Las costumbres de Madrid: 02

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Las costumbres de Madrid Ramón de Mesonero Romanos


Las costumbres de Madrid. -Este artículo y los demás que siguen hasta el de El campo Santo, inclusive, fueron escritos por el autor y publicados durante el año de 1832, en la única revista literaria y periódica que aparecía a la sazón, y era la titulada Cartas Españolas. Dirigía esta publicación el ameno y conocido literato D. José María de Carnerero, hoy difunto, el cual por suposición y relaciones en la corte, pudo obtener del celoso y suspicaz gobierno de aquella época el privilegio especial de publicar un periódico literario. -En él se encargaron de un género de escritos absolutamente nuevo en nuestro país el señor don Serafín E. Calderón (el Solitario) y el Curioso Parlante; aquél en sus bellísimos cuadros o Escenas de Andalucía, y éste con los que llevan por título Escenas Matritenses. -Ambas obras, reimpresas después por separado, alcanzan hoy mucha popularidad, y la presente edición es la quinta de las Matritenses. -Pues ahora bien; como dato curiosísimo de la época a que se refieren, baste decir aquí que el periódico o revista en que se publicaron ambas por primera vez, alternadas además con otros muchos artículos serios y festivos de ciencias, literatura y artes, por los colaboradores a dicho periódico, sólo llegó a alcanzar el número de 500 suscriptores; y eso que era la única publicación literaria periódica de la época y con el Correo Mercantil, propiedad del señor Jiménez Haro, tenía el privilegio exclusivo de hablar en letras de molde a los aficionados a la literatura.

A pesar de tan marcada indiferencia de parte del público, y luchando además con los inconvenientes de una censura no la más ilustrada, los autores de las Escenas Andaluzas y de las Matritenses, jóvenes ambos, ambos estudiosos y entusiastas por las cosas patrias, no retrocedieron en la tarea que se habían voluntariamente impuesto, y con la mayor espontaneidad, sin interés alguno, y aun sin la natural satisfacción de ser leídos, prosiguieron alternando en sus cuadros respectivos, con una constancia que no deja de ser laudable.

Desgraciadamente solos, o casi solos, en el palenque literario, a causa de la ausencia o silencio de los buenos escritores, consiguieron al fin con sus festivos y originales escritos, despertar algún tanto al público de entonces de su completa indiferencia y estimular a otros jóvenes también, e ingenios privilegiados, a lanzarse a la palestra en que tantos lauros les esperaban. -Entre ellos descolló el malogrado Fígaro (don Mariano J. de Larra) que animado por ambos y sin sombra alguna de miserables rivalidades, emprendió por aquel entonces la publicación de sus preciosas Cartas de un pobrecito hablador. -Hase dicho después por algunos críticos un tanto ligeros, y en son de alabanza de El Curioso Parlante, que era «el más feliz de los imitadores de Fígaro».-Mucho honraría al autor de las Escenas Matritenses semejante comparación, si la verdad del hecho no fuese que precedió a aquél en la tarea y por consecuencia mal podía imitar quien llevaba en el orden del tiempo la delantera. Así lo confiesa el mismo Fígaro en la primera edición de sus artículos, escritos cuando ya se habían publicado gran parte de los del Curioso Parlante. Además, como cada uno dio diferente giro y tendencia a sus escritos, no parece que existen términos de comparación. El intento constante del ingenioso y discreto Fígaro fue (con cortas excepciones) la sátira política, la censura o retrato apasionado de los hombres de la época: el Curioso Parlante se proponía otra misión más modesta y tranquila, cual era la de pintar con risueños, si bien pálidos colores, la sociedad privada, tranquila y bonancible, los ridículos comunes, el bosquejo, en fin, del hombre en general. Tal igualmente era el objeto del filósofo autor de las Escenas Andaluzas, el erudito y castizo Solitario; y ambos miraron sin asombro de celos ni pujos de rivalidad, en las manos de su amigo y compañero Fígaro, la merecida palma de la sátira política, en la que es preciso confesar que ni antes ni después ha tenido entre nosotros digno rival, ni aun siquiera afortunados imitadores.

Si de alguno lo fue Larra, no fue de otro que del ingenioso e incisivo Pablo Luis Courrier, que por los años anteriores había hecho cruda guerra al gobierno francés de la Restauración; pero apropiando su amarga sátira y su finísima observación a nuestro país y a sus circunstancias políticas, muy pronto llegó a abrirse un camino propio y a volar en alas de su alto ingenio hasta una altura superior. -El Curioso Parlante confiesa también que al empezar su tarea se propuso modelos en un género en que se le ofrecían vanos que imitar. -Adisson, en Inglaterra, había, puede decirse, creado este género de escritos, a mediados del pasado siglo en The Espectator. -Jouy, en Francia, los había hecho aún más ligeros, más dramáticos y animados a principios del actual en L' Hermite de la Chausseé d'Antin. -Entre nosotros, aunque la pintura festiva de las costumbres había sido hecha, y admirablemente hecha, en los siglos XVI y XVII por tales ingenios como Cervantes, Quevedo, Vélez de Guevara y Fernando de Rojas, sin embargo, ni el Quijote y las Novelas del primero, ni la Tragicomedia del último, ni los Sueños de Quevedo, ni el Diablo Cojuelo de Guevara, podían para este caso ser otra cosa que admirables modelos de estilo, pero no de forma, siendo éstas como eran excelentes novelas, libros ingeniosos en que se desplega una complicada acción; y aquéllos haber de reducirse a ligeros bosquejos, cuadros de caballete para encontrar colocación en la parte amena de un periódico. -Sin embargo, el autor no puede menos de reconocer que, si algún aprecio ha merecido en sus festivos escritos, lo debe indudablemente a su estudio de aquellos grandes modelos, y que siguiéndoles encantado por la magia de su estilo y por la filosofía de su pensamiento, se olvidó muy pronto de Adisson, Jouy y demás extranjeros, y procuró buscar en los propios algunos de los ricos matices de su admirable paleta, prefiriendo ser mal imitador de Cervantes y Quevedo a triunfar sobre Jouy, Etienne y Balzac. -El Solitario, en sus preciosas Escenas Andaluzas, pensó sin duda del mismo modo, y sin duda también ayudado por su gran talento, exquisita erudición y rica fantasía, ha alcanzado puntos más cercanos de comparación con nuestros célebres hablistas en Pulpete y Balbeja, La Rifa, Egas el escudero, La niña en la feria, y otros encantadores cuadros de la vida de Andalucía; el Curioso Parlante se contenta con haber consignado (aunque sin alcanzarlo) el mismo propósito, en Madre Claudia, El Recién-venido, Los románticos, Las sillas del Prado y El entierro de la Sardina.