Las dos gracias (Versión para imprimir)

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Capítulo I
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Las dos gracias Fernán Caballero


A la caída de una tarde de invierno, apenas hubieron concluido de tocar la oración las campanas de la hermosa iglesia de la ciudad de Carmona, cuando trocando la gravedad de los sonidos que llaman a la oración, en gozoso repique, anunciaron el bautismo de un recién nacido.

Poco después salió del templo una numerosa comparsa de bien acomodados menestrales, echando el que iba al lado de la madrina, que llevaba la criatura, monedas de cobre con gran profusión a una turba de chiquillos que a grandes gritos pedían el pelón.

Al cabo de media hora salió igualmente de la iglesia una mujer que llevaba también una criatura en brazos, sin más acompañamiento que un anciano al parecer, que vestía un uniforme raído, un sacerdote, y un niño.

-Entre tanto, el cura de la parroquia inscribía en sus libros: «Hoy 4 de Febrero de 184... bauticé a María de Gracia, hija de Josefa Martínez, y de Mateo López, maestro carpintero de esta ciudad.»-Y en seguida con igual fecha:

«Bauticé en el mismo día a María de Gracia, hija de doña Teresa Espinosa de los Monteros, y de D. Ramón Vargas de Toledo, Caballero de Alcántara, coronel que ha sido de infantería.»

La comparsa que fue acompañada por la bulliciosa turba hasta su casa, al entrar en ella se dirigió a la alcoba de la parida, a la que puso la madrina la criatura en los brazos diciéndole:

-Aquí tienes a tu hija cristiana, Dios te dé a ti salud para criarla, y a ella el salero y gracia de su madre, para que le venga bien el nombre de Gracia que se le ha puesto.

La parida recibió a su niña, que era hermosa y robusta, con una alegría que aumentó la de los demás, los cuales, reunidos por el padre de la recién bautizada al rededor de una mesa cubierta de bizcochos, dulces y botellas de licor, empezaron a beber con ruidosa algazara a la salud de la madre y de la hija. La casa, aunque compuesta solo de un piso bajo, era desahogada y bañada de sol: su gran patio estaba, como suelen estarlo casi todos en Carmona, hecho un jardín de flores y escogidas plantas.

Al lado de esta casa se hallaba otra pequeña, igualmente compuesta de un solo piso; su patio, largo y angosto, era triste y sombrío por interponerse entre este y el sol de mediodía las altas paredes de un convento. Estaba la casa descuidada y no ostentaba, cual suelen hacerlo todas las de aquella población, el blanco incesantemente renovado de la cal. De este abandono se había aprovechado una yedra, afecta a la sombra por no tener flores que cual hijas alegres la saquen al sol; allí se había establecido y arraigado, como un amigo grave, pero constante y fiel de la casa triste y sombría, multiplicando sus frescas hojas como el amigo sus consuelos, y adhiriéndose más y más a medida que más descuidada y abandonada la veía.

Al tiempo de entrar en ella el sacerdote y el militar que salieron con la otra recién bautizada de la iglesia, atravesó el zaguán un hombre cargado con un pequeño féretro blanco; aquel féretro de ángel no llevaba flores, porque no había habido quien se las pusiera. El sacerdote que acompañaba al anciano había cuidado de que fuese sacado al tiempo que ellos entrasen en la habitación, para que la parida no advirtiese el momento, quizás más destrozador que el de la misma muerte, en que se cumple por completo la eterna separación.

El sacerdote, que era un joven, tomó de los brazos de la mujer que la traía, a una criatura pequeña y delgada, y entrando en la alcobita a la que daba paso la sala, la puso en los brazos de una señora, a cuyo doliente estado se unía el destrozo que habían producido en ella las vigilias y el dolor, causados por la enfermedad y muerte de la niña que acababan de llevarse en el féretro blanco.

-Señora, le dijo, aquí tiene usted a su hija, por la gracia de Dios cristiana; como padrino, he elegido para ella el nombre de nuestra santa patrona la Virgen de Gracia, y he suplicado al Señor que las dispensa, que colme de ellas a este angelito, que ha enviado a usted como compensación al llevarse el otro a su gloria.

-¡Ay, señor D. Manuel! repuso la pobre madre ¿y cómo hallarla si aquella niña que he perdido era todo mi consuelo, y el encanto de mi vida?

-Esta lo será, repuso D. Manuel.

-Esta muerte arranca de mi corazón un amor que era toda su vida.

-El amor que tenga usted a esta lo ocupará y vivificará pronto.

-En el corazón de una madre hay lugar para el amor de cada uno de sus hijos; ninguno estorba, pero ninguno reemplaza al que arranca la muerte. ¡Por Dios, señor D. Manuel, que me la traigan! que quiero verla, que me quiero despedir de ella!

-Señora, esa exigencia es contra la razón, y está poco conforme con la resignación que me ha prometido usted.

-¡Ay Dios, que ya no la veré mas! exclamó la madre prorrumpiendo en sollozos.

-Sí señora, sí señora, volverá usted a verla en la gloriosa patria común, en la que todos los amores puros se confundirán en uno.

La desconsolada madre, estrechando contra su pecho la niña recién nacida, exclamó: ¡pobre hija mía, bajo qué tristes auspicios entras en la vida! Y dejando caer su cabeza sobre la almohada, siguió un rato de silencio en que no se oyeron más que sus sollozos y gemidos.

