Las enfermedades del patriotismo
Juventud de la Izquierda Liberal de Valladolid
LAS ENFERMEDADES
DEL PATRIOTISMO
DISCURSO PRONUNCIADO EL 22 DE SEPTIEMBRE DE 1923
POR EL
EXCMO. SR. D. FEDERICO SANTANDER
RUIZ-GIMÉNEZ
Presidente del Ateneo de Valladolid, y de la Juvendud de la
Izquierda Liberal, en los Juegos Florales celebrados en el
Teatro de Calderón de la Barca
1923
Fueron estas palabras las primeras palabras ciudadanas que se pronunciaron en voz alta por un hombre de la Izquierda Liberal después del golpe de Estado del 13 de Septiembre.
Por la serenidad que en ellas resplandece—acomodada a la neutralidad de la tribuna y al carácter de la fiesta en que se hablaba—, y por el patriotismo que las inspira, merecen ser difundidas estas palabras.
Y la Juventud de la Izquierda Liberal de Valladolid cree cumplir un deber de ciudadanía divulgándolas, para que todos sepan cómo, en el momento en que se desataban las pasiones, era en nuestra filas donde, manteniendo la fe inquebrantable en el caudillo y avivada hidalgamente en nuestros pechos castellanos la adhesión a D. Santiago Alba al verle perseguido, se conservaba la serenidad, y se elevaban el corazón y el pensamiento sobre las luchas y los rencores de los hombres para ponerlos en España.
- Señora:
Si es verdad, como el Sagrado Libro dice, que hay un tiempo para hablar y otro para guardar silencio, no son ciertamente estos días los días del hablar florido y lírico adecuado a la historia y al uso de estos Juegos.
Así habéis de permitir, Señora, que las palabras que por obligación pronuncie sean pocas, y no sean risueñas, y no haya entre ellas madrigales. La realidad es demasiado densa para que nada, ni esta misma fiesta—oasis de amor, poesía y gentileza—se sustraiga, como nunca se sustrajeron los Juegos, a las circunstancias del momento, y nadie que de patriota merezca el nombre y tenga el corazón puede alzar su voz, desde hace tiempo, despreocupado de las inquietudes de España. Por ello, Señora, aunque vuestra belleza, de Corte de bellezas rodeada, culmine en esta fiesta, y sea recreo de los ojos, descanso del alma contemplarla, habéis de permitir que reduzca su elogio a suscribir cuanto para loarla dijeron los poetas, y tenga como único homenaje el de una muda y fervorosa admiración. Para afirmar el dulce imperio que en la fiesta ejercéis ni aun esto es necesario, ya que ha querido Dios que sea la belleza femenina la única fuerza que sólo por la presencia vence, y la gracia de una mujer hermosa la única soberanía que todos los hombres, sin excepción, acatan y que no admite posibilidad de rebeldía.
Rendido así mi acatamiento quiero intercalar aquí un recuerdo, que sea tributo de amistad y homenaje de justicia a un hombre íntimamente unido al Ateneo, que no hace muchas horas, al rechazar valientemente una agresión y defender, con su derecho, el derecho de todos, nos ha dado un alto ejemplo de entereza. Hoy mismo ese hombre, de cuya presidencia honoraria se enorgullece el Ateneo, dedicaba a los poetas de estos Juegos una página llena de efusión y de espiritualidad. ¡Y fué mejor poeta que todos, porque con su conducta escribió un canto al vigor ciudadano... y lo escribió con su propia sangre! (Alude a don Alvaro Olea Pimentel, herido la noche precedente al repeler la agresión de unos «pistoleros». La alusión es subrayada con grandes aplausos).
Ha de ser ahora mi primer cuidado el justificar mi presencia, que pudiera parecer inoportuna, impertinente, audaz, si se recuerda el desnivel que existe entre mi figura y aquellas otras figuras que en análogas fiestas honraron la tribuna. Deseando que los Juegos tuvieran, como siempre, un mantenedor digno, el Ateneo invitó al que es hoy príncipe de los ingenios españoles, con primacía refrendada por el otorgamiento del más alto galardón que un hombre de letras puede alcanzar: el comediógrafo don Jacinto Benavente. Pero el Maestro, justificándose con las fatigas de una larga y gloriosa excursión por tierras de América, donde ha paseado en triunfo su nombre y el de España, declinó la invitación, y en la imposibildad de encontrar persona para con la cual la confianza excusara la irregularidad de una invitación subsidiaria, hube de aceptar yo, como presidente del Ateneo, una carga que si para mí, aunque superior a mis fuerzas, es muy grata, temo resulte para los demás insoportable. Sírvanme estas palabras de disculpa. Como véis, aunque parezco un mantenedor... soy sólo un «esquirol».
