que non estoy engañada;
yo sé que parido está.
  ¿El gallo non pone un huevo?
¿La liebre no es fembra y macho?

MILENO:

Ten de tal decir empacho.


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TAURINA:

Válame el Sol, non es nuevo
  haber otro mundo allá,
otras cosas, y otros faros,
Rey, letras, oficios, tratos;
pues así también habrá
  homes que sepan, si quieren
parir y criar.

GIROTO:

Si a ti
te facen cuidar que así
fijos los homes adquieren,
  non te quiero reprochar;
mas yo sé que non se ha vido
home en Batueca parido,
nin que sopiese criar
  cuanto ha que yo tengo acuerdo;
y de pensar que parió,
aunque riéndome estó,
non dudes que el seso pierdo.
  Y si es verdad que ellos saben
facer tan alta invención,
de que los más sabios son
de todo el mundo se alaben.
  Cuando te haya persuadido
a que lo pudo facer,
¿querrás tú, Taurina, ser
mujer de un home parido?
  ¿Cómo os pensáis concertar?
¿Quién ha de parir en casa?


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TAURINA:

Mucho, lo que veis que pasa,
al mi amor face entibiar;
  la querencia le he perdido,
non me casare con él,
por non parir como él,
o como yo, mi marido.

MILENO:

  Justa paga amor te ha dado
de tu desdén y mudanza.

TAURINA:

Bien podéis tomar venganza,
de ver a mi amor preñado.
  Notable desgracia ha sido,
pues casándome con él,
cuando pienso parir dél,
viene a mi poder parido.

GIROTO:

  ¿Non podría ser que fuese
mojer?

MILENO:

Tanto puede ser,
que si non fuese mojer
non puede ser que pariese.
  A la fe, que si non fuera
por non alterar la paz,
que yo viera si el rapaz
ser home y mojer pudiera.


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(Salen DON JUAN y MENDO.)
DON JUAN DE ARCE:

  Decidme lo que ha pasado.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Si no huyo, como digo,
no vuelvo, don Juan amigo,
con vida del monte al prado.

DON JUAN DE ARCE:

  Triste, ¿qué habemos de hacer
en aquesta soledad;
sin remedio de piedad,
cuando más fue menester?
  Luego que de aquí partiste,
pidiome Tirso a Brianda
para Taurina, que anda
loca, enamorada y triste.
  Dísela con un concierto
que la boda dilataba;
mas cuando ya cerca estaba,
llegó el preñado encubierto
  a descubrirse de modo
que parió.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

¿Y han lo sabido?

DON JUAN DE ARCE:

En nuestra tierra he fingido
que paren hombres y todo;
  pero en fin han murmurado,
y no lo llevan muy bien.


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MENDO DE ALMENDÁREZ:

Aquí están.

DON JUAN DE ARCE:

Y aquí también
la del marido preñado.
  Guárdeos el cielo.

GIROTO:

Buen Mendo,
¿cómo ha ido allá?

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Muy mal,
que a un ligero ciervo igual
vengo de la sierra huyendo.

GIROTO:

  ¿Huyendo? ¿De quién?

MENDO DE ALMENDÁREZ:

La gente
de un lugar tras ese monte,
que en subiendo a su horizonte
se mira sentado enfrente,
  os han echado de ver,
y creyendo que sois fieras
que subís destas riberas
a hurtar, matar y comer,
  un escuadrón han formado,
y conquistaros pretenden.

MILENO:

Si ellos el valle descienden,
¡vive el Dios que me has contado!,
  que home no vuelva con vida
a contar que aquí bajó.


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GIROTO:

¡Ojalá que viese yo
aquí esa gente atrevida!,
  que por el divino Sol,
faciendo en antes la salva
al que llamáis Duque de Alba,
que non quedase español.
  [...]
Homes que empuñan cuchilla,
fará este bastón tortilla,
como una sartén faz güevos.
(Sale GERALDA.)

GERALDA:

  Gran mal, homes de Batueca,
todo esotro mundo baja
por esas peñas, que ataja,
como están de yerba seca,
  de homes, armas y caballos:
ya non vos vale huir.