De repente, mezclándose con estos, resonaron las alegres voces, cantos y vítores con que en la casa inmediata se celebraba el bautismo de la hija que había nacido a sus dueños.

-¡Pues no es esto insultar el dolor? exclamó el coronel, cuyo carácter, agriado por largos infortunios y reveses, se había hecho tétrico e intolerante.

-Así es la vida, D. Ramón, dijo el sacerdote. La alegría de los felices sin embargo no tiene ni puede tener intención de insultar al dolor de los desgraciados; así como las lágrimas de estos, no tienen ni pueden tener intención de motejar ni disminuir el contento de aquellos.

-Dice bien D. Manuel, suspiró la afligida madre; a mí me sirve, si no de consuelo, de lenitivo en mi pena, el saber que hay otras personas felices y contentas.

-Bien sentido, doña Teresa, opinó el sacerdote; sentir los males y gozarse en las venturas ajenas, es el cumplimiento de uno de aquellos santos preceptos en que se concreta toda la ley de Dios: amar al prójimo como a sí mismo.

A poco, y después de haber prodigado a los afligidos padres todos los consuelos que le inspiraron su fe y su corazón, se despidió el sacerdote, y en seguida entró la criada Josefa, que llena de satisfacción, participó a su señora que el padrino de la niña le había enviado dos jamones, una docena de gallinas, una fanega de garbanzos, una arroba de chocolate y una bandeja de bizcochos.

-¡Ay Dios mío! exclamó en el mayor apuro doña Teresa; ¿ves Ramón? eso es por haber aceptado que fuese el señor D. Manuel padrino de la niña cuando a ello se brindó!

-Y si no lo hubiese aceptado, ¿quién lo habría sido? respondió con amarga y dolorosa sonrisa el coronel.


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Capítulo II
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Las dos gracias Fernán Caballero


Y ciertamente era difícil hallar una situación más aislada que aquella en que se encontraba el coronel. Hay desamparos e infortunios que pasan ignorados porque cuidan de no ser vistos, porque tienen el pudor de la pobreza noble, que consiste, no en avergonzarse de ella, sino en sufrirla con valor y sin el bochorno del socorro ajeno. En España hay además dos motivos muy poderosos para sobrellevar bien la pobreza; es el uno la escasa suma de necesidades y la sobriedad de sus habitantes, de lo cual nace la independencia que los distingue; y el otro es, que en esta católica nación está desde siglos arraigado el respeto a la pobreza. Puede que andando el tiempo se llegue a menospreciar, como sucede en otros países; pero por suerte aun está lejos ese día, sobre todo en provincias donde lo rancio no se desarraiga fácilmente.

El coronel era el tipo de la honradez llana, sencilla, sin énfasis ni presunción. Miope moral, veía bien lo que tenía cerca, pero no distinguía a larga distancia, por lo cual se vio en su azarosa vida pública muchas veces envuelto en situaciones críticas y comprometidas, que con más previsión hubiera podido evitar. Sin entusiasmo por su causa, como no lo tenía por ninguna, porque su carácter no era vano ni ambicioso para calcular, ni era sensible y apasionado para sentir, siguió la del Pretendiente, y al terminar la lucha se expatrió sin querer acogerse al indulto, por la razón (a su parecer) de que quien no había obrado mal, no debía por conveniencia implorar indulto; y sin tener presente que cuando una causa se adhiere a su contraria, llevando ambas la bandera del país, y dando por resultado la paz y la cesación del derrame de sangre, esta adhesión la exige el patriotismo, la sanciona la honra, y la aplaude la humanidad.

Refugiose en Francia, donde en breve se vio sin recurso alguno, y se decidió en su desvalimiento a dar lecciones de idioma español.

Para que enseñase a sus hijos fue llamado por una señora legitimista muy acaudalada. Interrogado por esta, le refirió en su primera entrevista con la mayor sencillez tales hazañas y tales sufrimientos, hechas y sufridos por ambas partes en la infausta guerra civil, dando como buen español tan poco valor a estos, y poniendo tan poco precio a aquellas, que se quedó asombrado y completamente cortado cuando vio a la señora, que tenía un corazón muy compasivo y mucho entusiasmo, prorrumpir en copioso llanto. Su delicadeza se alarmó considerando que pudiese ella sospechar, si al hacer estas referencias abrigaba intención de moverla a lástima; y cierto era que sin haberlo intentado lo había conseguido; pero en vano se esforzó la señora en procurar aliviar su situación: todas sus ofertas fueron rechazadas con una frialdad que denotaba que en vez de halagar herían, y solo admitió al cabo de algún tiempo, muy sencillamente, el préstamo que le hizo su favorecedora para poder regresar a su patria.

Cuando llegó a Carmona, pueblo de su naturaleza, se encontró con que su padre y el único hermano que tenía habían muerto, y la viuda de éste había regresado con sus hijos al pueblo de su nacimiento. Habiendo su hermano heredado el mayorazgo, no encontró más herencia que una casita, en que se estableció con su familia, y dos suertecitas de olivar. Apresurose a vender lo mejor de ellas para satisfacer su deuda, y quedó así reducido a una pobreza cercana a la miseria.

Habíale sucedido, pues, que con la mejor brújula, cual era su conciencia, pero con piloto poco experto y sagaz para navegar en el borrascoso mar de la presente era, como barco mal traído había venido a zozobrar en las mismas playas de donde salió con mar bonancible. ¡Ay! decía a veces, cuando él mismo hacia la referida comparación, hoy día está la brújula de más; lo que se necesita es buen piloto, y no lo he tenido yo en mi hoja de Toledo!