Algo he de hacer para compensaros. Y será suplir en lo posible la ausencia del literato que debiera ocupar este sitio, trayendo como viñetas que decoren la aridez de mi peroración y luces que esclarezcan mi camino, algunos pensamientos suyos, extraídos de una de sus comedias, no la mejor de ellas, pero en la cual los hechos, tristemente, van revelando un acierto profético.
Resuelto a cumplir el deber que las circunstancias me imponían, no fué para mí objeto de duda ni de perplejidad la elección de tema. Lleno mi pensamiento, hace ya tiempo, de la preocupación de la Patria, de los dolores de la Patria, sólo de la Patria y de sus males podría hablaros; y, seguro de la pureza de mi intención, que garantiza mi fervoroso amor a España, no he creído, después de meditarlo, motivo suficiente para cambiar de tema el que la electricidad, durante años acumulada, haya descargado en tormenta prevista, y que sobre el horizonte español, cárdeno de relámpagos, el rayo trace ahora el signo fulgurante de una interrogación.
Voy a hablar de la Patria; mejor que de la Patria, del patriotismo, sintetizando así el clásico lema de los Juegos, porque el patriotismo es amor a la Patria y es fe en su porvenir y sus destinos. Voy a señalar, sucintamente, las enfermedades del patriotismo, los vicios que le desvirtúan y dañan, produciendo esa crisis del sentimiento patriótico, que es de todas la más grave y perniciosa, aunque no sea la que produce mayores sobresaltos.
La crisis del patriotismo es un reflejo de la magna crisis de la espiritualidad, mal de este siglo que en su viciosa adolescencia se tiene a sí mismo por muy espiritual, cuando en realidad ha reducido el espíritu al mínimum, sustituyendo el alma, que es elevación, pureza, eternidad, por un ensueño vago, impreciso y efímero, producto artificial de las drogas de veneno y pecado con que se adormece una sensualidad que pretende hacer pasar por refinamientos de espiritualidad quintaesenciada lo que sólo es depravación de una naturaleza enferma, que no puede pedir al arte, al amor y a la vida el goce normal que ofrecen al hombre sano y fuerte. (Aplausos).
El patriotismo tiene, como todo, su morfina, su cocaina, su opio, que llevan a él esa perversión sentimental que es toda la decadencia del momento. Y analizando en el patriotismo sus achaques, se puede descubrir en él las siguientes direcciones de anormalidad: depresión, exaltación, desviación, localización.
De todas las enfermedades del patriotismo la depresión es la más grave y generalizada. También la más antigua. Hay que reconocer que la depresión del sentimiento patriótico es entre nosotros, por desgracia, un mal añejo y peculiar. España ha sido siempre tierra de patriotismo débil. Sendero cruzado por todas las razas, palenque en el que lucharon fuertemente diversas civilizaciones, la planta del patriotismo no floreció lozana, pisoteada por tantos y tantos pueblos como pasaron sobre ella. Sólo forzosamente, por condiciones épicas, cuando una irrupción extranjera reducía y prensaba en parcelas angostas la población peninsular, surgía, pujante y heroica, la protesta en una breve página de oro y gloria, como en 1808, o en una perseverancia secular como la que va desde Covadonga hasta Granada. Pero aun en estos casos el impulso que erguía a los peninsulares era la hostilidad al extranjero, la rebeldía contra el invasor—y en la lucha contra la morisma el resorte religioso—más que la defensa del suelo de la Patria.
Sostiene esta debilidad del patriotismo la estructura nacional, la formación histórica de un país que si geográficamente presenta uno de los contornos mejor definidos, prolonga en su agitada vida la diversidad de comarcas que durante siglos gozaron independencia y tuvieron categoría de reinos soberanos, no siempre unidos y hermanados, y, en ocasiones, enemigos. Empalidecido el matiz nacional, agravaron la debilidad del sentimiento patriótico los infortunios.
