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Las alegres excursiones

De Wikisource, la biblioteca libre.
Las alegres excursiones (1925)
de Agustín R. Bonnat
ilustración de Francisco Sancha
Nota: A. R. Bonnat «Las alegres excursiones» (15 de agosto de 1925) La Esfera, n.º 606
LAS ALEGRES EXCURSIONES

No hay pueblecillo más ó menos pintoresco, y conste que hay muchos que lo son menos, que no posean su correspondiente y aplaudida peña, denominada la Peña de los Enamorados, á la que encaminan sus pasos todos aquellos que habiendo entregado su corazón, al par que aman, se dedican á las excursiones.

Por regla general esta peña que no tiene maldito lo que admirar, figura de una manera absoluta é inconmovible en el programa de todo forastero, siendo su visita uno de los primeros números que se ofrece á todo el que llega al pueblo dispuesto á expansionar el ánimo y romper unas cuantas alpargatas.

Ahora que la gente se entrega al veraneo, estas peñas están más concurridas que si en ellas se repartieran títulos de nobleza ó alimentos gratis.

—Es una excursión preciosa—dicen los iniciados—. Nosotros hemos ido varias veces y no nos cansamos.

—¡Pues si dicen que está lejos!

—No nos cansamos de verla. Bien es verdad que yo hago la excursión bajo un aspecto romántico. A mí me recuerda á mi difunto.

—¿Era así?

—No; pero sí más testarudo que una piedra. De ese mal murió.

—¿De mal de piedra?

—De testarudez. Se empeñó en llevarle, la contraria al médico, respecto á la enfermedad que padecía, y aunque el doctor quiso curarle, él dijo que no y reventó.

Aparte este recuerdo, que en medio de todo no deja de ser grato, pues la señora está con su viudez tan contenta como con unas zapatillas anchas, la excursión ofrece múltiples encantos, aun para aquellos á quienes las peñas no les recuerdan á nadie de la familia. Organizar una expedición á esos sitios viene á ser algo así como preparar un plan de batalla en el que entren todas las armas combatientes y servicios auxiliares. Afortunadamente, para estos casos hay entre los veraneantes técnicos, y la excursión sale que ni bordada.

Quince días antes de realizarla se comienza á hablar de ella entre la colonia y se acuerda, por unanimidad, que la organizadora y directora sea doña Ramona, una señora á la que le han salido los dientes en jiras como la que se proyecta. El último que la salió fué de la boca, acompañado de un colmillo, por haberse caído del burro que montaba, burro que, por lo visto, no lo era tanto como su nombre indica, ya que debió decirse: «¿Y para qué voy á ir cargado con este estafermo?» Hizo una especie de quiebro saleroso y allá te va doña Ramona al suelo.

Esto, sin embargo, no le ha quitado el buen humor ni su deseo de reincidir en las visitas á la peña, estando dispuesta á perder los pocos dientes que la quedan en expediciones sucesivas.

—Iremos á la Peña de los Enamorados, pero han de ser ustedes formalitos. Esto es al elemento joven de la colonia veraniega, pues por su experiencia de «testiga» sabe que estas excursiones traen consigo el que los elementos revoltosos se suelten el pelo y comiencen á hacer gansadas á todo foro. Se contratan burros, se avisa á los novios, se confeccionan meriendas y, al caer de la tarde, los expedicionarios se ponen en marcha bajo la suprema dirección de la organizadora, partiendo todos alegres y satisfechos, porque, como dice uno de los señores graves de la caravana, que por leer los anuncios de específicos es un higienista tremendo:

—Estos paseos tranquilizan el espíritu, ensanchan los pulmones, avivan el apetito y estropean el calzado. Por todo ello son recomendables.

—¿Incluso por lo del calzado?

—Incluso; sólo que esta recomendación la hacen los zapateros.

En animados grupos caminan todos, hombres y caballerías, no faltando de vez en cuando la nota de la respetable madre que se cansa y obliga á hacer un alto á todos, con la correspondiente protesta de los que ansían llegar para ponerse en relaciones con la merienda ó para dar fin á la pesadilla de la caminata.

—Vamos, un pequeño esfuerzo más, y llegamos.

—No puedo; en cuanto ando un poco se me ponen los pies como panderos y tengo que sentarme; es que no me puedo ni tocar.

—¡Qué raro!—dice uno de los pollos—; pero si los panderos son para tocarlos.

Carcajada general, menos la interesada, que apenas dibuja una sonrisa, pero que en su interior dice: «Ya te daría yo chistes, ¡so ladrón!, pero tengo tres hijas, y tú eres de los idiotas que se casan.

Siguen los excursionistas, y cuando tras caminar casi tanto como los israelitas por el desierto llegan frente á la peña, todos se dejan caer al suelo, como si hubieran estado segando todo el día.

—¿Qué tal? ¿Es bonita, verdad?

—Preciosa, en su calidad de peñasco sobre peñasco. Sólo le falta una cosa.

—¿El qué?

—No estar en la plaza del pueblo.

Aquella noche la mayoría de los excursionistas no puede dormir del hormigueo que tiene en los pies. Ahora, que ha cumplido el programa del perfecto veraneante en la Sierra.

A. R. BONNAT

DIBUJO DE SANCHA