Había casado el coronel hacía años con una señora pobre, de una noble y distinguida familia de marinos, que le llevó la mejor de las dotes, la de las virtudes, un corazón amante y un carácter angelical. No tenía ni la propensión ni el talento suficiente para guiar a su marido; pero su completo y voluntario anonadamiento no nacía como en otras de una necia y afectada sumisión, sino de la sencilla y ciega fe en la infalibidad de aquel.

El coronel, como todos los que han roto violenta y radicalmente con la vida activa, se había, digámoslo así, acostado en su huesa anticipadamente, y caído por lo tanto en una apatía moral completa. Era esta tal, que no se habría cuidado de la suerte de su hijo Ramón, si con esa previsión maternal siempre activa en el corazón femenino, no hubiese escrito doña Teresa, sin que lo supiese su marido, a parientes cercanos suyos, que ocupaban altos puestos en el Almirantazgo, a fin de que obtuviesen para el nieto de uno de los héroes de Trafalgar una plaza de guardia marina; y como hay más personas de lo que generalmente se cree que se interesan por otras y se ocupan en hacer bien, esto se había alcanzado.

Por suerte, como lo había previsto la buena madre al hacer aquellas gestiones, que su marido no habría consentido, sucedió que el coronel al tocar las ventajas, sin los inconvenientes de un desaire que habría dado por seguro, llevó a bien lo hecho, no pudiendo menos de conceder al buen sentido de su mujer, que si la propia abnegación, sea cual fuere la causa que la motive, es noble y grandiosa, no se puede sin faltar a los deberes de padre extenderla a los hijos.

Pero era el caso que Ramón, que tenía más talento, pero un carácter opuesto al de su padre, no quería seguir la carrera militar en ninguno de sus ramos, sino que embaucado por compañeros de escuela mayores que él, se obstinaba en ir a cursar a la Universidad y hacer la alegre vida de estudiante en Sevilla, que es el bello ideal de la juventud de los pueblos: inclinación por otra parte motivada en él, pues debía arrastrarle su instinto hacia la vía para la cual su talento natural le daba indisputable aptitud.

Como fruto prematuro de esta aptitud, puesto que a la sazón solo contaba Ramón trece años, referiremos una escena que había, pasado entre el padre y el hijo, y que hacía exclamar a aquel:-¡No hay niñez, no hay juventud en este siglo ardiente, azorado y especulador, en que nacen los niños hombres! Nuestro pueblo, creador de imágenes, expresaba lo mismo cuando el primer Imperio, diciendo que en Francia nacían los niños vestidos de coraceros.

Sucedió que un día entró Ramón alborozado en la sala donde se hallaba el coronel entretenido con su niña Gracia, que empezaba ya a responder a las primeras preguntas del catecismo, y a distinguir las letras; traía Ramón unos cuantos papeles en la mano.

-Padre, exclamó, aquí tiene usted su rehabilitación, su suerte, su fortuna; ¿cómo, señor, poseyendo tales documentos, ha permanecido usted fuera del lugar que le corresponde, renunciando a las ventajas y sueldo de su grado que estos papeles le pueden proporcionar? Y puso ante los ojos del coronel unas cuantas cartas, proclamas y órdenes secretas que comprometían en sumo grado a algunos jefes que en aquella época estaban en altos puestos.

-¿Quién ha autorizado a tu atrevida mano a registrar mis papeles? respondió el coronel levantándose bruscamente de su asiento.

-Con solo que sepan los que los han escrito, prosiguió afanado el muchacho, que usted posee estos documentos, estará usted seguro de obtener cuanto quiera.

-¿Y a semejante medio, exclamó el padre arrebatando a su hijo los papeles, quieres que deba mi rehabilitación y mi adelanto? ¿Y piensas que por cobrar sueldo añada esta última página a mi honrosa hoja de servicios?

Y con reconcentrada indignación y amarga ironía, añadió:

-Eres de tu siglo, eres travieso, y sabes calcular; pero mi vida pública a fe mía que no acabará con una infamia.

-Y saliendo al patio encendió un fósforo y pegó fuego a los papeles que en la mano llevaba.

-Padre, exclamó Román, lo que va usted a hacer es una tontería; lo ignorado, ni agradecido ni pagado.

-Sé, repuso el coronel, que se ha dicho que no tengo talento, pero estaba reservado a mi hijo el decírmelo en mi cara. Cultiva tú ese talento, esa travesura, escalera de mano con que hoy se escalan los puestos y riquezas, pero no esperes que sea yo quien te proporcione el primer peldaño.

-¡Padre! ¡padre! gritó Ramón queriendo apoderarse de los documentos que ya ardían, su vida de usted acaba; pero la mía empieza.

Mas su padre lo apartó con un gesto tan imperioso y lleno de majestad paternal, que le hizo retroceder intimidado, diciéndole:

-Todos los sacrificios pueden pedir los hijos a sus padres, menos el de su honra.

Y el coronel echó al viento las negras cenizas de aquellos documentos.

-¡Ideas quijotescas que están fuera de uso! murmuró el muchacho exasperado, entrando en la sala y tirándose sobre una silla.

-Pues qué ¿tales son los usos, que se llame quijotismo a la sencilla honradez? le dijo su buena madre.