Entre todas las leyes de la vida, una de las más tristes es aquella ley, reveladora de egoísmos, por la que la fortuna es gran aglutinante y es gran disolvente la desgracia. Ley que en todo, y para todos, se cumple; que ordena el flujo y reflujo del afecto, y por la cual, para los pueblos, lo mísmo que para los reyes y los poderosos, la prosperidad y el triunfo marcan la pleamar del cariño y de la amistad; y la bajamar, el alejamiento, el desvío obedece, como a luna implacable, a la fuerza de la adversidad; ¡la adversidad, ocasión en que desmayan las interesadas adhesiones y crisol en que se prueban, depuran y fortifican las lealtades!... (Aplausos.)
De esta ley dura, dolorosa, ¡humana!, no se salva la adhesión a la Patria. Si en días de apogeo, poderío y pujanza llevaban todos el nombre de español como un orgullo, en días de debilidad y decadencia no son pocos los que lo ocultan, lo disimulan o lo callan, y son más aún los que parecen soportarlo penosamente como si fuera humillación y afrenta. De todas las tristezas que al español adorador ferviente de España produce el contacto con las realidades extranjeras, es la mayor el contraste entre la debilidad de nuestro patriotismo con el vigor de los patriotismos ajenos.
En la vida cotidiana, en mil detalles, se advierte el desnivel. Yo recuerdo—perdonad la trivialidad externa de la anécdota—la impresión que me produjo ver, hace años, en una confitería de Lucerna, unos saquitos para bombones hechos con sedas de colores de banderas. Había allí todas las enseñas de Europa y de América; sólo faltaba una: la española. Y como inquiriese la causa se me dijo:—¡Oh! No la pide nadie. Es usted el primero que pregunta por ella... ¡No la pedía nadie! Y no era que faltase colonia española, porque la había y numerosa. Era que el impulso sentimental que llevaba a franceses, a ingleses, a norteamericanos, a argentinos a unir al obsequio de amor o de galantería el dulce recuerdo de la patria lejana, se sustituía en los españoles por el recelo irónico, por el temor a la mueca burlona. ¡Ofrecer a una dama unos bombones en un hatillo de soldado!... ¡Era la misma frivolidad malsana que ha estorbado y retrasado entre nosotros la costumbre, antigua y general en el mundo, de que el viajero lleve en su equipaje una bandera diminuta para plantarla en el cuarto del hotel junto al retrato de la novia o de la esposa amada y de la madre muerta, diciendo que el que allí mora es un hombre, no un muñeco sin alma; un hombre que tiene corazón y lo usa, y lo ofrece vivo y palpitante, proclamando estas tres afirmaciones que para todo hombre deben ser tres orgullos: un amor, una estirpe, una patria!... (Aplausos).
Si la frivolidad, la inconsciencia y el mal gusto producen en ciertos núcleos sociales la depresión del patriotismo, en otros esa depresión adopta forma de desdén. Junto al mundano que disimula su patriotismo... ¡por no parecer cursi! y que en su propio pecado lleva su castigo, pues no mostrarse fuertemente patriota es hoy en el mundo no sólo falta de gusto, sino indicio de deficiente educación, hállase el que desdeña, el que juzga inferior todo lo de su Patria, y el renegado, el xenólatra, que sustituye el patriotismo por la admiración servil y fanática de las patrias ajenas.
El desdén es pecado de intelectuales amargados que se creen superiores al medio y al ambiente y se tienen por incomprendidos. Ridículo pecado en el que incurren especialmente los que se asomaron al mundo en rápida excursión, y al volver a su casa, en el contraste entre las grandezas de fuera y las miserias de dentro, no hallan ocasión y estímulo para mejorar y engrandecer lo propio, sino para zaherir y denostar, resumiendo todo el fruto del viaje—muchas veces costeado con fondos de la patria—en la consabida frase indolente y despectiva: ¡Oh, este pobre país!...
Son también los adoradores de lo pintoresco; los patriotas de patriotismo pervertido y cacófago, que paladean todo lo bajo y sucio de la realidad española, amando y ensalzando a la Patria en lo que tiene de menos amable y menos digna, buscándola y exhibiéndola en las brutales capeas aldeanas, en el cante flamenco, en las cuevas del Albaicín...; son los que Benavente encarna en los poetas de su ciudad alegre—Arlequín, Aurelio, Florencio—, en cuya alma se operó la sustitución funesta del amor a la Patria por el amor a las patrias extrañas, y que, despreciadores de su ciudad, sólo admiran en ella estos tres tipos, que elevan a representativos y simbólicos: las bailarinas, los mendigos... y los desbravadores de potros.