GIROTO:

¿Que han podido decendir?
Vamos, Mileno, a matallos.

MILENO:

  Ya por matados los cuenta.

DON JUAN DE ARCE:

Teneos hasta saber
la gente que puede ser,
y lo que en el valle intenta.

GIROTO:

  Que non cale aguardar más.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Hablad a Tirso primero,
y juntad gente.


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GIROTO:

Hoy espero
saber lo que non jamás.

DON JUAN DE ARCE:

  No es razón, sin juntar gente.

MILENO:

Bien fabla don Juan, Giroto,
juntémosla del mío voto,
y de manera se intente
  la resistencia facer
que non muramos allí.

GIROTO:

Vamos.

MENDO DE ALMENDÁREZ:

Echad por aquí.

DON JUAN DE ARCE:

¡Ay, cielos!, ¿quién puede ser?
(Vanse.)
(Dicen dentro, y luego van saliendo el DUQUE DE ALBA,
y sus criados, y los villanos.)

LUCINDO:

(Dentro.)
  Por aquí van huyendo, alarma toca.

DUQUE DE ALBA:

Toca que es caza dulce y agradable.

BELARDO:

Subiendo van por esa excelsa roca.

MAYORDOMO:

El sitio es en estremo inexpugnable.


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DUQUE DE ALBA:

La resistencia de su parte es poca,
pero el lugar tan áspero y notable,
que si por bien no fuese, es imposible.
(Sale DON JUAN.)

DON JUAN DE ARCE:

Tus pies me da a besar, Duque invencible.

DUQUE DE ALBA:

  Tened, no le hagáis mal.

DON JUAN DE ARCE:

Ni lo merezco,
pues te vengo a entregar tantos vasallos.

DUQUE DE ALBA:

Podraslo hacer.

DON JUAN DE ARCE:

A dártelos me ofrezco,
que no podrás con armas conquistallos.
No pienses que el servicio te encarezco,
que por lugar, que ni hombres ni caballos
podrán bajar, y sin saber las sendas
es imposible que ganalla emprendas.
  Conquistan los dos Reyes a Granada,
su vega corren, y sus moros vence,
mas esta de montañas coronada
jamás acabará lo que comience;
mas yo con arte, en parte que la espada
haré que de corrida se avergüence;
te los daré vencidos si una cosa
haces por mí, que no es dificultosa.

DUQUE DE ALBA:

  Hombre, cualquier que seas, si me entregas
esta gente que aquí vive encerrada,
haré cuanto me pidas.


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DON JUAN DE ARCE:

Pues no niegas
esa piedad de reyes heredada,
por tantos años en costumbres ciegas,
de sus primeras leyes olvidada,
con solo que una culpa me perdones,
te rendiré los fieros escuadrones.

DUQUE DE ALBA:

  ¿Tu culpa? ¿De qué suerte?

DON JUAN DE ARCE:

Antes lo jura
por vida de la cosa que más quieres.

DUQUE DE ALBA:

Por la Duquesa juro.

DON JUAN DE ARCE:

Pues procura
recoger tus soldados, si pudieres;
que mi esperanza en tu valor segura,
yo te traeré los hombres y mujeres
que habitan este valle.

DUQUE DE ALBA:

Parte presto.

DON JUAN DE ARCE:

A hablarlos de tu parte voy.

DUQUE DE ALBA:

¿Qué es esto?
(Vase DON JUAN.)
  ¿Qué ofensa puede ser la que este dice?

MAYORDOMO:

Habrá muerto algún hombre desta tierra.


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(Sale RAMIRO DE LARA con el escudo.)
RAMIRO DE LARA:

No dirás que he tardado.

DUQUE DE ALBA:

¡Qué felice
suceso espero, Lara, desta guerra!

RAMIRO DE LARA:

Para que más la empresa se autorice,
y sepas bien lo que este valle encierra,
ya viene aqueste escudo declarado:
seiscientos años ha que fue pintado.

DUQUE DE ALBA:

  ¡Notable cosa!