-No sé, señora, la interpretación que usted y mi padre dan a la honradez, respondió el muchacho; pero tener en su mano los medios de ocupar un puesto, de asegurar a usted una viudedad y a sus hijos un porvenir sin perjuicio de nadie, y utilizarse de ellos, no creo que pueda ser contra la honradez; pero por lo visto, para mi padre es muy honroso, después de quemar sus naves, el quemar hasta su tabla de salvación.

-Tu padre ha hecho, como hace siempre, lo que ha debido; si no te deja bienes ni posición, adquirirlos podrás; pero si no te dejase un nombre honroso y respetado, esa hermosa prerrogativa de que podrás vanagloriarte, no te la podrías tú mismo proporcionar. Camina siempre derecho, hijo mío.

Tu padre siempre ha dicho que el ser hombre de bien es el mejor de los cálculos.

-Sí, para venir a parar adonde ha venido a parar mi padre, murmuró el muchacho.

-No siempre son las circunstancias adversas, objetó la buena madre.

La oposición de Ramón a la carrera que le habían proporcionado, acabó en abierta lucha entre el padre, que era obstinado y quería injertar la cruz de Alcántara en un uniforme de la marina real, y el hijo, que era temerario, decidido, y grandemente amigo de hacer su voluntad.

En vano se esforzaba la buena esposa con su genio conciliador por avenir a ambas partes,-haciendo presente a su hijo que en su situación, rechazar el enorme beneficio alcanzado que le proporcionaba una brillante carrera, que había sido la de sus ilustres abuelos maternos, era harto peor que haber quemado aquellos documentos, que de un modo tan vil le hubiesen proporcionado su porvenir.

El niño contestaba que abominaba la mar, que si se mareaba en una carreta qué no sucedería en un buque, y que antes araría la tierra que surcar los mares.

Cuando repetía la buena madre estas razones a su marido, reforzándolas con suaves observaciones sobre que los padres no debían violentar las vocaciones de sus hijos, el coronel cortaba con pocas palabras la discusión, diciendo: que a esa edad no podían aun existir esas decididas vocaciones, que lo que había era, que a su hijo le halagaba más la libertad de la vida estudiantil, que no la rigidez y disciplina de un colegio militar; y sobre todo, que no teniendo medios para costear sus estudios, careciendo la necesidad de ley, y la precisión de albedrío, éstas podrían más que la en el día tan desatendida potestad paterna.

De esta suerte, en este combate diariamente renovado, que privaba a la paz de su más dulce y preferido asilo, el hogar doméstico, pasó un año; al cabo del cual llegó la que corta y acaba todas las contiendas de los hombres, la muerte, y el coronel bajó al sepulcro tranquilo, como el que al echar la última mirada sobre su vida, no halla en ella cosa que le inquiete, le punce o le ruborice; tan confiado en la misericordia divina como en su providencia;-de manera que no se acordó de su familia sino para bendecirla y decir estas últimas palabras a su desconsolada mujer:

-No llores tan corta ausencia, Teresa, cría a nuestra hija a tu semejanza, y habrás cumplido en todas sus partes la dulce y noble misión de la esposa.

D. Manuel arrancó de la cabecera del moribundo a la anonadada Teresa, que para más desconsuelo se hallaba en cinta, y ocupó su lugar, que no abandonó hasta después de haber encomendado el alma y cerrado los ojos a aquel hombre honrado.

El desconsuelo de la viuda fue desgarrador; en su noble corazón se había hecho más profundo y más tierno el cariño a su marido a medida que más desgraciado, abatido y triste, por sufrimientos morales y físicos, lo había visto.

Algún tiempo después dijo D. Manuel a la afligida viuda (siguiendo las instrucciones que le dio un rico y caritativo marqués, que se interesaba de corazón por la virtuosa y noble señora), que el difunto padre de este señor había dejado en su testamento una manda pía que consistía en sufragar los estudios en Sevilla a un joven que tuviese las circunstancias que reunía Ramón, esto es, pertenecer a una familia distinguida y desgraciada, y ser hijo de viuda.

Quien no sabe mentir es crédulo, y doña Teresa nunca sospechó que fuese a la caridad de un vivo, y no a una manda pía, a quien iba a deber su hijo su carrera. La caridad es también ingeniosa para hacer el bien sin dar la cara, y a veces pasa por encima de su amiga la verdad, sonriéndole y poniendo el dedo sobre sus labios.


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Capítulo III
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Las dos gracias Fernán Caballero


Preciso es antes de proseguir que conozca el lector al padrino que había sido de la niña, persona que sin tener parte individual en ninguno de los eventos de que se compone la relación que vamos a hacer, figura en ellos, ya para bien, ya para mal de esta familia: suave y oficioso instrumento para lo primero, completamente extraño e ignorante en lo segundo.

D. Manuel, hijo del mayordomo del marqués de San Adrián, fue tan bien inclinado en su infancia, que desde aquella época le había elegido el marqués para constante compañero de su hijo, niño triste y apocado, y ciego de nacimiento.

Manuel, pues, recibió la misma educación y enseñanza que recibió el heredero de su señor. Como sus buenas inclinaciones no se desmintieron nunca, a la edad competente eligió la carrera eclesiástica, cuyos estudios siguió en Sevilla, y le fueron costeados por el marqués.

Su padre le envió a parar durante este tiempo en casa de un amigo suyo, que era cura de una de las parroquias menos céntricas de Sevilla.