Antítesis del vicio señalado es la exaltación, la exacerbación e hiperestesia del patriotismo, que produce el optimismo bobo, afirmando que todo lo de la Patria, sólo por serlo, es lo mejor del mundo. Panglossismo patriótico, que en España no causa grandes daños, porque es enfermedad de plenitudes, que ataca a pueblos rebosantes, originando la fatuidad, la fanfarronería, el gesto mosquetero que nosotros paseamos un día por el mundo y que, recientemente, ha llevado a la ruina a un país cuyas virtudes indudables han sido invalidadas por la orgullosa presunción de una invencible superioridad.
La tercera enfermedad del patriotismo es la desviación, la sustitución del sentimiento patriótico por otros afectos y otras inclinaciones, que ocupan en el alma la zona que debiera estar reservada al amor a la patria. De todos los males que padece España, el mal más grave, porque ataca a la raíz, a la médula, es la desintegración. En la desintegración encontrarán los investigadores futuros la clave y causa de casi todos los problemas del momento. Cuando a distancia, limpios de pasión, examinen y analicen esta nuestra dolorida España de hoy, verán cómo eso a que se ha dado tantos nombres es, simplemente, una desarticulación. Los españoles no nos sentimos unidos los unos a los otros. Y la disgregación, actuando sobre el patriotismo, produce una desviación que se manifiesta en dos direcciones: secesionismo y gremialismo.
El separatismo es, de todos los pecados contra el sentimiento patriótico, el que más hiere al corazón del patriota. Es la injuria, es la impiedad, es la blasfemia. Si en la moral cristiana hay un pecado excluído de la misericordia divina: el suicidio, en la moral política debe haber también un pecado al que el perdón no alcance: el del renegado que, con la palabra o con la acción, atenta contra la vida de la Patria. Un proceso de diferenciación bien conocido ha llevado, rápida y tristemente, desde los legítimos deseos de reivindicación de personalidades comarcales hasta las rotundas afirmaciones separatistas.
En oídos españoles, en oídos castellanos, la aspiración separatista que se proclama con imprecaciones de odio suena como una afrenta: es la ofensa a la madre, la que ningún hombre bien nacido puede tolerar, la que mueve el labio para la airada réplica y el brazo para el castigo y la reparación... Y, sin embargo, yo quisiera que estas palabras mías, que son las primeras palabras castellanas que se pronuncian después de las lamentables, vergonzosas palabras, pronunciadas junto a la estatua de Casanova «el conseller», fueran unas mesuradas palabras, llenas de serenidad. Quisiera que fueran la digna, la noble, la altiva respuesta de Castilla, á la cual vosotros, con vuestro asentimiento, diérais autoridad. Y quisiera decir:
¡Catalanes, vascos, gallegos; hijos de España; hermanos nuestros, que en una de las más hermosas ciudades españolas habéis gritado vuestro odio matricida...: excusad vuestros gritos! Si pretendéis extinguir la unidad inatacable de la patria, desistid de vuestro propósito, suicida y loco; ¡no lo conseguiréis! No lo conseguiréis, porque la unidad nacional es tan fuerte que el atentar contra ella lleva pena de la vida, pues una España mutilada no sería ya un cuerpo vivo, sino un conjunto de despojos yertos, buena presa para la codicia de los fuertes...
Y si queréis gritar, gritad amor, no odio. Aunque con unos y otros gritos, siempre diréis lo mismo. Porque al pedir impíamente que muera España, sin saberlo pedís vuestra propia muerte; y al decir que viva Cataluña, Vasconia, Galicia, sin pretenderlo decís que viva España... porque pedís vida para unas tierras españolas. ¡Por mucho que odiéis, nosotros amamos mucho más! Y todo el odio que arrojéis sobre la España idolatrada y madre será una llamarada fugaz, un revuelo de chispas que se anegará en el torrente de nuestro inmenso amor...