RAMIRO DE LARA:

Muchos hombres doctos
de Salamanca, gran señor, le vieron,
pero de las historias tan remotos,
que lejos del escudo y blanco dieron.
Pero juntos después todos los votos
en este parecer se convinieron,
que fue de un Coronista muy curioso
en medallas y historias.

DUQUE DE ALBA:

Y es forzoso.

RAMIRO DE LARA:

  Ese difunto que en la cueva estaba,
del Rey Rodrigo dicen que es sobrino;
y que huyendo de los moros africanos
murió entre aquestas peñas, y su gente
le dio la sepultura igual al tiempo.
Llamábase este godo Teodosilo;
y así dice el escudo en cuatro letras:
T. Teodosilo dice, S. sobrino,
la D. y la R. de Rodrigo, y junto
Teodosilo sobrino de Rodrigo.


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DUQUE DE ALBA:

Sin duda es la verdad: ¡gallardo ingenio!
¡Bien declaradas letras! Pues ver tengo
el cuerpo, y darle honrosa sepultura,
cual es digna de un príncipe cristiano,
y este escudo enviar al Rey Católico.

MAYORDOMO:

Ya vienen a tus pies todos los bárbaros.

DUQUE DE ALBA:

Di, Rui Páez, que vienen aquí todos
los decendientes de los Reyes Godos.
(Sale DON JUAN con todos los bárbaros, hombres y mujeres, y MENDO y BRIANDA con su hijo en brazos, y échanse todos a los pies del DUQUE.)

DON JUAN DE ARCE:

  Si mi palabra he cumplido,
cumple, señor, tu palabra:
ves aquí aquestas reliquias
ya de los godos de España.
Estos son los decendientes
de aquellos que la habitaban
cuando la perdió Rodrigo
por amores de la Cava.

DUQUE DE ALBA:

Grandes servicios me has hecho.
No hayáis temor, gente hidalga;
llegad, abrazadme todos.

TRISO:

Todos, gran Duque, te abrazan;
que según este nos cuenta,
es razón y deuda clara,
porque eres nuestro señor,
siendo tuya esta montaña.


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GIROTO:

Todos somos venturosos
en que de sangre tan alta
vengamos a tener dueño.

DUQUE DE ALBA:

Amigos, mi nombre ensalza
más el ser vuestro señor
que la gran tierra heredada
de los claros ascendientes
que dan principio a mi casa.
Yo os daré bautismo a todos,
que a la gran Peña de Francia
habemos de ir desde aquí.

DON JUAN DE ARCE:

Señor, tu palabra falta.

DUQUE DE ALBA:

Di la ofensa que me has hecho.

DON JUAN DE ARCE:

Yo soy.

DUQUE DE ALBA:

¿Qué temes? Acaba.

DON JUAN DE ARCE:

Don Juan de Arce soy, señor,
y aquesta que me acompaña
con aquel niño en los brazos,
es Brianda.

DUQUE DE ALBA:

¿Quién?

DON JUAN DE ARCE:

Brianda.


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DUQUE DE ALBA:

¿Brianda, y don Juan?

RAMIRO DE LARA:

¡Ay, cielos!
Señor, aquí está mi espada.

DUQUE DE ALBA:

He lo jurado, Ramiro.

DON JUAN DE ARCE:

Paso, Ramiro de Lara,
que soy Caballero noble.

DUQUE DE ALBA:

Ramiro, el amor te engaña,
que la ofensa no fue tuya,
sino ofensa de mi casa.
¿Cómo habéis vivido aquí?

BRIANDA:

Señor, en esta montaña,
huyendo de tu furor,
nos dio amor sagrado y casa.

DUQUE DE ALBA:

Yo os perdono, y nuevamente
os vuelvo a mi casa y gracia,
y os daré con qué viváis.
Y deste valle en las faldas
fundaré algunos lugares,
que con sus iglesias altas,
jueces y oficiales tengan
esta noble gente en guarda.
¿Quereislo así?


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Las Batuecas del Duque de Alba Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TODOS:

Sí queremos,
publicando en voces altas,
viva el Duque que nos rige.

DON JUAN DE ARCE:

Y aquí, senado, se acaba
la historia de las Batuecas,
caso notable en España.

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