Este anciano vivía con una hermana y una criada, ancianas también, que formaban el interior más pacífico y reconcentrado que imaginarse puede. Su universo era su parroquia; los eventos de su vida eran las funciones y cultos que en ella se celebraban; sus ocupaciones el cuidado material de la iglesia y de los pobres.

El cura, que era estudioso, había reunido a fuerza de tiempo y de buscar ocasiones, una librería bastante numerosa y escogida, en que, como es de pensar, vestían los libros su poco elegante traje antiguo de pergamino, cubierto del cual un Mariana y un prontuario de teología moral del padre Lárraga, se miraban y encogían de hombros al ver sobre la mesa del cura un regalo que le había hecho un librero amigo suyo, que era un almanaque encuadernado en moiré y con los cantos dorados. Como esta recolección formaba las delicias de su poseedor, y esta era casi la sola persona que trataba, el escolar se fue embebiendo en su lectura, de manera que todo el tiempo que no empleaba en sus estudios, lo dedicaba a instruirse de su contenido, y llegó a sobrepujar al cura en conocimientos literarios, históricos y arqueológicos.

De esta suerte, siempre ocupado su tiempo y llena siempre su imaginación, aumentó su saber, se desarrollaron sus alcances, sin que nada perdiesen su candor ni su pureza de costumbres, no solo por inclinación y sentimiento del deber, sino por hábito.

Los hombres que viven en el mundo, no creen en estas puras existencias, las cuales atraviesan el revuelto mar de esta vida con su espantoso oleaje de malas pasiones, como cubiertas de un manto impermeable que ninguna de sus olas llega a traspasar; dándolas los menos materialistas y menos aferrados en oponerse a la evidencia, por posibles tan solo en el aislamiento y retiro de los claustros, con la exaltación de una devoción ascética, fruto de una enérgica reacción; y por enteramente imposibles en el mundo, en contacto con todas las seducciones que ofrece.

El cansancio de oír sostener este triste y torpe tema, hace mayor nuestro entusiasmo cada vez que observamos una de esas existencias inmaculadas, en las que no es la total ausencia de los vicios y de las malas pasiones debida a sacrificios, ni a heroísmo, ni a desengaños, sino muy sencillamente a falta de arrastre o a ignorancia de aquellas, y a la dulce y nunca desmentida costumbre de regirse por la ley de Dios. Este es el mayor comprobante de uno de los puntos más controvertidos de la doctrina cristiana: el lugar preferente dado al hijo pródigo; pues quien conoce la seducción del mal y la resiste, el que camina por una suave pendiente y retrocede, tiene más mérito que aquel que no sigue un arrastre que desconoce, y camina por una senda llana y derecha que le lleva, sin que en ella pueda perderse, al fin hacia el cual camina.

Después de ordenado de sacerdote, regresó a su pueblo con la cabeza enriquecida y sin haber empobrecido su corazón. Nombrole su antiguo compañero (marqués ya por la muerte de su padre), capellán de su casa, en la que éste vivía retirado de todo trato.

De esta suerte varió poco su vida sencilla y tranquila: estudiaba con placer, cuidaba y complacía con gusto al desvalido marqués, cumplía sus deberes de sacerdote con una dignidad sostenida y escrupulosa, no inspirada por sentimiento alguno personal, sino por las mismas funciones que ejercía. No bebía no fumaba, por la sencilla razón de que ni el vino ni el cigarro le gustaban. En cuanto a la cerveza, contaba alegremente que habiéndosela prescrito por un padecimiento de estómago el médico a la hermana del cura, se le encargó al sacristán que buscase y comprase una botella. Cuando la hubo traído, le dio el cura un poco de aquel líquido para que lo probase, y viendo que ponía mal gesto, le preguntó:-¿qué te parece, hombre?-Señor, contestó el interrogado, me parece que si cerveza hubiese habido en el Calvario, al Señor no le dan la hiel.

No conocía los naipes, porque nunca había visto juegos de baraja. Era sobrio por la razón de no haber comido sino en pobres mesas, o en la del marqués, que estando a régimen, nunca comía sino puchero; y solo se emancipaba D. Manuel de esta uniforme frugalidad para tomar a los postres mucha fruta, manjar favorito de los frugales españoles.

En cada mujer veía la pura virgen, la casta esposa o la austera viuda de que hablan las Escrituras y los Santos Padres; de estas a la odiosa ramera, no había para él gradación; así como no la había entre el respeto y el repulsivo desprecio que le inspiraban.

Estamos ciertos que hay hombres de mundo que de muy buena fe calificarán por este bosquejo copiado del natural a D. Manuel de mandria: de tal suerte la costumbre del mal trastorna las nociones. Pero es lo cierto que D. Manuel, sin acudir al heroísmo de la santidad, por su buena inclinación, buenos principios y buenos lados y ejemplos, había constituido su vida en la costumbre del bien, lo que le hacía llevarla perfecta, muy ajeno de que por tal la tuviesen ni Dios ni los hombres; pues sin ser santamente humilde (porque no era santo), creía su vida ni mala ni buena, ni el cumplir con sus deberes le parecía cosa digna de elogiarse.

No obstante, para ser verídicos biógrafos y probar que no hay interior humano bastante puro ni bastante atrincherado para que no penetre en él el mal espíritu, referiremos una circunstancia de su vida, en que puso el pie sobre la más resbaladiza de las malas pendientes.