...¡Esta podría ser la respuesta que, serenamente, afectuosamente, fraternalmente, diera Castilla desde su dignidad! (Refrenda estas palabras una ovación larga y clamorosa. Se grita ¡Viva España! y el grito es unánimemente contestado.)
Menos estudiado, menos alarmante, pero no menos funesto es el gremialismo, creador de un secesionismo estructural que puede llevar a un estado de completa disgregación en el que los grupos sean lanzados unos contra otros; secesionismo más peligroso que el geográfico, porque en él la ultimación del proceso disgregador se logra de un modo oculto, subterráneo, invadiendo la enfermedad todo el organismo en avances seguros, eficaces e insensibles. Desgarrar el mapa español es una insensatez irrealizable, pero no es difícil llegar, aun sin intentarlo, a una España disgregada en que la mixtión social se diluya, sustituyéndola una superposición de capas sin enlace, cuando no una discordia interna y total. Y una España en estratos o en guerra de clases podría serlo todo, ¡hasta lo más terrible!, todo... menos una realidad nacional.
Como última enfermedad del patriotismo puede señalarse la localización en el tiempo y en el espacio; esto es, la identificación de la Patria con un núcleo, que es el error de los que, por cortedad de perspectiva, no aciertan a llevar la intención y el esfuerzo más allá de lo cercano, de lo íntimo; y la concentración del amor a la Patria en una sola época de su historia; medalla de fanatismos cuyo anverso es la preocupación regresiva, que sólo encuentra digno de admiración y de cariño el pasado, despreciando el presente; y que en su reverso presenta la obsesión progresista o actualista que desdeña el pasado, acumulando en el presente todos los amores. Uno y otro son patriotismos incompletos, porque la Patria es una sucesión y una eternidad, y no es lícito amarla a trozos y por años cuando su semblante y sus acciones se acomodan a nuestra convicción y nuestro gusto; hay que amarla siempre; hasta cuando no es como nosotros quisiéramos que fuera; hay que amarla, sobre todo, en el porvenir, procurando que sea en este porvenir donde se forme la Patria de nuestro pensamiento y de nuestro deseo, sin apartarnos, ni apartar a nadie, de la empresa y sin creer orgullosamente que en nosotros se agota la verdad y el bien.
Nuevamente acude al pensamiento el recuerdo del Maestro. Es en los días tristes de la ciudad alegre; cuando la invade el extranjero y el Desterrado dice cómo fué el patriotismo de los alegres ciudadanos: «Era creerse cada uno mejor que los demás...» «y murmurar de todo como en corrillo de comadres», y «era confiar, desconfiando los unos de los otros»... «y pensar cada cual que él era el único justo, por el que la ciudad, como las ciudades bíblicas, debiera salvarse».
Definidos los males, ¿cuáles han de ser los remedios? El primero estará en la instauración de un patriotismo normal que esquive los escollos de la depresión desdeñosa y de la exaltación optimista y fanática. En el patriotismo, como en todo, hay que restablecer el equilibrio, huyendo de estas dos opuestas y equivocadas convicciones: la de considerar la Patria como un conjunto de vicios y defectos, una corrupción, una decadencia sin enmienda: en suma, algo desdeñable; y la que afirma que la Patria es un feliz consorcio de bienes sin mezcla de mal alguno.
No ha de ser ciego el amor a la Patria; sus ojos sin venda han de tener mirada de lince, perspicaz mirada a la que no se oculte ni la más pequeña brizna. Pero al escudriñar y descubrir los vicios de la Patria no ha de gozarse en ellos el patriota, pues no puede ser motivo de gozo el pecado y la imperfección de aquello que se ama; ni la triste invención ha de servir únicamente para recriminar por ello a los demás, juzgando que es ajena toda la culpa, sino para meditar qué parte se tuvo en ella y para arrepentirse y enmendarse. El patriotismo ha de ser autoanálisis. El amor a la Patria sólo será fecundo cuando sobre el iracundo vocerío de las acusaciones recíprocas se alce el clamor contrito y penitente de una colectiva confesión, La salvación de España está en un examen de conciencia. Es a nosotros mismos a quienes debemos analizar con escrúpulo y juzgar con rigor antes de juzgar a los demás. ¡Si así se hiciera siempre!.. ¡Si las actividades que se emplean en depurar y reformar la conducta ajena se emplearan en la propia depuración y la propia reforma!.. Cada cual ha de ser el verdugo, el estrangulador de su propio pecado.
Y para predicar con el ejemplo y acreditar la sinceridad de mi propósito, he aquí que yo, puesto que a título de intelectual hablo (no por autoridad propia, sino por la que me presta el cargo que desempeño y por el que estoy aquí), quiero decir cómo los intelectuales españoles hemos incurrido también en el pecado de intolerancia, incomprensión y falta de humildad. Secundando una iniciativa autorizada, nos erigimos en acusadores, sin detenernos a pensar si nosotros, en lo nuestro, habíamos cumplido nuestro deber; si en la defensa de la cultura, que era nuestra misión, anduvimos tan diligentes como debiéramos; si nos movimos siempre por motivos puros y no hubo nunca en nosotros interés ni pasión; si en el desnivel entre nuestra civilización y las civilizaciones extranjeras no nos alcanza gran parte de responsabilidad.
...Olvidamos que la fórmula de la salvación no es el soberbio «yo acuso», sino el humilde «yo pequé». Y nada conseguimos: ni ocultar nuestras faltas... Porque la parábola tiene virtualidad eterna, y al coger nosotros la piedra para lapidar al pecador, el dedo divino va trazando en la arena las palabras que descubren, para nuestra confusión y nuestro oprobio, nuestros propios pecados... (Aplausos.)
Humildad, contrición. Con ellas se conseguirá depurar el sentimiento patriótico, limpiándole de egoísmos. Mas es necesario, además, extinguir el secesionismo en sus dos direcciones.
Para el secesionismo comarcal el remedio estará en una fórmula generalizada a la que no hace muchos meses me referí en este mismo edificio, aunque no en esta sala. (Alude a la conferencia «Castilla ante el regionalismo», pronunciada en la Casa de Palencia, en enero último). ¡Regionalismo, sí; nacionalismo, no! Reconocimiento de las personalidades Regionales y de su derecho a regir sus intereses, pero dentro de la unidad inatacable de la Patria. Una Patria, no uniforme, sino varia, con toda la variedad espléndida de su geografía y de su historia; pero única y sin posibilidad de que su soberanía sea por nadie compartida.
Para el secesionismo estructural, cuidado escrupuloso de las actividades de los grupos, a fin de evitar que se rompa la necesaria solidaridad. Eludir lo que separa y acentuar lo que une. Evitar las disparidades y estimular las coincidencias, procurando que todas las coincidencias converjan en el vértice supremo de la Patria.
Hacer también la Patria amable, no con el intento pernicioso de convertirla en paraje de placer y molicie donde se viva, frívolamente, una vida, fácil y alegre en apariencia, al fin triste y difícil, sino para hacerla taller y forja en los que se formen un pueblo y unos hombres.
Crear un ideal. ¡Es indispensable! La Patria es para algo. Una Patria que merezca tal nombre y que despierte amores y entusiasmos, no puede ser tan sólo la adhesión al recuerdo de unos hechos gloriosos, ni la coincidencia fortuita en un rincón del mundo; tiene que ser, principalmente, un conjunto de esperanzas, de deseos, de planes; una proyección sobre el porvenir, y una comunidad de pensamientos y de afectos. Donde esto falte, habrá una silueta histórica, un contorno geográfico, un nombre en las Guías, una mancha coloreada en los mapas de Perthes..., pero no habrá un país.
...En un mismo edificio, en una misma casa, hay dos viviendas contiguas. La apariencia es idéntica en ambas; en una y en otra hay personas que allí tienen su morada; que a la hora de comer se reúnen en torno de la misma mesa; que hasta pasan juntas la velada en una sala en la que hay un piano, y se hace música y se conversa. Pero en una termina ahí la convivencia; aquellas personas, aunque en contacto, vive cada cual con su pensamiento, con su dolor, con su alegría..., ¡con su vida!; y aun cuando el trato sea cortés y afable y hasta se hagan confidencias, no se llega más allá. En la otra habitación la convivencia es íntima, espiritual: son las almas las que se hallan unidas en un solo afecto y un solo amor... y cuando el dolor llega pone lágrimas sobre todos los rostros; y en la alegría hay risas en todas las bocas, y saltan en el mismo gozo todos los corazones, y los brazos y los labios se buscan para la caricia y para el beso... La apariencia en ambas viviendas es la misma; pero la primera es un albergue... ¡y la segunda es un hogar!