Levantábase desde su llegada D. Manuel a las cinco e iba a la iglesia a decir misa y ayudar en sus funciones al anciano cura, que desde su infancia amaba y respetaba mucho; volvía después a su casa, entregándose al estudio y lectura hasta que le llamaban para desayunarse con el marqués, cuyo mismo desayuno de un huevo fresco y chocolate tomaba cuando no se lo impedía el ayuno. Eran sus estudios preferentes sobre la predicación, «ramo de su carrera eclesiástica por el que sentía una marcada vocación.

Sabido esto, sucedió que le fueron encomendados los sermones de un septenario. Cumplió tan admirablemente su misión, que todo el auditorio, incluso en él su pobre anciano padre, quedaron admirados y vertiendo lágrimas de dulce enternecimiento. Las autoridades civiles y eclesiásticas, las personas principales del pueblo, acudían concluidos los sermones a la sacristía a felicitarle y saludar en él a un nuevo padre Juan de Ávila, llamado por los buenos efectos de su predicación el Apóstol de Andalucía.

D. Manuel, lo hemos dicho, era bueno, era sano; pero no era santo y no tenía la humildad de tal. Estos elogios empezaron por halagarle, después le embriagaron, e iban quizás por sus grados contados a engreírle, cuando el anciano cura, que todo lo observaba con la vista perspicaz de la experiencia, le llamó una mañana al entrar en la sacristía.

-Oye, Manuel, le dijo; voy a referirte un lance que se cuenta de la vida del venerable Fray Diego de Cádiz. En una ocasión predicó un sermón, pero de tal suerte, que convencidas las cabezas, enternecidos los corazones, elevadas las almas de cuantos componían el auditorio, recibió una ovación entusiasta y fue llevado entre aplausos exaltados y tiernas bendiciones a su casa. Llegado a ella, confuso, pero enajenado, se fue a su retiro, en que había una santa imagen del Crucificado, ante la cual se postró; entonces oyó una voz, puesta por Dios en los labios de su imagen, que le dijo: Diego, qué bien he predicado hoy.

El cura dicho esto, se alejó, dejando a su oyente con la cabeza baja y confuso. Poco necesita el que nace bien inclinado y ha sido bien guiado, para retroceder en la resbaladiza senda. La lección no fue perdida. Se habla, hasta en lenguaje mundano y vulgar, aplicado a cosas menos espirituales, de inspiraciones; ¡dichosos los que las reciben de Dios!

En otra parte hemos tenido ocasión de manifestar que el rasgo que más distingue a los ricos habitantes de Carmona, es la caridad. Vicios y virtudes se generalizan y hacen endémicos en los pueblos a medida que se practican estas y se tienen aquellos; por lo tanto la caridad en grande escala ha dejado de ser loable excepción en aquella ciudad, por haber llegado a ser honrosa y admirable, costumbre.

Cuando hubo faltado el marqués, su hijo, tanto por sus buenas inclinaciones naturales como por la fuerza de la costumbre, y también por verse sin heredero, destinó gran parte de sus rentas a socorrer necesitados y ayudar a indigentes. Como es de suponer, estos beneficios fueron repartidos por mano de su amigo y capellán, con la decidida prohibición de que a nadie dijese cuál era la mano que los socorría.

D. Manuel, por las tardes, y mientras el marqués, provisto de unas gafas verdes, salía con un pariente a pasear en coche, se iba a la parroquia a buscar al cura, con el que daba un paseo por el arrecife.

Desde su llegada conoció en aquellos paseos al coronel y su hijo Ramoncito, que acompañaban igualmente al cura; desde luego le había apreciado mucho, así como su triste y angustiosa situación le habían conmovido profundamente.

Había hallado manera por medio de su criada de aliviarla algún tanto, sin que el coronel ni su mujer se hubiesen apercibido de ello; había hecho que el colono de la suerte de olivar pasase por una alza notable en su arriendo, abonándole él por orden del marqués la cantidad de la subida; y últimamente, por sugestión de éste, que en las obras de caridad hallaba placer, y hasta en combinarlas un entretenimiento, había insistido en ser padrino de la criatura que naciera, por tal de tener un plausible motivo para sufragar todos los gastos que este aumento de familia acarrea. ¡Cuántos socorridos existen! ¡cuántos amparados en sus quebrantos materiales o morales! El mundo es un valle de lágrimas, pero no un árido desierto; en él hay muchas encinas que extienden su sombra sobre la maleza. Pájaros que cantamos en él, no lo hagamos siempre posados sobre ruinas en voz plañidera; ¡hagámoslo también al amparo de esas santas y nobles encinas que tan altas y encumbradas descuellan en los bosques de Aranjuez, la Granja y San Telmo, con la suave voz que expresa el elogio y las bendiciones!


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Capítulo IV
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Ocho años habían pasado y Ramón estaba en vísperas de concluir su carrera. Todos los veranos había venido a pasar las vacaciones con su madre y hermana, las que suspiraban por esta época, la sola animada y variada en su monótona existencia. Con Ramón, que era alegre, entraba la vida y el movimiento en aquella casa, en la que se le aparecía la suave imagen de su hermana Gracia, entre el lecho de una madre doliente y postrada, y la cuna de un niño enfermo y débil, como una vestal que a un tiempo reanimase el fuego próximo a extinguirse en la ceniza, y amontonase combustible para avivar una chispa que no tuviese fuerza para arder.