...Así en los pueblos. Cuando en uno de los solares del planeta conviven millones de hombres, frívola y externamente unidos para el quehacer penoso y forzado, para la sobremesa, para la diversión, aquello, con apariencia de Patria, es un hostal, no siempre cómodo, donde los huéspedes se molestan y estorban los unos a los otros... ¡Sólo será Patria cuando sobre la frivolidad y la necesidad haya más fuertes y más cordiales ligaduras y todos los que allí viven se sientan hermanados en un pensamiento y en un amor! (Aplausos.)
...¡Que esta unidad de amor y pensamiento lleguen pronto para España! Que España se haga pronto su ideal, que yo condenso en estas aspiraciones: reconstitución interior; concordia estrecha con la otra nación peninsular, sin menoscabo de las respectivas independencias inatacables; exaltación de la personalidad mediterránea; matriarcado espiritual sobre América... y que este ideal sea el faro que alumbre nuestra ruta y que, en la noche, de lejos, nos ofrezca el llamamiento y la promesa de sus brazos de luz. Que recobrado para el alma el sosiego, al encontrar la patria el camino perdido, los españoles nos amemos los unos a los otros. Que sobre cualquier sentimiento y cualquier interés; sobre lo comarcal, sobre lo profesional, sobre lo político, prevalezca siempre lo español. Que nuestro grito sea: ¡España sobre todo y por siempre!...
Tengamos cada cual en el alma, como una posibilidad, como un proyecto a realizar, la España de después, la España ulterior, la España mejorada, de la que no desaparecerán el mal y la pasión, porque son patrimonio perdurable de este contradictorio bicho humano en el que se unen la mayor elevación y la mayor bajeza; pero en la que todos, con las naturales diferencias de inclinación y de criterio, se creerán, no enemigos, sino colaboradores en una obra común. A esta España, que no será la de nuestro sueño íntegramente, pero en la que podremos prender un girón de nuestro sueño para unirlo a los girones de otros sueños españoles, digámosla nuestra oración:
¡España! ¡Por tus glorias de ayer, tus tristezas de hoy y tus esperanzas de mañana! ¡Por lo que fuiste, por lo que no eres y por lo que puedes ser! ¡Por los que te amamos, y también por los que te desdeñan, y por los que te aborrecen y blasfeman de ti!... ¡Por nuestro amor y por nuestra indiferencia; por nuestras omisiones y por nuestros pecados!... ¡Recibe, España, nuestra promesa para que seas hogar y no posada; y haya serenidad en tu cielo, en tu suelo trabajo y abundancia, y paz y concordia entre tus hijos!... ¡Y puedas ir por el mundo como una nave que endereza su proa hacia un destino alto y glorioso!...
- Señora:
Porque reinasteis en la fiesta; porque sois, con las que forman vuestra Corte de amor, encarnación del alma de Castilla y de España, sean para vos mis últimas palabras:
Toda empresa de varón, para llegar al triunfo, necesita un estímulo femenino, que sea como dorada espuela, como acicate punzador. En la obra de depuración del patriotismo vuestra colaboración es necesaria. Porque todos los hielos, todas las apatías, todas las debilidades que haya en los hombres... se derretirán bajo el fuego de una mirada de mujer... Es a vosotras, mujeres españolas, a las que corresponde mantener viva la llama del sentimiento patriótico. Y pues en amor sois maestras, aleccionadnos a todos en el amor a la Patria. Sed vosotras las fiscales de nuestro patriotismo. Ejerced el influjo irresistible con que nos subyugais en afianzar en todos el amor a la Patria. Exigid a aquellos afortunados a quienes entreguéis el tesoro de vuestro albedrío y vuestro corazón el amor a España, no mentido en líricas promesas, sino afianzado y probado por la conducta y por las obras. ...Y cuando florezca en carne rosada vuestro amor, infundid en las almas de aquellos que crezcan en vuestro regazo un patriotismo sano, vigoroso, eficaz... Así, por gracia de mujer, como toda obra redentora, podrá lograrse y ser realidad en ellos la España que todos deseamos: una España laboriosa, próspera, tranquila, justa sin favor y sin encono... y fuerte, grande, indestructible... ¡inmortal!
(Entusiasta y prolongada ovación.)