Así había pasado Gracia su corta vida, por haber quedado su madre desde la muerte de su marido y su último parto baldada. Gracia no era hermosa, porque el cuidado moral y material de enfermos y un perpetuo encierro, no embellecen la persona aunque santifiquen el alma; Gracia no era hermosa, pero no se habría podido hallar un ser más poético, interesante y simpático. Era una mezcla singular en tan corta edad (pues solo contaba entonces trece años) de madurez e inocencia, de reflexión y de sinceridad, de docilidad y de iniciativa, de finura y de naturalidad: dotes debidas a las inspiraciones de su corazón, bien guiadas por su excelente madre y el único amigo que tenían, su siempre cuidadoso, atento y cariñoso padrino.

Su hermanita de la caridad, como la apellidaba siempre Ramón, era, según este decía, la lámpara de alabastro que alumbraba aquella casa; pero poco había de poder él si no llegaba a ser la llama de gas que le diese luz y esplendor.-¡Qué esplendor! contestábala modesta Gracia; trae salud y fuerzas a la madre y al hermano de mi alma, y deja los esplendores para el sol.

Manolito, que tenía cerca de ocho años, solo aparentaba cinco o seis; tal era la delgadez y debilidad de su naturaleza; tímido, asombradizo y melancólico, no conocía de la niñez sino su desvalimiento. Toda la energía nerviosa de su ser estaba concentrada en el apego apasionado a su hermana, que apenas salida de la primera infancia, cuando guiada por su madre, que no se podía mover, empezó a hacer sus veces con el pobre niño. Alguna vez, cargada con él en brazos, le había dado por distraerle algunos paseos por delante de la puerta de su casa. Solía entonces pasar por allí Gracia López, la hermosa y robusta hija del carpintero, que volvía de algún paseo cargada de flores.

-Adiós, solía decirle, adiós, ama seca: ¡ya podría mi madre decirme a mí que cargase con mis hermanos! ¡Que si quieres! para eso tiene a la hija de la tía Blasa por niñera; bien que mis hermanos pesan más que el tuyo. ¡Qué hermoso está! ¡parece la guadaña de la muerte; ni para alfiler sirve! Vaya, que en tu casa no medran ni flores, ni gentes, ¡y es más triste! parece un cementerio de vivos!

-Mi hermano Ramón, bien fuerte y sano que es, contestaba Gracia sencillamente.

Pues ¿y tú, que cabes holgada en una paja de centeno? ¿porqué no te compra tu madre un miriñaque?

-Porque ni tiene dinero, ni yo salgo a la calle.

Cuando las vecinas oían estos y parecidos diálogos, su recto juicio y buen sentido salían a la defensa de Gracia Vargas, y solían decir duras verdades a Gracia López, deshaciéndose en elogios de la pobre niña a quien ésta tan gratuitamente hostilizaba; de manera que habían acabado por denominarlas para distinguirlas: buena Gracia y mala Gracia. Esto había exasperado a la última y arraigado en ella uno de esos odios inveterados que suelen germinar en las almas duras, como la higuera del diablo nace espontáneamente entre piedras, y que si son reforzados por la envidia, se hacen implacables, acerados e inextinguibles.

No sucedía lo que a su hermana a Ramón Vargas, que se había hecho un hombre alto, fuerte y hermoso. Era parecido a su padre, pero le faltaba el aire noble y de caballero que la nobleza de su alma y la apostura militar unidas habían dado a aquel. Sus maneras eran descompuestas; nunca se sentaba, sino que se tiraba sobre una silla, deplorando que en su casa no hubiese butacas, y asegurando que el primer dinero que ganara sería para comprar cigarros habanos, y el segundo para una butaca.

Cruzaba las piernas, y doblando el cuerpo, se sujetaba la de encima con ambas manos, teniendo así su persona una posición tan garbosa, que la hubiese aprovechado Fidias para modelar por ella alguna de esas estatuas en que brilla en toda su perfección física y moral (pues las actitudes expresan) la hermosura y la nobleza humana.

En medio de la total despreocupación que era la base del ser moral de Ramón, conservaba un recuerdo de la cruz de Alcántara, que, como una mosca que se ahuyenta, volvía a zumbarle incesantemente en el oído. Esto hacía que se hubiese apegado con preferencia, entre sus amigos de Universidad, a un joven, hijo del marqués de Benalí, rico título de un pueblo de la provincia de Córdoba, que había casado con la hija de un grande de España. Alfonso, tal era su nombre, había pasado muchas temporadas en Madrid con su madre, y había adquirido, injertadas en su carácter naturalmente fino y delicado, elegancia y suavidad de maneras.

Este giro grave y distinguido que jamás se desmentía en Alfonso, era, a pesar que de él se burlaba el campechano Ramón, lo que le había atraído irresistiblemente hacia él.

El último año le suplicó que viniese a pasar con él las vacaciones a Carmona; y Alfonso, cuyos padres habían ido a París por ver si hallaba el marqués alivio a un arraigado padecer, consintió en acompañarle.

-Chico, le dijo un día Ramón, bien podías venirte, no a desenfrailar, sino a enfrailar conmigo a Carmona estas vacaciones.

No me digas chico, ni uses esa voz grosera y chabacanea, no hija de la confianza de la amistad, sino del mal tono en el trato: voz común y vulgar; dime Alfonso, como yo te digo Ramón.

-Noble marqués futuro, contestó Ramón haciéndole un saludo, ven a ver el finis, que si bien no es el coronat opus de mi estirpe, es su mortaja; pero no temas que por entrar en nuestro panteón te prostituyas, que sobre esa tumba verás una cruz de Alcántara vinculada desde hace muchas generaciones de padres a hijos, pero que no se verá en mi pecho, pues aunque es bien ancho, no quiero por lo mismo colgajos en él. ¡Preocupaciones! cada cual es hijo de sus obras; dinero es lo que debía haberme dejado mi padre, pero el buen señor se aferró en lo que, ni tiene galardón en esta vida, ni premio en la otra.

Lo que iba diciendo recordó a Ramón lo ocurrido con los documentos que había quemado su padre. Se lo refirió a Alfonso, y concluyó diciendo: de manera que gracias al buen señor de mi padre, anciano de cortas luces echándola de heroico, y a una buena señora de luces cortas, sumisa y adherida a la opinión de su marido como un guante mojado a la mano, no me veo hoy que concluyo mis estudios, como fulano, mengano y zutano, debutando con un elevado puesto y un buen sueldo, sino que aquí me tienes con mi carrera concluida, sin tener una protección, ni medio alguno para aprovecharla y poder ser útil a mi familia; y cata ahí el resultado del heroísmo cena a oscuras de mi padre.

-¿Es posible, Ramón, repuso Alfonso, que califiques de acción heroica la de tu padre? ¿Qué diría la opinión pública, que al fin todo lo descubre, de los medios puestos en juego por tu padre, si para medrar se hubiera valido de ellos?

-Ya saliste tú con tu ídolo la opinión pública. Desde que los periódicos se han apoderado de ella y la han dividido entre sí, nadie le hace caso, pues, solo entera y compacta, justa, recta y desapasionada, es la opinión pública aquella poderosa fuerza moral, aquella solemne voz que mereció ser encumbrada con el nombre de voz de Dios; pero hoy día es una cotorra chillona, que no hace sino repetir lo que le hacen decir. ¿Crees tú, pulcro Alfonso, esquivar su mordacidad?

-Sí, no dando razón a que me censure y solo pueda calumniarme.

-Te harás esclavo, exclamó Ramón.

-Todos lo somos, y ya que lo sea, quiero serlo de un buen amo.

-¡Ay Alfonso! repuso Ramón cambiando de tono, si te oyera D. Manuel te diría que no hay más buen amo que Dios, y que todos los demás son ídolos; pero hablando de tejas abajo, te diré, mi amigo, que ni el D. Quijote de Cervantes, ni el Quijote de mi padre, se han cuidado nunca de ella, y que tenían otro guía más sólido y noble, aunque tan ilusorio como es el tuyo; este les llevaba ante todo a satisfacer su conciencia, y no a la opinión pública.

-Con dos guías se puede llegar al mismo punto, repuso Alfonso; alguien ha dicho que no basta ser bueno, sino que es preciso parecerlo.

-Sí, pero allí viene el parecerlo después del ser bueno, mas tú truecas las primacías; bien advierto que te parezco poco escrupuloso, y que piensas de mí que por una ventaja real sacrificaría yo tu ídolo; puede, pues no es tu ídolo el mío, como tampoco lo es el que lo fue de mi padre, y no pienso por tonterías y exageraciones morirme de hambre. Te repito que ese ídolo que es para ti la opinión pública, desde que ha trocado su tono grave y austero por el tono frívolo y sarcástico, desde que suenan sus cien trompetas discordantes en tonos destemplados, nadie le hace mayormente caso; vanos serán tus esfuerzos por dominarla. ¿Puedes acaso esperar que ande derecho por la senda de la verdad quien premeditadamente se aparta de ella? ¿Pedirás justicia al que se emancipa de la ley de la razón, que hace de la justicia una deuda de honor de hombre a hombre? Desde ahora te predigo que serás víctima de tu orgulloso empeño.

-Si orgullo fuese, repuso algo sentido Alfonso, sería un noble orgullo.

-Un pícaro, vestido de caballero, es tan pícaro como otro vestido de presidiario. El orgullo aristocrático, mató y reemplazó al orgullo feudal que yace en su cota de malla y yelmo. El orgullo popular mató y reemplazó al aristocrático, que yace en sus vestidos de terciopelo y pelucas empolvadas. Este a su vez será muerto por otra especie de orgullo, pues como añade el mismo D. Manuel, solo un enemigo tiene el orgullo que le mata sin reemplazarle, y es la humildad cristiana.

-Me recuerdas, dijo sonriéndose Alfonso, por encumbrada que sea la comparación aplicada a nosotros que somos estudiantes, a Diógenes, cuando pateando las alfombras de platón, dijo: pisoteo el fausto de Platón; a lo que respondió este: sí, pero con otra clase de fausto.

-Y ambos, como diría D. Manuel, añadió Ramón riéndose, hijos del mismo mal padre.

-¿Quién es ese D. Manuel? preguntó Alfonso.

-Es, contestó Ramón, el ser benéfico que la Providencia envió a nuestra familia. En sus brazos han sido bautizados mis dos hermanitos; en sus brazos murió mi pobre padre; por su mediación me fue aplicada la manda pía que ha sufragado los gastos de mis estudios; él ha proporcionado un honroso enterramiento al que me dio el ser. Si llego alguna vez a ser ministro, a fe mía que he de hacerle obispo.

-¿Es vuestro pariente?

-Por Adán y Eva.

-Tanto más mérito contrae.

-Tanta más gratitud y cariño le tenemos, añadió Ramón.


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